Advertencias: No lo he mencionado antes, pero es probable que encontréis a Aoyama bastante OoC. A eso os digo, ¿puede alguien aseverar que es un chico serio y taimado? Bueno, yo no. Espero que os gusten sus arranques, serán uno de los pilares de este capítulo. Enjoy!
Diabetes inducida y monstruos no materiales.
A Minamisawa le aburrían los dictadores a más no poder. Sobre todo los dictadores europeos de la segunda mitad del siglo pasado. Aunque con diferencia, el que más le aburría de todos era Adolf Hitler.
El único dato que le parecía revelador acerca de él era que su película animada favorita de la época se trataba ni más ni menos que de Blancanieves y los Siete Enanitos. Pero claro, ya había acabado con Stalin y era el único que le faltaba para acabar el borrador de su redacción. En el césped color esmeralda tendido junto a él, Kurama le contaba con todo lujo de detalles que había conseguido invocar una víbora gigante las tres últimas veces que había llevado a cabo la SideWinder en el campo de entrenamiento colindante al río, hablando más para sí mismo que para su interlocutor. Sus manos iban y venían describiendo una trayectoria curva en el aire. El nogal del jardín trasero les brindaba una amplia sombra en aquel día soleado y frío, azul como el hielo polar.
Pudo atisbar a dos figuras a través de la pared vidriada de la cafetería que tenían toda la pinta de ser Ichino y Aoyama recogiendo sus bandejas y limpiando la salsa de pesto del suelo. Shindou les había dicho que estaría en el aula de música hasta las cuatro menos cuarto y se había marchado. Todos habían mirado a Kirino, pero este estaba muy ocupado proponiéndole a Hayami subir un rato a la azotea a tomar el aire. A los dos les hacía falta. En cuanto a Hamano, Amagi, Sangoku y Kurumada, de vez en cuando les llegaban los gritos de júbilo de alguno cuando ganaba una mano de póker desde otro punto del jardín.
Algo le decía a Minamisawa que estaban apostando dinero. Le encajó el capuchón a su estilográfica azul y miró a Kurama, apoyado sobre los codos.
—Listo. Creo que mi opinión personal sobre la labor de Hitler será la sensación de 2º.
— ¿Sí? Léemela a ver.
Minamisawa se aclaró la garganta, carraspeando.
— "Había una vez un hombre bajito y extraño que decidió tres cosas importantes acerca de su vida:
1. Que se haría la raya del pelo en el lado contrario a todos los demás.
2. Que se dejaría un pequeño y extraño bigote.
3. Que un día dominaría el mundo."
Kurama se rió con ganas y le propinó un codazo en el muslo.
— ¡Eso es de la Ladrona de Libros!
—Lo sé. Es lo más sagaz que he visto en mucho tiempo. Si mañana no dan por válida mi postura la culpa recaerá sobre ti.
—Eres tú el que me lo pidió prestado; y además es tu favorito, así que a mí no me mires. Por cierto, me lo tienes que devolver un día de estos.
—No pienso devolvértelo hasta que vea la película.
—A mí también me gustaría que saliera—suspiró el menor—. Es una historia genial.
—Y que lo digas. Oye, ¿doy por hecho que te vienes a casa esta tarde?
—Sí. Aunque… bueno, déjalo—cortó desviando la mirada. ¿Cómo podía haberlo olvidado?
—No te hagas el interesante conmigo, Kurama-kun. Si prefieres irte de marcha con tus libros de Matemáticas y de Química lo entenderé.
Kurama hizo un mohín.
—Aprecio tu comprensión. Pero no es eso. Luego te lo cuento, pero recuerda que a las nueve tenemos que estar fuera de ese Spa.
—Creía que tu carroza se transformaba en calabaza a partir de las doce, Kurama-kun—rió el chico sentándose y metiendo el borrador en un portafolios morado. Cuando se disponía a alargar la mano para alcanzar la mochila, un picón le arañó el dorso.
—Ja-ja, muy gracioso pijales. Hoy te estás pasando mucho conmigo. Que si lo de esta mañana, que si venga a robarme los Mikados, la avalancha de mensajitos en Biología… tú lo que vas es buscando bronca—declaró Kurama haciendo malabares con tres piedrecillas más.
—No me irás a decir que no te has divertido hoy, Kurama-kun. Deberías darme las gracias por hacer de tu vida una montaña rusa. Ya sabes, la emoción de no saber qué pasará.
Kurama puso los ojos en blanco. Desde luego, el qué pasará siempre sería un misterio si Minamisawa tenía algo que ver en el entuerto.
