Después de varias semanas, finalmente el invierno llegó con toda su fuerza a toda la región. Esta vez el sol definitivamente se escondió y no volvería por ahora. Un amplio manto blanco cubrió todos los campos y caminos. Copos de nieve cubrían las terrazas y los tejados poseían ahora curiosos sombreros blancos. Remolinos de nieve agitaban las ramas y levantaban los abrigos. Los ríos se congelaron y para sacar agua ya no se podía hacer a cubas sino a golpes de hacha. Un frio que no respetaba ni a las piedras hacia estremecer los miembros del cuerpo aun dentro de las pieles.
En Matsue, tal y como InuYasha había presentido desde hacía mucho, hubo invierno de hambre.
Allí, el medio kilogramo de trigo se vendía a sesenta piezas de oro y el medio fardo de leña vieja, a treinta y cinco, precio jamás alcanzado. Las últimas cosechas estaban destruidas y enterradas a 5 metros bajo tierra. El ganado se moría de falta de forraje y la gente se peleaba por los restos. El viejo cementerio de la campiña volvió a abarrotarse y muchas madres desconsoladas enterraban a sus hijos en el paraje, junto a las viejas fosas comunes donde reposaban los huesos de la madre de InuYasha. La mala cosecha, el escándalo del Duque de Venomania y sus mujeres, su misterioso y violento asesinato y la purga expiatoria posterior a su caída, alimentaban a la trágica imaginación popular. Muchas de las víctimas, entre ellas Kagome, Kagura y Lin, tomaron sus cosas y se fueron para siempre del pueblo maldito, rápidamente quedando en el olvido…
Dejemos de una vez este pueblo que se hunde y vayámonos unos kilómetros al este…
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InuYasha apartó el largo cortinaje que cubría los ventanales para que entrara algo de claridad a la habitación. Desde el alba estaba despierto, pues se había acostumbrado a levantarse siempre temprano para hacer las tareas domésticas del castillo. Se sobresaltó al darse cuenta que ya no tendría que hacer nada de eso; ya no sería más la "muchacha de servicio" como Naraku solía decirle a sus espaldas. Hizo crujir los huesos de los hombros y manos.
¿En verdad había pasado todo esto? Se sentía como si todo lo que hacía pasado en el castillo de Matsue no había pasado no hacía semanas, sino hacia años. Tenía la sensación de haber emprendido un viaje de cientos de kilómetros. La época de la infancia le era ahora ajena y extraña. La vida perdida le parecía tan lejana y palpable a la vez: "Me siento como si tuviera 200 años, y ni siquiera tengo veinte. Definitivamente he perdido el juicio" se decía meneando la cabeza.
Desde la madrugada de pesadilla en la cual se escaparon en el pequeño carruaje para bordear los campos devastados por la tormenta para luego llegar a la frontera Azul, como un hambriento que se harta de comida creyendo nunca saciarse, InuYasha tomaba posesión del universo con la mirada. La perspectiva de ser libre y tener a Kikyou a salvo con él le provocaba una especie de vértigo.
"¿Volveré a acostumbrarme a la libertad?" se preguntaba.
Akatasia, población del Reino Azul, y por lo tanto, feudo de Miroku y Sango, parecía unos pueblitos mostrados en los libros ilustrados y en las tarjetas postales. Ese lugar se caracterizaba con eterno aire de mercados, de harina con manteca y leño verde humeante. Las casitas de piedra y de madera, los tejados en forma de aguja y sus muros de más de 500 años de antigüedad, sumados al invierno, le daban un aspecto de aldea navideña… Si, es una exageración, tómenlo como un dato humorístico para relajar el ambiente.
Pronto llegaron al hogar de Sango y Miroku, más pequeño que el castillo de Naraku, pero sin duda más acogedor según InuYasha, acordándose de las frías y umbrías bóvedas de los sótanos, en las que rezumaban humedad. Sango, quien de hecho gobernaba la casa les designó un cuarto para cada uno. Allí, una residencia entre bosques, los jóvenes conocían el invierno de la libertad.
Ahora miraba alrededor de sucuarto: Una habitación pequeña, de escaso mobiliario pero agradable, un pequeño escritorio, armario, y librero de madera oscura. Una cama amplia colocada al ala oeste del cuarto, cuyo único adorno era un escudo en la cabecera, puesto en el sitio exacto donde antes había un crucifijo, que InuYasha deliberadamente hizo quitar. En los ventanales en forma de guillotina colgaban unos carámbanos de hielo y había rastros de aguanieve en los cristales. En la esquina más alejada, reposaba un calentador de agua. Habitación sencilla, pero definitivamente mejor que el habitáculo donde antes dormía.
InuYasha dejó escapar un pequeño suspiro y se volteó, pues acababan de tocar a su puerta y él corrió a abrir: En el umbral de la habitación estaba su amiga, con pinta de que acaba de levantarse. Llevaba en sus manos una bandeja de un gran pollo y ensalada y dos tazas de té. Aunque el invierno mantenía la misma palidez exhausta de sus mejillas, Kikyou se veía mejor físicamente. InuYasha también había recuperado vigor en las últimas semanas; en verdad, la fortuna fue amable con ellos.
— Buenas días, Kikyou. ¿Dormiste bien?
— Sí, muy bien—respondió ella con voz fría y seca—. Este… Miroku y Sango van a salir y me pidieron que te dejara esto, pues debías tener hambre—ni siquiera lo miraba—Bueno… ya… ya me voy—y se levantó para salir de la habitación… cosa que InuYasha evitó, sujetándole de la muñeca suavemente.
