Caligrafía.

haruno/hyuuga

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Capítulo III
Moralidad (y derivados).
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Tal vez sea la culpa.

No hacía dos días que había puesto en marcha su plan. Y todo salía estupendamente. ¿Para qué mentir? ¿No es así? ¿Para qué mentir? Mentir es malo. Es un veneno que tarde o temprano se libera... Y mata a todo el que esté expuesto... Al mentiroso, y al que lo rodee. Al que se trague esa mentira.

Era la culpa.

No hacía dos días que había puesto en marcha su plan y todo era un caos. El suelo se abría bajo sus pies y el fuego infernal arrasaba con todo lo él que conocía.

Era, en efecto, la culpa.

La culpa y sus efectos, ¿no? ... ¿Pero... pero qué clase de imbécil iba a creerse tal mentira? Mentira que no tenía ni pies ni cabeza. Ni nada. La mentira completamente mutilada. No era mi culpa. Claro que no. El veneno que mate a los que no estén vacunados. A los idiotas que no desarrollaron defensas para combatir tal veneno. A los faltos de anticuerpos que los defiendan de una posible invasión inmoral. O de moralidad doble, porque están esos que luchan en los dos bandos. Y están esos que no pueden vislumbrar la hipocresía que resplandece en los ojos de los más tiranos. Y esos son los que no están vacunados. Los imbéciles que creyeron en la mentira.

La culpa jamás había aparecido con tanta fuerza.

Y resonaba. Resonaba en la sinapsis de las neuronas, la pelea interna de un ser humano culpable. Culpable de los pies a la cabeza. Un ser humano dueño de la culpa más iracunda conocida en la vida. Y es acá, acá mismo, cuando la narración se altera completamente. De una narración vacía de pasión a una narración que despierta las pasiones más violentas.

Porque la culpa alberga la culpa de todo.

Una culpa original... No. Esa culpa original no existe. Olvídenla. Olviden la idea de que una culpa original tuvo lugar. Hay que concentrarse en la culpa más pequeña. Que es la peor, claramente.

No hay idea más fuera de lugar.

Porque estar fuera de lugar es lo de hoy. Nadie quiere ser igual al resto. Pero, en realidad nadie sabe tomar un camino alejado del árbol que lo vio nacer. Y esa es la razón por la que sentimos culpa. Tan sencillo y simple como eso. Tan sencillo que no se puede hacer tangible con palabras. Sería una picardía poner a la vista de todos algo que debería ser percibido... claramente por todos.
¿No? ¿No es así? Y es que necesitamos respuestas que nos liberen de responsabilidades. Y por consiguiente, de todas las culpas. De la culpa. De la culpa pequeña, claro.

Y entonces, es cuando nos volvimos inútiles.

... Un momento... ¿y entonces, qué es la culpa y por qué aparece la palabra responsabilidad? ¿La culpa y la responsabilidad? ¿Cuál es la conexión? ¿Cuál es el bendito lazo que los conecta y que nos hace inútiles? Cuando uno asume una responsabilidad -la de ser sincero, por ejemplo- luego tiene que hacerse a la idea de la culpa -la pequeña, la diminuta, la que no es la original, la que está ahí, la que es sencilla y nos vuelve idiotas y nos hace desvariar- que se produciría al faltar a esa responsabilidad -haber mentido, en este caso-. Porque... nuestra palabra es lo más valioso que tenemos, ¿no es cierto? Y se lo pregunto -y me lo pregunto- para que no mintamos -usted y yo- y nos liberemos al fin de la inescrupulosa culpa. La maldita -no original- culpa. Esa que no tiene corazón, como la mentira que no tiene ni pies ni cabeza. La vil culpa. Adjetivos que despiertan la peor de las pesadillas. Hágase -como yo, como todos; no hay que caer lejos del árbol, del manzano que sería la representación perfecta- enemigo de la culpa. Enemigo declarado de la culpa. Así estaríamos en un bando diferente al de la culpa. Entiende. No somos los hipócritas a los que despreciamos. Esos que tienen fuego -un fuego maligno como el que arde en el infierno- en los ojos y que arrasan con todo lo que uno -yo, usted- conoce.

Y es cuando hay que resumir.

En resumidas cuentas, todo esto que reflexioné debe ser mentira. Y es cuando surge la culpa, y la hipocresía y el fuego y el infierno, y el árbol. Y del árbol la manzana, que jamás en la vida cae lejos del manzano que lo vio nacer.
De la humanidad, cuna del ser humano culpable. Y del culpable de la culpa pequeña porque la original no existe.

