¡Hola de nuevo! Bienvenidos una semana más a la lectura de este fic loco que sembró el pánico la semana pasada. Menudo capítulo, ¿eh? Llevaba yo razón cuando dije que muchas querríais matarme por ese final... Pobrecillo. ¿Quién se iba a esperar que Sam muriese con lo que Syl le quiere? xD Como bien le dije a una personita la semana pasada, en la sinopsis del fic ya venía implícito que eso podía llegar a pasar. De hecho, habían llegado bastante lejos sin que les pasase nada jeje Y en la temática del fic pone Angst y Romance, así que... el angst tenía que salir en algún momento. Pero ya sabéis que todo puede suceder, así que os animo a comprobar qué pasará en este capítulo. ¿Será el entierro de Sammy? Mi boca está sellada. xD En un principio, el capítulo cinco sería el capi final de la historia, pero finalmente lo he dividido en dos partes, para crear más tensión. El capítulo final será publicado la semana que viene y veremos qué sale de ahí. La canción es "Mañana es para siempre" del gran Alejandro Fernández.

Ah, si no habéis leído aún el one shot Samcedes que publiqué el pasado viernes, os animó a echarle un vistacillo xD Mil gracias por vuestros reviews y felicitaciones a la cumpleañera :)

Yo no quería extenderme pero siempre me pasa lo mismo xD Gracias a mi niña Azu por dejarme ese review y esos tweets en los que amenaza con volar a mi casa y matarme xD No fue la única, aunque sé que en el fondo, no me odia xD. Gracias a Maru (Estoy por pensar que eres adivina como Merce en el one shot del otro día jajaja No digo nada. Ya lo verás jejeje Y si tú tienes problemas RileyStreet/Samcedes no te digo yo los que tengo yo jajaja Disfruta del capi y un besito!); Alondra (Porque adoro el angst jijij No, es broma. Prometo compensarlo ^^); Rosa Elena (¿Tengo buen juicio? Jejeje Con ideas como estas tan locas, a veces lo dudo, eh xD Okay, confía en mí. Espero que te guste este nuevo capi. ¡Un besote y un abrazo fuerte para ti también!); Savrina (¡Recibida la patada voladora! xD Sorry por haberte hecho llorar, no era mi intención. Pobrecillo, siempre le pasa a él todo lo malo. u.u Mil gracias por el hermoso review, Savri :D ¡Gracias de verdad!); Ale (¿Un sueño? Umm, ¿eso crees? Lo comprobaremos en nada xD Aynsss, sí que me gusta leeros y ver que el capi os ha sacado emociones ^^ Excelente escritora es decir demasiado, pero ¡muchas gracias! Besitos); Catita (jejeje Los kiwis me hacen más daño que los tomates, lo digo por si os quedáis más a gusto tirándomelos xD ¡Gracias por quererme matar solo unas cuántas! Jijiji Y gracias por el review ^^ Cariños).


Disclaimer: Glee no me pertenece.


Capítulo 5: Mañana es para siempre (Primera Parte)

El alma nos juntó

con sólo un beso de testigo

cada latido prometió

que ibas a estar

siempre conmigo.

Hoy todo cambió

y es que has seguido otro camino

pero mi vida se quedó

toda en tus labios

toda contigo.

Te dice un corazón desesperado

que regreses a mi lado

que la vida sin tu amor no ha sido igual

Te pido con el alma que recuerdes

que juraste no perderme

prometimos que no acabaría jamás

que mañana es para siempre.

Te quiero.

Esas dos palabras llenaban su pensamiento cada vez que iba a visitarle. Dos palabras que ella había tratado de no dejar salir, cuando besaba su frente o buscaba su mano, sin poder detener sus lágrimas. Meses habían pasado desde aquella mañana en la que le había perdido. Meses en los que había permanecido tan cerca de él y a la vez tan lejos.

Te quiero.

Su mente se lo gritaba, y su corazón lloraba porque él no podía oírla. Su pelo habría vuelto a crecerle y también su barba de no ser por las enfermeras que lo cuidaban.

—Hueles tan bien... —sonrió, secando una de las lágrimas que bañaban sus mejillas. Bobby le había llevado sus cosas y le había echado la colonia que el chico solía utilizar.

Su mente volvió a recordarle aquella mañana en la que había aspirado su aroma en su abrazo. El que se habían dado antes de su secuestro, aquel abrazo que había hecho creer a sus asaltantes que ambos eran pareja.

Echaba de menos sus abrazos. ¡Señor! Le echaba tanto de menos. Había creído que no volvería a oír su corazón latir aquella mañana, pero Dios no le había dejado irse. Había escuchado sus ruegos y había permitido que el chico se quedase a su lado. Si cerraba los ojos todavía podía recordar aquellos minutos llenos de dolor y miedo en los que pensó que jamás podría volver a abrazarle. Le habían apartado de su cuerpo solo para llevárselo de allí y su corazón le había visto marchar, queriendo irse con él, pero la policía se lo había impedido. Mercedes había vuelto a respirar aliviada cuando su hermano Bobby le había dicho, horas más tarde, que Sam había sobrevivido pero permanecía en coma. Uno que había durado meses.

