¡Holaquétal! Antes que nada, siento la tardanza. Desde que llegó Octubre a los días les faltan horas. Hoy tengo más bien poquito que decir, quería dedicar este minicapítulo a Kim Natsuyaki por estar ahí desde el principio, por hacer que esto valga la pena. Aclarar que faltan unos tres capítulos y el epílogo para finalizar esta primera parte y animaros a dejar un review, que como siga así se los voy a acabar pidiendo a Papá Noel.

Enjoy, mai lofs.


SideWinder.

Kurama aguantó cinco segundos y se ayudó de las manos para sentarse sobre el césped. Hacía mucho tiempo que no se abría. Cuando tenía siete años incluso podía hacer la postura de la Flor de Loto y caminar con las rodillas, pero había perdido un poco de elasticidad con los años. Sin embargo, ahora caía en la cuenta de que podía ser uno de sus puntos fuertes, por lo que debía pulir sus habilidades de contorsionista. La elasticidad debías adquirirla desde edades tempranas, y a él estaba a punto de pasársele el arroz.

Vio a Kirino y al Capitán salir de los vestuarios dialogando y mirándose el uno al otro. La paz interior de ambos era palpable y fluía de sus gargantas como el vaho en un páramo helado, como si no pudieran terminar de creerse que existieran malentendidos que se solucionaran con tanta facilidad. Kurama sonrió y volvió a lo suyo. El grueso del equipo se detuvo a unos metros de él, finalizadas las diez vueltas de calentamiento. A Minamisawa le faltaban dos. A Ichino y Aoyama les quedaban cuatro todavía, y le pareció oír a Aoyama diciendo algo de ser llevado a caballito cuando pasó corriendo junto a él, a lo que Ichino respondió acelerando la marcha. Minamisawa se acercó a él con vehemencia, un poco acalorado por la carrera. Qué escaqueado.

— ¿Cómo te va, Kurama-kun?

—Bien. Pero estaba pensando en cómo…—dejó en el aire.

— ¿Cómo qué?—preguntó, haciendo sentadillas mientras.

—Cómo darle a la SideWinder el impulso que necesito. Debería ser una especie de efecto tirachinas.

Minamisawa recordó lo que había estado maquinando antes.

—Ya veo. ¿Sabes hacer el pino?—Kurama asintió. Se levantó del campo y estiró los brazos hacia el cielo invernal, dio un paso hacia adelante y apoyó las palmas de las manos contra la hierba artificial, alineando las caderas con las piernas para conseguir una posición perfectamente recta. Contó hasta siete y se dejó caer hacia atrás, enderezándose con la sangre un poco subida a la cabeza. Minamisawa dio dos palmadas, sonriente.

— ¿Crees que podrías hacerlo hacia atrás?

—Podría intentarlo—acto seguido y, como si no quisiera darle el más mínimo margen de tiempo a Minamisawa para que pensara que no era capaz, se dio impulso hacia atrás buscando el suelo con las manos, pero lo único que floreció de su acción fue un golpe en la parte anterior de la cabeza. Kurama sintió como su vista se nublaba y como el campo daba vueltas bajo su peso. Y también percibió el resoplido de risa del idiota de Minamisawa, algo distorsionado.

—Qué se le va a hacer. Eres más bruto que una infusión de pan rallado, Kurama-kun.

—Espera a que me levante y nos reímos los dos… engreído de…

—Te propongo algo mejor—Minamisawa le tendió ambas manos y con un leve tambaleo, Kurama pudo ponerse en pie. El campo de fútbol dejaría de dar vueltas en menos de un minuto—. Deja que te ayude.

Ya estamos.

—Tú tienes que entrenar, Minamisawa. Vale que el Sonic Shoot solo necesite un poco más de potencia, pero en vez de arreglarlo el día antes del partido (como haces siempre) contra el Mannouzaka podrías ponerte manos a la obra desde ya.

—El caso es que yo ya tengo una súper técnica y tú no. No puedes rebatírmelo—Kurama frunció los labios. Claro que no podía rebatírselo. Pero como bien decía el pijales, el que no había desarrollado del todo una súper técnica era él. Eso lo convertía en un asunto de su exclusiva propiedad—. Mira, atiende. Cuanto antes resolvamos esto, antes podré ponerme a trabajar en el Sonic Shoot.

Minamisawa era de ese tipo de personas a las que a Kurama le costaba decir que no en más ocasiones de las que le gustaría contabilizar. Menos mal que se dedicaba a venderle su compañía o su ayuda, y no pisos o coches.

