¡Hola de nuevo! Lo primero de todo, pedir disculpas por no haber actualizado el domingo pasado, he tenido trabajo que hacer y no pude, pero este domingo no se me escapa ;) Muchas gracias a todos aquellos que os habéis pasado a echarle un vistazo, y mil gracias a los que me habéis dejado reviews. Os había echado de menos y me ha alegrado ver que no os habéis olvidado de mí xD
Gracias a Maru (No! No te quiero matar, no digas eso xD Poco a poco se irá sabiendo todo, poco a poco :P ¿Tienen sentimientos ocultos? ¿Sí? Jaja No tengo ni idea xD Sorry por haceros esperar, espero que no vuelva a suceder. Un beso muy fuerte!); a Catita (¡Mil gracias! :D Cariños para ti también ^^); a María Elena (Es muy triste que estén pasando por esto :( Pero todo saldrá bien... O no, ya veremos xD Muchas gracias por leerlo! Besos!); a Savri (Umm ¿Quieres conocer al viejo Sam? Jejeje Creo que no eres la única xD Gracias a ti por leerlo y comentar, Savri ^^ Mil besos!) y a Rosa Elena (Ohh qué bonito review *_* ¡Muchas gracias! Siento haber tardado tanto, pero aquí está por fin el segundo capi, espero que te guste ^^ Un beso y un abrazo muy fuerte Rosa Elena!)
La canción del segundo capítulo es "La fuerza del corazón" de Alejandro Sanz.
Disclaimer: Glee no me pertenece.
Capítulo 2: La fuerza del corazón:
Que será esa fuerza
que a todos nos une de dos en dos,
Será la fuerza del corazón.
Es algo que te lía una descarga de energía
que te va quitando la razón
te hace tropezar te crea confusión
seguro que es la fuerza del corazón
es la fuerza que te lleva.
Horas después, la puerta se abría de nuevo, dejando entrar a dos hombres en la habitación. Uno de ellos cargaba una pistola en su mano derecha a la vez que sostenía la puerta, y el otro traía una bandeja, que dejó sobre el frío suelo de la habitación, enfrente de los dos chicos. Sam los miró fijamente, observando a sus oponentes y estudiando sus movimientos.
—Sal —dijo el de la puerta, haciéndose a un lado para que el otro abandonase la habitación—. En media hora volveremos y hablaremos. Más te vale no negarte o lo siguiente que harás será decirle bye bye a tu novia.
El secuestrador sonrió al ver el impacto de sus palabras en él, ignorando que éste se debía más al hecho de que ellos pensasen que ella era su novia.
La puerta volvió a cerrarse, dejándoles solos de nuevo, al tiempo que Sam ladeaba a Mercedes para despertarla. Había dormido como un lirón, casi sin moverse, pero ahora tenía que despertarse si quería comer lo que ellos les habían dejado.
—Merce... despierta, vamos.
La chica emitió un leve gruñido que en otra ocasión le hubiese hecho reír, y luego, abrió los ojos poco a poco.
—La comida —dijo, apoyándola contra la pared y levantándose para traerle la bandeja al colchón—. Toma, come —Sam le tendió uno de los sándwiches que había en el plato y ella no dudó ni un segundo en pegarle un buen bocado.
Le había mentido. Mercedes estaba hambrienta y probablemente, incluso más que él. Pero no podía regalarle su bocadillo a pesar de haber sido su primer pensamiento, él lo necesitaba si quería conseguir sacarla de allí con vida. Se lo comió despacio esperando que no le sentase mal, al contrario de lo que habría hecho siempre, y luego, bebió un trago de agua de la botella que tenía en sus manos. Ella había terminado ya su bocadillo y ahora lo miraba fijamente.
—¿Qué sucede?
—Nos lo hemos comido. Podría haber estado envenenado.
Sam negó con la cabeza.
—¿Qué sentido tendría envenenarnos ahora después de todo lo que ha pasado? Si quisieran matarnos lo habrían hecho desde un principio.
