Holaa :D aquí les dejo el siguiente capitulo del fanfic espero lo disfruten

Advertencia: aquí hablamos de temas como la brujería y santerismo asi que ya les advierto, disfrutenlo

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"Polvo son... y al polvo volverán" decía un fraile tuerto y maloliente mientras echaba unas gotas de agua bendita a la fosa abarrotada de cuerpos, donde reposaba su madre...

"¡Oh InuYasha! ¡No quiero irme y dejarte solo...! Prométeme que siempre me vas a recordar, ¿si?" decía una llorosa Kikyou de 9 años en la entrada del orfanato, ya a punto de partir a cumplir su destino de sacerdotisa...

"Aprovecharé estas vacaciones para ir a verte en ese palacio donde trabajas..."

"¿Continuamos, Kikyou?" la voz ronca y lujuriosa de su amo tenía que aparecer...

"Si amo... tómeme... tómeme... Hazme tuya todas las veces que quieras."

― ¡Ahhhghhh….!

InuYasha se despertó de golpe, sudoroso y respirando agitadamente para recuperarse. Se frotó las manos, aun cubiertas por vendajes tras cortarse las manos por su arranque de furia demente frente al espejo, para ahuyentar el frío. Otra noche igual a las anteriores: pedazos de desagradables recuerdos paseándose por su mente, sin detenerse nunca.

Las hojas rojas y amarillas eran barridas de un lado para el otro frente a la alta ventana. Un sol demacrado hacía la débil presencia entre las grises nubes y el viento alborotaba los cabellos y escocía la cara. Desde la horrible tarde que InuYasha desgraciadamente se había dado cuenta de que su adorada Kikyou fue violada impunemente por su amo la vida de InuYasha, si antes era difícil, ahora se había vuelto un infierno en la tierra.

Aunque el amo cambiaba constantemente de favorita como de ropa, mas de una vez InuYasha lograba observar por la rendija de la puerta del despacho a Naraku sentado en su sillón, con solo su camisa de duque puesta, haciendo que Kikyou le hiciera sexo oral de una forma frenética y lujuriosa, arrancándole gemidos de placer a Naraku a tal punto de llegar al orgasmo y que su espeso semen entrara por su delicada boca, oh simplemente llegaba hacer un trío con ella. El pelinegro al ver esas horribles y desagradables escenas, hacía que su sangre hirviera consumiéndose por la rabia y terminando por golpear el suelo y a las paredes de su habitacion varias veces con sus puños provocándoles desgarres musculares por tales acciones.

La ira comenzaba a consumir a InuYasha cada día, no solo por ver como su preciada y especial amiga era humillada y maltratada, manchándole el honor y la dignidad, si no también porque su parte hombre pensaba que era arrebatada vilmente de sus brazos ya que era suya y solo le pertenecía a el, sintió como si un demonio dentro de él que dormía plácidamente, empezaba a despertar y tomar el control de su conciencia.

Pero InuYasha no podía hacer nada.Esa era la Ley del más Fuerte; la Ley del Señor Feudal: Naraku era su amo, su señor, su protector... y él no era más que un insignificante sirviente y por eso mismo no podía protestar, sino morderse la lengua y callar. ¿Y luego esos frailes gordos pregonan en la misa que todos los Hijos de Dios son iguales, sean señores o esclavos? Una asquerosa y vil mentira

InuYasha suspiró mientras se levantaba de su desgastado colchón de paja. Debido a que hacía demasiado frío para asearse afuera como siempre, y también considerando que precisamente estos días su amo tenía por costumbre dormir hasta más allá del mediodía, el sirviente aprovecharía la oportunidad de usar el cuarto de baño. Tomó varias toallas, entró al baño y se deshizo de sus ropas, y dejó que el agua caliente y el vapor acariciaran su cuerpo, de complexión delgada, pero firme. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando que el calor se apoderara de su cuerpo, pues su alma estaba helada y marchita como las mismas hojas muertas del jardín.

