Advertencias: ganas de darle pasaporte a Sokko, confusión y yaoi en dosis suaves. Enjoy.
Revelaciones reveladoramente reveladoras y galápagos de chocolate.
El pasillo estaba desierto. Kirino permanecía apoyado en la pared color blanco cal, a la espera de que Sokko se decidiera a hablar. Cuando faltaba poco para que se atreviera a preguntarle por el motivo de tanto secretismo, el chico despegó los labios y los volvió a cerrar, boqueando como un pez. Se balanceaba en sus talones, hacia delante y hacia detrás, llegando en ocasiones a ponerse de puntillas. Era más alto que él.
—Kirino… ¿tú…eh, me refiero, te has fijado alguna vez en que pareces una tía?—soltó por fin. El chico dejó entrever sorpresa en su pálida tez por un momento, para adoptar después una expresión circunspecta. Se cruzó de brazos.
—Me he fijado, sí. Me toca a mí hacerme el machote; ¿alguna vez en los vestuarios te has parado a comprobar que soy un tío? Porque te lo aconsejo. Y sinceramente, no me esperaba que me hicieras salir de clase para preguntarme una estupidez como esta. Felicidades—dijo dando la vuelta sobre sus pasos, con frialdad en su voz.
—Espera tío, no pretendía ofenderte—dijo poniendo ambas manos sobre sus hombros, con una fuerza un tanto exagerada. Parecía nervioso. Kirino resopló con impaciencia.
—Permíteme que lo dude. ¿Qué clase de maravilla puedes querer decirme para acabar disparando semejante burrada?
Sokko suspiró, y a Kirino le pareció que imploraba al cielo a través del techo carcomido por la humedad, como si supiera que se arrepentiría de sus palabras tarde o temprano.
—A ver tío… lo que intento decirte es que estás…muy bien, o algo así—balbuceó mirando hacia las puntas de sus maltratadas deportivas. El otro chico parpadeó.
— ¿Cómo dices?
—Joder macho, no me hagas repetirlo, que me haces sentir idiota. A ver, que tienes los ojos azules, y el pelo rosa, y una cara que es… ejem, eso. Que estás muy bien y punto.
—Es decir que… vaya Sokko, ¿me lo estás diciendo en serio?—el skater parecía desinflado. Kirino pensó mordiéndose la lengua que si no se lo estuviera diciendo completamente en serio jamás se habría atrevido a soltarle algo como eso. Ni de broma.
— ¿Nunca te han dicho que estás muy bueno? Pues sí que abunda el mal gusto—dijo apoyándose en la pared a su lado. No parecía tan abochornado como hacía unos instantes. Se notaba que era amigo de Hamano.
—Pues no... nunca me lo había dicho un chico.
Sokko parecía escandalizado.
—Pero eh, no te vayas a pensar que soy marica o algo así. La culpa es tuya por ser así—aclaró con premura. Kirino frunció el ceño.
—Hombre, le estás diciendo a un tío que está muy bueno. El día de San Valentín. Algo de marica tienes que tener, digo yo.
—Bah. Dijiste que nunca te lo había dicho un chico. ¿Alguna vez se te ha declarado una chica? —cuestionó con interés. Kirino lo pensó un momento antes de contárselo.
—En primaria, cuando tenía el pelo corto.
—Te queda mejor largo—el otro lo miró planteándose si preguntarle cómo podía asegurar algo como eso si jamás lo había visto con el pelo corto, pero Sokko siguió hablando— ¿Y nunca te has enrollado con nadie?—Kirino miró hacia otro lado.
—Sí. Una vez, en una apuesta que perdió un imbécil de mi colegio—dijo con cierto deje de vergüenza. Tsune Sudo, uno de los matones del colegio, había acercado la cara a la suya sin aproximar sus cuerpos y había dado tres vueltas a su lengua en el sentido de las agujas del reloj, dentro del interior de la boca de Kirino. Después se había vuelto hacia sus amigos con chulería y había dicho "¿Así vale?".
Las risas teñidas de una crueldad ligada a la infancia resonaron en su mente, frescas y afiladas.
—Una apuesta. Menuda gilipollez. Ningún tío decente debería jugarse un beso en una apuesta—gruñó Sokko. Kirino reprimió el pensar que en otras circunstancias el grupo de amigos del chico podría calificar una apuesta semejante de todo lo contrario. Decían por ahí que las masas se dejaban guiar por el instinto.
—Teníamos once años o así.
