¡Buenos días a todos! Feliz Domingo de Ramos para todo el mundo que lo celebre. ^^ Hoy además es también el cumpleaños de mi hermana Soni así que desde aquí, permitidme que le regale parte de este capítulo, que luego siempre se queja por que nunca le regalo nada jejejeje ¡Feliz cumpleaños, Sonia! Te quiero mucho, mucho. Gracias por aguantarme siempre cuando empiezo a hablar de mis niños y sus historias y nunca me callo xD Pobrecilla, debe estar harta de mí ya xD ¡Un beso, Soni!

Este capítulo tiene triple dedicación, espero que las personas a las que se lo dedico no se peleen y eso xD Va para ti, Laura, porque por fin después de tanto tiempo, el personaje que creé con tu nombre, sale en la historia xD Espero que te guste, ¿recuerdas cuando me recomendaste ver Haven? Bueno, digamos que estos dos personajes surgieron de allí, les he cambiado el apellido, pero creo que sabrás bien de quiénes se tratan, jijiji ¡Un besito! Gracias por ser tan fan de nuestros niños aunque RIB se los haya cargado y ¡gracias por estar ahí!

Y por último, pero no menos importante, va para ti, mi Ceni. Porque dentro de poquito es tu cumple, y llegaré con un nuevo one shot de regalo, pero el regalo de este año lo traigo en dos partes así que esta es la primera. Además, te leíste los tres anteriores en un solo día así que te mereces una recompensa. No voy a entrar a escribir lo mucho que te quiero y todo eso, porque creo que la nota de autor de la semana que viene me quedará enorme, así que, simplemente, gracias y, ¡espero que te guste! :*

Y gracias a todos los que me habéis dejado reviews en el anterior capi. A Savri (Mis Sams son tal y como yo veía al Sam de la tercera temporada. Decidido por su chica y que se rompía a la mínima. Es un amor de hombre, ¿verdad?Mil gracias por tus palabras, Savri, son preciosa *_* Mil gracias por leerlo y comentarlo. ¡Un besito!); Maru (¿Verdad? Siempre lo retardo demasiado, pero éstos como bien dijiste, no se podían esperar xD Veremos qué pasa ahora jijii Es que sus ojos son hermosos. *_* Son preciosísimos. Esa parte también es mi favorita ¿Se arrepentirán? OMG, no tengo idea jajaja Compruébalo tú misma jijiji Un besote enorme, Maru!); Rosa Elena (Sorry por dejarlo ahí, y creo, no, estoy convencida, de que me matarás cuando leas el final de este capítulo, mejor no digo nada y me espero al comentario. xD Me hace mucha ilusión leer que te gustó el anterior, muchísimas gracias Rosa Elena. Un beso y un abrazo fuerte!); Viki (Besos para ti también, mil gracias por leerlo! ^^ Y gracias por el review!); María Elena (Siempre lo dejo en la mejor parte, ¿verdad? Soy una experta en eso, o una mala persona por hacerlo jejeje Besitos, María Elena, mil gracias por leerlo!); Alondra (¡Mátame! Me lo merezco, y upppss, en el capi de hoy vuelvo a hacer lo mismo, jajaja Un beso!); mi niña Azu, mi Ceni, mi preciosura (Gracias a ti por existir ^^ Por aquí eso de "No la tocaría ni con un palo" se dice mucho xD Y si, me has dicho muchas veces que te encantan mis Sams jijij Yo me muero con tus Mercedes así que estamos empatadas xD Yo también te odio, Cenito xDD Y ya no tienes más que esperar, aquí lo tienes para cuando quieras leerlo, con dedicación incluida, porque el título del capi es precioso, como tú. ¡Mil besos!)

No me lío más que sino no lo leéis xD Ah, la canción de este capi es de Eros Ramazzotti "Un ángel como el sol tú eres" y por si no se entiende el título, ambos lo son. Él y ella. Ángeles. (Aunque no literalmente, o quién sabe, xD Mejor me callo)


Disclaimer: Glee no me pertenece.


Capítulo 4: Ángeles

Instantes por vivir

De luz y lealtad

Delante de mí estás.

¿Quién eres tú?

Es tan difícil describirte

Un ángel como el sol tú eres

Que ha caído aquí

La verdad en ti

Que con el alma haces el amor.

