Este capitulo contiene algo de lime y Lemon InuKyo :3

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—Miroku…

Sango sonrió pesadamente mientras se revolvía en el enorme lecho, estirándose y revolviéndose, buscando a tientas una manta para tapar su cuerpo desnudo. Dormía así, sin nada a la imaginación, todo el verano y algo del otoño de esa manera.

Nuestro joven amigo pervertido sonrió, tanteando entre las sabanas para estrechar el voluptuoso cuerpo que reposaba a su lado. Ahora contemplaba esos cabellos azabaches, esos pechos bien desarrollados, que cabían perfectamente en sus manos, ese cuerpo salvaje que hacía suyo casi a diario… Aun le costaba creer que estuviera casado con semejante mujer. Si, quizás la pelinegra fuera algo ruda en la cama, pero, a su manera era complaciente y cariñosa, cada zape y codazo eran señales de afecto.

No, no estaba loco por pensar así; Él la conocía lo suficiente y esas rarezas de Sango solo hacían quererla más.

— ¿Cuál es la sorpresa que me dijiste que me tenías?

— ¿Eh? ¿Sorpresa? ¿De qué hablas? —estaba atolondrado por el sueño.

— ¿No recuerdas, Miroku? Me lo decías anoche mientras te hacia sexo oral: "Prepárate que te tengo una sorpresa, lo sabrás mañana". Ya es mañana. ¿Qué es?

—Eh… este… ¿Qué era? ¡Ah sí! ¿Recuerdas el país de Kagomatse, verdad? Bueno… tengo que ir a visitar a unos amigos muy queridos para mí, tú sabes: Shippo y Koharu…—con la cara huraña que Sango empezaba a poner, se apresuró a añadir: — ¿Sa-sabías que tu hermano Kohaku está allá? Me lo dijo por una carta… y… y si vas, lo visitamos a él también.¿Qué dices?

Sango se puso lívida. Miroku cerró los ojos, esperando que la bomba estalle y ella lo arroje a la estratósfera. Abrió un ojo. La cara molesta de Sango se volvió una sonrisa serena. Al oír la palabra "Kohaku" se calmó. Besó suavemente a su esposo y se levantó tranquilamente, completamente desnuda, al cuarto de baño. El pobre tipo se quedó donde estaba.

—Nee, Miroku…—canturreó Sango desde adentro del recinto, donde ya se oía correr el agua caliente— ¿Serías tan amable de frotarme la espalda?

— ¡C-claro! —Saltó Miroku de la cama con los ojos brillantes de lujuria— ¿Algo más, Sango-chan?

—Eh… si. ¿Podrías luego hacerme un masaje en los pies?

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Para mediados de ese mes, el suelo se cubrió completamente de hojas de diferentes colores, los niños impactaban en las nucas de los transeúntes las piñas caídas de los árboles desde sus ondas. Se llevaban los gordos pavos y gansos al matadero para rellenarlos con manzanas, pasas y ciruelas. La sacristía lanzaba sus habituales doce campanas al aire para avisar el desarrollo de los preparativos.

En Akatasia se celebraba cada cierto tiempo el Festival de la Cosecha, una celebración pagana que se realizaba para dar gracias a los dioses por los alimentos recibidos de la cosecha del verano. Durante toda esa semana los habitantes de la población chocaban sus jarrones llenos de cerveza y sidra, bailando y contando historias de terror junto a la hoguera; la historia del Duque de Venomania y su misterioso asesino se volvió una de las favoritas en esa época. En las puertas y en los altares colocaban gavillas de trigo, calabazas enormes y enigmáticas figuras hechas de de paja.

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Después de una atracada de manzanas de caramelo y arrojar piedras al lago, las dos parejas tomaron caminos separados. Sango arrastró a Miroku a una especie de carpa, pues quería, según ella, "mostrarle un truco". En eso, InuYasha y Kikyou también se alejaron. Cogidos de la mano, cruzaron por el lado este de la colina. InuYasha la condujo por otro sendero hasta un campo de heno largo y estrecho que parecía no haber sido tocado en años. La luz de la tarde lo bañaba con rayos polvorientos, y las mariposas trazaban dibujos aleatorios.

Desde la boda de Sango y Miroku, donde todo se aclaró, los jóvenes se volvieron prácticamente inseparables. En las noches Kikyou solía escabullirse a la habitación de InuYasha o él iba a la suya, para pasar la noche juntos. Dieron largas caminatas por el bosque, en el cual Kikyou le enseñaba el nombre de diversas flores y setas, sus usos, y le enseñaba a distinguir sonidos. Entre lección y lección, Kikyou le robaba un furtivo beso cuando andaba desprevenido.

Decidieron sentarse a descansar a la sombra de una retama en flor, que ya había tapizado el suelo de una lluvia amarilla. Se quedaron hablando, riéndose del incidente de Miroku y de otras cosas. Terminaron recostándose sobre el pasto para ver las sombras rosadas de las nubes que recordaba al algodón de azúcar.

