HOLA AQUI CON EL ONESHOT PROMETIDO, GRACIAS POR LEER Y FELICES FIESTAS...

WHITE CHRISTMAS II

Estaba harto de las promesas de su padre, jamás las cumplía, siempre había algo más importante que se lo impedía, se sentó malhumorado alrededor de una gran cantidad de juguetes de diversos tamaños, colores y estilos, resoplo con fastidio, cruzando sus brazos observo como su madre y hermanos compartían el deleite de abrir un pequeño pero brillante regalo, obsequio de su hermano menor, que al abrirlo dibujo una sonrisa en su robusto rostro mientras su madre lo incitaba a que sacara el presente del envoltorio.

Contemplo como uno por uno su hermano les mostraba a su madre y hermana unos pequeños soldaditos de plomo, aquello le causo molestia y un tinte de envidia surco por sus grandes zafiros azules, no era por los tontos soldados que se sentía así, si mal no recordaba ya en otra ocasión había recibido su propio batallón, era el simple hecho de saberse excluido de aquel maravilloso momento que vivían sus hermanos al lado de su madre, no lograba comprender con exactitud por que no le quería como a sus hermanos, era verdad que a diferencia de ellos, él solía desobedecerla en todo, pero eso justificaba que lo tratase así, por lo tanto siempre se apartaba para no importunarlos, era ahí donde su padre normalmente le hacía compañía, volvió a resoplar, vaya mañana de navidad que estaba teniendo, la falta de su padre si que era dolorosa, pues sin él Terry se hallaba totalmente solo.

Deprimido se levanto de su lugar, sin nadie con quien compartir la felicidad que sus regalos le pudiesen causar, no tenia caso que el siguiera allí, más antes de que desapareciera de la estancia, escucho como su hermano molesto lanzaba algo al suelo.

-"Este está defectuoso"- expreso iracundo estrellándolo contra el suelo.

-¿Qué es lo que tiene?- pregunto su hermana al ver la acción del chico, buscando al soldadito caído.

-"Le falta una pierna"- pronuncio con desdén olvidando a los soldaditos y tomando entre sus manos un trencito.

-"QUE FEO"- oyó decir a su hermana menos preciando al muñequito antes que esta y su hermano se retirasen del salón luego de ver que su madre tomaba al menor de los cuatro entre sus brazos para salir de allí.

Se aproximo hasta el abandonado soldadito de plomo, levantándolo lo examino y en efecto como dijo su hermano le faltaba una pierna, pobre desdichado en que batallón serviría de esa manera, lo mejor que podía hacer por él era guardarlo entre sus juguetes, a diferencia de su hermano el si los apreciaba, por unos segundos se comparo a ese pequeño y desolado soldado, sin familia, ni nadie que lo quisiese, apretó sus puños y en un vano intento por querer escapar de tan doloroso pensamiento, salió corriendo de la estancia hacia el corredor, en donde por cubrir sus profundas aguas azules con su flequillo se estrello contra alguien, quien por ser más alto que él, lo mando de sopetón al suelo.

Confundido Terry observo la larga falda negra frente a él, suspiro agradecido al menos no era su madre, de haber sido ella lo estaría regañando por correr dentro de la casa.

-¿Amo Terry se encuentra bien?-pregunto una apacible voz al levantarlo y acomodarlo en su regazo.

Si bien le gustaba que lo cargaran y que lo mimaran, no podía permitírselo más en sus recién cumplidos ocho años, ya debían seguir tratándolo como niño, su padre le había dicho que él desde ese momento era un caballero y debía comportarse como tal-"Lo estoy Mery, puedes bajarme"- pronuncio suavecito para no incomodarla.

La mencionada sonrió divertida por el tono de voz de su "Pequeño Duquecito", como ella le llamaba, hacía dos años que no lo veía y el pequeñuelo se había puesto más lindo, estaba segura que Terry sería muy apuesto en su juventud.