Ella se tenso levemente y volteó la cara, mostrándole una mirada fría y sin brillo. InuYasha se hacia una idea de lo que estaba pensando y sintiendo.La hizo girarse hacia él con cuidado y la rodeó con sus brazos cuidadosamente, sin decir ni una palabra.
Desde su llegada, InuYasha se deshacía en consuelo para Kikyou. La adolescente había recuperado la mayoría de sus recuerdos del castillo y eso la había aterrorizado de sobremanera. Lloraba y sollozaba, aterrada con la espantosa idea de haber servido como esclava sexual del Duque de Venomania, sin siquiera saberlo, lo que lo hacía más terrible todavía.
Los cambios en Kikyou tras la tragedia llegaron para peor: Su brillante mirada se volvió dura, lejana, rabiosa… Su vestimenta exótica cambió por ropas holgadas y opacas, se encerraba y no hablaba con nadie; podía quedarse horas mirando al vacío. Trataba fríamente a los hombres que se le acercaban; una vez Miroku intento tocarle el hombro para llamar su atención y recibió un fuerte apretón en la muñeca y un puñetazo en la nariz, acompañado por un "nadie me toca al menos que así lo desee".
Llegó un día donde cubrió sus pechos con una venda y agarró unas tijeras y con esta intentó cortarse el cabello para parecer un hombre… lo cual cuando InuYasha vio, le arrebató las tijeras y trató de abrazarla, pero solo recibió un empujón quedándose solo en la habitación. Otro día InuYasha la halló arrodillada en el cuarto de baños, completamente vestida, empapándose con agua caliente, llorando. Esa imagen le partió el corazón. Sin pensarlo, InuYasha se metió dentro, sin importarle mojarse también, para acunarla en su pecho y consolarla, también necesitado de apoyo:
—Todo va a estar bien, Kikyou… Aquí estoy. Deja de llorar, por favor… Nadie volverá a hacerte daño —le había susurrado en aquella ocasión.
InuYasha solo deseaba que su princesa sonriera de nuevo. Estaba todo el tiempo a su lado. La llevaba de paseos por los alrededores de la casona con tal de animarla y distraerla. Le hablaba durante horas, sobre los campos verdes en el verano, sobre curiosas anécdotas de infancia, sobre todo. Cuando la oía gritar por las noches por una pesadilla, las cuales eran frecuentes, corría a su lado y se acurrucaba con ella; La abrazaba y la consolaba; le decía que todo iba a estar bien, que ya nadie volvería a lastimarla más; la mecía y la arrullaba con hermosas palabras y se quedaba a su lado hasta la mañana siguiente. En ocasiones, Kikyou le suplicaba que le contara exactamente todolo que había ocurrido en el castillo, e InuYasha lo hacía… omitiendo ciertos detalles, para no lastimarla más.
Entre esos detalles estaba, por supuesto, la brujería. InuYasha se juró a si mismo que ese aspecto de su vida ya acabado se quedaría secreto hasta que la boca se le llenara de tierra.
La estancia se había quedado en silencio. Lo único que se escuchaba, algo audible, era la respiración de la muchacha en el hombro de su amigo. El ex sirviente estaba desesperado. ¿Qué haría para devolver esa mágica sonrisa en su rostro, que tanto deseaba ver? De repente se le ocurrió una idea. Era un regalo de Navidad, pero aun así…
—Kikyou… quiero enseñarte algo.
La pelinegra alzó la cabeza levemente, encontrando que InuYasha había sacado un pequeño paquetito de su bolsillo y lo había colocado en su regazo. Era cuadrado, envuelto en papel satinado y adornado con un sencillo moño. Se quedó mirándolo, sin saber que decir o hacer. InuYasha le sonrió lánguidamente, en un gesto que quería decir: "Ábrelo". Desprendió el moño, rompió la envoltura y abrió la tapita: Un resplandor dorado le dejó momentáneamente boquiabierta. Era…
—InuYasha… esto es…
—Este… pensaba dártelo en Navidad, pero no resistí el hecho de esperar tanto—dijo InuYasha, esperando que no reaccionara violentamente—. ¿Me dejas ponértelo…?
Kikyou asintió, dejando que InuYasha se colocara detrás de ella, pasando la cadenita de oro en su cuello y la cerrara con el pequeño broche. Al fin el Guardapelo regresó con su dueña. Abrió las doradas portezuelas para ver la diminuta foto de él, tomada hacia casi dieciocho años. Dieciocho años que se fueron volando y en la cual vivieron muchas cosas que otros jamás desearían.
Se volteó y encaró a su amigo. InuYasha se quedó en aire extático, pues acaba de ocurrir algo maravilloso: De las comisuras de los labios de Kikyou se asomaba algo que era parecido a una sonrisa, pero luego de semanas sin hacerlo, para InuYasha era mucho más valioso que todo el poder y el oro del mundo; pues para muchas personas, no hay nada más precioso que un gesto de la persona amada.
InuYasha extendió los brazos una vez más; como si estuviera sonámbula, la pelinegra se volvió a acurrucar en su pecho, no por consuelo, sino por el placer de sentir esa calidez que su amigo solía desprender. Increíblemente no sintió miedo, sino protección e infinita ternura.
—Se que ahora no son tiempos fáciles, Kikyou… Pero quiero que sepas yo siempre estaré aquí para ti; no importa lo que haya pasado, siempre serás mi amiga y siempre te amaré. Lograremos superar esto juntos, te lo prometo—musitó InuYasha posando las manos en ambas mejillas, acariciándolas para luego besar su frente con ternura—. Sonríe, mi princesa. Por favor… sonríe para mí.