Los alfilerazos de frío los hicieron acercarse más el uno al otro. InuYasha la rodeó con sus brazos, apoyó los dedos de la mano izquierda en su mejilla y acercó el rostro hacia ella. Su amiga le sonrió ampliamente, dándole su permiso para continuar. Empezó a besarla, con suavidad, sin prisa, como si temiera lastimarle o romperla. Al cabo de cinco minutos, Kikyou estaba a punto de desmayarse; tenía la sensación de que se hallaba entre un sueño y la realidad, excitada de un modo que jamás habría imaginado, excitada de un modo que confería sentido a todas las obras de teatro románticas que había leído…

Pronto cayó en la cuenta que, tal vez inconscientemente, InuYasha se había recostado sobre ella; sentía como tope el pecho del pelinegro contra el suyo. El beso seguía siendo inocente, pero las manos ya pensaban otra cosa: la pelinegra sintió las manos de su amigo posarse en su cintura, deslizándose hacia las caderas, acercándola más a él. Le ardían las mejillas. El corazón le latía con fuerza, pero no importaba. Nada importaba. Todo era estupendo, maravilloso, en realidad… Sin saber exactamente qué o porque estaba haciéndolo, tocó a InuYasha allí abajo, notó lo duro que estaba. Era como tocar una piedra, pero la piedra no habría palpitado bajo sus dedos como si de un corazón se tratara. Eso la hizo sonrojarse más que nunca.

—InuYasha…—logró articular.

Deseaba enormemente estar sola con InuYasha en algún lugar, donde pudiera dar rienda suelta al ardor que sentía, despojarse de sus ropas, deslizarlas hasta el suelo, encontrarse con los ojos de su amigo y entregarse completamente, pero… También estaba presente la duda y la inseguridad. Aunque el recuerdo del Duque Naraku se había vuelto borroso y difuso como la niebla, aun le tenía asco a la idea de hacer el amor. Tuvo la desgracia de conocer la sexualidad en contra de su voluntad.

Ahora que tenía la oportunidad de conocer la verdadera expresión de unirse físicamente con alguien, alguien que amaba, aun las inquietudes pasadas la refrenaban. Y se sentía muy mal por ello. InuYasha no le reprochaba eso y era muy comprensivo con el tema no llegando más lejos de un beso, pero sabía que él también estaba deseoso. Como anhelaba complacerlo, pero aun faltaba un último empujón para ello.

El pelinegro dejó la mano de Kikyou allí por un instante, pero por fin la levantó y le besó la palma.

—Basta por ahora.

— ¿Por qué?

—Porque no podré parar sin que me dé un patatús.

Kikyou lo observó con tal expresión de extrañeza que InuYasha se echó a reír.

—No importa, Kikyou. Es sólo que quiero que todo salga bien la primera vez que hagamos el amor, sin ortigas que nos dejen con urticaria, ni mocosos apareciendo en el momento crucial. Quiero que lo disfrutes tanto como sea posible, que no te asustes ni te sientas incómoda, ¿entiendes?

Completamente sonrojada, Kikyou asintió. Se volvieron a sentar, esta vez en medio de un silencio algo incómodo. Tímidamente, Kikyou deslizó la mano para aferrar la de InuYasha que descansaba a su lado. El pelinegro la miró y una sonrisa algo pícara cruzó su rostro…

— ¡Cuidado…!

Un grito y algo cruzaron el aire. Dos segundos después, una tarta de frutas con crema impactó con fuerza en la cara de InuYasha. Kikyou quedó sorprendida. ¿De dónde salió? InuYasha, aturdido, se quitó la tarta de la cabeza: Toda la cara y algo de cabello le quedaron cubiertas de crema y hasta una cereza había quedado colgada en su nariz. Parecía un payaso. Pasado el estupor, Kikyou se echó a reír a carcajadas en el suelo.

— ¡Kikyou!

— ¡Lo siento! ¡Nada más mírate! ¡Pareces un payaso de circo! —exclamó Kikyou agarrándose el estómago, casi ahogándose en su propia risa, InuYasha la vio con fingido reproche y furia. En eso apareció una niñita de aparentes ocho años, con el cabello que le llegaba un poco mas debajo de los hombros, con una expresión compungida. Llevaba una bandeja en la mano.

— ¡Gomenasai! ¡Quería darle esa tarta al señor Byakuya y Yura Sakasagami hizo que se me escapara de las manos! ¿Está bien, señor? —preguntó la niña con lágrimas en los tiernos ojitos. Oh Dios, ¿cómo podía enfadarse con esa niña tan adorable? Aun con la cara llena de crema, InuYasha se echó a reír.

—Estoy bien, no te preocupes—contestó InuYasha apartándose algo de crema de su boca—. Pero para la próxima… trata de no arrojar la tarta como si fuera un proyectil, ¿está bien? —La niña se unió a sus risas, aliviada—. ¿Cómo te llamas?

— ¡Me llamo Shiori! —exclamó la niña alegremente—. Vine hoy con los demás niños a pasar el Festival. El señor Byakuya es nuestro cuidador, es muy bueno conmigo, por eso quería regalarle una tarta…

— ¡Shiori! ¡Ven aquí, ya nos vamos! —se oyó una voz de hombre llamándola. Un hombre alto de cabellos oscuros agitaba la mano en su dirección.

— ¡El señor Byakuya! —Exclamó emocionada la pequeña—. ¡Adiós! ¡Lamento el proyectil…!—y se fue entre risas y dando brincos hacía el hombre joven, quien la llevó de la mano junto con otros niños que jugaban a la rayuela en un terreno baldío.

Allí fue cuando InuYasha y Kikyou lo notaron: El uniforme gris, un cuidador, muchos niños con el mismo uniforme y con monjas alrededor…

—Es huérfana, como nosotros—musitó Kikyou.

InuYasha asintió.