Obedeciendo la petición de su joven amo, Mery lo bajo hasta depositarlo cuidadosamente sobre el suelo, lo admiro por unos segundos, el Duque rara vez decidía pasar estas fiestas en Escocia, por lo cual cuando supo de su llegada se emociono tanto que preparo los manjares más exquisitos para ellos, recordaba cuan feliz era Terry entre sus brazos al cargarlo y jugar con él, más al notar ahora como las hermosas iris azules de su niño se empañaban de tristeza por el desinterés de quien decía ser su "madre" y el abandono de su padre, se preguntaba si había sido buena idea decirle al Duque sobre el paradero de Eleonor, negó, lo hecho, hecho estaba-¿Por qué tan triste Amo Terry?-

Terry parpadeo un par de veces antes de voltear su lindo rostro ocultando su lagrimas, avergonzado de estas, un hombre no debía ser visto llorando-"No estoy llorando"- respondió dignamente.

Mery rio-"No le pregunte por que lloraba, sino porque esta triste-

Las palabras de su querida Mery lo tensaron, realmente erra un despistado como decía su madre, mira que confesar él solito que estaba llorando-Yo… es que…bueno…- exhalo frustrado rindiéndose por fin-Tú ya sabes porque-

Mery se inclino a su altura para luego abrazarlo maternalmente-No se ponga triste, su padre le ama mucho, igual su madre-aquello le costó decirlo, lo primero era la más pura verdad, lo segundo la mentira más grande.

-No lo parece- al verse asiado entre los reconfortantes brazos de Mery correspondió el abrazo.

-No piense así- comento al alejarse y limpiar sus lagrimas con su blanco delantal-*recuerde que es navidad, el día en que nació el Hijo de Dios hecho hombre, este día es de esperanza*- agrego alegremente.

-Pero no para todos- confeso al ver al inválido soldadito entre sus dedos.

-¿Por qué lo dice?- noto como Terry contemplaba deprimido un lustroso soldadito de plomo en su mano, el cual se hallaba mutilado.

-"Mi hermano lo ha recibido como obsequio, pero al percatarse de su discapacidad lo ha votado"- explico con tristeza.

-"Y usted se ha apiadado de él"- afirmo Mery al comprender la noble acción del infante.

-"Si"-

-Magnifica elección- dijo Mery al tomar al soldadito y examinarlo-Este tipo de soldados son los más valerosos-entono emocionada.

-¿Por qué?- pregunto curioso.

La chispa de la fantasía envolvió las pupilas de la vieja Mery, disfrutaría relatándole el viejo cuento del "Soldadito de Plomo" al joven Terry- "*vera Amo Terry…

Érase una vez un niño que tenía muchísimos juguetes. Los guardaba todos en su habitación y, durante el día, pasaba horas y horas felices jugando con ellos.

Uno de sus juegos preferidos era el de hacer la guerra con sus soldaditos de plomo. Los ponía enfrente unos de otros, y daba comienzo a la batalla. Cuando se los regalaron, se dio cuenta de que a uno de ellos le faltaba una pierna a causa de un defecto de fundición.

No obstante, mientras jugaba, colocaba siempre al soldado mutilado en primera línea, delante de todos, incitándole a ser el más aguerrido. Pero el niño no sabía que sus juguetes durante la noche cobraban vida y hablaban entre ellos, y a veces, al colocar ordenadamente a los soldados, metía por descuido el soldadito mutilado entre los otros juguetes.

Y así fue como un día el soldadito pudo conocer a una gentil bailarina, también de plomo. Entre los dos se estableció una corriente de simpatía y, poco a poco, casi sin darse cuenta, el soldadito se enamoró de ella. Las noches se sucedían deprisa, una tras otra, y el soldadito enamorado no encontraba nunca el momento oportuno para declararle su amor. Cuando el niño lo dejaba en medio de los otros soldados durante una batalla, anhelaba que la bailarina se diera cuenta de su valor por la noche, cuando ella le decía si había pasado miedo, él le respondía con vehemencia que no.

Pero las miradas insistentes y los suspiros del soldadito no pasaron inadvertidos por el diablejo que estaba encerrado en una caja de sorpresas. Cada vez que, por arte de magia, la caja se abría a medianoche, un dedo amonestante señalaba al pobre soldadito.

Finalmente, una noche, el diablo estalló.
-¡Eh, tú!, ¡Deja de mirar a la bailarina!
El pobre soldadito se ruborizó, pero la bailarina, muy gentil, lo consoló:
-No le hagas caso, es un envidioso. Yo estoy muy contenta de hablar contigo.
Y lo dijo ruborizándose.