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Era una noche helada. El palacio estaba en completo silencio y todas las luces estaban apagadas. Naraku se retiraba por fin a dormir, después de una orgía con Sango, Kagome y Lin como romanos en bacanal. InuYasha terminó de hacer todos los deberes de la casa y subía las escaleras para ir a su habitación... Pero vio la puerta entreabierta del cuarto de Kikyou, localizada en el ala oeste del enorme palacio. Después de dudar por unos momentos y batallar contra si mismo, InuYasha entró en la habitación, que era de tamaño grande, amoblada con lujo y buen gusto, con alfombras muy tupidas, muebles con mucho barniz y una amplia cama con doseles, digna de una duquesa.

Kikyou estaba recostada sobre su costado. Las sábanas revueltas, el cuello del ligero vestido desecho, la falda subida y desgarrada delataban que el duque había visitado la habitación hacía poco. Apretando la mandíbula y los puños al imaginarlo, InuYasha cerró la puerta, para dedicarse a lo único que podía hacer por ahora: Observarla. El dolor lo consumía al haber sido completamente incapaz de protegerla de Naraku. Haciendo un esfuerzo para no perder los estribos como en el incidente del espejo, InuYasha con suma ternura le arregló las desordenadas y desgarradas ropas y la cubrió con la manta. Después de hacerlo, el Sirviente se recostó junto a su cautiva princesa, acariciando su mejilla, con cuidado de no despertarla. Tenía que ser así, cuando Kikyou estuviera consumida en los brazos de Morfeo, ignorando por completo su situación y el dolor y desesperación que pasaba su amigo, pues despierta ella lo trataba fríamente e ignoraba como si jamás lo hubiera conocido.

―Kikyou... estoy seguro de que, si algún día despiertas de esta horrible pesadilla, vas a odiarme por no haberlo evitado. Perdóname por haber permitido que calleras en las garras de Naraku y no haberte protegido como te lo había prometido ―susurraba InuYasha con voz apagada y pasando los dedos por la negra cabecita―. Se que no me reconoces, pero sé que la verdadera tu esta allí... encerrada en esta torre como una prisionera―tomó la mano de Kikyou y la colocó sobre su pecho, justo en su corazón, colocando la suya propia encima, uniéndolas― Te juro que voy a liberarte de tu prisión, mi princesa, aunque me cueste la vida. Tu caballero vendrá a rescatarte del demonio...

Escapándose una traicionera lagrima por la mejilla, InuYasha acercó los labios a su oído y susurro:

Princesa mia aunque las tinieblas intenten apartarnos y nos envuelvan, siempre sere tu siervo y te protegeré de cualquier cosa aunque tenga que convertirme en un demonio peligroso pero por ti mi hermosa dama lo doy todo.

InuYasha reincorporo la cabeza para mirar el durmiente rostro de su amiga. Se veía tan indefensa y vulnerable, como un bebé, con la luna cayendo sobre su rostro, dándole un realce haciendo que su rostro luciera más hermoso de lo que era... Ante ese pensamiento InuYasha se sonrojó furiosamente y volteó la cara, creyendo por un momento que Kikyou lo había visto. El pobre sirviente tenía por un lado el deseo de salir de allí... pero los labios rosados de Kikyou, entreabiertos, lo atraían fuertemente, como una polilla a la luz.

En su mente una voz empezó a gritar: "¿Estas loco? ¡Esa clase de pensamientos no son dignos para un hombre! Mira las cosas impúdicas que estás pensando, bastardo enfermo..."Pero la voz fue disminuyendo conforme InuYasha se inclinaba en la oscuridad fragante de la habitación, para finalmente posar levemente sus labios con los de Kikyou y entrelazaba su otra mano con la suya. InuYasha tímidamente deslizó la lengua dentro de su boca, disfrutando por un mísero instante sus hermosos labios, en un intento de borrar el sabor amargo de su amo y limpiar sus hermosos labios. Se separó luego de varios minutos perdido en este éxtasis, al oír gemir suavemente a su amiga, para luego suspirar, darle un tierno beso en la frente y abandonar la habitación.

