II. ODA A LA AMISTAD IMPERECEDERA

En Mieza la vida era apacible, aunque para mí y supongo que para Lisímaco también, bastante monótona, estaba muy acostumbrado a andar libremente por cualquier lugar, prácticamente crecí en la libertad de los hermosos bosques y extensos pastos de Tracia, me costaba un trabajo sobrehumano vivir entre cuatro paredes y amarrado a las reglas, reglas que por cierto nunca cumplía, era el más indisciplinado de mis compañeros, seguido muy de cerca por Lisímaco.

A menudo me encontraba "impresentable" como decía Hephaistion, siempre con el cabello enmarañado, cubierto de cardenales y arañazos, además con las manos generalmente cruzadas por la maldita vara de Aristóteles que solía aplicarme cuando no me estaba en paz en el laboratorio de farmacéutica. Lo mío era la táctica militar y siempre era de los más avanzados en el entrenamiento militar que también nos empezaban a dar.

-Vaya, vaya, hasta que has encontrado algo de tu talla ¿Verdad pequeño bárbaro?.- Musitaba Kassandros fastidiándome.

Eran regularmente la clase de comentarios que me dirigía cuando estábamos con Leónidas practicando pancracio o pugilato, según lo que se le diera a cada cual, yo por mi parte trataba de tener paciencia e ignorarlo. En más de una ocasión pude darme cuenta del particular odio que sentían mutuamente Aléxandros y Hephaistion por él, creo que con los únicos con los que no tenía problemas era con Cráteros y con Ptolomeo, pero pensándolo bien tener problemas con Cráteros era un suicidio, nadie osaba meterse con aquel sujeto corpulento, y con Ptolomeo… ¡Bah! Él era tan serio y tranquilo que todos lo dejábamos en paz, no fuera que empezara a darnos alguno de sus aburridos discursos acerca de esas tragedias que leía.

También Leónidas solía azotarme cuando empezaba alguna pelea, cosa que no podía evitar, en especial con Pérdicas, aquel sujeto a menudo era mi compañero en la palestra, lo que son las cosas, no necesito decir que nos golpeábamos y hacíamos llaves con particular saña. Aunque nunca más comentamos el incidente del clino sabía bien que dada su personalidad me guardó rencor muchos años. Y si a eso le sumamos que solía hacerle bromas pesadas como meterle sapos a la cama, o gusanos en su asiento… no era de sorprenderse que me detestara.

En el 342 tenía 14 años, una tarde en la que Aristóteles para variar me había castigado por estar durmiendo en la clase de la tarde, la clase "Exotérica" o de "Nociones Comunes", es decir, literatura, filosofía, retórica… había cosas que me interesaban mucho, pero no todo, los que tenían mayor retención para eso eran Ptolomeo, Eumenes, Aléxandros y Hephaistion, en fin… el caso es que esa tarde mientras hablaba de no se que elemento de la Odisea, mi castigo, aparte de los consabidos varazos en las manos, fue quedarme el resto de la tarde aprendiendo al menos la mitad de las rapsodias de la Odisea, y sin cenar.

Y para colmo de males Pérdicas también estaba ahí en el mismo lugar que yo tratando de hacer una infusión, que supuestamente tendría que servir para contrarrestar el dolor a base de diferentes hierbas; en la clase de la mañana, la clase "Acromática", dedicada a cuestiones científicas, nos sometíamos al amplísimo conocimiento de Aristóteles en especies de animales y herbolaria, matemáticas, observación de las estrellas y otras. Muchas veces cuando nos vimos solos en peligro pudimos salvarnos la vida con los conocimientos que adquirimos, al menos sabíamos suturar, preparar medicinas sencillas mediante hierbas y regresarnos los huesos a su lugar.

Pérdicas estaba peleando con la dichosa infusión, al parecer las cantidades no le cuadraban y acababa haciendo un líquido de color asqueroso y que sabía mucho peor, según Aristóteles mismo nos dijo, cuando estuviera lista la pócima debía adormecer ligeramente la lengua y tener un gusto suave.

Yo observaba al borde de la carcajada distrayéndome del pergamino que tenía enfrente, sabía que estaba poniendo demasiada agua y demasiadas hierbas, más de lo necesario, y al calentarla desprendía un humo terrible que me hacía toser.

-Oye, estás mezclando demasiado beleño, ¿No estás usando el cinamomo? Eso le dará un gusto un poco más ligero…-

-¿Tú que sabes? Dedícate a leer lo que tienes ahí.- Contestó cortante Pérdicas.

