Haro Kzoids: Vaya que me tardé pero al final lo logré. Más vale tarde que nunca :) Este capítulo es para ti. Ojala hayas pasado una Feliz Navidad y tengas un próspero Año Nuevo. Gracias por Todo lo que me has enseñado y apoyado. Lamento haber tardado en cumplir mi promesa, pero estaba un poco asustada, supongo sabrás por qué. Si no, me preugntas ;)


Capítulo 7: Señal de Demencia.

- ¿Qué quieres?- Atinó a decir con expresión desabrida y postura grosera.

Aquel hombre ignoraba que su presencia en el lugar, simplemente no era grata y, mucho menos bien recibida. Los espectadores le observaban con un odio creciente y miradas retadoras, lo cual hacía acrecentar su ego. Una perversa sonrisa arqueó sus finos labios e incrementó la malicia de su corazón, mientras que su cabeza se elevaba y les miraba por encima del hombro, dando a conocer que pertenecía a una clase totalmente diferente: la Clase Alta, los ricachones.

Kai sintió como un molesto calor en su pecho acentuaba su ira. Al mismo tiempo, una fuerza desconocida bloqueaba sus pensamientos cuerdos… Reconoció una leve voz que le incitaba a atacar y despedazar todo a su paso, cual fiera en plena cacería.

El hombre dio un paso al frente, enseñando la seguridad en sus actos e intimidando a los presentes. Mas estos reaccionaron casi por inercia.

- Será mejor que se vaya, señor Hiwatari.- dijo el Abuelo Granger con el ceño fruncido.- No queremos problemas.

Voltaire ensanchó su maligna y desagradable sonrisa, en tanto sus dientes de tonalidad nívea, relucían como símbolo de superioridad y vanidad. La negrura y perversidad de sus ojos, emitieron una pequeña y misteriosa chispa que provocó escalofríos en varios de los presentes. El aire se volvió pesado entonces, y la tensión aumentó considerablemente; asemejaba una batalla sicológica, donde el más débil, no era más que un obstáculo en el camino del otro. Carraspeó la garganta antes de emitir sonido.

- Nieto,- pronunció irónicamente, e ignorando las palabras del 'Abuelo' Granger.- tú y yo tenemos un tema que tratar.

- No tengo nada que discutir contigo.- respondió Kai cortante y con voz tranquila. No obstante, sus ojos hablaban lo contrario, pues rebosaban de furia contenida. Dio media vuelta, alejándose del pasado y del tormento.

Voltaire frunció el ceño fugazmente ante el rechazo y arrogancia de su 'nieto'; sin embargo, se esforzó por mantener una calma que no gozaba.

- No seas insolente, muchacho.- replicó con esa voz fría e insulsa que recordaba las raíces de Kai.- Dile a tus… amigos, que se retiren.

Tyson hizo notar su enfado, dejando escapar un gruñido. ¿Quién se creía? Le estaban echando de sus propia casa, ¿qué mayor insulto que aquel? Al parecer, la falta de educación y la arrogancia eran características claves en todo Hiwatari. El moreno sintió una mano sobre su hombro que le indicó que recuperara los estribos y se comportara. Era la zurda de Kai.

- "¿Kai? ¡Pero qué demonios…!"- pensó el Granger menor. El bicolor le lanzó una mirada fría.- "¡Estoy de tu parte! ¿Qué diablos te pasa?"

Kai oprimió levemente su hombro, mientras le observaba por el rabillo del ojo, expresando un odio considerablemente mayor al habitual. A regañadientes y con los puños fuertemente cerrados, Tyson comprendió el mensaje, y con una fugaz mirada se lo hizo notar a su abuelo. Este último, adormeció su ligero malhumor e invitó a Voltaire a pasar a la sala a través de un gesto con el brazo.

- Pase… por favor.- dijo el anciano con un dejo de irritación, en tanto el ego del malvado Hiwatari se intensificada.

