CHAPTER 6: DE CÓMO DESPERTÓ.
Lo primero que hizo fue abrir los ojos. Y respirar.
El techo estaba pintado de color crema y tenía pequeños detalles dorados que lo recorrían de punta a punta, en las cuatro esquinas habían capiteles corintios tallados en madrea y pintados también de dorados. Las motas de polvo volaban por la habitación como pequeñas hadas en un lago de nenúfares. Nunca había visto las motas de polvo flotar con esa nitidez, ni la luz tan clara.
Cogió aire con sus pulmones y lo expulsó por la nariz, pero no notó ningún efecto. Asustada se levantó de golpe con las mano en el pecho. Le quemaba la garganta. Se estaba ahogando.
-Sulpicia- susurró una voz suave- no pasa nada.
Aro estaba sentado a su lado, en la gran cama, contemplándola mientras se despertaba de la transición. Habían pasado 3 días.
La tez de Sulpicia se había vuelto pálida y su piel parecía esculpida en marfil, suave y perfeccionada. Sus mejillas se asimilaban a un valle cubierto por una fina capa de nieve, sus labios sobresalían más rojizos entre ese paisaje, voluptuosos y salvajes. Los tenía entreabiertos y una larga hilera de dientes blancos aguardaban detrás de la dulzura que era su boca. Sus ojos… sus ojos ya no eran verdes, nunca más volverían a serlo, eran rojos, rojos como la sangre. Y le contemplaban, abiertos de par en par como las mismísimas puertas del fuego del infierno.
Acercó a ella rápidamente un brazo y le cogió la mano.
-No puedo… no puedo…-susurró Sulpicia llevándose una mano al pecho y apretando la de Aro con fuerza.
-Sssh… tranquila, no lo necesitas, ya no.
Sulpicia abrió más los ojos, como si a sus orejas llegar el sonido de las palabras de un demente, en ese momento reparó en el tacto de la mano de Aro.
-Tu tacto…ya no es frío.
Él le paso suavemente la otra mano por la mejilla y sonrió.
-No para ti, cara mía.
Entonces todo lo demás dejó de existir.
Solo su tacto permaneció.
Su mano, la mano de Aro, en su mejilla.
Sulpicia alargó una mano. Quería tocarle el rostro, quería saber que era lo que había cambiado. Se sentó de rodillas en la cama mientras las sabanas y el vestido se resquebrajaban con la fuerza de sus movimientos.
Y le tocó el rostro por primera vez des de que era vampiro.
La mejilla de Aro se moldeó al tacto con las yemas de sus dedos. Bordeó su dura mandíbula notando el hueso escondido entré la piel, suave como una pluma; su nariz era respingona y sus labios eran rosados y finos, menos el de abajo, que era más carnoso. Lo acarició con lentitud, tirándolo un poco hacía abajo, era tan…perfecto, tan excitante. Sus dientes brillaban entreabiertos en esos labios esculpidos por el mismísimo diablo, escondiendo una sonrisa torcida.
Aro leía todos los pensamientos que pasaban por la mente de Sulpicia. Podía ver su rostro reflejado dentro de su cabeza, podía oler su excitación, podía palparla bajo sus ropas.
Sulpicia parpadeó, exhausta, soltando aire por la nariz como si le molestara que recorriera sus pulmones sin ningún propósito determinado. Era como si nunca hubiese contemplado nada siendo humana, como si hubiese estado ciega, como si todas las cosas hubiesen carecido de color y de brillo, de sentido. Ahora todo era nítido, la oscuridad que las cortinas creaban ya no escondía ningún secreto para sus ojos. Nunca la oscuridad le había parecido tan insulsa.
Sulpicia entreabrió los labios y sonrió. Una carcajada brotó de sus cuerdas bocales y se sorprendió de que sonara tan melodiosa. Se levantó de un salto haciendo que la cama se tambaleara y su vestido se desquebrajara más. En un parpadeo apareció al lado de la puerta con un trozo de sabana en la mano y con los ojos muy abiertos.
Aro rió ante la perplejidad de la cara de Sulpicia.