Me levanté de la silla y me acerqué hasta dónde estaba él en el extremo de la mesa calentando su apestosa poción, observé lo que hervía y vi que nuevamente había fallado, quité el frasco del fuego y arrojé el contenido por la ventana.

-Oye idiota casi lo tenía…-

-No sueñes Pérdicas con eso podrías matar de nauseas a alguien… ésta mañana yo mismo lo hice y me ha salido bien, por eso te dije que es demasiado beleño.-

Coloqué el frasco en el fuego con agua limpia, mucha menos de la que él estaba poniendo, le agregué primero el eucalipto, luego una pequeña cantidad de beleño y al final el cinamomo, Pérdicas observaba con recelo pero me dejo hacerlo, observaba atento las cantidades que tomaba con los dedos, cuando al final estuvo lista ya no olía mal y el color no era tan oscuro.

Le di un empujón jugando y él me lo regresó con más violencia.

-¿Ya está?.-

-Sí, puedes probar, si quieres te golpeo la cabeza para ver si sí funciona.-

Me miro alucinado y olisqueo la poción, la probó y sintió el hormigueo en la lengua, se volvió a mirarme casi con una sonrisa, yo me encogí de hombros y me retiré a mi lugar a seguir memorizando la Odisea, un instante después él salió de ahí llevándose el frasco para mostrárselo a Aristóteles, mientras tanto yo tendría que seguir ahí encerrado mientras los otros seguramente estaban haciendo al vago en el bosque y ya se disponían a tomar la cena, el estómago me empezó a burbujear por el hambre.

-Maldito Odiseo… ¿A mí de que carambas me sirve saber si se ha entrevistado con el adivino Tiresias? ¿Cuánto llevo aquí?.-

Me había dejado caer contra el papiro y la mesa y estaba ahí tirado pensando que seguramente todos estaban en el río dándose un chapuzón por que hacía un calor de los mil demonios y yo castigado…

Escuché unos pasos que se acercaban a mí y pensé que sería Ptolomeo para comprobar qué había memorizado o tal vez Aristóteles.

-Ya voy, ya voy, solo estaba tomando un descanso…-

Me pusieron delante una escudilla de sopa a medio comer y una mitad de pan, el olor me levantó de inmediato y cuando levanté la vista me encontré con los ojos de Pérdicas, arquee las cejas sorprendido y no me atrevía a tomar nada, ¿Sería un Dios disfrazado de Pérdicas? El verdadero Pérdicas no me habría dado ni una piedra con sal.

-Gracias por ayudarme… no pude traer más por que apenas si pude escurrirme del comedor con esto… bueno, ¿Vas a comer o no? Necesito llevarme el plato de regreso…-

Ví una fugaz sonrisa en su rostro casi siempre serio y yo mismo me descubrí sonriéndole también, aunque nuestros ojos eran igualmente azules los de él eran más claros, más gélidos, y con aquella sonrisa amistosa casi parecía otro.

-No hay de qué, gracias…- No supe que más decir, tenía un hambre atroz y me pareció un gesto noble de su parte haberme llevado la mitad de su comida. – Es la mitad de tu comida…-

-No importa, de por sí no tengo mucha hambre…- se sentó sobre la mesa mientras yo comía y observó el papiro. – Memoriza los hechos importantes en el orden en el que van, así será más fácil que un solo hecho te remonte a toda la rapsodia.-

Lo miré pensativo y asentí mientras me llevaba un pedazo de pan a los labios, acabé en un santiamén con la cena frugal que me había llevado, y no supe bien si aquello era una tregua mutua o el final definitivo de las hostilidades, pero… había cosas que no se debían preguntar, solo interpretar.

-Gracias Pérdicas…-

-De nada… ahora me voy, antes de que echen en falta el plato.-

Tomó el plato y se lo llevó, hizo un gesto de asentimiento y se dio la vuelta, andando como siempre, derecho y sin volverse, lo observé hasta que cerró la puerta y pensé en lo extraño que era aquel tipo. Solo esperaba que no le hubiese echado nada extraño a la sopa, tal vez en venganza por tantas que le había hecho.

Filotas ya no se encontraba en el grupo, estaba integrándose a la caballería y lo mismo les esperaba a Cráteros y a Ptolomeo que incluso los habían enviado a ciertas misiones y recibían un entrenamiento militar especial.

