¡Jelouus! Aquí Janet Cab sacando del horno el partido de la Liga; ¡Mannouzaka vs Raimon!

Advertencias: yaoi suave, finally.

¡Nos vemos al final del capi! Enjoy.


Victorias, fobias y una manera peculiar de desear buena suerte.

Se sentían fuera de su elemento, ateridos en uno de los vestuarios de la academia Mannouzaka.

Kurama estaba nervioso.

Todos lo estaban, incluso más de lo que lo habían estado en su primer partido como titulares. Esa vez había algo viscoso flotando en el aire, acurrucándose tras los lóbulos de sus orejas y agobiándolos. Haciéndoles cosquillas bajo el labio inferior y provocándoles tics en los párpados ojerosos, regalos de más de una noche en vela.

Excitación.

Ninguno de ellos terminaba de entender cómo iba lo de ganar por obligación.

El día había llegado y muchos de ellos no habían desayunado. Aoyama mordisqueaba una barrita de cereales, como si no faltaran diez minutos escasos de reglamento para salir al campo y desafiar a las leyes de la probabilidad. Solo Ichino se percató de que la barrita estaba intacta y de que los dientes de Aoyama rasgaban su envoltorio. Cada miembro del Raimon Eleven estaba muy a lo suyo. Shindou no pudo más.

— Chicos, llevamos entrenando una semana, y también hemos estirado y calentado antes de venir. Pero yo no aguanto ni un segundo más aquí, voy a salir—sentenció.

—Yo voy contigo, Shindou—dijo Kirino, con una voz aguda que pretendía ser firme. Kurama pensó que si seguía así solo lo oirían las ballenas, pero no lo culpó. Él estaba igual, por lo que prefería no abrir la boca.

—Yo también—terció Sangoku, chocando ambos puños enguantados para darse fuerzas. Su madre estaba a unos metros sobre su cabeza, con la cámara a punto y las manos cruzadas sobre el pecho. Sentía su fuerza desde allí.

Aoyama se puso en pie como si le hubieran echado aceite hirviendo encima, arrojó su barrita de cereales intacta a la papelera y tiró de Ichino hacia la puerta. Amagi y Kurumada miraron a Minamisawa y cogieron por los hombros a Sangoku, arrastrándolo como si fuera un torero saliendo por la puerta grande. Shindou, como buen capitán, no se había movido, esperando por cualquier rezagado que decidiera salir a última hora. Kirino estaba a su lado, con los nudillos blancos y el semblante decidido. Hamano y Hayami miraron a Kurama. Este se levantó, les pidió con la mano que se fueran sin esperarlo y fue al baño a vomitar. Hamano y Hayami entendían tan bien como Kirino que lo mejor que podían hacer era dejarlo solo, así que haciéndoles una seña a los otros tres, salieron del vestuario. Shindou parecía reticente a marcharse de allí sin su delantero, pero Kirino le cogió del brazo y asintió en silencio tras unos instantes. Minamisawa pensó divertido en lo bien que se entendían entre todos sin siquiera hablar. Y también pensó en las pintas de parejita que tenían aquellos dos. Más le valía no decirlo en voz alta. No otra vez o al menos, no con Kirino delante.

Se sentó en una de las bancas y apoyó la espalda contra los azulejos fríos y oscuros, como el emblema del Mannouzaka. Los miró con la barbilla alzada y se cruzó de brazos, dándoles a entender que no pensaba moverse de allí.

— Capitán, te necesitan ahí fuera—aseveró con tranquilidad. Kirino esbozó una mueca de agradecimiento en su dirección.

—Minamisawa…

—A mí me necesitan aquí. Marchaos. Saldremos en seguida.

Shindou no necesitó oír más. Salió de la estancia junto a su mejor amigo, que no le había soltado el brazo. Supuso que Akane lo estaría esperando a la salida, y que tal vez pudiera poner a Kirino ante el objetivo y ahorrarse un primer plano horriblemente demacrado de sí mismo.

Kurama no vomitó, pero se sentía como si hubiera pasado tres días dando vueltas en una noria. Bajó la tapa del inodoro y se sentó encima, intentando insuflarse algo de serenidad. Sacó con dedos de madera un tubito de pastillas de menta del bolsillo de su chándal y se metió una en cada carrillo. No se atrevió a salir hasta que se deshicieron del todo.

Minamisawa lo esperaba fuera con los ojos cerrados. Siempre llevándole la contraria.

—Vámonos—pidió con la voz ronca, como si hiciera mucho tiempo que no hablara con nadie. En la última semana casi había sido así, tanto que había temido perder la voz para siempre.