Chocándose con el lavabo sobre el que seguían las tijeras y las cuchillas que había utilizado para cortarle el pelo y afeitarle la barba, Mercedes se dejaba besar por él. Ambos se habían levantado de nuevo, y buscaban apoyo en cada una de las superficies que encontraban a su paso. Aquel lavabo, la pared del baño contigua a la puerta, el pasillo de aquella pequeña casa, la puerta de una de las habitaciones, el armario... Sus ropas habían empezado a desparecer en cada vuelta. La camiseta de él y la de ella habían quedado olvidadas en algún lugar de aquel pasillo, mientras ambos buscaban una habitación en la que satisfacer sus deseos reprimidos durante tanto tiempo.

Sam no podía creerse lo que estaba pasando. La chica a la que besaba y acariciaba era Mercedes Jones, la hermana de Bobby, aquella a la que no debería acercarse.

—Merce... —Susurraba entre besos, mientras sus manos acariciaban su espalda desnuda—. Merce...

Como una respuesta, ella echaba hacia atrás su cabeza, dejando que él también explorase su cuello y aquel rincón debajo de su oreja que tanto la volvía loca. Las manos de él la atraían en todo momento hacia su cuerpo, mientras un nuevo trueno les sobresaltaba.

Fuera, la lluvia caía sin descanso, ajena a todo lo que ocurría en el interior. Estaba a punto de hacer el amor. Con Sam. Con él. Y su corazón latía como un loco consciente del paso que iba a dar. Dejó escapar un jadeo ronco cuando la boca de él buscó cada uno de sus pechos por encima de la tela de su sujetador excitándolos más de lo que ya lo estaban. Sus piernas no tardarían en dejarla caer al suelo si seguía allí de pie, con él explorando cada rincón de su cuerpo. Le deseaba tanto... Había tardado en darse cuenta de ello. Tanto, que aquel deseo había explotado delante de ella como una pasión arrolladora. Una capaz de provocar que ambos perdiesen el juicio y se abandonasen a amarse en aquella noche de tormenta.

Sus labios en su ombligo volvieron a hacerla temblar, al tiempo que otro trueno se oía fuera de la cabaña. Acariciando su pelo, el chico la miró mientras desabrochaba y bajaba la cremallera de sus pantalones, dejando a la vista sus braguitas de encaje negro. No llegó a despojarla de ellas, pero el beso que Sam dejó en aquel triángulo de tela la hizo estremecer y dejar que él la guiase hacia la cama.

Sentados, ella volvió a sumergirse en sus hermosos ojos verdes y Sam sostuvo sus mejillas entre sus manos, regalándole nuevos besos que la enloquecían. La tenía entre sus brazos, como había deseado Dios sabía desde cuando y no pensaba dejarla ir, no a menos que ella se lo pidiese. Sus dedos buscaban su piel mientras sus labios saboreaban los de ella. Nunca podría cansarse de besarla. Aquellos labios habían nacido para él. Era un egoísta por pensarlo siquiera pero no podía dejar de hacerlo.

Su cuerpo se estremeció por completo cuando la chica fue quién empezó a besarle en cada rincón. En sus párpados, haciendo que luchase por no derramar ni una sola lágrima de emoción. En sus mejillas, que se coloreaban a cada segundo. En su cuello, excitándolo y provocándole cerrar sus ojos, mientras sus manos vagaban por sus abdominales, aquellos que ella también probaba con sus labios. Las manos de él la sostenían, ancladas a ambos lados de su cintura. Le estaba volviendo loco tal y cómo él lo había hecho tiempo antes.

—Merce... —jadeó, al ver que era ella ahora la que buscaba desabrochar sus pantalones y liberarlo de aquella prisión de tela. Cuando sus manos lo acariciaron, Sam dejó de respirar durante un segundo, cerrando los ojos al sentir aquella boca dándole placer. Su cuerpo cayó hacia atrás, mientras ella jugaba con él y lo conducía al paraíso. No podía hablar, no cuando todavía con los pantalones puestos y sin haberle quitado su ropa interior, la chica lo hacía llegar al cielo con su boca—. Oh, Merce... —Si no se detenía, si no lo hacía, él terminaría y no quería hacerlo así. Necesitaba llenarla por completo. Necesitaba entrar en ella y hacerle sentir lo que Mercedes había provocado en él.

La chica elevó su mirada, buscando sus ojos verdes, al notar que sus manos habían dejado de acariciar su pelo. Éstas se habían movido para desabrochar su sujetador, liberando sus pechos y dejándolos a su merced. Las manos de Sam no tardaron en acariciarlos y apretarlos ligeramente. Mercedes ronroneó a la vez que él la volteaba y se colocaba encima, para recorrerla de nuevo con su boca ésta vez, demorándose en darle todo el cariño que necesitaba.

