Hola caracolas. El martes tengo obras en casa y pocas probabilidades de poder conectarme, así que subo el séptimo capítulo de PDS hoy y arreglado. Aclaraciones al final.
Enjoy.
De eclipses y otras magnitudes oscuras.
Anochecía entre nubes anaranjadas y largas como cuerdas enrolladas. Una mota amarilla emitía una luz intermitente a través de neblinas densas y no tan densas. Habían subido a la habitación de Minamisawa. Kurama estaba enfurruñado porque por azares del destino relacionados vagamente con cultura general y su dignidad había acabado ejecutando un movimiento del Lago de los Cisnes encima de una banqueta metálica que Minamisawa utilizaba para hacer abdominales y se había caído. Lo peor había venido cuando el pijales lo había cazado al vuelo, (cual mosquito trompetero) precipitándose a sus brazos. Habría preferido reventarse las napias contra el suelo, y con mucho. O tal vez, con poco.
—Falta media hora para las nueve—sentenció Kurama. Estaba sentado sobre el parqué que recubría una de las mitades de la habitación. La otra consistía en un sencillo suelo moteado en malva claro. Lo cierto es que Kurama tenía que admitir que para la cantidad de ingresos que suponía que entraban en la Mansión Minamisawa cada mes, la ampulosidad no se le había subido demasiado a la cabeza. Es decir, considerando lo estrafalarios que eran algunos, podría ser peor. En lo único en lo que el padre del pijales parecía no haber escatimado en gastos era en el Spa de la segunda planta. Los cubiertos del comedor eran del mismo metal que los que utilizaba en su casa, aunque tal vez allí se renovaran con más frecuencia o sencillamente, se renovaran. El caso es que brillaban más. Lo único destacable de la habitación de Minamisawa era su amplitud. Eso y su bicicleta estática y su banqueta de hacer abdominales. Le gustaba el detalle de la barra de fresno deslizante a los pies de la cama. Por un momento se imaginó a Müller vestido de chacha trayéndoles un desayuno digno de Saber vivir mientras Minamisawa le insinuaba que si no se levantaba, el próximo en vestirse de chacha sería él.
Sacudió la cabeza con brusquedad.
— ¿Qué pasa a las nueve, Kurama-kun?
—Ya lo verás. ¿Crees que mi ropa estará seca?
—Seguramente. Si quieres me cambio en un momento y bajo a la lavandería a echarle un vistazo—propuso levantándose del suelo. Extrajo una camisa de algodón blanca de una de las dos cajoneras de su habitación y sacó los brazos del albornoz azul marino, que se le bajó hasta la altura de las caderas. Mientras se la ponía, Kurama pensó que lo único refinado que tenía Minamisawa era su manera de hablar.
—Parece que vas a pisar uvas para hacer mosto.
—No irás a creer que fuera de mi habitación voy siempre de etiqueta.
— ¿No?
—Bueno, puede que te parezca raro, pero estoy en mi casa, Kurama-kun. Aunque si te apetece darte un paseo en albornoz por la primera planta y mendigar en busca de tu ropa no te privaré del placer.
—Cómo lo flipas… anda, vete ya—Minamisawa lo miró con superioridad y salió de la habitación. Otro duelo verbal perdido. En fin; se cambiaría antes de las nueve y se iría nada más terminar el espectáculo. Esperaba que el pijales no le tomara el pelo o le acusara de ser un cursi o algo por el estilo. Más le valía.
Miró a su alrededor. Su reflejo le devolvió la mirada en el espejo adosado al armario de cuatro puertas. Encima de la cama había un tablón de corcho. A Kurama le había sorprendido encontrar algo tan… poco pijo en la habitación de Minamisawa la primera vez que había entrado que no había podido evitar examinar todas las fotos una a una, desclavándolas sin disimular su curiosidad de las chinchetas plateadas y leyendo en el reverso cuándo y dónde se habían hecho. Algunas no tenían nada escrito, así que Minamisawa le iba explicando las anécdotas pertinentes.
Aquella vez había una fotografía diferente. Estaba seguro.