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Hasta en los jardines se escuchaban las campanas viejas y desafinadas, anunciado la misa del domingo. Sin embargo, InuYasha no volvió a pisar la Iglesia, pues no estaba dispuesto a seguir arrodillándose ante ese Dios tiránico que permitió este calvario en primer lugar y que hacía oídos sordos a su justa súplica de mandar a Naraku al infierno. Al contrario: el Harem creció y con ello el continuo sufrimiento del sirviente.

Ya había rezado de la mañana a la noche y de noche a la mañana a Dios, a la Virgen María, a todo maldito Santo y dichoso ángel que se sabía, para que Naraku se muriera, como fuera, ya cayéndose de su caballo y rompiéndose la cabeza junto con sus huesos o ahogándose en la bañera... y todos lo ignoraron olímpicamente. Ahí la paciencia y le fe de InuYasha llegaron al limite con una desagradable visita...

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― ¡Sirviente flojo y fracasado! ¡Date prisa y prepara todo, pues esta casa esta como un chiquero y debe relucir todo!―iba diciendo Naraku como si de una mediodía se tratase, mientras se enrollaba una toalla en el largo y húmedo cabello negro.

―¿Quienes van a venir, mi señor?―preguntó InuYasha con aparente tranquilidad mientras secaba con un trapo unas copas.

―Eso no es asunto tuyo, sirviente metiche― replicó Naraku imperiosamente, de pronto sus ojos brillaron de malicia―O tal vez... si te interesa saberlo, InuYasha: Son viejos camaradas míos, compañeros de armas que no he visto desde hace mucho tiempo... y a los cuales quiero impresionar... ¿entiendes?

―Si señor―contestó InuYasha en una reverencia. Ignoraba si estos tipos snobs sabíandel "secretito" de su amo, pero sabía que no iba lograr nada preguntándole; así que se mordió la lengua y puso en su lugar los cubiertos en la larga y embellecida mesa para terminar lo que se estaba asando en la cocina, que no era poco.

Hacía un buen rato que no había visitas en la casa, ya que al estar bastante alejada del camino del pueblo, los habitantes solían evitarla, ya que les provocaba una sensación extraña, como si hubiera una bestia oculta durmiendo en esos terrenos. Hace tiempo alguno que otro enviado del Rey había entrado a la casa por razones reales, pero paulatinamente fueron dejando de aparecer, para terminar InuYasha haciendo de mensajero cuando hacía falta, dejando la casa sola por días. Cada vez que lo hacía, InuYasha lo agradecía mentalmente, pues entonces así no escucharía las estruendosas orgías de varios días que se hacían en el palacio por placer de su amo.

Para las tres de la tarde ya faltaban un par de minutos para que los personajes hicieran su aparición. InuYasha se quitó la vieja camisa manchada de grasa y se la cambió por una que usaba para ocasiones especiales, aunque ya era muy vieja y desgastada. Naraku le ordenó que encerrara a las doncellas en sus habitaciones, pues según él: "No quiero llamar demasiado la atención y por ende arruinaría la sorpresaque tengo preparada para mis visitantes". InuYasha se encogió de hombros mientras lo hacía, mientras su amo se desaparecía a su habitación por unos momentos.

―¡InuYasha, párate en la puerta y recibe las capas de los invitados! ¡Es para hoy, inútil sirviente!―ordenó Naraku desde el vestíbulo. InuYasha asintió y se paró junto a la puerta.

Primero entró un hombre joven de pelo color plata largo y de ojos color ámbar, saludó con una cabezada al sirviente, para luego darle su costoso chaleco bordado, revelando un traje de color verde claro y botas altas. Detrás de él estaban un hombre de rostro atractivo y malicioso, cabello de color negro y ojos color chocolate. Sonrió con socarronería y se quitó la capa jaspeada, tirándose la encima de la cabeza a InuYasha, quien tenía el brazo extendido para recibirla, para luego pasar a su lado ignorándolo como si fuera un perchero. InuYasha se quitó el saco de la cabeza y le fulminó con la mirada.

