¡Hola! (: Aquí está el siguiente capítulo después de varios meses de espera xD solo debo aclarar que este capítulo es el que todos estaban esperando, así es señores llego la muerte de Naraku, por lo tanto será MUY explicito.
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Entre las tinieblas empieza a clarear, y desde el este, una tenue franja gris en el horizonte anunciaba que la aurora se pararía muy pronto sobre el castillo. Los macilentos rayos se reflejaban en las almenas de la torre del campanario. En el pueblo, entre la desolación general, los habitantes ya se levantaban a trabajar en el mercado o a recuperar lo poco que quedaba en los campos. En el vestíbulo principal, sentado en su sillón, una figura espigada esperaba la llegada de su "aperitivo matutino" antes del desayuno.
"Los sacerdotes y papas de Roma no saben la verdad. No hay un solo Dios, sino dos: El del Bien y el del Mal. El Mal es la nada y es la muerte. Ambos crearon a los hombres, dirigidos por el Mal, pues este es el elemento natural del pueblo de origen. El Mal es el que conquista nuestros vientres y nos empuja a él…"
Esta extraña filosofía, que olía a azufre y en la que había restos de maniqueísmo y creencias cátaras mal interpretadas, dominaba la mente de Naraku. Siempre se habría creído invencible desde esa noche que entregó su alma a Satanás y le había dado este nuevo rostro, hermoso como el de un Rey, remplazando ese horrible rostro del que solo se tenía por testimonio un cuadro de su juventud, quemándose en el fuego de la chimenea; un rostro del cual ninguna mujer, fuera noble o villana, salía airosa. Se sentía todopoderoso, en ese pueblo inmenso e ignorante, lleno de mujeres todavía sin conquistar. Usando su poder del Mal para hacer lo que se le antojara. Sade estaría orgulloso de él, eso era seguro.
Bueno, eso fue antes de que InuYasha osara enfrentarle, usando también el Mal.
Pensando en su sirviente precisamente... Era verdad que últimamente InuYasha había desarrollado unos extraños trucos. Todo por verlo muerto a cualquier precio. Realmente, otro gran noble en su lugar se habría asustado al ver la furiosa terquedad de un sirviente de verlo enterrado en el camposanto… Pero no el Duque de Venomania. Le dieron risa los patéticos e inútiles intentos de InuYasha, desde la cena envenenada, el té maldecido por él y el vudú. Y aun después de eso, InuYasha no desistió y estúpidamente siguió con su recién descubierto talento brujeril de pacotilla, trayendo pócimas maldecidas cada vez más horribles, conteniendo desde flores machacadas hasta menstrúo de mujer.
Si no fuera por la enorme lástima que sentía por él ya lo hubiera entregado a la Inquisición por brujería. Naraku se divirtió imaginándolo por un momento: InuYasha atado a un poste de la plaza mayor del pueblo, mirándolo con rabia, asándose vivo bajo el calor insoportable de la hoguera como un cerdo entero en día festivo. Hum... No podría esperar esa clase de comportamiento de algún mayordomo de noble cuna, e InuYasha no era más que un campesino. Apretándole las clavijas es que te obedecen, pensaba.
El Sirviente es un ser intermediario entre el hombre y el animal doméstico. Animal, porque eres su amo y puedes hacer con la vida de este lo que quieras, si le quieres hacer su vida miserable o no, pues te pertenece y depende exclusivamente de ti; hombre, porque puede hablar y responder. Es el símbolo del individuo sometido a otro por naturaleza y del cual se tiene poder casi absoluto. Eso era InuYasha el Miserable para él.
Esta noche, aun a esa hora, se estaba divirtiendo con Kagura en el corredor del castillo. Aunque era a la hora del alba en que InuYasha solía despertarse, le importó un pimiento que el sirviente los encontrara haciendo el amor en el suelo… Si ya más de una vez había sucedido. Naraku estaba sentado en una de las sillas sin respaldo y la tenia sentada sobre sus rodillas. Uno de los blancos pies colgaba sobre la alfombra. El encaje del ligero vestido de rigor del castillo, transparentaba el cremoso muslo donde descansaba, atrayente, una liga de raso color roja. La besaba en la nuca, llena de vello negro y la sentía estremecerse bajo sus labios todos sus nervios. La mano de lindos dedos alargados agarraba la suya y hundía las uñas sonrosadas y afiladas en la palma de su mano.
―Ah… Si, amo... más…―suspiraba Kagura con expresión acariciadora, mientras se desataba ella misma el cordel que sujetaba su cuello. El corpiño de seda y terciopelo negro dejaba ver las blancuras túrgidas del seno, que ondulaba por la agitación.
― ¿Te gusta esto, Kagura? ―decía Naraku con voz jadeante y triunfadora― Eres tan adorable y deliciosa… Dulcemente deliciosa…―decía buscando con locura mientras la volteaba para que quedara a horcajadas sobre su regazo, buscaba sus labios primero y luego hundía la cara brutalmente en el seno perfumado y fresco, mientras manoseaba a todo lo largo del muslo firme, terso, cálido...
Sus ojos relucían; su cabello negro danzaba sobre la clavícula de su hombro. Se levantó, danzante y risueña, Con rápido movimiento descubrió sus hombros y dejó caer al suelo el vestido, hasta quedar completamente desnuda, pues todas las damas del Duque no llevaban ropa interior debajo de sus trajes. Atrajo sobre sus caderas las manos del Duque, quien la aplastó contra la pared, quien ansioso ya se bajaba la bragueta del pantalón de lino fino, preparándose para dar la primera estocada…
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La mañana finalmente llego y el sol sale con las pocas fuerzas que le quedan. Hay cierta agitación en el camino sin pavimentar que delimita con un riachuelo. Los caballos y mulas les tintinean campanillas y cascabeles Al frente de la larga cabalgata de los mercaderes que llegaban desde la frontera del Reino Shakimi a Matsue iba un inquieto y ansioso joven de 20 años. Era apuesto, su vestimenta era azul y su cabello era de un hermoso negro azulado recogido en una coleta. Su jubón estaba bordado en oro al igual que su pantalón de lino fino.
Aunque los que iban a su lado se dirigían a él con respeto, y le hacían preguntas, su estado de ánimo, decaído desde hacía semanas, les respondía y contestaba con respuestas secas. De pronto uno de los campesinos cubrió a su mujer con un velo. Miroku le preguntó el motivo de ello:
―Verá señor, si me permite mi opinión, este sitio se dice que está maldecido, pues las mujeres de este reino han desparecido y siguen desapareciendo. Mujeres y niñas, tanto pobres como ricas. Nadie sabía el motivo ni quien lo está haciendo. Es como la historia del Flautista de Hamelín, pero desaparecen mujeres, no chiquillos ni ratones. Como estamos de paso por estos lares, no quisiera que mi mujer corra una suerte parecida
―Muchas gracias por decirme eso―murmuró Miroku, observando las puntas afiladas de los tejados en la lejanía, sintiendo una especie de presagio: ¿Ella estaría allí?
Miroku Fujishima llevaba desde hacia exactamente 6 meses, una larga búsqueda en pos de su prometida, Sango Miyazaki, una joven de casi su misma edad. La última vez que la había visto, fue cuando ella hizo a un viaje al Reino de Shakimi a hacer una visita a su prima, y desde entonces no se le volvió a ver. Miroku al principio no se había preocupado y no tenia noción de que su vida tranquila se vería perturbada: Era famosa la actitud pacífica y tranquila de Sango, siempre ayudando a las demás personas que la necesitaran, si había problemas ella podría arreglárselas sola. Era realmente una chica muy fuerte y decidida, sabía muy bien cómo defenderse sola. Así que, cuando pasaron ya 5 días, Miroku llegó a la conclusión, que lo que haya detenido a Sango, fue algo más fuerte y poderoso que ella.
A pesar de solo haber pasado seis meses, seis malditos meses registrando todo el Reino Shakimi de arriba para abajo, para luego pasarse de Hokkaido a Fusume, sin ningún éxito, pues los lugareños le aseguraron que la joven se encontró con desconocido que usaba sombrero de ala ancha y se esfumó con él, como por arte de magia. "¡No podía ser!, se decía rascándose la cien desesperado, ¡Sango no puede engañarme ni dejarme por otro! ¡Ella es devota a la fidelidad! ¡Siempre solía estallar en furiosas escenas de celos cuando hablaba dulcemente con cualquier campesina hermosa que veía!" recordaba en el bamboleo de su caballo una particular escena que le divirtió:
Miroku bailaba con la atractiva mujer con la que iba a casarse en verano.
Hacia 2 semanas, cuando se lo habían comunicado, el pobre estaba aterrorizado con la perspectiva de unirse en matrimonio a una mujer de la que apenas había ido hablar. Hasta ese momento, el pánico se había apoderado de él. Infantilmente quería decirles que no estaba listo para semejante compromiso, pero sabía que no podía hacer nada.
Cuando finalmente esta había llegado, desde su lejana tierra, surgiendo del carruaje y con un enorme boomerang atado a su espalda, el interés del peli negro se acrecentó: Una figura voluptuosa, cabello negro, que le caían dócilmente en su rostro y era tan largo que le llegaba mas debajo de su cintura, ojos ardientes y dulces y una voz melodiosa y fuerte. Esta Sango resultó ser un verdadero encanto.
