Este capítulo tiene como protagonistas exclusivos a Minamisawa y a Kurama. Puede decirse que es un preyaoi, por llamarlo de alguna manera. Originalmente escribí un solo capítulo con escenario en la Mansión Minamisawa, pero era tan largo que decidí partirlo en dos. Subiré esa segunda parte la semana que viene.

Nada más que decir. Enjoy, nos vemos al final del capi ^^


La cuarta visita a la Mansión Minamisawa.

Minamisawa y Kurama fueron de los primeros en salir. No es que hubieran contribuido demasiado con la causa de recoger, pero tampoco habían sido partícipes del todo en aquel desbarajuste azucarado. Haruna los tenía calados a todos, e incluso podía decirse que se sentía un poco culpable al obligar a limpiar a Minamisawa después de haberlo visto cargando bolsas enteras de chocolate para sus compañeros que en un principio eran para él.

Así, tras despedirse del resto de sus compañeros y apoyar el pulgar y el meñique sobre su sien en dirección a Kirino, pidiéndole sin hablar que lo llamara más tarde, Kurama subió al Lamborghini Diábolo negro que conducía Bruno Müller, un empleado afro alemán nacido en Baviera que hacía las veces de chófer que de guardaespaldas. Kurama se había preguntado un par de veces en qué tipo de negocios podía andar enredado el padre de Minamisawa para estar gastándose la friolera de lo que fuera que costaba pagar a un guardaespaldas. Siempre se decía que algún día se lo contaría, aunque alguna vez le había mencionado algo relacionado con la presidencia de una galería importante en Japón y ciertas acciones de una casa de subastas. Minamisawa le había sugerido que tenía sus influencias entre los altos cargos policiales. Kurama sabía que Minamisawa no tenía madre. Bueno, tal vez la tenía, pero nunca le había oído hablar de ella. Suponía que sus padres estaban divorciados, y que ella se había desentendido de su ex marido y de su hijo. Después de todo y dada su situación, para él era una idea bastante recurrente.

Kurama se había sentido extraño la primera vez que había ido a la casa del pijales. Creía que vivía en Inazuma, como todos ellos. Había sido haría unos cuatro meses. Nunca se le habría podido ocurrir que Minamisawa viviera en Shinjuku. No le gustaba ese barrio. Era cierto que su mansión se encontraba en una de las zonas más alejadas de la urbe y el estruendo de la estación de trenes más utilizada del mundo, pero aún así el aroma a caos se respiraba por cada callejuela. Otra de las cosas que lo había sorprendido era la magnitud de la casa de Minamisawa. Al principio, cuando Müller había aparcado en una de las siete plazas destinadas al personal, había creído que se trataba de un hospital pequeño o de una sede bancaria muy grande. Minamisawa todavía lo recordaba.

—Cuando entremos te voy a implantar un chip para que no te vuelvas a perder—sonrió bajando del coche y despidiéndose de Müller con una cabezada seca.

—Piérdete—masculló avergonzado, cerrando la puerta trasera con una suavidad innecesaria. No es que entendiera mucho de coches, pero sospechaba que si se le ocurría rayar uno de los laterales tendría que estar saldando su deuda con la familia de Minamisawa de por vida—. Y gracias por traernos—sonrió ligeramente abochornado a Müller. Este lo miró como si acabara de decir algo la mar de inusual y esbozó una sonrisa de dientes blancos como la tiza sobre la pizarra de su cara. Nada más dar dos pasos fuera del coche, arrancó y desapareció tras uno de los cuatro recodos que circundaban la Mansión Minamisawa.

—Deberías llamar a tu madre para que sepa que estás aquí—comentó el mayor empujando la puerta giratoria de roble.

— ¿Por qué no entras por la puerta normal como todo el mundo? Además, no tengo saldo. Ya se lo contaré cuando llegue a casa—respondió siguiéndolo.

— ¿Me vas a decir por qué puerta debo entrar en mi propia casa? Puedes llamarla desde uno de los fijos, Kurama-kun. En serio, ahórrale la preocupación.