Dos menos que ahora, se contuvo de decir.
—Me da igual. A mí me gustaría enrollarme contigo—dijo mirándolo a los ojos. Kirino tragó saliva. Se sentía como un avión cayendo en picado. No era lo bastante mojigato para preguntarse justo en ese momento si podía sentir atracción por un chico, y más concretamente por Sokko. Llevaba su tiempo aceptar y poner en orden ese tipo de cosas. Pero por otra parte, ¿qué probabilidades tenía de comerle la boca a cualquier otra persona en los próximos diez años, descontando al alto porcentaje de desconocidos que lo confundirían con una chica? Desconocidos hasta que se acercaran a "conocerla" y huyeran con la hombría herida de bala de cañón. Ni siquiera Sokko lo reconocía como un chico. No del todo.
— ¿Así, sin más?—titubeó.
— ¿Se necesita algo más para ello? No pienso obligarte a nada, pero creo que puede estar bien. Me molan muchísimo dos tías de la clase del amigo ese de Kurama. Pero no creo que vean más allá de sus propias narices, y tú estás en mi clase. Me ahorrarías muchas presentaciones estúpidas y en balde.
— ¿Entonces me estás soltando esta sarta de sorpresitas porque estás desesperado? Pues vaya; menudos trece años más tristes. A los cuarenta estarás hecho polvo—suspiró Kirino. Era aburrido que mucha gente catalogase a las personas en un abanico de niveles de interés y posibilidades. Sería… diferente si el abanico se compusiera de una sola persona. No para siempre claro, pero sí una temporada. Se sentía como una opción.
—Lo único que te estoy proponiendo es que aprovechemos esta oportunidad. A mí me gustas, tú nunca le has comido la boca a nadie de verdad, ¿qué podemos perder?
—El hecho de que decidiera enrollarme contigo solo porque nunca nadie me ha "comido la boca de verdad" me convertiría en un desesperado como tú, y comprenderás mi falta de entusiasmo ante esa perspectiva.
—Joder Kirino, no saques las cosas de término… abre tu mente y sé un poco más listo—susurró con hastío el otro chico. Empezaba a arrepentirse de la situación que había provocado.
— ¿Y si resulta que me gusta alguien?—preguntó. Pero el otro chico respondió sin dudar ni un instante de su argumentación.
— ¿Y si resulta que a ese alguien no le gustas tú? Además, no hace falta que yo te guste para que nos demos un jodido beso. Crece un poco y acostúmbrate a repartir tu cariño injustificadamente a diestro y siniestro, que el mundo es así—Kirino no sabía que decir.
En parte, Sokko tenía razón.
—Mira, yo no sé besar. Imagino que por lo que te he contado te habrás hecho a la idea de mi escasa experiencia—Sokko soltó una risilla entre dientes.
— ¿Sabes? Me daba un poco de palo hacerte salir de clase mientras hablabas con Shindou. Pensaba que una vez te dijese todo esto me soltarías algo así como que tenías que serle fiel a tu Capitán.
Kirino podía visualizarlo. Estaba en un cuadrilátero de Press in Catch y John Cena le acababa de hacer una llave que lo había planchado.
—Shindou es mi mejor amigo. Y como bien dices también es mi Capitán. Es en las dos únicas cuestiones en las que le debo fidelidad—dijo con tranquilidad. No era la primera ni sería la última vez que alguien le insinuaba algo al respecto. Jamás se acostumbraría del todo, pero era lo que tocaba. Estaba preparado para no armar un alboroto.
—Me alegra oír eso—respondió sinceramente el otro chico. Se acercó a él hasta el extremo de que las puntas de sus zapatos casi se tocaban y le puso las manos sobre los hombros con firmeza. Kirino decidió que no pensaba quedar de ingenuo en esa era de oportunistas y humanoides pseudo sentimentales y no opuso resistencia al beso de Sokko. Se había humedecido los labios antes de posarlos sobre los suyos.