Lo cierto es que apenas pudo verla. Encima de ella había una de Minamisawa, Kurumada, Amagi y Sangoku, todos cogidos por los hombros, sonriendo en menor o mayor medida y con el uniforme del club de fútbol del Raimon, el día de su admisión. La había sacado la madre de Sangoku. Una de sus esquinas estaba cubierta por una foto que se habían hecho con el móvil y que Minamisawa había escaneado. Él también tenía una copia. En ella, aparecían los dos en el probador mal iluminado de Mango, con sendos vestidos floreados y sombreros de paja. Kurama había perdido una apuesta concerniente a aguantar un día sin meterse con Minamisawa y había tenido que ponerse tacones para la foto. Su cara de vergüenza era la sensación de la instantánea. Lo peor era que con tacones y todo, Minamisawa seguía siendo el más alto de los dos.
No recordaba haberla visto antes. La foto nueva no era nueva del todo. Tenía manchas en los márgenes, como si hubiera estado enmarcada durante años. Era el retrato de una mujer, probablemente el de una modelo, a juzgar por sus facciones esculpidas y compensadas, y estaba cortado a la altura del busto. Fueron sus ojos los que hicieron que su corazón diese un vuelco redondo en su pecho. Había tinta negra en la parte de atrás formando lo que con toda seguridad eran letras, letras ilegibles, como si el que las hubiera escrito lo hubiese hecho a toda prisa.
Ni siquiera oyó el sonido mudo de la puerta al abrirse. Minamisawa lo contempló durante unos segundos, sin salir de su mutismo.
—Mi padre siempre dice que me parezco más a ella que a él—concedió sentándose junto a Kurama.
Kurama dio un respingo. No debería estar hurgando en las cosas del pijales, eso era de cotillas. Maldición.
—Lo siento.
—Bueno, en el fondo sabía que te darías cuenta. Era cuestión de tiempo—comentó, sin despegar la vista de las manos de Kurama. No parecía alterado.
— ¿Es tu…?—titubeó. Ignoraba si lo adecuado sería volver a fijarla en el corcho y hacer como que no había pasado nada.
—Era mi madre—Kurama detectó algo peligroso en ese era. Se debatía entre cambiar abruptamente de conversación o preguntarle cuándo se había tomado la fotografía—. Murió el día en que cumplí nueve años. La foto se tomó cuando aún no se había casado con mi padre, aunque no es que los años pasaran mucho por ella—añadió. Kurama lo miró. La melancolía surcaba sus facciones como un arado. La pregunta salió de sus labios sin permiso.
— ¿Cómo murió?
Minamisawa lo miró un momento antes de responder, sopesando mil y una cuestiones.
—La asesinaron—confirmó por fin.
Dios.
Kurama manipuló sus expresiones faciales para que su rostro permaneciera inalterable. No insistas. No quieres saberlo. Después, se giró y devolvió a la madre de Minamisawa a su sitio, cubriéndola con un acceso a un club de fútbol de instituto y una payasada con faldas. Se dio la vuelta y volvió a mirar a su amigo.
—Era preciosa. Pensé que era la foto de una modelo—se excusó. Minamisawa esbozó una sonrisa pequeña.
—Ya, supongo que mi padre tiene razón en eso de que nos parecemos.
—No puedes dejar escapar la ocasión, ¿eh? ¿No tienes ninguna foto con ella?—preguntó sin poder reprimirse.
—Supongo que sí, pero esta es la única que he encontrado—Kurama reflexionó acerca de lo extraño de ese hecho. En su casa había tres álbumes de fotos. En el primero de todos había muchos espacios en blanco. Constaba de los años mozos de su madre, y Kurama creía saber quién debía de haberlos ocupado—. Le gustaban mucho las cosas vintage. El vestido amarillo que llevaba era uno de sus favoritos. De hecho, se lo regaló mi padre. Perteneció a Wendy O. Williams, aunque se lo puso solo una vez porque no iba mucho con lo que la imagen pública esperaba de ella.
Kurama abrió los ojos con impresión.
— ¿La vocalista de los Plasmatics? ¿La stripper? ¡Venga ya!
