III. ODA DEL DESTINO

-Puedes acusarme de lo que quieras y se te antoje, pero yo, Kassandros… nunca voy a tener que sufrir como tú por esa espantosa falta de cariño, yo nunca voy a tener que conseguir las cosas que quiero a la fuerza o abriendo las piernas… para ti nunca habrá unos brazos que te rodeen cálidos por las noches, ni de mujer ni de hombre, tú morirás solo, rodeado de ese muro de veneno que te ennegrece el corazón…-

Supe bien que lo que le dije a Kassandros ese día, jamás lo olvidaría, lo supe por la expresión de sus ojos, lo supe por que leí el dolor en ellos y sentí lástima por él, si bien fue sólo un atisbo en un instante desapareció y regresó la rabia de siempre, me miró con profundo rencor cuando lo ahogaba.

-No eres más que un campesino, un bastardo sin honor, un animal recogido del campo y traído aquí a Mieza por compasión, únicamente para que la gente de tu pueblo no se sintiera ofendida y aceptaran apoyar a Filipo… así que "príncipe de Larisa" no te sientas tan importante…-

Tenía unas ganas horrorosas de destrozarle el cuello ahí mismo, pero afortunadamente o desafortunadamente, según se le viera, Aristóteles llegó en ese momento, bastante maltrecho y enfadado, tal vez por que lo habíamos obligado a ponerse en pie o tal vez por que había escuchado nuestra discusión estúpida.

-Ustedes dos… sepárense.- Nos ordenó en un tono que no aceptaba protestas.

Tambaleante me puse de pie soltando a Kassandros de mala gana y miré a Aristóteles, él me devolvió una mirada de decepción y me sentí culpable, Kassandros me dirigió su conocida mirada de odio y luego se volvió al filósofo, todos los demás guardaban silencio, temían al igual que yo, respirar y hacer que se desataran las furias del griego.

-¿Quién ha empezado?.- Inquirió.

Un silencio completo, solo se escuchaba el rumor del agua correr.

-He sido yo, yo he pegado primero, pero es qué…- Reconocí con culpa.

-Eso ya no me extraña Leonato, siempre estás armando revueltas que hasta el mismísimo Alcibíades se sentiría minimizado en comparación contigo.-

Baje la vista y esperé, seguramente me pediría que me marchara de Mieza para siempre. Pero algo en el silencio de Aristóteles me hizo pensar que estaba planeando más. Kassandros sonreía con tal complacencia que me dieron ganas de sacarle los dientes uno a uno.

-Leonato es un bárbaro…- Se burló Kassandros y se dio la vuelta como si aquella escaramuza hubiese terminado y ya estuviera olvidada.

-Veinte azotes para Leonato y veinte para ti Kassandros.-

-¿Pero qué…? Yo no he sido quien comenzó la pelea.- Se quejó el pelirrojo con cara de sorpresa, para ese instante Aléxandros y Hephaistion se habían unido a la comitiva de mi juicio sumario y ambos sonreían al escuchar el primer castigo de Kassandros, el hijo del tan famoso Antípatros, que encima de todo iba a ser azotado delante de los demás.

-El error más recurrente de Leonato es violentarse y arreglarlo todo a golpes pero tú Kassandros… es más deshonroso provocar a tu compañero ofendiendo a su familia y el lugar del cual proviene, no es digno de un guerrero dar esa clase de golpes bajos, por ésta vez me atrevo a asegurar que te mereces lo que te ha sucedido, si no puedes mantener las simpatías de tus compañeros ¿Cómo esperas que una ile* te sea leal? Y tú Leonato… parece que en todos estos años no has aprendido a comportarte con el mínimo de civilización.-

No me quedó más remedio que darle la razón, por vez primera no tenía ni una sola queja de las sentencias de Aristóteles, se dio la vuelta y me imaginé que iba por la odiosa vara para azotarnos.

-No debiste ofuscarte tanto… ya sabes que a ese idiota solo hay que ignorarlo.- Me comentó Pérdicas acercándose a mí, lo observé con una sonrisa irónica.

-Por cuarenta azotes con gusto le hubiera roto los huesos y de buena gana… aunque no me pudiera levantar del clino en un mes.-

Pérdicas negó con la cabeza y se rió de mi comentario cínico, sus ojos azules me decían que en parte se sentía culpable, por que Kassandros nos había ofendido a los dos y solo yo fui quien le plantó cara, pero… ¿Acaso no uno hace eso por los amigos?.