Para ser francos, y aunque fuese su segundo beso, Kirino se atrevió a pensar que Sokko no besaba mal. Le daba un poco de asco el tacto blandengue y mojado de su lengua, pero supuso que todos los besos del mundo eran más o menos así, y que debería familiarizarse con la sensación si no quería morir virgen y devorado por media decena de gatos Persa en medio de una casa con olor a rancio y a rebosar de tapetes y flores secas, sin más anécdotas que contar que las vividas durante sus cincuenta años de estancia en un convento lleno de corrientes de aire y quesos de cabra. Los chicos ladeaban las cabezas a destiempo, procurando no emitir ningún sonido que delatase que lo que sucedía no era tan horrible como se podía pensar. Ni Kirino sentía la necesidad de tocar a Sokko, ni Sokko quería ponerle las manos encima, pero no pudo evitar estrechar el contacto apoyando las manos a ambos lados de la cabeza del chico, estremeciéndose ante el contraste arenoso y como de tiza de la pared contra sus palmas abiertas. Kirino se preguntó por qué estaría tan extendida la leyenda urbana de que uno necesitaba aire en medio de un beso como aquel que se quita el casco en medio del espacio exterior, si podía seguir respirando por la nariz. No sabía cuánto tiempo llevaban en esa situación, pero la señorita Tomizawa podía aparecer en cualquier momento y no le apetecía que pensara en él como un adolescente que no puede atar en corto a sus hormonas dentro del instituto. Sintiendo los labios extrañamente secos se separaron al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo. Sokko tosió secamente para apagar cualquier jadeo que pudiera pujar por salir de su garganta caldeada. Hasta entonces, Kirino no se había percatado de la fuerza menguante en sus piernas. ¿Y si se caía en medio del pasillo resbalando por la pared hasta quedar sentado, así sin venir a cuento?
— ¿Estás bien, tío?—preguntó Sokko con la voz ligeramente áspera. Sonaba como si se hubiera tragado un limón.
—Sí… eso creo—respondió intentando sonreír. ¿Dónde estaban los manuales de "Qué hacer tras un morreo espontáneo y no planeado" en momentos como ese? Pondría la mano en el fuego y no se quemaría, al jurar que existía algo similar. Pero la putada es que él no lo tenía. Lástima.
—Oye, no te creas que voy a pedirte algo en plan pegajoso solo porque es San Valentín—farfulló a la defensiva.
—Nada me gustaría menos que algo así por tu parte—rió el chico al imaginarse a Sokko hincando la rodilla ante él con un ramo de rosas de tela y recitando el cielo está enladrillado. Por su parte, Sokko le dio un puñetazo débil en el hombro y sonrió con chulería.
—Ya te gustaría a ti que me declarase, coletitas. Pero hasta los treinta pienso ser un hombre libre.
—Me alegro por usted, Mr Raya Diplomática. Pero ahora mismo tiene solo trece años y una clase a la que regresar—le picó mientras se dirigía a la puerta. Antes de que girase el pomo, Sokko musitó a su lado.
—Hombre libre o no, repetimos cuando quieras—dijo mirando por encima de su hombro. Tomizawa bajaba la escalera con un montón de carpetas de fieltro violeta entre sus temblorosos brazos. Propinándole una última palmada en la espalda, se marchó en su ayuda.
El skater, todo un caballero, pensó Kirino.
—Lo mismo te digo, Sokko-rro—rió mientras veía como el otro le sacaba la lengua. Entró en clase sintiéndose extraña y horriblemente bien.
Era un hecho demostrado que el buen humor en Kurama se trataba de un acontecimiento poco habitual. El juego que le otorgaba la exclusiva de molestar a Kirino con la primicia de su nuevo y recién declarado admirador no le había durado mucho. ¿Por qué Minamisawa se negaba a entender que su móvil salido de la época de los dinosaurios no tenía modo silencioso? Cuando le llegaba un mensaje zumbaba durante unos segundos y dejaba escapar un lamentable "Beeep". Eso por no hablar de aquella vez en la que el profesor de biología les había ordenado poner sobre la mesa cualquier aparato remotamente relacionado con la tecnología que pudiera facilitarles un chuletón más grande que el mapa de carreteras de Asia. Kurama había preguntado de broma "¿También tengo que sacar el mío?". Como el pequeño Samsung negro de Kurama era mundialmente conocido, todos se habían reído. Ni si quiera se había molestado en apagarlo. Pero Minamisawa no había podido escoger un momento mejor para desearle suerte en el examen. Y había sonado justo cuando las hojas llegaban a su mesa. De la rabia y la contrariedad lo había estampado contra el suelo, haciéndolo trizas. Era cuestión de volver a poner la tarjeta de memoria en su sitio y listos. Se había establecido un asustadizo silencio. Y mientras Kurama pensaba que era más probable que el móvil pudiera hacer de pararrayos sin sufrir ni un rasguño a que le pasara algo, sus compañeros pensaron que a Kurama era más fácil temerlo que amarlo.