No les habrían secuestrado y llevado allí, les habrían matado como a Jack y a Cindy. Le necesitaban a él. Sam no sabía cuál era la verdadera razón, pero sí la que habían tenido para llevársela a ella también. Creían que era su novia, y mientras siguiesen haciéndolo, nada le sucedería. Al menos, mientras él supiese jugar sus cartas y engañarles.
—Hazte la dormida —le pidió, viendo cómo ella arqueaba un ojo en desacuerdo—. Cuando vuelvan, hazte la dormida.
—No se lo creerán, Sam.
—Por favor.
Mercedes asintió con la cabeza, recostándose sobre el colchón del todo y cerrando sus ojos. Se haría la dormida, aunque sin saber qué era lo que el chico pretendía sacar con todo aquello.
Cuando Sam le preguntó, tiempo después, si se había dormido de verdad, ella no le respondió, engañándole también a él. Quería oír toda la conversación y lo haría despierta o medio dormida.
—No hemos encontrado tus documentos. ¿Cuál es tu nombre? —le preguntó uno de los secuestradores.
El interrogatorio había comenzado ya y Mercedes trataba de no moverse, escuchándoles hablar.
—Jack... Jack Tyler —respondió Sam, rápidamente.
El secuestrador no hizo más que reírse al oírle, contagiando a los demás.
—Fíjate que no me creo que ese sea tu nombre. A no ser que ahora mismo estés hecho un fiambre al lado de una tal Cindy Mason.
Mierda.
—Intentémoslo de nuevo. ¿Cuál es tu nombre?
—Zack...
—¿Zack qué más? —le preguntó, encañonándole con la pistola.
—Zack Morris.
Mercedes tuvo que recordarse a sí misma que estaba dormida para no estallar en risas.
—Chaval, aquí no va a "salvarte ninguna campana" así que no pretendas burlarte de nosotros. ¿Crees que vamos de farol con lo de matarla a ella?
No. No parecían decirlo en broma. Aquello era lo único que hacía que Sam no se levantase de ese colchón para ir a por ellos. Tenían una pistola y él una posesión preciada que no dudarían en matar.
Negó con la cabeza, observándola dormir. Moriría en el intento pero necesitaba sacarla de allí, llevársela sana y salva a Bobby y a toda su familia.
—¿Por qué no la dejáis libre? Es a mí a quién necesitáis, no a ella.
Uno de los secuestradores que permanecía en la puerta empezó a reírse, siendo silenciado rápidamente por los demás.
—¡Cállate Ryan!
—¡No digáis nombres, joder! —Chilló el que parecía ser el jefe—. ¡Sois más idiotas que él! ¡Inútiles!
Sam reprimió una risa al oírles. Quizás escapar de allí no les iba a ser tan difícil al fin y al cabo. El que lo encañonaba debió advertir su sonrisa pues lo siguiente que hizo fue mandarles que la despertasen y se la llevasen de allí.
—¡No! No por favor —Sam se movió con rapidez tratando de impedir que los dos hombres se la llevasen, al tiempo que ella también se resistía—. Merce...
—¡Sam! —gritó ella, siendo arrastrada fuera de la habitación.
—Así que tu nombre es Sam...
—No le hagáis nada, por favor —le miró suplicante.
¿En qué momento había escogido reírse de ellos? No podía ganar, no mientras ellos la tuviesen. No podía ganar y ahora estaban peor que al principio.
—Dinos lo que sabes y tu novia vivirá.
Sam trago saliva, armándose de valor.
—Dejadla que esté conmigo, por favor. Os diré todo lo que sé, pero traedla de vuelta.
—Creo que no has entendido quién es el que pone aquí las condiciones.
—Por favor... —suplicó de nuevo.
El encapuchado lo miró fijamente unos segundos y luego, se dio la vuelta abandonando también la habitación.
—¡Por favor! —gritó una vez más, en la soledad de aquel cuarto—. Merce... —susurró, dejándose caer al frío suelo.