― ¡Sesshouamaru! ¡Suikotsu! Bienvenidos sean―saludó Naraku extendiéndoles los brazos afablemente. Usaba ese traje ornamentado que solo se ponía en los días de fiesta y su largo pelo estaba suelto con rulos dignos de un duque. En ese momento hizo su aparición otro hombre joven de pelo largo atado en una trenza color negro y ojos oscuros―¡Oh, Bankotsu!, que gusto verte. Siglos sin verlos a los tres. ¡Pasen, pasen! Vamos al comedor. ¡InuYasha! Lleva a estos caballeros a la mesa. ¡Muévete! ¡Es para hoy inútil!―exclamó Naraku chasqueando los dedos al enfurecido sirviente.

InuYasha suspiró y se apresuró a obedecer. Iba a ser una larga y tortuosa tarde.

Pronto la mesa estaba cubierta de platos y fuentes llenas de verduras, carnes, guisados, frutos secos y copas rebozando de agua y alcohol. Los cubiertos tintineaban mientras cortaban los pasteles de pollos y las lonjas de cerdo guisado. Los 4 duques se la pasaron hablando y riendo de chistes y rumores candentes de la aristocracia e intrigas palaciegas y ya cerca de la hora del postre, a InuYasha le gruñía el estómago al ver como los comensales echaban a un lado pedazos de comida, sobre todo al ver las bananas frescas en el cesto de frutas, pero siguió con su trabajo, es decir abasteciendo de bebidas a los invitados, sobre todo Bankotsu, que bebía vino sin parar.

Finalmente cuando se retiraron los platos fuertes y quedaron solo los de los postres, Naraku se recostó perezosamente sobre su reclinatorio mientras los tres invitados le agradecían la comida.

―Es una cena simplemente soberbia, Naraku―observó Sesshoumaru con un gesto frio mientras se limpiaba la boca con la servilleta de tela bordada―Superaste a la cena que me dio el gobernador de Enbizaka la semana pasada.

―De nada―dijo Naraku lánguidamente―Debo darle un diminuto reconocimiento a InuYasha, mi criado, quien se pasó toda la mañana preparándola para nosotros, y darnos lo mejor de lo mejor.

―¿En serio?―dijo Suikotsu, murmurando:―Eso explica porque la carne de res sabía un poquito raro...

―Oye tú―le dijo Bankotsu a InuYasha―Si encuentro una señal de tus sucios dedos en mi manto turco, será lo último que toques en tu sucia vida, sirviente asqueroso.

En ese momento, Naraku se levantó.

―¿Están listos para mi sorpresa?―preguntó Naraku alegremente. Todos asintieron―Esperaba la hora de la cena para darles algo de entretenimiento, así que...―dio unas palmadas― ¡Kikyou, ven aquí!

Lo siguiente que pasó... decir que fue horrible para InuYasha sería quedarse corto. Su amiga entró por una puerta que estaba justo detrás de Naraku y se plantó frente a la mesa. No llevaba nada puesto, por lo que se podría decir que su esbelta figura era visible, sus hermosos pechos ya formados y en su intimidad crecía el bello púbico. Iba descalza y en uno de sus desnudos pies tintineaban dos pesados aros de oro. Parecía estar en trance y su cabeza daba vueltas, como las doncellas drogadas del Oráculo de Delfos.

La sangre de InuYasha se le heló en un instante, queriendo por un instante arrancarse los ojos con las manos. Había creído que no podía haber nada más horrible que haber permitido que su amo desvirginara impunemente a su amiga... y esto era mil veces peor. Sesshouamaru no cambió su expresión fría, aunque se le notaba una ligera incomodidad y disgusto... En cambio, Suikotsu y Bankotsu aplaudieron con morboso entusiasmo, pidiéndole a Naraku que hiciera que Kikyou girara para verle su trasero y compararlo con las de sus esposas y amantes... Cosa que Naraku generosamente cumplió.