―Soy Fujishima Miroku―se presentó tartamudeando y rojo de vergüenza.
Para Sango fue facilísimo leer sus pensamientos, pues había en él una ingenuidad que le recordó un poco a sus amigos de infancia. Le provocaron unas extrañas ganas de usarlo como bolsa de kickboxing y también de mimarlo…
En esa maravillosa noche, Sango bailaba con su novio con aire extático y no había sentido tanta felicidad desde el día que le regalaron en su fiesta de 8 años, una hermosa gatita única en su especie con dos colas, de color avellana y negro. Miroku era graciosísimo y estúpidamente lindo. Aunque también era un libidinoso y mujeriego de primera, llevándose fuertes golpes por parte de la joven Sango.
Mientras danzaban, Miroku suspiraba:
―Esta es la noche más feliz de mi vida.
―Estoy contenta―le decía Sango con una sonrisita burlona―Por que tu padre me prometió que serias un buen esposo y sabrías cuidar bien de una familia… ― Le sonrió con ternura ― Estabas asustado cuando oíste que vas a casarte conmigo… ¿cierto?
Miroku tragó saliva ―No te lo niego, pero fue antes de conocerte. Eres… una mujer realmente bella nunca me imagine conocer a alguien tan especial y adorable como lo eres tu Sango-chan.
―Me halagas, guapo.―dijo Sango sonriendo― ¿Qué te parece si te doy un anticipo?
― ¿Anticipo?
―Claro. Un pequeño preludio.―Y le besó suavemente y con sensualidad. Su boca estaba olorosa a miel cosa que endulzo a Miroku, pensó que esto era demasiado bueno para ser verdad… Impulsado por una fuerza que no creyó que tendría, bailó en círculos con Sango entre los danzantes ebrios, hasta dar con una puerta que daba a una habitación de servicio.
Esa noche Miroku quedó colmado. Y todo temor al matrimonio se esfumó.
Miroku alzó la mirada hacia el cartel grande que decía "Bienvenidos a Matsue, el Pueblito de la Alegría y la Virtud. Población: 15.600". Todo a su alrededor le dieron la noción de un pueblo medio grande, perdido entre serpentarios y oscuros bosques, amplios arroyos y cielos nublados. Las caras de sus habitantes estaban enjutas por las desapariciones, y sumado a eso, la pronta llegada del hambre y el invierno al umbral de sus puertas. Además de las desapariciones, se decía que por las noches brillaban solitarias fogatas en esos parajes, donde los brujos se reunían en los Aquelarres a dar rienda suelta a sus habilidades. Aunque Miroku era devoto creyente, siempre sintió una turbia curiosidad en lo referente a lo oscuro y opuesto.
Conocería más de eso con el pelinegro sirviente.
Cuando al vagar desolado por el pueblo, parando en una taberna después de comer un plato de un exquisito ramen, alcanzó a oír la conversación de InuYasha con Kaede. El rostro del peli negro dejaba ver desesperación y pena. El de la anciana ni se diga. Vio al muchacho aplastar aquella fruta, montar su cabello y salir del mercado. Se quedó pensando en lo que le había dicho el campesino en el trayecto... Eso y el relato del peli negro corroboraban la historia. Entonces, si era verdad, ¿Sango estaría allí? ¿Estaría en este pueblo? También podría estar equivocado, pero su intuición le dijo que lo intentara. Sin que el pelinegro lo notara, lo siguió…
O-o-o-o-o-o-o-o-o
La esperanza truncada es funesta para cualquiera. Las últimas semanas causaron más estragos que los años anteriores. InuYasha pasaba por un estado, anteriormente mencionado, que empeoró cuando Kikyou tuvo una falsa alarma de embarazo. Seguro que solo era cuestión de tiempo para qué la alarma resultara ser cierta, InuYasha dejó de sonreír, perdía color y adelgazaba rápidamente. Su rostro, aunque no perdió su belleza, se estiró y endureció; sus ojos y mejillas se hundieron. Así como su aspecto se deprimía, también su actitud: En ocasiones explotaba, maldiciendo a todos: A sus padres, al destino, al Duque, a Dios... y a sí mismo. Luego de esos furores pasaba a crisis de llanto donde las lágrimas dejaban surcos en las hundidas mejillas.
Incapaz de descubrir como vencer un Pacto demoníaco, su vida se volvió indiferente y rutinaria; solo tenía vida por las noches, cuando se recostaba junto a la dormida Kikyou, le acariciaba los cabellos, cubría de besos sus labios y rostro, le hablaba en voz baja y se quedaba hasta el alba. Era el único consuelo que le quedaba y lo único que podía hacer ahora. No volvió al cementerio, pues era muy humillante para él visitar la tumba de su progenitora, debido a todas las faltas de moral y buena educación que esta le había enseñado, no tenía el valor de ir a su tumba sin tener reproches y culpa por haber usado el malque tanto odiaba su progenitora.
Pero cuando le asaltaba la culpa, InuYasha siempre pensaba que estaba Kikyou en medio y por ella había hecho las prácticas herejes. Realmente amaba a Kikyou y por amor se había vuelto un brujo. Solo quería salvarla y verla de nuevo feliz.
O-o-o-o-o-o-o-o-o
InuYasha salió a la parte trasera de la casa a respirar un poco. Aquel era uno de los pocos momentos buenos de la jornada y el único placer natural que le quedaba y quería aprovecharlo lo máximo posible… Solo esperaba que fuera de noche para acostarse en el cuarto de Kikyou; un nuevo y posiblemente intento fallido de asesinato cruzó su mente. Un murmullo de hojas secas lo hizo agudizar el oído. Al parecer era solo una ardilla que había hecho temblar la rama de esa manera… InuYasha examino el follaje en busca de algún intruso. Otro ruido apagado se escuchó.
― ¿Quién está ahí?―Otro crujido y ni siquiera tuvo tiempo de ponerse en guardia.
Una figura, un poco más alta que él, se lanzó en ataque. A pesar de que era un poco más pequeño que el atacante, InuYasha no se intimidó y mordió la mano que lo apresaba. Miroku soltó un chillido de dolor, pero no lo dejó y finalmente lo aplastó contra la pared, una mano empuñaba su espada de Damocles, la otra apretaba la garganta de InuYasha.
― ¡Suéltame!
― ¡Lo haré cuando confieses lo que hay detrás de esos muros!
― ¿Qué?
― ¡Te he escuchado cuando hablabas con esa mujer en el pueblo! ¿Así que es cierto o no? ¿Tu amo ha hecho un pacto con el Maligno y ha secuestrado mujeres, entre las cuales mi amada Sango? ¡Responde!― InuYasha no lo soportó más y se plantó frente a Miroku, como un perro que enseña los dientes colmillos y gritó, con las mejillas encendidas de la pura rabia:
― ¡Si, es cierto! ¡Y para que te enteres, apenas acabo de enterarme! ¡He tratado de deshacerme del Duque de Venomania cientos de veces y nada! ¿Cuál sería la causa, eh? Busca en tu cerebrito: Solo te tomará un par de segundos…
― ¡No me hables así!
―Te hablo como me dé la gana―le espetó altanero InuYasha―. Si no me sueltas llamo a los perros para que te destripen, yo haría otro tanto…―Miroku lo soltó e InuYasha se frotó el cuello―, ¿Quién eres, por cierto?
―Me llamo Miroku Fujishima, Conde del Reino Azul―se presentó Miroku haciendo una reverencia que InuYasha no correspondió―. He estado desde meses buscando a mi prometida, Sango, quien desapareció a llegar a esta comarca. ¿Tú eres el…? eh… ¿Escudero?
―Sirviente.
―Ah, ya―musitó Miroku, cauteloso en no faltarle el respeto y con ello, arruinar su misión: "Seguro conoce todos los secretos de aquí. Debo ganarme su confianza, así rescataré a Sango" pensaba. Sacó una foto de Sango y se la dio―. ¿Conoces a esta mujer? ―InuYasha observó a la mujer de pelo negro y vestido ornamentado de color claro, sentada sobre una gran roca sonriendo coquetamente, en sus piernas estaba una pequeña gatita, la cual acariciaba.
―Creo que si… ¡Si, ya la recuerdo! Es aquella chica que siempre está con una pequeña gatita, es por ella que estoy obligado a ir a la tienda de animales cada 2 semanas, aunque me sorprende que el amo no se halla desecho de aquella gatita…
―Espera un momento―interrumpió Miroku― ¿Hay... mas mujeres? ¿Cuántas hay?
― ¿Cuantas?―replicó InuYasha soltando una amarga risotada―, ¿cuántas? ¡Hay muchas! Cada semana van llegando… Hay más o menos cien.
― ¿Tantas? ¡¿Pues entonces qué diablos estamos esperando? ¡Debemos liberarlas! ―exclamó Miroku en tono heroico y con espada en ristre, pretendió entrar a la casa… Pero el sirviente lo agarró de la manga.