Kikyou se sintió conmovida por esas palabras y sonrió débilmente, para placer del pelinegro. Se tomaron de las manos, que ya no calzaban; las de InuYasha eran un poco más largas y fuertes que las de ella. Sus dedos se encontraron, se interrogaron y se entrelazaron, en un tierno gesto que tenía más seguridad que un beso, como si las manos de dos seres se unen en una misma plegaria… Eran ellos contra el mundo.
—Te quiero, InuYasha—musitó Kikyou después de un rato en silencio. —. Gracias… por todo.
—Y yo a ti, Kikyou—respondió InuYasha en un susurro—. No hay de qué.
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Podríamos decir que ese invierno sirvió justamente para sanar. Encerrados en la casa por la nevada, los jóvenes tuvieron mucho tiempo para hablar, para buscar en el otro apoyo y compañía.
Con el paso del tiempo, Kikyou fue recuperándose del trauma: sonreía más a menudo y era más activa, ya no se sumía en esos inquietantes silencios y miradas frías que llenaban de angustia a su amigo, se sentía más tranquila; Kikyou entendió que no era sano quedarse estancada en el dolor y el odio que lo mejor era seguir adelante. Una violación nunca se supera, esa es la verdad, pero es posible sobrellevarla.
Con todo, Kikyou quería dar el siguiente paso en su rehabilitación y eso era: desprendiéndose de todo el pasado y volver a empezar de nuevo. Con eso en mente, logró convencer a InuYasha de dejarla abandonar el Conservatorio.
—Nunca me sentí muy feliz allí, ¿sabes?; era como una especie de club esnobista, exclusivo y discriminatorio. Las chicas me trataban mal porque era mejor que ellas, la envidia las corrompía y las viejas de las sacerdotisas ni se digan. ¡Como extrañaba a mi InuYasha para pasar ratos agradables! —le decía a Sango.
¡En verdad como extrañaba esos días! Cada vez que miraba la diminuta foto, Kikyou volvía ver los campos de lirios y girasoles, en el que ella e InuYasha luchaban en los fangales y luego corrían a revolcarse en el heno del establo. A veces veía en la calle a niños jugar en la nieve y en seguida se imaginaba a sí misma y a InuYasha de pequeños, volviendo a hacer lo mismo que ellos.
— ¿Recuerdas, InuYasha, cuando jugábamos en el sótano de aquel orfanato y nos creíamos piratas?—suspiró ella una tarde mientras tomaban el té. Su amigo le sonrió. El hecho de que Kikyou ya no quisiera hablar del Duque y ahora solo de recuerdos de infancia, era una señal inequívoca de recuperación… y una ventana a esos recuerdos lejanos.
—Lo recuerdo. ¿Sabes algo? Miroku me habló del ático de aquí que no ha sido abierto en años.¿Quieres echarle un vistazo?
Kikyou se mordió el labio. Un ático, sucio y polvoriento se convertía de pronto en una cueva del tesoro, sin embargo…—Pero InuYasha ya no tenemos ocho años—le recordó.
— ¿Y eso qué? Ya seremos aburridos cuando tengamos 80 y ni nos podamos mover. ¡Kikyou, me prometiste en tus cartas que nos divertiríamos! ¡Aprovechemos que ellos no están! —dijo InuYasha levantándose, extendiendo la mano para que ella la sostuviera. Un gesto que más adelante tendría otro significado…
El entusiasmo de InuYasha era asombroso comparado con los 8 años de desesperación que vivió en el castillo. Diríamos que lentamente, InuYasha recuperó las ganas de vivir y apaciguó a los demonios internos que lo empujaron al Mal.El tener a Kikyou, sana y feliz, contribuyó poderosamente en ello.
Para Kikyou e InuYasha, obligados por las dificultades a madurar demasiado pronto y a dejar las chiquillerías atrás, los días siguientes fueron una válvula de escape a todo sentimiento negativo: Exploraban los terrenos aledaños a la casa y al pueblo, organizaban cabalgatas a campo traviesa y armaban épicas batallas de nieve. Al caer la tarde, cansados y felices, InuYasha y Kikyou se sentaban, barquillo en mano, a contemplar el atardecer.
Diciembre se fue rápido. Como cayó una nevada monumental que literalmente lo enterró todo, Miroku, Sango, InuYasha y Kikyou pasaron Navidad, el cumpleaños de InuYasha y Año Nuevo en la sala de estar. La tragedia y el tiempo transcurrido terminó por unir profundamente a los cuatro, en esos días se reían a carcajadas mientras Miroku gemía de felicidad diciendo su sueño de querer tener 10 hijos con la pelinegra; Sango se reía de él mientras le decía que solo tendrían 1 hijo y los jóvenes se embutían en la boca del otro cucharadas grandes de flan de caramelo.
El día del cumpleaños de InuYasha, mientras devoraban los trozos de su pastel de naranjas con crema de plátano, Kikyou quedó sorprendida al ver la talla y el brillo de las piedras preciosas en las escarcelas. Boquiabierta, cuando le preguntó a InuYasha de donde las sacó, él se encogió de hombros.
—Eso no importa, Kikyou—contestó alegremente—. Lo importante es que con esto tendremos más que suficiente para tener nuestra propia casa. Miroku y Sango se casarán muy pronto y necesitarán todo este lugar para tener a su familia. ¿No te gustaría? ¿Vivir en tu propio hogar como una princesa?
