¡Yeka, Muñecas! Aquí vengo con el tercer capítulo de Preámbulos de Septiembre, a un día de Halloween. ¿A quién le importa que no sea tradición en España? Los toros son tradición y a mí se me revuelven las tripas con ellos. Con los toreros, para ser exactos.
Bueno, quería advertiros de que este es un capítulo con mucho relax, donde no pasarán grandes cosas. Me he limitado a asentar la conducta de los personajes. Por cierto, Shimizu y Sokko son originales, al igual que todos los profesores. Contadme qué os parecen.
Enjoy!
De golpes bajos y detalles difíciles de contar.
Los martes ningún club almorzaba en la cafetería. Ninguno salvo el club de fútbol.
El de béisbol comía en él los miércoles, el de tenis los jueves, y los de vóleibol y natación, con menos adeptos, los lunes. De vez en cuando les tocaba comer juntos. Siempre reinaba una atmósfera agradable, aunque todos se comportaban con más formalidad. Los viernes solía estar adecuado a clubes que no estaban tan ligados al deporte. Así, los miembros del club de música, el de teatro y el de periodismo y radiofonía convivían entre una amalgama de estuches de violín, guiones entremezclados con partituras, maquillajes de diversa naturaleza, cascos, mini portátiles y borradores de lo que pretendía ser una primicia de las grandes. Kirino se quedaba con Shindou algunos viernes, comiendo y charlando con una chica de la clase de Minamisawa, Shimizu, que tocaba la flauta travesera. De naturaleza frágil, era una buena chica, y, en ciertos aspectos, le recordaba un poco a Akane.
Luego, Shindou se despedía de él y se iba con las amigas de Shimizu en busca del piano que tenía reservado solo para él. Más de una vez se había propuesto aprender a tocar un instrumento nuevo, pero después concluía en que no tenía tiempo para ello. Kirino sabía que en realidad, a Shindou no le gustaba aprender cosas nuevas, en el sentido de que no le seducía la idea de esforzarse y se corregido en algo en lo que no era bueno. Su elemento era el piano, y si mejoraba y aprendía era porque sabía que podía hacerlo. ¿Quién le otorgaba la garantía de que se le pudieran dar bien los violonchelos y las violas?
Además, nadie salvo la Channel le prestaba atención. Sería muy diva y muy ordinaria a partes iguales, pero había tocado en la Filarmónica de Francia durante cuatro años y nadie podía quitarle eso. A Shindou le caía bien. Era exigente, pero como profesora de piano era ejemplar.
Nadie además de Shindou tocaba el piano en el Raimon.
A Kirino le habría gustado pertenecer a algún club relacionado con el arte, pero lo único que le interesaba que estuviera relacionado con la música a excepción de las melodías que tocaba Shindou era cantar. Y sinceramente, había pocas cosas que le sedujeran menos que cantar delante de alguien que no fuera él. De vez en cuando, le chafaba a Shindou las sesiones de piano en su mansión poniéndoles una letra burlesca y pegadiza que terminaba por desconcentrar a su Capitán. Pero de ahí y de cantar en la ducha no salía. En cuanto a teatro, intuía bastante bien qué clase de papeles acabaría interpretando en las funciones de Navidad, de Carnavales o de fin de curso.
Y eso… eso sí que no sería una buena idea. No, definitivamente no.
¿Poesía? ¿Para qué? ¿Tenis? ¿Él en tenis? Ya, claro. Como si Shindou fuera a permitir que jugase otro deporte que no fuera fútbol. ¿Club de lectura? Ni siquiera estaba seguro de que existiera de verdad. Tal vez los poetas y los lectores se alimentaban de palabras o algo así. Kurama no le había dicho dónde, pero sí le había asegurado que había acudido una semana al club de lectura, aunque había dejado de asistir en cuanto le habían recomendado leerse Cumbres Borrascosas.
Kirino había escuchado que era un buen libro, pero al parecer Kurama no opinaba lo mismo.
Kirino y Shindou fueron los primeros en llegar a la cafetería ese martes. En realidad, tras despedirse de sus compañeros con una sonrisa, un gesto de la mano (en el caso de Sokko, un guiño ocular apenas perceptible) y algún que otro ademán, Kirino había huido a escape de 1º A. Shindou, que seguía sus pasos, había saltado del trampolín, sumergiéndose de lleno en la marea de uniformes azules que se desparramaban como riachuelos hacia los jardines y la fachada principal. No obstante, la rapidez caracterizaba al defensa. El primero en llegar a la cafetería había sido él, aun con Shindou pisándole los talones. Tenían una conversación pendiente.