―¡Anda Kikyou! ¡Baila! ¡Baila para nosotros!―ordenó Naraku con deleite.

La muchacha empezó a danzar graciosamente, una especie de mezcla de Tango con Zapateo Americano, entre los movimientos sacudiéndose sus pechos con algo de lujuria... cosa que los comensales no perdían de vista. Mantenía los brazos en alto y giraba, siempre sonriendo.

Bankotsu y Suikotsu se levantaron aplaudiendo frenéticamente, arrastrando a Kikyou a sus sillas para poder tocar así sus pechos e intimidad haciéndola suya en cuestión de minutos ante sonrisa cruel de Naraku y la mirada horrorizada de InuYasha. Tanto orar... pidiendo un milagro... y le dieron esto. El sirviente no lo soportó mas y corrió a su cuarto, ignorando el llamado de su amo, sin detenerse a mirar hacia atrás. ¡¿Por qué?!¡¿Por qué?! ¿¡Por que Dios ha permitido todo esto!?

En ese momento InuYasha mandó al diablo toda fe en Dios, tomando el crucifijo que le dieron las monjas y la rompió en pedazos, pisoteándolo y pateándolo, ahogado en el dolor que empeoraba a cada momento. Vio todo pasar por su cabeza como una película parpadeante: Su madre muerta por aquella extraña enfermedad siendo arrojada a con otros cuerpos descompuestos en el camposanto, como Kikyou aceptaba el medallón entre sollozos, la primera vez que vio el edificio del duque, la primera vez que descubrió a su amo y a una muchacha, haciendo el amor por el suelo, la carta de Kikyou, haberla visto en el cuarto de Naraku, y ahora... verla bailando desnuda, dejándose tocar para ese par de sucios y degenerados... Todo repitiéndose en su cabeza una y otra vez, con la misma sensación humillante y espantosa. Podría haber gritado con todas sus fuerzas, desgarrándose por enésima vez la garganta, buscando ahogar con gritos, sollozos, súplicas, blasfemias y maldiciones la multitud de espantosas imágenes que lo asediaban; y a pesar de todo, entre las súplicas, la horrible imagen de su amo violando a su querida clavaba su mirada en su alma. Ya finalmente agotado, enloquecido de dolor, InuYasha perdió la consciencia...

Al volver a abrir los ojos estaba tirado sobre el frío suelo sin lijar de su habitación. El viejo reloj cucú de la mesita daba a entender que era medianoche. InuYasha se reincorporo lentamente; el dolor de cabeza estaba remitiendo un poco, pero aun sentía los furiosos latidos en las venas, clamando una sola cosa: Venganza.

Ya que no pensaba seguir rezando por que se cumpla el milagro de que Naraku se muera de una vez por todas, ni tampoco pensaba esperar hasta que muera de viejo, InuYasha iba a... adelantar el momento. Sus orbes negros se movieron al desportillado pocillo, lleno de té oscuro... podría envenenarlo...

Por un momento, InuYasha se estremeció. Sabía muy bien que asesinar a su amo, por más despreciable que fuese, era atentar contra una vida humana, y por lo tanto, se ganaba un boleto de ida sin retorno al Infierno... Pero al observar por la ventana la borrosa silueta de su amo paseando por los jardines, en compañía de Kagura, Lin... y Kikyou, el miedo a la condenación fue reemplazado por un odio sordo que quemaba toda su cuerpo y borraba el miedo. ¿Que importaba si Dios le pateara el trasero apenas pusiera un pie en las puertas celestiales y lo mandara derechito a las salas del Diablo, si con eso liberaría a su amada Kikyou y a las demás mujeres de ese despreciable ser? Sería un malvado menos en el mundo, que estaba saturado de ellos. Después de dar muchas vueltas en silencio, lo tenía planeado.