Voltaire dio unos pasos al frente, abriéndose paso entre la multitud de jóvenes beyluchadores. Sus pies resonaban fuertemente por el pasillo, mientras su bastón, de cabeza redonda y oro puro, golpeaba la madera del piso. Los Bladebreakers no apartaron sus miradas del hombre con cabellera larga y plateada hasta que ingresó a la sala de estar, junto con Kai guiándole en la corta trayectoria. Este último, andaba con el ceño fruncido, aunque cubierto por la sombra que provocaba el flequillo de su cabello bicolor.

El anciano Hiwatari se adelantó a su 'nieto' y se plantó frente a él, deteniendo sus pasos y provocando que este levantara la vista, posando bruscamente sus orbes escarlata en las de él. El mayor sonrió irónicamente y con malicia grabada en el rostro. Mientras Kai sólo deseaba marchar lo más lejos posible de aquella alma diabólica y maligna que le había torturado con castigos inhumanos por tanto tiempo.

- ¿Y bien? – Pronunció el bicolor, ocultando cualquier rastro que pudiera delatar a su orgullo.

- ¿Dónde está? – Habló Voltaire con exigencia y dureza impregnada en su voz, en tanto su cínica sonrisa desaparecía de su semblante adusto.

Kai oprimió sus labios y sus ojos se abrieron enormemente, dada la impresión. Pero rápidamente tornó a su antigua expresión indiferente y apaciguó el ligero temblor en la mandíbula. Entrecerró los ojos y observó a su 'abuelo' con seriedad. Este le devolvió el gesto y ambas miradas iracundas chocaron, provocando chispas y tensando el ambiente.

- No sé de qué me hablas.- Respondió Kai, cerrando los ojos y volteando el rostro hacia cualquier otro lugar.

- Hm. Niñato insolente, debería castigarte por despreciar mi presencia,- dijo el adinerado empresario.- pero soy compasivo y perdonaré tu falta de respeto. Ahora dime, ¿dónde está?

- ¿Dónde está qué?- respondió el bicolor elevando la voz y dirigiendo nuevamente su mirada hacia él.- Ya te dije que no sé de qué me estás hablando.

La paciencia de Voltaire acabó de un momento a otro. Se le acercó rápidamente y le agarró por el brazo con brusquedad, remeciéndolo sin cuidado y tirando de él. Su cólera podía transmitirse a través de sus ojos, lo cual divertía al muchacho. Éste fue agitado una vez más con tal fuerza que estuvo cerca de perder el balance, mas lo recuperó. Sin embargo, el hombre le agarró del cabello y tiró de él.

- ¡Lo sabes perfectamente! – Clamó iracundo.- ¿¡Dónde está tu puta madre!

Con ambos ojos fuertemente cerrados, Kai dejó escapar un gemido de dolor, mientras sus piernas se aflojaban y flexionaban logrando que cayera de rodillas junto a los zapatos bien lustrados de Voltaire. Este le zarandeaba con brutalidad, esperando así una respuesta forzada del menor. Pronto, detuvo el movimiento y obligó al bicolor a mirarlo a los ojos.

- ¿Cómo quieres que lo sepa?- dijo Kai entre gritos.- ¡¿no se supone que estaba muerta?

Sin esperarlo ni comprender del todo el por qué, recibió una feroz bofetada en la mejilla, tornándose esta de color rojo ardiente y dejándole un gusto a sangre en el interior de la boca.

- No te hagas el listo conmigo,- respondió el anciano malhumorado acercando su rostro al de su 'nieto'.- sé perfectamente que has tenido comunicación con ella. Si no quieres que te vaya peor, será mejor que hables.

Con inhumana fuerza, Voltaire lanzó a Kai por los aires a varios pies de distancia. Seguidamente, se oyó el estruendo de su cuerpo colisionar contra las tablas que conformaban el suelo. El agredido se levantó rápidamente, aunque resentido por la caída. Enfocó sus orbes hacia el mayor con un odio tan oscuro y poderoso, que parecía casi tangible; luego, apretó la mandíbula intentando abstenerse a la violencia que le tentaba para actuar. El anciano suspiró e intentó relajar los músculos de su rostro afectado por los años.

- Así que… no hablarás.- dijo con voz tranquila pero siempre dura y fría.- Entonces, habrá que buscar otras formas para que me digas la verdad.