—La misma. Lo escribió en la parte de atrás, Kurama-kun. Una vez me explicó que lo que más le gustaba de la ropa vintage era que le proporcionaba el poder de darle a las prendas una segunda vida. Sentía que era capaz de recuperar un retal del pasado de alguien, y eso le gustaba, porque había demasiadas cosas en la vida que no se podían recuperar.
Kurama pensó que indudablemente, la mujer no le había transmitido a su hijo aquella profundidad psicológica.
—Nos habríamos llevado bien.
—Seguro que habrías venido a mi casa solo para verla a ella—se rió Minamisawa.
—Seguro. A ti te tengo más que visto—dijo siguiéndole la broma. De repente se sintió mal por haber mentado a la madre del pijales durante su pique en el jacuzzi.
—Lo sé. Kurama, tengo algo que contarte.
El hecho de que no emplease el "-kun" causó que captara toda su atención.
—Estás tardando.
—A ver, ¿recuerdas lo que nos dijeron Kirino y el Capitán antes?
Kurama hizo memoria.
— ¿Lo del profe de latín?
—Exacto. Se llama Luca Nazorine. Y los dos tienen razón, es un mafioso.
Kurama lo miró de hito en hito.
—No es que dude de su palabra ni de la tuya. Pero Kirino se lo oyó decir al director. ¿A quién se lo oíste decir tú, Minamisawa?
El chico lo miró y se preguntó una vez más de las infinitas veces que se preguntaría a sí mismo si podía confiar en él a esa escala.
Decidió no solo que podía, sino que tenía que hacerlo.
—A mi padre. Es el inspector del S.A.T.
La exclamación del otro no se hizo esperar. Pero en ningún momento se le pasó por la cabeza que Minamisawa le pudiera estar mintiendo. Nunca había dudado de él en lo referente a asuntos de ese calibre. Los asuntos importantes.
— ¡¿Cómo?!
—Ya sabes, la unidad de operaciones especiales japonesa. El Equipo Especial de Asalto.
Kurama intervino, impaciente.
— ¡Sé lo que significa! Me refiero a… vaya, ahora todo encaja. Los hombres trajeados de fuera, que tu padre esté siempre alerta, lo de…—se contuvo. Después de todo, si Minamisawa no había profundizado en lo del asesinato de su madre sería por algo, así que él tampoco pensaba hacerlo. Su mente trabajaba a la velocidad de la luz—. ¿Alguien del equipo sabe esto?—preguntó, refiriéndose a los chicos de segundo.
—No.
—Es verdad, a mí me contaste el cuento chino de lo de la galería de arte y las acciones de la casa de subastas. ¿A ellos también?
—Sí, pero no te mentí. Todo lo que he dicho es verdad, tan solo omití una parte de ella, Kurama-kun.
—Wow, tu viejo es un máquina. ¿Lo que quieres decirme es que está intentando empapelar al de latín?—inquirió con interés. Aquello era increíble, cuanto menos.
—Algo así. Tiene a varios hombres de una unidad siguiéndole la pista. Prefiere que no corra demasiado la voz. Pero por desgracia no puede hacer mucho. Escucha, Nazorine se ha escapado de acabar en Rebibbia de chiripa. Las mafias son como cadenas, Kurama-kun. A mi padre no le interesa cazarlo. No todavía.
— ¿Tu padre cree que no está solo?
—No lo cree, lo sabe. Piensa que lo exiliaron aquí para protegerlo de las consecuencias de algo que se le fue de las manos en Italia. Además, muchas de las cosas por las que le han imputado pueden prescribir si permanece aquí el tiempo suficiente.
—Entiendo. ¿Está analizando la relevancia que tiene Nazorine dentro de la organización?
—Eres bueno, Kurama-kun. Probablemente no sea alguien del montón. Quiero decir que se dedicaba a algo importante o de lo contrario, no se habrían tomado tantas molestias en cubrirle las espaldas, posiblemente uno de los grandes del narcotráfico. Quería explicarte algo relacionado con él.
— ¿Hay más?—preguntó. No se había dado cuenta de lo inclinado que estaba hacia él. Se sentía como un idiota frívolo, pero ese tipo de historias podían con él. Enderezó la espalda.