"El entrenamiento termina a las seis y media. No es una mala hora para dar un paseo", intentaba convencerle el pijales.
"Te das cuenta de lo muerto que estoy? Por mí pasaría del entrenamiento y me iría a un Spa a gozar de la buena vida".
"Por eso te digo. En mi casa hay un jacuzzi, una sauna y una sala de masajes. Un Spa lo mires por donde lo mires. ¿Por dónde te escabullirás ahora, Kurama-kun?". El chico rechinó los dientes. En el fondo, muy en el fondo, debía admitir que el plan lo seducía. Por eso se sentía frustrado. ¡Le dolía tanto en el alma tener que darle la razón a Minamisawa! Era como algo impensable dentro de su compleja cabecita, donde finísimas hebras separan lo pensable de lo no tan pensable. Es decir, ¿disfrutar de las comodidades de la casa del pijales y tener la oportunidad de manejarlo como a un miserable vasallo durante un par de horas? No estaba mal. Pero Minamisawa ignoraría su respuesta durante una hora más. Debería recordar la próxima vez que la situación de Kurama no le permitía un saldo de móvil demasiado escandaloso. Desafortunadamente, el adinerado era el mayor y no tenía inconveniente alguno en mandarle el mismo mensaje con la misma pregunta cada cinco minutos periódicos, temiendo que no le hubiese llegado. Eso pensaría cualquier otro.
Pero Kurama Norihito estaba profundamente convencido de que lo hacía para fastidiarle.
La clase de biología comenzaba a ser tediosa. La cabeza le resbalaba de la mano y se precipitaba al pupitre de forma magnética. ¿Dónde se habrían metido Hamano y Hayami cuando más los necesitaba? El primero había pedido permiso para hacer una llamada desde secretaría y confirmar una cita con el dentista, y el segundo lo había solicitado para ir al baño. Nadie salvo él parecía haber reparado en que las personas normales no podían tardar cuarenta minutos en llevar a cabo cualquiera de las dos.
Le gustaba la biología, pero el grupito de chicas de la parte delantera de la clase estaba más que dispuesto a invertir los últimos quince minutos de clase en hacer preguntas estúpidas del tipo "¿Cuándo se dice que alguien es de sangre azul es que tiene la sangre azul de verdad?", "¿Si como más almendras me crecerán las tetas?", "¿En qué estaba pensando el primer hombre que ordeñó a una vaca?". E incluso plantearon la brillante propuesta de que el hielo de los polos terráqueos no se estaba derritiendo, no. Lo robaban los osos polares.
Y luego se reían.
Sus risas estridentes le perforaban los tímpanos como si estuvieran diez veces amplificadas por efecto de un altavoz. Parecían garras afiladas arañando una pizarra polvorienta.
Kurama se imaginó las cabezas de las chicas embutidas en agujeros bordeados de neón y a él con un mazo gigante arremetiendo contra ellas hasta desmenuzarles el cráneo. Su móvil volvió a sonar. El ganado femenino dirigió su atención hacia él y le preguntó si era su novia la que le mandaba tantos mensajes. Una de ellas respondió que era Minamisawa el que se los enviaba, y que cada vez que se comía un Mikado se lo hacía saber. Vaya, así que había espectadoras en 1º C de ese pequeño percance matutino.
Kurama no les dio tiempo a reírse.
Se incorporó, hizo crujir sus nudillos y en menos de lo que canta un gallo ejecutó un lanzamiento de martillo con pupitre en lugar de martillo e incluso el viejo verde que tenían por profesor de biología, el solterón de Dokuohtei Inoue (a Kurama le encantaba llamarlo Dokuohtei Inútil), que toleraba todas las gilipolleces de ese rebaño de cabezas huecas como globos con tal de babear ante el canalillo que dividía sus senos adolescentes cuando se inclinaban hacia su mesa, guardó silencio cuando la esquina de la desafortunada mesa abrió un boquete en la pizarra borrada. La tiza impregnó el aire provocando un par de atrevidos estornudos que retumbaron como cañonazos entre las cuatro paredes. Kurama se levantó con parsimonia, recogió sus pertenencias, las metió en la mochila y le dijo a Dokuohtei que les descontase a sus compañeras de clase los desperfectos ocasionados de la subvención por subnormalidad que recibían cada mes.
Después salió de clase muy ufano y echó a andar hacia la escalera cercana al baño que daba al segundo piso sin alterar el paso lo más mínimo. Sus pisadas eran insonoras en el solitario pasillo.