—No sé yo si estará menos preocupada sabiendo que estoy contigo—le picó al dirigirse hacia uno de los tres ascensores del edificio. Dos hombres uniformados asintieron en dirección a ellos. Subieron hasta la tercera planta. A ambos lados de las puertas blindadas del ascensor se extendían pasillos kilométricos alfombrados en morado. Las paredes eran de color vainilla. Kurama pensó con malicia que aquello parecía un instituto de depilación. Había un par de mesillas de madera clara en el tramo derecho del corredor. Sobre cada una de ellas, un teléfono antiguo, de esos que tienen una anilla mecánica rodeando cada número del cero al nueve. Minamisawa le repite que llame a su madre por última vez y se lleva las mochilas de ambos hacia su dormitorio, en el extremo izquierdo del pasillo. Tras un par de intentos fallidos y casi hacerse un corte en el dedo índice con una de las anillas, Kurama consigue descolgar el auricular. Le responden al tercer toque.

— ¿Diga?—algo en la voz de su madre le dijo que la había pillado fregando los platos y que sostenía el inalámbrico entre el hombro y la cara. Podía oír el gluglú del agua tibia cayendo a presión sobre los vasos y los cubiertos.

— ¿Mamá?

— ¿Norihito? ¿Desde dónde me llamas? No tengo registrado este número.

—Me han secuestrado.

— ¿Te han secuestrado? Qué raro que no me haya llegado la factura—Kurama apeló a todo su orgullo para no reírse.

—Estoy en casa del pijales.

— ¿Con el permiso de quién?

—Mamá…

—Ya sabes que me gusta que me avises de estas cosas con antelación. Además, ¿tú no tenías que estudiar?

Kurama se rascó la nuca con la mano que no sostenía el teléfono y frunció los labios.

—Necesito un respiro. Y siento no habértelo dicho antes, surgió así, de repente.

—Como siempre. Bueno, ¿piensas cenar en casa de Minamisawa-kun?

—Lo que me faltaba. Seguro que no conozco ninguno de los platos que sirven por la noche. Prefiero comerme el arroz de ayer al llegar a casa.

— ¿Quieres que fría pollo?

—Si tienes tiempo, sí.

—Por cierto, hoy te tocaba ponerle la comida a Mao. Ha estado en tu habitación todo el día tirándote los CDs al suelo. Creo que no te va a perdonar hasta la semana que viene—Kurama gruñó. Maldita bola de pelos.

—Como vea un solo rayón en el recopilatorio de Madness la pongo de patitas en la calle.

—Pues eso, ya le he puesto yo de comer—continuó Nora, impertérrita. Kurama pensó que su madre quería más a esa gata indigna que a su propio hijo—. No llegues tarde.

—No lo haré. Hasta luego, mamá.

—Adiós, cariño—y colgó.

—Me encanta cómo dices "mamá", Kurama-kun—dijo una voz a sus espaldas. Minamisawa lo miraba con los brazos en jarras, la ceja arqueada.

Los colores se le subieron a la cara.

—Cállate. ¿Cómo llamas tú a tu padre, listillo?

—No suelo referirme a él por ningún apelativo en especial. Por cierto, no creo que venga hoy a cenar. Te lo quería presentar.

Kurama experimentó una emoción violenta en ese momento y lo miró con fijeza sin saber muy bien qué decir. El padre de Minamisawa. ¿Se parecería a él? Le dio dolor de cabeza solo de imaginárselo.

—Ya habrá una segunda vez—concluyó. Minamisawa asintió.

—Bueno, ¿vamos? El Spa está en la segunda planta—zanjó bajando el tramo de escaleras a la derecha del ascensor. A Kurama le daba bastante pereza bajar por las escaleras teniendo un ascensor al lado, pero qué se le iba a hacer. Tampoco quería quedar de estirado. Una vez en la segunda planta, se percató de que la distribución de las habitaciones era diferente. El tercer piso debía de ser exclusivamente para los aposentos de los que vivían en la Mansión Minamisawa. La segunda planta era mucho más espaciosa. Esta vez torcieron a la izquierda mientras Minamisawa le explicaba que el comedor y la lavandería estaban en la primera planta. En la segunda estaban la sala de reuniones de su padre y un par de salas insonorizadas. Kurama se abstuvo de preguntar el porqué.

