―Iré en un minuto ―dijo al escuchar unos toques en la puerta. Los pasos se alejaron escaleras abajo.
Se vio en el espejo para acomodar la prenda de vestir y cepillar su cabello lacio que ya le llegaba a la cintura bien definida que tenía en su delgado cuerpo de mujer que había desarrollado. Satisfecha con el reflejo, salió de su alcoba para ir a donde su prometido.
Ahí estaba, ocupado en la estufa preparando, como todos los días, un fabuloso desayuno para ambos, Trabajaba hábilmente con las manos, pero la rubia solo veía los cambios que los músculos en la gran espalda y brazos hacían.
Hacía tiempo que el shaman aparecía espontáneamente sin playera, debido al entrenamiento había argumentado cuando la rubia le preguntó la primera vez.
―Ya está listo, ¿qué quieres de tomar? ―hablaba mientras colocaba los platos sobre la mesa, gracias a lo cual la itako tuvo una maravillosa vista panorámica del torso: amplios pectorales y abdominales perfectos. De repente recordó que era verano.
―Jugo, por favor ―paseó la mirada por los fuertes hombros―, con hielo ―tenía que dejar de verlo. Si claro, las veces pasadas se dijo lo mismo y no lo había conseguido, no había razón para que esta fuera diferente.
―¿Cómo dormiste? ―la aludida se obligó a poner la mirada en el plato. Olía delicioso.
―Bien, ¿tu? ―no quitaba la vista del desayuno.
― Acostado ―comenzó a reír y la rubia tuvo que verlo. Esa sonrisa varonil la enamoraba.
La edad y la madurez no habían atrofiado su sentido del humor.
Después de la pequeña broma nadie habló más. Cuando terminaron de desayunar el shaman se levantó y rodeó la mesa para recoger el plato de su prometida, fácilmente podría haberlo agarrado pero iba en busca de ella.
―Gracias ―la itako esperó a que estuviera lo suficientemente cerca para besarlo.
―Si sigues agradeciéndome de esa forma pasaré el resto de mi vida cocinándote ―le acarició la mejilla.
―Aunque no lo haga lo seguirás haciendo, Asakura ―ambos sonrieron.
Era una completa mentira, Anna nunca dejaría de besarlo y él ni pensaba en la idea.
Así había sido su primer beso hace tantos años.
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Con algunos esfuerzos, Marion había transportado y colocado a Hao en la cama donde ella dormía. Ni en sus sueños más locos hubiera concebido esta escena.
Tomó su mano entre las suyas, se sentó al lado de él y se dedicó a contemplarlo.
Pasaron minutos, horas, y no había seña de que quisiera despertar, pero la suerte cambió al ocultarse el sol.
Lentamente los párpados empezaron a levantarse, Mari observaba llena de felicidad, lo primero que le haría sería confesarle su amor, ya lo había decidido.
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―Buenas noches, Anna ―se despidió Yoh desde la entrada del cuarto de la rubia.
―Buenas noches ―el shaman caminó hasta ella y atrapó sus labios. Deslizó las manos por la espalda dejando que el suave cabello le acariciara los dedos, al llegar a la cintura la acercó más a él.
Ella lo abrazó por el cuello, y luego paso a tocar todas las partes que sus ojos habían visto esa mañana en la cocina.
Los besos de su prometido se desviaron a su hombro izquierdo; sentía la mano libre vagar por su muslo, subiendo la yukata.
―Yoh.
―Lo siento ―dijo instantáneamente al escuchar a su prometida pero le llevó más tiempo retirar las manos y su cuerpo del de ella ―. Que duermas bien ―acarició su boca una vez más y salió.
A pesar de tantos intentos fallidos no desistía, no se desesperaba, simplemente no estaba lista, él respetaba eso y sabría esperar.
¿Por qué no podía hacerlo? Moría por estar con él, con cada caricia la ponía a temblar de pasión, la hacía dejar de pensar, la hacía rendirse a sus pies, pero entonces, ¿por qué no podía entregarse a él si lo amaba? Por qué lo amaba, ¿cierto?
Observó la luna mientras su mente confundida repasaba los momentos junto a Yoh, siempre parecía estar tan relajado, tan dispuesto, tan seguro… el reconocimiento la golpeó, ahí estaba su respuesta: él la amaba, ella dudaba del amor hacia él.
Pero ¿Cómo podía él estar tan seguro de que la quería?, algún día, talvez, se lo preguntaría.
Siguió dándole vueltas al asunto, tendría que haber alguna forma. No encontró ninguna por el momento.
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Estaba en medio de un profundo descanso cuando un gran poder espiritual se rebeló, despertándola en el mismo instante en el que soñaba con unos pálidos ojos verdes y veía a su furyoku salir de ella. Extraño.
―¿Sentiste eso? ―su prometido entró sin previo aviso a la habitación.
―Se sintió más allá del continente, Yoh ―No había existido ninguna actividad shaman desde hacía nueve años y de pronto esto, ¿qué demonios estaba pasando?
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―Anna ―las palabras quedaron atoradas en su garganta al escuchar lo que él había pronunciado. El pecho se le oprimió a tal punto de dolerle insoportablemente. Soltó su mano y contuvo las lágrimas.
―Soy yo, señor Hao… simplemente yo ―completó en su cabeza.
―¿Anna? ―preguntó cuando puso sus ojos en ella.
El dolor de la opresión del pecho de antes no se comparaba con el de ahora. La estaba confundiendo, la llamaba por el nombre de ella. Y pensar que le iba a confesar el amor que sentía por él.
―No señor ―sacaba fuerzas de donde podía para no sucumbir ―Marion. ¿No me ―temía preguntar, ¿y si la respuesta era negativa? Sintió más dolor en los cinco minutos que llevaba despierto a los nueve años que cuando estaba muerto, francamente no soportaría mas, pero si se iba a quebrar, que se partiera de una vez ―no me recuerda?
Los ojos cafés la observaban atentamente.
―Mari ―dijo después de un rato dándole un poco de pegamento para mantenerla unida algún tiempo más.
Bueno, aquí el segundo cap. Estaré subiendo cada viernes :D
snoopyter, muchas gracias por tu comentario xDDDDD :)