Maldito Minamisawa, qué ganas tenía de correr hasta su clase y tirarlo por la ventana. Luego bajaría al patio y recogería sus restos con una pala. Subiría y los tiraría de nuevo. Volvería a bajar, y después…
—Lo que intento decirte es que no me siento preparado. Si me dieras un tiempo para…
— ¿Un tiempo para qué? Hamano, si no estás "preparado" ahora no creo que lo vayas a estar en un futuro. Sinceramente, prefiero que me digas que no desde ya. Me ahorrarías muchas cosas por las que desearía no tener que pasar.
—Hayami…
Kurama se detuvo en seco al pie de las escaleras. ¿Estaba presenciando lo que creía que estaba presenciando?
¿Ellos? No tenía sentido.
No podía ser.
Mientras pensaba en una estrategia de camuflaje factible que le permitiera confundirse con la pared blanca a unos centímetros de su posición, Kurama pensó que aquello en realidad no lo sorprendía tanto; él ya sospechaba que tarde o temprano pasaría algo parecido. Pero no sabía qué pensar… ¿y si Hamano y Hayami empezaban a salir juntos y luego cortaban? ¿Conservarían su amistad? Kurama recordó la primera semana después de Navidad, en la que no se habían dirigido la palabra por causas desconocidas. Él lo había pasado bastante mal intentando limar las asperezas entre ambos, y eso que ni siquiera le habían explicado el porqué de su enfado. ¿Y si resultaba que empezaban a salir juntos y luego no cortaban? ¿Y si se volvían como aquella stalker de Shindou, Akane, tímidos y desprendiendo amor y devoción por los cuatro flancos, y él quedaba amargado por su felicidad vomitiva y se automarginaba para siempre?
Independientemente de esas incógnitas no debería estar allí escuchándolo todo para aclarar sus dudas. Pero por más que daba órdenes a su cuerpo para que se pusiera en marcha, parecía como si el suelo pisoteado por calzado escolar se hubiese agarrado a sus pies.
—Mira a Sokko. A él no le avergüenza admitirlo.
El silencio contrariado que estrangulaba a Kaiji Hamano llegó flotando hasta él como una nube densa y gris.
—Sokko no ha admitido nada. Me lo ha escrito en una hoja de papel pidiéndome que no se lo contara a nadie. Si eso es lo que entiendes por admitir las cosas venga, admitámoslas.
—Yo no quiero ser un secreto garabateado en una hoja de papel, Kaiji.
El resentimiento impreso en sus palabras le cruzó el rostro como una bofetada al otro chico.
—Yo tampoco quiero que lo seas—se mordió los labios con ansiedad y comenzó a mover el tobillo derecho como siempre hacía en el calentamiento previo a un partido. Como siempre que estaba nervioso—. Pero no sé lo que esperas de mí. ¿Qué vayamos de la manita y esas cosas? Si cuando te paso el brazo por los hombros y te pregunto si quieres ir a pescar me rehúyes como si tuviera la peste.
—No me gusta mucho que me pases tu sobaco afeitado por el hombro.
El otro chico emitió una débil risa. Las manos a los costados, las palmas humedecidas por sudor frío. En la izquierda, una tortuga de chocolate negro envuelta en papel de aluminio. Empezaba a derretirse. Era una réplica exacta de la que estaba grabada en su tabla de surf. Una galápagos. Hayami la había plasmado en chocolate a la perfección. Podría haber hecho lo mismo con cualquier otra pertenencia de Hamano, cualquier cosa que le recordara a él.
Las palabras pesaban mucho y se acurrucaban entre las cuerdas vocales de ambos.
—Hamano, pienso que sería muy triste que no me reconozcas como… ya sabes, que no me reconozcas de esa manera solo porque te produzca paranoias el qué dirán. Triste para ti y triste para mí. Puede que tu pandilla entre en shock y que el resto de la gente hable de ello, pero aún así yo nunca…—la saliva movió la nuez de Tsurumasa Hayami un momento. Una vez arriba. Otra vez abajo—. Hamano, no soy el más indicado para llamarte cobarde, pero…
¿Pero qué?
Durante el tiempo que ocupa un latido, Kurama pensó que uno de los dos saldría corriendo del baño a escape y se lo encontrarían de frente.
Lo que ocurrió, en cierto modo fue aún más incómodo. Kurama pensó con desagrado que el ruido que hacían los besos era muy parecido a revolver macarrones con chorizo en una cazuela y que eso no era muy romántico. Consiguió avanzar hasta el fin del tramo de escalones y llegó al rellano. A sus oídos llegó una última oración. Una súplica.