Estiraron los brazos y ejercitaron el tórax, dejando inmóvil el cuerpo de cintura para abajo. Cuando creyeron que era suficiente, Minamisawa le ofreció la espalda a Kurama, inclinándose un poco hacia adelante.

—Pega tu espalda a la mía.

Kurama se detuvo un momento a analizar esa petición.

Se le revolvieron las tripas y Minamisawa levantó una ceja, divertido. Lo había escuchado. Pero todo aquello era realmente estúpido y carecía de sentido, y él solo quería demostrar lo que podía hacer y mandar al cuerno a Minamisawa de una vez por todas, aunque para ello tuviera que seguirle la corriente durante un rato.

Y así lo hizo. Enganchó los brazos a los de su colega y quedó acostado sobre la espalda de Minamisawa, que se había acuclillado. Lo comprendió. Con firmeza, levantó las piernas hasta formar un ángulo de noventa grados con su abdomen. Y se cayó al suelo otra vez con un ruido sordo.

Vio a Aoyama trazar con tiza una especie de 2 sobre la pizarra en la que se anotaban los tantos que marcaban los equipos participantes en un partido cada vez que jugaban en el Raimon. En casa. Minamisawa volvió a hacer palanca con él y a alabar su sentido de la delicadeza y él volvió a mandarlo al garete. Y continuaron intentándolo durante la primera hora de entrenamiento.

Sangoku no daba abasto bloqueando y encajando tiros a portería provenientes de Kurumada, Hamano y Shindou. Haruna ya había llegado, y tomaba apuntes en su inseparable cuaderno rojo desde el banquillo, y de vez en cuando hacía preguntas a Hayami y a Kirino sobre sus respectivas técnicas o solicitaba el tiro a puerta de un jugador en concreto. El entrenador Kudou solía aparecer los martes a las cinco de la tarde. Estaría al caer. Amagi se defendía de los disparos alternos de Ichino y Aoyama. Kurama calculó que detenía seis de diez chutes.

— ¡Minamisawa-kun! ¿Te importaría tirar a veinte metros de la portería? Me gustaría ver tus progresos.

—Claro—Minamisawa asintió en dirección a Kurama y se dirigió hacia el lado opuesto del campo. Kurama tenía ganas de ver de nuevo el Sonic Shoot de Minamisawa, pero también tenía ganas de vanagloriarse de su propia técnica. Su SideWinder. Miró el balón a sus pies y lo aprisionó entre ellos, como un prisionero entre barrotes.

Había entrado al club de fútbol para ganar. No importaba que los de segundo y tercero fueran unos mediocres. Si quería algo bien hecho, tendría que hacerlo él mismo.

Con una cabezada seca, afiló los ojos y puso los brazos en cruz, inspirando hondo. Aisló las pisadas en la hierba, las voces de sus compañeros. Solo estaba él. Se curvó hacia atrás y reprimió el impulso de gritar de alegría en cuanto sus palmas hicieron contacto con el césped artificial. Sin aflojar su agarre en la pelota, logró hacer el pino sin ayuda por quinta vez. Y entonces dio un paso más. Pensaba en la victoria, en las ganas de ganar, en su pasión por el fútbol, en sus compañeros.

En él. En ellos.

El balón salió disparado hacia arriba, ganando la atención de los otros chicos y de la propia Haruna, que seguía con la mirada el ascenso de la pelota. Varios metros de altura extra, pensó Kurama con emoción. Concentrándose, apoyó las manos en el suelo y miró hacia arriba antes de salir despedido como un cohete. Lo demás ya lo tenía todo pensado. Patada izquierda. Patada derecha.

Adrenalina colapsando sus venas como una tubería reventada.

— ¡Side…Winder!—y todos lo vieron (La verdad es que desde que a Kurama se le había ocurrido la idea se moría de ganas por decir el nombre de su creación en voz alta). Una víbora gigante se retorció en torno al balón, empujándolo hacia la portería, deslizándose con majestuosidad y con los colmillos en ristre hacia la mitad inferior del campo. Sangoku no se lo pensó mucho. Se apartó de su camino y la serpiente entró en la red, sacando la lengua en dirección a Kurama, que tocaba el suelo en ese momento. Sus ojos de reptil cascabelearon un momento antes de difuminarse contra el lienzo del viento.

—Wow—Kurama aún notaba el cosquilleo eléctrico que recorría cada poro de su cuerpo. Acababa de conseguirlo.