Atravesaron una puerta corredera de vidrio traslúcido y soportes de madera. Kurama calculó que debía de equivaler a dos armarios de cuatro puertas puestos uno al lado del otro.

Minamisawa no le había mentido. El ala izquierda de la planta era un Spa en toda regla. No es que dudara que alguien pudiera tener algo así en su casa, y más siendo Minamisawa, pero las tres veces que había estado allí sin contar aquella únicamente había visto su habitación. Si a su espacio personal se le podía llamar habitación. Otra de las veces se había quedado a comer, pero eso era otra historia muy vergonzosa en la cual no había sabido para qué utilizar un tenedor si lo que tenía en el plato era una tarta de queso y salsa de arándanos.

De toda la vida de Dios los postres se comían con cuchara.

Las paredes estaban enlosadas en lo que parecía turquesa auténtica. El suelo era negro y rugoso. Desde donde estaba podía ver lo que tenía toda la pinta de ser un jacuzzi del tamaño de la sala de estar de su casa cubierto con una funda plastificada. ¿Sería una mini piscina? La estancia tenía forma de "L". En una de las paredes había siete cajones de madera de haya empotrados, de mayor a menor empezando desde abajo. Una estantería estrecha del mismo material con cinco repisas se alzaba al lado. Había toallas ordenadas en gamas de color en ella. Un sofá de estilo neoclásico en color crema defendía una vidriera, tras la cual crecían un par de tallos de bambú, verdes como la esperanza.

La pared frontal estaba hecha de cristal. El pequeño aparcamiento en el que los había dejado Müller y los setos y los árboles de cerezo y lichi, propiedad de los Minamisawa, se pincelaban contra la humareda industrial del barrio de Shinjuku. Un hombre calvo y uniformado paseaba en el exterior, y le pareció atisbar cómo sus ojos se clavaban en los suyos a través de las gafas de sol. Kurama sintió una comezón de incomodidad en la boca del estómago. Minamisawa pareció leerle el pensamiento.

—Está hecha del mismo material que las cristaleras polarizadas que se emplean en los interrogatorios. Nosotros podemos verle, pero él a nosotros no—le explicó saludando al hombre con la mano. Este no le devolvió el saludo; había emprendido su caminata de nuevo.

Kurama reprimió un suspiro de alivio.

—Eso está mejor. No me apetecía demasiado ir exhibiendo por ahí mi octava maravilla del mundo—Minamisawa ahogó un resoplido de risa y se dirigió a la derecha de la habitación. Había dos puertas correderas más—. ¿A dónde llevan?

—Una de ellas es el vestíbulo de la sauna.

—Odio las saunas.

—La que vamos a cruzar es la otra.

La otra puerta daba a una sala recubierta de parqué. Los albornoces en blanco hueso y beige presidían las paredes de azulejos turquesa. Una cómoda de haya de estatura corta que ocupaba una sola de las paredes estaba repleta de piedras ornamentales, botes de aloe vera y terrinas de cuidado para la piel y el pelo, al parecer todas de la misma marca. En esa misma pared, por encima, una treintena de dosificadores transparentes que surtían aceites naturales y cremas hidratantes estaban alineados, todos al mismo nivel y rellenos por igual. Kurama pensó que tanto perfeccionismo le pondría nervioso si tuviera que vivir ahí. Tres camillas de masaje se erigían en el centro. Incluso había una cama de bronceado contra la pared izquierda. Pero Minamisawa las pasó de largo y se detuvo ante la pared derecha. Para su sorpresa, la turquesa se desplazó y un haz de matices rojizos llovió sobre Minamisawa, proyectando un rectángulo en el suelo negro.