—Sí. Creo que deberías haberlo sabido desde hace tiempo—Minamisawa se detuvo un momento y se peinó el flequillo, a falta de un gesto mejor. Un tic—. Existe una organización llamada Sector V. Su sistema jerárquico es complejo para nosotros. Se dedica a controlar el fútbol a nivel nacional y posiblemente, internacional.
Kurama parpadeó.
— ¿Has dicho, "controlar el fútbol"?—repitió despacio. Despacio.
Despacio.
—Sí. Su ideología está basada en la igualdad de victorias. En una especie de equilibrio, por darle un nombre. Cada centro público, privado o concertado con menores de edad a su cargo que posea un equipo de fútbol deberá acatar sus órdenes. Previamente al partido, al director le llega una notificación con el número de goles que debe marcar o encajar el equipo. Se calcula minuciosamente que todos los institutos y las academias del país ganen con periodicidad. Así, el año pasado ganó la academia Arakumo, pese a que en la final el Gassan Kunimitsu jugó bastante mejor. Ese chico, Taiyo… es muy bueno, pero tampoco hace milagros, no sé si me explico.
Kurama tragó en seco. La pregunta fue automática.
— ¿A quién le toca ganar este año?
—No podemos saberlo. Pero algo me dice que ha habido un cambio, ya oíste lo que dijo el entrenador Kudou.
—Minamisawa, ¿desde cuándo sabes esto?—a Kurama le tembló la voz de manera espontánea.
—Desde hace más de un año. Todos los miembros del club de fútbol del Raimon que están en segundo lo saben—sabía que se avecinaba la parte más complicada. Kurama se levantó y se puso a dar vueltas por la habitación. Minamisawa temía que abriera un boquete en el suelo y se cayera por él. Finalmente, el menor se detuvo.
— ¿Shindou no lo sabe?
—No. El único de primero que lo sabe ahora mismo eres tú.
Kurama estalló en indignación.
— ¿Te das cuenta de lo injusto que es todo esto? ¡Shindou es el capitán, Minamisawa! Se está partiendo el lomo por nosotros, se siente mal cada vez que perdemos. Y nadie ha sido capaz de decírselo.
—Lo siento, Kurama-kun. A nosotros no nos lo dijo nadie. Nos enteramos por medio de Isazaki, el capitán del Mannouzaka.
Kurama se olvidó por un momento de todos los males del mundo y frunció los labios.
— ¿Cómo?
—Verás, hay ciertos jugadores que han sido entrenados por y para el Sector V; se llaman SEEDs. Isazaki es uno de ellos.
— ¿Y a qué te refieres cuando dices que te lo dijo?
—Nos dijo durante el primer partido de clasificación del año pasado que iban a mostrarnos el poder del Sector V y… un par de puntualizaciones más. A mí me hicieron un esguince en el tobillo derecho. Después del partido corrimos a pedirle explicaciones al entrenador Kudou, aunque fueron los de segundo, que ahora están en tercero y han abandonado el equipo, los que nos lo contaron todo de pe a pa.
Kurama tenía los ojos fijos en el tobillo derecho de Minamisawa, pero hizo a un lado unos indicios de preocupación fuera de lugar y siguió.
— ¿Qué cojones tiene en la cabeza ese entrenador? ¿Cómo va a permitir que nos hagan picadillo delante de sus narices?
—Él nunca nos ha dado instrucciones.
— ¡Eso es lo que estoy diciendo!—bramó.
—Me refiero a que no concuerda con los planes del Sector V. Desde que lo conozco siempre nos ha ordenado darlo todo en un partido. Pero claro, el año pasado nos quedamos Amagi, Sangoku, Kurumada y yo jugando solos en el campo.
—Y este año nos habéis dejado solos a nosotros. ¿Qué es lo peor que puede pasar, Minamisawa?-inquirió hastiado. ¿A él qué más le daba? Que se jodieran los de Sector V. De las derrotas se aprendía muchísimo.
—Que cierren el colegio y con él, el club de fútbol. Además, es bastante probable que cualquier ex alumno del Raimon que quiera estudiar en otro sitio, al menos dentro de Japón, lo tenga bastante difícil para ser aceptado en un centro.