Se quedaron callados, ambos con la vista fija en el mismo punto. Los gritos de los niños en el campo les llegaban a los oídos de manera muy lejana, como si estuvieran a un kilómetro de distancia y no a unos metros. Kikyou recogió las piernas y se abrazó las rodillas. InuYasha clavó la vista en unos niñitos de dos años que jugaban en la arena. Alguna vez fueron como ellos, dos niños sin hogar.

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Las horas de la tarde en Matsue en ese tiempo se podían definir con una sola palabra: Masacre.

Dos hombres fornidos entraban en la casita de madera y paja y sacaban a rastra y cubierta con una sábana blanca un cuerpo sin vida de una mujer jóven, de pelo negro y ojos chocolate. Su rostro, brazos y piernas estaban desfigurados por horribles pústulas moradas. Una palidez mortal cruzaba su tez y los ojos estaban fijos, clavados en aquel que los mirara.

Un pequeño niño, permanecía inmóvil, abrazándose así mismo, observando con horror y estupefacción toda la desgarradora escena. Miraba como su madre era arrojada a una carreta para llevar heno, ya repleta de cadáveres. La mano de su madre, llena de verdugones purpuras, sobresalía en la tela.

No llores InuYasha…No puedes llorar—se regaño mentalmente el pequeño, mientras luchaba por no resbalar aquellas lagrimas rebeldes que amenazaban por salir y resbalar por sus mejillas. No podía demostrar debilidad. Debía ser fuerte.

¿Eso es todo? —preguntó el aguacil Renkotsu a los lugareños.

Casi—contestó un leñador —. La Joven Izayoi murió…pero su hijo no, el esta alli—y señaló con su hacha al pequeño que estaba en un rincón.

Humm… ¿Esta contagiado?

No señor. No tiene rastro de la viruela. Ya lo revisaron.

Renkotsu se rascó la barbilla. ¿Qué haría entonces? Si tuviera señales de la enfermedad, incluso un leve atisbo de fiebre, en ese caso, InuYasha Taishou sería condenado a muerte. A la hoguera. Pero no estaba enfermo. No había razón para matarlo si estaba sano… Había que pensar en otra cosa.

Veré si la hermana Tsubaki puede aceptar a un niño más —contestó al fin.

Llamó al pequeño, que se veía reticente a seguir avanzando. Tuvieron que empujarlo para llevarlo hasta él. Lo levanto y lo coloco encima de su corcel. Espoleó al animal y avanzaron con paso calmo, entre los gritos de la turba, las casas marcadas con una cruz hecha de sangre para advertir a las visitas. Los gritos de los prisioneros y ayudantes cruzaban la oscuridad: "¡Saquen a sus muertos!"¡Saquen a sus muertos!" pasando con carretillas, llenas de cadáveres. En el camino vieron a grupos de personas, vestidas en harapos, flagelándose en público con cadenas, mazos y látigos, invocando el nombre de Dios...

Pronto llegaron a una enorme edificación, sombría y lúgubre, aislada por un bosquecillo y flanqueada por unas altísimas rejas negras terminadas con picos. Renkotsu soltó la cuerda y llamó tres veces a la aldaba en forma de león que estaba junto a la puerta. Esperaron unos minutos. Una luz proveniente de una lamparilla se vió en la oscuridad y tras de el surgió un rostro de mujer, hermoso y amable, de cabello negro y largo hasta la cintura con ojos color azul oscuro, algo ocultos tras los hábitos de novicia.

Buenas noches; Renkotsu. ¿Sucede algo?

Hermana Tsubaki, ya sé que me dijo que no tienen espacio para más niños y lo entiendo… Esta epidemia resultó ser peor de lo que pensábamos… Pero aquí traigo a un niño que acaba de perder a su madre—dijo el alguacil señalándolo —. Se llama InuYasha Taishou. Tiene aproximadamente ocho años.

¡Oh, dios mío! ¿Pero qué hemos hecho para merecer este castigo? —se lamentó Tsubaki sacando las llaves para abrir la verja de la puerta —; Dios no se olvida de ninguno de sus hijos. Trataremos de hallarle sitio.

El alguacil bajó al niño del caballo y lo dejó a los pies de la novicia. Se despidió de ella y tras montar en su cabalgadura, se perdió en el bosque.

Ahora ven pequeño, los niños y las hermanas querrán conocerte. Ven, no te va a pasar nada—dijo alentándolo con una sonrisa amble, pues InuYasha miraba con aprensión la luz de la puerta. Lo tomó de la mano y lo condujo dentro.

Era un lugar amplio, impecablemente limpio e iluminado, ya de por si repleto de gente. En el largo corredor iban y venían las sirvientas envueltas en largos delantales, hablando con los cuidadores y llevando bandejas de comida y toneladas de ropa sucia. Por aquí y por allá corrían niños, serpenteando entre las macetas y mirando con curiosidad al recién llegado. Tanto alboroto y desorden asustó aun más al joven Taishou de ser posible.

Vamos ahora al comedor. Debes de tener mucha hambre—decía Tsubaki con dulzura, compadecida por la suerte del pequeño.

Aunque era verdad que hoy había recibido a siete niños con la misma historia, había algo en este niño que la enternecía aun más… Su cabello negro y sus límpidos ojos oscuros de los cuales se podían leer todos sus pesares. Le sirvió un poco de pollo asado con pedazos de patatas al horno, pues no era un secreto que el orfanato albergaba casi 100 niños, y algunos de ellos comían como bestias. InuYasha comió un poco.