Ellos querían saberlo todo y él no tenía ni la más remota idea de a qué se referían. ¿Qué podía decirles? Arrodillado en el suelo, guardó silencio tratando de oírla al otro lado de aquella puerta, pero nada escuchaba. Lo que implicaba que no le estaban haciendo daño. No. No le harían ningún mal, solo querían asustarle a él para que hablase. Se la habían llevado de su lado para que se viese perdido sin ella y les contase todo. ¡Y él lo diría sin dudarlo un momento, si realmente supiese qué era lo que querían saber!
Trató de recordar lo que había averiguado de ellos hasta ese momento. Uno se llamaba Ryan y era un estúpido inútil, al que le acompañaba otro que lo era todavía más, el que lo había llamado por su nombre. El único inteligente parecía ser el cabecilla de la banda. Los tres llevaban pistolas, pero eran el jefe y el tal Ryan los que se divertían encañonándolos.
Sam no supo cuánto tiempo pasó hasta que la puerta volvió a abrirse y dos de los encapuchados trajeron a Mercedes de vuelta a su lado, empujándola sin contemplación hasta arrojarla sobre el colchón. Él se había levantado del suelo y había corrido hacia ella, separándole el pelo de sus ojos.
—¿Estás bien? —preguntó con miedo.
Mercedes asintió con la cabeza, buscando una de sus manos y apretándola ligeramente.
—Cuánto amor...
—Cállate, Ryan. Cállate joder.
—¡Que no digas mi nombre, hostia! —chilló el chico, empujando al otro.
—¡Imbéciles! ¡Inútiles! —exclamó el jefe, entrando por la puerta.
Sam, al verle entrar, se colocó delante de la chica, tratando de protegerla para que no se la llevasen de nuevo.
—No me creo que sea su novia —habló Ryan, sin miedo.
—Es su hermana, no te jode —le respondió el otro, a su lado.
—Me importa una mierda si es su hermana, su novia o la madre que lo parió. Va a decirnos ahora todo lo que sabe o le abriremos la cabeza —el jefe se movió, ladeando el colchón, y encañonándola ahora a ella—. Ya me has oído. Decide.
—No... No sé qué es lo que necesitas —dijo Sam, sin soltar la mano de la chica.
Él también la necesitaba. Su apoyo, su fuerza, aquella que se iba agotando con el paso del tiempo.
—¿Qué viste?
—¿Qué vi, dónde? —preguntó él. ¿Creían que era un testigo? Si así era, ¿por qué no le habían matado ya?
—En el callejón, ¿qué viste?
¿De qué jodido callejón le hablaban? Dios Santo, ¡lo estaban confundiendo con otra persona! Todas aquellas muertes y ni siquiera le buscaban a él.
—Yo...
—Viste quién la mataba. Sabes su identidad.
—¡Cállate, Ryan, joder! —gritó el otro.
Ryan era un inútil, pero gracias a él, Sam conseguiría salvar sus vidas.
El jefe no dudó en quitarle el seguro a la pistola y apuntar directo a la cabeza de la chica.
—Descríbenoslo ahora.
Sam lo miró fijamente, tratando de pensar qué respuesta darle. Probablemente él tuviese ya una idea de cómo era el asesino de "ella" y Sam acabaría dándole justo la contraria. Necesitaba tiempo. Tiempo para buscar una salida.
—Lo dibujé.
—¿Cómo?
—Dibujé su cara en mi cuaderno. ¿Querías una descripción? Ya la tienes. Búscalo y tendrás su cara.
—Dibújamelo de nuevo.
—No podría. Mi memoria fotográfica no es tan buena. Busca el cuaderno y tendrás a tu asesino.
—Nos está engañando, jefe.
—¡Que te calles, joder! Tú... prepara todo. Nos vamos en cinco minutos. Tú, enciérrales de nuevo y vigílales.
—Sería mejor separarles, jefe —propuso el inútil de Ryan.