Minamisawa abrió los ojos y lo miró como si se hubiera convertido en una serpiente de cascabel gigante, de arriba abajo. Se incorporó con lentitud, con una especie de reticencia a hacerlo con demasiada rapidez y desorientar a Kurama.

— ¿Estás bien?

— Sí. ¿Y tú?—increpó a su vez.

—He estado mejor, supongo.

Si aquello estaba tomando el rumbo de lo que parecía ser una genuina conversación de besugos de las buenas, Kurama no dijo nada al respecto. Se limitó a apoyarse contra las taquillas y a cerrar los ojos con ímpetu, repasando por undécima vez ese día las estrategias que llevaban practicando desde hacía más de una semana. Cuando oyó caminar a Minamisawa supuso que había llegado la hora. Todos los esperaban fuera.

Todos. Dentro y fuera del campo.

Pero había otro tipo de hora que también se aproximaba.

Minamisawa se detuvo delante de él y puso las manos sobre sus hombros, con suavidad, como si temiera que fuera a estallar si ejercía demasiada presión. Kurama contuvo la respiración un momento. Solo un momento. Y esa vez sintió algo más que un cosquilleo en su nariz y en sus labios. Más que un calambre en las yemas de sus dedos.

Los labios de Minamisawa no sabían a nada. Pero tras un par de segundos le pareció distinguir el frescor de la menta en su lengua. Tal vez fuera solo su saliva. Se olvidó de pasarle los brazos por el cuello, de que en teoría; no sabía besar, de que eran amigos y de que Minamisawa era un idiota sin escrúpulos. Lo único que le importaba en ese momento era que estaba allí con él, y de que lo prefería a estar solo en el vestuario del equipo rival. Ladearon la cabeza un par de veces y se separaron unos milímetros, volviendo a la carga una y otra vez. Sus narices chocaban de vez en cuando. Esa vez sí que tenían los ojos cerrados, por alguna estúpida y emotiva razón. Hasta que se acabó.

—Buena suerte, Kurama-kun—musitó el chico contra sus labios.

Después se separó de él.

Kurama tardó un poco más en darse de bruces contra la realidad, y cuando lo hizo respondió:

—Nosotros no necesitamos suerte, Minamisawa.

Y salió del vestuario antes que él, rojo como un tomate y con la sensación de ser más ligero que el helio. Ya pensaría con la cabeza noventa minutos después.


Kurama sostenía sus más y sus menos con el tipo de césped del campo. El de verdad implicaba una capa terrosa debajo, y un rasponazo seguro en la rodilla al aterrizar contra el suelo. El artificial, como su propio nombre indicaba, era artificial y/o de naturaleza plástica. En octubre casi se había quemado una parte de la pierna al derrapar en él.

Esta vez era césped auténtico. El frío de finales de febrero le azotaba la cara templada, sin surtir efecto en su organismo. En su interior, un montón de hormonas, coenzimas y glóbulos rojos armaban una fiesta sonada, revolviéndose y gorjeando todas a una. Maldición. Sintió ganas de abrirse en canal a sí mismo solo para gritarles a voz en cuello que pararan.

Oyó a Sangoku desearles suerte desde la portería. Kirino encabezaba la defensa, con Kurumada a la derecha y Amagi a la izquierda, un poco más adelantado que los otros dos. Los centrocampistas, dirigidos por Shindou, formaban una barrera compacta. Ichino y Aoyama volvían a vestir sus respectivas camisetas, y Hamano recitaba unas últimas palabras de ánimo hacia uno de los laterales del campo, el más cercano a las gradas.

Minamisawa señaló con disimulo hacia el delantero del Mannouzaka. Sonrió con satisfacción. No era para tanto, aunque el aspecto de nenaza otorgado por aquella sombra oscura en torno a los ojos y su macarrónico peinadito no se lo quitaba ni Dios. Por lo visto, el Mannouzaka había vencido a la Academia Tengawara con una ventaja de dos goles, pero había perdido contra el Kaiou con un 2-1. Aun así, su posición era ventajosa, por lo que les tocaría sacar a ellos.

El capitán del instituto contrario tenía un careto de psicópata que no se lo aguantaba. Kurama se concentró en mirar el espacio entre sus cejas y descifrar el dibujo oculto. Minamisawa y él estaban a la misma altura, ambos soportando la delantera, pero el tal Mitsuyoshi permanecía unos pasos por detrás de su líder. El entrenador Kudou lo observaba todo con indiferencia y de brazos cruzados, junto a una Haruna que se mordía los labios y tiraba de los bordes de su blusa hacia abajo, estirándola.