Hola, ¿puedo sentarme?pregunto una pequeña niña sonriente, cabellos azabaches largos y test blanca como la nieve.

— ¿Eh? Si… si… Clarocontestó con un poco de indiferencia.

Me entere lo que le pasó a tu madredijo mientras tomaba un pedazo de pan. Lo lamento mucho, pero ¿sabes? Mis padres también murieron debido a esta enfermedadconcluyó metiéndose un pedazo de pan a la boca.

Ya veo…dijo el pequeño sin saber que decir, pues nunca fue bueno en las conversaciones…esta enfermedad me desagrada…

A mi tambiéndijo viéndolo a los ojosPor cierto, ¿Cómo te llamas?

Me llamo InuYasha Taishou ¿y tú?

Me llamo Kikyou Fujitaka, estoy segura que seremos muy buenos amigosdijo esbozando una sonrisa.

Cuando llego la hora de dormir, la novicia lo llevó al sector de chicas. Por suerte habían conseguido una cama libre, pero era pequeña y algo maltrecha. Le dio algo de ropa.

Bueno,por hoy te colocare junto a la joven Kikyou, mientras conseguimos una cama extra en el sector de chicos. Hoy tendrás que compartir cama, esto lo hago por petición de la joven que quiere ayudarte pero a partir de mañana dormirás con los chicos. —Decía Tsubaki sentándolo en la cama—. Ahora, vamos a rezar, ¿sí?

¿Porque debemos rezar, si Dios se llevó a mi madre, si no hizo nada malo?—inquirió InuYasha, dolido—. ¡Ella no hizo nada y se la llevó! ¡La mató! ¡Me dejo!

Eso no es cierto, InuYasha—musitó Tsubaki, algo preocupada por la blasfemia del pequeño—.tu madre no está aquí. Pero está ahora "aquí"—y posó las manos en el pecho del pequeño—. Las personas que nos dejan al morir, en realidad no nos abandonan, sino que simplemente se mudan a nuestro corazón. Tu madre ya no va a sufrir más esa horrible enfermedad; ahora está en el paraíso. Un lugar lleno de felicidad que Dios entrega a las personas. Algún día, tú también estarás allí...

Una rama rascaba la ventana de la habitación. Un fragmento de luna se dibujaba en el cristal. El pequeño candelabro que había en la mesita de noche ya se había apagado, pero aun había espirales de humo flotando en el aire. Hacía varios minutos que la hermana Tsubaki se había ido. InuYasha y Kikyou permanecían despiertos, acostados en el estrecho camastro, uno frente al otro. El sueño no llegaba.

Kikyou se la pasó conversando con su nuevo amigo, quería conocerlo y pasar el resto de su vida con él, sabía que aunque no lo demostraba estaba dolido y triste que por más que llamara a su madre mentalmente jamás vendría, solo se alejaba cada vez mas y solo quería estar ahí para él, que no se sintiera tan solo en este lugar, por esa razón le rogó a la madre Tsubaki para que lo dejara dormir en la habitación con ella mientras buscaban un lugar en el sector masculino para él.

InuYasha se mantenía conversando animadamente con su nueva amiga, pero en realidad no sentía tristeza, lo único que dominaba el alma todavía inocente e intacta del pequeño era un odio sordo hacia el destino. ¿Por qué? ¿Porque tenía que ser él? La respuesta de la hermana Tsubaki, aunque era sincera, no lo dejaba satisfecho. Su madre, que a pesar de la escasez, lo cuidaba y lo hacía feliz... ya no estaba. Ahora estaba solo. El, un niño de ocho años abandonado a su suerte en el enorme y sombrío mundo, que era frío y hostil. Sus ojos demostraban serenidad al contrario de su corazón, pero a pesar de todo la compañía de esa joven lo hacía sentir seguro y por una extraña razón quería protegerla

InuYasha…—musitó Kikyou sacándolo de sus pensamientos—, ¿me estas escuchando?

El pelinegro salió de sus pensamientos —Si, lo siento Kikyoula miro a los ojossolo pensaba que sería genial ser amigos para siempre –mintió para no enfadar a su nueva amiga

¿Siempre seremos amigos?

El pelinegro entrelazó su mano con la de la niña, sujetándola. Le sonrió. —Siempre.

Luego de eso el tiempo paso muy rápido donde el joven InuYasha entablo una grata y hermosa amistad con la joven Kikyou, su amistad era inseparable, estaba feliz de tenerla como amiga ya que no se sentía tan solo, un día InuYasha saco un hermoso collar donde estaba una foto de él y unas palabras escritas en el, quería dárselo a Kikyou algún día.

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Cayó una tormenta muy fuerte que había hecho que los que asistían a la festividad, abrieran sus paraguas y los que no lo traían, corrieran despavoridos a sus casas. Conforme la lluvia se volvía granizo y golpeaba las cabezas de la gente, la preocupación de InuYasha por Kikyou seguía subiendo. La casa de Sango y Miroku quedaba algo lejos. Así, pues, la llevó justamente a la nueva casa que había comprado para ellos dos. Era una casita sencilla, cuyos amplios ventanales estaban casi ocultos por las cortinas de color desvaído. Era la primera vez que InuYasha la traía allí; tenían pensado que el pelinegro se la enseñaría al día siguiente, que era cuando Sango y Miroku se fueran del pueblo para Alsacia. Sin decirles mentiras, les diremos por cuanto se la vendieron a InuYasha: Por dos rubíes y una esmeralda. Ocho años antes hubiera sido imposible, pero ahora con la pequeña fortuna, tenían suficiente dinero para vivir por su cuenta.