― ¿Estás loco o qué? ¡No puedes entrar así como así! Mi amo es bueno con las armas y tu solo no podrás contra él. Si te ve eres hombre muerto… si quieres morir estúpidamente, no es mi problema...
― ¿InuYasha? ¿Dónde estás, siervo inútil? ―el pelinegro palideció al oír esa voz: ¡Su amo! ¡Y venia a donde estaban...!
― ¡Escóndete!―susurró InuYasha a Miroku, empujándolo dentro del cobertizo para guardar grano y echando el cerrojo―. ¡Cierra el pico y no hables!―Miroku quedó atrapado en el estrecho habitáculo y como era medio claustrofóbico, de inmediato le invadió una espantosa sensación, quería gritar, derribar la puerta... pero logró mantenerse callado, mientras la voz de InuYasha se mezclaba con otra voz, grave y más madura: "Debe ser su amo…". Rezaba por que el Duque no se hubiera dado cuenta de su presencia y revisara allí… o que InuYasha no lo delatara. Después de 3 minutos eternos, InuYasha volvió a abrir la puerta.
― ¡Uf! ¡De buena nos libramos! Sal de allí. Ya volvió a entrar, creo que no se dio cuenta de nada.
―Gracias…―resolló Miroku―Gracias por no delatarme…
―No lo agradezcas―contestó InuYasha con indiferencia―.En este pueblo estamos acostumbrados a ayudarnos entre nosotros…
― ¿En serio? ― replicó Miroku, encantado con tener un argumento para convencer al pelinegro de ponerlo de su lado―, En ese caso, amigo InuYasha, creo que deberíamos ser aliados… ―Aguardó un momento para ver el efecto de sus palabras: los ojos de InuYasha ya no eran hostiles sino curiosos; eso lo animó a continuar: ― Es evidente que no eres feliz con tu amo y quieres ser libre, ¿cierto? Puedo ayudarte. Liberaremos a Sango, a las mujeres…
―Y a mi querida Kikyou… También está ahí… ―murmuró InuYasha―Tengo que sacarla de ese infierno. Quierosacarla de allí.
—Entonces con más razón deberías hacer una alianza conmigo—dijo Miroku —Escucha el proverbio: "Muerto el perro, se acabó la rabia", ¿no? Haremos que el perro reviente y todos felices. Vamos por detrás, antes de que tu amo nos vea.
O-o-o-o-o-o-o-o-o-o
InuYasha y Miroku caminaron por la parte trasera del corral de las cabras, junto a los depósitos de agua y vino. Detrás de un solitario cerco, había un claro de tierra, en el cual había una sucesión de estacas enterradas, en las cuales había flores marchitas por el otoño, esparcidas junto al huerto de calabazas, con un viejo espantapájaros de tétrica sonrisa cosida. Las estacas parecían marcar algo… pero sea lo que sea, no eran semillas…
― Oye, ¿para qué son esas estacas? ¿Es para un cultivo de uvas o de guisantes?―preguntó Miroku, sintiendo un extraño malestar al ver las solitarias estacas. InuYasha también las veía. Cuando volteó a ver a Miroku, su mirada era extraña, como ausente:
―Cada cierto tiempo, cuando una de las mujeres del Duque quedaba embarazada, el amo se encerraba en su despecho por horas y luego me llamaba. En su mano había una bebida de color oscuro y me decía: "Dale esto a Kagome, la pobrecita tiene una horrible digestión." "Amo, ¿y por eso esta inflada como un globo?", decía yo, confundido. "Exacto. InuYasha, dáselo, esto la ayudará y en cuestión de horas se irá la hinchazón"me decía .Yo era un niño en ese entonces y aun no comprendía ciertas cosas. Aun así obedecía y se lo daba en la cena. Luego la pobre se encerraba en el baño, soltando unos gritos y llantos que yo escuchaba asustado, pero el Duque no me dejaba entrar, sino que él mismo lo hacía… y luego de varios minutos salía con algo dentro de un saco de lona. Me ordenaba que limpiara todo y cuando entraba, solo veía sangre por todas partes… ―Le tembló un poco la voz. Miroku palideció como la tiza, horrorizado con el relato de InuYasha. Este señaló el ventanal del tercer piso―Desde esa ventana veía al Duque cavar una zanja, tirar el saco y luego taparlo con tierra y marcándolo con una estaca. Pronto el campo se llenó de ellas… La última de estos días, Lin, fue más problemático pues fueron trillizos. Solo miraba las extremidades de las criaturitas enterradas en las zanjas...
― ¡Basta! ¡No sigas!―susurró Miroku, al borde de vomitar todo el almuerzo que había comido del puro espanto― ¡Esto es una casa del horror! ¡Hechiza, retiene y viola mujeres! ¡Y para seguir teniéndolas listas para él las hace abortar! ¡Debemos hacer algo, InuYasha! ¡No podemos permitir que siga saliéndose con la suya!
― ¿Tienes un plan? Te confieso que lo he intentado todo.
―Dime… ¿estarías dispuesto hacer lo que sea? ¿No importa si esto va en contra de nuestra moral de hombre? –pregunto Miroku viendo directamente a los ojos a InuYasha, el cual asintió con un ligero fuego en los ojos ― ¡Perfecto! Lo que tienes que hacer mi querido amigo… es nada más y nada menos, que vestirte de mujer, lo aremos para distraerlo.
―! ¿Qué demonios? ¡¿Yo vestirme de mujer? ¡Usar falda y maquillaje! ¿Cómo se te ocurre? ―exclamó InuYasha, como si no diera crédito a lo que escuchaba― ¡No! ¡Me niego...! ¡De ninguna manera...!
-entonces podríamos usar a tu amiga Kikyou como cebo –dijo serio Miroku.
-¡No! –chilló InuYasha - ¡no me vestiré de mujer! ¡Y no usare a Kikyou como cebo!
-O te vistes de mujer, o usamos a Kikyou como cebo –dijo Miroku desafiante con los ojos a InuYasha
-¡No!
― ¡Es necesario! ―replicó Miroku, molesto por la terquedad de InuYasha―, ¡Sin eso nuestro plan fracasará! ¡Entiende InuYasha…!
― ¡No! ¡Tú no lo entiendes! ―chilló InuYasha, casi histérico y fuera de sí. Miroku retrocedió un paso― ¡Tú no has visto durante años…! ¡Años! ¡...lo que el Duque hacia a esas mujeres! ¡Tú no has sufrido desde los 8 años de la peste, el abandono y este infierno en esta maldita casa! ¡Tú no has visto a mujeres embarazadas beber de pócimas para abortar y ver como entierran sus bebés bajo tierra! ¡Tú no has soportado ver esas caras de familiares que quieren volver a verlas! Tu no… ―su voz se quebraba cada vez mas― ¡Tú no has visto como toman lo que es tuyo, lo que más amas y te lo destruyen en tu cara! ¡No lo entiendes...! ―InuYasha sentía un deseo de saltar al cuello de Miroku, abofetearlo, tirarlo al suelo y estrangularlo, hacerle sentir algo del infinito horror que sentía él…
Miroku lo miraba con pena. Sus ojos mostraban límpidamente cada humillación, cada ultraje recibido desde hacía años. Toda lagrima derramada, todo su dolor, toda su furia contenía y a punto de explotar. Otros adultos pudieron haberse echado abajo ante torturas semejantes, perdido la cordura, suicidarse después de tanto horror visto y vivido... pero allí estaba InuYasha, un verdadero superviviente. Debía admitir que perder a Sango por 6 meses no era nada comparado con ver a un ser querido tuyo ser mancillado en tu presencia y tu, atado de manos, incapaz de protestar. Miroku estaba admirado de ese pelinegro quien, siendo prácticamente un adolescente, soportó un verdadero calvario, mil veces peor que el suyo…
―Entiendo lo que sientes, InuYasha―murmuró Miroku, como queriendo disculparse por su arrebato, se paró enfrente de él para verlo directo a la cara―… Sé que estar seis meses sin Sango no es nada comparado con las deshonras que has vivido… Sé que estas desesperado y harto de esta situación... Pero entiende, InuYasha: Las mujeres de este pueblo siguen despareciendo; madres de familia que trabajan en el mercado y niñas que vienen de la escuela... Seres inocentes que fueron arrancados vilmente para acabar en un puteadero privado para el cerdo del Duque, quedando embarazadas y sus frutos siendo enterrados bajo tierra… ―InuYasha volvió a mirarlo―Mira InuYasha: Te juro, aquí frente a las tumbas de estos niños inocentes... que Kikyou no sufrirá ningún daño. El Duque se distraerá con ella y tú y yo lo mataremos. Todas esas mujeres serán libres y podrán volver con sus familias. Recuperaré a Sango y tú serás libre y tendrás a Kikyou. Todos ganamos ¿no? ―terminó, Miroku aferrado a esta última esperanza de ganárselo― ¿No quieres recuperarla…? ¿No quieres a Kikyou…?
―Más que nada en el mundo―musitó InuYasha.