—No por favor —le rogó Sam.
Otra vez no. Y menos con él.
—Tranquilo Romeo, no la tocaría ni con un palo —soltó el secuestrador, recibiendo un empujón por parte de su jefe. Uno que Sam le agradeció en silencio.
—Más te vale que esto sea verdad, Sammy. Porque de no serlo, tu novia tiene las horas contadas —dijo él, poniéndole el seguro a la pistola y guardándosela en el pantalón.
—¿Puedo ser yo quién me la cargue, jefe? —preguntó Ryan.
Éste no le respondió, se dio la vuelta y abandonó de nuevo la habitación.
—Nos hemos quedado solos... —le oyeron decir a Ryan, burlón.
Gracias a Dios.
Pensó Sam.
Cuando oyeron marcharse el coche, Sam se dijo que esperaría a que éste se alejase lo suficiente para poner en marcha su plan de fuga.
—¿Cuánto lleváis juntos? —Se interesó Ryan, jugando con su pistola.
—Y a ti qué te importa.
—¡Responde!
—Dos años —dijo Sam, rápidamente. Y no había sido mentira. Eran amigos desde hacía dos años.
El secuestrador no tardó en estallar en risas de nuevo. Sam se estaba impacientando y no veía la hora de derribarlo y darle una paliza que lo dejase inconsciente en el suelo.
—¿De qué cojones te ríes?
—De que parecéis La Bella y la Bestia, solo que en este caso, no sé cuál es cuál.
Mercedes quiso responderle, pero Sam la detuvo, negando con la cabeza. No merecía la pena defenderse, tarde o temprano, él acabaría recibiendo lo que se merecía y ellos conseguirían largarse de allí.
—Sé que les has engañado... Y no veo la hora de que regresen para poder cargármela delante de tus narices.
—Tu jefe no te dejará.
—Oh, créeme. Sí lo hará —rió.
—Antes tendrán que matarme a mí.
—Con mucho gusto —respondió, levantando la pistola y haciéndola bailar delante del chico.
—¿Sabes, Ryan? Tienen toda la razón cuando te llaman inútil. Deberías haberme atado antes de que se fueran —le dijo, abalanzándose sobre él y haciéndole tirar la pistola, que se deslizó hacia la puerta.
Ambos empezaron a rodar por el suelo en un lío de pies y brazos, en el que Ryan pretendía, en todo momento, salirse y recuperar la pistola. Más de una vez, Sam tiró de sus piernas, llevándole hacia atrás y aplastándole con su cuerpo mientras le golpeaba con sus puños.
Ninguno de ellos se detuvo hasta que oyeron un disparo en la habitación.
Mercedes sostenía la pistola de éste en sus manos y le apuntaba con ella al secuestrador, que en algún momento de la pelea, había perdido su capucha y ahora la miraba con ojos azules.
—Vamos, negrita, no quieres hacerlo. No eres una asesina —le dijo, tratando de engatusarla.
—Ella no —dijo Sam, levantándose y poniéndose a su lado.
Ryan rió, viendo cómo el chico se hacía con la pistola.
—Sam, no. Tú tampoco eres un asesino, por favor —le pidió ella, sosteniendo todavía la pistola entre sus manos.
Ryan no tardó en aprovechar la oportunidad para correr hacia ellos. Pero el disparo que salió de la pistola, no le dejó seguir, cayendo rápidamente al suelo. El arma se les había disparado, abriendo fuego, y robándose ahora la vida del secuestrador.
—Oh, Dios —dijo ella, dejando caer la pistola.
Ambos habían apretado el gatillo. Ambos lo habían hecho y por aquello, se habían convertido en asesinos.
—Vámonos de aquí —dijo él, uniendo sus manos y abriendo la puerta para salir de aquella habitación.
—Sam, no podemos...
—¡Corre, Merce!
Y eso es lo que hizo, sin dudarlo ni un segundo.