Kurama no se lo podía creer. De verdad que no. Si aquella hubiera sido su habitación habría hecho una escabechina con todos los muebles. Estaba furioso, pero más que nada, decepcionado. Siempre había despreciado a todo el que dijera que los sueños eran para los perdedores, pero ahora comenzaba a entenderlos un poco mejor. O al menos a aceptar que podría llegar a entenderlos.
— ¿Solo hay un SEED en el Mannouzaka?—preguntó con la boca árida.
Se temía lo peor.
—No. Hay tres. El portero, Shinoyama y un delantero, Mitsuyoshi. El último es… ¿cómo te llamaron esta mañana? Una monada. Ya verás cómo se ríe.
Kurama puso cara de imbécil, aunque no pudo evitar sonreír un poco ante eso. Claro que también sintió algo desagradable en la boca del estómago. Dudaba bastante que el tal Mitsuyoshi pudiera caerle bien.
Porque sería uno de sus potenciales rivales dentro del campo, claro estaba.
—No tiene gracia. Y a saber lo que consideras mono.
—Dime a cuatro personas y te marco una escala de monería.
—Hum. Kirino, el tal Mitsuyoshi, Shindou y… bueno va, y yo—dijo tras unos breves instantes. Se sintió estúpido nada más seguirle el juego.
— ¿Todo chicos? Vaya, vaya, vaya—Kurama estuvo a punto de decir algo, pero callarse le pareció muy elegante—. A ver, me lo pones difícil. Mitsuyoshi sale perdiendo contra Kirino y Shindou, pero es monísimo. Tú espera a la semana que viene.
— ¿Y yo qué? ¿Quedo descalificado por altura o algo?
Minamisawa se rió con ganas, como pocas veces.
—Si es que… eres tú el que se tira las piedras sobre su propio tejado, Kurama-kun… pero no. Lo que pasa es que tú eres el más mono de todos.
Kurama enarcó las cejas, ligeramente aturdido. Pero encontró algo sólido que decir.
—Odio cuando me dicen que soy mono. Es como si me quitaras un veinticinco por ciento de hombría o algo así.
—Eso es porque soy más hombre que tú, Kurama-kun.
—Y dale con el tema—de repente, recordó algo. Algo importante—. Minamisawa, ¿qué tiene que ver Nazorine con todo lo que me acabas de contar?
—Nazorine es un aliado del Sector V. Suponiendo que sea un narcotraficante de los importantes, ¿de dónde crees que saca el Sector V el material necesario para que los chicos aguanten el ritmo de entrenamiento al que los someten? Y eso suma un plus para no poder hacerle nada mientras siga en el Raimon. Mi padre cree que está ahí en calidad de espía, haciendo de oídos para la organización.
Kurama estaba pasmado. Estaban dopando a los chicos desde la pubertad. Eso era anti deportivo y amoral.
Era una canallada.
Era una especie de infierno terrenal. Vaya mierda de mundo aquel en que vivían.
—Supongo que la organización es políticamente correcta y los mandamases del país no pueden mover el culo. ¿Qué piensas hacer tú?—preguntó tranquilo.
— ¿Hacer de qué, Kurama-kun?
—La semana que viene, en el partido.
—No lo sé. Ya hemos perdido dos veces. Y todavía tenemos que contarles esto al capitán y a los demás.
—Se lo contaremos la semana que viene. En lo que a mí respecta, el entrenador Kudou ha dejado claro que tenemos que ganar. Y a eso voy. Y tú te vienes conmigo—sentenció Kurama.
Minamisawa iba a decir algo, pero Kurama levantó la mano hacia él.
—Kurama-kun, si tenemos que ganar contra el Mannouzaka es siguiendo una serie de directrices que…
—Bien, pues las seguimos. Vamos a dar un poco de rienda suelta a nuestros sentimientos por el fútbol, pijales. El año que viene acataremos las normas de nuevo, sin rechistar. Pero no pienso usar la SideWinder hasta que me pases el balón.
Minamisawa miró su mano extendida.