Cumplí mi castigo y después de que Aristóteles en persona me escuchó balbucear entre bostezos las rapsodias que había aprendido de memoria, finalmente me dejó marchar y arrastrando los pies enfilé al dormitorio, Lisímaco andaba haciendo al vago y nos encontramos unos metros antes de llegar, me quejaba con él amargamente de que me habían dejado sin comer, no mencioné el asunto de Pérdicas, cuando en ese momento alguien pasó corriendo casi por nuestro lado y nos arrojó.

-Hijo de puta espera a que te atrape…-

-Ese era Ptolomeo…- Murmuró Lisímaco a mi lado –Y por cierto de bastante mal humor.-

-Casi nos echa por tierra.- Me quejé.

Cráteros salió de algún lugar que yo no vi y antes de que nos arrojara de su camino también nos movimos, alcanzó a Ptolomeo y discutieron algo que no pudimos escuchar, a medida que nos acercábamos podíamos distinguir a Ptolomeo furioso, algo que nunca antes habíamos visto, le dio un golpe en el rostro a Cráteros y se marchó, Cráteros le gritó de manera que él y todos los que estábamos ahí escucháramos.

-¡Pero un día has de ser mío Ptolomeo!.-

Todos sabíamos que a Cráteros le gustaban también los chicos y eso era algo muy normal, pero no sabíamos que su instinto recaía en Ptolomeo, hasta ese día, no supe por que era exactamente por lo que peleaban, y tampoco lo pregunté, hasta Kassandros respetaba la intimidad de los demás… bueno casi.

La tregua entre Pérdicas y yo era muy frágil por que bastaba algún comentario o alguna broma para que acabáramos a golpes, sin embargo la mayor parte del tiempo la convivencia era tolerable, algo que a mi amigo de infancia Lisímaco le desagradaba bastante, por alguna razón que yo desconocía Pérdicas nunca le agradó y siempre le pareció alguien artero y poco confiable, pensaba que simplemente se ponía celoso de que lo agregara a mis amigos siendo que él tenía el lugar más privilegiado.

-Deberías tener cuidado con ese sujeto.- Me comentó una tarde mientras andábamos por el bosque con Aristóteles.

-Así pues ustedes ahora están tan preparados como cualquier griego, son civilizados y no son bárbaros, pero no deben sentirse mucho más allá de su verdadera condición, como pueden ver a lo largo de la historia los griegos han sufrido una serie de reveses por sentimientos tan primitivos como negativos tal es el caso de…- La voz del filósofo se perdía entre el grupo y entre los árboles.

-Vamos Lisímaco, estás celoso, yo no te hago comentarios por tu nuevo amigo Seleuco ¿Verdad? Además…- Mi compañero frunció el ceño molesto y se puso colorado.

-No seas idiota Leonato, solamente me preocupa, ese tipo no es de fiar, yo sé lo que te digo…- Y guardó silencio dejándome solo y rezagado mientras él se adelantaba.

Me encogí de hombros y seguí a los demás.

Dos años después, corría el año del 340, ya solo nos encontrábamos unos cuantos en Mieza, Cráteros y Ptolomeo ya estaban en el ejercito macedonio y de vez en cuando los veíamos en Pella, orgullosos con los uniformes macedonios se paseaban ante nuestra mirada de envidia, nosotros también deseábamos mostrar nuestra valía en el ejército pero Filipo consideraba que aún no estábamos preparados, sin embargo un par de veces consintió en llevarnos a foguear con su ejército para someter algunos pueblos al norte de Macedonia, entre los más belicosos los getas. Eumenes, el griego, se había incorporado como parte de la administración del rey, a ese tipo se le daban muy bien los números y como después supimos sentía un amor terrible hacia el dinero.

Joven como era empezaba a sentir la espantosa necesidad de compañía, y a menudo cuando teníamos permisos especiales o pequeñas vacaciones no perdía el tiempo y aprovechaba que las chicas empezaban a seguirme, aprendí el arte milenario de cortejar a las mujeres, procuraba ser discreto y no alardear de mis aptitudes en la cama, el resto de mis compañeros no se guardaban los detalles para sí mismos sino que los compartían a voz de cuello con los demás.

Éramos jóvenes y estabamos explorando nuestra sexualidad, casi todos… casi… solo Aléxandros y Hephaistion parecían mantenerse al margen, si alguno de ellos tuvo una aventura en esos años yo no me enteré, sabía que ambos se profesaban una amistad fuera de lo común y que muy probablemente también compartían otras cosas.

Estábamos en el palacio de Pella, se celebraba el ritual en honor a Artemisa ese año y eran unas fiestas muy esperadas, en especial por que la mayoría de las chicas jóvenes, importantes y solteras se mostraban con sus mejores galas, y era ahí donde se arreglaban la mayor parte de los matrimonios.