—Tienen un coche en la parte de atrás —le dijo ella, deteniéndolo antes de salir por la puerta—. Pero no sé dónde están las llaves.
—No importa —Sam corrió al exterior, dando la vuelta a la casa.
Las puertas no estaban abiertas, así que él no dudó ni un segundo en buscar una piedra del suelo y romper la ventana para poder entrar. Las llaves, tal y como ella le había dicho, no estaban en el contacto. Mercedes le vio abrirle la puerta del copiloto para que se subiese al coche, y luego, vio cómo le hacía un puente a este para arrancar el motor. La chica se sorprendió, preguntándose de qué más cosas sería capaz el chico.
—No llegaremos muy lejos —gruñó él, señalándole el indicador del combustible—. Vamos a tener que correr y mucho.
Pisando el acelerador, salió de allí sin mirar atrás. Recorriendo kilómetros de bosque llenos de árboles. Cuando el motor se detuvo finalmente, Sam se bajó, metiéndole prisa. Y ambos corrieron. Siguieron corriendo hasta cansarse.
—Descansemos un poco —le propuso, deteniéndola al notar su cansancio. Y apoyándose en uno de los árboles que les rodeaban.
—No podemos. Tenemos que seguir, nos encontrarán.
Sam negó con la cabeza. Le encontrarían a él, pero no dejaría que la encontrasen a ella. No una vez más. Debían separarse en cuánto llegasen a la ciudad. Debían hacerlo si querían que al menos ella se salvase.
—Cuando salgamos de aquí, nos separaremos —le aseguró.
—No.
—Sí.
—No. No vamos a separarnos —Se negó en redondo.
—Me buscan a mí, Merce. No dejaré que te atrapen de nuevo.
—Y no lo harán.
—Esta vez nos matarían —dijo él, tratando de hacerla entrar en razón.
—Lo sé.
Habían acabado con la vida de uno de ellos. Nada les salvaría ahora.
—¿Les mentiste?
Sam asintió con la cabeza.
—No soy yo quién ellos buscan, Mercedes. No vi nada de lo que ellos dijeron. Cuando encuentren el cuaderno y vean mis dibujos volverán y le verán muerto, desangrado en el suelo. Y entonces, vendrán a por nosotros. Por eso tienes que separarte de mí. Irte. Huir. Cuando lleguemos a la ciudad-
—No pienso hacerlo.
—¿Qué es lo que no entiendes, Merce? ¡No quiero que te maten!
¿Es que acaso se había quedado sorda por los disparos? ¿Por qué no podía entender que tenían que separarse? ¿Tanto le costaba obedecer?
—Buscan a un chico como tú, Sam.
—Ahora me buscan a mí.
—No —Mercedes volvió a negar con la cabeza, enérgicamente—. Buscan a alguien como tú —insistió, levantándole las puntas de su pelo rubio.
¿Ese era su plan? ¡Cortarle el pelo? Le reconocerían igualmente.
—Tenemos que seguir —dijo ella, uniendo sus manos de nuevo—. No pienso marcharme de tu lado.
Era testaruda a más no poder, pero tenía razón. Había temido que aquel Sam del pasado saliese al exterior, pero por salvarla lo había hecho y ahora también lo hacía con su aspecto. No quería volver a ser el de antes, pero era la única manera que tenían de poder despistarlos. El adolescente problemático Sam Smith no tardaría en volver a formar parte de su vida, años después.
—No puedo más —se quejó ella, cansada de tanto correr.
—Solo un poco más, por favor. Tenemos que llegar allí. Es... una casa. Podremos pedir ayuda.
—Otra casa en medio del bosque. Sam... Dime que no hemos corrido en círculos —Estaba tan mareada que la chica ya creía ver lo que no era. ¿Y si habían terminado corriendo hacia la misma casa?
—Vamos. No es la misma —le dijo, feliz.
Y no lo era, pero tampoco había gente en ella. Estaba vacía completamente y la puerta, estaba cerrada.
—Entremos —propuso ella.