—No es que me importe.
—Claro que no. Por eso es la séptima vez que me lo preguntas.
—Ranmaru, si no confías en mí lo suficiente como para…
— ¡Oh! Shindou, no seas crío.
— ¿Crío yo? Eres tú el que se empeña en guardarme secretos.
—Te he repetido hasta la saciedad que no es un secreto. Lo que pasa es que es tan insignificante que no vale la pena que te lo cuente pudiendo hablar de cosas más interesantes.
—Si tan insignificante es, ¿qué más te da contármelo?
Kirino se sentía presa de un deja vu. ¿Cuántas veces en aquellas dos horas habían repetido ese patrón de conversación? Juraría que las palabras empleadas eran las mismas que había escrito en las dos notitas por las que Shindou y él se habían estado comunicando en Historia del Arte. La Channel no los había pillado de milagro. Viktoria Chemmel era una cuarentona que no usaba más carmín en sus gruesos labios (a reventar de bótox) porque no podía. Sus uñas, largas como las garras de un buitre, eran expertas en interceptar información secreta. Sobre todo información secreta escrita en pedazos de hoja arrancados de algún cuaderno. Se había ganado el apodo de "Channel" debido a que se bañaba en Channel Nº 5 cada mañana después de levantarse. Kirino estaba seguro de que por lo menos tres de los agujeros de la capa de Ozono eran responsabilidad suya. A Sokko lo había pillado hacía un mes pasándole una notita a Shindou en la que proponía la idea de crear un grupo en Facebook que se llamara "Viejas guarras que no se bañan y se echan un litro de colonia encima para ocultarlo". Era curioso cómo, a pesar de ser tan chabacana en algunos aspectos, en otros la Channel era rígida como el acero. No había descansado de maldecir en francés delante del despacho del director (aun después de que este la hubiera echado) hasta que se decidió que Sokko pasaría tres días fuera del Raimon como penalización.
Algunos la llamaban "la loca".
—Porque si te lo cuento se va a crear un silencio incómodo.
Su sinceridad era aplastante, como siempre. A Shindou no le sorprendía darse cuenta de ello. Le sorprendía su respuesta.
—Si estás tan seguro de ello es porque el asunto tiene que ver conmigo.
— ¡Shindou! ¿Por qué crees que cada vez que alguien habla conmigo en privado tienes algo que ver con lo que me cuentan?
Pero Shindou también era sincero, y estaba preparado.
—Me alegra que me lo preguntes, porque de hecho tengo varios motivos para pensarlo. El primero es que no quieres decirme qué diablos te ha dicho Sokko porque crees que me va a incomodar. Dos más dos con cuatro, ¿no? ¿Por qué otra cosa me iba a sentar mal si no fuera porque tiene que ver conmigo? Y el segundo… ¿has visto cómo me ha mirado antes de salir de clase? Fue como si de todas las personas del mundo estuviera pensando en que justamente yo no debería enterarme de lo que se traía entre manos contigo.
Kirino estaba perplejo. Hizo el amago de levantarse de la mesa larga en la que se sentaban a comer los días de entrenamiento. Clavó con más fuerza los codos en la madera, hasta que cobraron el aspecto de la cera. Durante un segundo temió que se astillara y se le clavara en la piel del antebrazo. Shindou lo contemplaba con la barbilla alzada y los brazos cruzados, sentado frente a él. Deseó con fervor que el resto del equipo irrumpiera en la cafetería en tromba y abarrotara la mesa para no tener que darle explicaciones. O al menos, poder posponerlas. Por una parte se preguntaba por qué no podía decírselo sin más; no había secretos entre ellos al fin y al cabo, ¿no? Por la otra, una pequeña vocecita que ganaba peso en su cerebro de forma paulatina le recordaba que en ningún momento de su vida había pactado con Shindou no reservarse nada para sí mismo. ¿Quién era él para obligarle a contarle sus cosas? Tenía derecho a compartir con su amigo las que le diera la gana. Si decidía guardarse algo al otro no le quedaría más remedio que aguantarse. Tanto si le gustaba como si no.
—Mira Shindou, no me insistas más. Ya te lo diré cuando considere que estás preparado para escucharme.
Ahora fue el turno de Shindou de quedarse perplejo. ¿Qué insinuaba Ranmaru?