—Dame de plazo hasta que empecemos segundo. Por favor, Hayami.
Hazlo por los dos.
Kurama supo que en ese baño había un chico arrodillado ante otro. Incluso pudo sentir el tacto de sus manos entrelazadas con fuerza, sujetas por un desesperado agarre de hierro. Y también supo que ese otro tenía los ojos secos y una quemadura en el dedo meñique.
Se había quemado al verter el chocolate en el molde. Nunca antes había hecho algo así.
La campana de un colegio o instituto es un claro símbolo de lo sempiterno. A veces sonaba y te hacía entregar un examen de Historia de Japón que no habías terminado de pasar a limpio. Los tachones aferrados a los folios grapados se despedían de ti con educación antes de ser escrutados por los despiadados y enloquecidos ojos de Cheché, entornados tras las gafas de montura color hueso. Gracias a la campana perderías el punto de coherencia ortográfica y limpieza en el examen. En otras ocasiones resultaba liberador tomarla como un indicador para salir en estampida y emprender el camino de vuelta a casa.
A una singular categoría pertenecían situaciones como aquella. Era el cajón de las cosas inclasificables. Situaciones en las que una respuesta vital quedaba convenientemente ahogada. La sexta hora en el Raimon iba a dar comienzo.
Y con ella la espera de un chico con los ánimos más pesimistas y resignados que nunca.
La agitación todavía reinaba en 2º A. La pequeña Minako Shimizu había sido llevada a la enfermería por Tso Lan-ki, que a esas alturas de su vida habría cambiado con creces seguir dedicándose a la poesía china (como venía haciendo desde hacía casi veinte años) antes que tener que ser puesto a prueba de nuevo por un arrebato de los buenos y un ramillete de histeria colectiva como el que acababa de sufrir su pacífica clase de Lengua y Literatura.
Más nunca.
Salió del aula trastabillando y mascullando algo acerca de grandes dosis de tila para un chico bajito y con muy mal talante. Algún joven con principios de caballero o ganas de estirar las piernas se había ofrecido a ayudarle, pero tras denegar la oferta con afabilidad había cargado con la chica.
La conmoción flameaba en el aire como un aerosol.
Minamisawa había escapado por los pelos. Por dos o tres, se atrevería a decir.
— ¿Y ahora que le has hecho al peque para que se ponga así?—le preguntó Kurumada con un hilo de voz. Amagi y él lo miraban con curiosidad. Sangoku prefería mantenerse al margen del asunto. Estaba pensando en los padres de Kurama. En lo que llevaba de día se rumoreaba que se había cargado una pizarra y un pupitre, todo en uno por si fuera poco. La historia había corrido como la pólvora, como solo corren las historias que acontecen en un instituto. No es que conociera a nadie de su entorno familiar pero, ¿cómo podrían hacerse cargo de los destrozos? De sus amistosas (aunque banales) conversaciones y lo que Minamisawa le contaba sobre él se sentía capaz de asegurar que su condición económica era más bien modestita, que vivía en una casa pequeña parecida a la suya e incluso se había dado cuenta de que nunca le había visto desayunar en la cafetería del colegio, (exceptuando los días que tenían entrenamiento a las cuatro, en los cuales el Raimon los invitaba a comer y corría con los gastos pertinentes) a pesar de sus benévolos precios. Siempre traía comida de casa.
—Sólo le he mandado un par de mensajes.
— ¿Un par? ¿A su piedramóvil?—Kurumada silbó impresionado y se dejó caer en su silla. Sangoku subrayó mentalmente el elemento más importante de lo que entrañaba conocer a Kurama Norihito, aunque fuera muy por encima; el piedramóvil.
—No Kurumada, me he suscrito al servicio de mensajería vía paloma mensajera, ¿a ti que te parece?—respondió el sarcástico de Minamisawa Atsushi.
—Me parece que te pegan más las águilas reales, pero en fin… ¿cuánto son "un par"?
—Pongamos que es igual que cuando Amagi me dice que le dé un par de mordiscos de mi obento.
— ¡Eh, un respetito!—gruñó su amigo intentando asestarle un suave manotazo en la frente. Manotazo que, de no haberse zafado con la habilidad de un samurái, podría haber dejado en coma a Minamisawa. Las manos de defensa de Amagi eran como las tapas de un cubo de basura.