—Yo creo que es más bien como un circo—dijo tirándole otro picón. Minamisawa lo esquivó girando el cuello. A Kurama le pareció graciosa la forma en que su flequillo morado se arremolinó en torno a la sien izquierda durante medio segundo.
Pero entonces Minamisawa se lo colocó con la mano y la cosa dejó de tener gracia. Tampoco es que la tuviera hacía un instante pero…
Kurama, te estás volviendo un memo. Uno de los de verdad, además.
—Y hablando de circos, ese impulso que le quieres dar a la SideWinder tiene pinta de necesitar un poco de tus controversias de trapecista.
—Así es—Kurama se levantó con energías renovadas. Tenía un guijarro en cada mano. Un poco de césped se adhería a su pantalón azul. Minamisawa levantó la mano para sacudírselo, pero desechó la idea tan rápido como había venido. Decidió apoyarla sobre su rodilla—. Mira, hasta ahora controlo lo que es el salto y las dos patadas. Primero con la pierna izquierda y después con la derecha—. Le explicó flexionando una y otra—. La primera es la que le da la rotación al balón; la segunda es la que hace que salga disparado.
—Entiendo. ¿Y lo que te interesa es potenciar el despegue desde el suelo?
—Ajá. Hasta ahora lo que he conseguido es elevar el balón a unos ocho metros, de una patada. Apenas le doy un puntapié porque tengo que saltar justo detrás para llegar a tiempo. Lo que quiero es lanzarlo a una altura mayor para disponer de unos segundos más antes de que el balón empiece a caer hacia el suelo.
Minamisawa estudió la jugada. Kurama tenía unas piernas y brazos fuertes. Quizás…
—Van a ser las menos diez, pijales. Shindou ya estará en marcha preparando el tinglado.
—A saber. Hoy lo noto un poco distraído—comentó echándose la mochila al hombro. Kurama recogió la estilográfica del césped y le quitó una brizna de hierba con delicadeza. Se la guardó a Minamisawa en el bolsillo lateral de la Vans para que no tuviera que descolgársela. Sabía de sobra que ese era el sitio de honor reservado a su tan preciada posesión. Y en ese momento, a las dos piedras que le quedaban en las manos (devolverlas al suelo no era una opción). Nunca le había preguntado por qué. Lo sabía y punto pelota.
—Ya. Será la primavera, que la sangre altera.
—Yo diría que tiene algo que ver con Kirino.
Se pusieron en movimiento, caminando sin prisas hacia el oeste del jardín. Kurama también lo suponía. Pero no era cuestión de ir marujeando con Minamisawa sobre su amigo.
—Puede ser.
—Esos dos se traen algo entre manos.
— ¿Kirino y el Capitán? Ya se les pasará. De vez en cuando discuten, como todos los amigos.
—Tú y yo no discutimos.
—No. No lo dudes.
—Pero entre tú y yo, Kurama-kun; la primera vez que los vi pensé que eran la típica parejita de primer año. El niño tímido y la niña de las coletas. Encajaban como un puzle.
—Ya. Después te saltaste la selección de nuevos miembros para el equipo y llegaste tarde al primer entrenamiento del curso. Y plasca, te encontraste con Kirino y conmigo en los vestuarios. Yo estaba esperando a que terminase de cambiarse porque también había llegado de los últimos y comenzamos a trabar amistad. Fue la primera persona del Raimon con la que hablé.
—Y la segunda fui yo.
—Lo sé. Cómo olvidarme de ese día—sonrió Kurama cerrando los ojos, recordándolo todo con claridad.
—Dímelo a mí. Le dije a la niña de las coletas que si quería hacer un striptease se fuera a un cabaret o en su defecto, al vestuario de chicas. Que ahora que lo pienso, no tenemos. Y vaya con la niña de las coletas, no me atravesó la cara de un zarpazo de milagro.
—JAJAJAJAJAJA, sólo a ti se te ocurre ser tan directo.
—Más que un gancho de izquierda, Kurama-kun. Encima de lo que me atormentaba que pudiera estar pervirtiendo a ese parvulito en un vestuario deportivo… Sí, lo peor fue sin duda cuando me agaché para preguntarte dónde estaban tus padres.
La risa de Kurama era como la de un niño travieso, casi siempre entre dientes. Minamisawa contempló de soslayo sus ojos cerrados, los brazos cruzados tras la cabeza.
—Qué tonto eres, Minamisawa… casi te muerdo cuando osaste tratarme como a un crío.