Kikyou se sonrojó levemente. A veces recordaba con nostalgia en su pobre casita en el campo, que fue cerrada en la epidemia. Aun así, la idea de vivir con InuYasha la inquietaba un poco debido a que pensaba que él quería insinuar algo debido a que él era un hombre pero a la vez sintió ternura y agradecimiento por todas las molestias que el pelinegro se había tomado por ella: "Que buen amigo tengo; siempre piensa en mí" se dijo así misma enternecida.
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Un leño entero, sobre brasas incandescentes, se consumía entero en la chimenea. En la ventana más próxima se levantaba el mediodía de marzo, avaro de luz. Kikyou estaba sentada hacía horas, tratando de concentrarse en su labor de encaje, terminando por volver a mirar a la ventana. InuYasha no estaba. Había salido con Miroku a… bueno, no le dijo exactamente adonde: "Es una sorpresa"le había dicho. Y por eso lo esperaba, y mientras tanto, trataba de distraerse del mar de pensamientos que rondaban por su mente.
En estos últimos tiempos, Kikyou sintió que había vivido tres vidas, completamente diferentes. Es como si una Kikyou distinta la una de la otra, ocupase esa vida: La primera empezaba como una niñita alegre y caprichosa, jugándole bromas pesadas a las monjas del orfanato junto a InuYasha y que terminaba trágicamente con su separación de InuYasha. La segunda era la más confusa, pero también la más horripilante: recordaba subir los escalones al vestíbulo de ese sombrío castillo, ver entre los haces de sombras los penetrantes ojos rojos del Duque de Venomania y de allí hundirse en un mundo extraño y difuso, del cual despertó violentamente en brazos de InuYasha, manchado en sangre. Y la ultima de esas vidas, era la de ahora, en la que disfrutando de una calma relativa y serena, estaba esperando la llegada de su amigo.
Tres vidas tan diferentes… y la única constante en ellas era la figura, ya fuera ausente o pletórica, de InuYasha
Pensando en InuYasha precisamente… tenía que admitir que últimamente tenía extraños sentimientos por él. En verdad estaba muy agradecida por todo lo que InuYasha había hecho por ella. Desde rescatarla hasta ofrecerle consuelo. Sin embargo… ese agradecimiento metamorfoseó en algo más profundo. Se sonrojaba cuando InuYasha le tomaba de la mano cuando salían a jugar afuera. Aunque ya no tenía pesadillas sobre Venomania, aun no podía resistirse a levantarse de la cama y acurrucarse con InuYasha en la suya, no por miedo, sino por la necesidad de sentir la calidez del pecho de su amigo, la suavidad de sus brazos rodeándole, y esa aura de protección que irradiaba. Actos tan inofensivos que InuYasha le daba como un beso en la frente o una mano acariciando su mejilla, eran gestos que la sonrojaban a más no poder, y le daban un enorme significado.
Por otro lado, no dejaban de acosarla aquel maldito pensamiento de no ser virgen. En esa época, la mujer que hubiera sido violada, quedaba completamente imposibilitada para casarse (tuviera o no la culpa, la Iglesia igual la tomaba como la verdadera culpable por haber "provocado" (1)) Sabía muy bien que los hombres preferirían a las chicas vírgenes y las sucias como ella no tenían el derecho ni el voto para casarse. Aunque ella se sintiera más relajada, aun había días donde se odiaba a sí misma y odiaba a Naraku por arrebatarle su virginidad.
Pensaba que si aun siguiera virgen podría llegar al corazón de InuYasha, pero también sabía que enamorarse de él era inútil, a pesar de que él fue muy amable con ella al darle un refugio y ayudándola en todo como un gran amigo… era diferente la idea de una relación amorosa: seguro él como todos los hombres, deseaba a una virgen y pura para vivir con ella el resto de su vida, tales pensamientos la hacían estremecer y odiar por enésima vez el maldito día que cayó presa bajo las garras del duque.
—Oye, Kikyou—Sango se sentó en el alfeizar de la ventana con ella. —No te vas a quedar esperando a InuYasha toda la tarde, ¿o sí? Conociendo a Miroku, no dudes que la hará a InuYasha un tour por todas las casas de chicas hermosas del pueblo—agregó con una venita de la sien hinchada—. Me preguntaba… Si te gustaría salir conmigo a un karaoke que está cerca de aquí. Te enseñaré a cantar y… quien sabe, hasta podrías conocer a algún chico que te guste. ¿Qué me dices?
Kikyou fingió que su propuesta no le interesaba—Gracias, Sango-chan, pero ahora no tengo ganas de conocer a nadie.
— ¡Ah, vamos Kikyou! ¿No se supone que ya te curaste esa depresión que tenias? ¡No dejes que lo que ocurrió en el pasado arruine tu vida! El pasado es pasado, ¿vale? Recuerda que yo también fui su esclava sexual y no por ese imbécil cara de mandril arruinaré mi vida y la llenaré de odio y frustración…
"Lo que dicen los vejetes de la Iglesia y su estúpido libro no es verdad: La mujer vale por lo que está en su interior; no por su estúpida dote, que, a mi juicio, eso es machismo. Estoy segura que un hombre te amará y te cuidará como no lo hizo ese chacal… —Kikyou sintió los ojos llenarse de lágrimas, pero de alegría y gratitud.
—Gracias por esas palabras, Sango.