— ¿Me prometes que no te saldrás de lo establecido por el Sector V, aunque esté decidido que debamos ganar la semana que viene?
—A medias.
—A medias—cerró, estrechándole la mano. Durante un momento, el mundo dejó de girar. O por lo menos, a Kurama se lo pareció.
Vaya sensación más absurda. Debería estar prohibida.
—Vale.
—Por cierto, tienes la ropa sobre la mesilla. Cámbiate en mi baño, si quieres.
—Gracias—murmuró soltándole la mano y cogiendo con torpeza una bolsa de tela de la mesilla de madera clara de Minamisawa. Qué topicazo, el baño estaba a la derecha.
—Kurama-kun—este se dio la vuelta—. Bonitos calzoncillos—sonrió.
Un segundo.
Dos segundos.
Tres segundos.
Tres segundos y medio.
—Degenerado de mierda…—farfulló en medio de un portazo. Encendió la luz halógena.
—Y no tardes en salir, que son las nueve menos cinco y tú tienes algo que enseñarme.
— ¡Déjame vivir!—espetó Kurama al otro lado.
Pues sí que sí. ¿Dónde tendría escondido Minamisawa el manual de 100 módulos de frase para incomodar al personal? La próxima vez que se le ocurriera salir de la habitación le cerraba la puerta con llave, pillaba las tijeras del escritorio y le agujereaba toda la ropa de marca, cual carcoma rencorosa.
Tardó menos de un minuto en salir. Minamisawa había apagado las luces. ¿En qué momento las habían encendido? Estaba oscuro, y la luz de la luna llena vestía de plata parte de la habitación. El mayor estaba sentado en el suelo, sujetándose las rodillas y con la mirada perdida hacia el ventanal de cuerpo entero. Hacia fuera. Kurama se sentó a su lado.
— ¿Era esto lo que querías enseñarme?—adivinó con la voz pausada, relajada.
—Sí. Es un eclipse lunar.
—Nunca había visto uno.
Fuera, en medio de la negrura salpicada de brillantes, la luna estaba zurcida al cielo, con puntadas de nube alrededor. Una sombra circular la tapaba parcialmente. Minamisawa no sabía si cada vez se veía menos la luna. Lo único que sabía era que se trataba de algo sobrecogedor.
— ¿Sabes? A veces me da por ponerme filosófico—Minamisawa lo escuchó en silencio, sin interrumpirle con su socarronería habitual—. Y pienso demasiado. Pensar es malo. A veces, entre las capas de contaminación lumínica de Inazuma asoma una estrella. Me recuerdan a ciertas personas, como Kirino. Son pequeñas como los detalles, pero indispensables. Brillan con familiaridad y son agradables de observar, no te derriten las retinas. Cuando miro el sol pienso en Shindou, o incluso en Hamano. Brillan con demasiada fuerza y apagan la luz de los que tienen alrededor. Después están las personas que son como las lunas. Tranquilizadoras y llenas, o inquietantes y menguantes. Son como Hayami. A veces me sorprende con una pequeña sonrisa, y cuando necesito hablar con él de cualquier tontería y no me coge el teléfono me desespera. Como la luna al irse, que te hace desesperar las doce horas siguientes.
Minamisawa lo miró de una manera extraña.
— ¿Me cedes el copyright?
—Ni hablar—atajó Kurama. Sin saber muy bien por qué, tal vez por lo cansado que estaba, apoyó la cabeza en el hombro del otro.
De la luna solo quedaba un aro blanco nácar. La habitación estaba en penumbra.
— ¿Yo a qué me parezco, Kurama-kun? ¿A una estrella, a un sol, o quizás a una luna?—dudó.
A Kurama se le erizó el vello de la nuca. Su voz se oía como si fuera la única forma de vida existente en un mundo gris ajado por el silencio.
Menuda chorrada.
Menuda conversación.
Menuda respuesta.
—Te pareces a un eclipse—afirmó.
Aunque no pudiese verle, sintió los ojos de Minamisawa sobre él. Casi podía entrever las ruedecillas girando en su cabeza hueca.
—Y… ¿cómo son los eclipses, Kurama-kun?
— ¿No lo estás viendo?