—Es que eres un crío, Kurama-kun. Cuando tengas cincuenta años me agradecerás que te eche años de menos.
—Cuando tenga cincuenta años habrás desaparecido de mi vida y me habré convertido en un fisioterapeuta famoso en todo Tokio. Incluso puede que mi fama recorra Japón y salga en los suplementos dominicales del periódico ese para el que trabajaba el de filosofía. ¿Sabes que fue compañero de facultad de mi madre?
— ¿Matsuyama? El mundo es un pañuelo. Pero el Nikkei Weekly es un diario de economía y temas de bolsa y mercado. No creo que cuente con un suplemento dominical.
—Me da igual. El caso es que mi vida será tranquila y sin sobresaltos.
—Qué ganas tienes de deshacerte de mí, Kurama-kun. Y yo que pensaba que compartiríamos piso cuando fuéramos a la universidad…
Kurama lo miró sin saber si tomárselo en serio.
— ¿Tú? ¿Compartiendo un par de cochinos metros cuadrados con alguien? ¿En qué mundo? Los pisos compartidos son para la gente que no puede estar permitiéndose gastar dinero en el metro y el bus, que busca una zona cercana al campus… para gente como yo. Bueno, que no pegas mucho con los requisitos establecidos para ser compañero de piso.
—Manda narices, ¿desde cuándo se necesita algo más que ser ordenado y pagar la parte del alquiler correspondiente para ser compañero de piso de alguien?
—No lo sé, ¿desde cuándo un estirado como tú abandona su Mansión Playboy para irse a vivir a un piso mugroso? Seguro que no sabes ni poner una lavadora.
—Tal y como me lo pones el estirado pareces tú, Kurama-kun. La verdad es que no me importaría mucho vivir en un piso mugroso si te vienes conmigo para quejarte día y noche sobre él.
Kurama lo miró con detenimiento. ¿De verdad Minamisawa estaría dispuesto a vivir con él en un piso? Bien mirado, no era una mala idea. Podría ser… divertido. Le ayudaría con las matemáticas el primer año de fisioterapia, pagaría meses enteros de alquiler, jugarían con su X box 360 hasta las tantas de la madrugada y comprarían una botella de Bayleis cada sábado para no estar mal bebiendo en discotecas de mala muerte repletas de ron de garrafón. Bueno, la botella la compraría Minamisawa. Y una vez hubiesen bebido irían a una discoteca de mala muerte (de las de verdad) a hacer como que sabían bailar.
—Se te está poniendo cara de interesado Kurama-kun.
— ¿Eh? ¿Interesado yo?
—Ya sabes, por interés te quiero Andrés.
—No seas tan injusto conmigo, Minamisawa. Ya sabes que yo te aprecio más allá de tu dinero.
— ¡Ajá! ¿Cuándo he dicho yo que estés interesado en mi dinero? ¡Tus palabras te delatan!
— ¡Pero bueno! ¿En qué otra cosa iba a estar interesado, pijales?
—En mi cuerpo escultural, tal vez—presumió con la mano puesta en la cadera. Kurama lo miró de arriba abajo desdeñosamente.
—Da gracias al cielo que no soy marica, porque dejaría hecho polvo tu figurín de bailarina de ballet.
— ¿He oído lo que creo haber oído? ¿Qué te hace si quiera imaginar que de los dos tú tendrías el poder?
—La tengo más grande.
—Ni lo sueñes.
—Sabes que es verdad.
—No lo es.
—Ya veremos.
— ¿Es eso una apuesta?
—Podría serlo.
— ¿Qué apostamos?
—Si gano, pagas mi parte del alquiler.
—Espera, ¿entonces somos compañeros de piso?
— ¿Lo tomas o lo dejas?
—Hecho. Pero si gano yo, algún día tendrás que hacer lo que quiera que sea que se me ocurra, por más descabellado que sea.
—Suena terrorífico.
— ¿Lo tomas o lo dejas?
—Qué tonto eres, Minamisawa. Hecho. Tenemos un trato.
—Lo tenemos.
Y como todo trato inamovible, lo sellaron dándose la mano. Eran hombres de palabra.
Y no sabían hasta qué extremo.