El árbitro alzó la mano y se llevó el silbato a los labios. El partido daba comienzo.

Isazaki corrió a toda velocidad a su encuentro, y Kurama y Minamisawa tuvieron la desalentadora sensación de que no tenía pensado driblearles.

— ¡Minamisawa, bloquéalo!—indicó Shindou. Él y Hamano trotaban hacia el centro del campo.

Isazaki actuó antes que el delantero número diez del Raimon e intentó pasársela a Mitsuyoshi, que invadía el territorio contrario por el flanco derecho, en solitario. Pero Ichino lo marcó colocándose ante él, y Aoyama detrás.

Kurama pensó con alborozo que estaban a punto de hacerse con la posesión del balón, porque aunque quedaban tres centrocampistas a los que entregárselo, la distancia entre ellos y su capitán era bastante considerable. Y Minamisawa estaba cerca, demasiado cerca de él. Isazaki pareció pensar lo mismo, porque se detuvo de repente y chutó con todas sus fuerzas, estampando el esférico con rabia en la cara del delantero.

Las gradas se hicieron oír, entre vítores por parte de los seguidores del Mannouzaka y abucheos de los partidarios del Raimon.

— ¡Eh!—rugió Kurama. El árbitro acudió raudo y sujetó del brazo al chico, que se encontraba inmerso en un recital de atributos hacia la madre de Isazaki, con el puño en alto.

Minamisawa se incorporó tocándose el labio partido, que sangraba profusamente. Cabeceó un poco, mareado a causa del olor.

—Minamisawa, ¿estás bien?—preguntó Shindou al llegar a su lado, visiblemente preocupado. No llevaban ni cinco minutos y ya había alguien herido, para el colmo de los disparates, uno de los suyos.

—No te preocupes, Shindou.

El Capitán del Raimon hizo una seña con la mano a la defensa para que nadie se acercara.

Así que el entrenador Kudou sabía de lo que hablaba. El juego sucio por el que era conocido el Mannouzaka no había sufrido cambios desde su último enfrentamiento.

—De verdad, estoy bien. Y no tenemos a nadie en el banquillo, no pienso permitir que el Raimon juegue este partido con diez jugadores.

— ¡¿Cómo que no ha sido falta?! ¿Es qué no tiene ojos en la cara o qué?—cuestionaba Kurama al hombre vestido de negro, su marcador de indignación rozando los quinientos puntos.

—Yo no he visto nada. Seguramente tu amigo se ha cruzado en la trayectoria del balón y…

— ¡¿Qué trayectoria ni qué hostias?! ¡Le digo que ha chutado a mala idea!—subrayó el chico. Al árbitro no parecía regocijarle la idea de que un mocoso de trece años (casi catorce) cuestionara su profesionalidad, y las ganas de sacarle una tarjeta iban en aumento.

—Kurama-kun, déjalo. Sigamos jugando—pidió Minamisawa, palmeándole el hombro y pasándose los dedos por la barbilla, de donde resbalaban algunos gotones gruesos como perlas escarlata.

—Te ha caído un poco en la camiseta, y las manchas de sangre no salen con facilidad—advirtió Hamano. Hayami no se había movido de su posición, pero lo había visto todo y los temblores de terror no habían tardado en recorrerle el espinazo como una descarga.

—Más se perdió en la guerra. Os digo que no importa.

El árbitro se alejó un poco para preguntarle al entrenador Kudou, que no se había pronunciado todavía, si tenía algo que objetar e Isazaki aprovechó para escupir con sorna a Kurama:

—Hazle caso al fracasado, enano. Ha mordido el polvo más que tú y yo juntos.

¿Quién se había creído ese tipejo? Nadie lo llamaba enano y salía ileso. Minamisawa era un superviviente particular de esas situaciones. Y el derecho de llamarle fracasado estaba reservado a Kurama Norihito.

—Te voy a…

—Isazaki, volvemos a sacar—anunció Mitsuyoshi. El otro asintió y lo siguió tras regalarle a Kurama una última mirada de superioridad. Mitsuyoshi, por el contrario, se rezagó un poco y dijo:

—La sangre no te queda mal, Minamisawa-kun—y se dio la vuelta. Shindou, Kurama y Hamano no daban crédito a sus oídos. Sobre todo Kurama.

— ¿Se puede saber qué está pasando aquí? Primero ese idiota te parte la boca, y después va el otro sádico y te suelta eso, así, por toda la cara.

Minamisawa se rió, un poco adolorido.

—Ya te dije que era una monada, Kurama-kun.

