CHAPTER 3: EL PRIMER SÍ A SU LADO.
Nunca se había puesto a pensar en el valor de la vida hasta que el peso de la muerte apareció delante de ella como un frío muro.
Pero, puestos a pensar, no era a la muerte a lo que se enfrentaba sino a la eternidad.
La eternidad no existe para los seres humanos, nada sabemos de ella a la práctica entonces y, como individuos, tememos lo desconocido. Nada en la tierra de los humanos permanece o es eterno, ni siquiera una piedra o un piñuelo de una fruta o una mente, todo desaparece, se consume, evoluciona. ¡Qué de efímero era todo lo que la rodeaba! ¡Qué fragilidad envolvía ese mundo!
Aro Vulturi le planteaba un nuevo estilo de vida donde la eternidad era el primer plato. Una vida sin muerte y sin miedo, sin frío, con amor y riquezas, en un mundo del que era totalmente ignorante hasta entonces. Podría tener todo lo que quisiera al alcance de la mano, podría cambiar como persona, física y mentalmente, podría ser fuerte y correr más que un lince, podría ser amada como nunca lo había sido.
¿Podría regalarle su alma, su vida y su descendencia? ¿A ese ser que la había cautivado con palabras y promesas?
Los días pasaron y su mente seguía inmersa en el caos de las dudas, pero no dijo ni una palabra a nadie de lo que había ocurrido.
La noche de un martes de agosto resultó ser cálida, la más cálida del mes, y la más asfixiante.
Sulpicia decidió dar una vuelta por la playa y no en el jergón y la paja que le hacían de cama.
La arena era cálida como el viento, retenían con todas sus fuerzas el calor de los rayos del sol al igual que Apolo intentó retener a Dafne bajos sus brazos maldecido por la flecha de plomo de Eros, las olas bailaban en la negrura del mar y de la noche.
Miró a los lados antes de desnudarse y dejó que el agua la cubriera.
Nunca le había gustado el mar así como la oscuridad. Eran fríos, peligrosos, tristes, pero esa noche la luna brillaba con todo su esplendor y las aguas restaban apacibles y cálidas.
Una ola le mojó el pelo y decidió zambullirse. Cuando salió a la superficie unos segundos después las gotas de agua se deslizaban por su frente y sus mejillas, recorriendo sus labios entreabiertos y sus pechos.
Aro no había contemplado en sus 300 años de vida escena más hermosa que esa. Se mantenía a distancia mientras sus ojos rojos como la sangre escrutaban la noche que no guardaba secreto alguno para él.
Había salido de caza antes de ir a verla, solo para asegurarse, no quería perder el control ante tal canto de sirena que era el olor de su sangre palpitando en su corazón.
Hoy era el día: vivía o moría. Él ya había hecho una elección: la quería a ella a su lado, para amarla y crear todo un reino bajo su merced. Ahora le tocaba a ella, era su elección.
Contempló cómo Sulpicia salió del agua, su piel bronceada brillante con el agua salada y la luna. Aro se dio la vuelta, él era un caballero. Cuando volvió a girarse Sulpicia ya se había vuelto a poner el vestido y estaba sentada apaciblemente en la arena, contemplando la infinidad de estrellas que descasaban delante de ella y se reflejaban en las tranquilas aguas. Frías y lejanas como la luna.
No oyó sus pasos pero notó su presencia antes de ver su figura deslizándose por la arena sin apenas hacer un ruido.
-Sabía que tarde o temprano aparecerías, era cuestión de tiempo- dijo Sulpicia con la mirada fija en el agua.
-Un Vulturi nunca rompe una promesa- susurró él mientras la contemplaba-. Permíteme que te diga que estás espléndida esta noche bajo las estrellas, Sulpicia.
Ella le miró por primera vez y le dedicó una cálida sonrisa.
Aro se sentó a su lado, se quitó la chaqueta deslizándola en los hombros de Sulpicia que cerró los ojos complacida.
-¿Crees que estarán siempre allí? ¿Las estrellas?
Aro las contempló, primero en el brillo de sus ojos y luego en el cielo. Parecía imposible que millones de puntitos brillantes como diamantes brillaran por encima de ellos y que crearan una atmósfera tan mágica.