Unos aplausos le devolvieron a la realidad. El entrenador Kudou había llegado. ¿Lo habría visto? Era él el que aplaudía.

—Entrenador Kudou—lo saludó, un poco en Babia todavía. No podía hacer más.

Una súper técnica. Mi súper técnica.

—Kurama, tu nueva súper técnica tiene potencial. Tendrás dos horas antes del partido contra el Mannouzaka para desarrollarla en los entrenamientos. Distribúyelas como quieras. Si te apetece entrenarte por tu cuenta, no tengo nada que objetar—. Se tomó las manos tras la espalda y bajó los últimos peldaños hasta el campo. Su mirada abarcó a cada miembro del equipo—. Escuchadme todos. Kurama será la clave la próxima semana. Quiero que lo rondéis durante todo el partido. Es bastante probable que si descubren de lo que es capaz, añadido a su posición de delantero, intenten anularlo. Subid la defensa. Y Minamisawa, te quiero pegado a él para cualquier pase repentino, ¿queda claro?

Un asentimiento general culminó la reanudación de los últimos tres cuartos de hora de entrenamiento. Algunos se sentían un poco más capaces de comerse el mundo tras contemplar el debut de la SideWinder. Otros no tanto. Amagi bajó su media de seis chutes de diez bloqueados a cuatro. Sangoku parecía hallar más facilidad en detener los tiros a puerta de Kurumada que los de Shindou. Incluso llegó a darle al poste un par de veces.

Minamisawa fue a darle la vara un rato a Kurama con el pretexto de su heroica entonación de la SideWinder coreado por Hamano, que cantaba a distancia la picadura de la Cobra Gay. Parecía que deshacerse en halagos y felicitaciones como todos los demás no iba con ellos.

—Chicos—todos volvieron a centrar su atención en el entrenador. Sus ojos brillaban de una manera extraña totalmente fuera de contexto en su semblante habitualmente inconmovible—. Ganaremos este partido.

Ya les gustaría a ellos, pensó Kurama. Más que nada en el mundo. Pero nunca se sabía. Ya habían sufrido dos derrotas, y si perdían contra el Mannouzaka quedarían fuera del Holy Road. Era cuestión de probabilidad, no de esperanza. En ese momento, Kurumada preguntó algo fuera de lugar. Al menos para Kurama. Sus ojos entrecerrados con retintín le resultaban desconocidos.

— ¿Es eso una amenaza, entrenador?—preguntó con frialdad. Su tono era retador. ¿Qué diablos le pasa?

Kudou le dirigió una mirada significativa, como si deseara transmitirle ciertas cosas que no podía expresar en voz alta.

—No, Kurumada. Es una promesa—zanjó.

Se sentó en el banquillo junto a Haruna, sosteniéndole el contacto visual al chico, hasta que este gruñó y dirigió su atención al balón. Chutó con tantas ganas que Minamisawa habría podido jurar que uno de los tornillos que aseguraban la portería se medio salió de su hueco. Y eso que no le había dado al poste.


Aoyama corrió como si su vida dependiera de ello hacia los vestuarios nada más tocar las seis de la tarde. No le importaba demasiado que Ichino le recordara que su reloj digital estaba cinco minutos adelantado. Lo que le importaba era que en la taquilla de Minamisawa había chocolate, mucho chocolate.

En lo que respectaba a Minamisawa, no pareció afectarle mucho que casi desencajaran la puerta de su taquilla de los goznes. Decidió ayudar a Kirino y a Shindou a meter los balones en las redes y a agrupar los conos. En el vestuario, Kurama no comía chocolate. No el del pijales. Prefería sus Mikados. Mordisqueaba uno de ellos distraídamente, esperando con paciencia a que Aoyama y los de segundo dejaran de matarse entre ellos por una caja de bombones Cadbury y le dejaran acercarse a investigar el paradero de la ropa limpia de Minamisawa. Por desgracia, este resolvió que Kirino y el Capitán podían con los conos que quedaban y entró al vestuario justo cuando Ichino terminaba de pelearse con Amagi y Kurumada por la dichosa caja de bombones y se la ofrecía a Aoyama. Le saldría un cardenal en el ojo izquierdo. Kurama pensó que a la madre de Ichino no le haría mucha gracia que le hubieran estirado la camisa de aquella manera tan salvaje.

—Te quiero, Ichino—suspiró Aoyama apoyando su cabeza en el hombro magullado de su amigo. Este reprimió un quejido de dolor.

