CHAPTER: 4. CHOCOLAT.
Habían viajado por mares y por tierra durante días para llegar a ese lugar, a esa colina verde y amurallada, a ese recóndito pueblo del que sería reina.
Aro la había contemplado durante todo el viaje, pequeña y cristalina como los humanos, fuerte y con poderío como los vampiros.
Mientras dormía había escuchado sus pensamientos, sus sueños y sus miedos. Sulpicia era una humana tremendamente complicada, con dualidades y dicotomías que viajaban con rapidez por su cerebro humano, pero tenía las cosas claras, y, a pesar de que el futuro la aterraba y la muerte más, estaba segura de su decisión. Le encantaba su complejidad y como acababa simplificando la realidad jugando con su mente.
No sabía cómo iba a ser Sulpicia como vampiro, pero si sabía una cosa: que no iba a dejar de sorprenderle.
Aro estaba apoyado en el marco del balcón, mirando la infinidad de la noche y las pocas luces que los hogareños de Volterra tenían encendidas, tan lejanas y a la vez tan cálidas.
La olió antes de oírla bajar por las escaleras. Olía a jabón y a agua, a limpieza, y a vainilla. Dulce como la primera vez que la vio.
Se giró elegantemente sobre sus ágiles pies de vampiro para contemplar su llegada. Ella abrió lentamente la puerta y entro como una reina en la sala.
Llevaba un vestido blanco de lino egipcio que le transparentaba la piel morena por el sol y los pezones acanelados erizados por el roce. Tenía el pelo entre recogido por una trenza que le recorría ambos lados de la cabeza, como una tiara, apartándole los mechones de la cara, pero liberándolos por su nuca y dejando caer su pelo del color de la miel como una cascada por su espalda. Llevaba los brazos destapados y en la mano tenía un anillo de plata con una esmeralda. No sonreía pero su mirada era dulce.
Aro la contempló embobado, como si una diosa griega acabase de bajar del Olimpo a la sala de estar del Palazzo rodeada por la luz de las antorchas y las velas que la iluminaban.
-Volterra te sienta bien, Sulpicia- dijo entonces Aro acercándose a ella y cogiéndole la mano para besarle los nudillos suavemente- ¿Cómo te ha sentado el baño?
-Maravilloso, nunca había estado en un lugar tan bonito como este. Y con tan buena compañía- sonrío por primera vez en la noche y contempló la sala- ¿Qué es este lugar?
-Es la biblioteca del Palazzo.
La biblioteca era rectangular y todas las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros y papiros forrados con todas las clases de telas de colores cálidos y texturas rugosas. Los ventanales estaban abiertos y las cortinas se mecían con el viento, tiritando como las velas.
Había un hueco entre dos estantes y allí colgaba majestuoso un cuadro realista de una gran ciudad. Sulpicia nunca había visto un cuadro, y menos una gran ciudad. Permaneció delante del cuadro unos minutos, absorta en sus pensamientos sin que su cara denotara sorpresa alguna.
-¿Qué es?-susurró.
Aro se posicionó a su lado en escasos segundos, moviendo consigo el viento.
-Es un cuadro de una ciudad, de Paris, en Francia, lejos de aquí. En todo su apogeo arquitectónico y su muchedumbre. Grande y poderosa. Paris está repleto de iglesias con vidrieras de colores, la luz entra por ellas como si fueran un baño arcoíris. Las calles huelen a humedad y a pan recién hecho. Hay mucha miseria, hombres durmiendo en la calle, incluso niños, pero los grandes señores son poderosos y visten ropas elegantes y caras. En Paris puedes encontrar todo aquello que buscas.
Sulpicia le contempló mientras hablaba, absorbiendo la pasión que Aro ponía en cada palabra, en cada sílaba, para describirle las cosas que ella aún no había visto.
Entonces se dio la vuelta y caminó entre las estanterías, acariciando con las yemas de sus cálidos dedos las tapas de los libros.
- ¿Los has leído todos?-preguntó entonces mirándole.
Aro asintió con una sonrisa, le gustaba su curiosidad.
-He tenido mucho tiempo libre al largo de estos años. Aunque ahora planeo dedicarme a otros aferes- le contesto suavemente mirándola como quien mira una botella de vino que lleva años y años en reserva.
Sulpicia sonrío pícaramente mirándole a los ojos.
Aro se mordió el labio inferior lentamente, cogiendo aire e intentado focalizar sus pensamientos en lo que había preparado y no en lo excitante que encontraba a Sulpicia en ese momento.
Cerró los ojos y suspiró. Cuando los abrió Sulpicia sonreía.
-Por lo que veo requiere mucha concentración y paciencia dominar los impulsos de un vampiro- dijo ella acercándose a él lentamente.
-No sabes cuánto…-susurró Aro con voz ronca.
Entonces Sulpicia guió su mirada a la gran mesa del medio de la sala. Estaba repleta de platos, frutas y pasteles.
-¿Me permites?- le preguntó Aro cogiéndola de la mano y guiándola hasta una silla, que separo y acercó cuando ella se hubo sentado.