Kirino y Hayami bajaban las escaleras de la azotea sintiéndose un poco menos miserables que hacía un rato. La verdad es que ahora que Kirino sabía lo de Hamano y Hayami sabía lo de Sokko y el desplante de Shindou cada cual había hallado consuelo en la desgracia del otro. Hayami pensaba que a Shindou tardaría en pasársele el escozor de aquel latigazo a su orgullo y que haber besado a Sokko era bastante… no. No. No es que tuviera nada en contra de él, pero la idea de besarlo le resultaba horrible. Le parecía un chico superficial e insensible. En cuanto a Kirino, durante un momento se puso en la piel de Hayami y colocó a Shindou en el lugar de Hamano. Se alegró al no encontrar sorpresa tras las gafas del otro. Él no pudo reprimir la suya del todo. Creía que a Hayami no le interesaban esos temas todavía. Y menos que también hubiera besado a un chico. Recordó las palabras de Sokko. Preferiría tener mil discusiones con Shindou a sentir por él algo parecido a lo que sentía Hayami por Hamano. Sería una situación desesperanzadora. Y tal y como era Shindou, era probable que se lo tuviera que explicar un par de veces hasta que lo entendiera, para finalmente darle unas palmaditas torpes en el hombro y tartamudear algo como "estás confundido", "son cosas de la edad" o una de esos tópicos tan típicos en él.
Menudo romance. Era mejor ni imaginárselo.
Aunque al menos Hayami quería a Hamano. A él Sokko le caía bien, pero si se habían morreado era porque Sokko era el único que estaba al alcance de Kirino y viceversa.
Cruzaron la cafetería para salir a los jardines a través de la puerta corredera. Ichino estaba vaciando la última de las bandejas utilizadas ese día por el equipo de fútbol en uno de los contenedores orgánicos y de reciclaje chorreantes de aceite y servilletas manchadas. En teoría Aoyama debería estar ayudándole, pero parecía estar interesado en otras cosas de mayor trascendencia, tales como estar sentado en la mesa balanceando los pies, sacarle fotos con la Blackberry a Ichino para subirlas al Facebook y etiquetarlo como indigente escarbando en la basura o tomarle el pelo constantemente.
—Ichino. Eh, Ichino—recibió un gruñido por respuesta y un mierda, ¿a quién se le ocurre dejarlo todo perdido de salsa de atún?
— ¿Me puedes hacer un favor?
— ¿Qué quieres ahora?—farfulló hastiado, intentando sacarse el óleo de la pechera de la camisa con un clínex, sin éxito. Qué maravilla.
— ¿Puedo cenar en tu casa hoy?
—Ya estamos con tu maldito cinismo.
—Venga Ichino, va, ¿puedo?
—Te voy a seguir el rollo solo porque sé que te hace ilusión. Sí Aoyama, sí que puedes.
—Pero si no hay suficiente comida no hace falta que comas, ¿vale?
—Claro hombre, faltaría más.
—Y mira, si no hay nada que me guste me preparas otras cosa, ¿vale?
—Seguuuuuuuuuuuuuuuro que sí. ¿Qué te gustaría?
—Un sándwich de Nutella.
— ¿Te conformas con la pasta de cacao del AeonMall?
—Claro que no. ¿Te conformas tú con los billetes del Monopoly?
—Ni que me fueras a pagar.
—Bueno, ¿pero me la vas a comprar?
—Claro. El supermercado más cercano en el que venden Nutella está a dos kilómetros de aquí, ¿quieres que vaya caminando?
— ¿Puedes ir haciendo la croqueta?
—Más fácil imposible.
Kirino no terminaba de entender de qué iba toda aquella batalla de ironías, pero su reloj le susurró con un pasar de agujas que eran las cuatro menos cinco y decidió llamar la atención de ambos para que los cuatro movieran el culo de una vez. Lo último que necesitaba era que Shindou tuviese otro motivo para estar enfadado con él. Y si había alguien puntual en el Raimon, ese era él.
— ¿Pero sabéis que es lo que podría ser genial? Una técnica combinada—gesticulaba Aoyama con emoción.
—Podría serlo, pero lo mejor es que nos lo planteemos cuando nuestras técnicas individuales sean perfectas.
—Hayami tiene razón; yo todavía puedo espesar más aún La Niebla. Cuando lo consiga seguramente empezaré a pensar en las técnicas combinadas.
— ¿Y con quién te gustaría inventar una técnica combinada?—quiso saber Aoyama.
—Con Shind… bueno, supongo que cuando limemos asperezas yo… en fin. Ya me lo pensaré—se había ido de la lengua. Pero si había algo en lo que Aoyama era bueno era en quitar hierro a las situaciones incómodas. Respetar la privacidad de Kirino era algo innato en él, así que decidió no meter el dedo en la llaga.
