Capítulo IV
"El episodio del violín"
Una semana entera sin ningún tipo de homicidios, sin problemas, ni llamadas, ni risas, ni gritos, ni hambruna… Pero repleta de violín. Mucho violín.
No tardé mucho en adivinar lo que debía estar sucediendo… No, no era la falta de ingenio criminal en Londres, no era la prepotencia de la policía, ni era la falta de interés de mi amigo… Era ella. Leíamos las noticias, Sherlock en su celular y yo en el periódico, y sin duda hallamos un par de casos muy interesantes, pero aparecieron resueltos poco tiempo después, sin que nadie llamara a mi amigo para pedir ayuda. Sin embargo, el título "agente Adler" se nombraba más de lo que nos hubiera gustado… A Sherlock por entretenimiento y a mí por privacía… y silencio.
Así que el violín resonó. A veces era Mozart, y resultaba relajante, pero en ciertas ocasiones los bríos de mi compañero espantaban a las palomas del techo con sus espantosas y agudas notas.
Al final pensé en esconderlo y evitarnos a todos el martirio, pero creo que Sherlock sospechó porque siempre lo mantenía cerca de sí.
Sin embargo, al finalizar aquella sufrida semana, justamente el sábado, me desperté y Sherlock ya no estaba. Sabía perfectamente que si hacía eso era porque un caso se asomaba en alguna parte, y él debía ir a inmiscuir las narices. Sonreí, satisfecho, al ver el desgastado y maltrecho violín en el sofá, relajado de que no rasgaran más sus cuerdas… Lo tomé y lo metí en una gaveta.
Holmes no se hizo presente hasta la tarde.
Se veía cansado, y hambriento. También algo molesto y sus pantalones estaban cubiertos de barro. Entró mientras yo tomaba un té y veía la tele. Me sorprendió encontrarlo de aquella manera.
-Sherlock…
-¿Mhm?
-¿Qué pasó?
-¿Mhm? Nada, nada. Un pequeño resbalón-explicó mi amigo, quitándose el abrigo y la bufanda, poniéndose más cómodo-, es todo. Un pequeño resbalón que me costó un par de respuestas y un criminal, pero no es nada-lo miré con extrañeza-. ¿Quieres que me explique?
-Sí, por favor.
-¡Fue ella!-gritó, enojado, mi compañero, señalando hacia afuera por la ventana, hacia algún punto.
-¿Quién?-susurré, con temor, estirando el cuello para ver qué había fuera.
-¡Ella! ¡Ella! ¡Esa… mujer!
-¿Adler?-dije, pensando en los días que acabábamos de pasar.
-¡La misma!- el grito de Sherlock me hizo saltar en mi asiento.
-¿Qué hizo?
-¡Me hizo tropezar! ¡Eso fue lo que hizo!
Sherlock se echó en el sillón, aturdido y bufando. En ese momento, atraída por sus gritos, entró la señora Hudson, preguntando que era todo aquello, pero en cuanto vio el estropicio causado por los sucios zapatos del enojado detective, pegó un grito al cielo exclamando que ella no limpiaría eso, y exigía que lo quitaran en seguida.
Mi amigo la miró con desgano. Yo procuré calmarla para evitar que Holmes gritara otra vez.
-Sherlock-le dije, cuando hube sacado de la estancia a la señora Hudson-… ¿Qué pasó, exactamente?
Mi amigo cruzó los brazos y farfulló la respuesta.
-Yo corría…. Estaba por alcanzarlo cuando, de pronto, ¡ella salió de la nada! ¡De la nada, John! ¡A perseguirlo también!
-¿Y?-pregunté tímidamente, viendo cómo mi compañero fruncía las cejas cada vez más.
-¿Y? ¡¿Y? ¡Ella salió de la nada justo enfrente de mí! ¡Enfrente de mí, John!-y se señaló con el pulgar, enérgicamente- Creí que íbamos a chocar, traté de parar. Desgraciadamente, el estúpido lodo no pensó lo mismo-y se miró los zapatos-. Me caí.
-Te resbalaste.