Después de regresar del bosque con varios hongos y plantas que tenían la capacidad de fulminar a un hombre en menos de una hora, InuYasha tuvo que tener mucho cuidado de no envenenarse a si mismo, mientras cortabas las oronjas y las amanitas y machacando las hojas de laurel y poinsettia en el mortero, empañado en hacer la cena de Naraku: Té de hierbasy pollo relleno de hongos, la última en esta vida...

¿La última?

Una hora y media después de haber arrasado con la cena y Naraku seguía vivito y coleando, llevándose a Kikyou y a Kagura al cuarto de baño, el pelinegro sirviente quería estrellarse la cabeza contra la pared, sumido en otro ataque de desesperación...

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Había otra salida... que era prácticamente lo mismo que la anterior, pero sumado a otro elemento que lo hacía más reprobable que lo otro: Brujería.

InuYasha suspiró mientras apoyaba su rostro contra el marco de la ventana, donde veía la lluvia caer. La idea de hacer brujería era extremadamente sacrílega, lo asustaba hasta los tuétanos; pero no eran momento de acobardarse, más aún cuando se reveló que Lin, aquella pequeña niña de 11 años resultó embarazada del amo. Eso fue el "clic" que empujó a InuYasha a hacerlo. La sola idea de que Kikyou quedara preñada del amo le hacía querer tirarse de la azotea de aquel lujoso palacio. De esa manera InuYasha adormeció lo poco de consciencia que le quedaba: Lo haría por Kikyou, y por ella haría lo que sea.Nada lo detendría hasta lograr su objetivo. Investigó un poco y ya después de 2 semanas tenia lo que quería saber.

Se armó de valor y empezó el proceso:

En la mañana, InuYasha se cubrió con una capucha negra, montó a uno de los caballos del amo y cabalgó hasta el pueblo, concretamente, al barrio de san Eustaquio y de allí llegó a la calle de los Borboneses. Parecería una callejuela como cualquier otra... Pero en algunas trastiendas, a precio de oro y con infinitas precauciones, se vendían los ingredientes necesarios para la brujería: polvo de serpiente, sapos machacados, lenguas de ahorcados, pelos de rameras, así como también toda clase de plantas, cogidas en el momento preciso de la luna llena o nueva, para fabricar filtros de amor o venenos con que "eliminar" al enemigo. La llamaban también "calle de la bruja" a aquella estrecha vía donde el diablo, en derredor de las tienes de vegetales, ejercía su comercio de materia prima para hacer los hechizos.

Para la hora de la tarde, con el pretexto de preparar una cena de pollo con hierbas al horno para esa noche, InuYasha fue silenciosamente al gallinero de la parte trasera de la casa, donde sacó un ejemplar joven de un gallo, completamente negro y lo llevó a la caballeriza, donde, sofocando los chillidos del animal, lo estranguló y con una navaja de afeitar le abrió el pecho y le sacó el corazón, para luego prender fuego al cadáver del animal y tirarlo por allí. Acto seguido fue al corral y sacó una cabra del mismo color, para hacerle lo mismo, solo que esta vez le sacó el cerebro, según lo que logró averiguar del libro de Santería de la biblioteca de su amo. Después se deslizó silenciosamente al cuarto de su amo y se apoderó de su cepillo para el pelo, sacando puñados de mechones de cabello.

En esa noche, InuYasha tomó una melancólica vela y se encerró en la cocina. Antes que nada debía atraer a los espíritus y por eso encendió varias varillas de incienso, cirios de iglesia y sacó fuera la Biblia Negra que estaba oculta entre los libros de la biblioteca. Primero se sacó del brazo algo de sangre, que fue a reunirse con los pelos de su amo, las vísceras de la cabra y el gallo, donde las mezcló con tembladera, verbena, muguete y boca de dragón, y sulfato de mercurio, mientras al tiempo InuYasha mascullaba las jerigonzas incomprensibles y maldiciones entre las cuales el nombre de Naraku salió tres veces mientras calentaba la diabólica mezcla sobre un ladrillo nuevo, y secarlo al horno, para obtener una sustancia espesa y acre, de un asqueroso color oscuro. La sonrisa del sirviente se hizo más pronunciada...