—Yo tengo decidido que quiero una técnica contigo, Ichino. Mucha gente se ha quitado del equipo en estos dos últimos meses, y ya que hemos ascendido al equipo titular temporalmente deberíamos demostrar de lo que somos capaces. Ya sabes, sacar la artillería pesada y todo eso.
— ¿Por qué a mí?—Hayami y Kirino se sonrieron entre ellos. Aoyama pasó olímpicamente de la pulla y siguió fantaseando.
—Pero tiene que ser algo relacionado con Inglaterra, y si puede ser que se note la influencia de The Smiths y además…
A Aoyama volvía a írsele la pelota. Otra vez. Ichino debía haber sido alguien muy malo en su vida anterior, porque reencarnarse en lombriz intestinal habría sido demasiado digno en comparación con eso.
—Pero a ver, ¿cómo vamos a meter a ese grupo de frikis en nuestra técnica?
— ¡No es un grupo de frikis! ¡Es todo un referente en la historia de la música!
—Claro. Por eso los conoce todo el mundo.
—Eso no tiene nada que ver. Aparte, mira a Shindou y a su Fortíssimo, por ejemplo. Él también mete a la música en el campo.
—No hay color entre una cosa y la otra. Mira Aoyama, que no. Que si quieres música te vas al karaoke.
—Pero si canto fatal…
—Mejor. Así me echo unas risas.
— ¡No es justo!
— ¿Quién ha dicho que la vida sea justa?
Kirino pensó de nuevo en Shindou.
Harmonics.
Era otra técnica que se le daba bien. No podría mejorarla más por mucho que se lo propusiera. Y faltaba poco para que todos se acostumbraran a los hilos del Paraíso del Dios Takuto. Eso ya era una táctica grupal. Se atrevería a aseverar que a Shindou no le haría mucha gracia concebir una técnica conjunta en su compañía. Le llevaba mucho la delantera en el campo, y eso conllevaría rebajarse a su nivel.
La perspectiva de entrenar por su cuenta ese día cada vez se le antojaba más atractiva.
Al llegar al campo comprobaron que casi todos estaban aún en los vestuarios. Kurumada ya se había cambiado y estaba calentando. Frente a él sentado en el banquillo, Sangoku se ajustaba unas protecciones en las rodillas. Al percatarse de su presencia, Kurumada les sonrió:
— ¿Ya habéis recogido todas las bandejas?
— ¿Ya te ha vuelto a desplumar Hamano jugando al póker?—bisbiseó Ichino. Por la cara que puso el otro, no pudo hacer más que sonreír con satisfacción.
—Menudo humor que me traes, pavo. Seguro que Aoyama te ha vuelto a dejar el trabajo sucio.
—Bingo.
—Ese es mi chico—proclamó con orgullo, revolviéndole el pelo a Aoyama, quien le sacó la lengua a Ichino y sonrió complacido. Ichino resopló y enfiló el pasillo de los vestuarios con petulancia—. Por cierto, bonita mancha de grasa la de tu camisa. Estás rompedor.
Si las miradas matasen, Kurumada tendría una lápida reservada en el cementerio para su propio disfrute personal desde hacía tiempo.
Las voces del resto de sus compañeros se hacían más claras conforme se acercaban. Al parecer, Kurama y Hamano le habían vuelto a esconder la ropa a Amagi. Este último iba sujetando una toalla alrededor de su cintura con una mano y con la otra iba dando portazos a cada taquilla deportiva en la que miraba y no encontraba nada parecido a la carpa de circo que eran sus pantalones.
—Frío…—decía Kurama siguiendo con la mirada al defensa. Este lo miró como un elefante africano a un ratón. ¿Cómo siendo tan diminuto no lo había aplastado todavía?
—Congelado, diría yo—lo corrigió Hamano, los codos apoyados sobre las rodillas. Pero Amagi no se rendiría tan fácilmente. Abrió la portezuela de la taquilla de Minamisawa sólo por cerciorarse de que no se dejaba nada sin registrar. No fue una buena idea. Un aluvión de colorines y lazos de raso y terciopelo se le vino encima, sepultándolo bajo un tonelaje de chocolate.
— ¡Maldición!
Kurama y Hamano no podían con su vida. Si lo hubieran planeado seguramente no les habría salido tan bien. Aoyama se dirigió con decisión hacia el accidentado, paseó los ojos con escepticismo por encima de él y cogió un paquetito anaranjado adornado con una borla dorada. Se sentó en el suelo delante de Amagi y rasgó la envoltura, engullendo con la vista fija en un punto incierto del techo. Ichino lo contempló con los hombros hundidos y Aoyama le devolvió la mirada sin dejar de masticar. Algo en sus ojos parecía preguntar, "¿qué esperabas que hiciera?"