—No. Deberíamos seguir.
—Quizás tengan algo que nos indique dónde estamos. O un teléfono. Podrían tener... —Antes de que acabase la frase, el chico ya había forzado la puerta para dejarla entrar—. La línea está cortada —le informó, después de comprobarlo.
—Mierda.
Mientras Sam recorría el resto de la casa, Mercedes le habló desde la cocina.
—Hay comida en la nevera y no está caducada —dijo, sacando un cartón de leche y abriendo las demás puertas del mueble para buscar vasos.
Sam entró en la cocina cuando ella había terminado de llenarle el vaso, y se lo bebió de un trago, ante la atenta mirada de la chica.
—Ha empezado a llover —susurró Mercedes, moviendo la cortina y mirando a través de la ventana.
—Perfecto. Eso borrará nuestras huellas —respondió él, aliviado.
Eso les dificultaría alcanzarles, y les ayudaría a escapar. Sam dio gracias a Dios por aquel regalo. Acababan de matar a un hombre, pero Él parecía seguir de su parte.
—Pasaremos aquí la noche.
—Yo creo que deberíamos continuar.
—Pronto anochecerá y no veremos para seguir el camino —le explicó.
Mercedes sabía que él llevaba razón, que no podían recorrer ese bosque de noche y con lluvia, pero el hecho de pasar la noche a solas con él en aquella fría casa la atemorizaba. Había descubierto que su corazón latía como un loco cada vez que él entrelazaba sus dedos con los de ella, lo que solo podía indicar una cosa: Sam Evans, el chico serio y enigmático que conocía desde hace años, le gustaba. A juzgar por cómo sus pelos se le ponían de punta cada vez que él le sonreía y la rozaba, parecía ser mucho más que eso. El chico se había encargado de mantenerla a salvo, así que, quizás... La chica detuvo sus pensamientos antes de que éstos fuesen demasiado lejos. Él había tenido bastantes oportunidades para dar el paso y no lo había hecho, así que, era más que obvio que no estaba interesado en ella. Todo iría bien, mientras él no advirtiese cómo sus ojos trataban de desnudarle cada vez que le tenía cerca. No quería que Sam se diese cuenta de aquello y la abordase, asegurándole que nunca tendrían nada. No hacía falta que se lo dijese pues ella lo tenía más que claro.
La herida que el retroceso de la pistola había dejado en su mano la devolvió a la realidad. Habían matado a un hombre. Ambos. Y lo único en lo que podía pensar era que ella no era su tipo. Mercedes quiso golpearse con todas sus fuerzas. Salir al exterior y que el agua cayese sobre ella. ¡Habían acabado con la vida de un hombre! Asesino o buena persona, no importaba. Le habían matado y ellos también se habían convertido en unos asesinos como aquellos de los que escapaban. Cerró los ojos, tratando de borrar el recuerdo de Ryan sin el pasamontañas, tendido el suelo con un charco de sangre brotando de su cuello, pero era imposible. Aquella imagen la acompañaría durante el resto de su vida.
—¿Merce?
Él se había pasado los últimos minutos mirándola y esperando una respuesta, pero ésta apareció finalmente en forma de lágrimas.
—¿Qué sucede? —preguntó, sentándose a su lado en la mesa de la cocina.
—¿Qué nos pasará cuando volvamos allí? Hemos matado a un hombre, Sam. Nos llevarán a la cárcel.
—No pueden. Fue en defensa propia. Es... escúchame —le pidió, tomando su rostro entre sus manos—. Era él o nosotros, Merce —susurró, borrando sus lágrimas con sus dedos.
—Si es así, ¿por qué me siento como si me hubiese matado a mí misma? —dijo, cerrando los ojos y dejando salir más lágrimas sin descanso.