—Es que no lo entiendo. Si establecemos una comparativa entre la posibilidad de que Nazo… Nari…
—Nazorine, Shindou.
—Nazorine. Si establecemos una comparativa entre la posibilidad de que Nazorine sea un mafioso y lo que sea que te haya contado Sokko, ¿qué información es más crucial de las dos? Dudo mucho que lo de Sokko consiga arrancarme la millonésima parte de la preocupación que siento al saber que tenemos un Capo en el colegio. En el hipotético caso de que fuera cierto. Y respecto a lo otro… ¿cómo que preparado? ¿Preparado para qué? Cumplí los catorce en enero; soy mayor que tú. Mis notas son las mejores de nuestra promoción en Humanidades. Podría meter en esto mis conciertos de piano y la preparación que eso supone, pero no lo haré. Prácticamente cuido de mí mismo yo solo, porque mis padres nunca están en casa. Soy el capitán del equipo de fútbol del Raimon, Ranmaru; y soy uno de los más jóvenes que hay en él ahora mismo. El capitán más joven en diez años. No soy lo que se dice un niñato. No sé qué crees que me puede afectar tanto, pero te aseguro que te equivocas.
Kirino no le respondió; no inmediatamente.
Así que "el Capitán más joven en diez años" se negaba a darse por vencido. Por lo visto le gustaba restregarle en toda la cara que sacaba mejores notas que él. Le gustaba recordarle que era un virtuoso del piano y que al parecer, Kirino no destacaba en nada de nada. Ya le gustaría a él disponer del dinero requerido para comprarse un violín y aprender a tocar. Pero no siempre llovía a gusto de todos. Ya le gustaría a él sacar mejores notas y saber preparar arroz blanco cuando tenía hambre y sus padres no estaban en casa. También le gustaría ser un defensa más rápido y poder espesar la niebla que usaba cuando le robaba el balón a los delanteros del equipo contrario. Le gustaría ser más eficaz y aprender una nueva técnica. Le gustaría que Shindou dejara de recalcarle que era insignificante en comparación con él.
Tal vez si no le contaba que Sokko le había acorralado contra la pared del pasillo era porque a Shindou le importaría un reverendo carajo. Esperaría algún tipo de reacción por su parte, pero seguramente el otro lo miraría y diría "ah". Cinco minutos después sacarían un tema al azar y olvidarían que Kirino se había sentido bien besando a un chico.
Es increíble como las personas procesamos todas esas ideas en un marco de apenas diez segundos, entremezclándolas en una masa caótica y estrepitosa. Kirino podría haber seguido dándole evasivas, podría haber refutado alguna de las posturas que Shindou acababa de exponerle, pero no hizo nada de eso. Le respondió lo peor que seguramente podría haberle respondido a Takuto Shindou.
Algo de lo que se arrepintió nada más materializarlo en voz alta.
—Todo lo que has dicho es correcto. Eres muy maduro, Capitán Shindou. Lo bastante responsable como para llevarnos a la final del Holy Road este año, ¿verdad?
Un cubo de agua helada bañándolo desde la coronilla hasta el betún de los zapatos.
Un calambrazo en la vértebra número 18.
Un vacío en la boca del estómago.
Una ira in crescendo, pujando por salir disparada de sus labios resecos, a través de sus dientes apretados. Takuto Shindou sintió nacer en su pecho un monstruo destructivo que barrió a un lado toda la preocupación que pudiera sentir por el chico que lo observaba sin pestañear. En ese momento contrajo sus escamas de reptil a la defensiva y le ordenó que se incorporara y golpease a Kirino Ranmaru en su cara andrógina.
A su mejor amigo.
No se movió ni un milímetro. Fue tal su inmovilidad que Kirino sintió un brote de pánico al pensar que a Shindou le había dado un infarto de miocardio o algo parecido. Se levantó con cuidado de su asiento. Los soportes de goma rechinaron contra el suelo de la cafetería. Kirino estiró el brazo, cuya articulación crujió sonoramente en medio del silencio grisáceo como el agua sucia.
Se había excedido. ¿Cómo había sido capaz de decirle eso a Shindou? Si era el capitán era porque estaba capacitado para serlo. Mucho mejor que cualquiera. Mucho mejor de lo que jamás podría llegar a estarlo él.
—Shindou…
— ¡Ni lo sueñes, modernillo! ¡La panna cotta es mía!
— ¿De cuándo a dónde? ¡Apártate de mi camino, medio metro!
—Eso ha sido un golpe bajo, Hamano.
—No Amagi, el bajo es Kurama.