—Sam... —gimió, cuando su lengua acarició cada uno de ellos y su mano siguió bajando hasta tocar su humedad.

Estaba tan lista que Sam tuvo que calmarse para no acabar antes incluso de poder sentirla. Se desnudó por completo, al mismo tiempo que ella lo hacía y se posicionó para entrar, pero no llegó a hacerlo.

—No tengo protección —se lamentó.

Después de todo aquello, él no podría amarla porque no tenía un jodido condón para ponerse. Maldita fuera su suerte.

—Es... estoy tomando la píldora. No hay peligro de... —Consiguió decir después de que él quisiera aliviarla igualmente, acariciándola con su boca.

Sam volvió a levantar la cabeza al tiempo que ella tiraba de su cuerpo y se abría para él. Despacio, muy despacio, Sam comenzó a entrar en ella, mientras sus ojos se miraban y sus manos se apoyaban a cada lado de ella en la cama.

—¿Estás bien? —Preguntó, instantes después.

—Ajá —asintió con la cabeza, mordiendo su labio inferior y notando cómo el chico entraba en ella por completo.

—Eres tan hermosa... —susurró, besando sus labios al tiempo que las manos de ella acariciaban sus mejillas y luego, recorrían su espalda, deteniéndose en su trasero. Sam comenzó un vaivén que supo que no duraría mucho, la chica le apretaba y le encendía de una manera que le volvía loco.

—Sam... —Sus nombres eran lo único que se escuchaba en aquella habitación. El de él, el de ella. Sus respiraciones agitadas, sus jadeos. Entraba en ella consciente de que aquello que estaba sucediendo entre ambos era una locura, una que no podían evitar cometer. Quizás se arrepintiesen más tarde, quizás aquello fuera lo que sucediese al final, pero ahora, con sus cuerpos chocando el uno contra el otro y marcando un único ritmo, no podían pensar en otra cosa.

Estaba cerca, demasiado cerca. Ella había llegado segundos antes y ahora lo arrastraba a él, vaciándose en su interior en una, dos, tres embestidas más.

Si en algún momento había creído que podría amarla una vez y luego olvidarse de ello, estaba completamente equivocado. Jamás tendría suficiente de ella. La había amado por vez primera y las ganas de tenerla de nuevo entre sus brazos volverían de nuevo en cuestión de tiempo. Girándose hacia ella, acarició con su mano derecha su mejilla, mientras observaba cómo el cansancio empezaba a cerrar sus hermosos ojos marrones.

—Duerme —susurró.

Y ella lo hizo, mientras sus dedos peinaban su pelo negro y los truenos se oían fuera de la casa. Sam les tapó con la manta y la abrazó a él. Seguía sin verse merecedor de ella, lo más bonito que existía en el mundo. No la merecía, pero la haría feliz todos los días de su vida si ella y su familia se lo permitiesen. Dejaría de pintar en el metro y se buscaría un buen trabajo. Pero nada de eso sucedería si ellos no conseguían llegar sanos y salvos a la ciudad. ¿Y si esa había sido su última noche con vida? ¿Y si había sido la de ella? El miedo a perderla le recorrió de la cabeza a los pies. Había sufrido antes ese miedo, pero no podía compararse al sentir cómo ahora podrían arrebatársela siendo suya. De él.

Una lágrima resbaló por su mejilla, mientras el chico acariciaba su pelo negro. Aquel que ella había querido que él le cortase. Una lágrima que siguió a otra y luego a otra. No quería cerrar sus ojos, no quería dormir. Quería seguir contemplándola allí con él, abrazada a él, con su cabeza junto a su cuello. Pero observándola mientras lloraba, Sam también se quedó finalmente dormido.


El sonido de un disparo le despertó, observando que ya no permanecía al lado de ella en aquella cama, sino que se encontraba en la cocina, sentado a la mesa mientras bebía un vaso de leche recién sacado de la nevera. Un disparo al que le siguió otro, y luego otro. Un disparo que le hizo levantarse de la silla y correr hacia la habitación donde ella dormía.

—No... —Un dolor desgarrador lo golpeó, viéndola sin vida sobre la cama que ambos habían compartido horas antes. Sangre salía ahora, tiñendo la cama donde se habían amado por primera y última vez. En segundos, avanzó hacia ella, sosteniéndola contra su cuerpo, mientras la sangre le ensuciaba y las lágrimas no le permitían ver su hermoso e inerte rostro —. Por favor, no me dejes. No te vayas —rogó, besando su rostro y sus labios—. Merce... Merce, tienes que quedarte conmigo. Te necesito. No te puedes ir ahora. No ahora, por favor —le decía mientras mecía su cuerpo entre sus brazos. La acunaba como a un bebé. Como a la cosa más hermosa del mundo. Como a algo suyo. Por siempre suyo.