—Sabes que es verdad.
—Bueno tío, pero ¿qué era lo que tenías que decirle que no podías esperar?
—Que se viniera a mi casa esta tarde. ¿Cuánto tiempo llevas reclutado en la Gestapo, Kurumada?
—Encima de que me preocupo por ti… bueno, y por el pequeño Kurama, que es el que peor lo pasa.
—Será muy pequeño, pero a punto ha estado de partirme la cara—bufó el chico. Su pelo se revolvió en un movimiento y parte de su flequillo volvió a descansar sobre su frente limpia.
—Hombre, ni me imagino la de veces que le habrá llamado la atención ese idiota de Dokuohtei gracias a tus mensajes delatores. Hasta un empanado como él se da cuenta de cuándo está sonando el móvil de Kurama.
—Pues si con eso es suficiente para que le firmen un parte desde secretaría, con lo de la pizarra, el pupitre y las dos ventanas le van a dar fino filipino—dijo Amagi. Sangoku asintió.
—Ya me encargaré yo de engatusar a mi padre para que le extienda al Raimon otro cheque. Puede que incluso falsifique la firma para ahorrarme las explicaciones. Después de todo, no creo que note la ausencia de cincuenta o cien mil yenes de nada—aclaró con cansancio. Los otros tres le interrogaron con la mirada.
—Creo que estamos todos en pesca.
—Kurumada, pásame una caña.
—A ver, que no os enteráis de nada—no le gustaba hablar de ese aspecto de la vida de Kurama. Sí. Minamisawa Atsushi no tenía principios, pero sí algo de moral. Y esa moral le dictaba que se trataba de un aspecto personal. Pero decidió hacerlo más que nada para evitar futuras y frecuentes evasiones respecto al tema—. ¿De verdad creéis que al ritmo que nuestro Kurama-kun pulveriza el material escolar puede permitirse el lujo de pagarlo? No. Dado que la mayor parte de las veces tengo algo que ver en sus ataques de ira no me importa hacerme responsable de ellos.
Sus amigos lo miraron con pasmo. Ninguno pudo disimular su desconcierto, ni siquiera Sangoku.
—Pero Minamisawa, al paso que va Kurama te va a arruinar—Minamisawa miró a través de la ventana rota a su lado. Su reflejo le devolvió una mirada fragmentada en astillas de cristal, y se deshizo en una amarga risa de dientes blanqueados y perfectos. No creía que los negocios de su padre fueran a disminuir. Las ganancias serían casi siempre las mismas mientras él estuviera al mando. Cuando le llegase el turno de asumir el control puede que tuviera que andarse con cuidado con el menor. Al menos hasta que no tuviese ninguna duda de que podía desempeñar bien su papel y manejar el negocio. O mejor dicho, los negocios. Quién sabe, igual le pagaba unas clases de yoga y purificación espiritual y una terapeuta que los tuviese muy bien puestos y asunto solucionado. La camisa de fuerza tal vez no viniera en el lote, pero en fin…
—No creo que consiguiera arruinarme aunque demoliera el colegio entero—concluyó.
—Pero Minamisawa, ¿por qué lo haces?—inquirió Kurumada—. No es cuestión de despilfarrar el dinero de tu padre así como así.
—Tampoco es que tenga nada mucho mejor en qué invertirlo.
—Pero, ¿no es algo ilegal? No me irás a decir que nunca te han preguntado por qué lo pagas tú y no Kurama. Después de todo es asunto suyo.
— ¿Ilegal? Suena interesante, pero por fortuna o por desgracia el mundo funciona así, Kurumada-kun. Si tienes dinero, tienes la llave. Si tienes la llave, tienes recursos. Si tienes recursos, tienes respuestas para todo. Si tienes respuestas para todo, nadie te pone pegas cuando te haces cargo de un par de muebles de instituto.
—Bueno, en vista de que no piensas dar tu brazo a torcer y de que no me interesa que Kurama acabe raptado por los Servicios Sociales y sus padres desahuciados, dejemos el tema. ¿Pensáis saltaros el entrenamiento de hoy?
—Señor. No, señor—sonrió Minamisawa adoptando un saludo militar y haciéndose visera con la mano.
Amagi rió y lo imitó. Sangoku solo rió.
La señorita Tomizawa entró atropelladamente en 2º C para informarles de que el bueno de Tso Lan-ki venía de camino y de que Shimizu estaba bien. Después murmuró algo sobre lo adorable que parecía cierto alumno y lo agresivo que podía ser en realidad y volvió a salir con el mismo lío de sandalias planas y carpetas de fieltro.