― ¿Dónde está mi té con especias?―preguntó Naraku la mañana siguiente, sentado en su sillón de la sala.

―Aquí tiene, mi señor...―musitó InuYasha, tratando de esconder su tono de triunfo, mientras le daba su acostumbrada taza de té... al cual astutamente InuYasha ocultó el terrible olor volátil echando mano a un truco de cocinero.

―Gracias. Ya puedes retirarte.

―¡Oh! ¿No necesita nada más, señor?―preguntó InuYasha arrastrando las palabras, cruzando los dedos por que este intento de asesinato funcionase esta vez, al ver como su amo bebía un largo sorbo de "té".

―No, no necesito nada―dijo Naraku. InuYasha hizo una reverencia y se disponía a retirarse cuando...―Por cierto... te felicito: Esté té de vísceras de animal y plantas de brujas te salió muy bien. Simplemente delicioso―dijo de pronto, bebiendo otro largo sorbo.

El sirviente palideció de golpe ante esas palabras. ¿¡Como lo supo! ¡Si fue tan cuidadoso en no delatarse en todo lo que hacía! InuYasha se quedó boquiabierto y balbuceó. Su amo le lanzó una sonrisa irónica, mientras le goteaba algo del oscuro líquido por la barbilla. Muerto de miedo, InuYasha salió corriendo tropezándose con una estatua de metal haciendo que se callera y se inflamara su pie izquierdo y se encerró en su cuarto.

Luego de haber curado su pie lesionado con una espesa crema hecha de plantas medicinales y una venda para bajar la inflamación, decidió intentar algo mas drástico el vudú.Siguiendo las indicaciones de la Biblia Negra consiguió hacer un perfecto muñeco de paja negra de su amo, para poder maldecirlo y acabar con el de una vez por todas, introduciéndole largos alfileres en áreas donde hubiera puntos vitales, pero tampoco funcionó: seguía vivo sin ningún problema haciendo que el sirviente se desesperara y golpeara su cabeza contra la pared y rompiera las cosas que había en su cuarto lastimándose las manos con los fragmentos de vidrios y ahogándose en desesperados sollozos inconsolables.

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Las calles tienen un aspecto entristecido. InuYasha caminaba penosamente hacía el mercado, mientras ráfagas de viento le hacía ondear sus negros y alborotados cabellos. A su paso, padres y maridos desesperados llamaban en voz alta a sus hijas y esposas; los montones de panfletos de mujeres "desaparecidas" ya eran arrancadas por la lluvia y el viento, cubriendo el suelo de amarillentos jirones.

Desde el tercer intento fallido de deshacerse de su amo, InuYasha había caído en un estado de aplastante desmoralización, hundido en su derrota. Miraba con pena a cada persona que le preguntaba: "¿La has visto?" deseando con toda su alma ayudarles a hallar a sus seres queridos... pero no podía ser posible: Su amo le había restregado en la nariz, que estaba más allá del alcance del destino... ¡Cuanto daría por que se le presentara una maldita señal, ya fuera bendita o diabólica...! En medio de sus cavilaciones chocó contra una mujer algo encorvada, apretujada en su capucha.

―Discúlpeme― dijo InuYasha― No me fijé por donde caminaba...

―No importa, jovencito―musitó la mujer alzando la cabeza para mirarlo, revelando un rostro maduro y grisáceo, de largos cabellos blancos y ojos cafe. Al mirarlo, los ojos de la mujer se ampliaron―¿InuYasha? ¿Eres tú?

―¿Como sabe mi nombre?―inquirió InuYasha algo sorprendido.

― Dios mío... ¡Como te ha cambiado la estadía en ese maldito palacio! ¡Oh InuYasha! ¿Por qué no has huido? ¿No ha sido suficiente estar un solo día con ese animal?―Al ver que el sirviente empezaba a retroceder, quizás tomándola por una loca, la mujer se bajó aun más la capucha― ¿No me reconoces? Soy Kaede... La antigua cocinera del duque Naraku, ¿recuerdas?

