Capítulo III

"Una entrevista"

Al día siguiente me desperté con el sonido de la alarma, y me levanté para ir a trabajar. Me vestí y desayuné como en sueños, y arrastré mis pies hasta la calle: estaba cansado. Compré un café antes de entrar a la clínica y para cuando llegué a mi piso ella estaba ameno y despierto.

Fue una mañana tranquila, principalmente llena con niños que padecían gripe. Algo estacional, sin duda. Receté acetaminofén para infantes, caldo de pollo y descanso durante la primera parte del día, y llegó mi hora de almuerzo. Era viernes, y trabajaba hasta las tres de la tarde.

Cuando salí, decidí dar un paseo, comprar un té y algún bocadillo e irme a casa… Me senté en el parque, aunque hacía un poco de frío. Entonces, recordé a la joven que habíamos conocido ayer. Volví a sonreír con la posibilidad de alguien parecido a Sherlock… Eso le enseñaría algo de modestia, no sólo él puede ser un genio, ¿verdad?

Para mi desgracia, recordé que, a pesar de todo, es el único "Detective consultor" del mundo. Sin embargo, era divertida la idea de alguien más joven que Sherlock pudiera tener un nivel tan bueno como el suyo… Las generaciones evolucionan, y a una velocidad alarmante. Quiero decir, ella no puede tener cinco o cuatro años menos que mí amigo, y por lo que me dijo, claramente ella tiene talento. Ella… Mhm…

"¡Por Dios, que estoy viejo!" pensé. Yo hablando conmigo mismo de jóvenes evolucionando cuando tenía otras cosas que hacer.

Me levanté para marcharme, porque empezaba a llover. Cuando corría hacia la carretera, tratando de alcanzar un taxi, tropecé con alguien, bien envuelto en una gabardina oscura, sombrero y una bufanda alrededor del cuello. Murmuré una disculpa, pero su voz me detuvo.

-¿Doctor?

Me volteé a mirar y la misma Irene Adler se descubrió la cara de la enorme bufanda.

-¡Doctor!-repitió con alegría- ¿Qué hace afuera con en este clima tan húmedo?

-Lo típico en estos días: trabajo-respondí, sonriendo.

-Me alegra que le vaya bien. ¿Muchos resfríos, cierto?

-Sí, bastantes… -en ese momento, olvidándome de la lluvia que se acrecentaba, vi mi quizás única oportunidad de aclarar ciertos puntos de la noche anterior.

-Antes-dijo Irene, tomándome del brazo-, cubrámonos.

Dejándome atónito, nos movimos hasta la acera contigua para, por lo menos, no empaparnos más.

-¿Señorita?-le pregunté, sin saber cómo abordar el tema.

-Irene, por favor. Detesto el formalismo…

-¿Es cierto que lee mi blog?

-¡Claro!-dijo, como si fuera algo obvio sin importancia- Mi tío, el Inspector Lestrade-y movió los ojos, indicándome lo fastidioso de utilizar el vocativo-, me contó alguna vez de un sujeto raro a quien tuvo que terminar pidiendo ayuda. Encontré su blog y con el de él el suyo-y me sonrió, abrochándose aún mejor el abrigo-. Lo siento-añadió, casi tiritando-, no estoy acostumbrada a este clima.

-Er… No sé cómo, pero…

-¿Dudas? Me honra usted. ¿Qué ha cruzado por su cabeza, doctor?

-John, por favor. No soy aficionado a mi título.

-Debería, yo lo soy al mío.

Entonces, indicándome una cafetería, entramos, para que ella se calentara.

-¿No está en servicio?-inquirí, con incertidumbre repentina.

-Siempre-y se rió, más para sí misma que para intentar demostrarme algo.

-Bien…

Hubo en pequeño silencio incómodo, mientras ella ordenaba un café.

-No somos cercanos, señorita, pero, ¿cómo pudo saber anoche lo del betún?-le solté, con impaciencia. Ella sonrió.

-El olor. Es inconfundible.

-¿Diferencia un betún por su olor? ¡Tiene un olfato increíble!

-No, ése en particular, porque mi abuelo lo usa. Años de lustrar los zapatos con el mismo producto hacen que lo recuerdes en cuanto lo huelas, aunque sea por un mínimo instante.

La miré, receloso. Ella observaba con atención la calle, mientras veía pasar la gente, y respondía con despreocupación, dando sorbiditos al café. Arrugó la nariz en varias ocasiones, y supuse que no le gustaba el sabor.

-Nada sabe como en casa-me confirmó, sacando la lengua con expresión de disgusto-. Aquí sólo venden buen té-y sonrió-. Por cierto, doctor, ¿tiene idea de dónde puedo comprar una bufanda de Gryffindor?

-¿Perdone? –dije, sacudiendo la cabeza ante semejante pregunta.

-Una bufanda, de la casa Gryffindor, Harry Potter y eso…-explicó, tratando de ilustrarme con las manos lo que era una bufanda.

-No… Lo siento-respondí. "Muy poca seriedad para estar en servicio", recuerdo que pensé.

Chasqueó la lengua.

-¡Lástima!-dijo- Me hubiera ahorrado mucho tiempo-ojeó su reloj de pulsera, y se apresuró a sacar lo que parecía una billetera de entre algún bolsillo de su gabán-. Perdone, John, tengo que irme. Un placer hablar con usted. Tome un taxi, no camine, y cámbiese la camisa en cuanto llegue a casa. No lo quiero enfermo, ¿de acuerdo?