Las lágrimas que el chico derramaba mojaban el rostro de ella, al que él había rehusado cerrarle los ojos. No podía. No podía hacerlo. Cerrárselos implicaría que ya no volvería a verla. Que se había ido. Lo mejor de su mundo. Lo más bonito. Se había ido y le había dejado solo.

—Sam...

La voz que resonó en la habitación hizo que el chico levantase su cabeza, observando de pie frente a él, la figura del viejo Peter Evans.

—Abuelo... —dijo en un susurro, rehusándose a separarse de ella.

—Protégela, hijo.

—Yo... no —quiso hablar, pero el anciano no le dejó. Se aproximó a él, despacio, acariciando cada uno de sus rostros y luego, volvió de nuevo su mirada a su nieto.

—Protégela.

—Abuelo...

—Es un orgullo que seas mi nieto, Sam. Siempre lo será —fue lo último que el chico le oyó decir antes de disolverse por completo delante de él.

Protégela.

Resonó en su cabeza, observando su rostro sin vida.

Protégela.

Oía a lo lejos.

Protégela.

—Sam, Sam... —El chico no respondía a ninguno de sus estímulos. Solo lloraba y dejaba salir lágrimas que mojaban sus mejillas y su cuello. Le había despertado con sus sollozos, pero él seguía todavía en aquel mundo de sueños en los que parecía estar sufriendo una enorme pena—. Sam, despierta, por favor.

—No me dejes, no ahora —le oía decir, a la vez que ella le abrazaba con mayor fuerza, queriendo sacarle de aquella pesadilla.

—Sam, por favor —le rogó, besando su pecho sin soltarle—. Despiértate.

La estaba asustando. Él no se despertaba y ella no podía hacer nada más que mantenerse fuerte por él.

El salto que el chico dio en ese momento la hizo ver que él se había despertado por fin. Moviéndose a un lado, le observó secarse las lágrimas, mientras sus manos temblaban.

—Sam...

—¿Merce?

—Soñabas.

—Te vi —dijo, clavando sus ojos en ella—. Estabas en esta misma cama. Cubierta de sangre, como Jack y Cindy. No... no respirabas. Y yo no dejaba de llorar. Y te pedía que no te fueses. Que no me dejases solo, pero tú ya no podías oírme. Y... —No solo las manos le temblaban. Todo su cuerpo lo hacía mientras con la voz rota, el chico le relataba lo que había soñado.

—Estoy bien —respondió ella, buscando sus manos, resguardándolas entre las suyas—. Estoy bien.

—Te tenía entre mis brazos, pero tu corazón no latía. Te acunaba. Te besaba, pero tú no me respondías.

—Fue una pesadilla —dijo ella, tratando de contener sus lágrimas. Quizás su verdadero final no estuviese tan lejos. Quizás aquello que había soñado él, era su realidad y su futuro.

—No quiero perderte, no ahora... —le confesó, dejando sus manos y sosteniendo su rostro entre las suyas. Era tan hermosa, y él odiaba derramar lágrimas que nublaban sus ojos impidiéndole poder admirarla.

Mercedes no dijo nada. Simplemente acarició con sus manos libres sus mejillas y luego, le besó. Con pasión. Con un amor que estaba naciendo en su corazón o uno que llevaba dormido demasiado tiempo dentro de ella.

Lo besó y luego lo abrazó, haciendo chocar sus pieles, sintiendo el contacto de sus cuerpos y el calor que emanaba de ellos.

Esa noche podría ser la última que pasasen juntos, ambos lo sabían. Y no querían decirlo en voz alta.

Sin hablarse, sus cuerpos volvieron a amarse una segunda vez, demostrándose lo que sentían cuando las palabras no lo hacían. Y una tercera, mientras ella dejaba que él la abrazase por detrás, besando su cuello y sus hombros, y acariciando sus pechos con su mano. Apretando su cuerpo contra él lo máximo posible. Su espalda contra el pecho de él, sintiendo cómo Sam entraba en ella desde atrás, hasta poseerla por completo, uniendo sus manos y entrelazando sus dedos. La ansiaba, la deseaba y no podía alejarse de ella. Completamente rendidos, sus ojos se cerraron sin separarse. Sin alejarse la abrazaba dormido. La abrazaba como nunca lo había hecho antes. Como si tuviese todo su mundo entre sus brazos y pudiese perderlo en tan solo un segundo.