Llegaba de una taberna con Pérdicas, estabamos riendo ruidosamente de que habían mandado a paseo al pobre Seleuco y que casi se echó a llorar cuando vio que la chica que tanto le gustaba se dejaba hacer la corte por Kassandros, tengo que admitirlo, Kassandros a pesar de su constitución delgada poseía un rostro agradable y se las apañaba bien para atraer a las mujeres.

-¿Viste su cara? Pobre Seleuco, pero bueno podría conseguirse a alguien mejor, una mujer que se deja conquistar por Kassandros no es digna de un buen guerrero.- Sentenció Pérdicas.

-¿Qué te puedo decir? La chica es… muy ardiente…- Aseguré.

-¿Te la has tirado? Eres un cabrón, ¿Por qué no me lo habías dicho?.-

-Bueno es que eso…- Me quedé callado y me detuve, en el pasillo justo en la puerta de mi dormitorio había una chica esperando, vestida de blanco y con el velo blanco aún en el cabello, era una de las chicas que habían ido a ofrendar a Artemisa, le indiqué a Pérdicas con la vista y él cuando la vio casi se fue para atrás.

-Leonato… espera aquí… ¿Puedes hacer guardia en el pasillo por favor?.-

-¿Pero qué…?.- Ni siquiera me escuchó, fue hasta la chica y la abrazó, ella era Kléopatra, aquella chica de las cartas románticas, y por si fuera poco era la hermana de Aléxandros.

-Debes estar loco Pérdicas, es la hermana del príncipe…- Murmuré de mal talante cuidando que nadie se acercara.

Mientras tanto ellos dos no perdían el tiempo, cuando me volví para echar un vistazo ambos estaban abrazados besándose, ella estaba recargada contra la puerta de mi dormitorio y Pérdicas nada tonto echaba mano por debajo del vestido de ella.

-Donde no se les ocurra meterse a mi habitación para hacerlo…-

Afortunadamente no tuve que seguir de mal tercio en aquel espectáculo, uno de los pajes se acercaba medio borracho sostenido por Cráteros, ya imaginaba a donde iban a parar, le silbé a Pérdicas y él comprendió, Kléopatra se separó de él en un último beso y le dijo algo al oído, me pareció verla llorando, corrió al otro lado del pasillo y yo me acerqué a Pérdicas.

-Estás loco, es la hermana de Aléxandros, además, está comprometida con Aléxandros de Epiro el hermano de Olimpíade…-

-Ya lo sé, me lo acaba de confirmar…- Dijo abatido, me tiró del cabello y me empujo a la puerta de mi dormitorio. – Es hora de dormir salvaje…-

-Buenas noches bárbaro…- Contesté y me metí a mi habitación.

Era bastante tarde pero aún así se escuchaban los murmullos de los que estaban afuera todavía, de los amantes furtivos y de los que se habían pasado de copas, curiosamente mientras trataba de dormir escuché con claridad que la puerta de Pérdicas, a un costado de la mía, se abría… y luego el inconfundible sonido de los que están ofrendando a Afrodita, no podía creerlo, el muy inteligente se había llevado a la cama a la hermana de Aléxandros antes de que partiera a desposarse con el rey de Epiro, me reí y procuré dormir, al amanecer nos íbamos de regreso a Mieza.

Por la mañana Pérdicas apareció en el desayuno como si nada, aunque con aquella sonrisa característica del que ha hecho algo prohibido que los demás no saben, no le comenté nada por que no quería aturdirlo con mis preguntas, además suponía que debía ser para él algo doloroso.

Al llegar a Mieza Aristóteles estaba indispuesto al parecer había comido y bebido demasiado en las fiestas y se encontraba mal del estómago así que nos dio el día, algo milagroso pues primero muerto que dejarnos abrazar por la barbarie como él decía, Aléxandros y Hephaistion lo estaban atosigando con preguntas y los demás deambulábamos por el lugar, estaba solo, me fui a pasear al río y ahí encontré a Pérdicas pensativo, como no me vio llegar corrí y me abalancé sobre él.

-¡En guardia!.-

-Eso es trampa, no es honroso atacar por la espalda.- Me reclamó y empezamos a luchar entre el pasto húmedo y el lodo hasta acabar hechos un asco.