—Pues de la piña que te voy a meter vas a acabar a ras de suelo, capullo.
—Cuánta violencia. Si vais a iniciar una de vuestras acostumbradas y arcaicas guerras de comida avisadme con tiempo.
— ¿Qué pasa pijales? ¿Te diste la mascarilla ayer?
— ¿Por qué siempre empezáis por el postre?
—Aoyama, no les preguntes, que no se fijen en ti. Están todos locos, locos.
— ¿Pero por qué, Ichino? Si hay guerra de comida, yo me apunto.
— ¡Ese es mi Aoyama!
—Kurumada, vergüenza debería darte. Eres una mala influencia para los chicos.
— ¡No seas aguafiestas, Sangoku! ¡Eh, Capitán, guárdame el sitio! ¿Qué hay de nuevo, Kirino-kun?
Kirino dejó que la mano alzada cayera a su costado, flácida. Se dio la vuelta con pesadumbre y se dirigió a una de las mesas empotradas a las columnas, donde se apilaban decenas de bandejas color verde espinaca. No tenía hambre, pero si no probaba bocado los tendría a todos encima preguntando por qué, cuándo, con quién y dónde.
En el caso de Kurama, la pregunta fue "cómo".
—Pst, Kirino, ¿cómo te fue con tu amante bandido?—siseó con picardía cogiendo una bandeja a su lado y emprendiendo raudo el camino hacia su tan ansiada panna cotta de nata. Pensaba ventilarse el sirope de chocolate negro entero. Si los otros querían chocolate, que esperasen a los vestuarios y a Minamisawa, el cartero del amor y los dulces indignos de San Valentín.
—Me he enrollado con él.
Sin duda, Kurama no se esperaba algo como eso.
"Fue fácil, estuvo tentado de decir.
Tan fácil.
Demasiado fácil. No había dudado ni un segundo en contárselo a Kurama. Ojalá con Shindou hubiera sido así de simple, ojalá la puñalada trapera que le había asestado hubiera sido prescindible. La complicidad entre Kurama y él era considerable, pero no podía compararse a la que se había consolidado entré él y Shindou.
Kurama dejó escapar una carcajada, ajeno a su dilema interior.
— ¡No jorobes! ¿Pero a ti ese tío te gusta? Yo ya tenía mis sospechas, pero ¿desde cuándo te gustan los chicos? Es decir, ¿fue algo esporádico o te ha dado fuerte con Sokko-Moco? Venga Kirino, no te hagas de rogar.
—Fue algo…
—Hamano, déjale el último trozo de panna cotta a Kurama, que ya sabes que es su postre favorito y la sirven solo dos veces al mes—suspiró Hayami con cansancio. No tenía ganas de nada. Ni siquiera sabía qué hacía controlando sus impulsos de chiquillaje. Sería la fuerza de la costumbre.
Hamano le dedicó un gesto pequeño y travieso.
—Calla Hayami, que se va a dar cuenta…
— ¡Eh! ¡Rata asquerosa! Kirino, luego hablamos, que esta aspiradora es capaz de comerse mi pequeño trozo de cielo.
—Tu cielo sabe a nata, Kurama.
— ¡Esas manos, Hamano!
— ¡Anda! Kurama el poeta; y sin haberlo planeado me ha salido un pareado—recitó Hamano con voz de cantante de Jazz.
Kirino sonrió y asintió en dirección a su amigo, aunque por aquel entonces estaba más concentrado en hacer diana en la cara del surfista con un cuchillo de untar mantequilla que en él. Dio las gracias al cielo por disponer de unos chicos así como compañeros de equipo. Levantaban la moral a cualquiera, aunque fuera un par de palmos. Mientras depositaba una ración de patatas panaderas en el hueco más grande de su bandeja y dejaba las pinzas otra vez en el borde de la fuente se percató de que era martes por primera vez en lo que llevaba de día. Los martes las empleadas de la cafetería se iban a la una y media. Volvían a las cinco para recoger el quiosco. Los días restantes no disponían de la jornada partida. Sabían que a pesar de haber encabezado un par de las Guerras Mundiales de Comida del Raimon, el equipo nunca las organizaba en su ausencia, por lo que podían fiarse de ellos y dejarlos solos un par de horas.
Ese día había un especial de comida italiana.