La mañana siguiente llegó para ellos antes de lo que ambos quisieran. Tenían que irse, marcharse de allí. De aquella cabaña donde habían sido felices durante unas horas. Una cabaña que los había unido mucho más de lo que habían hecho todos aquellos años en los que se habían conocido. Se deseaban, era una realidad. Una que ambos comprendían y contra la que no pensaban luchar, sino abandonarse a ese deseo. Mercedes abrió los ojos poco a poco, buscando sus manos y encontrándolas de nuevo en su cintura, acariciándola y protegiéndola mientras dormía. Cerrando sus ojos de nuevo, la chica deseó no tener que levantarse de aquella cama, no tener que irse de allí. Quedarse a su lado, con su cuerpo pegado al de ella, amarle una última vez, o quizás otra primera. Pero no podían. Tenían que irse, salir de allí y seguir huyendo, porque eso era lo que ellos hacían. Huir, luchar por sus vidas. En silencio rezó para que Dios les ayudase. Para que les dejase vivir.

—Tenemos que irnos. Tenemos que salir de aquí —le oyó decir junto a su cuello, sintiendo su respiración en su piel.

—Sí —susurró Mercedes, acariciando sus dedos con cariño.

—Lo conseguiremos, Merce. Hablaremos con la policía. Se lo contaremos todo y seremos libres.

—Quiero que todo esto se acabe. Quiero...

—Lo sé —respondió él, besando su cuello.

—Yo también tengo miedo... Tengo miedo de perderte. Miedo de quedarme sola. De no conseguirlo. De morir...

—No lo harás. No lo harás —le aseguró, abrazándola con fuerza.

Él pensaba protegerla aún pereciendo en el intento. Pensaba luchar porque ella lo consiguiera. Llevarla con su familia aunque él no regresase con ella.

—Sam, yo... —quiso hablar, quiso decirle lo que sentía. Lo que él le hacía sentir, pero el chico la silenció con un último beso. Uno que le supo a poco y que le dejó con ganas de más. Ganas de permanecer junto a él durante toda su vida. Compartirla con él, con el chico serio y enigmático que le había abierto su corazón aquella noche. Aquel que había dejado que le amase y que ella entrase en su vida.

—Mañana... Mañana todo habrá acabado. Un nuevo día llegará. Una nueva vida. Mañana —dijo, colocando un mechón de su pelo negro detrás de su oreja.

—Mañana —repitió ella también, deseando que aquel mañana fuese un para siempre. Una nueva vida para ellos, una vida juntos. No quería separarse de él. ¿Se había vuelto loca? No. Era deseo. Necesidad. Cariño, dulzura, ilusión.

Sam la abrazó fuertemente una última vez, antes de levantarse y recoger sus ropas del suelo. Estaban por todas partes, prueba de aquella pasión que los había sorprendido. Se habían vuelto locos de necesidad y deseo. Locos. En aquella noche de tormenta. Fuera de la pequeña casa había dejado ya de llover, pero el suelo de aquel extraño bosque que les rodeaba aún no se había secado. Seguía húmedo, como lo estaban todavía los ojos de él. Como lo estaba su corazón que lloraba por ella en silencio. Con miedo a perderla, a que en tan solo un segundo, aquello que había sucedido en su pesadilla se hiciese realidad. Intranquilo, y ya vestido, observó cómo ella terminaba de arreglarse, guardando en su memoria cada uno de los rincones de su cuerpo. Aquel que había tenido prohibido durante tantos años. Aquel que había tenido la suerte de amar. Una suerte que seguía sin merecerse.

—Sam, vamos —le pidió, devolviéndole a la realidad.

—Vamos —dijo él, observando aquella cama una última vez antes de salir de aquella casa.


Volvían a correr, tratando de salvar sus vidas. Volvían a huir y ahora lo hacían con las manos unidas, lo que les retrasaba, pero no les importaba. El miedo a separarse era más grande. Sam no había vuelto a proponérselo y ella no había tenido que volver a pelearse con él tratando de hacerle ver que no le dejaría. Habían huido de aquella cabaña sin lavarse ni comer un solo bocado. No había tiempo. Habían perdido demasiado abandonándose a aquel deseo y el temor de que les atrapasen por haber cometido aquel maravilloso error llenaba sus mentes.