-¡Ríndete salvaje!.-

-Ni loco… ¿Eso es todo lo que puedes hacer?.- Dije al borde de las lágrimas cuando me retorcía una pierna. –Vale, vale, me rindo…-

Me soltó y ambos jadeantes estabamos tumbados con el sol quemándonos, cada vez hacía más calor en ese verano y pronto estábamos cubiertos de sudor también, así que me puse de pie seguido por él y me saqué la clámide, las sandalias y por último el taparrabos, estaba orgulloso de mi cuerpo así que nunca me importó andar desnudo, habíamos adoptado la costumbre de arrancarnos cualquier vello corporal, principalmente por higiene, en el campo de batalla no se puede andar siempre aseado y los piojos son comunes, por habladas de muchos sabíamos que la comezón en los genitales era mortal, nos daba risa mirarnos así, sin un solo pelo en el cuerpo, como efebos, también nos rasurábamos completamente la barba, a la usanza helena.

Pérdicas me miraba de reojo y él mismo se desnudaba para meterse al río.

-Vamos Pérdicas, ¿Qué esperas? ¿A que sea un viejo barrigón?.-

-Ya eres un barrigón…-

-No es cierto…- Comenté molesto y me miré el vientre, absolutamente plano y musculoso, mientras yo me preocupaba por una inexistente barriga él corrió y se arrojó al agua mojándome.

Seguimos chapoteando un rato hasta que estuvimos completamente limpios, empezaba a hacer más calor y no queríamos salir, al parecer los demás tuvieron la misma idea que nosotros y pronto aquello se convirtió en un baño público, Lisímaco gritaba obscenidades, Seleuco le hacía señas obscenas a Hephaistion, y Aléxandros le arrojaba lodo en un puño a Kassandros que evidentemente hirvió de furia. Ptolomeo, Cráteros y Eumenes también estaban ahí, habían decidido visitar al viejo maestro, pero ellos estaban en la orilla sentados charlando.

Finalmente nos aburrimos y salimos del agua para secarnos al sol, ese fue uno de los mejores veranos que yo recuerde haber pasado en Mieza, pero como no todo es felicidad fue ahí cuando estallé finalmente contra Kassandros. Resulta que al salir sin querer pisé su clámide y por supuesto me increpó por ello.

-Ey bárbaro has echado a perder mi clámide y es mucho más cara que todo lo que llevas encima.-

-Lo siento no la vi, además así ya tienes algo que hacer: lavarla.- Le contesté cínicamente, cosa que lo hizo enojar más.

-Yo no sé que es lo que les enseñan a los príncipes en Larisa, por que veo que éste "príncipe" no tiene nada de noble, hasta un ladrón tendría más sangre real.- Se burló con crueldad.

Estallé y me le acerqué furibundo, creo que algo en mi rostro les hizo pensar a los demás que esta vez iba enserio, que no iba a detenerme hasta que le diera su merecido.

-Tal vez Kassandros, tal vez tengas razón, yo por mi parte no necesito colgarme de los atributos ni del cargo de mi padre para ser alguien importante en la corte, ¿Qué no sabes que solo estás aquí por que tu padre es un general muy querido y no por que se te aprecie realmente?.- La dureza de mis palabras dieron exactamente en el blanco, noté que le había dolido lo que le había dicho y perdió aquella máscara de no-me-importa-nada, me dio un empujón.

-¿Cómo dices bárbaro? Tu no eres mejor que yo, a ti te han sacado de tu agreste tierra donde te dedicabas a pastar seguramente y no dudo ni por un momento que la sangre real de la que presumes no existe, tu madre evidentemente es una pastora recogida por un hombre medianamente bien acomodado.-

Aquello era demasiado, ya era inútil hablar, temblé de la rabia y le dejé ir el puño en el rostro, la nariz y la boca le sangraron profusamente, no esperé siquiera a que se recuperara y empecé a golpearlo como loco, él mismo también me golpeaba de la misma manera pero yo de la rabia que sentía ni siquiera notaba el dolor, escuchaba a mis compañeros gritando que nos detuviéramos cuando se asustaron al ver la violencia con la que caíamos al suelo terregoso, apenas por el rabillo del ojo notaba que Ptolomeo y Lisímaco trataban de separarnos pero estaba tan enfadado que no me controlaba ni yo mismo.

-Yo no sé… por qué Pérdicas… te ha adoptado como amigo… él mismo se está convirtiendo en un… bárbaro… ¿O es acaso Pérdicas que… te tiras a Leonato?.- Preguntó Kassandros en el piso mientras le apretaba el cuello, aquello me hizo bufar como un toro.

-¡Leonato suéltalo lo vas a matar!.- Escuche que gritaba Eumenes atrás de mí.

-Leonato…- Murmuró muy bajito Pérdicas…