―Entonces… ¿Qué dices InuYasha? ¿Hecho? ―propuso Miroku extendiendo la mano. InuYasha lo miró un instante. Aunque la vida le enseñó cruelmente a no confiar en nadie, ni siquiera en Dios… una parte de su semi destruido corazón le dijo que no podía perder la oportunidad…
―Hecho.
O-o-o-o-o-o-o-o-o
―Este lugar sí que es lujoso―decía Miroku muy a su pesar al ver todo el mobiliario desde la ventanita del sótano donde InuYasha lo hizo entrar sigilosamente―Odio admitirlo, pero tiene buen gusto…
―Tiene buen gusto, pero como ya has visto, posee el alma de un cerdo y la lascivia de un caballo―dijo InuYasha con desdén. Examinó a Miroku de arriba abajo. ―Una pregunta: ¿Cuál es tu talla de zapatos?
―38―contestó Miroku, señalándose sus medianos pies― ¿Qué pretendes, InuYasha? ¿Qué….?― De pronto InuYasha empujaba a Miroku en un gran cobertizo donde guardaban cosas que eran necesarias para días festivos por lo que nadie entraba hay al menos que fuera necesario-¡¿Qué carajo estás haciendo?
―Ya verás. Espera aquí.― replicó InuYasha y cerró la puerta.
Salió del sótano, simulando llevar una montaña de ropa blanca, esquivando a Koharu y a Abi en el camino. Vió a Kikyou durmiendo en su cama. Alcanzó a ver a Sango acariciando animadamente a su pequeña gatita de dos colas. Llegó al cuarto de lavandería del duque y cuando llegó al inmenso cesto de mimbre donde Naraku guardaba toda la ropa confiscada de las mujeres y después de revolver mucho, sacó un vestido de color azul oscuro, decorado con amplios pollerones, perlas y encajes. Cruzó volando el rellano hasta llegar al Ático. Sacando de una abollada caja, sacó entre varios artículos de disfraces una peluca rubia rizada algo polvorienta. Cuando pasó por el cuarto de Kagura le quitó con disimulo los zapatos de tacón alto y regresó de nuevo al sótano.
― ¡Mira Miroku, encontré…!―InuYasha se quedó en seco al ver a Miroku acuclillado contra la esquina del oscuro cuarto, abrazando unos retratos de mujeres desnudas felizmente, como si hubiera oro en ellos―¡Miroku! ¿Qué estás haciendo?
― ¡Oh InuYasha! ¿Por qué no me dijiste que tu amo tenía una guarnición de unos enormes retratos de mujeres?―preguntó Miroku con los ojitos brillosos de felicidad― ¡están bien hechos! ¡Esculpen muy bien sus figuras!
― ¡Vinimos a hacer reventar al maldito cerdo no a admirar retratos de mujeres desnudas! ―exclamó InuYasha abofeteándose la frente― ¡Deja eso y ven aquí!
― ¿Qué es eso? ―preguntó Miroku acercándose y cuando vio el vestido abrió los ojos como platos― ¡¿Qué es esto…? ¡Tú pretendes…!
―El Duque jamás sospecharía de una inocente mujer si se supone que todas caen "hechizadas" ante su poder demoníaco―dijo InuYasha, acariciando vagamente y con aire abstraído la hoja de un cuchillo de carnicero… cosa que inquietó ligeramente a su aliado― además fue tu idea no? Ni creas que seré el único vestido de mujer aquí –bufo ante lo último-Pero antes debo ir a… hacer algo. Pero regresaré antes del amanecer.
―InuYasha, ¿Qué estas….?―alcanzó a decir Miroku cuando InuYasha le dejó en el suelo la ropa de mujer y salió disparado por la puerta de trasera― ¡Si tan solo me dijeras que es lo que haces para poder ayudarte…! ¡Te recuerdo que estamos juntos en esto…!― refunfuñó indignado antes de dejar en su lugar aquellos enormes retratos…
Pasaron varias horas. Miroku se quedó dormido sobre el frio suelo del cobertizo y solo se despertó al tercer golpecito que le dio InuYasha en el hombro. El sirviente tenía marcadas ojeras, como si no hubiera dormido, sin embargo sonreía y la carrera le había teñido de rojo sus mejillas. Llevaba un bulto entre sus brazos, cubierto cuidadosamente con una tela oscura.
Toda la noche InuYasha había recorrido casi 40 leguas a caballo, a través de los campos, las casas secretas donde solían celebrarse las reuniones del Aquelarre, la cueva donde estaba la Piedra del Oráculo y los Sacrificios y finalmente a la casita junto al río donde vivía "Búho del Pantano", como InuYasha solía respetuosamente llamar al anciano brujo líder del Aquelarre, quien le había enseñado todo lo que sabía.
― ¿Qué es eso y dónde estabas? ―preguntó Miroku bostezando y sentándose en la mesita de roble, bebiendo a grandes tragos la taza de café y mordisqueando un trozo del plato de arenques y tocino ahumados que InuYasha dejó entre ambos.
―Para acabar con alguien que ha hecho el pacto con el Señor del Inframundo, debemos usar estos puñales que hice que un cura bendijera y que luego, durante la Misa Vana, volvieran a bendecirlas, esta vez por un cura renegado e impregnándolo con una pócima especial ― susurró InuYasha sin rodeos, tomando otro trozo y llevándoselo de una vez la boca. "Brujería" pensó Miroku con algo de miedo ―que es una mezcla de Agua Bendita y Agua Muerta."Una navaja en el corazón, cargada del veneno, es suficiente para acabar con la Bestia"―recitó InuYasha las palabras del "Búho del Pantano".
― ¿Eso es todo? ―murmuró Miroku con pánico― ¿Funcionará?
―Reza a tu Dios por que así sea…
InuYasha y Miroku esperaron todo el día para efectuar el asesinato, pues, según InuYasha, era muy peligroso de mañana, ya que así podrían verlos y todo fracasaría. Los dos muchachos la pasaron en el sótano, refinando y aprendiéndose una y mil veces el plan hasta poder decírselos el uno al otro sin equivocación. Aunque en el fondo, InuYasha resentía el detalle de usar a Kikyou en el plan ya que habían quedado que la usarían de cebo…
― ¡InuYasha! ―gritó Naraku― ¡Ven aquí!
―Suerte, InuYasha―susurró Miroku poniéndose la peluca. InuYasha respiró hondo, salió de aquel oscuro sótano y entró a la sala donde su amo estaba sentado, una vez mas de espaldas a él.
― ¿Qué desea, señor?
―Dime InuYasha… ―Naraku ni siquiera lo miraba, sino que veía el fuego arder alegremente ―Ya se acerca tu cumpleaños. ¿Qué te gustaría que te dé?
― ¿Eh? ―InuYasha se quedó perplejo. ¿Su amo dándole un regalo? ¡Si había ignorado los 8 anteriores! ―No lo entiendo, mi señor.
―Cumples diecinueve. Ya eres un hombre―dijo Naraku con malicia―A pesar de todas las travesuras que me has jugado, InuYasha, yo aun te aprecio.Así que… El día de tu cumpleaños… deberás estrenarte, como es costumbre en los pueblos. Volverte un hombre, montando a una mujer: ¿Qué te parece si te regalo a Kikyou por un día? ―InuYasha se puso lívido, la presión sanguínea le empezaba a aumentar, la rabia le hacía hervir la cara… El muy maldito tiene que faltarle el respeto una vez más a él y a su querida amiga... Pero ya no más. Naraku lo miró soltando una risita ―No me veas con cara de rana disecada, InuYasha: ya eres mayor de edad y aun no has montado a una mujer, serias la burla de todos si se enterasen. Kikyou es una buena concubina sé muy bien que también piensas lo mismo… dime….¨ ¿Qué te parece? ―"Te diré lo que me parece"pensaba InuYasha"¡Te odio! ¡No pararé hasta empujarte al Infierno, donde perteneces, maldito infeliz!"―Tengo hambre: tráeme un pastel.
"¡Sí! ¡Un pastel! ¡Ahógate y muérete!" murmuró InuYasha trayéndole el pastel y ver como Naraku se lo comía― ¿Algo mas, mi señor…?
―Tráeme a Kikyou. ―ordenó. Los ojos de InuYasha les llegó el brillo que solo salió cuando estuvo en la Misa Vana. Una sonrisa casi imperceptible se coló por la hundida y pálida cara. Salió de la habitación y le hizo unos gestos a Miroku para que esperara la señal… Comenzó la primera fase del plan…
… Solo que InuYasha no iba a permitir ni de chiste que Kikyou sea violentada otra vez.
Todo tiene un límite… e InuYasha ya ha tocado el suyo. Desde hace mucho tiempo.
Antes pasó por una vieja recamara y tomó unos algodones de tamaño mediano. Respiró hondo. Una, dos veces, tres veces… Las palabras de Naraku taladraban su cabeza:"¿Qué te parece si te regalo a Kikyou por un día? (…) Podrás hacer con ella con lo quieras..."InuYasha no podía engañarse: Era una oferta demasiado tentadora. InuYasha amaba a Kikyou. La quería y la deseaba... Pero no así.No bajo el efecto de un hechizo. En las noches InuYasha soñaba con que Kikyou, ya libre de la maligna influencia, se echara a sus brazos y le dijera que lo amaba... Todo por su propia voluntad.
