CAPÍTULO 5: DE CÓMO LA CONVIRTIÓ.
Dos grandes puertas de mármol oscuro esculpido se postraban ante ella como las mismísimas puertas del infierno. Inmaculadas y a la vez sombrías. Sabía que detrás de esas puertas se encontraba su futuro.
Sulpicia iba cogida de la mano de la muerte mientras recorrían el pasillo de piedra enmarcado por grandes tapices de colores cálidos. Sabía que ya no había marcha atrás.
Llevaba un vestido rojo que se adaptaba a su cuerpo como una segunda piel, tenía la espalda semidesnuda y llevaba el pelo recogido en una larga trenza que le caía por delante del hombro izquierdo. El collar de los Vulturi brillaba como el sol entre la piel de sus pechos. Tenía el porte de una reina, caminaba con la cabeza alta y segura de sí misma, al largo de los años había creado una fachada basada en el aparentar y, solo Aro, había visto lo que había detrás de esa fachada fría y calculadora.
Aro iba a su lado, con unos pantalones negros y una camisa blanca de lino, llevaba un manto de piel de lobo que se juntaba en el pecho con dos tiras de cuero cruzadas, enmarcando el collar de su Clan.
Se paró cuando estaban a un metro de las puertas y la cogió de las manos llevándoselas a su pecho. Sulpicia notaba como los pelos del lobo le hacían cosquillas en los nudillos y como el frío de la piel de Aro traspasaba las capas de las telas.
-¿Preparada?- susurró él.
-Siempre- sonrió.
Aro le besó la frente con sus finos labios de hielo, se adelantó y empujó las puertas sin esfuerzo que se abrieron delante de él iluminando el pasillo.
Entraron.
La estancia era redonda y había tres grandes tronos de madera con ornamentaciones doradas y de piedras al fondo. En el centro había una especie de reja con agujeros por donde se debía colar algún tipo de líquido. Sangre, pensó Sulpicia. Lo que daba a la habitación un toque lúgubre y vampírico, era lo único inusual en la sala, lo único que te hacía dudar que esa sala fuera usada por humanos.
Cuatro vampiros se alzaban delante de los tronos. Tan apuestos como las esculturas de los templos griegos que había visitado alguna vez, parecían estar esculpidos en mármol, feroces y perfectos. Eran dos hombres y dos mujeres.
El primero que se adelantó era rubio y llevaba un pelaje marrón alrededor del cuello, el cierre era la gran "V" de los Vulturi. Tenía los ojos rojos como la sangre, como Aro, pero su sonrisa era mucho más juguetona y sádica. Cogía por la cintura a una mujer con el pelo lacio y rubio blanquinoso, tenía unas piernas quilométricas y era preciosa. Parecía tener todo lo que una reina debía poseer.
-Sulpicia- dijo cogiéndola de la mano y besándola- bienvenida a la familia. Yo soy Cayo. Ella es Anthenadora, mi esposa- dijo con una sonrisa pícara en sus finos labios.
-Es un placer conocerte Sulpicia, Aro nos ha hablando mucho de ti- dijo Anthenadora con una voz melosa e hipnotizante.
Sulpicia parpadeó y le dedicó una sonrisa.
La siguiente mujer se movía nerviosa a su lado, con una gran sonrisa en los labios. Unos labios que le resultaban vagamente familiares. Se giró para contemplar a Aro, que sonreía, y vio su parecido. Esa debía de ser Didym, su hermana.
-Dydim- susurró ella alargándole la mano. Dydim se la apartó con dulzura y le dio un gran abrazo.
-¡Oh Sulpicia! Nunca había visto sonreír de esa manera a mi hermano, es maravilloso tenerte en la familia.
-Gracias- dijo Sulpicia sonrojada, envuelta repentinamente por una nube de felicidad a la par que los brazos de Dydim.
El último vampiro se acercó, era más bajito que el primero, pero imponía por igual. Asintió a Aro con una sonrisa y le besó la mano a Sulpicia.
-Te esperan muchas cosas cuando te hayas transformado- dijo sonriendo-. Soy Marco.
(...)
La noche había caído y embadurnaba todo con una suave luz oscura y blanquecina, trémula.
Aro cerró la puerta detrás de ella.
El ventanal estaba entreabierto y el suave aire del verano mecía las cortinas de lino rojo. Alguien había hecho la cama y las sabanas de seda crema estaban dispuestas sin arrugas, los cojines pulcramente colocados contra el respaldo de la cama. La habitación estaba iluminada con velas repartidas por toda la habitación, las había grandes y pequeñas, el aire cálido era dulzón y seductor.
Sulpicia estaba delante de Aro y le miraba a los ojos profundamente. Entonces Aro dio una vuelta alrededor de ella y se posicionó detrás, mirándole el suave cuello descubierto.
Posó una mano en su nuca desnuda y fue bajando hasta llegar a las tiras del vestido, las desató una a una notando el calor que desprendía su cuerpo frágil y sumiso delante de él, mientras dejaba que los pensamientos de Sulpicia le inundaban la mente y su piel se erizaba con el tacto gélido.
El vestido cayó a sus pies como una mancha roja cuando Aro acabó de desatarlo. Sulpicia gimió al notar como el frío recorría su piel desnuda. Entonces Aro cogió su pelo trenzado y la deshizo con cuidado, disfrutando del olor a vainilla que desprendía su pelo y el olor dulzón de su sangre. Iba a ser toda suya para siempre.
Le colocó el pelo y dio la vuelta para contemplarla.
No era la primera vez que contemplaba a una mujer desnuda, pero si a una que se entregaba voluntariamente y por amor a él. Sintió una punzada en el pecho, un dolor profundo, como si su corazón volviera a latir.