Sam no supo qué hacer más que levantarlos a ambos y abrazarla con cariño. ¿Qué podía decirle? ¿Qué él también se sentía así? ¿Qué jamás había pensado que el Sam problemático que había permanecido años encerrado en su interior, saldría para volverle a meter en problemas? ¿Que si alguno de ellos iba a la cárcel probablemente fuese él mismo? No dejaría que la chica hundiese su vida. Se declararía culpable de aquel crimen él mismo de ser necesario.
—Lo siento —susurró, abrazándola aún más fuerte —. Todo... Todo fue mi culpa. Creyeron que tú eras... —se calló, antes de acabar la frase.
Mi novia.
—Esa es la razón por la que sigo viva —murmuró contra su pecho, sin levantar la cabeza. Le había estropeado la camisa al chico. No había dejado de llorar abrazada a él, mientras sus brazos fuertes la rodeaban. Se sentía tan protegida y a la vez se moría de miedo por su proximidad. Cada vez que él la abrazaba, miles de sensaciones la recorrían de la cabeza a los pies. El chico tenía tanto cariño en su interior que le hacía desear el que lo compartiese con ella.
La imagen de Ryan volvió a ocupar su mente, cerrando los ojos con demasiada fuerza, tratando de borrarla en vano.
—Yo fui quién le disparó.
—No, no fue así —protestó ella, empujándole con sus manos y levantando la cabeza para mirarlo a los ojos.
—Es lo que diremos cuando lleguemos. Fui yo quién disparó la pistola.
—No es cierto, Sam. Mira mis manos, mira las tuyas —La chica observó las de ambos. La herida que el retroceso había dejado en él era mucho más leve, lo que indicaba que sus dedos no habían estado en contacto con el gatillo.
—Esto no demuestra nada, Mercedes. Yo apreté tus dedos para que disparases —quiso hacerla entrar en razón.
—No fue así —negó con la cabeza, volviendo a sentarse en aquella silla. Necesitaba alejarse de él, alejarse y pensar. Aquello no había sido así, ¿por qué él se empeñaba en hacerle creer que así había sucedido todo? —. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué? Ni siquiera sabemos cómo sucedió en realidad.
—No me importa, Merce. No dejaré que te detengan por un jodido error. Tienes familia, dos padres y un hermano que te quieren y se morirían si te viesen entre rejas.
¡Y tú también! Quiso gritarle. Pero no sabía si aquello era cierto. No sabía nada de él. Samuel Evans, el chico serio y enigmático que vivía con su hermano Bobby.
—No puedes hacer esto —dijo, tratando de no llorar de nuevo. No podía inculparse por defenderla. No se lo permitiría—. Por favor, no lo hagas, Sam —suplicó—. Les explicaremos cómo sucedió todo. Tú mismo dijiste que había sido en defensa propia. No nos detendrán. No nos detendrán —Susurró, con la voz rota, una y otra vez, mientras tiraba de su mano para pedirle que se sentase de nuevo. Sus padres y su hermano le llorarían si fuese a la cárcel, pero, ¿qué sucedería si fuese él? A Mercedes se le caería el alma a los pies, solo al imaginárselo entre rejas con todos aquellos asesinos y violadores. Sería como revivir aquel secuestro una y otra vez. No. Mercedes no quería que le detuviesen. No podría saber que ella había sido la causante de que al chico se le privase de su libertad.
—Yo no tengo a nadie —se sinceró él, clavando sus ojos en ella. Iba a contárselo todo. Todo por lo que había pasado aquellos años. Iba a contárselo a ella, la primera persona a la que podría decírselo.
Mercedes buscó su mano, dándole valor para continuar. Sam iba a abrirle su corazón y sus recuerdos. Guardando silencio y escuchó atentamente como el chico le hablaba de aquel Sam que tanto había querido encerrar en su interior.
¡Oh Dios mío! ¡Han matado a Ryan... Murphy! xDD Sorry not sorry, no he podido evitarlo xD
¿Qué os ha parecido? Animaos a tirarme tomates vía review xD El próximo domingo más, gracias por leerlo y... espero que os haya gustado. Ya me decís ^^
Besos
Syl
