IV. ODA DE LOS AMANTES

Desperté ofuscado, después de haber dormido tan profundamente, tan jodidamente bien, fue el jaleo del arrastre de los arcones de mis compañeros y las voces excitadas de todos lo que me llevó a abrir los ojos, todavía bostecé con pereza echado en el clino como un león, y me estiré antes de decidir poner los pies sobre el piso, recordé que anoche no me había portado del todo bien, y el ardor en la espalda por los verdugones me hizo regresar a la oikouméne* de inmediato, eso y la incertidumbre de no saber ahora cómo iba a reaccionar Pérdicas.

Pérdicas no estaba en su clino, de hecho sobre su clino se encontraba su bolsa de piel, la bolsa que usaba para viajar, su arcón estaba abierto de par en par con algunas cosas revueltas dentro.

-¿Qué no te piensas levantar flojonazo?.-

-Ya voy, ya voy… Por Hades, ¿Qué pasa aquí Seleuco?.-

-Mientras roncabas ha llegado Peukestas con buenas nuevas…- Me dijo Seleuco dándome un golpe mal intencionado en la espalda adolorada.

-¡Hijo de exótica! Me duele…- vociferé.- ¿Quién dices que es Peukestas?.-

-Ya, es para que despiertes del todo…- comentó riendo.- Te decía… ummh… creo que no conociste a Peukestas, cuando tu llegaste el se incorporó a los pajes, pero sí lo has visto… con Ptolomeo o Cráteros… es un…- Y podía seguir así Seleuco perdiéndose en sus explicaciones, suspiré y lo detuve antes de que me dijera con cuantas personas se había acostado el tal Peukestas en los últimos 4 años.

-Bueno no recuerdo, ¿Dices que está con los pajes? Lo que debería de hacer el buen Peukestas es hacerme una paja a mí… en fin, entonces todo esto tiene que ver con…-

Y Hephaistion que pasaba por ahí decidió salvarme, Zeus lo bendiga…

-Mejor apúrate Leonato, partimos en cosa de un rato… Filipo ha consentido llevarnos como parte del ejército, no solo como reservas… Aléxandros comandará una fracción del ejército del rey, y con él nosotros…-

-¿Enserio?.- Eso sí me hizo levantarme de un salto, ya ni me volví a mis compañeros y empecé a echar las cosas que iba a necesitar en mi bolsa de viaje, cosa que hizo reír a Seleuco y Hephaistion.

-¿Dónde está Aléxandros y qué dicen que vamos a hacer?.- Pregunté echándome a la boca a toda prisa una manzana a medio comer que había dejado por ahí hacía cosa de dos días.

-Que asqueroso eres Leonato, ¿Te estás tragando una manzana que lleva pudriéndose varios días ahí?.- Murmuró Hephaistion. – Ha habido una revuelta…-

-… de los medas en el valle del Estrimón, y vuestro príncipe, Aléxandros como comandante de las fuerzas macedonias se encargará de sofocarles…-

El tal Peukestas era el que había terminado de completar la explicación de Hephaistion, ahora sí que lo recordaba… claro, había bebido con él un par de veces y me lo había encontrado en el barrio… del que no se hablaba. Por lo que sabía era un buen guerrero y se rumoraba que pronto estaría a cargo de los escuderos y si las cosas le iban bien sería el escudero real.

-Qué bien… por fin vamos a pelear de verdad… ya me había cansado de pelear en la palestra y cazar…-

-Y de retorcerle la pierna a Pérdicas…- Terció Lisímaco provocando las risas de todos.

-A callar bola de inútiles que ya saben que yo aquí soy el que manda en cuestiones de pelea…-

-De pelea bruta carajo, aún no me sana bien el brazo Leonato…- Se quejó Seleuco.