—Ven por aquí. No pensarás mancillar las comodidades de mi Spa con tu sudor—le recriminó. Kurama fue tras él sin molestarse en hacer justicia a su higiene y se encontró con un corredor de unos diez metros de largo y dos de ancho aproximadamente. Un biombo color vino dividía la estancia en dos, imposibilitando la visión más allá de él. Al otro lado había cuatro duchas acristaladas, todas cerradas. Minamisawa giró el pomo de una de ellas y le instó a hacer lo mismo.

—Dentro hay una cajonera hermética de plástico. Si pulsas el botón circular que hay encima irá directamente a la lavandería. Estará seca antes de las ocho—aseguró. Kurama se sentía fuera de su territorio. Definitivamente, Minamisawa jamás pisaría su casa. ¿Qué podría decirle que le sorprendiera? Cuidadito pijales, que la gata muerde. Sonaba realmente patético.

—No irás a decirme que el agua está pigmentada en oro o algo así, ¿no?—preguntó intentando ganar algo de ventaja.

—Esta no. La de las duchas es de manantial, como las botellas de Gelizia.

— ¿Las de 2500 yenes?—cuestionó con incredulidad.

—Las mismas. Pero el jacuzzi y la piscina climatizada subterránea sí que tienen pigmentos de oro y plata. Son menos dañinos para los ojos que el cloro.

Tras un silencio hueco como los huesos de una paloma, Kurama habló.

—Tengo miedo de salir de aquí hecho de diamantes—le confesó. Minamisawa sonrió y entró a la ducha, cerrando la puerta tras de sí. Kurama hizo lo propio. Se descalzó y se quitó los calcetines. Dobló su camisa en cuatro y su pantalón en dos. Se quitó con cierta reticencia los slips blancos que llevaba puestos y cerró la tapa abierta de la cajonera. Pulsó el botón con energía, sintiéndolo como el típico botón autodestructivo de las películas americanas. En medio de la ducha, que era más grande de lo que parecía, había un taburete plástico atornillado al suelo. No se sentó.

A Kurama le encantaba la hora de la ducha. Siempre conseguía ingeniárselas para ocupar el baño durante más de media hora. Pero en casa de Minamisawa, el agua caliente parecía ser ilimitada, y no había sólo un bote de champú y uno de gel. Allí había por lo menos diez dosificadores, todos esperando por él. La alcachofa de la ducha podía rotar, y la magnitud e intensidad del chorro aumentaba de cinco formas diferentes. Exfoliante de pétalos de rosa, gel de chocolate y menta, mascarilla de queratina…

—Kurama-kun, acaba de llamarme mi padre al móvil. Dice que no le gastes todo el agua caliente.

El chico bajó la manivela de la ducha de inmediato, pálido como un folio. Una toalla celeste y mullida describió un arco en el aire desde fuera y aterrizó sobre su cabeza.

—Lo siento—y Minamisawa se rió de él. Si no fuera porque no se reía con él, habría sido contagioso.

—Ya te daré yo agua, imbécil—gruñó enroscándose la toalla como si fuera un vestido y abriendo la puerta con la esperanza de abrirle la frente al pijales.

— ¿Qué culpa tengo yo de que seas tan memo, Kurama-kun? La única vez que tuvimos que controlar el racionamiento del agua caliente fue cuando colaboramos con el Ejército del Aire y las patrullas forestales, hace seis años.

— ¿En el 2005?—preguntó con interés. Minamisawa tenía una toalla morada anudada en las caderas. Presumido.

—En agosto de ese año—especificó. Kurama lo recordó.

—Ya, el país se quedó paralizado. Fue una pesadilla. ¿Y qué hizo tu familia?

—Mi padre llamó al servicio de emergencias para que dos helicópteros repostaran en el embalse de agua del manantial que hay a dos kilómetros de aquí. Es propiedad privada de la familia Minamisawa y de otra familia más. Se temía que hubiera un incendio en la central de Tohoku. Por cierto, vamos al jacuzzi, que me enfrío—dijo enfilando el pasillo. Kurama se percató de que no tenían puestas ningún tipo de zapatillas, pero no dijo nada. Había algo que no se podía sacar de la cabeza. Algos.