-Te viste lento, debiste dejarlo para el arrastre antes de que llegara el viejo.- Lisímaco que estaba ahí también me dio un codazo en las costillas.

Los mayores se marcharon, no tenían interés en ver como nos azotaban por nuestras niñerías, el resto de nuestros compañeros se quedaron ahí, y no por mórbidos, creo que más bien fue por lealtad. Aristóteles regresó acompañado de un esclavo que llevaba la vara húmeda para el castigo, yo tragué saliva, ya no había necesidad de descubrirme, estaba completamente desnudo igual que el pelirrojo, había un tronco cortado de un árbol en el que a veces se sentaba Aléxandros a reflexionar, me puse de rodillas casi aferrando el tronco con los brazos, ya estaba acostumbrado pero no a tantos azotes, creo que a medida que crecía, el número de azotes aumentaba también.

El primer latigazo me enrojeció la piel, apreté los ojos por el ardor, pero no me quejé, nunca me quejaba, sabía aguantar muy bien el dolor, además no lo haría delante de los demás y menos delante de Kassandros. Para el séptimo golpe la piel me escocía y sentía que los hilillos de sangre escurrían por la espalda. Levanté la vista y mi sorpresa fue mayor cuando ahí en mi campo de visión estaba Pérdicas mirándome compungido, casi pude olvidarme de los latigazos… casi… aquellos ojos azules estaban sufriendo por mí el dolor de los latigazos, él sentía el dolor de mi cuerpo y me devolvió una mirada confusa… yo no lo sabía entonces y no lo entendí hasta después.

Le saqué la lengua jugando y el simplemente sonrió, aquella mirada… me dolió… más aún que los golpes que ya casi no sentía por ahí del número dieciocho; al fin terminó mi castigo, tenía las piernas tambaleantes, hice acopio de fuerza y me puse de pie lo mejor que pude, tomé mi ropa y me marché, los demás sí se quedaron a mirar a Kassandros solo por humillarlo, y después Seleuco me dijo que no había siquiera soltado un quejido, que aguantó por puro orgullo, aunque tenía casi los ojos embotados de lágrimas de dolor.

Disponíamos de baños, baños fríos y baños de vapor, no puedo jurar que fueran unas termas, ni unos baños tan magníficos como los del palacio de Pella. Recién azotado y pensativo me refugié ahí, en el baño frío, tomé la jofaina más cercana, misma que llené de agua, cogí un ungüento, que por cierto era una receta antiquísima para las heridas, y un lienzo.

A menudo me las arreglaba cuando estaba lastimado, solo que no había tenido tantos verdugones que curar, metí el lienzo en la jofaina para limpiarme la espalda, pero obviamente no alcanzaba todos los verdugones.

-¡Por Ares…!.- Maldije absorto en el ardor de la piel, las costras empezaban a formarse y dolía quitarlas para limpiar.

Recordé los ojos de Pérdicas y reconocí en ellos una mirada de la que hacía mucho tiempo no me acordaba… la de mi madre, Lanice, la mirada de culpa…

Una vez, cuando tení años, recibimos una corte de atenienses, me parece que el asunto que los traía era un problema acerca de un proscrito al que creían exiliado en el territorio de Larisa. Mi madre observaba a los extraños desde su balcón, al igual que yo; ella miraba al más llamativo de ellos: un tipo muy alto, casi tan alto como mi padre, de espaldas anchas y caderas escurridas, su cabello negro brillaba como el onix, y sus ojos grises demostraban inteligencia; mi madre reparaba en él y apretaba con fuerza el peine que tenía en una mano, pronunció un nombre: "Alceo", lo miraba triste, lejana, sentía el temblor de su espíritu exaltado como el mío, lloró, yo me asusté y vi culpa en sus ojos.

-¿Por qué lloras?.- Preguntó mi vocecilla.

-Por que hace tiempo no pude defender lo que quería, soy mujer, solo puedo obedecer…-

-¿Qué no pudiste defender?.-

-Fue hace tanto que creí haberlo olvidado.-

-Me tienes a mí.- Dije orgulloso.

-Te tengo a ti hijo de Anteo.- Me dijo con profunda tristeza y tanta culpa que ni siquiera el mismo Edipo sintió al saber que su esposa era su madre también.