Hayami suspiró, apretó más su mochila contra su pecho escuálido y se adentró en uno de los cubículos, cerrando con llave. Tal vez a Amagi no le importara ir por ahí con una toalla cubriendo sus partes nobles, pero a él le amedrentaba bastante exhibir su cuerpo entre los demás.
Ichino y Kirino estaban ya sobre Amagi, apartando cajitas y bolsitas sin tino.
—Qué iluso es. Y pensar que el follón que armó esta mañana no ha servido para nada… La cantidad de chocolates y compañía es la misma de siempre—comentó Kurama agachado, atándose los cordones.
—Bueno, mejor para nosotros—resolvió Hamano frotándose las manos.
— ¿Y qué era lo que esperaba conseguir con lo de esta mañana exactamente?—interrogó Kirino, depositando a su lado un estuche de bombones especialmente grande. Kurama negó con la cabeza.
—Y yo que sé. Él y yo fuimos los primeros en llegar y cambiarnos, Shindou estaba colocando los conos para los sprints en zigzag y esas cosas. Le pidió la contraseña de la taquilla al pijales y se trajo dos bolsas enteras de regalitos—Kurama apoyó el dedo índice sobre su sien y disparó una pistola imaginaria—. Después hizo otro viaje con el pijales y se trajeron más. Llegó la peña del póker y volvieron a salir los dos a recoger el saco de papeluchos que le han largado este año.
— ¿Y no podía él solo con el saco?—cuestionó Kirino. La operación "Liberad a Amagi" había tocado su fin. El defensa se incorporó y se estiró cuan largo era, clavando sus ojos en Kurama y Hamano. Ambos se levantaron con cautela y miraron de Amagi a la puerta y de la puerta a Amagi. El mayor dio un pisotón de sumo que hizo temblar los cimientos de la estancia y un segundo después aquellos dos se habían dado a la fuga. Kirino resopló y se sentó en una de las bancas, soltándose el pelo y desabrochándose la chaqueta del uniforme. Amagi había encontrado su pantalón en una papelera vacía, debajo de los lavamanos.
—La verdad es que Minamisawa le dijo a Shindou que podía traer lo que le faltaba él solo, pero el Capitán insistió. Hoy está más inquieto que de costumbre, parece que necesita estar en movimiento—le explicó el chico. Kirino dejó la camisa del uniforme hecha un guiñapo a un lado y se escondió tras una cortina de cabello—. Y gracias tíos, esos dos son unos mangantes—dijo Amagi al salir del vestuario.
—De nada—respondió Aoyama, aunque el otro ya no podía escucharle. Ichino lo miró indignado y le arrebató su captura azucarada de las manos.
— ¿Qué de nada ni qué ocho cuartos? ¡Si no has movido ni un dedo, gandul!
—Cómo eres Ichino. Lo he apoyado anímicamente.
— ¡Y un cuerno!—bramó el chico dirigiéndose resueltamente hacia los retretes. Aoyama lo miró con consternación un momento y salió embalado tras él.
— ¡No Ichino! ¡No lo hagas!—ululó Aoyama. Su voz se enturbió con el sonido de alguien tirando de la cadena. Un cubículo más allá, Hayami salía precipitadamente con las zapatillas en la mano y la mochila semiabierta, buscando alejarse de lo que podía ser una catástrofe a gran escala. Se sentó en la misma banca que Kirino, que estaba en calcetines. Cuando se disponía a acicalarse el pelo con su cepillo negro, un alarido lo sobresaltó. A Hayami le faltó poco para no esconderse bajo la banca.
— ¡EN LA CARA NO, EN LA CARA NO!
— ¡TÚ TE LO HAS BUSCADO, ASESINO DE CHOCOLATITOS!
— ¡QUEDAN TROPECIENTOS "CHOCOLATITOS" EN LA TAQUILLA DE MINAMISAWA!
— ¡NO ME IMPORTA! ¡TODAVÍA NO HE OLVIDADO CUANDO TE COMISTE EL TEJADO DE MI CASITA DE JENJIBRE EN NAVIDAD!
— ¡¿PARA QUÉ DEMONIOS PODÍAS QUERER UNA CASA DE JENJIBRE SI NO ERA PARA COMÉRTELA?!