Cuando su fragancia de lavanda comenzó a desvanecerse Kurumada retomó su "intercambio de información" con Minamisawa.
—Mira, niñatillo, ¿qué voy a saber yo de tus planes si me acabas de contar que te lo vas a llevar a tu casa por la tarde?
—Es obvio que me lo llevaré después del entrenamiento. Aunque este año estemos destinados a quedarnos como estatuas en el campo no puedo perder mi reputación de chico correcto.
Todos pasaron por alto las escasas esperanzas puestas en el equipo de fútbol del Raimon ligadas a su frase. En realidad, el equipo no era malo. Pero ese año muchos acabarían pensándolo. Todo aquel que fuera ajeno a su situación. Ellos ya se habían acostumbrado al fracaso.
O eso decían.
Sin embargo, nadie puede acostumbrarse a él. El fracaso es como el amargo sabor de la hiel, no te queda más remedio que tragártelo.
—Ya veo. A nosotros nunca nos invitas a tu humilde morada—protestó Amagi cruzando los brazos. No es que lo dijese en serio, pero le divertían las salidas de su amigo.
—Hace un par de meses os quedasteis a dormir.
—Hace un par de meses. "Un par", como tus mensajes a Kurama.
—No te pongas celoso, Kurumada-kun. Es solo que no estáis a la altura de lo que Kurama-kun puede ofrecerme.
Tras un largo "uhhhhhhhhhhhh" y un par de chistes relativos a la altura de Kurama, Kurumada le palmeó el hombro y le dijo:
—Usad protección, ¿eh? No quiero ser el padrino de un crío todavía.
—Lo tendremos en cuenta, Kurumada-kun—sonrió Minamisawa. No parecía inmutarse por nada. Después de su actuación ese día suponía que se lo tenía más que merecido.
—En serio tío, si Kurama fuera una tía seriáis el culebrón del Raimon—meditó Amagi imaginando como sería ese caótico universo alterno por un segundo.
— ¿Hace falta que Kurama-kun pase por el quirófano? Ya somos el culebrón del Raimon y ni siquiera le ha crecido el pecho.
Cuando la risa comenzaba a materializarse en sus labios, un fatigado Tso Lan-Ki entró en clase sin demasiadas ganas de mandar a callar a nadie ni de hacer nada en particular. Minamisawa era el único que estaba sentado, así que los demás volvieron a sus respectivos pupitres. Kurumada se sentaba delante de Minamisawa, y se giró una última vez antes de guardar silencio.
—Ahora en serio, ¿vais a jugar al Bioshock 2? Porque si es así pienso acoplarme tanto con tu permiso como sin él.
—Qué temible eres, Kurumada. Cuando lo estrene serás el primero en saberlo. Hoy lo único que queremos es relajarnos un poco.
El chico lo miró con incredulidad. La tirita que descansaba sobre el puente de su nariz se arrugó. Su agilidad mental en lo que a cavilaciones y dilucidaciones respectaba era asombrosa.
— ¿No será en aquel Spa en el que nos prohibiste expresamente entrar?
—Sí, en el mismo.
—Otra vez con tu favoritismo por el renacuajo.
—Es que está llegando a un punto en el que está muy estresado, necesita un descanso. Y yo tengo algunas cosas que contarle.
Kurumada iba a seguir con su implacable ronda de preguntas tipo "El juego de tu vida" quinto nivel, pero notó la picazón de unos ojos clavados en su nuca. Unos ojos que esperaban con un resquemor de paciencia a que cerrara la boca y se diese la vuelta.
Después de hacer una bola con una nota excelentemente caligrafiada y hacer canasta con ella en la papelera se sumió de lleno en la clase de Literatura. Se lo debía a ese pobre hombre.
Kurama-kun ignora que soy yo el que paga sus desperfectos. No os vayáis de la lengua con lo que os he contado.
Porque en cierto modo, que Kurama se enterase de que le debía algo a Minamisawa podía ser fatal para el equilibrio galáctico.
El aire glacial de principios de año acarició las dentelladas del cristal roto en las ventanas, vulnerables como un boxeador acribillado a golpes. Fuera, un manto de nubes cubría el cielo como una sábana blanca.
Parecían enormes monstruos blancos de corazones grises.
Hasta aquí el segundo capítulo! Nos leemos la semana que viene (o no), un beso muy grande!