Peukestas me sonrió compadeciéndose de mí, mis compañeros encontraban gracioso fastidiar a alguien cada día y creo que me escogieron a mí en esa ocasión, me arrojó el uniforme del ejército, mismo que llevaban mis compañeros, sentí por primera vez la emoción que precede a la batalla, sonará ridículo, pero es algo intenso, algo que se siente como un hueco en el estómago y que electriza todos los músculos, cuando saqué del fondo del arcón mi espada casi temblaba, la espada que me había dado mi padre antes de partir, pertenecía a él y también se la dio su padre antes de su primera batalla, la sopesé en mi mano, la sentía ligera y perfecta, las incrustaciones de joyas brillaban igual que la empuñadura bruñida en oro.

Me puse el uniforme de los philoi* del rey, en éste caso del príncipe, coloqué mi espada en el cinturón y comprobé mi aspecto, creo que todo estaba en orden. No había visto a Pérdicas, y me había olvidado de él hasta que me llamó tres veces antes de que le hiciera caso.

-Hola, ¿Porqué no me despertaste?…- Me acerqué a él discretamente, toqué su mano, él la quitó de inmediato incómodo y me trató con deferencia.

-Dormías muy profundamente y no quise despertarte…- Me miró frunciendo el ceño al notar mi contrariedad al sentirme rechazado.- Oye… no pensarás que después de… -

-No claro no pienso nada… olvídalo.- Murmuré dándole la espalda y cerrando mi bolsa, me tomó del hombro y me hizo volverme con violencia a él.

-No me puedes tratar como a una mujer, ni tampoco tienes que tratarme con delicadeza como un afeminado… ¿Me oyes Leonato? No pienses que por lo que ha pasado las cosas tienen que cambiar.- Sentenció, tenía ganas de partirle la cara.

Quité su mano de encima de mi hombro con altanería y lo miré fríamente, me eché la bolsa al hombro y me dispuse a salir como el resto que ya empezaban a marcharse de los dormitorios para tomar algo frugal antes de partir.

-Bien, en lo que a mí respecta sigues siendo el imbécil de siempre.- Pasé por su lado empujándolo y haciendo que cayera sentado cuando se tropezó con su bolsa que había dejado en el piso, lo escuché lanzarme maldiciones y me fui dejándolo ahí, enojado por su maldita forma de jugar conmigo.

Ahora que lo pienso ¿Qué esperaba yo después de unos cuantos besos y un manoseo en mitad de la noche? Claro, nada, solo fue eso… un escarceo amoroso que no significaba nada.

Durante el breve desayuno Aléxandros nos explicó que tendríamos que dirigirnos a toda prisa con los ejércitos de Filipo al Estrimón, mucho más arriba de Anfípolis, había un motín en el valle y teníamos que terminar con él, puesto que como respuesta habían enviado la cabeza del mensajero de Filipo, las ordenes a palabras de Antípatros fueron: Repelerlos y acabar con la población rebelde. Lo que significaba limpiar todo, hacernos con los niños y mujeres para venderlos como esclavos y deshacernos de todos los varones, adolescentes, jóvenes y viejos.

Filotas llevaría a la caballería, ayudado de Ptolomeo, Seleuco y Lisímaco también estarían con ellos, Cráteros estaría entre los pezhetairoi* entre los que estaríamos Pérdicas y yo, de la seguridad del príncipe se encargarían Peukestas, Hephaistion y Kassandros, algo que me pareció extraño, pero supuse que lo habían puesto ahí, en primera para probar su lealtad y en segunda por que Antipas (era un sobrenombre amable que le dábamos a su padre Antípatros) estaba ahí.

Yo por mi parte no me sentí aliviado de tener que ir con Pérdicas, estaba enojado con él por que finalmente no entendía que demonios era lo que quería de mí, y opté por ignorarlo completamente, íbamos montando juntos en completo silencio, de vez en cuando comentaba algo a lo que yo le respondía con un "sí" o un "no", Cráteros rompía el silencio a menudo haciendo comentarios obscenos sobre este o aquel soldado. Creo que cantamos todas las canciones que nos sabíamos y al final hasta una que otra tonada nueva.

