La lluvia no cesaba, pero sabía que eso no era lo que le molestaba, lo que realmente le inquietaba era tener al Moyashi ese en su habitación.

No podía culparlo al chico que ahora se encontraba en su cuarto, era su culpa, él le había dejado entrar, se había dejado convencer por las lágrimas cristalinas del pequeño de ojos plateados. ¿Cómo era eso posible? ¿Porque el idiota estaba llorando? Ni siquiera lo había golpeado. La verdad era que le había hecho sentirse mal, el llanto de ese idiota le había hecho sentirse culpable, incluso si no le había hecho nada. No le gustaba oír al Moyashi llorar, por alguna razón desconocida le hacía sentir mal.

Entonces fue cuando su sentido común lo había abandonado, y su cuerpo había actuado por voluntad propia abriendo la puerta de la habitación.

Le había dejado pasar, y le había dado mantas, ¿en qué mierda estaba pensando? Podría haber vuelto a cerrarle la puerta, pero ya no había vuelta atrás, entonces vio esos enormes ojos mirándole, algunas lágrimas se deslizaban por esas mejillas con un leve tono rosado que contrastaba con el blanco de su piel de porcelana, ese idiota tenia sin lugar a duda, unos rasgos muy delicados, y femeninos. Dejo de analizarlo y, trató de fingir un tono de enojo y le obligo a pasar.

Le advirtió que no prendería la luz, porque eso seguro que le daría lugar al otro a empezar a hablar, y lo que menos quería era tener que escucharlo.

Se quitó la camisa y soltó la coleta, se metió en la cama, y aunque no quisiera admitirlo, el sueño le invadió muy repentinamente. Cerró los parpados, ya dispuesto a dormir, pero un ruido casi imperceptible le obligo a volver a abrirlos.

El Moyashi se estaba moviendo. El ruido era casi nulo, no lo hubiera notado si no fuera porque la presencia del otro le ponía nervioso. Estaba por gritarle algo pero cuando quiso ver donde se encontraba pudo observar que el otro había llevado las mantas hasta al lado de él, estaba muy cerca, se hizo el dormido, no sabía porque, pero solo fingió que dormía.

Podía sentir una mirada profunda, el idiota lo estaba mirando, sentía como si lo estuvieran atravesando con la mirada. De pronto en el medio del silencio casi absoluto (hubiera sido absoluto de no ser por el ruido de la lluvia caer) escucho un:

—Ódiame—

El Moyashi había perdido la cordura, sabía perfectamente que Kanda le odiaba, odiaba a las personas como él, no era necesario que se lo pidiera.

Si... Lo odiaba... ¿Lo odiaba? Ya no estaba seguro, no, no era odio, era un sentimiento profundo pero no odio, ¿entonces que era? No había respuestas para su pregunta.

El Moyashi ya se había dormido, puesto que dejo de sentir la inquietante fuerza que sus ojos sobre el generaban

Se asomó de la cama y miró hacia abajo, pudo observar al Moyashi tendido, se encontraba abrazando las cobijas, se veía realmente infantil. No sabía porque, pero su corazón comenzó a latirle muy fuerte.

Esas pestañas tan largas, esa blanca piel, podía observar cada centímetro de ese enano sin cansarse, a pesar de que estuviera oscuro, el podía ver a ese chico dormir profundamente, como si fuera la última vez.

Este sentimiento era nuevo para él, tanto, que le asustaba, decidió que sería mejor dormirse y en la mañana echarlo a patadas. Si, verlo le provocaba sentimientos encontrados. Por eso iba a alejar a ese chico de él, lo iba a alejar para no tener que sentirse así, sabía que este sentimiento que había descubierto era el presagio de algo que no le gustaba nada.

Decidió que ya habría tiempo para analizar las cosas, era momento de darle a su cuerpo el descanso que este tanto le pedía, se acomodo y sin más se durmió.

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Ya había amanecido, había despertado, y lo primero que atinó a hacer fue dirigir una mirada a donde estaba el Moyashi.