— ¡¿ACASO PRETENDÍAS QUE MI HOMBRE DE JENJIBRE VIVIERA EN LA CALLE?! ¡SACRÍLEGO!
—Yo me voy a estirar ya, que esto se pone feo—se excusó Hayami cerrando la mochila y guardándola en una de las taquillas de la izquierda. Kirino asintió y fue hasta el espejo adosado a los lavamanos, intentando ignorar los golpes y la trifulca que se estaban disputando Ichino y Aoyama en los retretes y reunir la concentración requerida para hacerse las dichosas coletas de nuevo.
— ¡LO SIENTO! ¿Vale? Siento haberle dado pasaporte a tu estúpido…—la cara de Aoyama debía de ser mortal, porque rectificó de inmediato—… quiero decir, tu chocolatito. ¿Me perdonas?—Kirino pensó que Aoyama no le respondería de inmediato, pero nada más hablar Ichino lo hizo él.
—Caballito.
— ¿Eh?
—Caballito.
—Ni lo sueñes. Una cosa es que me arrastre y te pida perdón, pero me estás pidiendo que…
— ¡Caballito!
— ¡Ni hablar!
— ¡CABALLITO, CABALLITO, CABALLITO!
— ¡AAAAAAAAAAAAGH! ¡MUY BIEN! ¡TÚ GANAS!
— ¿Caballito?
—Sí, joder. Pero cámbiate ya o te dejo en tierra.
Kirino consideraba que no entender a aquellos dos era una virtud al alcance de todos. Loco se podría volver si le encontrara pies y cabeza a sus emputes. Durante los siguientes cinco minutos se dedicó a la ignota tarea de doblar su ropa y meterla con cuidado en la mochila. Metió unos cuantos de los paquetes que quedaban desperdigados en el enlosado blanco dentro de la taquilla de Minamisawa, contra la que se tuvo que apoyar para poder cerrarla y abrió la suya para meter dentro su mochila. En ese momento, Aoyama hizo acto de presencia dando saltitos de emoción y arrojando a la banca vacía su bandolera, en medio de una pirueta propia del ballet. Decidió no preguntarle nada. Ya se enteraría de qué iba la cosa en menos de medio minuto, aproximadamente.
Efectivamente, Ichino apareció apenas dos segundos después, abatido y arrastrando su mochila.
— ¿Me quieres explicar al menos por qué tienes que ponerte mi camiseta? La tuya me queda pequeñ…
— ¡Caballito!
—Lo suponía—respondió cerrando la taquilla. Su mochila estaba a buen recaudo. Esos salvajes jamás tocarían prenda mientras estuviera vivo. Volvió a abrirla y guardó la mochila de Aoyama dentro también. Ese insensato infravaloraba la mezquindad de sus compañeros de equipo. Menos mal que lo tenía a él.
—Venga, va—espiró. Kirino advirtió como flexionaba las rodillas. Casi le entra la risa al ver a Aoyama treparle por la espalda como un mono. Sentado cómodamente sobre sus hombros, exclamó:
— ¡Corre como el viento, Perdigón!
— ¡Sin cachondeo Aoyama, porque te la armo!
— ¡YIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII IIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII IIIIIJA!
—Dios, dame paciencia. Porque como me des fuerza le meto una coz que lo mato.
—Ichino, ¿te puedo grapar un cucurucho de helado a la frente para que parezcas un unicornio?
Al parecer, Ichino habría deseado con todas sus fuerzas que Aoyama se partiera la crisma contra el marco de la puerta, pero tuvo la mente fría de agacharse al llegar al umbral.
—Nos vemos luego, Kirino.
—Hasta ahora, chicos.
Kirino apoyó las manos en la encimera del lavamanos. Abrió el grifo y vio el agua caer, ensimismado. El chorro deformaba las figuras escondidas tras él, difuminándolas. Hizo un cuenco con las manos y hundió la cara en él, preguntándose cómo serían las cosas si cada vez que tuviera que pedirle perdón a Shindou por algo este le exigiera subirse a sus hombros y ponerle un sillín de montar a cambio.
Qué normal era Shindou. Ese era el problema, era demasiado normal.
La puerta chirrió al abrirse.
Shindou venía solo, y aunque supiera que si Kirino no estaba con los demás en el campo tenía que estar por narices en el vestuario no esperaba encontrárselo ahí. Estaba medio ido. Le había dicho a Minamisawa que empezara a entrenar, que él no tardaba nada. Caminaba robóticamente, con los itinerarios memorizados en su mente. Kirino pensó que en realidad Shindou no tenía tanto la vista puesta en él como él la tenía puesta en Shindou la mayor parte del tiempo. Siempre vigilaba sus pasos para asegurarse de que todo marchaba bien. En cambio, Shindou no notaría la ausencia de su amigo hasta pasado un rato.