¡Pobres estatuillas de plomo, tan tímidas, que no se atrevían a confesarse su mutuo amor!

Pero un día fueron separados, cuando el niño colocó al soldadito en el alféizar de una ventana.

-¡Quédate aquí y vigila que no entre ningún enemigo, porque aunque seas cojo bien puedes hacer de centinela!-

El niño colocó luego a los demás soldaditos encima de una mesa para jugar.

Pasaban los días y el soldadito de plomo no era relevado de su puesto de guardia.

Una tarde estalló de improviso una tormenta, y un fuerte viento sacudió la ventana, golpeando la figurita de plomo que se precipitó en el vacío. Al caer desde el alféizar con la cabeza hacia abajo, la bayoneta del fusil se clavó en el suelo. El viento y la lluvia persistían. ¡Una borrasca de verdad! El agua, que caía a cántaros, pronto formó amplios charcos y pequeños riachuelos que se escapaban por las alcantarillas. Una nube de muchachos aguardaba a que la lluvia amainara, cobijados en la puerta de una escuela cercana. Cuando la lluvia cesó, se lanzaron corriendo en dirección a sus casas, evitando meter los pies en los charcos más grandes. Dos muchachos se refugiaron de las últimas gotas que se escurrían de los tejados, caminando muy pegados a las paredes de los edificios.

Fue así como vieron al soldadito de plomo clavado en tierra, chorreando agua.

-¡Qué lástima que tenga una sola pierna! Si no, me lo hubiera llevado a casa -dijo uno.

-Cojámoslo igualmente, para algo servirá -dijo el otro, y se lo metió en un bolsillo.

Al otro lado de la calle descendía un riachuelo, el cual transportaba una barquita de papel que llegó hasta allí no se sabe cómo.

-¡Pongámoslo encima y parecerá marinero!- dijo el pequeño que lo había recogido.

Así fue como el soldadito de plomo se convirtió en un navegante. El agua vertiginosa del riachuelo era engullida por la alcantarilla que se tragó también a la barquita. En el canal subterráneo el nivel de las aguas turbias era alto.

Enormes ratas, cuyos dientes rechinaban, vieron como pasaba por delante de ellas el insólito marinero encima de la barquita zozobrante. ¡Pero hacía falta más que unas míseras ratas para asustarlo, a él que había afrontado tantos y tantos peligros en sus batallas!

La alcantarilla desembocaba en el río, y hasta él llegó la barquita que al final zozobró sin remedio empujada por remolinos turbulentos.

Después del naufragio, el soldadito de plomo creyó que su fin estaba próximo al hundirse en las profundidades del agua. Miles de pensamientos cruzaron entonces por su mente, pero sobre todo, había uno que le angustiaba más que ningún otro: era el de no volver a ver jamás a su bailarina...

De pronto, una boca inmensa se lo tragó para cambiar su destino. El soldadito se encontró en el oscuro estómago de un enorme pez, que se abalanzó vorazmente sobre él atraído por los brillantes colores de su uniforme.

Sin embargo, el pez no tuvo tiempo de indigestarse con tan pesada comida, ya que quedó prendido al poco rato en la red que un pescador había tendido en el río.

Poco después acabó agonizando en una cesta de la compra junto con otros peces tan desafortunados como él. Resulta que la cocinera de la casa en la cual había estado el soldadito, se acercó al mercado para comprar pescado.

-Este ejemplar parece apropiado para los invitados de esta noche -dijo la mujer contemplando el pescado expuesto encima de un mostrador.

El pez acabó en la cocina y, cuando la cocinera la abrió para limpiarlo, se encontró sorprendida con el soldadito en sus manos.

-¡Pero si es uno de los soldaditos de...! -gritó, y fue en busca del niño para contarle dónde y cómo había encontrado a su soldadito de plomo al que le faltaba una pierna.

-¡Sí, es el mío! -exclamó jubiloso el niño al reconocer al soldadito mutilado que había perdido.