Entró al cuarto donde estaba su amiga, quien se estaba maquillando frente al espejo, preparándose para ver a su amo: Vio al sirviente pero lo ignoró, como siempre, y volteó otra vez al espejo para terminar de adornarse. InuYasha se acercó lentamente a la muchacha, para no dejar que se le escapara... y justo cuando Kikyou se levantó y fue a la puerta... InuYasha repentinamente la agarró del antebrazo, atrayéndola hacía si, aplicándole una llave y en menos de lo que canta un gallo le dio un fuerte golpe en la nuca con su mano libre dejándola inconsciente en sus brazos.
Durante unos segundos estuvo consciente de lo que había hecho. InuYasha alzó el desvanecido cuerpo en sus brazos, estrechándolo. Por fin cumpliría la promesa hecha a Kikyou esa helada noche en su habitación. Estaba a unos momentos de vengar su honor y el de su amada. La recostó en la cama con cuidado, contemplando el dormido rostro de su amiga. InuYasha frunció el ceño: Todo su rostro estaba cubierto de un escabroso maquillaje de cortesana: sombra de ojos y un fuertísimo lápiz labial realmente extravagante digno de una ramera de barrio para atraer hombres. Le limpió el rostro usando un pañuelo humedecido. Sus ojos se ensombrecieron al ver la pálida faz revelando tantas atrocidades.
Tantas humillaciones... Tantas vejaciones... Se acabarían de una vez por todas.
―Lo siento, pero no pienso permitir que él vuelva a lastimarte―susurró InuYasha acariciando su rostro―. Voy a ahorrarte ese desagradable acto. Lo que estoy a punto de hacer... Quizás Dios en el cielo y mi madre lo reprochen, pero también son testigos de lo que hemos sufrido, y verán que lo hago por ti, mi querida amiga... ―musitó finalmente mientras le daba un fogoso beso en su frente para dirigirse al espejo y empezar su transformación.
Acto seguido, InuYasha fue al armario y buscando de entre el océano de trajes, sacó un vestido color rojo carmesin con una hermosa cinta blanca amarrada a la cintura y varios bordados en el pecho y falda. Gracias a que InuYasha había adelgazado mucho por el período de depresión, entró sin dificultad, aun con su traje de criado puesto y el cierre del traje cerró fácilmente. InuYasha se miró al espejo observando el resultado: Realmente el hecho de vestirse de mujer le repugnaba de sobremanera debió a que se sentía avergonzado pero por su querida Kikyou aria lo que fuera sin importar el precio que tenga que pagar, se dirigió al espejo donde peino su cabello como la verdadera Kikyou solía hacerlo y rellenaba parte de aquel hermoso vestido con algodón haciendo una perfecta parodia de los pechos bien formados de Kikyou. El maquillaje fue lo difícil pero aun así logro tener un excelente maquillaje para un gran parecido con su querida amiga.
Todo el odio que desde el segundo intento fallido estaba apagado y sin vida, despertó con la fuerza de una locomotora a vapor. Finalmente tenía una solución. Al fin InuYasha se desquitaría. Enterraría el cuchillo de descuartizar pollos en el vientre de Naraku Fujiwara. Vengaría a su amiga, vengaría a toda la provincia y finalmente se realizaría un acto de justicia.
―Iré a buscarte después de que nos encarguemos del monstruo, princesa―musitó InuYasha volviendo al lecho donde estaba su amiga e inclinándose lo más que los volantes del ceñido vestido le permitían... Le acarició el rostro, con la pasión del marido que acaricia el rostro de su amada antes de partir a la guerra. La besó suavemente, entrelazando sus manos, saboreando este preludio a la venganza tanto como pudiese. Finalmente se separó de ella y salió de la habitación, caminando al vestíbulo.
O-o-o-o-o-o
La falda del vestido rozaba delicadamente las losas de piedra. Aunque le apretaba un poco el traje, sobretodo en el área de las caderas, se sorprendió al ver que las faldas eran muy cómodas... Aun así tenía miedo. Aunque ya sabía que era lo que le esperaba, no sabía cómo todo terminaría al final. Al llegar al primer rellano de la casa, vio al portador de todas sus desgracias, sentado en el sillón de la gran sala. El acero de la daga, escondido en el dobladillo de la amplia falda, le pareció temblar por un instante.
Miroku tenía que esperar. Aguardar a que el Duque se distrajera con el cebo que le habían puesto para atacar... y finalmente una figura femenina proyectó su sombra en la pared continua.
Realmente el esfuerzo de InuYasha había sido exitoso parecía una hermosa mujer. Su rojo vestido soltaba susurros contra el suelo. Sus largos cabellos negros, algo alborotados, se movía dócilmente al caminar. Su mirada, en cambio, era fría y helada como si de un hielo se tratase. Miroku sonrió, encantado después de todo InuYasha si se había vestido de mujer.
-Realmente te vez hermosa de mujer, InuYasha –dijo Miroku en tono burlón
-Cállate Miroku –dijo en tono desafiante muerto de la vergüenza-
-¡Oh! Vamos amigo mío – sonrió mientras tomaba las manos de InuYasha-¿no te gustaría tener un hijo conmigo?- de respuesta solo recibió un golpe fuerte en la cabeza con un "cállate y concéntrate". InuYasha abandonó a su compañero a paso rápido, para encontrarse con su amo. Muy bien... todo tenía salir de acuerdo al plan. Sacó la daga con manos temblorosas, impregnada del veneno del Aquelarre. Y se acercó mas pero manteniendo una distancia prudente.
―Oh, ya estás aquí... ―Oyó murmurar el bastardo del Duque, al ver a quien creía ver.
―Sí, mi señor... usted me ha llamado. Vengo aquí a satisfacer mi deseo de estar con mi señor―canturreó InuYasha malignamente, imitando pasablemente la voz de su amiga, pasando los brazos alrededor del cuello de su amo, acariciándolo. Naraku estaba extasiado ante lo que hacía su "concubina", y más cuando sorpresivamente InuYasha se sentó en su regazo, sonriendo seductoramente, con una destreza de prostituta que dejó a Miroku admirado por ver ese despliegue de cinismo y algo de truhanería.
Naraku lo agarró de las caderas y lo empezó a besar con brutalidad y salvajismo. A Miroku prácticamente su mandíbula cayó al suelo y casi sintió náuseas al ver esa escena. En verdad ese sirviente tiene el pellejo bien curtido como para soportar eso sin vomitar. Miraba a InuYasha con admiración y espanto mientras el criado fingía admirablemente que le encantaba como su amo le devoraba y palmoteaba descaradamente su trasero… Finalmente hizo una señal con los dedos. Miroku asintió y se acercó por detrás, sudando copiosamente, alzando la daga, que brilló bajo la luz mortecina de la cúpula del techo... Una gota de sudor se le escapó del mentón y cayó en el hombro de Naraku...
Todo sucedió muy rápido.
Naraku se había volteado inesperadamente hacia atrás y le había agarrado la muñeca a Miroku, dejándolo paralizado por un momento. Fueron las milésimas de segundo más largas que se vieron jamás. Un segundo más tarde, Naraku sintió el filo del acero atravesar la carne de espalda, tocando su corazón. Volteó sorprendido. No... Kikyou no hubiera podido... ¿O sí? La mirada de la muchacha se volvió turbia y compuso una sonrisa irónica, mientras se quitaba el maquillaje y desordenaba su cabello.
―InuYasha...
Apenas tuvo tiempo de decir eso, pues una segunda daga se enterró en un lado de su costado, arrancándole un grito desgarrador que se escuchó por toda la aldea. Miró su abdomen donde descansaba la hoja del primer puñal, donde una mancha oscura empezaba a extenderse hasta su pecho, mientras palpaba con temblorosos dedos la segunda en su espalda. Su vista se nubló ligeramente, haciéndolo caer de rodillas frente a los dos hombres, apretándose la mano contra la herida, viendo como su sangre cambiaba...
Sangre y sudor mezclados juntos se están volviendo al poco tiempo en gotas negras.
Como en cámara lenta, Naraku Fujiwara se desplomó en el suelo.
Pasaron varios segundos donde reinó el silencio. De pronto unos gritos y exclamaciones retumbaron por toda la casona: Todas las mujeres del Duque habían recobrado el sentido y ahora corrían en estampida hacia las puertas. Miroku se sorprendió. Rubias, morenas, castañas, rojas, verdes, lilas... mujeres de todos los colores posibles, vistiendo escandalosos trajes con escote y prendedores de flores, descalzas y despavoridas, se acercaban a tropel a ellos. InuYasha corrió hacia la entrada y forzó las cerraduras, para abrir a empujones las pesadas puertas de roble.
― ¡Corran! ¡Huyan de aquí! ¡Son libres! ―vociferaba Miroku, apremiando a las muchachas.
Naraku miraba impotente como todas las muchachas que había conquistado y esclavizado huían por los jardines hacia las puertas principales. Midoriko, Koharu, Kagome, Kanna, Lin... todas y cada una de ellas huían de sus garras, para llegar al pueblo, entre exclamaciones de sorpresa y congoja de sus familiares, para hacerles ver donde habían estado.