—Menos mal que no me odias.

— ¿Cómo puedo odiar a alguien que me regala una caja de bombones?— preguntó Aoyama, como si no entendiera que más podía hacerle falta a una persona para querer a otra.

—Ojalá lo hubiera hecho.

—Esto me huele a confesión—bromeó Kurumada a Hamano por lo bajo. Este tenía la boca tapada con una mano, terminando de masticar lo que parecía un chocolate de origen desconocido. Kurama juraría que no lo había visto acercarse a la taquilla de Minamisawa. Hayami también.

— ¿Me vas a regalar una caja de bombones?—preguntó Aoyama con un hilo de voz.

—Sí. Así me ahorraré este tipo de guerras. Te compro una y sanseacabó—aseguró dirigiéndose a los lavamanos, con la idea de echarse un poco de agua fría en el ojo, que todavía le lagrimeaba. Aoyama lo persiguió con la intención de ayudarle a mojar una toalla para presionarla contra su cara y de paso, intentar hacerle comer un bombón praliné. Sabía que eran los favoritos de Ichino.

—Guarda un par de ellos para cuando tu madre vea cómo le llevas la camisa, que te van a hacer falta—le aconsejó Ichino sacándose la camisa uniformada de Aoyama y poniéndola en el hombro del chico. Tenía una marca rojiza justo bajo el pectoral izquierdo.

El que dijera que los tíos no empleaban las uñas para pelear no sabía lo que decía.

—Ya decía yo que le quedaba grande—comentó Sangoku masticando una ambrosía de avellanas, mirando lo sueltas que le quedaban a Aoyama las mangas de la camiseta que llevaba puesta.

—No creo que se vaya a enfadar—resolvió alegremente el chico, sentándose en la banca y quitándose las deportivas con los pies.

—El que se va a enfadar va a ser el Capitán cuando vea este estropicio—suspiró Minamisawa antes de quitarle un Mikado a Kurama.

— ¿Por qué tienes que robarme los Mikados si tienes una taquilla llena de chocolate?—gruñó el chico.

—Míralo de este modo; todo el chocolate que hay en mi taquilla es para mí. Es demasiado fácil. ¿Qué posibilidades hay de que te vuelvan a regalar algo por San Valentín, Kurama-kun? El día de mañana podré decir que caté de primera mano el único regalo recibido un catorce de febrero por Kurama Norihito en vida. ¿No suena a récord Guiness?

Algo dentro de Kurama hizo catacrack en ese momento. Minamisawa no se percató de la gravedad del asunto.

—Vete a la mierda.

— ¿Contigo a la izquierda?

— ¿Qué es todo esto? ¿Ichino, qué te ha pasado en el ojo?—Shindou había llegado—. Señores, quiero este vestuario impoluto en quince minutos. Como venga el entrenador Kudou, y sobre todo, venga con Haruna y vea…

— ¡Sí, Capitán!—gritó Aoyama. Amagi, Hamano y Kurumada cantaban la canción de Bob Esponja por lo bajo. Shindou les fulminó con la mirada y fue a cambiarse. Kirino se acercó a Ichino con preocupación y le dijo que se sentara a descansar un rato.

—Kirino, no se te ocurra barrer nada, que acabas de llegar—imperó Shindou desde uno de los cubículos, su voz haciendo eco.

—Alguien tiene que hacerlo—respondió el chico peinándose un poco con los dedos el pelo enmarañado de sudor. Se le había vuelto a formar un nudo.

—Pero ese alguien no eres —subrayó. Con fosforito azul, verde y amarillo. Y puede que rosa.

—Cómo se nota que en tu casa nunca te toca hacer nada.

—Cómo se nota que en la tuya sí.

—En la mía la que más hace es mi madre, pero sé tan bien como ella que si te pones a esperar a que los niños hagan lo que tienen que hacer te puedes morir del asco.

—Bueno, pero los que han dejado el suelo así no son niños, Ranmaru.

Kirino escaneó lo que iba a decir para que no sonara lo bastante cortante como para propiciar un silencio incómodo ni lo bastante hastiado como para poder ser interpretado en señal de derrota.

—Vale. Ya verás cuando salgas y veas el vestuario tal cual, Takuto.

—Aquí vemos cómo la hembra desafía al macho alfa, afilando las uñas en señal de insubordinación—susurraba Kurumada a una cámara invisible. Hayami y Sangoku tuvieron que mirar hacia otro lado para no reírse. Kirino lo miró con asco y siguió a lo suyo.