El viaje nos tomó tres días, no era la primera vez que viajaba distancias largas a caballo, así que no tuve ningún problema con ello, el problema fueron las tiendas, yo tuve que compartir mi tienda con Pérdicas, no me podía ir a quedar con Lisímaco puesto que él también tenía que permanecer con la parte del ejército que le correspondía, además estabamos de extremo a extremo, la incomodidad entre Pérdicas y yo llegó a tales puntos que casi evitábamos mirarnos, cuando hacía unos cuantos días éramos tan buenos amigos… ahora ya no éramos más que desconocidos.

En aquella primavera del 340 la alianza de Tebas y Atenas se concreta, en contra de Filipo desde luego. Los tiempos que corrían ciertamente eran peligrosos, sabíamos bien que los planes de Filipo no se podrían llevar a cabo sino mantenía unidos a todos los griegos, y a pesar de que siempre habíamos tenido en alta estima a los atenienses, parecía que ellos no habían dejado de vernos como unos campesinos revoltosos… ya sabíamos que Demóstenes contribuía a ello y llamaba al rey: Filipo el bárbaro. Si deseábamos marchar contra los persas era necesaria una alianza definitiva con todos los pueblos libres griegos… pero Atenas que jugaba el maldito papel más importante parecía ser seducida a cada instante y cambiaba de bando en un dos por tres.

-Si los atenienses saben lo que les conviene se unirán a la Liga Panhelénica, ya no son más una potencia y lo saben… con sus escasas fuerzas no pueden hacer gran cosa.- Comentó Ptolomeo el día antes de la batalla, estábamos a orillas del valle. Ptolomeo siempre se caracterizó por ser el más juicioso y también por ser el más prudente. Parecía que dada su naturaleza me daba la impresión de que siempre estaba maquinando planes.

-Pueden aliarse eso es lo único que pueden hacer, pero si cercáramos a los que están dispuestos a prestarles ayuda, los tendríamos en la mano.- Convino Cráteros.

-Todo se resolvería teniendo la cabeza de Demóstenes estacada en el Ágora de Atenas.- Comenté fastidiado de los malditos moscos que no me dejaban en paz.

La mayoría de los que estaban ahí sentados alrededor de la hoguera bebiendo y que me oyeron convinieron conmigo, otros rieron de mi sinceridad.

-Deberíamos enviarte a ti para que lo hagas.-

-Cállate Kassandros que la única cabeza que cortaré será la tuya.- Ese pelirrojo de verdad no aprendía.

-A fe mía que lo hará Kassandros.- Terció Aléxandros de pie a un lado de Hephaistion. – Y basta dejen de pelear por una noche, mañana nos espera un largo día y más nos vale hacer las cosas bien… so pena de muerte.-

Omitió decir que era nuestra obligación y que además el rey dependía absolutamente de que termináramos con la revuelta, Hephaistion colocó una mano encima de la de Aléxandros para apoyarlo, yo desvié la vista. Nunca los había visto tan conectados como ese día, sentí cierta envidia.

Me puse de pie y me despedí brevemente de mis compañeros, la verdad es que no tenía sueño, con tanta adrenalina en mi cuerpo ya casi soñaba despierto con maniobrar mi espada y descargarla en el enemigo.

La parte del campamento que nos correspondía estaba plagada de murmullos, muchos estaban en sus tiendas o en grupos pequeños platicando, otros afuera alrededor de las fogatas, aún así no había mucho ruido, todos parecían hablar bajo, como reservando sus fuerzas para la mañana siguiente.

Me metí a la tienda, que por cierto no era muy grande, encendí una de las lámparas y repasé por última vez mi armadura, brillante y recién pulida, me senté sobre la colchoneta que usaba para dormir, y tiré de una de las cintas de mi sandalia, Pérdicas entró en ese momento, y como había hecho en los últimos días lo ignoré, pero él se sembró delante de mí, alcé la vista mirándolo despectivamente.

-Quítate me tapas la luz.-

-Leonato, tenemos que hablar.-

-No tenemos nada que decirnos, ahora puedes quitarte por favor.- En sus pupilas azules brilló el enojo.