Cuando por fin se abrió la puerta, los jóvenes entraron al oscuro vestíbulo, empapados hasta los pies y con pétalos de retama en la cara, pelo y ropa, pues al empezar la tormenta, el árbol de retama se desgajó completamente sobre ellos, dejándolos cubiertos de pétalos. InuYasha cerró la puerta y encendió la lámpara de gas que había junto a una mesita. Un agradable resplandor dorado iluminó la instancia, revelando una salita de estar pequeña, ya provista de muebles y con su chimenea. El aspecto rústico y sencillo de la casa encantó a Kikyou, pues veía vagamente en ello la vieja casita de Matsue, con su techo de paja y paredes de hormigón. Con una risita de gozo, tocó todo lo que estaba a su alrededor, extasiada con todo lo que veía. Parecía una niña pequeña en plena Navidad. El pelinegro rió, maravillado con verla así.

—Quería que se pareciera un poco a las viejas casas de Matsue. Seguramente para rescatar los buenos momentos que pasamos en ese pueblo.

Kikyou le devolvió la sonrisa. Antes de la tragedia de la epidemia, Kikyou tenía una familia unida, pobre en verdad, pero no por ello menos dichosa. En solo un día había perdido todo y junto a InuYasha vivio a la sombra de anacoretas y monjas por un año entero. De repente tuvo la sensación de soñar ¿No que hace ocho años no tenían ni camisa para ponerse ni un hogar donde dormir y ahora lo tenían? ¿Era posible? Kikyou sabía que lo era y en parte todo era gracias a InuYasha. Gracias a una impulsividad de InuYasha, tenían una vida tranquila y feliz, la vida sonreía una vez más y sentía como si ese regalo no fuera lo suficiente como para agradecerle todo lo que había hecho por ella.

—Me encanta, es maravilloso todo esto—dijo Kikyou acercándose tímidamente a él y rodeando su cuello con sus brazos—Muchas gracias.

—Eh... Debería decir "de nada", pero en realidad la idea fue de Miroku—musitó InuYasha haciendo una mueca—Creo que no solo para andar de mentiroso y libidinoso es bueno, je je.

Después de una hora, quedó claro que no dejaría llover en esa noche. Después de darse baño para evitar un resfrío y ponerse ropa limpia, se sentaron a comer en la chimenea. Se dedicaron a hablar y a reír de trivialidades mientras bebían leche de las escudillas y partían el pan.

—Nos enteramos por el profesor Totosai: Que la mujer a la que le encargábamos los trajes para las sacerdotisas, a quien considerábamos la mejor costurera de Enbizaka, fue la culpable de esos asesinatos. Dijeron que se volvió loca y que aun sigue lamentándose—decía Kikyou entre risas.

Tan agradable era el ambiente y se sentían tan relajados allí apretujados en el sofá, que antes de que se dieran cuenta, estaban besándose entre los almohadones. Cuando se dieron cuenta de ello, se sonrojaron hasta las trancas y tenían los labios enrojecidos.

—Este… ¿Nos vamos a dormir ya? Creo que tendremos que quedarnos a pasar la noche aquí—musitó InuYasha, seguro de que si seguía así, su poco autocontrol y la poca cordura que le quedaban se irían al caño.

—Eh… está bien—dijo Kikyou, tratando de levantarse—. ¿Dónde dormiré yo?

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—No me culpes por el color de las paredes, pues así me la dieron—repuso InuYasha con una mueca de disgusto al ver las paredes de un verde oscuro y siniestro que le producía ligeras nauseas.

Encendió el otro candelabro de la habitación, revelando un cuarto amplio, con su armario y sus mesitas, un escabel situado en una esquina y una cama amplia con las sábanas ya un poco amarillentas por los años, pero limpia. El ventanal estaba algo cerrado y se veía un fragmento de afuera, azotado por la lluvia.

—Está bien…—musitó Kikyou fingiendo alisar las sábanas para no tener que mirarlo. Estaba nerviosa—Solo necesita algo del toque femenino.

—Sí, el toque femenino—dijo InuYasha burlonamente. Se pasó la mano por los rebeldes cabellos y se rascó la nuca. —Y… ¿Te gusta?

—Ya te dije InuYasha, que me encanta. No necesitas seguir preguntándome eso—contestó algo fría.

—Está bien, solo quería saber—replicó InuYasha algo a la defensiva—. Tu opinión me importa, ¿sabes?

—Pues ya la sabes.

La expresión de molestia de InuYasha se convirtió en una de desconcierto. Unos segundos después, Kikyou también se quedó extrañada. Poco antes, en la sala de estar, habían estado tan bien, hablando y riendo… Hasta el momento en que, al calor de la situación, se hallaron uno debajo del otro en el sofá. ¿Y ahora estaban discutiendo por una tontería? ¿Qué estaba pasando?

—Lo siento, no debí hablarte así—musitó la pelinegra mirando el suelo, abochornada.

—Está bien. Estamos cansados, eso es todo… Creo que ya es hora de irme a dormir—dijo InuYasha con languidez. Besó en la frente a su amiga, musitando un "Buenas noches" y se levantó, dispuesto a ir a la puerta. Con la mano en el picaporte, volteó a ver la pequeña mano de Kikyou en su muñeca.