Mercedes le había cortado el pelo y la barba, convirtiéndole en otro, lo que les daba cierta ventaja, pero ella aún conservaba su físico. Sam se había negado a cortar su hermoso pelo y ahora, ella solo rezaba porque nadie les reconociese. Nadie que pudiera descubrirles su localización a los secuestradores antes de que pudiesen hablar con la policía.

—No puedo más.

—Lo sé —respondió él, agotado. Ambos trataban de no rendirse, pero solo veían árboles. Cientos de ellos, mirasen donde mirasen—. Pero tenemos que seguir.

¿Dónde demonios estaban? Necesitaban encontrar alguna casa. Algo que les diese esperanza.

Sus brazos la rodearon, resguardándola, mientras cansada, reposaba su cabeza en su pecho. Respiraban con dificultad y sus manos le temblaban al acariciar su pelo negro. Sam se apoyó en uno de los árboles, recuperando el aliento y las fuerzas que pronto necesitaría de nuevo para correr.

Si no morían a manos de aquellos asesinos, lo harían en aquel maldito bosque que no parecía tener un final. Necesitaban encontrar la carretera. ¡La jodida carretera!

Cerró los ojos, mientras su respiración se iba calmando. Necesitaba un milagro. Algo que les sacase de allí.

—Vamos —fue ella de nuevo la que tiró de él para emprender la marcha.

Era una luchadora. Mucho más que él. Luchaba por vivir, por salir de allí. El cansancio podía con ella, pero no se rendía, dándole a él la fuerza y la ilusión necesarias para seguir adelante—. Sam, aquello es...

—¡Una lata de coca cola! —respondió él, agudizando su vista. Jamás se había alegrado tanto de ver una lata en medio de un bosque—. Dios bendiga a los no concienciados con la Madre Naturaleza.

Apretando fuerte su mano, ambos corrieron hacia allí, revelando no solo la lata sino el lugar en el que gente había acampado el día anterior. O quizás la semana pasada. No le importaba.

—Tenemos que estar cerca —dijo ella, ilusionada—. No han podido alejarse tanto de la carretera.

Sam no quiso hacerle ver que aquello no tenía porque ser así. En su lugar, asintió, dándole esperanzas de nuevo.

—Tenemos que llegar —fue lo único que dijo antes de que la chica tirase de su mano de nuevo, empezando a correr esperando que fuese en la dirección correcta.

Y lo había sido. Ni siquiera habían tenido que parar de nuevo a descansar antes de conseguir llegar a la carretera.

—¿Es...? ¡Lo es! —chilló la chica, corriendo todavía más rápido.

¡Una gasolinera!

Sam no podía creérselo. Habían salido a una carretera secundaria y solitaria. Una por lo que probablemente circulasen pocos turismos. Y sin embargo, delante de ellos, se encontraba una gasolinera. Quizás la única en varios kilómetros a la redonda. Tan vacía y solitaria como lo estaba la carretera.

—¡Corre! —le apuró ella, a la vez que su corazón comenzaba a latir como loco creyéndoles salvados.

Sus pies le obedecieron, corriendo sin detenerse hasta aquella gasolinera perdida. Parando por fin delante de la puerta, donde ambos miraron a través del cristal. Un anciano les devolvió la mirada, mientras arqueaba una ceja y bajaba una de sus manos del mostrador.

—Señor, por favor, necesitamos su ayuda —dijo Mercedes, elevando la voz—. Necesitamos un teléfono y también... —Había intentado abrir la puerta pero ésta estaba cerrada con llave.

—Chsss —la silenció Sam. El anciano se estaba moviendo y parecía tener cara de pocos amigos. No tardó en hacerle ver a Sam que estaba en lo cierto, sacando a la vista de los chicos su escopeta y asustando a Mercedes, haciéndola temblar.

—Señor, no queremos hacerle ningún mal. Baje el arma, la está asustando.

—¡¿Quiénes sois?! —gritó, todavía con el arma en su mano y con ninguna intención de bajarla—. Sin coche... A estas horas de la mañana...

—¡Nos han secuestrado y hemos podido escapar! —gritó la chica, siendo silenciada de nuevo por Sam.

—Necesitamos su teléfono, señor, por favor. Es lo único que necesitamos. Tenemos que llamar a la policía. Puede... puede llamarles usted. Por favor. Solo llámelos y que vengan. Necesitamos protección.

—Nathan Wilson, ¡baja el arma! Les estás asustando —Una mujer se acercó al mostrador, colocando sus manos en el arma con intención de bajársela ella misma.

—Siempre tan confiada, cariño. Acaban de aparecer de la nada, podrían estar mintiendo y ser unos atracadores.