-Aro… ¿todo esto es para mí?- susurró.
-Yo no como- sonrió él.
Sulpicia se quedó quieta frente a los platos, contemplándolos todos y cada uno de ellos. Había carne y pescado, había frutas que nunca había visto, había verduras, y había pasteles de color marrón que nunca había visto. Cuanto más los contemplaba menos sabía por dónde comenzar. Nunca había estado sentada delante de tanta cantidad de comida.
-¿Algún problema?- inquirió él dulcemente.
Ella le miró.
-Hay tanta comida que no se por donde comenzar- admitió.
-No quería que te perdieras ningún sabor siendo humana, quiero que lo tengas todo a tus pies.
Ella sonrío, satisfecha con ese adelanto de poder. Nunca había poseído nada valioso, ni había ejercido poder sobre ser alguno, pero sus palabras y sus regalos la deleitaban, le hacían sentir un cosquilleo en el vientre que le subía hasta la punta de los dedos de la mano, como si el mundo estuviera a sus pies. Y esa sensación le gustaba.
-¿Es ésta mi última comida?
Aro razonó esa pregunta.
-Mañana- sentenció- será tu última cena si lo deseas.
Sulpicia le miró y suspiró, cogió una uva y se la metió en la boca, saboreándola, luego cogió más y se sirvió pollo con salsa dulce de zanahorias.
-Esto está realmente rico- dijo entre bocado y bocado.
Aro la miraba absorto, concentrándose en las reacciones y las fracciones de Sulpicia cada vez que ésta probaba algo. Ella se apoyó en la silla y rió.
-Nunca había comido tanto, estoy llena.
-Pues aún te queda el postre- sonrió él.
Ella le miró inquisitivamente, a lo que él contestó levantando una bandeja y dejando a la vista un bol de fresa y una humeante salsa marrón.
-¿Qué es?
-Ah- rió él cogiendo los dos boles.
Cogió una fresa y la bañó en el espeso líquido caliente.
-Abre la boca.
Ella obedeció mientras él acercaba la fresa a sus labios entreabiertos.
-Muerde.
Ella lo hizo y un jadeo se escapó de su garganta al notar el dulzor del chocolate en su boca.
-Oh dios mío- suspiró cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior con premio- ¿Qué es?
-Chocolate- sonrío él. Nunca había tenido la oportunidad de probarlo, pero Marco le había explicado que se asemejaba a la sensación que ellos notaban al beber sangre caliente. - ¿Quieres más?
Ella asintió con una sonrisa y dejó que Aro le diera otra fresa sin dejar de mirarle a los ojos. Cuando estuvo llena se volvió a recostar en la silla y entrecerró los ojos. Disfrutando de la sensación de plenitud que le recorría el cuerpo.
-Estarás cansada- dijo él acariciándole el mentón suavemente- deberías ir a descansar. Te acompañaré a tus aposentos.
La ayudó a levantarse y chasqueó los dedos antes de irse. Tres hombres entraron en la sala y recogieron la comida que no se había acabado.
La guió por pasillos anchos iluminados con antorchas subiendo pisos y pasando por delante de guardias, Sulpicia miraba de reojo todo con lo que se cruzaban sus ojos. Al final llegaron a unas grandes puertas de roble. Aro las abrió.
Había una gran cama con dosel vaporoso blanco y sábanas de seda crema a la izquierda, delante de los enormes ventanales cerrados. Había un tocador y la puerta del baño y de otra sala repleta de ropa. Ambas puertas cerradas. La habitación estaba llena de velas aromatizadas haciendo que la habitación oliese a una especie exótica.
Aro cerró las puertas detrás de ella y entró en el vestidor. Cuando volvió llevaba un vestido de manga tres cuartos más caliente que el que llevaba.
-Puedes ponerte esto para dormir si quieres- dijo dejándolo encima de la cama.
-¿Vas a irte?- le pregunto entonces ella.
Aro se giró y contempló la desesperación en sus ojos.
-Si es lo que deseas- susurró.
-No, no es lo que deseo. Quiero que te quedes.
-Entonces me encontrarás aquí cuando salgas del baño.
Ella cogió la ropa y volvió al cabo de un rato. Él estaba sentado a un lado de la cama, con un libro en la mano, distraído. Contempló como ella se acercaba y se estiraba al otro lado, apoyando la cabeza en la almohada sin apartar la mirada. Dejó el libro a un lado y la tapó con la sabana.
Ella cerró los ojos con la caricia y suspiró cerrando los ojos.
-¿Qué estás leyendo?
-Estoy leyendo sobre astrología, sobre el cielo.
Ella abrió los ojos, verdes y brillantes, y esbozó una sonrisa.
-Léeme algo hasta que me duerma.
Él sonrío torcidamente ante esa muestra de cariño y se acercó a ella depositando un suave beso es sus labios, la acercó a él y empezó a leer sobre el cielo y sus estrellas hasta que se quedó dormida.
Cuando lo hizo, penetró en su mente y sobrevoló su cielo y sus estrellas, perdiendose en ella como nunca se había perdido en nadie.