—Me das asco—espetó el chico antes de seguir a los otros dos, listos para reanudar el partido. Él gastando saliva en dar la cara por él y Minamisawa aceptando de buen grado los cumplidos de aquel maricatuso de Mitsuyoshi. Y eso de que era una monada… ¿hola?, si seguro que ligaba menos que el Jorobado de Notre Dame en Marbella…

—Chicos, ¿no creéis que podéis aguantaros hasta luego?—suplicó Shindou. Tenían el resto del día para discutir. Kurama se limitó a gruñir en respuesta y Shindou se retiró en busca de Hamano, que hablaba con Hayami. Este se asemejaba a una gelatina un poco menos que hacía unos segundos.

—No me tomes en serio, Kurama-kun. Ya sabes que solo tengo ojos para ti.

El efecto que esa simple frase provocó en Kurama fue sorprendente. La barriga se le retorció como un amasijo de serpientes y sintió tanto calor en las mejillas que parecía que acababa de salir de la sauna de la Mansión Minamisawa. La lengua se le trabó y solo atinó a decir un "que te den" ciertamente encantador. Se había propuesto no pensar en nada relativo al pijales hasta que terminase el partido, y eso haría.

Un segundo pitido dio pie a la continuación del encuentro. La jugada se repitió como un calco de la anterior, pero esa vez, Minamisawa barrió el suelo con su pierna derecha y le arrebató el balón a Isazaki. Kurama corrió tras él, colándose entre los centrocampistas del Mannouzaka, que parecían reacios a detenerles. Llegaron a la portería sin contratiempos y Minamisawa decidió hacer la prueba del algodón. Chutó a puerta sin emplear técnica alguna y marcó un tanto. El portero ni siquiera descruzó los brazos.

Vaya. Se parecía al partido que se habían disputado el año pasado, pero con las tornas invertidas. La verdad es que no sabía que le angustiaba más, que su propio equipo no respondiera al ataque rival, o que fuera el equipo contrario el que no se moviera. Era exasperante.

El portero del Mannouzaka resultó ser un tipo que parecía que se había escapado de un campo de concentración, y a pesar de que Minamisawa ya había jugado contra él, de momento era incapaz de ponerle nombre.

—Shinoyama, pásasela—señaló Isazaki con desgana.

Shinoyama. Seguro que se le volvía a olvidar.

Entonces, el portero hizo algo que sumió a gran parte del Raimon en el más profundo estupor. Punteó el balón con blandura y se lo pasó… a Kurama. Este miró a Minamisawa confundido.

— ¿Qué están…?

—Antes hicieron el paripé, para ganar tiempo supongo. Pero las instrucciones del Sector V les incitan a rendirse y a entregarnos el partido.

—Pero eso es… no tiene sentido. ¿No piensan oponer un poco de resistencia?

Isazaki los interrumpió.

—Enano, no tenemos todo el día. ¿Piensas tirar o no?

Claro que pensaba tirar. Directo hacia su cabeza y hacia su pecho, y si se motivaba mucho, hasta en la entrepierna. Y en las rodillas. Y después, se sentaría con tranquilidad a observar cómo se volvía amarillo poco a poco. Primero los dedos, después los órganos…

—Kurama-kun, tira a puerta, pero no uses la SideWinder—le susurró Minamisawa en el oído. El flequillo haciéndole cosquillas.

Maldito Minamisawa.

—Voy—y chutó con ganas, anotando otro gol.

Shinoyama volvió a sacar de puerta, esta vez hacia Minamisawa. Kurama estaba enfadado. Se lo había tomado muy en serio, habían entrenado todos muy duro para que al final esa panda de idiotas no les tomara en serio a ellos. A la mierda las directrices.

Minamisawa se dio la vuelta y apuntó hacia Shindou, que disparó con fuerza hacia una de las esquinas de la portería. El mayor estipuló que tres era la cantidad de goles que se había establecido que debían marcar, ya que Shinoyama se la pasó a Isazaki en esa ocasión. Pero Kurama Norihito había decidido que hacía un día estupendo para ser un poco cabrón.

Avanzó hacia él zigzagueando y tras un pequeño cara a cara le robó la pelota. Fue más fácil de lo que esperaba, aunque supuso que en parte era porque Isazaki no contaba con ese ataque. Seguramente tenía en mente la idea de correr hasta Sangoku, marcar un par de veces y hacer tiempo hasta el fin del partido. Pero Kurama pensaba arriesgar el pellejo por un partido de verdad.

Tiró nuevamente, más de cerca y regateando a un defensa robusto y feo como una nevera por detrás, y aunque esa vez Shinoyama hizo el amago de parar el disparo, no lo consiguió. Era lo que tenía el factor sorpresa.