Una de las mesas redondas que solía estar ocupada por cajoneras con cubiertos estaba cubierta de papel de aluminio. Diversos trozos de pizza de por lo menos ocho clases campaban a sus anchas por la superficie. No durarían mucho. Ichino lo saludó al pasar a su lado con su bandeja llena hasta los topes de espaguetis a la carbonara con champiñones. Había recipientes soperos repletos de salsa de tomate natural, salsa de atún y cuatro quesos, por citar algunas. Los canelones de carne se apilaban formando una pirámide. La lasaña vegetal libraba una cruenta batalla de popularidad contra la lasaña de carne. Los raviolis, los tortellinis y los ñoquis disminuían a una velocidad de vértigo en sus respectivos cuencos metálicos. El olor a setas del risotto entraba a raudales por las fosas nasales de cada uno, estimulando sus estómagos hambrientos. Había una cesta enorme con panes de ajo y mantequilla junto a un surtido de quesos cortados en triángulos. El revuelto de jamón con legumbres, los minestrones y las messicani estaban casi agotados. Pero lo que de verdad ponía de manifiesto la fecha en la que estaban eran los postres. Kirino inclinó la cabeza hacia la macedonia. Los trocitos de melocotón y fresa almibarados tenían forma de corazón. Todos los sorbetes de granizada estaban edulcorados en algún tono rojizo. Supuso que serían de cerezas, mora e incluso sandía. Las cucharillas de plástico para el tiramisú eran rosas y tenían purpurina en el mango. Los vasitos de helado tenían forma de corazón, y había un letrero de cartulina rosa pastel al lado de los refrigeradores que te instaban a coger un cuadradito del chocolate casero que reposaba en un pequeño altar para ponérselo encima al helado. Así lo hizo. Era una tableta enorme. Se percató de que ya habían un par de budines de vainilla y dulce de leche en la mesa, además de unos cuantos profiteroles. Ya no quedaba panna cotta. Algunos dulces, tales como milhojas, cestas abarquilladas de tarta de manzana flambeada y kiwi o medias lunas de crema se apiñaban sobre el papel blanco de celofán, supervivientes.
Se le revolvieron las tripas. La comida italiana le recordaba a Narizón.
Se quitó un peso de encima cuando, al volver del buffet con su ración de patatas y su trozo de lasaña vegetal, Sangoku había ocupado su sitio frente a Shindou. Nadie había traído las mochilas para marcar el territorio, estaban todas metidas en las taquillas del pasillo.
—Pst, el de la mirada perdida, siéntate aquí—llamó Kurama. Kirino sonrió y se sentó junto a él, en la silla azul que palmeaba a modo de invitación. Minamisawa estaba sentado frente a Kurama, y al otro lado de este Hayami separaba espaguetis con el tenedor y rayaba el fondo de la bandeja, sin apetito. Tenía la barbilla apoyada en el mentón. Hamano lo miraba de vez en cuando sin nada que objetar y seguía comiendo con voracidad. A ambos lados de Minamisawa estaban sentados Kurumada y Amagi, el último cara a cara con Kirino. Junto a Kurumada, Aoyama recibía un par de consejos sobre el ángulo adecuado para disparar un ñoqui con una cuchara a modo de catapulta. Sentado al lado de Hamano, Ichino se servía limonada de una jarra de cristal y los miraba con una desaprobación mal disimulada.
—Kurumada, ¿por qué no le enseñas algo útil?—rezongó fastidiado.
—Porque para eso ya te tiene a ti—contraatacó el otro—. ¿Quién va a enseñarle las delicias estúpidas pero realmente necesarias de la vida si no lo hago yo?
—Ichino, Kurumada-sempai tiene razón—secundó Aoyama.
—Ya. La cosa es que todos tengan la razón menos yo.
—Algo así.
—Gracias por el voto de confianza, Aoyama.
—Oh, no te pongas borde Ichino, sabes perfectamente que confío en ti. Al menos a medias.
Ichino arqueó las cejas.
— ¿A medias? Gracias por eso también.
El almuerzo transcurrió entre bromas y tintineos metálicos, como de costumbre. Si en esa ocasión un aire más apagado reinaba en el ambiente, pocos lo notaban. Ichino estaba explicando al resto del equipo que se había presentado ese día que Yamana, la gerente, se había marchado con la ex de Nishiki nada más sonar la campana. Por lo visto la había oído murmurando algo de no ser capaz de mirar a la cara a cierta persona.