— ¡Es-espera! —Tartamudeó Kikyou, con una vocecita asolada por el pudor— ¿Puedes quedarte… esta noche conmigo? —la cara de tristeza que puso le trajo a InuYasha vagos recuerdos de infancia, como fantasmas recorriendo ahora la habitación.

—No creo que haya monstruos en el armario, Kikyou—dijo InuYasha en un vano intento de relajar el enardecido ambiente— ¿No crees que es un poco infantil, princesa?

Kikyou no tenía ni idea de porque había dicho eso. Hasta sonó estúpido. ¿Le pide a InuYasha que se quede? Apenas puede controlarse. Si él se queda, ¿no puede pasar algo? ¿No sería mas prudente que él se vaya? Simplemente se quedó mirándolo, sin saber que decir o hacer.

En la habitación todo había quedado en silencio. No sea oía nada, hasta las respiraciones mismas se volvieron ínfimas. Las miradas de ambos traslucía tantos sentimientos contradictorios y que chocaban entre sí: Amor, cariño, deseo, pasión… pero también inseguridad, pánico, miedo e incertidumbre.

InuYasha volvía a oír los gemidos de su amiga, bajo el cuerpo del Duque, resonando en sus oídos. Apretó los puños y miró al suelo, preguntándose si podría soportarlo. ¿El Duque seguiría fastidiándolo hasta después de muerto? Presa de los nervios, Kikyou volteó la mirada y clavó la vista en la pared. InuYasha alzó la vista para ver la frágil figura de su amiga, su hermoso y delicado cuerpo, envuelto en el inocente camisón… Ardía en deseos de rodearle con sus brazos, llevarla hasta el lecho y demostrarle con esa acción todo el amor que sentía… pero al mismo tiempo tiene miedo de lastimarle. Miedo que Kikyou se asuste de él y llegue a compararlo con el Duque. ¡Compararlo con él!

Kikyou observaba como cada una de las luces de la calle se iban apagando una tras otra, con un nudo en la garganta. Por más que deseara darse la vuelta, arrojarse a los brazos de InuYasha y abandonarse, apagar aquella gran sed… algo la hacía dudar, quedarse clavada donde estaba. Estaba segura de amar a InuYasha y ser correspondida. Quería agradecerle todo lo que había hecho por ella de la manera más especial… y a pesar de todo lo anterior, tiene inseguridad. ¿Por qué? Aun tiene dudas de lo desconocido que se abre ante ella, de que vuelvan a lastimarle, de que lo que le están ofreciendo sea demasiado para ella…

Cuando niña, le temía los monstruos del armario y los que se escondían de debajo de la cama. Ahora la teme a los monstruos que habitan su corazón y llenan de dudas y miedos. Y por desgracia, su caballero no podía rescatarla de sí misma. Cerró los ojos.

Luego sintió unos brazos rodearle suavemente la cintura y un cuerpo apretarse a su espalda, ejerciendo una suave presión. La muchacha se estremeció y se abrazó a esos brazos que la aferraban hacia sí. Sintió una cabeza posarse en su hombro y suspirar. Ella movió la cabeza para posarla junto a la de él. No dijeron nada. No era necesario hablar, pues entre ellos podían adivinarse claramente lo que estaban pensando. La tensión estaba en su punto más álgido. Un solo movimiento y ahí terminaría todo.

La única luz de la pequeña vela ya consumida dio un último chisporroteo y se apagó.

Kikyou se volteó lentamente, encontrándose en la oscuridad con esos ojos tan oscuros sobre los suyos, esa imagen tan hermosa… Vamos pequeña Kikyou, déjate llevar, se dijo. Se armó de valor y posó sus manos en las mejillas de su amigo, acariciándolo con las yemas de los dedos. Los brazos de InuYasha que ya estaban en su cintura, se deslizaron hasta su espalda, dejando un rastro de calidez tras de sí. Entrecerraron los ojos y sus labios se encontraron, saboreando el néctar de ambos por enésima vez.

Las manos de InuYasha se posaron en su cabello y desataron la cinta blanca con la que usualmente amarraba su cabello, dejando caer su largo cabello hasta más debajo de las caderas. Se veía más hermosa de esa manera. Kikyou lamió suavemente su labio inferior, pidiendo permiso para entrar, y el pelinegro se lo permitió, abriendo un poco más la boca, sintiendo la lengua de Kikyou enredarse con la suya, dejando escapar pequeños gemidos. Luego de varios minutos, se separaron, jadeantes, mas no satisfechos. Sin detenerse, InuYasha atacó el delicado cuello, besándolo y lamiéndolo, sin atreverse a morder su carne, temiendo lastimarle. Kikyou no dejaba de suspirar, si no fuera que InuYasha la tenia sujeta por la cintura, se hubiera desplomado al suelo.

No podía mas, no podía esperar más. Se separó del pelinegro y con gesto tímido, lo encaminó hacia el lecho. Aunque a Kikyou le temblaban las piernas, siguió adelante. Se sentaron frente a frente, con las narices rozándose y las respiraciones agitadas.

—Podemos detenernos… si quieres—alcanzó a articular InuYasha entre la agitación.

—No —susurró Kikyou moviendo la cabeza, casi al borde de la taquicardia. — No te detengas… No esta noche. Ayúdame InuYasha… ayúdame a olvidar. A olvidar todas las cosas malas que me hicieron. Sé que puedes hacerlo. Quiero olvidar, InuYasha.