—Sí, pero también he visto las estrellas muchas veces y nunca las habría definido como tú acabas de hacerlo.
— ¿Cómo las definirías tú?
—Pues… supongo que son brillantes. Y resplandecientes. Tanto es así que me tocan la moral.
—Son estrellas. Todas las estrellas resplandecen.
—Supongo que tienes razón, Kurama-kun.
Kurama pensó para sus adentros que era normal que tuviera la razón en algo. Pero no lo exteriorizó. Era curioso. Minamisawa no olía a nada. Estaba lo suficientemente cerca como para poder afirmarlo. Bueno, tal vez no fuera del todo cierto. Olía a almidón y a suavizante. A calor corporal. Y tal vez a piel, si es que tenía una fragancia definida. Y algo en su olor también sugería una nota de cansancio, agua de manantial mineralizada y hambre. Después de todo era la hora de la cena. La gente debería de poner los pies en la tierra y olvidarse de los seres sobrenaturales que olían a chocolate, canela y azúcar.
El aroma que desprendía Minamisawa era agradable. Limpio y natural. Era muy Minamisawa. Pensó con un leve retortijón de barriga que él debía de oler como el pijales. Se habían duchado con la misma agua. Estaba cansado, tenía hambre y hacía diez minutos tenía puesto un albornoz que tal vez Minamisawa se hubiera puesto alguna vez. Cuando medía veinte o treinta centímetros menos, tal vez.
¿Sus pieles olerían de la misma manera? ¿Olerían igual que el resto de los habitantes de Japón?
Y no era el único con preguntas.
—Entonces, Kurama-kun, ¿cómo son los eclipses?—. Abordó de nuevo, despacio. Despacio.
Despacio.
Kurama cerró los ojos para pensar en una respuesta satisfactoria. Para Minamisawa y para él mismo. Se le ocurrió una, justo la que buscaba. Era un poco moñas, pero suponía que también era la más sincera.
—Son como tú. Una mezcla de astros.
—Lo que quiere decir que…
—Es como… como arrancar las cualidades de cada uno y mezclarlas, mezclarlas todas juntas hasta formar una masa homogénea uniforme.
—Mi autoestima me está preguntando si ser una masa homogénea uniforme es algo bueno o malo, ¿qué le digo?
—Dile que cierre el pico y mire el eclipse—bufó—. Un eclipse es un compendio de muchas cosas. Cuando lo miro, sé que es lo más… maravilloso que ha podido ocurrirle al cielo, porque en un eclipse conviven algunas de las mejores cosas que hay en él.
¿Había dicho maravilloso? No le había quedado mal, no. Era más cursi que vomitar purpurina. Pero bueno, el daño era irreversible.
—Y yo… ¿te hago pensar en ese tipo de cosas, Kurama?
Pum.
El chico no supo qué decir. Pero igual tampoco sabía exactamente por qué le había dicho a Minamisawa que se parecía a un eclipse. Podría haberse parecido a cosas más vadeables y comprensibles, como el chicle de fresa resabiado y lleno de pelusa pegado a la suela de algún zapato indeseable, a una obra de arte abstracta o al gato con pulgas de su tatara-tatarabuela tercera por parte de madre. Pero no. Tenía que parecerse a un eclipse. A quién se le ocurría. Él no tenía la culpa de que Minamisawa fuera tan… tan Minamisawa.
Pum-pum.
Al final, optó por responderle lo más honesto y deshonesto del mundo.
—No lo sé.
Era hora de irse a casa. Pero no tenía muchas ganas de levantarse. No tenía ganas de estar en ningún sitio, en realidad.
Pum-pum. Pum.
—Creo que hay un fragmento de nuestras vidas que deberíamos omitir, Kurama-kun.
— ¿Cuál?
—Este.
Taquicárdico. Taquicárdicos.