-¡Quién sabe cómo llegó hasta la barriga de este pez! ¡Pobrecito, cuantas aventuras habrá pasado desde que cayó de la ventana!- Y lo colocó en la repisa de la chimenea donde su hermanita había colocado a la bailarina.

Un milagro había reunido de nuevo a los dos enamorados. Felices de estar otra vez juntos, durante la noche se contaban lo que había sucedido desde su separación.

Pero el destino les reservaba otra malévola sorpresa: un vendaval levantó la cortina de la ventana y, golpeando a la bailarina, la hizo caer en el hogar.

El soldadito de plomo, asustado, vio como su compañera caía. Sabía que el fuego estaba encendido porque notaba su calor. Desesperado, se sentía impotente para salvarla.

¡Qué gran enemigo es el fuego que puede fundir a unas estatuillas de plomo como nosotros! Balanceándose con su única pierna, trató de mover el pedestal que lo sostenía. Tras ímprobos esfuerzos, por fin también cayó al fuego. Unidos esta vez por la desgracia, volvieron a estar cerca el uno del otro, tan cerca que el plomo de sus pequeñas peanas, lamido por las llamas, empezó a fundirse.

El plomo de la peana de uno se mezcló con el del otro, y el metal adquirió sorprendentemente la forma de corazón.

A punto estaban sus cuerpecitos de fundirse, cuando acertó a pasar por allí el niño. Al ver a las dos estatuillas entre las llamas, las empujó con el pie lejos del fuego. Desde entonces, el soldadito y la bailarina estuvieron siempre juntos, tal y como el destino los había unido: sobre una sola peana en forma de corazón.

El tinte malicioso en el rostro de Mery ante el ruborizado de Terry por el final de la historia valía mil cuentos de hadas, gustosa se los contaría todos con tan solo volver a verlo así de emocionado.

-*Sabiendo todo eso, pondré a este soldadito entre mis más valerosos combatientes*- exclamo con decisión, tratando con ello de no explicar el porqué de su sonrojo.

-"No creo que haiga mejor lugar para él"-le siguió la corriente, su pequeñín no deseaba avergonzarse más.

-"Mery"- llamo al sentarse sobre su cama.

-"Dígame Amo Terry"- contesto al ayudarle a quitarse su bata azul marino, pronto estaría el desayuno y la señora no perdonaría que Terry bajase con pijama.

-*¿Crees que algún día seré tan valiente cono el soldadito?*- murmuro apenado.

-¨Usted ya es valiente¨- asevero viéndolo a los ojos.

-No estoy muy seguro- pronuncio inquieto, nervioso, una extraña sensación le brotaba desde su barriguita hasta su cabeza, su padre era valeroso al defender el honor de su familia y el soldadito lo era por su bailarina, pero el por qué lo sería…

Mery comprendió al instante cual era el dilema de su pequeñín, sonrió comprensiva, acomodo uno de sus rebeldes mechones cafés tras su oreja, nunca fue madre Dios no le dio aquella bendición, pero al nacer Terry supo porque, todo su amor era único y exclusivamente para él.

-Algún día usted también conocerá una bailarina, por la que atravesara caudalosos ríos, trepara peligrosas montañas y combatirá con feroces adversarios, todo con tal que ella le obsequie una de sus miradas- declaro segura de sus palabras.

Terry alzo una de sus cejas confundido, a veces Mery no se daba a entender, por que haría todo eso él solo para que una bailarina le sonriera, además que tenía que ver eso con ser valiente, definitivamente Mery era muy fantasiosa-Mejor nos apuramos o si no mamá se enojara- dijo volviendo al asunto que los tenía en su cuarto.

Mery embozo una sonrisa, llegaría el momento en que lo comprendería…

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Bien esta es la última parte de este Oneshot, Hoy veinticinco de Diciembre del 2011 nos adentramos a uno de los dolores más comunes en los niños de nuestros días, quise retratar a Terry de esta manera, porque siempre me imagine que el debió haber sufrido este tipo de cosas, las cuales al final forjaron su agrio carácter estando grande, y como la dulzura de nuestra Candy lo reforma, esperando haigan disfrutado de mi Oneshot, sus reviws serán el mejor regalo de navidad.

FELIZ AÑO NUEVO

HASTA LA PROXIMA SE DESPIDE Kaolinet….