Los primeros rayos de luz iluminaban ese rostro haciendo de este una obra de arte pintada por los dioses, ¿una obra de arte? Si eso parecía ese molesto idiota.

Era simplemente perfecto, nunca se había percatado de esto, estaba tan ocupado tratando de alejar a la gente de su lado que jamás se había puesto a mirar cosas como esa.

Mientras que más lo miraba, mas sentía, era como...

— ¡Es Imposible!—

Sí, Eso era imposible, no podía ser cierto. Ni siquiera sabía cómo se sentía, pero hubiera jurado que debía parecerse a lo que él estaba sintiendo ahora.

Al parecer había despertado a el Moyashi con su hablar.

—veo que ya has perdido completamente la cordura, ahora hablas solo—

Dijo con voz de dormido y los ojos entrecerrados a causa de la luz de los primeros rayos que entraba por la ventana

Se veía apetecible.

Otra vez esos pensamientos que nacían de la nada. Tenía que detenerlos.

—Estaba recordando lo gracioso que te veías durmiendo con la boca abierta como un cocodrilo—

Eso fue lo primero que se le cruzó, aunque no fuera verdad

El otro se avergonzó de sobremanera, tratando de cubrir la mirada con las colchas

—no es para tanto… no… no era para tanto, además… no te veías tan mal —

El Moyashi se quedó mirándolo asombrado… que había querido decirle, ¿qué le gustaba como se veía dormido? Debía estar escuchando mal.

—Bueno, yo me largo, tu haz lo que quieras— Dijo Kanda.

Se levanto tomo su ropa y salió de la habitación, dejando atrás a un Moyashi confundido.

Tenía que esclarecer sus pensamientos. Así que iba a irse a la azotea, no tenía hambre así que eso era una buena idea.

Se encamino hacia allá, estaba seguro de que no habría nadie puesto que muy pocos sabían de ese lugar, eso era lo que lo hacía tan reconfortante.

Llego, y efectivamente estaba desierto. Solo se sentó allí en el piso con la vista perdida en el horizonte. Podía sentir como el viento fresco golpeaba su rostro haciendo que se sintiera realmente conforme consigo mismo.

Pero no podía evitar pensar en el Moyashi, ese estúpido y molesto Moyashi. Desde el momento en que se vieron la relación fue a las patadas, pero no tenía la mínima idea de que eso se podía transformar en algo más. Aunque lo había querido negar, era lo suficientemente inteligente como para terminar por aceptarlo, quería al Moyashi, era irreversible, le molestaba mucho pero solo podía aceptarlo. Estaba bien, la vida le había dado una lección. Después de todo, y para su pesar, Kanda era un humano como todos, no podía evitar sentir.

Y era verdad, por más que se hubiera dedicado a poner un muro a su alrededor, por mas que había intentado mantenerse siempre al margen, alguien, tan estúpido como un Moyashi, había entrado en su vida, y derrumbado sus paredes.

Ahí estaba, lo había aceptado, se sentía mejor, como si un peso desapareciera de su espalda.

Porque sabía que nunca estaría con ese idiota, ¡era un hombre por todos los cielos! Y exactamente "ese" hombre.

Suspiró, había decidido que se iba a hacer a un lado, iba a guardar estos sentimientos que apenas empezaban a florecer, iba a guardarlos para sí mismo, con la esperanza de que desaparecieran.

—eso está bien, lo acepto—

Si, lo aceptaba, y comprendía. Ahora solo se iba a dedicar a su vida como normalmente lo hacía, solo eso.

Había pasado una hora aproximadamente, ya no se encontraba pensando, solo descansaba, así, sentado, sintiendo como el viento jugueteaba con sus cabellos

De pronto escucho una voz femenina, que lo hizo salir de su estado de descanso.