Nuevamente tensó el rostro, con evidente mirada de odio, penetrante y agudo cual espada afilada. Posteriormente, puso su fino bastón enfrente de sí y con la diestra jaló del mango, dando a conocer una daga de acero fino y puntiagudo oculto tras la imagen de un simple báculo. Jugueteó con el cuchillo entre sus huesudos dedos, mientras los ojos expectantes de Kai vigilaban sus movimientos. Sintió un escalofrío recorrer su espalda y como los recuerdos lejanos le provocaban dolor en el pecho. Sí, él conocía esa daga, la conocía demasiado a fondo para su gusto; ¡cuántas veces Voltaire había perforado su piel con ella! ¡Cuántas cicatrices había dejado su venenoso filo en su cuerpo! Sentía el temor y el dolor de revivir la sangre, el sufrimiento… el castigo. Las imágenes y los escalofriantes gritos hacían eco en su cabeza, obligándole a recordar un infierno de cosas. Esa 'serpiente' puntiaguda era el mismo Diablo, que con su filo lograba los más intensos gritos de dolor; esa daga era la que jugaba entre su carne y se paseaba cortando los tejidos de su nívea piel. Sólo verla le hacía estremecer…

- Mi querida Serpiente.- declaró Voltaire en un murmullo.- Los herreros que la forjaron la llamaron así por su increíble capacidad de corromper psicológicamente el alma de las personas, semejante al veneno de una serpiente. Empieza desde dentro, en tu corazón… y poco a poco recorre tu cuerpo infectándolo de dolor, haciendo surgir la sangre y rasgando los órganos internos, hasta extinguir tu vida con un soplido… Tú, mejor que nadie, lo sabes.

El sádico anciano pasó la daga por su lengua, deleitándose en la pronta sangre que habría en su filo. Kai estaba inmóvil; ni un músculo de su cuerpo respondía a las señales de su cerebro. Una gota de sudor recorrió su rostro hasta el cuello, donde desapareció entre sus ropas.

- Por última vez, nieto,- dijo Voltaire acercándose lentamente hacia el menor.- ¿dónde está tu madre?

Sus pasos a penas se oían, eran tan sigilosos como los de un tigre acechando a su presa. Con cada pisada marcando el suelo de madera, el temor de Kai aumentaba más y más, hasta que tembló. Pronto, tuvo al anciano parado justo enfrente de él, a tan solo unos centímetros de distancia. Sintió su pesada aura oscura cerca y su olor a caros perfumes franceses. Le inspiraba temor, sí, tanto como sus horribles reencuentros con el pasado. Levantó la vista y pudo notar el bestial y diabólico ser que se había apoderado de su 'abuelo'. Simplemente no era humano, no; era un Satanás en persona, un hijo del Diablo sediento de sangre, poder y ambición; un ser de las tinieblas repugnante y repulsivo…

Voltaire extendió la diestra donde tenía la daga, y, al no haber respuesta por parte de Kai, lanzó una cuchillada directa a la mejilla de este, provocando un severo y profundo corte.

La sangre marcó el piso. Tormento, sufrimiento. Kai respiró profundo aguantando el tremendo dolor que provenía de la reciente herida. Ardía como el fuego y dolía como cientos de agujas clavadas en su rostro. La sangre seguía emanando cada vez con más fuerza, manchando en totalidad el rostro del muchacho y parte de su cabello bicolor. Deseaba poder gritar, llorar y lamentarse en el dolor. Era un corte que desgarraba su piel profundamente, y también su espíritu luchador e incansable.

Este era un nuevo 'tatuaje' adherido a su cuerpo.

De pronto, la puerta corrediza de la sala se abrió, revelando a un Tyson sorprendido y, misteriosamente, dolido. Se escuchó el estruendo de tazas destrozándose y el olor a café recién hecho expandirse en la sala.


– ¿Qué rayos…? – fue todo lo que salió de entre sus finos labios morenos. Mientras sus ojos no dejaban de abrirse dada la impresión.