Me puse de pie para salir de la tienda, la verdad no me apetecía hablar con él y cuando estaba por marcharme me tiró del brazo sujetándome con fuerza, me volví a él fastidiado, estaba harto de su carácter irascible, estaba hastiado de sus desplantes, cuando di la vuelta con el puño cerrado dispuesto a pegarle él lo previó y me sostuvo el puño.

-No te portes como un crío.-

-Quien se ha portado como un crío en éstos días has sido tú, suéltame te digo.-

Trató de besarme pero lo repelí, ésta vez el que se iba a negar era yo, enojado me tiró de la muñeca y me llevó a rastras con él afuera de la tienda.

-Ven conmigo.-

-No, suéltame Pérdicas, estoy harto de tus juegos y de tu estira y afloja.-

-Cállate, solo sígueme…-

Dejé de forcejear para que me soltara y me dejé guiar por él, caminamos un buen tramo alejándonos del campamento, hasta una colina cercana, podíamos ver las muchas lucecitas que eran el campamento, estábamos solos en una oscuridad impenetrable y en un silencio incómodo, el viento jugaba con mi cabello y me hacía cosquillas en la nariz.

-¿Para qué me trajiste aquí? ¿Qué quieres de mí?.- Sus ojos me miraban pero también rehuían, estaba nervioso y solo conseguía jugar echándose el cabello rubio hacia atrás, un mechón le caía por los ojos.

-Es que no entiendes Leonato.- Balbuceó.

-No, no entiendo, vas me besas, luego huyes, accedes una noche y luego te vuelves a hacer el tonto, ¡De verdad que no entiendo!.- Por toda respuesta tuve un golpe en el rostro.

-¡No entiendes! ¡No entiendes nada!.-

Esta vez le respondí el mismo golpe, ¿Para esas tonterías me llevaba ahí? Me di la media vuelta para irme cuando me retuvo… me rodeo con un brazo, apretándose contra mí y atrayéndome a su cuerpo, temblaba, estaba nervioso, el corazón me empezó a latir con fuerza que yo juraba que todos abajo en el campamento lo escucharían.

-Es que no puedo Leonato, no sé cómo decirlo, no sé que pensar, no sé que pensarás tú… y no se puede, está prohibido, no es normal…- Lo soltaba todo como para librarse de ello. Volví a tocar su mano, ésta vez no la quitó.

-No digas nada entonces… ¿Prohibido? ¿Quién lo va a saber? Solo tú y yo… Pérdicas te pregunte algo hace un momento… ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué pasó esto? ¿Por qué dejamos de ser amigos?.- Me solté un momento de su brazo fuerte y lo miré a los ojos, no podía ser de otro modo, quería ver su expresión.

-Son muchas preguntas Leonato- tragó saliva- Yo… fui al baño, a buscarte, a curarte, no buscaba otra cosa, no lo había planeado, sucedió, me asusté por qué aquello me gustó y me asustó que me correspondiste… me he sentido culpable, por que me he estado haciendo tonto éste tiempo… me gustó tocarte, me gustó besarte… no es normal Leonato… a mí me gustan las mujeres… pero tú…-

-Te gusto yo…y yo soy hombre igual que tú.- Completé.

-Sí, me gustas tú, eres el único varón que me gusta… nunca había sentido eso por alguien, esa noche en mi clino… no puedo sacarlo de mi cabeza, tuve miedo que pensaras que era un kínaidos y me aterra que los demás lo sepan… lo que pasa entre tú yo…me dan celos cuando te veo hablando con otro… y a ti… ¿Te gustó?.- Me preguntaba con tal inocencia que parecía otro.

Me mojé los labios y sonreí, el viento soplaba tan tibio que casi podría jurar que era como una caricia de los dioses.