—Minamisawa, ¿cuándo se hizo público que Tohoku corría riesgos de incendiarse?

—La noticia apareció en cinco periódicos digitales después del terremoto, ¿por qué lo preguntas?

— ¿Cuándo llamó tu padre al servicio de emergencias?

—Si te digo, te miento. No lo sé con certeza, Kurama-kun. ¿Qué te ronda por la cabeza?—inquirió mirándolo con fijeza. Parecía querer decirle algo. Habían llegado a la antesala principal y él se había sentado en el sillón crema. Kurama lo meditó un poco antes de responder.

¿Qué le rondaba por la cabeza?

—Nada. Es solo que… tu padre está al día respecto a la actualidad en Japón, ¿no?

—Sí. Ya lo creo que sí—dijo con una mirada extraña. Un silencio corto emborronó el ambiente durante un par de segundos. Después, la expresión de Minamisawa mutó con rapidez—. Bueno, ha llegado el momento en el cual se decide el rumbo de nuestras vidas—sonrió decidido. Kurama arrugó el ceño. ¿De qué hablaba ahora aquel chiflado?

— ¿Qué me estás contando ahora?

— ¿Qué mejor momento que este para decidir si me tocará pagar nuestro alquiler en un futuro próximo, Kurama-kun?

Ah, no. No. No podía estar hablando en serio. ¿De verdad se gastaba la cara de invitarle a su casa para obligarle a desnudarse?

—Venga ya. Me voy al jacuzzi, que me abro en menos de dos horas y tú dándome la brasa con tus perversiones de turno—replicó encaminándose hacia el entarimado.

— ¿Te da miedo salir perdiendo en nuestro trato, Kurama-kun? Además, no sé si has caído en la cuenta de ello, pero, ¿ves por aquí algún bañador que pueda cubrirte tus partes nobles? Te voy a acabar viendo como Dios te trajo al mundo tarde o temprano.

Pero Kurama solo procesó una de las partes de su argumentación.

— ¡Por supuesto que no me da miedo!—y se quitó la toalla.

Minamisawa recorrió su cuerpo con sus ojos bicolor. Desde abajo hacia arriba. Quizá algo en esa mirada le impulsara a cubrirse con torpeza tres segundos más tarde. O puede que fuese el hormigueo que le puso los nervios como agujas en el comienzo de sus cervicales. En definitiva, un elemento desconocido.

Los ojos de Minamisawa eran como manos, y parecían rozar sus costados con la yema de los dedos e incluso sentía como jugueteaban con uno de los cortos mechones de su nuca, enroscándoselo en el anular, aunque desde su campo de visión el muy idiota no podía verle las espaldas. Kurama rezó al cielo porque no hubiera cámaras de seguridad en esa maldita habitación, porque tal vez pudiera vivir con el hecho de que existieran imágenes contrastadas de su culo, pero no podría hacerlo con imágenes de Minamisawa disfrutando cómodamente de su apariencia más vulnerable, y él no estaba seguro de cómo sentirse al pensar en ello.

—Lo siento, Kurama-kun—dijo antes de retirar la toalla morada de sus piernas. Kurama estuvo tentado de pedirle que no lo hiciera—. He ganado. Te toca pagar tu parte del alquiler.

Kurama tardó un segundo exacto en reaccionar. Notó como las venas en sus muñecas ardían y picaban, y sintió deseos de rajárselas.

Eso sí, cuando reaccionó, lo hizo con naturalidad.

— ¡Tengo un año menos que tú! ¡Es lógico que la tengas…!

—Sí hombre. Un trato es un trato. Ya se me ocurrirá algo que pedirte algún día.

— ¡Esto es tongo!— pataleteó. Parecía un niño enfadado al que le negaban una piruleta. Minamisawa está ronco. Se le ocurrió pensar. ¿Habría cogido frío al salir de la ducha?