Desperté con brusquedad de mis recuerdos, una mano sobre mi hombro me agitaba impaciente.

-Del dolor ¿Te has marchado de éste mundo?.- Ironizó Pérdicas.

-Ja, no seas bobo, hacen falta cien latigazos para que me queje.- Dije con pretensión. -¿A qué vienes? Permitiste que esa víbora se burlara de los dos.- Le lancé de inmediato.

No supe por que lo reñía, creo que en el fondo me dolió que no hiciera nada por defender mi honor, tal como yo defendí el suyo. Me puso mala cara y me empujó por el hombro.

-No tenía caso enojarse por una suposición tan fuera de lugar.- Aquella respuesta peregrina me enervó más.

-¿No? A mí si que me ofende.- Me estaba enojando por nada… ¿Por qué?.

Él se quedó callado, tan callado… casi podía escuchar a Eris murmurando a mi oído, haciéndome enfadar y deseando… ¿Qué deseaba?.

-No voy a discutir boberías.- Culpa en sus ojos.

Me hubiera gustado leerle el pensamiento, aunque así, bien sabía que me estaba ocultando lo que realmente pensaba. Sus labios no se abrieron más, me quitó el lienzo de la mano y se dispuso a lavarme las heridas.

Hay quienes lavan sus culpas como mi madre, con lágrimas, con la hecatombe de saberse atados a un destino funesto; hay quienes las lavan con sangre, como yo… y hay aquellos, que lavan sus culpas remojando el lienzo en una jofaina, ocultando punitivamente algo que se teme…

Respeté su silencio y lo acompañé con el mío, me untó el ungüento con mano trémula; cuando terminó, por raro que parezca, me sentía sin valor ante él, miraba absorto mi desnudez, y yo, como soy un bárbaro, lo eché todo a perder.

-¿Qué miras? ¿Mi ofrenda?.- Dije provocándolo, se puso colorado y sus ojos ardieron de rabia.

-¿Qué podría verte, estúpido?.-

No contaba con esa respuesta y la sonrisa se me borró, me quedé sin saber que decir, tal vez era que en ese día había tenido muchas emociones y prefería poner tregua de por medio, tomé mis ropas completamente mudo, pero el adolescente rubio que me miraba iracundo no se pudo contener, y algo dentro ardía dejándome desarmado, fue tan veloz…

En un instante sentí unos labios carnosos sobre los míos, una tensión entre los dos, ante lo prohibido, ante lo nuevo, mis propios labios no me obedecían y cobraban vida ante el embrujo de Pérdicas; yo no sé sí él, al igual que yo, se disipaba en mil pensamientos, pero sí puedo decir que esa tarde, entre las paredes de mármol, perdí ante él, algo que ni en el pancracio, ni en el pugilato pudo hacer… ganarme.

Fue la lengua de fuego, fue la saliva que hervía con la mía, fue la cercanía de un deseo muy escondido, velado… el encanto se rompió cuando nos dimos cuenta de que solo había dos caminos: seguir o detenerse, y fue él quien decidió. Se hizo para atrás y me miró confuso.

-No… pensé… es que… maldición…- Habló torpemente, la magia se acabó, los ardides de Afrodita fallaron y se fue dejándome confundido, excitado, exaltado y odiándolo por abandonarme con mis miles de ideas revueltas.

A mis 16 años me sentí completamente fuera de lugar, no me decidía en sí lo que pasó me gustó o no, en sí estaba enojado o apenado. Me llevé un dedo a los labios y los noté húmedos, todo fue real… no lo estaba imaginando.

Lo busqué toda la tarde, pero él se escondió y no pude encontrarlo, hasta que él quiso salir de su escondite, me salió por la espalda en mitad del bosque. Sostuve su celeste mirada interrogándolo.

-¡Vete!.- Me gritó.

-¿Irme? Carajo, ¿Yo por qué? ¿Por qué no te vas tú?.-

-¡Lárgate!.-

-Maldito seas, ¿Para qué me besas si luego me vas a echar? ¿A qué juegas?.- Le disparé hiriéndolo como él a mí.

-¿Eso que importa? Tú no sabes nada.-

-Tienes razón, maldito.- Y sin poder contenerme le lancé un golpe al estómago, se dobló y me dirigió una de sus particulares miradas iracundas.