Tyson había dejado caer las tazas con café que había preparado su abuelo para Kai y su despreciable pariente. Estas, colisionaron contra el piso y el contenido se esparció por la sala hasta chocar con el inusual líquido escarlata, que también se abría camino entre las tablas de madera. Se fundieron en una sola sustancia de color nauseabundo y pútrido, y ya no fue agradable al olfato. Las tazas de loza barata del Abuelo se habían convertido en añicos y sin ningún valor.

Los ojos castaños de Tyson estaban como platos, demasiado sorprendidos, pero, no duró demasiado… Pronto, se adueñó del moreno una ira creciente y su ceño se frunció. De su garganta salían gruñidos impotentes y cargados de cólera…

– ¿¡Qué mierda cree que hace, viejo loco! – Gritó Granger en un arranque de ira. – ¡Váyase de mi casa!

El anciano Hiwatari frunció el seño ligeramente y lanzó un gruñido seco al aire. Escondió disimuladamente la daga bajo la manga de su camisa de seda blanca y perfectamente planchada, intentando vanamente fingir inocencia. Pronto, y con el inquieto silencio que los rodeaba, los demás miembros del equipo de los Bladebreakers y el anciano dueño del Dojo fueron atraídos por los gritos del joven de la gorra. Nada más llegar percibieron el horrible olor a sangre mezclado con café, mas no supieron de donde provenía

¡Ya llegué! – se oyó gritar al padre de Tyson desde la cocina– ¿Dónde están, chicos?

– ¡Es un viejo hijo de puta! – Clamó con fuerza Tyson mientras intentaba acercarse a Kai, quien estaba de rodillas a los pies de Voltaire

Ray advirtió el profundo corte en la mejilla del bicolor y entendió la ira de su compañero peli azul.

Su… rostro. – Murmuró el chino, logrando que los demás presentes se percataran de la fuente de sangre. – ¿Qué rayos…?

– Él… está totalmente loco – murmuró Max. Dirigió su mirada al Hiwatari mayor– ¡Es su nieto! ¿Cómo es posible que le haga esto?

– Niños estúpidos…– se oyó decir a Voltaire con voz ronca y tenebrosa mientras entrecerraba sus ojos negros. – ¿Nunca les han enseñado a no entrometerse en asuntos que no les incumben? Esta… es una gestión entre Kai y yo. Y como ustedes han dicho, es mi nieto y mi propiedad, así que haré lo se me venga en gana con él.

Hilary tenía sus manos tapando su boca y los ojos tan abiertos como era posible. Nunca se había topado con un hombre tan vil y perverso, que no era capaz de amar ni a su propia sangre… y encima provocaba dolor a su nieto. Su mente no estaba acostumbrada a asimilar tanta maldad. Ella era una chica común, quien gustaba del rosa, la ropa y del helado de fresa con chocolate. Le agradaba que le expresaran cariño y los abrazos y besos. Era sensible, aunque no lo pareciera. Odiaba la sangre y la crueldad… y esto, sobrepasaba sus límites. Sabía que la vida de Kai había sido muy dura y falta de cariño (a diferencia de la suya), pero nunca imaginó que un familiar legítimo fuera el causante de esa dolorosa travesía y aquel curioso comportamiento hostil… Iba contra sus creencias y principios básicos.

Bruce se dio a conocer.

– ¿Qué… sucede aquí?– Dijo el padre de Tyson, mientras sus ojos estudiaban la situación.

– ¿¡Acaso quiere matarlo!– fue lo último que gritó el de la gorra ignorando a su recién integrado padre.

– ¿Matarlo?– Dijo Voltaire con tono burlesco. Sorprendentemente, se largó a reír. – ¡Matarlo, dices!

Su macabra risa llenó las paredes de la habitación. Los ojos expectantes y sorprendidos observaban por primera vez una curva en los labios de aquel sádico anciano. Siguió carcajeando hasta que la situación se tornó ridícula.

Está totalmente loco. – pensaba Ray con el ceño fruncido. – Es un enfermo mental.

- ¿Realmente piensas que soy yo el que quiere matarlo?- Dijo Voltaire cuando su risa hubo acabado y fijando sus ojos en el joven de la gorra.