― ¡Kagura! ―logró gritar a la última de las muchachas, que se había detenido para mirarlo. La mujer por la que había hecho todo lo que hizo, la única mujer que verdaderamente había amado... lo miró con la misma socarronería de la infancia, cuando se burló y lo rechazó por su rostro. Se acercó a él, con el viento invernal agitando el cortísimo vestido de seda―Kagura... Kagura... ―la llamó suplicante, pidiéndole ayuda―Ayúdame…
―En verdad eres aun más patético de lo que eras antes, Naraku…me das lastima―replicó Kagura con desprecio, mirándole por encima del hombro― ¿Creías que reteniéndonos para tus caprichos serías feliz? Yo te quería como un amigo, pero ahora... Eres aun más feo y repugnante que con tu viejo rostro de Cuasimodo... Adiós, Naraku... te veré en el Infierno, imbécil―y le pateó en el entrepierna, caminando resueltamente hacia la puerta, entre gritos de Naraku.
― ¡Espera! ¡No te vayas...! ¡Todavía no te he dicho que te amo...!
― ¿...Y tú que sabes de amar a alguien? ―repuso InuYasha cerrando la puerta de un golpe, sorprendiendo a todos: Era la primera vez en años, desde que había llegado a la casa, que tuteaba a Naraku. Para InuYasha no era nada: Él ya no era su sirviente. Había vuelto a su aspecto de antes: Se había quitado el vestido y su mirada reflejaba el fuego de la ira. Saboreaba su venganza, empeñado en no parpadear para no perderse ningún instante. Su ex amo, el poderoso Duque de Venomania, ahora reducido a lo que siempre había sido: Un infeliz.
Naraku lo miraba asustado: InuYasha... el niño que recogió del Orfanato hacia 8 años, con la mirada huidiza, el cuerpo pequeño y enclenque, que jamás alzaba la cabeza y lo obedecía por miedo, jamás cuestionándolo... Esta allí, ya casi todo un hombre, plantado en el umbral, encontrándole con sus ojos oscuros, llenos de odio y desprecio. En sus manos llevaba...
― InuYasha... ¡NO PUEDES HACERME ESTO! ¡Eres mi Sirviente! ¡Mi esclavo! ¡Te ordeno que sueltes ESO! ¡TE LO ADVIERTO...!― chillaba Naraku asustado al ver que InuYasha traía un cofre lleno de herramientas y sacaba unos largos y oxidados clavos negros― ¡Obedéceme, InuYasha!
El sirviente, con gesto indolente, en vez de obedecerle, encendió el tocadiscos, bajó la uña y la música sonó. Esa situación, junto con la alegre tonada de"Radetzky March"era aun más macabra que una película snuff. Naraku miró aterrado a su sirviente, quien con una sonrisa macabra, agitaba la mano como si fuera una batuta, al son de la música... Definitivamente: InuYasha estaba demente.
― Miroku, ¿te gustaría hacer los honores?―preguntó InuYasha a Miroku, ignorando los gritos del hombre.
―Por supuesto―contestó Miroku cogiendo un mazo, esperando que InuYasha extendiera los brazos de Naraku, retorciéndose vanamente y con golpe seco, enterró los clavos en ambas palmas del Duque, entre gritos desgarradores, dejándolo clavado en el suelo, como una mariposa disecada, como una parodia de Cristo crucificado.
InuYasha sacó un martillo grande. Una ira homicida hacía brillar sus oscuros ojos. Miroku tomó un martillo igual. Los martillos se abatieron, se oyeron crujir los huesos y el cielo se apagó para el Duque de Venomania. Entre gritos de Naraku fueron rotos sus piernas y muslos, después los vengadores rodearon a su víctima y los mazos cayeron sobre brazos y antebrazos. Los golpes repercutía tanto en los radios y en los cubitos, las maderas crujían tanto como los huesos.
A una señal de Miroku, InuYasha y él le arrancaron el pantalón de lino blanco y le bajaron las bragas, revelando la blanca y asquerosa humanidad del Duque. El miembro ahí tendido, como un miserable gusano blanco que causó tantas desgracias... InuYasha tomó el largo atizador de la chimenea, todavía encendido y se acercó al aterrorizado Naraku: Había aprendido esto del acto de Duque Maltravers al ejecutar a Eduardo II de Inglaterra ―Esto es de parte de todas las mujeres que has vejado, Duque, sobretodo de Kikyou…―sentenció InuYasha y en un segundo, la larga varilla se enterró en su entrada hasta la próstata y luego el filo de un cuchillo de cocina cruzó el aire; un chorro de sangre salió volando, Naraku volvió a gritar desgarradoramente, mientras su sexo y sus genitales eran arrojados al fuego. Se expandió un espantoso olor a carne quemada que solo aumentó la ira de los dos hombres, sobretodo en InuYasha. Se supone que debería estar sonriendo, triunfante... ver a su ex-dueño gemir y llorar, pidiendo clemencia, lo enfurecía.
InuYasha sacó un pequeño puñal que servía para comer almendras garrapiñadas y le abrió la camisa a Naraku. Entre la semi inconsciencia, Naraku sintió el filo del puñal cortar la piel y la carne, haciendo unos trazos, para ver finalmente la palabra: INFIERNO.
Acto seguido InuYasha agarro un tubo algo oxidado y con una expresión fría como si no tuviera vida le introdujo aquel duro y grueso metal por el ano de una forma bien salvaje llegando a tocar sus órganos, provocándole sangrados internos. El duque de Venomania emitió un grito desgarrador mientras la sangre salía por aquel tubo oxidado, cosa que divirtió a InuYasha y lo movió de una forma tan salvaje como si fuera una penetración destrozando algunos de sus órganos. Miroku encontró un arma perfecta para desgarrarle las uñas al duque. Uña por uña fue arrancada de los dedos del duque sin misericordia.
Ahora los ojos de Naraku eran unas tenues rendijas blancas. Su corazón latía aun con fuerza. Le quedaba un soplo de vida al desgraciado. Miroku le paso un hacha donde la punta estaba caliente por el fuego vivo a InuYasha y con esto le corto los dedos. Luego paso por su cuello para decapitarlo con un solo golpe haciendo salir sangre a chorros manchando las paredes de aquel liquido rojo y su cabeza rodaba cerca de los pies de Miroku donde tenía los ojos abiertos, así es Naraku entro al infierno con los ojos abiertos.
Miroku e InuYasha miraron divertidos la escena se habían desecho por fin del duque y todo podía volver a estar en calma. Miroku se dispuso a ir a buscar a Sango dejando a InuYasha solo pero apenas dio un paso la vio hay parada con su gatita al lado.
― ¡Sango!― chilló Miroku de felicidad, corriendo hacía su prometida, tontamente esperando lágrimas, abrazos, besos... Pero le llegó un golpe en la cabeza― ¡Ah! ¡Uy! ¡Sango! ¿Qué te pasa?
― ¿Qué me pasa?―chilló Sango― ¡¿Donde carajo estabas? ¡He estado aquí desde hace 6 meses, esperando tú llegada como un príncipe azul...! ¡Y mira el momento que llegas! ¿Por qué tardaste tanto eh? ¡Ya se: me dejaste por otra! , ¿verdad? Eres un mujeriego libidinoso!
― ¡Sango! ¿Cómo puedes decirme esas cosas? ¡Si yo te amo! ¡He estado siguiéndote las pistas desde que desapareciste! ¿Cómo podría olvidar a la mujer que quiero...? Tú... ¡tú eres mejor que cualquier otra mujer! ¡Ya lo dije! ¿Feliz?―tartamudeó Miroku, esperanzado con que Sango se calmara... Recibió otro golpe y luego un beso apasionado de Sango, que dejó al peli negro turbado.
―Sabía que algún día dirías eso―dijo Sango con una sonrisa burlona― ¿Y te digo algo? Te ves bien como mujer.―Miroku sonrió y la apresó en sus brazos.
-Oye InuYasha… –Miroku llamo la atención de InuYasha- Deberías ir por tu amiga debe estar aturdida.
InuYasha sonrió ante la escena. Hilarante y divertida... al escuchar lo que dijo Miroku se quedo tieso: ¡Oh, cierto Kikyou! ¡Debía ir a buscarla!
-Gracias Miroku- dijo caminando hacia los cuartos-
-Oye también asegúrate de traer suficiente dinero y joyas de tu amo –dijo alegremente su compañero pelinegro que recibió un fuerte golpe de Sango- ¡Auch! ¡¿Qué te pasa Sango?
-¿Nunca cambias verdad? –Le replico Sango- siempre tienes que robar; aprende a ser honrado por una vez en tu vida, tonto pervertido
-¿Qué? ¡No! Yo lo digo por él… –dijo Miroku defendiéndose y sobándose la cabeza- Es un joven que acaba de perder todo ¿cómo sobrevivirá luego?
-Bueno, puede quedarse con nosotros, para luego buscar un trabajo ¡idiota!- le replicaba Sango-
InuYasha solo vio divertido la escena y se dispuso a buscar a Kikyou. Subió las escaleras, dejando a los enamorados solos junto al cadáver y llegó al vestíbulo de arriba. Volvió a ver la rendija de la puerta abierta de Naraku... Acababa de acordarse de algo. Algo que había pasado por alto desde hacía semanas... ¿Podía ser posible...?