-Ni lo creas Leonato, no te atrevas a mirarme como a un débil, como una mujer… no lo soy.-

-Por Zeus Victorioso, Pérdicas, ¿Qué te pasa?.-

-¿Crees que por lo que ha pasado me puedes mirar como a un kínaidos*?.- Me reprochó.

La verdad era que no lo había pensado, no era eso precisamente lo que me pasó por la cabeza, lo había buscado por qué… por que quería saber qué era lo que él buscaba, qué era lo que nos había pasado en los baños. Su conducta me sacaba de quicio y me hizo enfadar aún más.

-Bien, no lo pensé, pero ahora que lo dices tal vez te considere uno de esos.-

Su respuesta no se hizo esperar y me golpeo con la misma fuerza con la que yo lo había hecho, y una vez más me había dejado ahí, en medio de la nada, como todo un imbécil. Que fácil era huir, que fácil era dar la media vuelta y fingir que nada pasaba.

Me marché al río y me quedé sentado en el tronco al cual me había abrazado mientras me azotaban, me quedé ahí pensando en qué era lo que había hecho mal, según yo, había defendido el honor de los dos, me había ganado unos buenos latigazos y… me había dejado besar por primera vez por un varón, no era que esas cosas me asustaran, yo sabía eran comunes entre hombres jóvenes, pero también sabía que eran mejor aceptadas esas costumbres cuando se trataba de un hombre joven y uno maduro, paiderastia.

¿A qué carajo jugaba Pérdicas?, y esa duda me aquejó toda la tarde, ni siquiera me presenté a la comida y dejé pasar también la cena mientras caminaba sin rumbo, de todos modos, los demás probablemente estaban tan entretenidos con el chismorreo del castigo de Kassandros que no notarían mi ausencia.

Y si lo analizaba en retrospectiva, nunca imaginé a Pérdicas albergando esa clase de sentimientos por mí, o lo que fuera, siendo sincero, me sentí un tanto halagado. ¿Y yo? ¿Cómo había llegado a corresponderle con la misma fuerza? Estaba en serios problemas.

Ya había caído el sol, según mis cálculos era ya la primera guardia de la noche, decidí regresar a los dormitorios, empezaba a soplar un viento frío y solo llevaba una escasa clámide.

Me quité en la puerta de los dormitorios las sandalias y me las llevé en la mano, no quería hacer ruido, no quería llamar la atención de los demás; casi todos estaban dormidos, él único que parecía despierto era Lisímaco, cuando me vio me hizo una seña de que me callara, como si hubiese entrado seguido de una procesión de hetairas, le sonreí y me fui directo a mi clino, le eché un vistazo a Pérdicas, parecía dormido, pero no lo estaba, tropecé con mi propio baúl y solté una retahíla de maldiciones en voz baja.

Me eché en el clino solo con el taparrabos, me quedé un buen rato mirando el techo con las manos bajo la cabeza, a mi lado, mi odioso compañero se revolvía discretamente en su clino, tal vez para que yo no me diera cuenta que estaba despierto, pero lo sabía, lo conocía tan bien que con los ojos cerrados reconocía su respiración cuando dormía profundamente, cuando tenía pesadillas y cuando, como ahora, no podía conciliar el sueño. Paso un largo rato, aquella duda y aquellos recuerdos me estaban volviendo loco, así que decidí ponerle punto final al asunto, sabía a lo que me arriesgaba, pero por mi propio bien, y tal vez para satisfacer mi propia curiosidad, necesitaba pruebas, necesitaba saber…

Eché despacio a un lado mis mantas, me senté y contemplé el cuerpo de Pérdicas alumbrado ligeramente por la luz de la luna, un tercio apenas de la luna, su cabello tan rubio brillaba como el oro fundido, a decir verdad me pareció hipnótico, me puse de pie y con tanto sigilo como pude me metí a su clino…

Cuando muchos años después nos enviaron a Ptolomeo y a mí a una misión, platicamos una noche sentados cerca de la fogata, él me preguntó que era lo más audaz que había hecho en toda mi vida, yo me reí, y pensé un momento, le contesté que lo más audaz había sido lo que hice en el bastión de Tebas, le mentí… aunque en aquella ocasión en el sitio de Tebas también tenía que ver Pérdicas… lo más audaz que había hecho… fue lo que hice esa noche en el dormitorio.