Sulpicia sonrió, sabía el efecto que causaba en él. Y en el bajo de sus pantalones.
Aro le tendió una mano y la incitó a dar un paso hacia él mientras la contemplaba.
Su piel era blanca y no tenía ninguna mancha ni cicatriz de su vida fuera del Palazzio, el pelo le caía por la cara como una cascada de miel dejando entrever sus acanelados y grandes pezones.
Aro pasó el pulgar por uno de ellos y éste se puso duro. Sulpicia ahogó un gemido y cerró los ojos.
Subió el pulgar y le acarició el mentón para darle un suave beso en los entreabiertos labios.
-Sulpicia- ronroneo entre su pelo- me cuesta mucho controlarme cuando estás cerca.
-Hoy no tienes que controlarte, amor mío- susurró ella entre su pecho.
Aro la acercó a la cama inmaculada y la hizo sentar encima, de rodillas, justo delante de él, que permaneció de pie a escasos centímetros de ella.
Cogió las manos de Sulpicia y las colocó encima del broche del manto de piel de lobo. Ella le miró con los ojos brillantes sabedora del poder que le otorgaba y, con sus dedos inexpertos, empezó a desabrocharle la ropa. Luego pasó una mano temblorosa por su pecho esculpido en mármol y le quitó la camisa con cuidado.
-Aro..-susurró débilmente mientras contemplaba su perfecta anatomía. Paso una mano por sus abdominales y subió al tórax, notando lo frío y duro que estaba- Eres…perfecto.
Aro la cogió otra vez del mentón y la acercó más a él para besarla, ella le envolvió las manos por el cuello y acarició su musculosa espalda.
Aro gimió al notar lo cálidos que eran sus pechos contra su piel y como sus labios iban bajando por su cuello.
Entonces ella se separó y lo contempló, suplicante. Sabía que era la hora, quería notar el sabor de su sangre en los labios. Aro sonrió, no necesitaba tocarla para saber lo que deseaba.
-La mia dulce Sulpicia- susurró mientras se llevaba la muñeca a la boca y la mordía, se la acercó a la boca de ella y susurró con voz ronca, lleno de placer- Bebe.
Ella le cogió la muñeca con las dos manos y le miró a los ojos antes de acercarla a sus labios y empaparlos con su esencia.
La sangre de Aro le llenó la boca, pero no tenía un gusto ferroso como esperaba sino que era dulce como la ambrosia, era cálida, era íntima. Cerró los ojos al notar como todo su ser se llenaba con la esencia de Aro, jadeó, era como si una electricidad le recorriera toda la piel, como si Aro estuviese recorriendo todo su cuerpo y tocara todos los recodos de su piel. Una oleada de placer la nublaba la vista.
Era la primera vez que Aro daba de beber su sangre a alguien, era el rito sagrado por excelencia entre los vampiros, y experimentó tal clímax que le hizo desaparecer durante unos minutos mientras notaba como los labios de Sulpicia bebían su sangre. Le estaba entregando su vida y ella la succionara con fervor, como si fuera una dulce droga. Podía notarse en todas las parte de Sulpicia, en su piel, en sus manos, en sus labios, en sus pechos… estaba en ella, era ella. Era un pacto de sangre, una unión de sangre. No hay nada más sagrada que eso.
-Oh…Sul…-susurró acariciándole el pelo mientras ella ronroneaba como un gato sediento.
Aro le apartó la cara dulcemente.
-Tsss- susurró perdido en el clímax que le producía poseerla de esa manera- Ya es suficiente, cara mia.
Ella apartó la boca y se relamió los labios. Parecía una niña perdida alimentándose por primera vez; tenía un hilo de sangre cayéndole por la mandíbula. Aro pasó el pulgar por el recorrido de su gota de sangre y se lo llevó a la boca. Dulce.
Entonces la cogió por la cintura con las dos manos y la tendió encima de la cama, entre los almohadones. Ella rió y su canto se esparció por toda la habitación. Aro sonreía cuando empezó a recorrerle el cuello con sus labios mientras sus manos se deslizaban por sus cálidas caderas.
-Aro…porfavor…-gemía Sulpicia entre sus brazos cuando Aro le mordió suavemente el cuello- no sigas con esta tortura.
Aro la miró divertido. Estaba perdida en su propio paraíso, su sangre le recorría el cuerpo y su don, la mente; sus ojos verdes estaban dilatados y vio, más allá de la excitación, lo que querían expresar realmente, nunca nadie le había mirado de esa manera, con tanto deseo, con tanto… amor.
Le acarició uno de los pechos calientes y duros y jugueteó con su pezón. Sulpicia se lamió los labios. Él la miraba embelesado y al ver como se relamía los labios con los ojos entrecerrados un cosquilleo le recorrió de arriba abajo y su excitación aumentó, la boca se le hizo agua y las pupilas se le dilataron.
-Muérdeme- le rogó Sulpicia echando la cabeza hacia atrás- por favor…
Aro se mordió el labio inferior y colocó una mano en la cadera de ella y la otra en su mandíbula para girarla un poco. No podía aguantar más. La espera le desquiciaba. La excitación le explotaba en las venas.
Le acarició la piel que cubría la yugular antes de clavarle los dientes y llenarse de su sangre. Pum-Pum-Pum-Pum. Su vida entraba en su boca como el agua de un río fluyendo.
Aro gimió. Era la sangre más dulce que había probado nunca. La ponzoña entró en el organismo de Sulpicia y se mezcló con su sangre y la de Aro, uniendo placer con dolor.
Sulpicia gimió y empezó a convulsionarse.
Las sábanas de seda crema se mancharos de su sangre a medida que Aro bebía de ella, marcando su esencia para siempre.