Sintió el bochorno entibiarle las mejillas al pensar en eso último. ¿Por qué debería estar ahí para Shindou si Shindou nunca estaba ahí para él?
—Lo siento, Ranmaru.
El chico parpadeó.
¿Cómo?
Por lo visto lo había dicho en voz alta, porque Shindou se apresuró en aclarar:
—Que lo siento. Es tu vida, y si hay cosas que quieres reservarte para ti yo no tengo por qué indagar en lo que no me conviene—la sinceridad relucía en sus ojos cobrizos. Sus dedos se crisparon en torno al saco de tela que cargaba, apoyado en su cadera—. Y también lo siento por no ser un buen capitán. Me gustaría ser mejor. Lo siento, Ranmaru.
Pero Kirino no estaba dispuesto a oír más. De dos zancadas se plantó delante de Shindou y le abrazó. El saco cayó al suelo, y su contenido cubrió los azulejos como la nieve en invierno. Shindou estaba inmóvil, pero Kirino no pensaba soltarlo hasta hacerle saber que era un buen capitán. Aunque lo primero era lo primero.
—He besado a Sokko.
Shindou reaccionó por fin. El monstruo en su pecho olfateó el aire, expectante. Miró al chico con el desconcierto trazado toscamente en sus facciones y preguntó:
— ¿Por qué?—a punto estuvo de abofetearse él mismo por preguntarlo. Kirino se lo había confiado y a él solo se le ocurría preguntar por qué. Ni siquiera preguntar si le gustaban los chicos o las chicas o ambos, que sería lo más corriente en casos como esos, o qué le había visto a Sokko para acabar besándolo. Aunque… no. Seguro que era Sokko el que lo había presionado. Tenía que haber sido cosa suya. ¿Cómo iba a gustarle a Kirino alguien como Sokko? Debería sentirse mal por pensarlo, pero era sencilla y llanamente irracional.
Una punzada repentina de inquina hacia el chico de los piercings le martilleó en las sienes.
¿Por qué? Buena pregunta. ¿Tal vez porque era gratis?
—Porque podía.
—Pero tú… ¿a ti te gusta Sokko?—Kirino volvió a reconsiderarlo por cuarta vez en lo que llevaba de día.
—No realmente. Pero hacía tiempo que no besaba nadie, y seguramente transcurrirá otro tanto hasta que se me presente la ocasión.
— ¿Ya habías besado a alguien antes?—conjeturó Shindou. Kirino se separó un poco de él.
—Algo así. ¿Tú no?—Shindou negó con la cabeza y lo hizo sentir estúpido. ¿Por qué le preocupaba tanto no gustarle a nadie en un futuro? Shindou nunca había besado a nadie y no parecía que por ello se le hubiera extraviado nada en la vida—. Bueno. No creo que vuelva a suceder. Y Shindou; eres el mejor capitán que ha tenido el Raimon en años. Y seguramente el mejor que tendrá en mucho tiempo. Perdóname a mí por decir lo que dije. No debería…
Pero enmudeció de golpe. Ahora fue el turno de Shindou de levantar la mano para cortarlo en seco. Dio un paso vacilante hacia él, sin saber cómo hacerlo en realidad. Kirino hacía que todo pareciera natural, pero a él le costaba un poco más salirse del reglamento. Los abrazos espontáneos no eran lo suyo. Casi como si fuera de porcelana, pasó sus brazos alrededor de la cintura de su amigo y lo estrechó contra sí.
—Olvidemos este asunto, ¿te parece?
—Me parece—sonrió Kirino, y cuando Shindou quiso bajar los brazos, no le permitió alejarse. Se rió contra su pecho, estúpida e injustificadamente feliz. Shindou olía como los pinos, frescos y verdes.
Verde como el monstruo que ronroneaba en sus entrañas, acurrucado y apaciguado.
Fin del cuarto capítulo.
Quería aprovechar y darle la Medalla de Oro a Kim Natsuyaki por sus reviews y su interés en el fic. Me saca una sonrisa cada vez que pienso en él, y agradecería a todo aquel que esté siguiéndolo su opinión al respecto. Puede que os parezca algo tonto, pero ese detalle me insuflaría mucho ánimo, de verdad.
Nos leemos la semana que viene!