—sabia que estarías aquí Kanda—Dijo una joven con cabello negro de reflejos verdosos que le llegaba casi hasta los hombros

Era Lenalee, si, ella era la única que sabia donde podía estar. Después de todo, aunque no lo quisiera aceptar esa chica era la única que conocía un poco más de la cuenta a Kanda.

—Te llama mi hermano—

—tsk, ¿Qué mierda quiere?—

—la verdad es que no lo sé. Apresúrate y lo averiguaras—

Y sin más se había retirado del lugar. Definitivamente Lenalee lo conocía bien, porque se había ido antes de que Kanda pusiera una de sus caras de "bésame el culo".

Se levanto y se encamino hacia la oficina de Komui.

Una vez en la puerta, golpeo y una voz del otro lado le dio su consentimiento para entrar.

Pero al abrir pudo observar que Komui no se encontraba solo, estaba con el Moyashi.

—Toma asiento mi queridísimo Kanda— Dijo Komui con una amplia sonrisa

Obedeció y se sentó al lado del Moyashi, quien se veía tan sorprendido como él.

—te mande a llamar porque tengo que pedirte un favor, bueno, más bien es una orden—

—tsk, ¿qué mierda quieres ahora? —

—Desde hoy compartirás tu habitación con el pequeño Allen—

— ¿QUE?—

Se escucharon dos voces al unísono.

Komui quedo un poco aturdido por el grito de los dos exorcistas, pero siguió explicando.

—veras, el cuarto de Allen se encuentra inutilizable, y estará en arreglo, durante un tiempo—

— ¿Vas a decirme que no hay ninguna habitación libre?—Dijo Kanda

—pues veras, hay muchas habitaciones pero… todas las que quedan libres están del mismo lado que la habitación de Allen…—

— ¿y con eso qué?— Añadió el de pelo platinado.

—están todas en el mismo estado que la tuya—

— ¿QUE?— Otra vez ese grito había hecho eco en toda la orden.

—je je... bueno es que… no hemos recibido nuevos exorcistas hace rato, y los que llegaban, eran siempre enviados a la otra sección, y por lo visto… descuidamos un poco tu área Allen—

Kanda tenía la mirada del demonio. Y Allen se encontraba con las mejillas enrojecidas, no quería ser una molestia para Kanda.

Komui, tenía una sonrisa falsa, y una gota de sudor en la sien, sabía que en cualquier momento lo iban a matar.

—De acuerdo, pero apenas regrese el conejo de mierda te vas con él y me dejas de joder—

Allen le miro con asombro.

—¡Ahh! Sabía que te compadecerías de tu adorado compañero Kanda! ¡Tienes un corazón muy bondadoso!— dijo Komui con un tono infantil.

—No me hables ¬¬ —

Ahora le sería muy difícil hacer que sus sentimientos hacia el menor desaparecieran, lo quería lejos, lo más lejos posible, de ese modo se olvidaría de él. Pero ahora, lo tendría más cerca que nunca.

Se dirigió nuevamente hacia la azotea, tenía que pensar, tenía que encontrar una forma de ignorar estos sentimientos, como había dicho que lo haría.

Así que comenzó a paso lento caminar hacia su destino.

·. ·´¯`·. ·_†_·. ·´¯`·. ·

Se encontraba llevando sus cosas a la habitación del pelinegro, como le había dicho Komui que hiciera.

Se le hacía muy incómoda la situación, no quería molestar a Kanda, pero sabía que el solo hecho de estar cerca de él le fascinaba. Sin darse cuenta las mejillas le ardían, se avergonzaba de sus propios pensamientos.

Todavía no era lo suficientemente fuerte para aceptar por completo lo que le pasaba. Iba a negarse lo más que pudiera, aunque sabía que eso no sería mucho tiempo.

Llego a la habitación, y notó que había una cama nueva, en paralelo a la de Kanda, Komui había preparado la habitación, puesto que tenía el un aspecto más… cálido, cálido era la palabra, tenia mas iluminación que antes, no quería eso, quería la habitación como a Kanda le gustaba. Sabía que si Kanda se encontraba con esta invasión a su propiedad, se enfadaría, y no quería que le volviera a ignorar, no quería sentirse un idiota nuevamente.