No tuvo sentido, para nada. Kurama no supo de dónde venía ni en qué estaba fundamentada la idea de que tener a Minamisawa Atsushi, al pijales, al idiota y engreído de Minamisawa tan cerca, tan peligrosa e inconcebiblemente cerca de su cara, esa idea, no era del todo descabellada. Cada cual buscaba en la mirada del otro un motivo que justificara lo que estaban haciendo. Pero no encontraron nada que no fuera brillo y pupilas dilatadas por la falta de luz. Fue apenas un roce de labios, tan ligero que no supo si había tenido lugar de verdad. Un flequillo haciéndole cosquillas en la nariz. Unos hilos invisibles que no le permitieron mover uno solo de los músculos de su brazo y abofetearle, al contrario que lo que le soliviantaba una vocecilla chillona desde alguna parte de su cabeza. La misma voz a la que siempre obedecía cuando se trataba del pijales. La que lo había empujado al jacuzzi y había estado cerca de mutilarlo por la mañana. Los mismos hilos que mantuvieron a Minamisawa en una posición idéntica durante casi medio minuto.
Ninguno quería ser el desencadenante de lo que podría ser el fin de algo parecido a grandes rasgos a la amistad. Aquello era algo serio. Quien fuera el que diera el primer paso se arriesgaría a no poder retroceder en el tiempo, por lo que se limitaron a no moverse y a respirar con pesadez. No habría nada que omitir de sus memorias si no ocurría nada que mereciera la pena olvidar. Nadie podía garantizarles que podrían correr un tupido velo sobre el suceso si efectivamente ocurría. Quizá habrían estado dispuestos a intentarlo si no les reconcomiera tanto la sensación de que cuando despertasen al día siguiente en sus camas se les caería el mundo encima.
Kurama nunca había creído que dentro de uno pudieran coexistir dos o más entes que pensaran de manera diferente. O tal vez los había, pero él se limitaba a obedecer a uno de ellos. Solo a uno.
Claro que nadie, por mucha madera de oyente que tuviera podía meterle un meco a Minamisawa, besarlo y preguntarle por qué estaba ocurriendo aquello, todo a la vez.
Y él no era una excepción.
Murmuró algo similar a un "es tarde" y Minamisawa se levantó, tirando de su mano para ayudarle a incorporarse. De repente eran los mismos de siempre. Eran el enano y el pijales, sentados uno junto al otro en la habitación del mayor. La luz de la luna volvía a teñirlo todo de plata líquida, discurriendo entre ambos cuerpos como el agua de un riachuelo.
No hablaron durante el resto de la noche.
Cuando Kurama llegó a su casa eran más de las nueve y media. Nora le dio un beso en la frente y le notificó que Kirino le había llamado sobre las ocho. Kurama no le devolvió la llamada. Ni siquiera se enfadó con Mao por tirarle el recopilatorio de Madness al suelo. El pollo frito se enfrió en un plato con papel absorbente y Kurama se fue a dormir sin darle explicaciones a nadie.
Sin contar este, faltan dos capítulos y el epílogo para el final de PDS. La próxima semana no os lo perdáis; ¡partido del Raimon contra el Mannouzaka! ¿Quién da más? ¿Qué pasará con estos dos? Who knows.
Ajajá. No os lo esperábais. Y lo sabéis. Procedo a aclarar un par de puntos.
-¿A nadie le suena el nombre de Nazorine? Es el nombre de un personaje de El padrino al que tuve el honor de interpretar el año pasado. Aunque era un simple panadero. Y no se llamaba Luca. Hum. Grande, Mario Puzzo.
-El vestido amarillo de la madre de Minamisawa: nope. No perdáis el tiempo indagando sobre el asunto, ignoro si Wendy tuvo alguna vez una prenda similar. Pero me gusta mucho esa mujer, así que no pude evitar mencionarla.
-La parrafada sobre la opinión de la madre de Minamisawa sobre la ropa vintage: la idea principal no es mía, es de Isabel Wolff.
-El eclipse: mi amiga de la infancia, Henocer, tiene una imaginación y un talento desbordantes. Y le gusta chupar cámara. Visitad su blog, Sinfonía en gris menor; está repleto de cosas que vale la pena leer. Vamos a mitades con el copyright.
Said and done.
¿No vas a animarlos a dejar un review? Llevo dos meses haciéndolo. Pero… Tengo sueño. Wow; ese argumento es demasiado sólido, no puedo competir contra él. Cool.
Janet.