—Tu infantilidad se hace notar más allá de lo físico, Kurama-kun—hurgó en la herida el mayor. Dejando de cualquier manera la toalla sobre el reposabrazos del sillón, caminó hacia el jacuzzi y se inclinó un poco para retirar el recubrimiento plástico. Kurama se encontró a sí mismo mirando hacia cierta parte de la anatomía de Minamisawa y sintió ganas de arrancarse los ojos y embutírselos en las orejas.

— ¡Haz el favor de taparte!

Alentado por la vergüenza del chico, Minamisawa subió hasta el último escalón del entarimado y se puso las manos en las caderas, amedrentándolo.

—Vamos, Kurama-kun, no creo que tenga algo que no hayas visto antes. Bueno, está claro que acostumbrado a lo que estás, entiendo que te sorprenda mi…

— ¡Deja de inflarte como un pavo!—chilló corriendo hasta el otro y propinándole un empujón en las rodillas. Minamisawa cayó hacia atrás y rompió la quietud de las aguas, salpicando por todas partes. Kurama retrocedió, pero no pudo escapar del todo de la ola y sus réplicas. Maldito Minamisawa.

Esperó a que emergiera en la superficie, pero los segundos pasaban y Minamisawa no salía. ¿Se habría hecho daño en la espalda? Los jacuzzis no tenían mucha profundidad. La madre que lo parió. A ver si le iba a tocar pagar una indemnización por cargárselo en su propia casa. Mansión. ¡Lo que fuera! Se encaramó al escalón del que había resbalado Minamisawa momentos atrás.

—Pijales, ¿puedes oírm…?

Y entonces, sin comerlo ni beberlo, unos brazos lo apresaron y lo arrastraron al fondo del jacuzzi. El agua helada le caló hasta las meninges. Ni siquiera se detuvo a comprobar si hacía pie. Manoteó hasta salir casi por completo y aspiró aire a bocanadas. El frío le había seccionado los pulmones.

Kurama sabía cuánto le gustaba a ese idiota el agua helada. Tanto como ese idiota sabía cuánto la odiaba él.

—Perfectamente—rió Minamisawa con socarronería. El pelo violeta se le había oscurecido y se pegaba a su frente y a sus sienes. Cuando habían salido de las duchas lo tenía más seco. No parecía preocuparle demasiado no poder ahuecárselo, como era la costumbre.

Si por Kurama fuera, lo rapaba en un abrir y cerrar de ojos.

— ¡TE VOY A DAR PASAPORTE, HOMICIDA DE MIERDA!

—Uy, lo que me ha dicho. Homicida es una palabra muy fuerte, Kurama-kun. Sólo quería devolverte el gesto.

— ¡YO QUÉ COJONES SABÍA QUE EL AGUA ERA HIELO DERRETIDO!

— ¿Me estás diciendo que no me habrías empujado de saber que el agua estaba fría?

— ¡PUEDE! ¡QUIERO UN ABOGADO! —graznó. Mierda. Mierda, mierda, ¡mierda!

—Esto te pasa por ir de energúmeno por la vida, Kurama-kun. La próxima vez, mira si el plástico está empañado y sabrás si el agua está caliente o no. Y deberías quitarte la toalla. Mojada como está pesa más.

—Me la quitaré si me da la gana. Empiezo a pensar que has apañado todo esto solo para verme en bolas—gruñó. Hacía pie.

—Me has pillado. Pero resulta que como esta es mi casa y por ende, mi jacuzzi, no activaré la climatización hasta que te quites la toalla, que, todo sea dicho, también es mía.

Kurama anotó mentalmente que debía ampliar su repertorio de insultos. Con Minamisawa siempre se quedaba corto.

—Te ha faltado el "Kurama-kun".

—Cierto, Kurama-kun.

—Eres insufrible—escupió sacando la toalla del agua, que chorreaba, y escurriéndola un poco. Sí que pesaba, pero no le daría el gusto a ese snob de tener la razón en algo tan irrelevante.

— ¿Qué es esto?—preguntó con interés mirando hacia un punto incierto en la superficie revuelta del agua. Y pasando olímpicamente de Kurama. Lo miró de refilón, dispuesto a hacerle el vacío él también.