-Debes controlar tu fuerza ahora, cara mía, y tu rapidez- dijo mientras se levantaba para acercarse a ella.
-¿Quiere decir eso que soy ahora más fuerte que tú?- preguntó divertida.
Aro entrecerró los ojos, fingiendo dolor, e hizo una mueca con los labios.
-Supongo…pero-añadió acercándose a ella y acariciándole el muslo descubierto y subiendo suavemente el largo camino hacia el cuello- se como desviar tu atención para que estés a mi merced.
Sulpicia entrecerró los ojos intentado controlar sus impulsos. Notando arder el recorrido que los dedos de Aro habían hecho por su piel. Arder. Su cuerpo temblaba, conteniéndose. Ya no sería humana pero seguía siendo una doncella. No podía dejarse llevar por esa sensación tan agradable. Pero era tan fácil ceder…ceder a su merced.
Aro le dio un suave toque con la yema de sus dedos en la nariz y ella abrió los ojos despertando se su clímax mental.
-¿Cómo te sientes?
Tardó unos segundos en contestar, mientras jugueteaba con la tira de la camisa de Aro.
-Extraña. Todo es extraño. Todo tiene tanto color, tanto brillo- se tocó el pecho- me abruma. Tu… tu eres tan perfecto. Tu rostro, tus ojos, tu sonrisa. Éste lugar. ¿Cómo he podido vivir sin ver? Ahora vivo viendo y sin necesidad de aire, de parpadear, de comer… pero, pero… ¡noto tanto! Todo da vueltas a mi alrededor, aquí- señaló su cabeza- y aquí –se llevó un dedo a los muslos- y aquí- acarició su garganta y añadió con voz ronca- no puedo comportarme, los impulsos me hunden en un mar de perversiones, todo es demasiado…-buscó una palabra pero no la encontró, soltó la camisa de Aro con rabia y añadió enfadada apretando los puños y llevándoselos a la garganta- y me duele, me quema, ¡me arde!
-Ahora todo lo que sientas será magnificado, dulce Sulpicia, pero yo te ayudaré a sobrellevarlo. Pronto podrás sumergirte en ese mar de perversiones del que hablas- sonrió picaronamente- pero ahora… deja que alivie tu pesar.
Le beso suavemente el cuello y ella apartó las manos y cerró los ojos.
-De momento he encargado que traigan la cena, por cortesía de iniciación.- Y por precaución, pensó para sí.- ¿preparada? Quiero que expandas todo lo que sientas, que te rodee, que no te posea, que seas tú quien lo posea.
Sulpicia asintió, nerviosa y en tensión.
-Haz todo lo que yo te diga- susurró Aro en su oreja mientras en un abrir y cerrar de ojos aparecía al lado de la puerta para abrirla.
Un olor entró de repente antes de la persona portadora de éste ambrosíaco aroma. ¿Qué era?
Sulpicia se llevó una mano al cabello y tiró de él suavemente. Apretó la mandíbula. Ese olor… Dio un paso hacia delante pero la fuerte mano de Aro la paró suavemente apoyándose en su abdomen.
-Tranquila, amor. Hay que tomárselo con calma… debes disfrutar del momento, no debes adelantarte - dijo alargando las palabras con gusto-. Adelante, muchacho- dijo con una gran sonrisa en sus perfectos labios dirigiéndose a la persona que había aparecido en la puerta.
Aro cerró la puerta detrás de él, no solo privándole la salida sino la vida.
El muchacho debía tener unos 15 años, bien alimentado y con buenas ropas, moreno y blanco de piel.
-¿Cómo te llamas, muchacho?- Le preguntó Aro.
-Mi nombre es Felice, señor.
-Yo soy Aro Vulturi y ella es… Sulpicia.
- Mi señora- dijo el chico sin apartar la mirada de ella e intentado hacer una reverencia.
-Es hermosa, ¿verdad?
-Sí, mi señor, nunca había contemplado ser más perfecto. Parece esculpida por dioses, si me permitís el atrevimiento.
Aro sonrió complacido, le gustaba que los otros contemplaran todo el poder y la exquisitez de sus posesiones, posesiones que ellos nunca podrían tener. Todo eso era suyo, su reino, su reina. Su poder.