Entró en la habitación de Naraku y fue directo al enorme cuadro que estaba a un lado de la cama. Era un retrato rodeado de festón dorado donde el Duque hacía un dizque pose heroica, imitando A Luis IV. InuYasha hizo una mueca al gracioso cuadro y lo tiró al suelo. Dentro, en un hueco, reposaban dos cajas de hierro.
La primera estaba llena de cientos de monedas de oro, plata, pesetas y peniques: Eran los ahorros del Duque, o lo que quedaba, pero al menos había una cantidad considerable. En la segunda caja brillaron rubíes, esmeraldas, anillos y collares de perlas, colgantes de diamante y jade, broches de oro y plata cincelada con Ojos de Turquía y diademas de piedras preciosas y semi preciosas: Todas eran joyas de las desdichadas prisioneras del Duque, quien, cuando llegaba una nueva mujer, este mandaba a ocultar su vestido y se quedaba con sus joyas. InuYasha finalmente halló la que buscaba: Tiró de de la delgadísima cadenilla de oro donde surgió un redondo guardapelo de oro cincelado, oscilando frente a su nariz. Estaba abierta y la foto de el se observaba claramente al igual que aquellas palabras gravadas a un costado, se veían claramente a contraluz. "Lo sabía"pensó InuYasha, "Registré toda la habitación de Kikyou y jamás hallé ahí el guardapelo. Era obvio que el Duque se lo había quitado apenas llegó..."
Dudó un momento, mientras su mirada iba de la caja de monedas a la de joyas. Por un lado, sabía que estaba mal robar, pero... Miroku tenía razón tenía que hacerlo por el bien de él y de Kikyou, después de esto, ¿adónde irían...? Era huérfanos, su humilde hogar junto con muchos otros, había sido destruido después de la pandemia para evitar una re-propagación de la enfermedad. No podían, ni querían volver al Orfanato. Otra cosa... ya había visto varios copos de nieve cayendo al patio hacia días, acompañados de alfilerazos de frío. Incluso antes, hace meses, en el pueblo estaban llegando indicios que la cosecha había sido insuficiente. InuYasha lo sabía, pues cada semana el dinero de los víveres había subido cada vez más: En Matsue se pasaría invierno de hambre.
No. InuYasha no quería que Kikyou tuviera que seguir sufriendo penas y sinsabores después de esto, sin hogar, pasando frío y hambre. Sacó del armario unas escarcelas de lino y metió ambos contenidos en ellas. InuYasha no estaba robando: estaba cobrando su bien merecida jubilación, ¿no?
Se las puso a la cintura y salió de la habitación. Allí, en el vestíbulo, Kikyou caminaba con una de sus manos sobando su nuca de su habitación. Ya había despertado de aquel golpe. A InuYasha el corazón le dio un vuelco a la altura de la nuez. La muchacha tenía la cara agotada y una palidez exangüe le cubría el rostro. Parecía confundida y muy asustada.
― ¿InuYasha...?― murmuró Kikyou al fin mirándolo. InuYasha se regocijó al ver que su mirada volvió a ser la misma.― ¿InuYasha... eres tú? ―allí el auto control de InuYasha se desplomó: En un solo segundo Kikyou era envuelta en los delgados brazos del sirviente, quien estaba cerca de estallar en sollozos de alegría, de rabia y de dolor, todo junto...
― ¡Kikyou! ¡Kikyou! ¡Mi querida Kikyou...!―no pararía de repetir su nombre si eso era posible; la estrechó con más fuerza en sus brazos― ¡Kikyou, al fin, ya todo terminó...! ¡Estás bien!
―InuYasha, ¿dónde estoy?―preguntó Kikyou asustándose cada vez mas―Lo último que recuerdo es que entraba a este castillo y ese hombre para el que trabajas, vino a recibirme, me miró... y perdí el sentido. ¿Qué me sucedió...? ¿Qué fue lo que...?―se separó ligeramente de él y notó la blanca camisa de InuYasha empapada en sangre― ¡InuYasha! ¿Por qué estas lleno de sangre?―gimió ahogando un grito― ¿Que sucedió aquí? ¿Por qué tengo este vestido? ¿Por qué no llevo ropa interior? ¿Por que... porque me siento que me han hecho cosas malas, InuYasha? ¡Contéstame!―sollozó Kikyou, golpeando su pecho con los puños, desesperada. InuYasha le abrazó con más fuerza, sintiendo los ríos de lagrimas correr por sus hundidas mejillas; la mirada de pena que le dio fue la desalentadora respuesta. Kikyou estalló en llanto, maldiciendo y chillando al tiempo que InuYasha presionaba sus labios contra su frente con fuerza, las manos temblándole al sujetarla.
―Shhhh… ―susurró InuYasha―Todo va a estar bien Kikyou. Si, es cierto: Hemos pasado por cosas malas aquí... Pero esas cosas malas ya terminaron. ¡Todo terminó, Kikyou!― acunó el lloroso rostro de su amiga entre sus manos: ya no gritaba, pero hipaba ligeramente. Le secó las lágrimas con sus propios dedos―No llores Kikyou, pues ya todo esto se acabó. Aquí estoy... él no volverá a lastimarte nunca más…
Kikyou asintió haciendo grandes aspavamientos y se escondió una vez más en el pecho de InuYasha. El sirviente la abrazó de nuevo, meciéndose ligeramente para calmarla. InuYasha se había imaginado su reencuentro de una manera más… emocionante y feliz, pero esto era triste y cruel, como todo lo que el Duque les había hecho. Sabía que lo que seguía iba a ser duro para ambos... Pero ya todo había terminado y solo restaba seguir adelante... juntos.
― ¡InuYasha!―se oyó desde abajo el grito de Miroku― ¿Acaso te moriste o qué? ¡Tenemos que irnos!
―Vamos-InuYasha le rodeó los hombros con un brazo y bajaron las largas escaleras. Kikyou en todo el trayecto se le aparecían inquietantes fragmentos de lo que habría pasado en esa casa. Su horror no tuvo límites al ver una mano sin dedos bajo un charco de sangre y con el cuerpo envuelto en una alfombra. Se aterrorizó al ver el cuerpo, al entender las manchas de sangre en el traje de su amigo y volteó la mirada―No mires, Kikyou―le aconsejó él llevándola al vestíbulo para que no lo viera.
―Debemos salir de aquí. Se oyen desde aquí gritos de los lugareños. Van a venir aquí a ajustar cuentas con Naraku. Si nos quedamos aquí puede recaer el linchamiento hacia nosotros. ―urgió Miroku presuroso mientras Sango chillaba: "¿Una turba? ¡¿Como que una turba, Miroku...?"
―Saldremos por el cobertizo, allí está el bosque y podemos ocultarnos allí―contestó InuYasha, hurgando entre los cajones de la cocina sacó una lámpara de minero y una navaja. ´
Los cuatro salieron presurosos hacia la puerta de la cocina: InuYasha a la cabeza, guiando al grupo, quien agarraba a Kikyou, detrás de ella Sango y por último iba Miroku. Cruzaron el patio hasta llegar a los límites del bosque, pasando por un viejo túnel de ladrillos, para luego adentrarse en el bosque. Estaba completamente oscuro y la luz de la lámpara era lo único que les guiaba el sendero que seguir. No se detuvieron ni miraron hacia atrás, hasta un claro cubierto de brezo. Desde allí, ocultos entre las rocas, vieron llegar a la turba enfurecida.
O-o-o-o-o-o
La llegada de las rehenes a sus hogares trajo la congoja y la felicidad… Después de tantos meses y años sin verlas y allí estaban, sanas y salvas... ya muchos creyeron que no volverían o que habían muerto... y cuando supieron lo que había pasado, que el Duque de Venomania las había secuestrado y retenido para su placer, la conmoción y el espanto cruzaron todos los extremos del pueblo. Todo se transformó en ira. Tomaron sus garrotes, machetes, tridentes y antorchas. Hombres, mujeres y niños salieron en tropel de sus casas. En cuestión de minutos, el pueblo de Matsue se alzó contra el castillo.
Derribaron la verja negra que cerraba el jardín principal. Al echar abajo las puertas enormes principales a punta de hacha, dispuestos a matar al Duque de Venomania allí mismo, hallaron una macabra sorpresa: Envuelto en la carísima alfombra tupida, junto a un tocadiscos que tocaba solo y repetidamente Radetzky March, hallaron el cuerpo roto, sanguinolento, sin cabeza, sin sexo y empalado a lo Vlad Tepes, con la perturbadora inscripción en el pecho y clavos en sus manos; concluyeron, demasiado tarde, que alguien ya lo había hecho y de una manera que insinuaba acto de satanismo.