— ¡Ah! Es verdad. A mí me dijo que os diera a todos un saludo de su parte y que lo sentía por no acudir hoy al entrenamiento. Y luego me sacó una foto—comentó Aoyama entrecerrando el ojo izquierdo y mordiéndose la lengua en un gesto de concentración. Lo cierto es que la concentración de Aoyama desprendía su aroma, ya que Ichino no tardó en levantar la mirada de su plato como un resorte. Lo apuntaló con ojos amenazadores e intimidantes.
—Que no se te ocurra. ¿Sabes lo que es la muerte súbita, Aoyama?
—Algo de hockey sobre hielo, ¿no?
— ¡No ese tipo de muerte súbita!
Un par de asientos más allá, Kurama comentaba divertido:
—Me encantan las discusiones de estos dos, aunque yo apuesto por Aoyama.
—La cosa es, ¿quién no apuesta por él?-rió Amagi.
—La verdad es que yo me quedo con Ichino. Pero nunca superarán nuestros intercambios de opinión, Kurama-kun.
—Tan excéntrico como siempre, Rockefeller. Pero es cierto, son unos aficionados—afirmó chocando los cinco con Minamisawa por encima de la mesa. Un escalofrío sin precedentes le acalambró el pecho. En ese momento se produjo un arrastrar de sillas y un correteo fugaz hacia la salida del comedor.
— ¡Qué grande, Aoyama! ¡Justo entre los ojos! —aplaudía Kurumada, pletórico.
— ¡Aoyama presidente!—vocearon Amagi y Kurama a destiempo.
Un ñoqui descansaba en el suelo, magullado por un lado. La risa contagiosa de Aoyama, que había hecho el signo de la victoria antes de huir de la escena, empezó a perderse a medida que se adentraba en las entrañas del edificio.
—Lo mejor de ese chico es que nunca llega al postre—inquirió Kurumada pasando la panna cotta de la bandeja de Aoyama a la suya.
—Chicos, tenemos partido la semana que viene—habló Shindou. Todos guardaron silencio, como siempre hacían cuando se trataba de las palabras del Capitán—. Sangoku, ya sabes que en el Mannouzaka son muy apegados al juego sucio. Nos va a hacer falta que refuerces la Captura Ardiente por si traspasan la defensa con facilidad—. Kirino encajó una punzada de dolor entre los costados.
La tensión se podía cortar con un cuchillo. ¿Cómo explicarle al Capitán que no debían ganar ese partido? ¿Que no valía la pena esforzarse en balde? Lo único que pudo hacer Sangoku fue asentir con sequedad.
—Capitán; me gustaría aislarme un rato del entrenamiento de hoy. Estoy a punto de completar una técnica—dijo Kurama algo cohibido. No le gustaba hablar sobre sí mismo delante del equipo, pero sentía la necesidad de anunciarlo en voz alta. Shindou parecía sorprendido.
— ¿Una técnica? No me lo habías dicho, ¿cómo es?—preguntó con curiosidad. Si Kurama, que era delantero, desarrollaba una nueva súper técnica antes del próximo partido quizá sus posibilidades de empatar, incluso de ganar aumentarían significativamente.
—Consta de dos partes; una de ella es en tierra firme, la otra es desde el aire. Necesito darme impulso y creo que sé cómo lograrlo. Es lo único que me falta.
—Ya veo. ¿Y se te ha ocurrido algún nombre?
Kurama asintió.
—Me gustaría llamarla "SideWinder" o Serpiente de Cascabel, que viene a ser lo mismo.
—Pero te pareció que quedaba más cool en inglés, ¿a que sí?—sonrió Minamisawa poniendo los brazos en jarras. Kurama torció la boca avergonzado.
—La verdad es que sí—un olor como a queso le llegó desde atrás. Cuando quiso darse cuenta tenía una mano cubierta por un calcetín posada en el hombro.
—La cobra Taka Taka, una cobra asesina; se ha escapado de una piscina…
Todos, absolutamente todos prorrumpieron en una risa que parecía interminable. Hamano tuvo que acostarse en el suelo y sujetarse el abdomen. Kurama intentó patearle el estómago, pero la situación lo traicionó y acabó sentándose de nuevo, las lágrimas desbordándole. Incluso a Hayami se le dibujó una sonrisa de madera en los labios.
Supuso que por paridas como esas valdría la pena esperar al idiota de Kaiji Hamano. Al menos durante un tiempo, se dijo después de meterse la mitad de la galápagos de chocolate en la boca, aprovechando la distracción de todos. La otra mitad permanecía a salvo en el bolsillo trasero del pantalón de Hamano, siendo aplastada con cada sacudida del chico en el piso.