InuYasha se revolvió los sesos por un momento, hasta que un recuerdo providencial le llegó a la agotada mente: Recordaba que al llegar por primera vez a la casa, había una cocinera de edad madura. Kaede, quien lo recibió con una cansada sonrisa y un barquillo caliente... Pero luego de un mes, puso pies en polvorosa. Aunque InuYasha no tuvo mucho contacto con ella, debido a sus deberes, la echó de menos y le preguntó a su amo, quien le dijo: "Se fue por motivos de salud..."

― ¡Eres tú, Kaede!―exclamó InuYasha―¿Por qué te fuiste? El amo dijo que te fuiste por estar indispuesta de salud...

― Estupideces―le interrumpió Kaede, cortante― Si estoy indispuesta... pero del alma. Hace años...―bajó la voz hasta volverla un susurro―Recibí un golpe, del que nunca… jamás me recuperaré. Tú no lo viste, InuYasha. ¡Oh, la Providencia evitó que vieras eso...!―la mujer palideció de golpe y se desplomó en un banco que había cerca de ellos.

― No lo entiendo, Kaede―dijo InuYasha sentándose a su lado, tratando de entenderla―¿Que fue lo que viste?

― ¡Pobre de mi! ¡Eso me pasó por metiche! Fue cuando el amo Naraku regresaba a la casa. Estaba triste y furioso a la vez: Al parecer una doncella llamada Kagura lo había dejado en ridículo frente a otras personas. Estaba realmente trastornado: Hablaba consigo mismo y se retorcía las manos Y una noche...una horrible noche―la mujer bajó la voz aun más―Oí ruidos extraños en su despacho... yo, que estaba sufriendo de insomnio, y me atreví a ver por la puerta: Naraku estaba en arrodillado en el centro de un pentagrama pintando con sangre de cerdo y cirios, invocando al Diablo... y por lo que alcancé a escuchar... Estaba pidiendo el poder de atraer a toda mujer que lo mirara...

InuYasha se puso pálido, asimilando las palabras de la mujer: Así que por eso el amo no muere, pensaba InuYasha frustrado y mirando el suelo. Así que por eso no reaccionó a las oraciones ni al veneno, ni al vudú y a la misma pócima, llegando a adivinarla en el té: Hizo un pacto con el demonio para hacer que cualquier mujer que lo mirara cayera perdidamente enamorada de él... Incluida Kikyou...

―Lo siento, no me gusta hablar de esto―musitó Kaede con la piel erizada―Ahora quiero saber... ¿Por qué no te has ido de ese palacio, InuYasha?

―Por que simplemente no puedo―respondió InuYasha con la mirada perdida y los puños apretados―Antes lo que me retenía de irme de ese palacio, era el agradecimiento al amo Naraku por darme un trabajo y un hogar... He estado todos estos años guardando los gustos del amo, cumpliendo con la obligación de los siervos de guardar los secretos de sus señores... Pero ahora... el amo ha tomado como esclava sexual a mi amiga de la infancia…Kikyou ―diciendo ultimo con voz quebrada, los ojos de Kaede se llenaron de pena y compasión la ver la cara de dolor del pelinegro ―Confieso que he tratado de eliminar al amo de... diversas maneras, y a todas ha sobrevivido campante. No sé qué hacer, Kaede...

― En este mundo hay tres justicias, InuYasha―dijo Nana levantándose―La justicia de Dios... la del Diablo... y la propia. Yo también desearía ayudarte en hacer que el maldito violador reviente... Debo irme... Confía en Dios, InuYasha... y él te ayudará.

La mujer se despidió con un gesto y despareció entre los puestos del mercado, dejando a un InuYasha completamente meditabundo, sujetando con fuerza el asa de del cesto lleno de diversas frutas. Dejó caer una de las frutas más gruesas y la aplastó, imaginándose que era la cabeza de Naraku, y los jugos escurriéndose sobre el piso, su sangre.