Un círculo vicioso.

Un círculo vicioso que gira eternamente. Un círculo vicioso, la vida. La vida que es casi tan eterna como una venenosa mentira.

No. No sabía.

No estoy hecho para esta vida, que en el fondo sabemos que es una venenosa mentira. Porque la vida es hipócrita. Y nosotros -usted y a veces yo- aprendemos de la vida. Y por eso, sentimos la culpa. Porque no existe ni culpa original ni vacunas que nos protejan de nuestros actos.

Y la verdad que nunca se iba a decir.

La verdad tiene un tiempo y un lugar adecuado. Porque la verdad es la antítesis de la mentira. De la culpa. En definitiva, lo importante es saber cuando decir la verdad -antes de que el suelo se abra completamente bajo nuestros pies y el fuego infernal arrase con todo lo que conocemos- para así deshacerse de la mentira. Y así de la culpa que envenena.

El momento iba a ser en quince minutos. El destino funcionaba.

Siento mis pies ardiendo y mi garganta sulfurosa. Esto no era parte del plan -del plan original-. ¿Todo lo que dije fue mentira? Sí. No hablemos de mentiras si no queremos sufrir la ira de la culpa. Usted está de acuerdo.
...Eso es ser hipócritas... Nos quemamos con nuestro propio fuego. Porque somos unos inútiles. Porque la vida no es más que un circulo vicioso. Y repetimos nuestros errores -mentir en este caso-. Y ahí volvemos a empezar. Y no termina hasta que decimos la verdad.

Ya pasó el momento.

Y yo sigo siendo un inútil. Y el que se trago la mentira es un imbécil. Vamos a decir la verdad, porque tratar de distraerme tampoco es parte del plan. No sin antes cuestionarle: ¿a usted -hipócrita, imbécil, inútil- le gusta verme sufrir? ¿Le gusta el caos? A usted le gusta estar fuera de lugar, pero no lo suficiente así no se quema. Usted es tan culpable como yo -es decir, ya se está quemando. Admítalo, su palabra es lo único valioso que posee. Lo único. Y cuando usted admita eso, yo voy a decir la verdad.

Ese no era el plan.

El plan era un fracaso. Esa era la verdad. Una persona que ideó un plan que no tenía ni pies ni cabeza. Una persona que se mintió a si mismo. La misma persona, y el resultado.

Ese ser humano culpable solía ser inteligente.

Shikamaru Nara era un shinobi reconocido por su sagacidad mental. Era listo aunque no lo aparentara. 18 años. De aspecto despreocupado. Jugaba al GO con su maestro de Academia. De buena familia. Un clan dedicado a las técnicas ninja de sombras. Él era otro prodigio de su generación.

Aún era inteligente.

Y mucho. Sólo que estaba pasando por una etapa. Una etapa difícil. Una etapa que le hacía sentir inseguridades que nunca antes había sentido. Una etapa en la que sentía inquietudes que nunca le habían preocupado jamás. No de esa manera tan febril.

Y ahora además era un mentiroso.

Uno muy malo. La culpa casi lo devoraba vivo. Y a usted también. Su mente era un hervidero de ideas sobre la culpa y otros asuntos morales. Él era el mentiroso, y el que creía en la mentira. Él era el hipócrita, y el que se volvía un inútil.

Y había una razón. Una razón para todo.

Una única razón que tenía al joven ninja en situación de tal alerta. Una razón que muchos podrían considerar una estupidez. Él mismo lo consideró una estupidez tiempo atrás. Y por eso él se sentía un hipócrita, mentiroso. Esa es la razón de todo. Sus manos temblaban. Y estaba sudando de desesperación. Un imbécil. Sus ojos miraban al suelo. Sentado a las raíces de un gran abeto en el bosque húmedo. Algunos rayos de Sol se colaban por entre la altas copas. Las manos temblando entre sus rodillas. Él no podría soportarlo más. Un inútil. Era una estupidez.

La estupidez más grande del Universo.

Él sufría por la estupidez más grande del Universo. Él, que era un joven genio días atrás. Un prodigio. Ahora, un inútil, un imbécil. Estaba enamorado. Lo sabía, porque en algún momento había leído sobre éso. Porque era un ser humano culpable, como cualquiera. Sobre el amor, había leído novelas. La tentación fruto del manzano. Eran bastante entretenidas. Casi tanto como una buena partida de GO con su padre.