—De nada, querida… ¡Pero aún no me has dicho porque no quieres ir! Es eso, o… ¿O no será que ya te gusta alguien? —Aunque trató de negarlo, el sonrojo de Kikyou la delató— ¡Ajá! ¡Lo sabía! ¿Quién es?
Kikyou se quedo callada unos minutos no sabía si decirle a Sango que estaba enamorada de su amigo de la infancia; después de todo no estaba del todo segura ser correspondida.
— Anda Kikyou, no seas mala: Dame una pista… ¿O no será…? —Kikyou la miro a los ojos ante lo que diría— ¿…No será que estás enamorada de Miroku, eh?
— ¿¡Que!? ¡No! ¡No!
—Tranquila, estaba bromeando, je je. Sé que Miroku está loco por mí. Ay de él si no, ¿eh? Bueno, ¿nunca me dirás quien es, Kikyou?
—Lo siento, Sango-chan. Pero es mejor que no lo sepas… todavía. Pues aun no sé si a él le gusto como yo quisiera—con esas palabras, Kikyou dejaba ver lo que sentía por InuYasha… sin decir su nombre, claro.
—Bueno amiga—replicó Sango sonriendo cálidamente como ella solía hacerlo—. Nunca lo sabrás si no se lo preguntas. Contéstame algo: ¿Élestará en mi boda? —después de pensarlo, Kikyou asintió— ¡Perfecto! Allí tendrás oportunidad. Solo no seas tan directa y deja que las cosas tomen su curso. Si te rompe el corazón, solo dime quien es, y te aseguro que saldrá de mi fiesta con la nariz rota y cojeando. ¿Qué te parece?
Kikyou no pudo contener la risa. Tal vez la idea de Sango no era tan mala… Podría intentarlo ¿no? No se pierde nada con ello. Sonriéndole, Kikyou asintió.
—Entonces, que no se diga más. ¡Vamos, Kikyou! ¡Es mi despedida de soltera y tengo ganas de deslumbrar este día; créeme las emociones que siento son realmente fuertes!
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— ¡Miren al pajarito!—les dijo Ginta al oprimir el botón del pesado artefacto de fotografía.
En la fotografía lucían muy sonrientes Sango y Miroku. No era para menos: Era su boda. La habían celebrado en el atardecer de la pequeña capilla del pueblo. Después de soportar durante casi una hora las peroratas del anacoreta del fraile, tan aburridas que InuYasha se durmió en su banca, por fin Sango y Miroku dijeron el "sí, quiero".
Para el momento en que debían decir los votos, a nuestro pobre Miroku, preso de los nervios, se equivocó a menudo y hasta la lengua se le atoró en el paladar; casi al final olvidó la última frase y quedó allí, con una mueca de pánico, ante la mirada amenazadora de su novia. Afortunadamente, InuYasha le había ayudado (obligado, más bien) a aprenderse los parlamentos y le susurró a Miroku lo siguiente, como si fueran dos escolares copiándose en un examen a escondidas. Después de ello no hubo más problemas y se besaron en medio de una exclamación y aplauso general... y chasquean los dedos, pues Miroku se quedó colgado de Sango por un tiempo ridículamente largo.
En la foto, Sango, sin esa montaña de velos y abalorios encima, lucia muy bella y compuesta. Colgaba del brazo de Miroku. A su derecha, también cogidos del brazo, estaba Kikyou se veía muy bonita, con un vestido blanco con volantes de encaje, e InuYasha llevaba un traje de etiqueta clásico, adornado con una llamativa corbata gris. Fueron escogidos como padrinos de boda.
Ahora sonaba un alegre tema jazzístico; de esos que te hacen levantarte a menear las piernas. Kikyou estaba sentada donde momentos antes estaba la feliz pareja y Sango, en el alborozo de la fiesta, arrastró al pobre Miroku a la pista de baile, entre risas de los invitados. La pelinegra movía los pies al son de la música. Ese gesto no era desapercibido por InuYasha, quien estaba a unos metros de ella. Quería sacarla a bailar, antes de que alguno de los invitados masculinos se fijara en el inocente encanto de su amiga y la sacaran antes que él. El problema es… que InuYasha no sabía bailar. Naraku nunca le había enseñado, ni siquiera a hacer el mísero vals, y ahora miraba perplejo los zapateos de los invitados, preguntándose cómo demonios podría imitar eso sin hacer el ridículo.
Aun así, lo que deseaba más que nunca en estos momentos en deseos de sacarla a bailar, de rodear su cuerpecito con sus brazos, de aferrar su mano contra la suya y quizás... tan solo quizás, reflejarle sus sentimientos. Aunque también estaba latente el miedo de que ella lo rechazara. InuYasha no había vuelto a besarla dormida desde que llegaron allí. Se llevó maquinalmente a la boca la botella medio vacía para atenuar su sonrojo.
—Hola... Nos hemos visto antes, ¿verdad?
InuYasha levantó la vista a un rostro el pasado, a quien no reconoció en un principio, pero luego lo recordó. El cabello largo con dos mechones rectos sobre la frente, de un hermoso color plata y extremadamente liso, correspondían a uno de los antiguos amigos del Duque.
—No esperaba verte aquí—continuó diciendo, sentándose a su lado—.Nos conocimos hace como un año, ¿verdad?—a leguas se le denotaba la incomodidad—. Soy Sesshoumaru.
—Mucho gusto—repuso él, algo cortante—. Soy Taishou InuYasha.
Sesshoumaru tenía buenas razones para estar tenso. Se habían conocido en la cena del Duque de Venomania. Lo que había ocurrido allí dejó al pobre del Duque Sesshoumaru y a InuYasha, un trauma de por vida. La horrible y perturbadora imagen de esa joven bailando desnuda... Era evidente que ambos muchachos pensaban lo mismo.