-Así lo creo, si bien podríamos descubrirlo juntos.
Sulpicia se giró para mirarle, podía notar el frío que emanaba su cuerpo sin vida pero en sus ojos no podía ver otra cosa que la verdad.
-Te he traído algo- dijo entonces Aro.
Sulpicia se movió en la arena deseosa, intentando adivinar qué sería esa vez.
Aro buscó en su bolsillo y sacó una cajita de terciopelo verde. Se la tendió.
Sulpicia pasó los dedos por encima.
-Es suave.
Pasó los dedos por la cerradura y la abrió. La caja contenía un hermoso colgante de oro. Una gran "V" punteada con dos rubíes arriba y abajo, en el centro había cuatro imágenes: dos árboles y dos agilas. Como un escudo.
Sulpicia nunca había tenido en su mano una pieza hecha con oro y menos aún una piedra preciosa como un rubí, había oído hablar de los diamantes: piedras que brillaban tanto como las estrellas, pero parecían más un mito que una realidad. Ahora sabía que no lo eran.
Abrió la boca buscando una palabra para describirlo pero solo pudo tartamudear un "es precioso".
-Es nuestro emblema, nuestro estandarte. Todo reino debe tener uno. La "V" de los Vulturi. ¿Me permites?-contestó Aro.
Sulpicia se agarró el pelo dejando al descubierto su cuello. Aro pasó los dedos alrededor para colgárselo, acariciándola mientras un aire frío salía entre sus apetitosos labios. Le colocó el pelo de vuelta y la contempló. Era toda una reina.
Sulpicia jugueteó con la cadena, sintiéndose más parte de él y de su mundo que hasta entonces sabiendo que ése era el momento de la decisión, notando la electricidad recorriendo las yemas de sus dedos.
-¿has tomado una decisión?-preguntó él.
-Sí, lo he hecho- contestó ella apartando la vista y dirigiendo la mirada al mar.
En ese momento Aro conoció la fragilidad de la vida, al tenerla delante, cara a cara. Pero, no solo la fragilidad de un ser humano como Sulpicia, sino su propia fragilidad por el rechazo. Dependían ambos de una decisión, de un fino hilo de plata.
En ese momento Sulpicia se levantó muy decidida. Aro con ella.
-Aro Vulturi, elijo la vida. La vida a tu lado.
La electricidad que recorrían sus yemas se estampó en todo el cuerpo de Aro que experimentaba un tipo de felicidad que nunca había sentido. Era como si una paz inmensa le llenara el pecho y le hiciera flotar.
Aro no pudo decir nada pero una gran carcajada salió de su boca enseñando sus blancos dientes; en un ataque de júbilo se acercó a Sulpicia precipitadamente y le rodeó la cintura con sus fuertes brazos levantándola del suelo y dándole una vuelta. Ella río, contagiada por su risa, haciendo que el corazón de Aro se deshiciera lentamente.
¡Oh, cuántas cosas les esperaban! ¡Cuántas cosas estaban predestinados a hacer! ¡Cuántos placeres de sangre y secretos les quedaban por descubrir!
Aro paró de reír y la contempló, todavía rodeada con sus brazos. Los ojos verdes le brillaban llenos de júbilo y excitación. ¿Cómo sería su Sulpicia como vampiro? ¿Qué don podría tener? ¿Qué secretos descubriría al convertirla? Desaparecieron las preguntas de golpe cuando Sulpicia, sin previo aviso, posó sus manos con mucho cuidado en la mandíbula de Aro.
Se acercó muy lentamente, tentando el terreno, osadamente para la época podría decirse, pero con una dulzura con la que ninguna mujer había tocado ni mirado a Aro Vulturi. Muy suavemente posó los labios encima de los de él, entreabiertos por la sorpresa, sin olvidarse de que estaba en los brazos de la mismísima muerte sedienta de sangre.
Cuando se separó Aro sonreía, no solo ella había cambiado esa noche, él había renacido.
-¿Preparada para la eternidad, mi reina?
Una sonrisa torcida y con un toque de maldad se escapó de los labios carmesíes de Sulpicia al imaginarse la infinidad de cosas que podría hacer con el poder que le iba a entregar Aro.
Sulpicia nunca más tuvo miedo de la oscuridad.