- Es usted el que le hace daño. ¡Es usted el que siempre lo ha perseguido para asesinarlo!- gritó Ray desde atrás.

– Yo siempre quise que Kai estuviera a mis órdenes… y aún lo quiero. No me es nada conveniente que muera. Pero…– Con violencia agarró uno de los brazos de Kai, quien se sobresaltó y cerró fuertemente los ojos. – yo diría que es él el que quiere dejar este mundo con sus pensamientos egoístas. Es él el que quiere matarse… ¿no te parece?

Voltaire bajó la manga de la camiseta de Kai, dejando ver innumerables cortes en su brazo. Sádicos y horribles cortes, que producían escalofríos a simple vista. Había uno en específico que se hacía notar por su profundidad y tonalidad amarillenta; este, iba a lo largo, desde la muñeca hasta la mitad del brazo, perfectamente pronunciado y aún con rastros de sangre alrededor. Su cicatrización recién había comenzado, por lo que se convertía en un punto sensible de su cuerpo. Había otros que parecían un jugueteo entre ellos, armando caminos semejantes a vías de tren… pero siempre cargados de un sentimiento desagradable. Provocaba pavor pensar que en algún momento la carne estuvo expuesta y la sangre había bañado ese brazo con dolor y furia.

Hilary sintió nauseas y saboreó la acidez en su boca.

Kai gritó una negación, mas no pudo evitar que rebelara su secreto... El dolor quedó expuesto. Sus sentimientos volaron al aire. Su debilidad era pública.

– No, no, no. – murmuró Max. – Kai jamás se haría daño. ¡Usted le hizo eso! ¡Sólo quiere hacernos creer que Kai es un corta-venas, pero no caeremos en su juego!

Voltaire ignoró el pequeño discurso del rubio y prosiguió con el siguiente brazo, donde repitió el proceso y rebeló una segunda dosis de mortificación provocada por el mismo bicolor. Kai había dejado de luchar, pues era demasiado tarde para ocultarlo. En lugar de ello, se ocupó de mantener su mirada tras la sombra de su cabello, evitando que la vergüenza de sus ojos también quedara expuesta. Los cortes eran incontables, como las estrellas del cielo o las gotas que formaban el mar azul. Observar solo uno era imposible sin antes fijar la mirada en los centenares que había alrededor.

– Les recomendaría medir sus palabras, mocosos. – Habló el anciano Hiwatari. – No pueden ir por la vida creyéndose superiores y dándoselas de prepotentes con una persona de mi categoría. En lugar de ello, podrían comportarse como los… "amigos" que son, y preocuparse por la falta de cordura de su "querido" capitán.

Devolvió la daga a su anterior estancia, dio media vuelta y se preparó para dejar la habitación.

– Escúcheme bien… "Señor" Hiwatari.- Dijo Tyson con los puños fuertemente cerrados y sus ojos ocultos tras la sombra de su cabello azulado.- Yo, con mis propias manos, me encargaré de que nunca en su vida vuelva a ver la luz del sol. Haré que lo sequen en la cárcel, hasta que incluso las ratas sientan asco de tener que compartir jaula con usted. Recuerde mis palabras.

Voltaire volteó su rostro, mostrando su perfil a los jóvenes. Con sonrisa maligna y mirada desafiante, contestó:

– Quisiera ver eso. – Acto seguido, prosiguió su andar, hasta que las miradas atentas ya no pudieron seguirle. Con paso firme, caminó hasta la entrada del Dojo, donde le esperaba una resplandeciente y fastuosa limusina oscura, con ventanas polarizadas y lujoso aspecto. El chófer del vehículo hizo una reverencia, luego, abrió la puerta al anciano. Tan pronto como el conductor se encontró en su asiento, partieron a toda velocidad a la mansión Hiwatari.


– Sólo dinos, Kai, – repetía el joven chino. – dinos que tú no te hiciste eso y podremos tomar medidas legales. Él nunca más se acercará a ti… Al fin estarás en paz.

El bicolor mantenía su mirada baja, oculta tras su cabello. Sentado en el sofá de la sala, junto al Señor Granger, sentía la vergüenza de su locura. No podía culpar a Voltaire y huir de la verdad, fingiendo que nunca sería capaz de caer tan bajo, y aparentar la cordura que no gozaba.