—Mira... InuYasha—empezó Sesshoumaru mirándolo con seriedad—. Puedo jurarte que yo no tenía ni idea sobre... los gustos del Duque Naraku. Jamás habría acudido a su cena si hubiera sabido que horrores escondía en su casa... Todo el mundo no dejaba de hablar del escándalo de esas mujeres... Luego, me enteré que el Duque fue asesinado—bajó la voz hasta volverla un murmullo. Aunque su tono no era de censura, InuYasha no dejó de sentirse inquieto. ¿Estaría pensando que fue él? ¿Lo delataría?—...Y aunque hubieras sido tu, no te lo reprocho, pues lo que hizo el Duque Naraku es imperdonable. Ya debe estar en el Círculo de los Proxenetas, como Maese Dante describió...
InuYasha lo miró fijamente. En las doradas pupilas de Sesshoumaru, no dejaban asomo de duda o fingimiento. Era cierto que no tenía conocimiento de los horrores de su ex amo. Le sonrió en apreciación y le dio un apretón de manos.
—Gracias. Me imagino que aquí vives con más tranquilidad, ¿verdad?... ¡Oh!, Buenas noches, señorita—le hizo una reverencia a Kikyou, quien acaba de acercarse a ellos. Sesshoumaru, después de mirarla unos segundos, se turbó de sobremanera: Reconoció en ella a la misma joven de la infame cena del Duque Naraku. Aunque se sonrojó enormemente, no hizo ningún comentario al respecto. —Me llamo Sesshoumaru, ¿cómo te llamas?
—Fujitaka Kikyou, un placer—respondió ella cordialmente.
—Oh, es un gusto hermosa señorita —dijo Sesshoumaru, para luego besar la palma de la mano de la joven—Me preguntaba... si le gustaría bailar conmigo, señorita Kikyou.
—Está bien...—musitó como una autómata y se levantó lánguidamente para dejarse llevar, como si estuviera soñando, por la pista de baile.
Sango miraba la escena de cerca desde que empezó la conversación y ya estaba cavilando y reuniendo pedazos de suspicacias. "¿Será él?" se preguntaba al ver a Kikyou balancearse junto al atractivo caballero. "No puede ser: Acaba de decirle su nombre... Aunque también podría ser una trampa, para no disgustar a InuYasha". Volteó a ver a InuYasha, quien seguía con los ojos a la pareja. Su mirada oscura reflejaba una maraña de sentimientos extraños... "Kikyou nunca me dijo que quiengustaba ella. ¿Podría ser…?" mascullaba en su fuero interno y volvió la mirada a la pareja. La expresión de Kikyou era igual a la de InuYasha: lánguida, casi ausente.
—Sango, ¿porque te ríes?—le preguntó Miroku, sacando de su nube de pensamientos a su ahora esposa.
—Me río de ti —mintió Sango rapidamente—. Eres realmente tonto cuando estas nervioso, hiciste casi el ridículo al decir los votos pero aun así me gustas—agregó para evitar más preguntas de su despistado esposo y le besó en las comisuras de los labios.
"InuYasha y Kikyou... "pensó mientras lo besaba. "Entre esos dos huele a gato encerrado…"
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Desde ese sitio, la luna en cuarto creciente dibujaba un arco perfecto entre los nubarrones y dibujaba trazos claroscuros en el tapiz que cerraba el ventanal. Algunos alfilerazos de frió hacían estremecer las ramas. Un solitario y lleno de polvo puf era el único mueble de ese escondido rincón.
El pelinegro se pasó las manos por la cara, tratando de disipar el disgusto. Y el hecho de que desde ahí se escuchaba débilmente el estruendo de la fiesta no ayudaba mucho que digamos. ¡Tantas esperanzas al caño! ¡Allí estaba, su oportunidad y la perdió! ¿Por qué no fue valiente y sacó a bailar a Kikyou antes que Sesshoumaru? Ahora seguramente se había prendado de ella y no la dejaría… La mente de InuYasha, experta en fastidiarlo con jugarretas, volvió a trastornarlo con la imagen de Kikyou, vestida de blanco, casándose con otro… que no fuera él.
Quizás era mejor así, ¿no? Kikyou se lo merecía: Un hombre de alcurnia, noble y limpio de alma, como era ese Duque… no un ex sirviente de alma podrida y que, para colmo de males, seguro no era correspondido. Podría superarlo, InuYasha era fuerte; si pudo sobrevivir a ocho años de infierno color negro en esa casa, (con trauma psicológico incluido), podría también con esto, ¿no es así…?
—Este es mi castigo, ¿verdad, Dios? — musitó InuYasha para sí, mirando el firmamento con desdén—. Me lo merezco por brujo, es verdad, pero no creas que te puedes regodearte, vejete; no me arrepiento para nada en lo que hice: Lo hice por Kikyou, y si tengo que volver a disfrazarme de mujer para verla libre y feliz, lo haría de nuevo ¿oíste…? –aunque al pronunciar lo ultimo lo dijo algo titubeante y avergonzado- Solo por ver esa hermosa sonrisa que tiene y que no se compara con cualquier otra cosa…
InuYasha debería haberse muerto de la vergüenza y cortarse la lengua si hubiera advertido que la persona por la cual estaba justificando todos sus pecados y faltas al Creador, estaba justo detrás de él, medio oculta en el marco de la puerta.