Siguieron inspeccionando toda el área, encontraron en el laboratorio del sótano cientos de libros sobre Pactos Demoníacos y una marca en el piso, en forma de Pentagrama corroboró las sospechas. Miles se santiguaron en ese instante. También hallaron un salón suntuosamente decorado con un armario con hermosos vestidos de mujeres y niñas. Muchas habitaciones estaban lujosamente decoradas para las prisioneras. En otra habitación cerrada con llave encontraron el horror que escondía el Duque: En ella, había unas cincuenta jarras, potes y palanganas con restos humanos en conservación: grasa hecha manteca, sangre coagulada, cabellos de criatura, esqueletos de manos, polvo de hueso... Los perros en el patio desenterraron un total de 150 sacos donde contenían restos de fetos de bebé, casi todos dos meses de gestación.
La indignación se expandió a toda la multitud. Después de varias horas de histeria y rabia, el interior del antes majestuoso castillo de Naraku Fujiwara mostraba un espectáculo de desolación: de las bodegas corría el vino de las cubas destrozadas, y en lo ladrillos contaban la historia de la reciente carnicería que se había hecho. Desaparecieron todos los objetos de valor del Duque, aunque sus joyas ya se habían esfumado. Solo se veían cortinas de lecho rasgadas, muebles destrozados y tapices arrancados. Sacaron a rastras el cadáver del Duque para dejarlo allí, en medio de la masa furiosa, para arrojarle piedras y escupitajos.
Al final, Honne Kouga, marido de Yowane Ayame, hizo traer del pueblo cientos de galones de gasolina y le prendió fuego al castillo. Toda la turba soltó alaridos de triunfo, gritos y cánticos religiosos al ver la casa maldita desaparecer tras las llamas, un acto de exorcismo masivo. Las torres, las almenas, el patio, el campanario, las casas anexas fueron devoradas con un fuego que llegaba a los casi 5 metros de altura, cuyo humo se veía hasta a 10 kilómetros de distancia…
…El fuego infernal se reflejaba en los oscuros ojos de Taishou InuYasha, aferrando la mano de su amiga, contemplando el acto hasta el final.
Los días siguientes fueron de gran agitación para la comarca. En el pueblo nunca se supo exactamente quien asesinó al Duque de Venomania. Los duques Suikotsu y Bankotsu, al saber la noticia de la muerte de su amigo, rogaron al Rey que se apresara al sirviente de este, pues estaban seguros que él había sido.
―Es necesario que sepa, noble Sire,que este sirviente fue el causante de la muerte de nuestro amigo. Atentar contra la vida de un miembro de la realeza es un sacrilegio. ¡Apréselo y llévelo a la horca!―decía Bankotsu con tono afectado.
Pero el pueblo, aunque lo hubiera creído, también tenía sus propias teorías: Pudo haber sido otro; ¿quién sabe...? Y si lo del sirviente era cierto, entonces no estaban dispuestos a entregar a alguien de su gente que, sin saber exactamentequién es, había traído justicia a este pueblo maldito. Los pueblerinos se basaron en los testimonios de las mujeres y las pruebas halladas dentro y fuera del castillo, pero los Duques no los tomaron en cuenta.
― ¡Eso no es más que una calumnia! ¡El Duque Naraku fue un alma gentil y caritativa como ninguna otra! ¡Jamás se hubiera aprovechado de damas y doncellas para su beneficio! ¡Jamásvi una mujer en su castillo! ¡Todo esto es un escándalo!―aullaba Suikotsu.
Finalmente el Rey mandó a varios de sus arqueros para buscar al responsable de la muerte del Duque de Venomania y el pueblo estalló. Los burgueses y los campesinos se lanzaron contra la policía y varios de la aristocracia, que se pusieron de lado de los Duques. Matsue vivió los peores días de su historia desde la epidemia de viruela. Los Duques y la nobleza fueron empujados hasta las ciénagas de Aligues donde a punta de palos fueron apelados, traspasados, hundidos en el fango, ahogados... La tierra se tragaba su propia aristocracia. Las mansiones fueron saqueadas y vaciadas hasta los cimientos donde sus ocupantes quedaron peores que los campesinos más pobres.
La histeria de la Iglesia no tuvo límites al ver que en ese lugar había un culto a la brujería con el mismo Duque y se arrojaron contra el pueblo. Aquí ciento quince cadáveres, aquí ciento cincuenta y dos... ni una sola zona de allí se salvó de la hoguera expiatoria. La misma iglesia del pueblo fue consumida por las llamas. No perdonaron a nadie, ni mujeres ni niños. El viento de Matsue estaba impregnado del atroz olor de las hogueras, haciendo réplicas de la tristemente célebre "Gran Hoguera Negra" donde el castillo de Naraku fue consumido hasta las cenizas.
Al final, después de varios días de caos, el Rey, creyendo la historia de las secuestradas, mandó al Papa a excomulgar a Naraku y a enterrarlo en su castillo, que quedó maldecido para siempre.
Kaede subió las manos a la imagen de la Virgen Negra que estaba sobre el pedestal. Las lágrimas cruzaron su rostro cercado de arrugas donde la historia de la Bestia de Venomania, que sería recordada tristemente hasta nuestros tiempos, aun cuando Matsue desapareciera, se veía claramente…
―Gracias InuYasha… Bendito seas. Bendito sea el Perro Demonio de Venomania…
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Una semana antes, cuatro figuras encapuchadas salieron del helado patio del hostal para abordar el pequeño carruaje tirado por mulas. Miroku abrió con rapidez las portezuelas y Kikyou y Sango entraron, seguidas por InuYasha y él. Azuzó a las mulas y estas partieron a la embarrada carretera que daba a la salida del pueblo. Pueblerinos abrigados hasta las narices los veían pasar. La primera nevada llegó con una larga danza de copos de nieve, cubriendo el frío suelo. Los campos estaban negros y desiertos; los animales de granja berreaban de frío apretujados en redil, el aire olía a fogatas de leña verde.
Aunque estaban cubiertos de buenas mantas, dentro del carruaje hacía algo de frió también. Sango comenzó a comer una manzana, entre las protestas de Miroku, argumentando que las necesitaba para soportar el frío.
― ¿Puedo rodearte con mi brazo, Sango-chan?―decía galantemente Miroku, como si quisiera enseñarle a InuYasha lecciones de galantería. Sango le respondió con un zape en la nuca y acto seguido se acurrucó en su hombro, entre sonrojos de Miroku.
― Está bien, pero no vayas a babear mi vestido cuando te duermas o tu quedaras durmiendo afuera con el frio del invierno por una semana― murmuró Sango amenazadoramente.
Los chicos miraban divertidos la escena. Esa capacidad de pasar de la casi violencia a la ternura daba risa y enternecía a la vez. InuYasha sintió envidia de Miroku, por tener una mujer que amar y que este fuera correspondido. Notó que Kikyou los miraba con algo de tristeza e InuYasha le tomó de la mano, sonriéndole para infundirle ánimos. Ella compuso una débil sonrisa de respuesta y se acurrucó en el pecho de InuYasha, cerrando a medias los ojos. En verdad el bamboleo del carruaje y el bombeo rítmico del corazón de su amigo, hicieron que se adormeciera casi enseguida, pero todavía tenía muchas dudas de los últimos acontecimientos, entre ellos uno que la inquietaba particularmente.
―InuYasha, ¿adónde nos quedaremos cuando lleguemos a la cuidad?― musitó Kikyou mientras una ligera ráfaga de viento le despeinaba.
―Ya veremos Kikyou, pero no te preocupes, estaremos bien cuando lleguemos―respondió InuYasha besando su frente y acariciando su cabello; detrás de él estaban las escarcelas con la oportunidad de que ambos tuvieran una vida mejor de la que tenían. Kikyou asintió lánguidamente y dejó que él siguiera acariciando su cabellera y espalda, mientras sucumbía al mundo de los sueños, donde no tenía que temer más al Duque, pues estaba a salvo, lejos de ese castillo y en brazos de InuYasha.
InuYasha alzó los oscuros orbes al viejo madero que, antaño, permitía mostrar al caminante la entrada al camino del bosquecillo; ahora un cerco rodeado de púas flanqueaba la entrada con un cartel en grandes letras que decía: Prohibido Pasar. Sonrió con una extraña mezcla de tristeza y triunfo; se apoyó contra el espaldar, acomodándose mejor para no incomodar a Kikyou y para dormitar un poco.
Miró tiernamente la preciosa carga que reposaba en sus brazos, le apartó un mechón que le impedía ver su rostro. Posó la barbilla en su cabeza y apretó más fuerte el abrazo, para obligar a aquella cabecita a pegarse más estrechamente a su pecho. ¡Oh, como la amaba tanto...!. El amor es un barco sin capitán definitivamente, que lo lleva a donde el viento le dé la gana de empujar. Aunque InuYasha se moría por sujetarle de los hombros y decirle toda la verdad, todo lo que había sucedido, todo lo que había hecho para liberarla y que se consumía de amor por ella... Sabía que todavía no: Kikyou había pasado por una experiencia traumática y él mismo tuvo su buena racha de penas; había que esperar que las heridas de sus corazones, todavía sangrando, terminaran de curarse... Además, no sabía que sentía Kikyou por él...
Pero ya habría tiempo para saberlo. Ahora lo importante para el Perro Demonio de Venomania era dormir.
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