Max, sentado en un sofá individual, escondía su rostro tras un almohadón. No sabía qué pensar. Cuando intentaba aportar con algún comentario, las palabras eran robadas de su mente quedando totalmente en blanco, como si olvidara el habla. Su frustración crecía. Ya no se sentía como el mismo muchacho optimista y alegre que solía ser, sino como un inútil incapaz de ayudar a un amigo. Una presión en su pecho, similar al ahogo, le robaba la atención y hacía crecer su tristeza.

– ¿Acaso vas a negarlo? – se oyó decir a Tyson bruscamente. Acto seguido, se acercó al bicolor, hasta quedar a solo centímetros de distancia. – ¿Vas a negarnos que ese viejo loco jamás te golpeó?

Ante el silencio incómodo que se presentó y la falta de respuesta del ruso, Tyson agarró a Kai del cuello de la camiseta y lo levantó del sofá, acercándolo a sí con ferocidad, amenazando con lanzar un golpe a su rostro en cualquier momento. Las palabras del bicolor permanecieron ausentes, lo cual acrecentó la ira del moreno. Ray intervino inmediatamente, esforzándose por que Tyson soltara a su capitán y no empeorara la situación, mas no había mucho que pudiera hacer ya.

– ¿Por qué habría de soltarlo? ¡Se merece que lo golpee! – gritó el de la gorra con diminutas lágrimas cristalinas en sus ojos castaños. – ¡Es un idiota! ¿Cómo deja que alguien abuse así de él?

– Kai tendrá sus motivos, Tyson. – habló Hilary desde el otro extremo de la habitación. – Debe haber una explicación para esto, ¡cálmate ya!

El bicolor sujetó las manos de Tyson y las alejó abruptamente de su camiseta, agregando un leve gruñido final.

– No vuelvas a tocarme. – dijo Kai en un susurro, pero sin perder el poder y la dureza en sus palabras.

– Kai, por favor, explícanos esto. – sugirió Ray, evitando que el conflicto continuara.

– No hay nada que explicar. – contestó el ruso, con la misma frialdad en la voz.

– ¿Nada que explicar? ¿¡Nada que explicar! – repitió a gritos el moreno. – ¡Acaban de rajarte la cara con un cuchillo! ¿No hay explicación para eso? ¿Y tus brazos? ¿Quién te hizo esos cortes? Y no me digas que fue el gato, porque ni tienes ni es capaz de hacer algo tan horrible… ¡Sólo admite que Voltaire te ha estado torturando!

– Hijo, por favor, tranquilízate. – dijo el señor Granger. – Que te alteres, no ayudará en nada.

– ¡Responde! – gritó con rabia el peli azul, ignorando a su progenitor. Su ceño estaba fruncido y sus ojos irradiaban una chispa de ira temible. Sus puños fuertemente cerrados indicaban que atacaría en cualquier momento, y ni su padre ni nadie sería capaz de detenerle.

– ¡Voltaire no me hizo los cortes! – Hiwatari devolvió el grito con la misma potencia… No obstante, se retractó inmediatamente de sus palabras, temiendo la reacción que pudieran tener los presentes, y lo que llegaran a pensar de él. Una imagen fugaz atravesó su mente, como un cohete surca el cielo, y pudo identificarse en un hospital siquiátrico, rodeado de medicamentos y detestables doctores. ¿Camisas de fuerza, medicamentos, terapia, doctores? Eso no era para él; primero… muerto.

Max alzó los ojos inmediatamente y, sorprendido, enfocó su vista en su capitán. Entendiendo inmediatamente lo que acababa de oír y lo que ello significaba.