—Kikyou fue lo única razón por la cual mantuve la cordura y me daba fuerzas para seguir. Ella. Solo ella. Si… ya sé que estuvo mal acostarme en su cama y besarla todas las noches; pero no me retracto. Pero… si ella quiere ser feliz con otro… Deberé aceptarlo, ¿no? Quiero que sea feliz. La amo más que a nada.
La pelinegra estaba asombrada, manteniendo una mano contra su boca para evitar dejar escapar un gemido, incapaz de creer lo que estaba escuchando de esta protesta divina: En todo este tiempo InuYasha la había amado. Entonces no era una alucinación: Una vez… Kikyou había soñado que alguien le susurraba hermosas palabras y luego la besaba; esos labios no eran amargos… sino dulces. Sintió una sensación de felicidad casi infinita, contemplando la espalda de su amigo. Sonrió con picardía: Se le acababa de ocurrir algo.
—InuYasha…
El pobre ex sirviente casi se muere de un infarto. Se volteó con tanta brusquedad que casi se lastimó el cuello. Se lo frotó mientras contemplaba con los ojos como platos a la súbita aparición de su amiga.
—K-Kikyou…. —tartamudeó InuYasha, ya con el rostro más rojo que un tomate, afortunadamente la oscuridad lo ocultó— ¿Q-que haces a-aquí? ¿N-no estabas c-con Sesshoumaru? ¿Desde cu-cuando estás aquí?
—Hum, hace unos segundos—contestó Kikyou fingiendo inocencia, divirtiéndose enormemente con hacer enrojecer a su amigo. Recordando los consejos de Sango: "Solo no seas tan directa y deja que todo siga su curso", acariciaba un proyecto. —No sabía dónde estabas, me tenías preocupada. Que vista tan hermosa, ¿no te parece?—preguntó señalando la luna, rozándose contra InuYasha, provocándole un escalofrió. Internamente sonrió. — ¿Porque te fuiste, InuYasha?
—Porque… — "Vamos InuYasha, díselo" dijo una vocecita en su cabeza. "¿Estás loco?" dijo otra voz, parecida a la de Miroku "No seas estúpido. Inventa una excusa, InuYasha. Di que…" —No sé bailar. Anda, ríete.
—No me rio, InuYasha—replicó Kikyou con dulzura. "Bonita excusa" pensó "Aunque podría serme útil…". Adoptó una mirada tierna y compadecida—. Mucha gente no sabe bailar. Pero es muy fácil: ¿Quieres que te enseñe?
—Eh, pues… yo… bueno… —Pero Kikyou ya se había acercado más a él, quedando frente a frente. ¡Como se divertía, y al mismo tiempo, que miedo le daba! Disipó esos malos pensamientos y se concentró en su objetivo. InuYasha volvió a balbucear—Pero Kikyou… no hay música…
—Eso no nos detuvo antes—con esta frase, Kikyou le recordó esos juegos-bailes de "La Rueda", que jugaban de niños…
Pero ya no eran niños. Eran adolescentes: La adolescencia plena, y con ella, los sentimientos a flor de piel…
—Rodea mi cintura—le susurró Kikyou. Nervioso, InuYasha obedeció y rodeó con un brazo la delicada y pequeña cintura de su acompañante. La rubia se estremeció ante ese contacto. Posó la mano en el hombro de su amigo, instándolo a estrecharse más. Entrelazó la mano libre con la otra de InuYasha, ahora con ambos rostros enrojecidos. —Ahora… déjate llevar—y con esto, Kikyou empezó a balancearse de un lado a otro. InuYasha logró imitarla, al principio algo torpe, por miedo de pisarle accidentalmente un pie.
Pronto la timidez fue reemplazada por risas. Ambos se dejaban llevar al compás de una música imaginaria, proveniente del interior de sus corazones. En una parte del baile, Kikyou se recostó contra el hombro de su compañero, tratando de ocultar una risita nerviosa. InuYasha nunca se había sentido tan feliz. Rodeó aun más con sus brazos el cuerpo de su amiga, quedando completamente pegados. Tan cerca… tan cerca de hacer a acabo su más grande anhelo: Los labios de Kikyou, rosas y suaves, a pocos centímetros de él… Era demasiado bueno para ser real. Por otro lado el pelinegro sentia como si quisieraaprovecharse de ella, estando acabada de salir de su trauma, ¡El no era así! Pero debía hablar, saber…
—Kikyou… yo…
—Dime… —musitó Kikyou observándolo a los ojos.
—… Quiero que sepas que siempre me has gustado… — finalmente habiéndolo dicho, y agradeciendo no haberse trabado, InuYasha estaba rojo como un tomate.
—T… tú… ta-también me has gustado siempre InuYasha —expresó Kikyou con una voz muy dulce, aunque algo triste.
— ¿De verdad? — exclamó InuYasha desbordando felicidad, al borde de saltar en un pié.
—Es la verdad… —Pero algo la detuvo… aquello que siempre estuvo taladrándole la mente, apareció de nuevo en sus pensamientos— Pero… no puedo estar contigo.
— ¿Q… que? ¿Por qué no? —preguntó atónito el joven pelinegro no podía creer lo que su querida amiga decía.