Cogió al chico por el hombro y lo hizo sentar en la cama revuelta dedicándole una mirada de desaprobación.
Se sentó detrás del muchacho que estaba perplejo e inmóvil contemplando a Sulpicia con los ojos muy abiertos, intentado entender porqué hacía tanto frío o porqué no podía moverse. Aro le hizo un gesto a Sulpicia para que se acerase a ellos. Ella respondió y poco a poco fue acercándose. Sus caderas se contoneaban a cada paso deslizándole el suave y roto vestido por sus muslos y su cuerpo estructural. Su pelo se arremolinaba descolocado entre su dulce rostro. Se mordía el labio con fuerza, intentado contenerse, y tenía las pupilas de sus rojos ojos dilatadas.
El miembro del muchacho se movió al notar como las caderas de Sulpicia rozaban las suyas. Tenía la boca entreabierta y sonreía.
-Será una manera muy dulce de morir…-susurró muy bajito Aro mientras miraba a Sulpicia. Agarró el pelo del muchacho y le tiró la cabeza hacia atrás dejándole el cuello al descubierto.
Pum-Pum. Pum-Pum.
Los ojos de Sulpicia oscurecieron al sentir la sangre tan cerca.
Aro pasó la yema por el cuello del chico y susurró mientras presionaba levemente la yugular con el labio superior medio levantado.
-Aquí, cara mía.
Sulpicia volvió a morderse el labio y a mirarle, entonces lentamente abrió la boca y mordió el cuello que se le ofrecía como tributo.
Le resultó mucho más fácil rasgarle la carne de lo que pensaba y mucho más dulce el sabor de la sangre. Caliente, espesa entre sus labios. Tiro la cabeza hacia atrás y gimió. Volvió a morderle mientras notaba como su vestido se salpicaba con la sangre de su primera víctima. Cogió al chico de las muñecas y tiró de él hasta estirarlo en la cama por completo y posicionarse encima, Aro la miraba complacido. El chico gemía y lloraba, las lágrimas resbalaban de sus pupilas y se perdían en los almohadones, los más cómodos que nunca probaría.
-Despacio, siente como la sangre te llena, como su vida corre entre tus labios, como la absorbes…
El muchacho movió una mano intentando apartar a Sulpicia, pero la dejó caer con un último alarido. Sulpicia siguió succionando hasta que levantó la cabeza. Aro la observaba, sus ojos estaban llenos de lujuria y hambre. Se acercó al cuerpo mientras le acariciaba el pelo a Sulpicia y succionó la sangre que quedaba, aún estaba caliente. Recorrió su labio superior con la lengua y se mordió el inferior sin dejar ni rastro de sangre. Sulpicia tenía toda la cara manchada y los labios eran de un rojo intenso, las gotas caían lentamente por su barbilla y le manchaban el pecho del vestido.
-Creo que deberíamos arreglar este desperdicio- sonrío él recogiendo la sangre de la barbilla de Sulpicia y llevándoselo a la boca.
-Estoy de acuerdo.
Aro se acerco a ella muy lentamente, sin dejar de sonreír y recorrió sus labios dulcemente. La sangre sabía incluso mejor en esos labios. Sulpicia le devolvió el beso entrelazando los dedos con el pelo de su amado y acercándolo a ella.
Todo había desaparecido. Solo estaba Aro, Aro y sus labios.
Lo cogió de la cintura sin ser consciente de sus movimientos llevada solo por sus instintos y lo tiró a un lado de la cama para sentirlo más cerca. Lo necesitaba. La cama crujió bruscamente y se rompió sin previo aviso. Aro cayó rodando al suelo y la agarró de la cintura para qe cayese con él.
Su carcajada fue el canto más bonito que Sulpicia había oído nunca. Cuando pararon de reír Aro la miró a los ojos con jovialidad y se puso serio. Ella lo supo por la arruguita que se le formaba al final de la nariz al estirarla un poco y en como entrecerraba los ojos para mirarla.
-Cásate conmigo, Sulpicia, se mía eternamente-su voz sonó como un susurro pero dentro de su cabeza resonó más que las campanas.