– Tú… tú… – tartamudeó el rubio, nervioso y asustado. – tú te los… hiciste…

Kai gruñó y volteó su rostro hacia la derecha, intentando a toda costa evitar las miradas impactadas de sus compañeros de equipo. Iba a costarles asimilar que el propio bicolor fuera capaz de caer en la cobardía e intentara suicidarse. Para sus mentes, era ilógico; como si la gravedad de pronto desapareciera, como si el Sol de la nada se extinguiera… Era estúpido pensar que Kai Hiwatari se estuviera rindiendo ante la vida y dejara que las penas lo dominaran. El bicolor era un roble de la más dura e irrompible madera, pero estaba dejando que sus hojas cayeran y las ramas más altas se pudrieran. Extinguía su vida en cada soplido del viento sobre su corteza.

– Es… es una broma. – dijo Tyson, derramando lágrimas que lo ahogaban en dolor. – Tú… tú eres fuerte, no serías… capaz… Nunca nos dejarías… No otra vez, ¿verdad que no? ¡Dime que no lo harías! ¡Dímelo, dímelo!... por favor… Quiero creer que amas la vida. Quiero creer que no odias todo a tu alrededor. Quiero creerlo, por favor… dímelo.

Tyson cayó de rodillas al piso, sollozando y lamentando los deseos de muerte de Kai. Este último, sintió el peso de aquella palabra sobre sus hombros, sintió el calificativo que había caído sobre él. ¿Él era fuerte?

– Siempre quise…– habló Ray de pronto. – siempre quise saber lo que sentías, lo que había en tu corazón… pero…

– ¿Lo que yo sentía? – Kai al fin levantó la mirada y enfocó sus ojos en los de Ray. – No me hagas reír… Tú, y ninguno de ustedes tienen idea de lo que siento. No saben nada. Ni siquiera me conocen…

– ¿De qué estás…? – pronunció el chino.

– ¡No tienen idea de lo que yo siento! – clamó Kai en un arrebato de ira. – ¡No finjan que saben! ¡Idiotas!

– ¡Entonces dinos! – le gritó Ray. – ¡Dinos qué es lo que sientes y acabemos con esto de una vez y para siempre!

Kai guardó silencio durante unos instantes; luego, cambió su semblante iracundo, a uno más frío que un témpano, tan frío como nunca se había visto grabado en su rostro. Sus ojos escarlata eran un agujero vacío hacia el infinito. No había nada en ellos… ni la más mínima emoción. Su rostro no daba tregua, no decía nada. No había nada escrito en él. Era… nada.

– ¿Quieres ver lo que siento? ¿Realmente quieres ver? – murmuró Kai, apenas audible. – Sígueme y verás lo que realmente hay en mi corazón.

Kai abandonó la habitación, dejando atrás a sus compañeros de equipo y al señor Granger. Se encaminó hacia la cocina y permaneció de pie, dando la espalda a la puerta, junto a uno de los muebles donde se guardaban los utensilios de cocina, esperando que el grupo de jóvenes hiciera su aparición tras él, para enseñarles todo aquello que reinaba en su corazón. Quería que supieran cuán grande era el dolor en su pecho y lo terrible que era inhalar el aire de la nostalgia cada día de su vida. Llenar sus pulmones con dolor y martirio. Tener que caminar sobre mil agujas todos los días sin la oportunidad de poder huir de ello. El nudo constante en su garganta… cada vez más intenso e inaguantable.

Mientras esperaba, extrajo del cajón del mueble, un enorme cuchillo de chef, de alrededor de veinte centímetros de largo y cinco de ancho, de aspecto macabro si no era usado para cocinar.

Pronto, se asomaron sus compañeros. No avanzaron más allá del marco de la puerta y ahí esperaron expectantes a lo que Kai quería enseñarles.

– Mira bien, Ray. – dijo el bicolor en voz alta. – Esto es lo que siento.

Kai dio la vuelta y dejó que sus amigos observaran el enorme cuchillo en su mano. El ruso lo posó lentamente sobre su muñeca derecha. Observaba el terror en los ojos de sus amigos por lo que estaba haciendo. Sintió el placer de hacerles llorar y sufrir por su dolor. Se sintió complacido por las lágrimas que caían de los ojos de Tyson. Comenzó a oprimir contra la carne blanca y lastimada. El corte partió siendo leve, pero rápidamente se ensanchó hasta crear una grave abertura de donde la sangre salía a montones, manchando el piso de madera. Kai siguió cortando más allá de la capa externa de la piel, cortando el músculo y escurriendo cada vez más y más líquido carmesí a su alrededor. Pronto, el dolor en su muñeca fue demasiado para continuar y soltó el utensilio asesino. Este cayó al piso sobre la gran charca escarlata a los pies del bicolor, salpicando pequeñas gotas sobre sus zapatillas negras.