—Mi princesa…—murmuró InuYasha tomando su rostro entre sus manos. Tan hermosa se veía, tan inocente… La princesa ha dado una orden. Haría lo necesario para ayudarle a olvidar. Borraría toda marca, toda señal, todo rastro del Duque de Venomania de su cuerpo.

InuYasha se acercó y volvió a besarla, con delicadeza, con cariño, para demostrarle que en verdad la amaba y que no osara compararlo con Naraku. Anhelando más, Kikyou rodeó con sus manos el cuello de InuYasha y le devolvió el beso con impaciencia; una vez más las lenguas se encontraron y luchaban por dominar a la otra. Un delicioso hormigueo les corría por el cuerpo, instándolos a seguir. Kikyou sintió que lentamente iba cayendo hacia atrás, con InuYasha encima de ella, como en la colina, como en el sofá; pero esta vez, no habría marcha atrás.

Con las manos temblándole, Kikyou luchó por deshacer la corbata gris de InuYasha, arrancándolo casi de un tirón. Sin perder tiempo, InuYasha se desabrochó el negro chaleco que se reuniría en una pila de ropa en el suelo. Pronto hicieron un tanto con la blanca camisa, dejando al descubierto su torso, bombeado. Los besos de InuYasha ya bajaban a lo largo de la mandíbula, hasta volver a seguir el trabajo empezado en su garganta, esta vez mordiendo en algunos puntos con cuidado, dejando visibles marcas de su pasión. Estaba dejándole muy en claro a Naraku (Que en el infierno descanse), que Kikyou solo es de él y de nadie más. Deslizó la mano a lo largo de la pierna de Kikyou, pasando por debajo del blanco camisón, acariciando el largo y hermoso muslo, ganando gemidos de su amiga en su oído.

InuYasha queriendo más, deslizó los tirantes del camisón de invierno por sus hombros, besando frenéticamente la piel que iba descubriendo. Kikyou ahogó un grito cuando InuYasha aplastó la boca contra su clavícula. Sabía lo que venía a continuación y se sonrojó enormemente, temblando sin poderlo controlar. InuYasha le acarició la mejilla con tranquilidad y le besó la frente con ternura, calmándola. Asintió e InuYasha deslizó la blanca tela, dejando los pechos de su amiga al descubierto. Eran grandes y bien formados, con los rosados pezones ya erectos.

—Eres muy bella… —musitó el pelinegro, extasiado con lo que veía y la pelinegra no pudo evitar sonrojarse.

InuYasha se inclinó sobre ellos, besándolos primero con gentileza, acariciándolos con la punta de los dedos, y la pelinegra ya gemía involuntariamente. Pronto aumentó el nivel de intensidad, jugando con los pezones, apretándolos y estirándolos, mordisqueándolos y succionando de ellos. Kikyou no dejaba de susurrar su nombre, entre gemiditos de gozo. Era maravilloso oírla.

No existía nada más para Kikyou mientras él la torturaba con las manos, la boca y el cuerpo. Sus piernas se deslizan arriba y abajo de él, entrelazándose juntas, las manos se aferraban desesperadamente en su espalda como naufrago a una boya. Gritaba su nombre mientras seguía retorciéndose debajo de él.

—InuYasha… InuYasha… —suplicó ella arqueando la espada, gritando casi a todo pulmón, instándole a tomar lo que le pertenecía.

—Kikyou…

Siguió deslizando la tela hasta las piernas y sacándola al fin, la arrojó al suelo lejos. El cuerpo de Kikyou, hermoso y delicado, ataviada únicamente con las enaguas, destacaba en la penumbra, con la luna arrancando reflejos nacarados en su piel perlada por el sudor. Era lo más hermoso que jamás había visto y sonrió al saber que esta hermosa ninfa pertenecía completamente a él. Volvió a arrojarse sobre ella para besarla con cariño y ternura, acariciando su cuerpo con sus manos, borrando toda señal anterior y que solo quedara la suya.

Encegada de deseo, Kikyou empujó a InuYasha quedando ella encima de él. Asombrada por haberlo hecho, se quedó un momento sin saber qué hacer. Pero el instinto y la buena voluntad vinieron a ayudarle y se inclinó sobre su pecho, besándolo con dulzura, mientras sus dedos temblaban sin poder remediarlo con el cierre del pantalón negro. Por fin cedió y los pantalones y las calzas fueron sacados y tirados al suelo. Ahora era visible el erecto miembro de su amigo y Kikyou se mordió los labios. Quería hacer gozar a InuYasha tanto como él la hizo gozar a ella, pero no sabía si podía hacerlo. La duda sacudió su mente, se sentía insegura si hacerlo oh no. Quizás InuYasha notando su indecisión, volvió a empujarla sobre la cama, besándola con cariño.

—No hace falta—dijo InuYasha con una sonrisa—. Tenemos toda la vida para que me devuelvas el favor.

Kikyou asintió, completamente avergonzada, pero su bochorno se convirtió en placer al sentir la caliente boca del pelinegro bajando desde sus labios, hasta el cuello, besando y acariciando sus senos, hasta la cintura, explorando cada rincón de su persona.

— ¡InuYasha! —Gritó ella al sentir los labios de InuYasha sobre su estómago, pasando por su plano vientre, haciéndola temblar sin control—. No te detengas… oh por favor, no pares.