El portero miró a su capitán, como queriendo saber a qué venía esa jugada. Pero esa era una incógnita que Isazaki no podía despejar.

Había algo dentro de Kurama que sabía que si se la pasaba a Minamisawa este se la dejaría quitar, ya que según él ya habían hecho "su parte del trabajo" en aquel partido. Así que en lugar de contar con él para una ofensiva, intercambió una mirada significativa con Shindou y con Hamano y corrió hacia ellos, retrocediendo. Shinoyama había optado por hacer un pase largo. Mitsuyoshi se preparaba para cabecear, a unos metros del centro del campo. Pero Aoyama llegó antes que él.

Ichino lo acompañó hasta adentrarse bastante en la mitad de campo contrario al suyo y se la pasaron a Shindou. Los únicos jugadores que se movían del Mannouzaka eran Isazaki y Mitsuyoshi. El resto confiaba en que ese cuarto gol por parte del Raimon se debiera a un error de cálculos. Shindou, Hamano y Kurama formaron un triángulo rotatorio de pases, escapando de las garras del delantero y escurriéndose entre los centrocampistas. Uno de ellos, de ojos siniestros y pelo oliváceo decidió tomar cartas en el asunto y se lanzó hacia Shindou de frente. Kurama y Hamano continuaron su camino, resistiéndose a la tentación de mirar hacia atrás y velar por su Capitán. Aquella era una oportunidad de oro.

— ¡Deteneos!—chilló Mitsuyoshi, probablemente a unos metros de ellos. "Faltaría más", se contuvo de decirle. Se detendrían cuando el infierno se congelara.

Kurama intuyó que Shinoyama estaría más que preparado para un intento de gol. Era el momento de emplear la SideWinder.

— ¡Kurama-kun, pásamela!—imperó el pijales, trotando junto a Hamano. Kurama lo hizo antes de estar mínimamente seguro de que fuera una acción conveniente.

— ¡No se te ocurra tirar si no es con una súper técnica!—vociferó. Si después de todo a Minamisawa le daba por hacer la gracia y desperdiciar la ocasión lo mataba. De verdad que sí.

Lamiéndose el labio rajado, Minamisawa echó su peso hacia delante y concentró gran parte de su energía en la pierna derecha.

— ¡Sonic Shoot!

El disparo superó la barrera del sonido como un F 16 y finiquitó el quinto gol a favor del Raimon. Shinoyama volvió a sacar, esta vez en corto.

— ¡Sakazaki!—voceó al centrocampista que había derribado a Shindou. La colisión lo había mandado al piso, pero sin sufrir daños. El árbitro no se había dignado a detener el juego.

Shindou emergió de la nada y atrapó el balón. Y entonces, el Mannouzaka al completo de les echó encima.

— ¡Replegaos, replegaos!—ordenó Shindou. Hamano corría delante de él, y cuando Shindou se la pasó intentó establecer contacto con Hayami, pero este no se movió con la rapidez suficiente y Mitsuyoshi interceptó el balón con el pecho. Ese idiota tenía la irritante habilidad de estar en todas partes, como la mugre. Minamisawa y Kurama se disponían a cercarle, pero por el rabillo del ojo, Kurama lo vio. Isazaki se deslizó por el césped como una culebra y los tacos de sus botas se incrustaron en la pierna del pijales. Este contrajo los labios y se fue directo al suelo, ejecutando una voltereta. Su hombro fue lo primero en colisionar contra él, emitiendo un chasquido desagradable. Después de eso, se sujetó la pierna y el flequillo le cayó sobre los ojos, tapándole la cara congestionada por el dolor al respirar. Hayami se agachó junto a él. Esta vez, las marcas en su piel evidenciarían lo que había pasado.

Pero el árbitro no estuvo a la altura.

— ¡Saque a favor del Raimon!—Shindou miró al entrenador Kudou en busca de apoyo.

— ¿Saque? ¡Le ha dado una patada!—explicó Kurama, impotente.

—Yo no he visto nada. ¿Crees que estás más cualificado que yo para trabajar de árbitro?—lo retó el hombre. Kurama pensó que era un completo inútil y que hasta un chimpancé podría hacer su trabajo mejor que él, pero se abstuvo de hacérselo saber—. Saque a favor del Raimon.

En el césped, Shindou trataba de lidiar con su delantero, formando un corrillo en derredor con Hayami y Hamano.

—Minamisawa, al banquillo. No puedes correr así— ¿dónde estaban los servicios de primeros auxilios?