Ardía como el fuego. Las lágrimas no tardaron en salir. Kai cayó al piso, gritando su tortura y clamando el dolor en su muñeca. Pero misteriosamente, seguía sintiendo ese placer de provocar dolor a sí mismo y a los demás… ¿Quería llamar la atención como cualquier muchacho adolescente? El placer se extinguió, siendo sustituido por el balde de agua fría llamado realidad. Se dio cuenta de que se estaba comportando como un chiquillo malcriado deseoso de tener lo que quiere. Haciendo berrinche por lo que desea y causando líos y dolor a los demás.

Ray tardó en reaccionar, pero cuando asimiló lo que sus ojos presenciaban corrió hacia el cuerpo caído de Kai y lloró sobre su rostro.

– ¡Reaccionen! ¡Tyson! ¡Max! ¡Hilary! – les llamaba a gritos, intentando apartarlos del velo que cubría sus ojos. – ¡Kenny, por favor! ¡Kai morirá desangrado! ¡Señor Granger!

Su voz se perdía entre la desesperación. La sangre teñía sus ropas blancas. Sin saber qué hacer y con cada parte de su cuerpo temblando, Ray puso sus manos tintadas de rojo sobre el rostro de Kai y le aseguró que estaría bien, le prometió que él mismo lo salvaría. No dejaría que la vida de su compañero se le esfumara como agua entre los dedos.

Bruce, cuando se hubo recuperado de la impresión, corrió hacia uno de los muebles y cogió el paño de cocina, envolvió rápidamente la muñeca de Kai y presionó con fuerza, ignorando los quejidos del bicolor.

– ¡Tyson, llama a una ambulancia! – gritó a todo pulmón el hombre, pero su hijo pareció no oírle, si quiera percatarse de que le hablaba a él. – ¡¿Tyson que rayos esperas? ¡Muévete y llama al hospital!

– Yo… yo… – tartamudeó el de la gorra. Pronto cayó brutalmente en la realidad y mecánicamente corrió hacia el teléfono.

Hilary cayó desmayada al piso. Max sollozaba y observaba aterrado la escena, clamando al cielo que la vida de Kai se quedara donde estaba. Kenny cayó de rodillas, con expresión vacía, sin asimilar nada de lo ocurrido.

Kai sentía como los gritos de desesperación de sus compañeros se alejaban de sus oídos y caía en la oscuridad infinita, donde simplemente flotaba y ya no había nada. Solo él y la negrura de su subconsciente.

¡Kai! – clamó ella, la desconocida.

La luz del sol en el crepúsculo iluminaba con debilidad la figura del ruso y los actos desesperados del adulto intentando detener el constante flujo de sangre. Pronto anochecería, y nuevamente sería la Luna la única testigo de la sed de muerte de Kai Hiwatari.


¡Dios Mio! son las 4:45 de la mañana y me he pasado todo el día y toda la noche (o casi toda) terminando el capítulo.

¡Ah! Cambié el rated porque pensé que quizá esto si era un poco más fuerte pero como está la televisión hoy en día no creo que a los más jóvenes les afecte pero para no tener problemas con la página, mejor así :)

Bueno, la verdad es que no sé si sea de su total agrado este capítulo, espero que sí. Con cada capítulo que subo pienso que pierdo más y más lectores, hasta que me quede solo con aquellos que me digan: "Tu fic está siendo comentado en los malosfic" jejejeje... no soy muy optimista, debo cambiar eso.

Le puse mucho esfuerzo para terminarlo antes de que acabara el año y gasté gran parte de mi imaginación en este capítulo así que deseo de corazón que les guste. :)

Ojala hayan pasado una feliz Navidad y que tengan un próspero año nuevo :). Diviértanse y no agobien a Santa Claus :D xD