-¿Qué haré?- decía con voz trémula. Hablaba consigo mismo. Discutía consigo mismo. No había nadie en el bosque en ese momento. No había ningún genin entrenando. Por lo tanto, no habían profesores enseñando. Eran períodos de vacaciones. En realidad, eran los períodos de primavera. Los ninja de mayor edad se mantienen en actividad, pero los genin no. Hay cierta tolerancia en épocas de bonanza.

No estaba solo. No se percató.

Cuando quiso reaccionar, era demasiado tarde. Hyeri, la novia de su mejor amigo estaba ya encima de él con su típico entusiasmo. Problemático pensó Nara, justo en este momento. Ni siquiera se molestó en levantar la vista del suelo boscoso.

-¡Hola Nara! Sabía que estarías aquí. No sé, creo que fue intuición femenina. Kiba dijo que él te encontraría más rápido. Es un idiota... Pero, ¿qué te sucede? Ahora ni siquiera vas a mirarme cuando te hablo...- Era bien sabido que a Hyeri le gustaba fastidiar al joven Shikamaru, y él siempre respondía a su burlona actitud con una mueca como mínino. A veces se suscitaban pequeñas peleas verbales muy interesantes entre ellos. Mas a la chica le sorprendió la no reacción del muchacho.
-¡Vamos Shika! ¿Te quedaste mudo con mi aparición? Era cuestión de tiempo- fanfarrona, Hyeri trató de tomar ventaja en la pelea que sentía que se aproximaba. Se pensaba con suerte. Shikamaru le enseño su rostro desafiante, dejándola de piedra. La cara bañada en sudor y la expresión que quería parecer altanera pusieron muy nerviosa a la chica.
Él no se veía muy bien. Pero enseguida trató de ocultar su lucha interna, y no fue en vano. La muchacha salió de la impresión y no le prestó mayor atención.
-A ver, Sir Rarito, vamos que Inuzuka se habrá rendido y nos estará esperando. El muy tontito aún cree que puede competir conmigo. Hombres! ¿Son siempre tan cabezahuecas?- Ella se había adelantado a Shikamaru, luego volteó hacia él y sonrió.

Era la sonrisa más hermosa que hubiese visto. El plan no había servido de nada.

Había cuantiosos libros.

Era una biblioteca, por supuesto. Él nunca había visitado la biblioteca pública antes. Todos los libros que necesitase los tenía en la biblioteca de la casona del clan Hyuuga. En su casona. Aunque él nunca sentiría esa residencia como propia.
Todavía no había recibido ninguna indicación como le anunciase la Hokage, sólo estaba haciendo una inspección previa. Lo había analizado, y no le parecía tan mala idea después de todo. Es decir, podría pasar tiempo de calidad con sus pensamientos. El lugar era más grande de lo que aparentaba por fuera. Por lo que podría mantener a sus compañeros a raya, como con todas sus relaciones. Separados en sectores, cada uno inmerso en lo que le compete...

La mentira por un lado. Y por su parte, la negación.

No tenía idea de cómo se trabajaba en una biblioteca. Lo cierto era que no se oía casi ruido, pero había gente ocupando algunas mesas de estudio aquí y otras allá. Todo era un caos silencioso. ¿Compañeros a raya? Mucha más gente de la que imaginé hay aquí dentro. Nadie notó cuando el Hyuuga entró por la puerta del salón principal, donde se encontraban las mesas más largas y los estantes más altos.
Era una construcción sumamente antigua. Paredes ocre. Y pisos color cobrizo. El colibrí. Las plumas del colibrí. El colibrí del cuento. La caligrafía perfecta de su mamá. Hachidori. Una leve sonrisa. Casi como un secreto. Había óleos de los sucesivos Kages de la Aldea. Eran suntuosos, muy grandes e imponían solemnidad absoluta. Le molestaba absolutamente.
Una muchacha pasó por su lado, cargando dos grandes Atlas consigo, parecía muy ensimismada, y tenía un gesto adusto. El cabello largo se meció a su paso. Negro.

Negro de misterio. Un escalofrío.

La observó hasta que se perdió tras la puerta. Olía a almendra. Y a algo más, pero estaba bloqueado. Como su mamá en los Festivales de la Primavera. Neji no se sentía bien. ¿Por qué repentinamente todo lo relacionaba con su madre?. ¿Por qué? Bajó la vista al suelo. Ligeramente mareado.


neji está embarazado.

chanchanchan.

Gracias por leer hasta aquí.