Capitulo 3
La Cornucopia brillaba al sol, reflejando su color dorado de manera que dañase los ojos de cualquiera que la mirase fijamente durante un buen rato. El silencio reflejaba la tensión del ambiente, mientras que los veinticuatro tributos se encontraban en sus plataformas circulares de metal con la vista clavadas en sus objetivos. Parecía que ni siquiera el viento se animaba a soplar cuando comenzó la cuenta regresiva. Esos sesenta segundos que parecieron una eternidad.
El sonido del gong retumbó en la Arena y todos salieron disparados hacia los objetos que se encontraban distribuidos frente a ellos. Rápidamente todo se lleno de gritos y sangre.
Peeta Mellark se abrió paso entre sus oponentes corriendo velozmente hacia los bosques, donde probablemente buscaba resguardarse sin fijarse si Katniss iba tras él. Fue en ese momento en el cual una lanza atravesó el aire para clavarse en su espalda, atravesando su torso. El chico se detuvo en seco, sin poder avanzar mucho más. Sus manos pálidas quedaron manchadas rápidamente de la sangre brillante que intentaba contener de su herida. El público pudo ver como Peeta se desparramaba en el césped teñido de escarlata, mientras sus ojos azules se apagaban por completo…
Haymitch abrió los ojos de sopetón, notando que su respiración estaba acelerada y su pecho subía y bajaba de manera veloz a causa de ello. Tuvo que parpadear varias veces para caer en la cuenta de que se encontraba en su lujoso dormitorio del Centro de Entrenamiento, en la planta número doce del edificio. Y sobre todo, que los Juegos del Hambre todavía no habían comenzado.
Tardó un momento en recomponerse del sueño y, en cuanto lo hizo, se tomó el tiempo para maldecir entre dientes a su subconsciente, culpándolo de aquellas imágenes que no deberían haber interrumpido su siesta.
Después de un desayuno, que incluyó la mitad de un vodka y algunos bocadillos, decidió que era momento de ponerse en marcha y chequear como iba el asunto de sus tributos con sus estilistas. Se dijo a sí mismo que primero visitaría a Katniss, poniéndose como excusa de que "las damas primero". Bien, y porque no quería encontrarse con Peeta tan rápido después de sus últimos contactos en el tren. Le molestaba la idea de sentirse incómodo ante la presencia del muchacho y, principalmente, el hecho de que lo haga sentir de esa forma. Al pensar en ello, prefirió terminarse el vodka.
Sus pasos retumbaron con fuerza en los desiertos y blancos pasillos del Centro, hasta llegar a la puerta de la habitación donde, tenía entendido, se encontraba Katniss. Uno de los ayudantes del estilista de la joven, un extraño al que apenas Haymitch conocía llamado Cinna, le informó que su tributo femenino aún no estaba listo, de modo que su mal humor se incrementó en su camino a la habitación de Peeta, ya que no le quedaba otra. Al llegar a su destino, se detuvo frente a la puerta blanca, a la cual observó unos segundos, meditando. A decir verdad se odió a sí mismo por tener esa clase de estúpidas debilidades. Tocó la portezuela solo una vez y, sin esperar respuesta, la empujó, teniendo ingreso a una sala iluminada, con pocos muebles y, a decir verdad, ocupada solo por dos personas, quienes se volvieron hacia el mentor al escucharlo entrar. El hombre reconoció a Portia, una esbelta mujer encargada de ser la estilista del tributo masculino del Distrito 12, sentada en uno de los cómodos sillones, frente a un Peeta limpio, envuelto en una bata blanca al estar, aparentemente, recién salido de la ducha a juzgar por el pelo mojado que se le pegaba al cráneo. Le fue inevitable mirarlo de pies a cabeza, hasta toparse con su mirada, notando que el chico tenía las cejas alzadas. "Mierda" fue la mejor expresión que se pasó por la mente de Haymitch.
- Haymitch! – exclamó Portia, algo que el hombre agradeció para sus adentros ya que toda la atención del cuarto fue hacia ella – No te esperábamos tan pronto. ¿Qué es lo que…?
- Necesito estar al tanto de cómo están mis tributos, ¿no? – respondió Haymitch, intentando no sonar demasiado hostil, aunque sin mucho éxito - ¿Podrías darnos un momento?