-A mí también me gustan las mujeres… pero si no me hubiera gustado Pérdicas, no hubiera seguido, no me hubiera metido en tu cama… los demás no tienen por qué saberlo, lo que hagamos es cosa solo tuya y mía, de nadie más… no voy a ir a decirlo, tú padre te mataría y el mío también… y sobra decir que seríamos la burla de todos… me haces enojar, por que no me dices las cosas y te las guardas… ¿Seguimos siendo amigos no?.-

-Sí, claro… -

-No tengo por qué tratarte como a una mujer, eres un guerrero igual que yo, pero me preocupas, me hiere que me ignores como lo has hecho.-

Sin darnos cuenta nos fuimos acercando el uno al otro, nos hablábamos de frente a una distancia mínima, sentía su aliento, sentía parte de su cuerpo pegado al mío.

-Es extraño Leonato… esto…- Su mano tocó mi rostro, marcándolo con sus dedos, como tratando de guardar en su piel el toque de mi rostro.

-Los amigos comparten muchas cosas, la amistad entre hombres es diferente, es más fuerte, es más profunda… ¿Recuerdas a Platón?, me pides que me aleje de ti cuando no sería capaz de abandonarte en una batalla…- Sus labios… sus labios me enloquecían, ansiaba besarlo.

-Solo te pido que no me trates como a un inferior… soy tu igual, soy tu compañero… tu amigo…- La distancia se hizo nada y sus labios estaban sobre los míos, acariciando, matándome a cada toque.

-¿Mi amante…?- Dije sonriendo, él rió también enrojeciendo.

-Solo si tú también eres mi amante.-

-Lo soy…-

Extrañaba sus labios, aunque solo los había probado un par de veces, ya los extrañaba, y eso seguiría así por muchos años, Pérdicas se convirtió en una droga para mí. Cada vez nos besábamos con más entrega, con más fervor, y pronto nos encontramos acostados en la hierba acariciándonos trémulamente y asustados de lo que sentíamos, fue Pérdicas quien empezó a deshacerse de mi ropa, lanzándola a donde cayera, lo mismo hacía yo con la suya, me estorbaba, necesitaba sentir su piel tibia en la mía, necesitaba sentir su cuerpo, mentiría si dijera que fuimos delicados y parsimoniosos, ese romance nuestro no empezó así, esa era nuestra forma de amar, arrojándonos sin pensar.

Mis recuerdos son tantos y pasan ante mí de manera tan veloz, que me parece casi irreal, a veces pienso que esa noche no existió y que todo me lo he inventado.

Pero fue real, sus labios me recorrieron, mientras yo me retorcía de placer, encontraba puntos en mí que yo mismo no conocía, lo recuerdo tan bien… su saliva tibia en mis muslos, sus dientes me hicieron daño cuando intentó hacer lo que las hetairas hacen… aprendíamos juntos, yo tampoco sabía bien como hacerlo, de hecho, una vez que estuve besando su cuerpo también me sentí torpe cuando llegué hasta el epicentro de su placer.

Se rió de la expresión de mi rostro cuando observé apreciativamente su sexo.

-Tu sarissa*… es bonita…- Comenté con ingenuidad acariciándolo y tratando de darle placer con los labios, sintiendo su sabor en mi boca, dejándome seducir por el olor a almizcle, el olor de su piel me embriagaba.

Se mordía los labios, gemía bajito, y temblaba, mis manos recorrían su cuerpo, sus formas, sus sinuosidades.

-Ven…- Murmuró acariciando mi nuca, me hizo levantar el rostro y mirarlo, su expresión, la expresión de sus ojos antes de ofrendar a Afrodita… -Ven Leonato…-

-¿Aquí? ¿Así?.- No es que no quisiera, solo que… eso yo nunca lo había hecho, no con un hombre, sabía en teoría como… pero no estaba seguro.

-Sí, aquí… así…- Me hizo tenderme sobre él, entre sus piernas, me acomodé ahí, pero sentía miedo, era algo completamente nuevo y no quería lastimarlo, sabía que dolería. – De frente… de espaldas no…-

-Dolerá…-

-No importa… ya pasará el dolor…-

-Mañana tenemos una batalla… ¿Recuerdas?.-

-No vamos a montar a caballo.-

Tuve que sonreír, en eso tenía razón; besé sus labios con mayor ímpetu, su lengua acariciando la mía, me coloqué en el templo de culto de Pérdicas, empujé… se retorció de dolor apretando mi espalda con sus dedos, lastimándome también, despacio… lo hacía lo más despacio que podía… hasta que mi cadera chocó con su pelvis, gemí al sentirme en su cuerpo, sentía fuego en la sangre, apreté los ojos y cuando los abrí me encontré con aquellas pupilas azules.