—Sí que puedo, de verdad, Capitán—insistió el chico a duras penas. Entre Hamano y Shindou lograron incorporarlo, pero se desestabilizó un poco y tuvo que hincar la rodilla izquierda para no volverse a caer.

—Pijales, no seas pesado. Si juegas me estorbarás. Con la pierna así no puedes seguirme el ritmo—dijo Kurama con la garganta seca. Maldita sea. No le hacía ni pizca de gracia que lo dejase solo en la delantera, pero menos gracia le haría que su posible lesión se acentuara si continuaba en pie. Esperaba que no se hubiera fracturado la parte baja de la pierna y que todo quedara en un susto. Isazaki era un sucio.

—Minamisawa, sal del campo—ordenó el entrenador Kudou. Minamisawa no se molestó en discutir con él. ¿Para qué?

—Espera—exhortó Kurama al ver que el pijales intentaba levantarse de nuevo. Se agachó un poco y pasó el brazo derecho de Minamisawa por sus hombros—. Vamos. Inténtalo ahora.

Minamisawa parecía propenso a soltar algún comentario inadecuado, pero optó por mantener la boca cerrada y dejarse escoltar. Shindou hizo el amago de sujetarlo por el otro lado, pero Kurama no lo permitió. No lo soltó hasta que llegaron al banquillo. Akane les sacó una foto. Haruna llegaba en ese momento con dos hombres vestidos de blanco que portaban un espray para contracturas y un botiquín.

—Minamisawa-kun, ¿te duele mucho? Ponedle un poco de betadine en el labio, por favor.

—Estoy bien, Haruna-sensei. Son solo un par de contusiones—sonrió. Minamisawa tenía la impresión de que en otra época, Haruna se habría colado en el campo y le habría virado la cara a Isazaki sin miramientos. La mujer dirigía miradas fulminantes hacia el entrenador Kudou, hacia el árbitro y hacia el capitán del Mannouzaka de manera aleatoria.

Los técnicos de auxilios deportivos tanteaban la pierna de Minamisawa, buscando señales inequívocas de una rotura ósea. Uno de ellos negó con la cabeza.

— ¿Un par de contusiones? Este chico está hecho unos zorros, señorita. Por suerte no se ha roto nada, pero la semana de reposo y masajes con aloe vera atenuado no se la quita nadie. No es la primera vez que ocurre algo parecido en esta academia.

Minamisawa suspiró con resignación.

—Enano—llamó a Kurama. Hacía tiempo que no se dirigía a él de esa forma—, no te dejes coger por Isazaki. Este partido es tuyo.

—No, pijales. Este partido es nuestro—aseveró el chico. Un calorcillo agradable le recorrió las mejillas y las orejas, y Kurama tuvo la inquietante sensación de que empezaría a echar humo por ellas de un momento a otro. Nuestro. Vaya palabra más… más algo.

—Te me estás ablandando, Kurama-kun—rezongó.

—Es culpa tuya. Tú procura no moverte y no levantarte de aquí. Ya marcaremos el resto de los goles por ti.

—No seas muy duro con Mitsuyoshi, Rocky Balboa.

Kurama adoptó una expresión maliciosa, como si faltara muy poco para su cumpleaños.

—Mitsuyoshi será el más damnificado de todos. Y con diferencia.

— ¿Y por qué Mitsuyoshi?

—Me cae mal.

—Pero, ¿por qué?—pinchó.

— ¡Kurama! ¡Tenemos que sacar! —anunció Shindou. A Kurama le faltó tiempo para salir volando del banquillo.

—Ya sabes. Cuídate—se despidió con sequedad.

—Kurama-kun—lo llamó Minamisawa una última vez.

— ¿Qué quieres?—increpó hastiado, dándose la vuelta.

Pero en lugar de decir nada, el pijales extendió la mano hacia a él, como si Kurama supiera qué hacer con ella sin titubear. A falta de una idea mejor, se la estrechó con blandura, inseguro. Minamisawa entrelazó los dedos con los suyos un momento y después la bajó.

Kurama puso cara de atontado, como si le hubieran rematado la cabeza con un Sonic Shoot.

—Ten cuidado tú también.

—Lo que tú digas—respondió entre dientes antes de salir corriendo. Miro atrás un momento y trastabilló, aunque recuperó el equilibrio.

— ¿Cómo está Minamisawa?—quiso saber Shindou nada más llegar a su lado.

—Se pondrá bien—le aseguró Kurama—. Después de todo, es Minamisawa.

—Qué tierno. El enano haciéndole un "sana sana" a nuestro colega, ¿eh, Mitsuyoshi?—se regodeó Isazaki. Mitsuyoshi cerró los ojos con falsa decepción y se encogió de hombros.