—Por cierto, Kirino tiene algo que deciros—anunció Shindou. Kirino estuvo tentado de preguntar "¿Quién, yo?"

— ¿Vas a ponerte siliconas?—preguntó Aoyama con condescendencia. Ichino lo miró alarmado y comenzó con un interrogatorio consistente en averiguar qué tipo de cosas podía estar viendo Aoyama en la tele para tener ese tipo de ocurrencias.

— ¿De qué estás hablando, Shindou?—preguntó Kirino, sin hacerle caso al chico.

—De lo de Nazorine.

El nombre retumbó entre los azulejos empañados del vestuario como una maldición.

Kirino abrió los ojos desmesuradamente. Shindou había dicho que si en menos de una semana Narizón volvía a dárselas de sargento estilo La chaqueta metálica se lo dirían a los chicos. Pero no había pasado lo que se dice una semana, ¿no? Ahora el inseguro era él. ¿No sería muy precipitado?

—Kirino, si no se lo dices tú, lo haré yo.

— ¿Nazorine? ¿Ese no es el de latín?—cuestionó Minamisawa. Kirino asintió en silencio.

— ¿El que tiene cara como de villano de peli antigua?—inquirió Kurama. Los chicos invocaron la imagen del hombre con precisión. Esa descripción encajaba más con el profesor que el dato de que enseñara latín y griego.

—Sí. Por lo visto algo de villano tiene—confirmó Kirino con la vista clavada en un envoltorio magenta, a un metro y medio de su posición. Nadie habló. Y él se habría atrevido a jurar que la voz temblorosa que abandonó su garganta no era la suya—. Antes del recreo Shindou y yo tuvimos clase con él. Tenía hambre y me pilló comiendo en clase. Me echó y le faltó tiempo para decirme cosas bastante… desagradables—hizo una pausa para coger aire y tragar un poco de bilis. Kurama se había encaminado hacia la puerta y la había cerrado—. Subí para quejarme al subdirector, pero como supuse que le faltaría estómago para hacerme caso, fui a hablar con el director.

—Qué heavy—silbó Kurumada.

—Ya. Resulta que el subdirector estaba ahí, hablando con él. Y los escuché. El entrenador Kudou también estaba con ellos.

— ¿Y de qué hablaban?—preguntó Sangoku. Tenían todos la boca seca.

—Del partido contra el Mannouzaka. Estaban diciéndole al entrenador que TENÍAMOS que ganar.

Todos se quedaron atónitos ante esa afirmación. Sus pensamientos eran un revoltijo de contradicciones y frustración.

— ¿Qué tiene todo eso que ver con el de latín?—se atrevió a preguntar Amagi. Kirino guardó silencio. La voz de Shindou volvió a abrirse paso entre la tensión que reinaba en el ambiente. Había salido del baño y traía su mochila Adidas al hombro, colgando como si formara parte de él.

—Kirino escuchó cómo el director hacía referencia a Nazorine como un mafioso. Y no como un apelativo oportuno. Creemos que ese hombre está relacionado con el crimen organizado.

Kirino pensó en que jamás se le habría ocurrido contarlo de esa manera. Shindou poseía el poder de hacer que la broma más inocente tomara carices de gravedad. Imprimía seriedad a cada movimiento. Y justo en ese momento era lo que deseaba transmitir a tus compañeros. Seguramente, si lo hubiera hecho él le habría costado un par de "lo estoy diciendo en serio" o "yo no lo veo la gracia". Con Shindou era más fácil que la gente se tomara las cosas a pecho.

— ¿Y qué creéis que…?—empezó Minamisawa. Los músculos de sus brazos cruzados sobre el pecho se tensaban. Se clavaba los dedos en el antebrazo. Pero justo entonces, alguien tocó en la puerta. Todos dieron un respingo, y al oír la voz de Haruna comenzaron a tirar envoltorios por la taza del váter, los más ortodoxos a la basura y otros se los metían en el bolsillo. Había sobrado chocolate para el día siguiente. Se miraron con complicidad y pusieron sus mejores caras cuando la mujer entró indignada y les hizo coger la pala y el cepillo.

A todos menos a Kirino.


¡Esto es todo por hoy! Creo que además del prólogo es el capítulo más cortito que he subido, pero os compensaré subiendo el sexto este martes. Un besito y ya sabéis, ¡comentar es amar :3!

Janet.