Sentía que ahí en la colina podía tocar el cielo, todo desapareció y solo estábamos él y yo, temblaba de éxtasis, experimentaba un placer tan diáfano que no podría compararlo con nada. Caí recuperando el resuello, en su pecho, sus manos me acariciaban y jugaba con las perlas de sudor que surcaban mi espalda desnuda.

No le di tiempo de decir nada, ni de hacer nada, me reincorporé, estaba cansado, pero no en demasía.

-¿Qué vas a hacer…?.- Preguntó con curiosidad.

No respondí, simplemente le dirigí una mirada sugerente, me monté a horcajadas encima de él, entendió que era lo que iba a hacer, se sentó cruzando las piernas, dejándome encima suyo, dolía espantosamente… al igual que él, me aferré a su espalda mientras me desgarraba por dentro y se fundía conmigo, su cuerpo me marcaba el ritmo, sus manos en mi cadera me decían como hacerlo, el maldito ardor nunca pasó, pero estaba dispuesto a soportarlo por él, por darle lo que nadie más tendría de mí… solo al final mi cuerpo cedió un poco, pero aún así me sentí en plenitud mientras me poseía y jadeaba de placer.

Ambos estábamos agotados, colorados y llenos de brizna, pero parecía que estábamos también, unidos en muchos otros aspectos, aparte del sexual.

-Prométeme algo…- Me dijo Pérdicas acariciando mi pecho mientras seguía montado en él.

-¿Qué cosa..?.-

-Promete que yo seré el único…y que esto será un secreto entre los dos.-

-Te prometo que tu serás el único, y por Zeus Hetaireo que nadie lo sabrá.- Le juré acariciando sus labios con un dedo.

-Tú también serás mi único Leonato…-

Ciertamente hay momentos cruciales, momentos que cambian la vida para siempre, momentos que revolucionan todo lo que hasta ahora estaba trazado; los persas decían que si mirabas a los ojos de la persona a la que amabas y te veías reflejado en sus pupilas, en el centro, al fondo de ellas, como si estuvieses grabado en los ojos de la otra persona, si podías ver tu reflejo ahí significaba que te habías convertido en parte vital del otro, esa noche yo podía verme reflejado en sus ojos azules, él podía verse reflejado en mis ojos. Esa fue la noche definitiva, la que cambió todo. Nos marchamos juntos cerca de la tercera guardia, evidentemente no íbamos de la mano ni nada, y tratamos disimular nuestro azoramiento al llegar al campamento, nos metimos a la tienda que compartíamos, sonrientes, triunfantes, dormimos abrazados para separarnos tristemente antes del amanecer, por si alguien entraba a la tienda…

Aquí fue donde empezó todo, la noche antes de la batalla nos hicimos amantes, ofrendamos a Afrodita antes que a Ares, y ese fue el inicio de nuestras escapadas furtivas, de los besos robados, de las caricias en los rincones oscuros. Cada noche, cuando podíamos nos encontrábamos en su tienda o la mía, salíamos en silencio antes del amanecer para regresar a nuestras respectivas tiendas, silencio… siempre silencio, nos acostumbramos a amarnos en silencio… fue el inicio de la relación prohibida de toda la vida….

*Oikouméne- La Hélade, la tierra griega.

*Philoi- De entre el grupo de hetairos se seleccionaba a los amigos, los philoi, el siguiente rango eran los hegemones comandantes.

*Pezhetairoi- Los compañeros de a pie.

*Sarissa- Lanza de la falange macedonia, medía aproximadamente 6.5 m, alusión de la sarissa al pene en éste caso.