—Pensaba que teníamos afinidad, pero bueno. Hay más peces en el mar.

Kurama estaba rígido, como un gato a punto de saltar sobre un ratón.

—Saco yo, Kurama—le dijo Shindou. El silbato rasgó el aire por tercera vez y Shindou se la pasó a Hamano, quien se adelantó con Ichino por el lateral derecho del campo. Kurama y Shindou los siguieron por el centro marcados por Mitsuyoshi e Isozaki, respectivamente.

Ya ante la portería, Kurama se preparó para saltar si hacía falta y recibir el pase de Ichino.

— ¡Kurama, tuya!

Pero justo cuando estaba calculando el impulso que tendría que utilizar para hacerse con la pelota, una caja de llamativos colores se materializó ante él. Era un poco más grande que él, y su superficie se trazaba en una vorágine de rombos, tréboles y corazones rojos, ocres y turquesas. Preguntándose de dónde demonios había salido aquella broma de mal gusto, la caja se abrió y un payaso con las cuencas de los ojos vacías se precipitó hacia él, reduciéndolo de la impresión.

— ¡Rey Jóker!

Cuando se quiso dar cuenta estaba sentado en el suelo y el rocío se le clavaba en las piernas descubiertas. El payaso había quedado suspendido de un muelle y se balanceaba perezosamente en un vaivén, mirándolo con arrogancia.

Mitsuyoshi se alejó de él con una carcajada digna de la bruja de la Bella Durmiente. Y con el balón.

Otra vez ese payaso.

Le iba a dar bromita.

Le iba a dar susto.

¡Le iba a dar!

— ¡No lo dejéis escapar!—aulló Shindou. Pero ni falta que hacía. Kurama pensaba que podría conformarse con que Hayami o Aoyama lo bloquearan y se la acabaran pasando, pero cuando Mitsuyoshi pasó como un rayo delante del banquillo le pareció verle cojear un instante, justo para reírse después, con mezquindad. Minamisawa lo observaba todo con indiferencia, la pierna en alto. Pero Kurama nunca había sido conocido por tener una mente fría, y no pudo más. Le robó el balón desde atrás, poniéndole la zancadilla. Isazaki volvió a la carga, pero lo esquivó de un salto.

Claro que no había terminado. Aprovechando la falta de estabilidad del otro, chutó con todas sus fuerzas y le dio a Mitsuyoshi en la nuca.

Ojo por ojo.

Kirino no pudo evitar echarse las manos a la cabeza y reír eufórico.

— ¡Grande, Kurama!—coreó Kurumada.

— ¡¿Qué estás haciendo?!—gritó Shindou, consternado hasta los topes.

— ¡Uy, qué fallo!—fingió Kurama con su mejor mueca de inocencia.

— ¡Tarjeta amarilla!—sonrió el árbitro. Kurama le hizo un corte de mangas y le sugirió un buen lugar por el que podía meterse la tarjeta, sintiéndose un pelín culpable por ser tan feliz.

Hubo un breve descanso al término de la primera parte.

El partido continuó y el Mannouzaka consiguió anotar cuatro goles, dos de Mitsuyoshi y dos de Isazaki. Shindou ejecutó un enérgico Fortíssimo y sumó un gol más al marcador, buscando la diferencia inicial. Ambos equipos se defendían con denuedo; Kirino consiguió confundir a Sakazaki en una ofensiva, rodeándolo de niebla y provocando que errara un tiro en el poste de la portería que presidía Sangoku. Kurumada arrolló como un tren a Sakazaki y mandó a hacer puñetas a Isazaki, estrellándolo contra la defensa de Amagi un par de veces. Aoyama también contribuyó lo suyo haciendo caras raras para distraer a los rivales. Hayami procuraba mirarlo mucho para mantener la mente en blanco y sacudirse un poco el miedo que le tenía a Isazaki. Todos pensaban con amargura que seguramente el Mannouzaka podría haber marcado uno o dos goles más, de habérselo propuesto.

Pero llegaron al último minuto y Kurama supo que las cosas no estarían bien del todo si no conseguía romper la ventaja de dos goles. Necesitaban partir en pedazos las indicaciones del Sector V, y eso solo podrían conseguirlo con tres goles de ventaja.

Contrarreloj, Shindou, Aoyama, Ichino y él fueron a por todas. Con el viento entumeciéndoles las orejas consiguieron penetrar en el terreno del Mannouzaka.

Cinco segundos.

— ¡Pásamela, Capitán!

Cuatro segundos.

Isazaki y Mitsuyoshi haciendo una entrada agresiva.