-¡Irene!-le dije, antes de que desapareciera, dejando la paga. Ella se volteó, apresurándome con la mirada- ¿Cómo supo lo de su hermano?-ella se sonrió, mordiéndose un labio. Bajó la vista, la volvió a subir y con ojos pícaros, preguntó:

-¿Qué le dijo él?

-Psicología barata-respondí, un poco cohibido por tener que decir eso a una extraña, pero ella se rió, satisfecha.

-"Ya son más de las tres"-me cantó, señalándose el reloj de pulsera, dio media vuelta y se marchó, a toda velocidad. Con bastante agilidad, debo añadir, acostumbrada a moverse entre la multitud.

Sólo me quedé ahí parado, extrañado de las rápidas, confusas y hábiles aparición y huida de Irene Adler.

Para cuando llegué a Baker Street, húmedo y friolento, el asunto me inquietaba más que la noche anterior, aunque me olvidé de ello de inmediato porque Sherlock, sin embargo, estaba en camisa y sin zapatos, bastante aburrido, y había restos de patatas y palitos de queso por toda la sala. Disgustado, reclamé aquello.

-¡Tengo hambre!-declaró, molesto- Sabes que me da hambre cuando no hay trabajo… Y luego no, así soy.

-¡Pero sólo ha pasado un día desde que no hay nada!-casi le grité, refiriéndome a su trabajo- Además, ¡no es excusa!

-Nada es excusa contigo, ¿cierto?-se atrevió Sherlock, burlándose de mi rostro enojado.

Me reí, para evitar un alboroto mayor.

-¿Puedes, por favor, recoger el desastre que has hecho?-le dije, agotando mi último recurso, la amabilidad, por enésima vez- Te dará algo que hacer-añadí, suspirando, y mirando en derredor.

Sherlock me observó de reojo, como un niño de cinco años a quien convencen de tomar su medicina.

-Si es tan importante para ti… -accedió, torciendo una mueca de indiferencia.

-Gracias-le dije, seriamente-. Gracias, Sherlock.

-¡Bah!

Aliviado, me sequé y cambié en mi habitación. Cuando volví a la sala, el piso ya estaba limpio… Y las sobras bajo la alfombra, en la repisa, y mi amigo sacudía un almohadón en la ventana. Suspiré, cansado. Nunca se le había dado la limpieza.

-Me encontré con la señorita Adler hoy-le comenté, para cambiar de conversación, sentándome en el sofá.

-¿Quién?-preguntó, sin mirarme, y acomodando el cojín en uno de los sillones.

-La señorita Adler, Irene Adler, ¿la recuerdas? ¿De anoche?-aclaré, molesto, de nuevo, porque me ignoraban- Olvídalo-y me recosté en el sillón.

-No, no-se apresuró Sherlock, un poco alarmado, y volteé a verlo, admirado. Volví a mi posición cuando vi que estaba colocando una vasija china en otro lugar para colocar ahí una horquilla del suelo-Esto no va aquí-murmuraba, por lo bajo, luego subió el tono-... La sobrina de Lestrade, la recuerdo, sí. ¿Qué hay con ella?

-Nada-dije, resignado.

Se volteó para observarme, frunciendo el ceño.

-No… ¿Le preguntaste algo?-añadió, continuando con la "clasificación y ordenanza" de sus posesiones.

-Sí.

-¿Te respondió?

-Sí… Excepto lo de tu hermano.

Él se sonrió.

-¿Le dijiste lo que dije?

-Sí…-respondí, extrañado de aquello le interesara.

-¿Qué dijo?-preguntó, sin mirarme, pero se había detenido en el quehacer.

-Nada, sólo se rió-le dije, dispuesto a disfrutar de la expresión de mí amigo.

Sin embargo, su cabeza rizada sólo se meneó un poco a la derecha, y continuó el trabajo que había dejado, siempre de espaldas a mí.

Suspiré, otra vez.

-No te molestes en terminar eso, ya lo arreglarás después-dije, levantándome.

-¿A dónde vas?-me preguntó Sherlock, sosteniendo un libro de anatomía en una mano y otro de cocina tailandesa en la otra.

-Tengo hambre. A la cocina.

-Oh… ¡No!-me dijo de pronto, cuando iba a abrir la alacena- No, no abras eso…

-¿Por qué?-pregunté, sospechando alguna calamidad.

-Digamos que lo que está ahí necesita oscuridad.

-¿Son ojos humanos?-dije, con ironía, yendo hacia la refrigeradora.

-¡Claro que no!-respondió, con aire ofendido- Esos no se pueden conservar en alacenas, por eso están en el congelador, junto a las chuletas.

Lo miré, y ambos nos reímos.

-Deberías intentar hablarle…-dije, abriendo unas galletas.

-¿A quién?-preguntó Sherlock, distraídamente, enrollando su látigo, ignorando lo que le había dicho.

-A Irene Adler.

Él me miró alzando una ceja.

-Sólo digo… Te convendría tener más amigos además de mí, ¿sabes?-le sugerí, yendo hacia mi cuarto.

-…Aburrido…-dijo Sherlock, levantando la cabeza de entre un montón de papeles.

-Sí, los amigos son aburridos-respondí, hastiado de aquella frase, dispuesto a marcharme.

-¡No!-objetó mi compañero, volteándose con una gran sonrisa- Estoy hambriento Y aburrido…

Lo dejé tumbado en el sofá, devorando una galleta y viendo televisión.

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