—Y puede que lleven razón y los verdaderos atracadores les estén buscando. Te han pedido que llames a la policía. Eso no lo hubieran hecho siendo malas personas, ¿verdad?

El anciano le hizo caso a la mujer, bajando por fin el arma, mientras ella se dirigía ya hacia la puerta.

—Entrad, vamos. El teléfono está allí detrás.

Mercedes no perdió el tiempo y salió corriendo hacia allí, oyendo cómo Sam les preguntaba dónde se encontraban.

—Nathan... Ni siquiera saben dónde se encuentran. Me llamo Laura y él, es mi marido Nathan.

—Ho... Hola —tartamudeó Sam, cohibido por la mirada que el anciano le dedicaba—. Soy Sam y ella es Mercedes.

—¿Cómo habéis acabado aquí, cielo? —preguntó la mujer, notando el cansancio en los ojos del muchacho y el temblor de sus manos. Sus cuerpos estaban sudados y debían haberse pasado toda la mañana huyendo.

Sam empezó a contarles todo lo ocurrido, mientras observaba de reojo a Mercedes. Todavía no estaban a salvo. Y no lo estarían mientras siguiesen en aquella gasolinera alejada de la ciudad, sin ninguna protección más que la que le brindaba aquella pareja de ancianos. De un minuto a otro, Mercedes había empezado a llorar sin él saber la razón y el chico había hecho lo posible para que sus pies no la siguiesen. No podía evitar querer cuidarla, protegerla. Era de él. Solo suya. Y el miedo a perderla jamás se iría.

—Sam... —sollozó, colgando el teléfono y buscando su mirada.

—¿Qué sucede? —preguntó, asustado.

—Bobby... Bobby, Sam. Bobby está vivo —dijo, corriendo hacia él y fundiéndose en un abrazo fuerte.

Estaba vivo. El hermano de Mercedes estaba vivo y él podría devolvérsela sana y salva. Podría... Podría reunirla con su familia y todo se arreglaría. En silencio, la abrazó sin querer soltarla, mientras ella lloraba sin parar y él acariciaba su hermoso pelo negro. ¿Cómo había podido permanecer tanto tiempo a su lado y no tocarla? ¿Sin acariciarla? Sin jugar con su pelo. Debería haberse vuelto loco y sin embargo, ahora era cuando lo estaba. Loco de deseo, loco de pasión. Loco de un amor que había nacido en él. Un cariño demasiado grande que no le cabía en el pecho.

—Está vivo —dijo una última vez antes de separarse para mirarle a los ojos.

Sam sonrió de corazón, a la vez que Mercedes se colocaba sobre las puntas de sus pies y le regalaba un beso rápido.

—La policía viene hacia aquí. Esto se ha acabado, Sam.

Ojala sea así.

Pensó, temiendo decirlo en voz alta. Seguía asustado, seguía temiendo un final que le separase de ella.

"Protégela, hijo."

Las palabras de su abuelo resonaban en su cabeza ahora con más intensidad. Y él lo haría. Sam la protegería de todo, porque ella se lo merecía. Todo lo mejor del mundo.

—Así que solo queda esperar —le oyeron decir a la mujer—. ¿Queréis un café?

—Yo... Necesito ir al baño. Si no es molestia.

—Por supuesto, cariño. Está afuera, en la parte de atrás.

—Gracias —Mercedes sonrió apresurándose a salir por la puerta. Y Sam no tardó en seguirla—. No hace falta que vengas, solo voy al-

—No pienso separarme de ti —respondió, serio, sin un ápice de duda.

Se quedaría fuera del baño, pero no se separaría de la puerta.

La chica asintió, sosteniéndole la puerta para que él pudiera salir también. Cuando la mano de ella buscó la suya, Sam se detuvo, observándolos, viendo cómo los dedos de ambos se iban entrelazando formando una unión perfecta. Aquello era todo lo que él necesitaba para seguir adelante. Aquella fuerza que solo Mercedes podía darle. Fuerza e ilusión. Esperanza de que todo saliese bien. Quería decirle tantas cosas. Quería contarle que era preciosa, que sus ojos brillaban cada vez que sonreía. Que esa sonrisa le hacía temblar y que ella era y sería por siempre lo más bonito de su mundo. Que no se la merecía, pero que a la vez, no podía dejar de necesitarla. Era un egoísta. Un jodido egoísta.

La puerta del baño se cerró finalmente, dejándolo afuera con sus pensamientos.

El ruido de un coche lo sacó del trance, preguntándose si de verdad la policía podría haber llegado tan pronto.

Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Lo siguiente que vio fue a dos encapuchados bajarse de un coche y a Mercedes saliendo del baño en ese mismo instante.

Habían venido a por ellos y habían caído en la trampa del lobo.

Los hombres no tardaron en apuntarles con sus armas, al tiempo que uno de ellos descubría su cara quitándose el pasamontañas.

—¿De verdad creíste que podríais huir, imbécil? Un corte de pelo y un afeitado no basta para despistarnos. Tenemos pinchadas las emisoras de la policía. Con nosotros no se juega, debiste haberlo tenido en cuenta cuando nos engañaste con ese maldito dibujo.

Sam no sabía qué hacer más que tratar de mantenerla detrás de él. No estaban salvados y tampoco saldrían de allí con vida. Acababa de fallarles a todos. A Mercedes, a Bobby. Como les había fallado a Jack y a Cindy.

—Joder, ¡mátale de una vez o le mataré yo!

—Tranquilo, chico... —El jefe seguía al frente de la banda a pesar de todo.

—¡Él mató a Ryan! Hijo de puta... ¡Él lo mató! Pégale un tiro en la cabeza y vámonos de aquí.

—Por favor. Él no fue quién le mató, fui yo —oyeron decir a Mercedes, haciéndole a un lado y colocándose delante.

—Merce, no. ¡No! —El chico forcejeó para devolverla atrás.

—Hija de puta... Ryan tenía razón. Teníamos que habernos deshecho de ella desde un principio. ¡Joder! ¡Dispárale ya!

—Chsss. Matarla no hará que te vengues de la muerte de tu hermano. No todavía...

—No la tocarás de nuevo. No lo harás —dijo un colérico Sam, tratando de protegerla con su cuerpo.

—Puede que yo no vuelva a tocarla, pero tú tampoco.

—¡Ya basta de juegos, joder! —gritó el otro secuestrador, apuntando hacia la chica y cayendo segundos después al suelo, derribado por un disparo.

Mercedes no comprendió qué había sucedido en tan poco tiempo. Sus oídos le dolían y habían perdido la capacidad de oír. Seguía de pie, en posición de defensa, mientras trataba de volver en sí y entender la situación.

Los cadáveres de los secuestradores yacían ahora en el suelo. El Señor Wilson cargaba su escopeta en su mano, mientras su mujer le abrazaba llorando, y Sam... Él...

De su boca salió un grito que le rompió el alma.

Permanecía en el suelo con un disparo en su pecho y una herida en la cabeza de la que no dejaba de salir sangre. Sonreía al infinito y repetía unas palabras que Mercedes pudo entender solo cuando se arrodilló a su lado en el suelo.

—La... la protegí, abuelo.

—Sam, mírame. Mírame. Estoy aquí... Estoy aquí. Quédate conmigo, Sam. Mírame —ladeó su cabeza, buscando que sus ojos la mirasen.

—Eres... Eres tan hermosa... —El chico seguía sonriéndole, mientras la miraba embelesado. Y ella no podía dejar de acariciar su pelo y su cara aunque sus dedos se le estuviesen manchando por completo con la sangre de él.

Sangre.

No quería perderle, no. Dios no podía llevárselo de su lado. No ahora que comprendía lo feliz que podía llegar a ser.

Su respiración se volvió más agitada, tratando de respirar y capturar el suficiente oxígeno, pero éste no le bastaba y ya no le quedaban fuerzas.

—Merce... —Sus ojos se le cerraban, queriendo llevarse con él su sonrisa. La de ella. Su hermosa sonrisa. Pero Mercedes ya no sonreía. Solo dejaba salir lágrimas que inundaban su rostro y su corazón, sintiendo que le perdía.

—No... No, Sam. No me dejes. No te vayas. ¡Mírame! No dejes de hacerlo.

—Te... —quiso hablar, pero ya no pudo. Sus ojos se cerraron por completo y con él, su vida.

—No, no. No me dejes. ¡Por favor, ayuda! ¡Ayuda! No me dejes, Sam. No me dejes sola. Por favor. Por favor. No... No...

Él ya no podía responderle. Se había ido lejos. Demasiado lejos, donde ella no podía llegar por más que lo intentase. Llorando sin poder detener sus lágrimas. Abrazó su cuerpo y le acunó, pidiendo un milagro.


¿Y bien? ¿Sigo viva o me habéis matado a lo largo del capítulo repetidas veces? xD Hacédmelo saber en un review jijiji Nos vemos la semana que viene y,¡Feliz Domingo!