Tres segundos.

Kurama estaba en el aire, y el capitán y el delantero del equipo rival se empequeñecían por momentos, los rostros incrédulos y estáticos. La adrenalina recorriendo sus venas a la velocidad de la luz.

Dos segundos.

— ¡Esta va por ti, pijales!—rugió al estadio, expectante y compungido.

Un segundo.

El familiar siseo de una serpiente de cascabel.

Y el desconocido hasta entonces, pero inconfundible aroma de la victoria.


No se sabe a ciencia cierta quién o más bien, de quién fue la extremidad que entró primero en el vestuario del Mannouzaka.

Amagi, Kurumada y Sangoku llevaban ondeando a Minamisawa como si fuera una bandera, y Kurama tenía en sus manos una temible botella de agua abierta con la que se dedicaba a mojar a todo dios, sobre todo a Kirino, para que se le rizara el pelo. Haruna y el entrenador Kudou estaban fuera, hablando con alguien por el móvil del primero. Vendrían en cinco minutos, cuando los humos se hubieran apaciguado un poco. Shindou se decidió a entrar el último, como buen capitán que era. Se sentía pletórico y extenuado emocionalmente, con cada sobresalto enterrado en los músculos de su espalda.

Lo habían conseguido. Y encima con una diferencia de tres goles. Aún quedaba una esperanza de ganar el Holy Road.

— ¡Shindou!—gimoteó Kirino, escudándose tras él y huyendo de Kurama—. ¡Lo hemos hecho!

Shindou apenas podía decir nada. Una lágrima de emoción recorrió su mejilla tibia mientras se fundía en un abrazo con su mejor amigo. Dicho en voz alto sonaba mucho mejor, mucho más real si cabía. Lo habían hecho.

— ¡Ese capitán bueno!

— ¡Nosotros también te queremos achuchar un poco, Shindou!

Más de tres manos lo jalonearon de la camiseta, le revolvieron el pelo y lo medio masacraron. Shindou no se opuso a nada. Hasta que se les ocurrió La Idea. Aunque Kurumada le diera voz, fue una idea conjunta.

Buenas intenciones.

Una mala idea.

— ¡A la taquilla con él!—vitoreó Kurumada. El hecho de que Shindou comenzara a resistirse con vehemencia de repente los incitó todavía más, subiendo el volumen de sus risas y su jolgorio. Minamisawa sonreía de brazos cruzados, sentado en una de las bancas.

Pero su mueca de bienestar se erosionó poco a poco. Tal vez fue porque era el único que lo estaba contemplando todo desde fuera. Shindou no se divertía. La alegría en sus facciones se había ensombrecido y parecía incapaz de despegar los labios, sellados como si tuvieran una capa de pegamento, y cuando consiguieron meterlo en uno de los compartimentos del vestuario, en el que había el espacio justo para una persona de constitución delgada y no muy alta, Kirino también se percató del panorama.

Los sonoros golpes y los restallidos que asestaba Shindou desde el interior acabaron por extinguir las caras traviesas de los estudiantes del Raimon. No duraron más de cuatro segundos.

El silencio se apoderó del ambiente, cayendo como una pesada losa sobre los chicos. Casi con la misma unanimidad con la que se habían puesto de acuerdo para confinarlo allí dentro abrieron la portezuela reforzada de nuevo, ansiosos. Ichino y Aoyama lo cogieron por las axilas cuando el capitán del Raimon se precipitó entre los dos, inconsciente y blanco como la cera.


¿Qué os ha parecido el partido? ¿Isazaki es adorable, verdad? Yo por lo menos, lo adoro. No hay ningún personaje al cual sea incapaz de encontrarle algo que me guste, pero hoy lo he caracterizado así porque debía hacerlo. Además, no es lo que se dice un alma cándida, ¿no? ¡Abajo el bashing!

Siento dejaros así con lo de Shindou, pero no pude resistirlo. Gegegege. Ejem.

Creo que no me equivoco al decir que este es posiblemente, el capítulo que más me ha costado de todo PDS. IDK de por qué, espero que os haya gustado y que no seáis ratas y me dejéis un review, aunque sea para decir "Me ha gustado" o "Yeka muñeca" (?). No tengo tiempo para más, nos vemos la semana que viene con el último capítulo de Preámbulos de Septiembre. ¿Alguien se ha fijado en que el epílogo cae casi para Navidad?

Thank you everybody, and see you soon!

PD: Rey Jóker es una técnica de mi invención. Tratándose de Inazuma Eleven no suena tan rimbombante como quizá debería, pero Janet (corazoncito) Sencillez.