Pérdicas se volvió a mí con violencia, interrogándome con aquellos ojos azules, asustado, iracundo, dispuesto a golpearme y echarme por tierra, pero yo fui, ésta vez, más veloz, y le tapé la boca para que no levantara la voz, lo aferré debajo de mi cuerpo para que no se moviera.

-Shhh… vas a despertar a los demás… Pérdicas… yo… quiero saber…-

Murmuré torpemente y antes de que tuviera tiempo de hacer nada le descubrí la boca y lo besé, un beso profundo, chispeante de adrenalina, reconociendo sus labios, tan nuevos para mí, y esa lengua que me había hecho sentir cosas que nunca hubiera imaginado, el calor de su cuerpo… la intensidad de su abrazo… aunque lo negó después, fue él quien más ansioso se mostró atrayéndome contra sí.

Si mi padre me viera en éste momento, creo que no dudaría en desheredarme y hacerme desollar delante de todo el pueblo de Larisa.

El corazón se me desbocaba, más aún cuando entre mis muslos sentí la ofrenda de Pérdicas completamente enhiesta, sí, me asusté, pero algo que no alcanzaba a comprender me empujaba a seguir, al igual que le pasaba a mi compañero; me correspondía con la misma fogosidad, que hasta entonces yo no conocía. Mis manos encontraron solas su camino y acariciaban con torpeza su cuerpo, hermoso, musculoso, el cuerpo de un hombre… como yo, mis dedos se deslizaban por su cadera y sin necesidad de ordenarles nada, ellos mismos hallaron la manera de desatar su taparrabos y dejarle libre, una de mis manos se apoderó de su sexo, y por instinto supe mas o menos que hacer, aunque él quiso quitarme la mano de ahí, no lo hice.

-Leonato…-

Alcanzó a decir cuando se separó un poco de mis labios que lo besaban con exigencia, él me abrazaba, sus manos me tocaban tímidamente, se agitaba debajo de mí, su respiración se aceleraba, le deje respirar mientras le besaba torpemente en el cuello.

No sé que esperaba él de mí esa noche, y tampoco yo mismo sé que buscaba en su lecho, solo puedo asegurar que su piel era agradable, su calor, sus labios, y era hermoso verlo así, excitado… por mí.

Jadeaba tratando de controlarse, en silencio, yo mismo al ser hombre reconozco aquello, la manera en la que se aferraba a mí… lo volví a besar solo para escucharle jadeante entre mis labios y también para evitar que hiciera más ruido, de por sí el clino emitía de vez en vez ruido por el peso de los dos, sentí la tibieza de su esencia en mis dedos, el temblor de su cuerpo en éxtasis.

Observé sus ojos, aquellos ojos, me eran tan enigmáticos; Pérdicas no era de los que decían mucho, pero sus ojos comunicaban todo lo que él guardaba en su interior, me devolvió una mirada amistosa, como la de siempre, solo que algo estaba cambiando entre los dos en ese momento, me aventuré a tocar su rostro; verlo a diario era una cosa, verlo furibundo era lo común, pero así… era diferente; me recosté en su pecho, escuchaba su corazón poco a poco regresando a la normalidad, y él se conformaba jugando con mi cabello, no dijimos nada, las palabras salían sobrando, y ambos, teníamos miedo de abrir la boca y terminar de manera violenta como en el bosque, permanecimos así unos minutos, simplemente sintiéndonos el uno en el otro, regresé su taparrabos a su lugar, él mío permanecía en su lugar, en realidad no me importó que no me procurara ninguna atención, me sentí bien de haber sido yo el que le dio placer, le besé por última vez antes de levantarme.

-Buenas noches salvaje…- Susurré.

-Buenas noches bárbaro… era al revés tonto…- Dijo aguantando la risa.

Me fijé si alguien se había despertado, pero no era así, todos dormían profundamente, me acosté y me cubrí, antes de dormirme me volví a Pérdicas, éste permanecía despierto mirándome atento, le sonreí y cerré los ojos pensando en cómo todo lo que había sucedido me tenía mareado y caminando casi en la cuerda floja.

*ile- de la caballeria de los "hetairos" un escuadrón era llamado ile, el escuadrón particular del rey.

*kínaidos- homosexual, es el término para referirse al hombre "invertido", el hombre invertido que gusta de otros hombres de su misma edad, aplicable para el "invertido" pasivo, el que gustaba de ser penetrado por otro hombre.