-¡Es igual! Al final, ella no lo alcanzó.
-¿No?
-¡Claro que no!-gritó mi amigo, acercándoseme de pronto- ¡Pero claro que no! ¡No podría, jamás!-y, de un salto, Sherlock se puso en pie y empezó a pasearse por toda la habitación.
-¿Porque…?
-¿Qué dices? ¡Por la altura, claro!
-¿Irene es muy baja?
-¡No! ¡Inglaterra muy alta!
Sólo pude reír. Claro, Sherlock no podía encontrarle el punto gracioso a los cambios de longitud y altura y sus famosos efectos sobre la respiración, sobre todo porque había perdido –prácticamente- un caso debido a ellos… y a ella.
-Lo atraparás luego-lo animé, para que su humor mejorara-. Siempre lo haces.
-Lo dudo. ¿Y sabes qué fue lo peor?
-No podría imaginarlo.
-¡Que no se disculpó!
Reí a carcajadas: Sherlock se estaba comportando como un niño… Otra vez.
-¿Qué hizo entonces?
-Nada. Yo salí de ése estúpido laberinto de cajas con mi tobillo inflamado y ella me encontró. No dijo nada. Sólo se dio vuelta y se fue.
-Entonces, ¿estaba sola?
-¡Por Dios, no lo sé!-volvió a gritar Sherlock, desesperado de mi poco interés, pero luego bajó el tono de su voz hasta casi ser inaudible- No sé… Y no me importa- añadió con un dejo patético de víctima.
Suspiré.
-Sherlock… Una persona, sólo una persona perdida –hice el ademán con mi índice-. ¿Qué clase de truhán era como para que te preocupe tanto no haberlo atrapado?
-Un ladronzuelo de pacotilla, no vale un penique.
-Entonces, ¿de qué sufres? Cualquier día de estos lo atrapará la policía. Ellos atrapan gente así de vez en cuando, ¿sabes?
-Ése no es el punto, John.
-Bien, ¿cuál es?
-Lo que el ladrón de pacotilla sabía, no hay nadie en el mundo que hubiera hablado más que él. Cualquier información habría valido…
-¿Qué clase de información?
-Eso es exactamente lo que ¡no voy a averiguar ahora!-y Sherlock se alborotó el cabello, como aún suele hacer cuando está preocupado.
Se levantó y salió de la habitación. Al cabo de un rato regresó envuelto en su bata… Otra vez.
-¡Estoy mareado de verte en ese traje violeta! Anda, ponte algo que no sea la bata, por favor-le espeté con enojo, temiendo una decaída.
Sherlock estaba de espaldas a mí, frente al sillón. Quieto, muy quieto, casi petrificado. Empecé por apagar la tele, y a levantarme muy despacio.
-¿Qué ocurre, Sherlock?-le dije, con delicadeza.
-El violín, John. No está.
-¿No? ¿Dónde lo dejaste? Si no dejaras todo tirado…
-En este sofá, John- volteó la cara y sus claros ojos penetraron como el hielo en mi cara-, y ya no está.
-¿Y?
-"¿Y?" Y que si no muy mal me equivoco (que no es así) fuiste el único en quedarte aquí todo el día- se dio la vuelta por completo y empezó a caminar hacia mí.
-La señora Hudson también, además, tu violín debe estar en algún rincón, abandonado.
-Ella no fue, John.
-¿No fue de qué?-me enderecé por completo, algo nervioso.
-Sabes que mi violín no se toca…
-Yo no toqué tu violín.
-… porque es muy delicado, ¿no es cierto?
-¿Delicado? ¡Lo tratas como si fuera incapaz de producir música!-para ese momento, el cetrino y alargado rostro de Sherlock estaba a un palmo del mío.
-¿Dónde está?-susurró.
-¿Qué?
-Mi violín.
-Yo no…
-¡Mi violín, John! ¿Dónde está?
Nos miramos por unos instantes, yo con miedo y él escudriñando mis pensamientos. En un impulso desesperado, salté al sillón.
-¡No lo diré!
Sherlock gruñó, y saltó tras de mí. Entonces, debo admitir con vergüenza, salí huyendo de él.