—Lo que mi princesa ordene—respondió InuYasha con voz ronca mientras con sumo cuidado, como si estuviera desactivando un explosivo, deslizó lentamente las enaguas, para no asustarla ni incomodarla, dejando al descubierto el sexo de Kikyou, redondo y pétreo como una nuez. Los ojos de la pelinegra estaban vidriosos de placer, no sintió miedo en lo absoluto.

InuYasha, primero acaricio un poco aquella zona que había sido lastimada tiempo atrás y no quería que se volviera a lastimar, luego se inclinó y posó un beso en la entrada de su intimidad, ya húmeda y caliente. Lamía su intimidad con dulzura y cuidado para no lastimarla, la esencia de Kikyou que se acumulaba una y otra vez en su boca, era deliciosa. Entre gritos, Kikyou llegó al orgasmo, arqueando la espalda y jadeando pesadamente, extasiada, maravillada, como si esas sensaciones jamás las hubiera sentido. Tenía la enorme urgencia de tener a InuYasha dentro de ella; tomó su rostro entre sus manos y lo besó frenéticamente, ofreciéndose a él.

—No puedo más—susurró temblorosa—. Por favor, InuYasha… Te necesito… dentro de mí.

—Kikyou…

Llegó el momento. InuYasha se abrazó a Kikyou, estrechando su cuerpo desnudo contra el suyo, preparándola para lo que venía. El pelinegro deslizó su miembro en la dilatada entrada de su amiga, con sumo cuidado, a través de las paredes interiores, entre gemidos de la pelinegra, que por un instante, Kikyou se creyó virgen de nuevo. Finalmente el miembro entró por completo, no sintió dolor alguno y abrazo a InuYasha.

No había nada más. Kikyou dejó escapar un gemido desigual, y rodeó con sus piernas la cintura de su amigo, tratando de profundizar más en el contacto y se aferró a su espalda. InuYasha comenzó a moverse en un delicado vaivén, cuidadosamente, dentro y fuera de ella. Ahora sí son uno definitivamente. Cadera a cadera, piel a piel. Sus respiraciones se estremecían, la sensación de tenerse dentro del otro, era tan sublime, tan intensa, tan maravillosa.

Sus bocas se fundían la una con la otra. Las embestidas subían de intensidad, con movimientos constantes y rítmicos, meciendo la cama con la fuerza de los golpes. Kikyou se retorcía debajo de él, dándole todo a él como InuYasha lo daba todo de sí mismo a su vez. Las sábanas de la cama ya estaban mojadísimas por el sudor mezclado. Las fuertes manos de InuYasha se enredaban en su pelo, sosteniendo su cabeza con tanta seguridad como a sus brazos. Devorando su boca, el pelinegro deslizó una mano sobre la curva de su cadera, acercándola más a él, y Kikyou gritó más fuerte que nunca mientras él la penetraba más profundamente.

— ¡InuYasha! ¡InuYasha!

— ¡Kikyou!

De la boca de ella escapaban gritos conforme InuYasha la embestía una y otra vez; sus músculos se contraían con tanta fuerza y sus paredes vaginales abrazaban la hombría de su amigo, sintiéndose a punto de explotar. Se agarró más fuerte a él, un gemido desgarrador pujaba de salir de su garganta. Entre los jadeos, gemidos y gritos de ambos se oía sordamente el aumento de la tormenta. Más rápido… Los movimientos estaban llegando más rápidos, más profundos, más frenéticos ahora. Kikyou jadeaba desesperadamente, esforzándose debajo de él. Estaba a punto de suceder.

— ¡INUYASHA!

— ¡KIKYOU!

En un sonido ronco que resonó en toda la habitación, InuYasha terminó dentro de Kikyou, la muchacha soltó un quejido desgarrador, también llegando al orgasmo. Se abrazó a InuYasha temblando por los espasmos, sintiendo el líquido caliente deslizarse a su interior. Sin fuerzas, se soltó de su amigo y cayó en la cama, respirando pesadamente. Durante unos segundos no sabía que había sucedido. Al caer en la cuenta, una enorme sonrisa cruzó su rostro. Ya estaba hecho. Por fin le pertenecía a él, en todos los sentidos.

Agotado, InuYasha salió de su interior con cuidado, provocándole cosquillas a su amiga y desplomándose a su lado, luchando por normalizar la respiración. Sonrió al ver a su querida Kikyou respirando agitadamente a su lado. Lo había logrado. Su princesa era completamente de él y nadie podía quitársela ahora. Ahora comprendía las palabras de Naraku: "Es una sensación poderosa, InuYasha. Ser el dueño absoluto de la ninfa que tienes bajo tu poder" Si, era una sensación poderosa, pero no era cuestión tener poder absoluto de Kikyou. Kikyou era libre de amar a quien quisiera, y lo había escogido a él.

—Kikyou…—susurró InuYasha entre jadeos, acurrucándola contra su pecho y besando su frente con amor, mientras agarraba las sabanas arrugadas para cubrirse—Te amo.

—Y yo a ti InuYasha—susurró Kikyou abrazándose mas a el.

Afuera seguía lloviendo torrencialmente y con algunos truenos. Kikyou recordaba cuando niña se escondía en los brazos de su madre hasta que se dejaran de oír los relámpagos. Aun le asustaban un poco, pero después de toda la acción de esta noche y con el sueño que le entraría, no escucharía nada, por lo que se quedo dormida. InuYasha vio a Kikyou dormir tranquilamente en su pecho y con cuidado le acaricio la cabeza, se durmió con una sonrisa dibujada en su rostro.

Empezarían los tiempos de felicidad.