No aguantó mucho.

—Yo no veo nada.

—Mira, acércate un poco más—aun sin fiarse del todo, así lo hizo. Un chorro de agua fría le dio en el ojo. Minamisawa se reía de nuevo, haciendo un cuenco con las manos y juntando las palmas de repente, disparando como una pistola. Kurama lo miró completamente descolocado.

—¡Eres ridículo!

Fue el comienzo de una guerra acuática de proporciones históricas. Minamisawa se acordó del climatizador y de los chorros de hidromasaje diez minutos antes de que decidieran salir.

El primero en hacerlo fue él, ya que Kurama no tenía pensado hacerlo hasta estar seguro de que Minamisawa le tendería otra toalla y se daría la vuelta para que pudiera proteger su cuerpo indefenso del escrutinio del mayor. Le faltó poco para no hacérselo firmar por escrito.

A él en el fondo no le importaba demasiado. Minamisawa era un chico, igual que él. O eso decía. Kurama no alcanzaba a encontrar el parecido. Desde que lo conocía sabía que le encantaba exhibirse, aunque afirmara lo contrario. A él no. Si fuera un poco justo, incluso admitiría que el que no podía despegar la vista de la desnudez del otro era él. Fueran del mismo sexo o no, Kurama nunca había visto a otro chico desnudo. No completamente, los vestuarios del Raimon no contaban. Quizá Minamisawa hubiera visto a su padre, pero él no. De hecho, ni siquiera sabía cómo era su cara. No era tanto de extrañar que le llamara la atención, ¿no?

—Ponte esto, monja de clausura-kun—dijo Minamisawa blandiendo un albornoz beige. Él llevaba puesto uno azul marino. Kurama se limitó a hacerle un gesto obsceno y a suponer una anécdota puntual del pasado de la madre de Minamisawa, ejecutando círculos con la mano.

—Vale, vale. Me doy la vuelta.

Volvieron a atravesar la puerta contigua a la sauna. Kurama pensó que iban a ducharse otra vez, pero Minamisawa retiró una parte del biombo color vino y lo que vio le encandiló.

Sea lo que fuere que había al otro lado del cristal que conformaba las paredes, debía de ser líquido. Era rojo, y en algunas zonas, granate y rosáceo. Fluía como el plasma. Un tocadiscos antiguo clamaba en silencio por ser puesto en marcha, quietecito en su esquina. Una cama redonda lo esperaba en el centro de la habitación, con sus llamativas sábanas burdeos y sus mullidos almohadones.

Cuando antes habían entrado no reinaba un clima tan… cálido.

No había reparado en lo agarrotados que tenía los músculos.

— ¿Es de agua?—preguntó con emoción.

—Premio.

— ¿Te he dicho alguna vez cuánto te quiero?

—Es posible, pero seguro que después me he caído de la cama—Kurama le dio un codazo y se adelantó. Esperaba que Minamisawa no le dejara dormirse, porque como lo hiciera no se levantaría hasta el día siguiente. El mayor estaba poniendo un vinilo. A Kurama le habría gustado tener uno, pero para ello tendría que hacerse donante de órganos y apreciaba demasiado su riñón derecho. La elección de Minamisawa lo sorprendió gratamente.

—No sabía que te gustara Queen.

Minamisawa se estiró a su lado y cruzó los brazos tras la cabeza, como si esa sesión de Spa fuera algo rutinario para ambos.

—No es que los conozca en profundidad. Pero esta canción me gusta. Es la que siempre pongo al salir del jacuzzi o de la ducha.

"¿De qué están hechos nuestros sueños, que se nos escapan?"

Se quedaron dormidos. Kurama se despertó media hora después, sintiéndose como nuevo. La idea de ponerle un cojín contra la cara a Minamisawa le pareció brillante.


Aquí acaba el sexto capítulo de PDS. Espero que haya sido de vuestro agrado ^^ La canción del final es Who wants to live forever?, de Queen.

Janet.