-¡¿Dónde está?-gritó mi amigo, mientras yo me refugiaba detrás de otro sillón y él asediaba el otro extremo.
-¡Búscalo!-lo reté, mientras él trataba de de alcanzarme.
-Interesante-dijo una voz de mujer, desde la puerta. Nos volteamos en el instante y descubrimos, apoyada en el marco de la puerta, a la misma Irene Adler.
Avergonzado, me enderecé y arreglé la camisa, pero Sherlock no se preocupó en lo absoluto en ocultar su enojo.
-¡Tú!-le dijo, señalándola con el índice y destellando furia- ¡Tú tienes la culpa de esto!
-¿Perdón?
-¡Mi violín!-exclamó, acercándosele hasta casi chocar narices. Yo no sabía qué hacer.
-Tercer gabinete a la derecha-dijo Irene, señalando el sitio con los ojos.
-¡Gracias!-gritó, molesto. Se dio la vuelta y caminó directo hacia el mueble. Corrió un par de periódicos viejos y sacó su preciado instrumento musical de donde yo lo había metido- Si le ha caído polvo, John…-gruñó por lo bajo.
-¡En fin!-suspiró Irene, entrando. Yo no cabía ne mi asombro- Por favor, doctor-me dijo, sonriendo-, cierre su boca. Pensé que los ingleses eran más educados.
Obedecí, avergonzado, pero estaba igualmente extrañado.
-¿Cómo… entró?-le pregunté.
-La puerta, la casera me abrió. Señorito Holmes, debo hablarle.
-¿De qué?-dijo él, con socarronería, colocando el violín para tocarlo- ¿Quiere disculparse?
-Yo no me disculpo-respondió, fríamente, ella. Él se le acercó, molesto.
-Y yo tampoco-puntualizó mi amigo, de la misma forma.
-Bien. Aclarado ese punto, vine a pedirle consejo…
-¿Perdón?-dijo él, sentándose, y sonriendo maliciosamente.
-Consejo, sí. Como lo notó, mis habilidades físicas resultaron… afectadas esta tarde. Así que vine a prevenir futuros contratiempos, y solicitar su consejo.
-¿Por qué me necesita a mí?-preguntó mi amigo, con sarcasmo.
-Porque usted sabe más que yo sobre esta ciudad.
Se miraron por un instante. De pronto me di cuenta de la curiosa escena de la que era partícipe, y decidí que, estando ya en la habitación, no habría ningún problema si me entrometía. Abrí la boca para decir algo, pero la Agente Adler me interrumpió.
-Holmes, ¿podría decirme cuáles son las flores de la época?
Puse los ojos en blanco, mientras Sherlock la miraba alzando una ceja, suspicazmente. Se tomaron unos minutos en aquella pose, sin hablar ninguno. Al final, mi compañero chasqueó la lengua y le recitó los nombres de las plantas.
-¿No pudiste buscar en internet?-le pregunté, asombrado, a la joven, cuando agradeció a Sherlock y se disponía a partir.
-Claro, pero necesitaba las de la época, no las de temporada-me sonrió amablemente, saludó con la cabeza a Sherlock y bajó las escaleras.
Yo miré a mi amigo, quien regresaba a su violín.
-¿Qué fue eso?-le pregunté.
-¿Qué fue qué?
-Esa intromisión, ¡y tú le respondiste!
Sherlock fue el que suspiró esta vez.
-John, las flores no tienen que ver en absoluto con el pilluelo ése que dejó escapar. Ya nos arreglaremos las cuentas después-amenazó, luego, a punto de rasgar las cuerdas del violín.
-Eso suena peligroso-murmuré.
No me respondió, porque en ese instante, Irene Adler asomó la cabeza por la puerta de improviso… Otra vez.
-Por cierto, deberían dejar de jugar, espantan a su casera. Y, John-agregó, mirándome-, no delates dónde ocultas las cosas, eso es trampa-se rió, y se desvaneció.
Quedé aturdido. Las espantosas y desafinadas notas musicales fueron las que me sacaron a la realidad.