Armó lo que ahora era su cama, acomodo sus pertenencias, y se fue de la habitación, iría a entrenar y luego se haría un festín con la comida de Jerry. Eso sería perfecto.

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Había terminado de comer, había varias pilas de platos a su lado, se sentía satisfecho, ya era de noche puesto que había estado horas entrenando. El clima no había mejorado mucho, pero por lo menos no había tormenta, lloviznaba y hacia frio, pero nada grave.

Se encamino hacia las duchas (1), se daría un reconfortante baño y se iría a dormir a su… bueno, a la habitación de Kanda.

Se desvistió por completo, Abrió la ducha, reguló la temperatura del agua, y luego se puso bajo esta, podía sentir como el agua le recorría todo el cuerpo, por alguna razón se sentía muy cansado, más que de costumbre, se quedó bajo la ducha un buen rato, para luego proceder a su aseo.

Apenas termino con su ducha reparadora, se encaminó a la habitación… esperaba que Kanda no estuviera allí, prefería que el pelinegro ingresara una vez que él estuviera dormido, de este modo evitarían roces. Pero sabía que ya era tarde y el mayor ya se debía encontrar en la habitación.

Efectivamente, apenas entro pudo divisar a un Kanda que se estaba sacando la camisa. No pudo evitar ponerse colorado.

—lo... ¡Lo siento mucho!—

—ya, no te disculpes imbécil, no somos señoritas sabes—

—etto… —

Kanda tenía razón, que iluso había sido.

El mayor se acostó con pantalones y todo, eran unos de algún pijama, le miró… solo eso podía hacer, admirar esa belleza intocable.

Entonces solo se recostó, aun tenia los cabellos un poco húmedos, solo un poco.

— ¿se puede apagar la luz o le temes a los monstruos Moyashi?—

— ¡Es Allen!, ¿cuántas veces te lo voy a tener que repetir? ¡Y si, se puede apagar la luz! ¡El único monstruo aquí eres tú, y no me asustas!—

Allen se levantó y apago la luz, con una cara de enojo muy infantil.

Se acostó, no tenia sueño todavía, pero sabía que pronto caería rendido, ya que se sentía muy cansado…

Ahí, a unos centímetros se encontraba el pelinegro, sabía que no estaba dormido todavía, pero todavía no veía nada en la oscuridad. Fue cuestión de minutos para que todos se esclareciera podía ver a Kanda con los ojos cerrados, pero con el ceño fruncido.

Le observó detenidamente, como le gustaba hacer.

Lo miro y lo miro… y supo con la misma certeza de que algún día iba a morir… que lo amaba más que a nada que haya visto o imaginado en la tierra, amaba a este Kanda, enojado, amaba al Kanda que lo insultaba, que lo golpeaba, y llamaba con sobrenombres.

Podía ser el peor del mundo, podía ignorarlo, podía odiarlo, no le importaba. Aun así se volvía loco de Amor con el solo mirar a su rostro.

Había aceptado que lo amaba, ya no le interesaba lo demás, ya no importaba su orgullo de hombre, todo había quedado atrás.

Su corazón palpitaba tan fuerte que estaba seguro de que el de mirada profunda podía oírle.

Solo sonrió con ternura.

— ¿de qué te ríes Moyashi?—

— ¿Me estabas viendo?—

—Como para no ver esa cara de bobo que pones—

"no me importa lo que digan, no me importa lo que me digas, aun así… "

Se levantó de su cama y se inclino al lado de la cama de Kanda. Puso su rostro muy cerca del otro exorcista.

"Aun así se volvía loco de Amor con el solo mirar a su rostro"

—Te amo—

Sin pensarlo, había dejado salir esas palabras de su boca, no midió las consecuencias, solo lo dijo, ahí estaba, era una profunda confesión.