—InuYasha, yo no soy virgen. Tu mereces a una doncella que si lo sea…— Incapaz de soportarlo más, se separó de él y se dirigió al balcón observando el cielo estrellado con melancolía—…En cambio, yo estoy sucia; solo te daría deshonor, y yo no quiero eso para ti…
— ¡Idiota! —exclamó InuYasha interrumpiéndola, acercándose a ella haciendo que la viera a los ojo—. Realmente eres una completa tonta. ¿Cómo puedes pensar esas cosas? Para mí no estás sucia… al contrario: eres la mujer más pura que he conocido, nunca me deshonrarías…. —Dicho esto, la rodeó con sus brazos en un reconfortante abrazo—Además para mi Kikyou, tú sigues siendo virgen. Yo te amo tal y como eres, Kikyou, aun si fueras mi amiga o mi propia gemela (2); nada de lo que ocurrió en el pasado cuenta, ¿sí…?
—Inu… InuYasha —exclamó Kikyou sorprendida y acongojada de lo que escuchaba, mientras acurrucaba su cabeza en el hombro de él y una felicidad inmensa la rodeaba. Ya no sentía más dolor, ni dudas, ni abandono. —Te amo…
—Y yo a ti Kikyou —susurró él abrazándola más para luego verla a los ojos con ternura—Entonces, ¿te gustaría ser mi novia?
— ¡Sí! Acepto —Kikyou sonreía sinceramente una hermosa y cálida sonrisa de felicidad, imposible de describir.
InuYasha impulsado como un resorte, tomó el último impulso: Se acerco unos centímetros y tocó suavemente los rosados labios de su amiga. El corazón y el estómago se volcaron. Sintió explotar en su interior una caja de fuegos artificiales. Su joven amiga le correspondió aquel beso lleno de ternura y amor colocando sus brazos alrededor de su cuello.
Era un sueño hecho realidad: Kikyou, entre sus brazos, entregándose en un beso como ninguno. Era simplemente amor. Natural, humano y real, sin ninguna brujería o pacto satánico que la secundara. Desbordando felicidad, InuYasha hundió las manos en los cabellos azabaches de la joven Fujitaka. Oyó cerrar una puerta…No le importó en lo mas mínimo.
Definitivamente, este era su primer beso,el mejor, el más especial… Uno que borraba a fuego todos los malos recuerdos, y era el preámbulo de otros mejores…
— Por cierto, me encantó tu discurso que has dado hace solo 20 minutos—Dijo Kikyou al momento de separar sus labios de su querido amigo. InuYasha se sonrojó y la miró con fingido reproche.
— ¿Me estabas espiando?
— ¿Quién te obliga a ponerte a hablar en voz alta…?
InuYasha se dio cuenta de su cómica actitud, y soltó una carcajada de felicidad. Volvió a estrecharla entre sus brazos y le dio un beso tan largo que ella por poco se ahoga.
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—Y bien…—musitó Sango con malicia al verlos volver, luego de varios minutos—. ¿Dónde estaban? Nos tenían preocupados
—Nos… paseábamos—musitó InuYasha con serenidad.
— ¡Se paseaban! ¡Bonito lugar y bonita hora para eso! —contestó jovialmente, palmoteando a InuYasha en la espalda y sonriéndole a Kikyou. Aunque ella se sonrojó, le devolvió la sonrisa. —. Nee, Kikyou, por cierto: ¿Tuviste suerte con ese muchacho?
— ¿Qué muchacho? —se sorprendió Miroku.
Kikyou le sonrió ampliamente. Había pescado el énfasis que había usado Sango en "ese" y eso confirmaba una cosa: Sango los había visto besándose en el barandal. Aunque eso le hizo avergonzarse enormemente por un instante.
—Así es Sango-chan —dijo Kikyou suavemente, dejando al pobre de Miroku aun más confundido que antes y a su amigo algo turbado—. Me fue muy bien con ese muchacho, así que no hay necesidad de que le rompas la nariz.
"¿¡Sango iba a romperme la nariz!?" pensó InuYasha horrorizado. Y la cara que puso de solo pensarlo hizo que ambas mujeres estallaran a carcajadas.
— ¡Oigan! ¡No entiendo el chiste!—exclamó Miroku, inflando las mejillas, sintiéndose fuera de lugar.
—No es nada, Miroku. Y ahora discúlpenme, pero me gustaría retirarme a dormir.
—Dulces sueños, Kikyou. —Le deseó la pelinegra—; Oye InuYasha, ¿no piensas… acompañarla? —agregó usando doble sentido a propósito.
—Pásenla bien ustedes—les deseó InuYasha también a punto de retirarse para acompañar a Kikyou a su habitación—. No hagan mucho ruido, por favor.
—Tampoco ustedes, ¿vale? —le respondió Sango, jocosa. InuYasha le sonrió en señal de apreciación y con la mirada le dijo: "No creo que suceda esta noche, Onee-san". Se despidieron y desaparecieron por la escalera.
Sango suspiró y se reclinó con una sonrisa de satisfacción. ¡Ah, los jóvenes! Hermosa edad, la verdad…
Despertó de su ensoñación al ser sacudida suavemente por su acompañante.
—Oye Sango, ¿de qué me perdí…?
—Solo que nuestros jóvenes amigos son novios y que Kikyou por fin ya se siente mejor, es todo—musitó Sango sensualmente, jalando sugestivamente la corbata de su esposo hacia ella, dejándolo sonrojado— mejor olvidemosnos de todo por esta noche, ¿quieres…?
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(1) En la Edad Media, la virginidad de una mujer era importantísima. Si la mujer perdió su virginidad por culpa de una violación (Desgraciadamente muy frecuentes en ese periodo histórico), se consideraba a la víctima en cierta parte como culpable y quedaba completamente imposibilitada para el matrimonio.
(2) Guiño a la historia original.