El hombre intentó fingir que no vio la mirada interrogante y, en cierto modo, fastidiada de Peeta al escuchar esas palabras. La mujer demostró un pequeño asombro, pero no pareció oponerse en lo absoluto.
- Claro. Estaré del otro lado de la puerta.
Dicho esto, Portia le hizo un gesto con la cabeza al chico y se puso de pie. En pocos segundos se escuchó el ruido de la puerta al cerrarse y mentor y pupilo quedaron a solas.
- Ella no, pero yo sí te esperaba pronto – termina por decir Peeta, tras unos momentos de incómodo silencio. Su voz sonó cortante, helada y sin expresión alguna; aquello hizo que el adulto lo mirase con el ceño ligeramente fruncido. – Ya sabes… eres mi mentor después de todo, ¿no? – añadió el chico con cierta inocencia. Haymitch suspiró entendiendo sus palabras y le hizo un gesto, señalando el sillón donde antes estaba Portia, como si le pediese permiso para tomar asiento. Aunque Peeta asintió con la cabeza con tranquilidad, él no esperaba que le conteste en verdad y tomó asiento sin fijarse en la respuesta del adolescente.
- ¿Cómo lo llevas, chico? – quiso saber el mentor. Se preguntó a sí mismo interiormente si le importaba de verdad la respuesta o lo hacía por compromiso para iniciar una conversación sin ánimos de discutir. Probablemente, un poco de ambas cosas.
- He tenido tiempos mejores – se limitó a responder Peeta, arrugando un poco la nariz. Fue inevitable que Haymitch lanzase una vaga risa irónica.
- Todos los hemos tenido. ¿Tan mal lo pasaste con los estilistas?
- Regular.
- Eso es mejor que cualquier otra cosa – admitió Haymitch. El chico se encogió de hombros. El hombre no tardó en darse cuenta de que el otro se la pasaba evitando su mirada; en ese preciso instante parecía muy interesado en un cojín del asiento que tenía a su derecha. – Préstame atención a mí y no al almohadón – Haymitch se revolvió en su sitio demostrando su incomodidad, aunque intentó disimularlo, por lo que carraspeó de una manera bien notoria. El panadero lo miró de mala gana - Necesitamos hablar...
- Si es sobre lo ocurrido en el tren... podemos olvidarlo - lo interrumpió Peeta. Haymitch abrió la boca para acotar, pero la cerró cuando se dio cuenta de que no tenía nada que decir. Intentó percibir algún rastro de sarcasmo en el chico, pero no lo encontró, así que se sintió satisfecho. El silencio reinó en la habitación un momento, por lo que Peeta volvió a desviar la mirada, aunque esta vez hacia el techo.
- Bueno... si ese asunto está liquidado, ya no tengo nada que hacer aquí - acabó anunciando el mentor, poniéndose de pie tal como si le hubiesen propinado una patada. Le dedicó una mirada fugaz antes de dirigirse hacia la puerta.
- Ey, Haymitch... - la voz de Peeta hizo que se detenga a punto de tomar la manija; se volvió para ver como el tributo no se había movido ni un centímetro, pero esta vez sí le estaba dirgiendo la mirada - Mantente sobrio esta noche en el desfile.
Haymitch apenas sonrió, mientras abría la puerta.
- Y tú haz que te amen.
El sonido de la muchedumbre hubiese aturdido a Haymitch de haber estado pasado de copas, pero en un estado de mediana sobriedad podía soportarlo. Se encontraba sentado en las gradas que bordeaban la avenida, sujetando el folleto entre sus manos; el papel de éste estaba bien estrujado, demostrando así la ansiedad del mentor. En cuanto la música de apertura retumbó por las calles, la gente se puso de pie para chillar por sus favoritos. Haymitch apenas se fijó en los primeros distritos; no le interesaban ni tampoco estaba de ánimos para fingir que lo hacían. Sin embargo, también se tuvo que poner de pie para comprenden que era lo que causaba más alboroto de lo usual. En principio no distinguió bien de que se trataba, hasta que entre las llamas vislumbró las siluetas de Katniss y Peeta en su carruaje, iluminados de manera cuasi cegadora. Nunca lo admitiría en su vida, pero era incapaz de quitarle la mirada de encima al panadero, cuyos ojos y cabello reflejaban el color del fuego. Entonces lo supo: sus tributos no eran los únicos que estaban en llamas.