Sola, había tenido que afrontar todo aquello. Hablar con la policía. Prestar declaración. Contarles todo lo ocurrido. Sus padres habían viajado a California para permanecer a su lado y Bobby había contratado un abogado para exculparla por la muerte de Ryan. Había salido inocente y libre de cargos, pero el tiempo había pasado y Sam no se había despertado.

Cerrando los ojos unos segundos, más lágrimas cayeron, bañando sus mejillas, mientras sus manos acariciaban su vientre.

Una nueva vida crecía en él.

Un bebé. Una criatura que se formaba minuto a minuto en su interior. El hijo de Sam. Lo único que él le había dejado en el mundo antes de cerrar sus hermosos ojos verdes.

Había achacado los mareos y los vómitos a aquellas semanas de estrés en las que no hacía más que visitarle a él y luchar por demostrar su inocencia, pero no había sido así. Se había quedado embarazada.

Y sus padres le habían pedido que volviese con ellos a Lima, pero ella se había negado, asegurándoles que nada podría hacer que se marchase de su lado. Sam no tenía a nadie y a la vez, lo había dado todo por ella, hasta su vida.

—Cariño, vuelve con nosotros, te lo ruego.

—No, no me iré de su lado, mamá. Él me salvó, no puedo dejarle.

—Hazlo por el bebé. Piensa en él. Necesita que-

—El bebé necesita a su padre. Tanto como yo le necesito.

—No deseaba esto para ti, pequeña... —se lamentaba la señora Jones, buscando un abrazo de su hija.

—Le quiero, mamá. Sé que volverá.

Su madre no le había respondido, solo la había atraído hacia sí en un gran abrazo, no queriendo soltarla.

Te quiero.

Inclinándose sobre su cuerpo, dejó su cabeza sobre su pecho tratando de oír los latidos de su corazón. Calmaba sus mareos y sus malestares y le daba las fuerzas para seguir adelante. Fuerzas para luchar por su bebé.

—Vuelve conmigo, Sam —susurró, con la voz rota.

Un montón de máquinas le rodeaban marcando el sonido de sus latidos. Éste se clavaba en su cabeza, demostrándole que aún seguía allí con ella.

Sus ojos se abrieron de repente, cuando el sonido cambió y comenzó a bajar, para luego sonar como un pitido lejano que rompió su corazón en dos.

—¿Sam?

—¡Hágase a un lado, señorita! —dijo una enfermera, haciéndose sitio.

—¿Sam? ¿Qué sucede?

—Sáquenla de la habitación —oyó decir a uno de los médicos, antes de verse arrastrada al exterior.

—Por favor, no me dejes, Sam. No te vayas —rogó, colocando su mano sobre el cristal que la separaba de aquella habitación en la que él luchaba por su vida. Su pecho se elevaba como consecuencia de las descargas a las que le sometían y el de ella se partía en mil pedazos mientras temblaba de miedo y pánico—. No me dejes sola. Por favor —Sollozó, secando aquellas lágrimas que le impedían verle—. No nos dejes solos. Quédate con nosotros —pudo decir antes de que su visión se volviese completamente oscura y las piernas no la sostuviesen haciéndola caer al suelo.


Corría sin detenerse, escapando de alguien, o de algo que desconocía. Corría lo más deprisa que podía. Sus piernas no se detenían y él no entendía porqué debía seguir corriendo. Estaba cansado, realmente cansado, pero no podía detenerse.

—Sam, hijo, detente.

Oyó a lo lejos.

—Detente.

Sus piernas obedecieron aquellas palabras, parándose a la vez que trataba de mantenerse en pie.

—¿Abuelo? —preguntó, buscándole entre aquellas tinieblas que eran todo lo que sus ojos veían.

—Es hora de que lo dejes, Sam. Detén tu huida y vuelve —le oyó decir, acercándose a él.

—No. No volveré. Quiero irme contigo. Llévame contigo.

—No, Sam. No es tu tiempo todavía. Tienes que quedarte.

—Abuelo... —Se lamentó, negando con la cabeza—. No quiero estar solo. Estoy cansado, muy cansado.

—No lo estás hijo. Tienes que volver, ellos te necesitan.

—¿Quiénes? ¿Quiénes me necesitan? —preguntó, secándose las lágrimas.

—Tu familia, Sam. Tu familia te necesita.

—Yo no tengo familia. Tú eres todo lo que me queda.

—Ya no, hijo. Ya no. Tienes que volver —El anciano comenzaba ya a alejarse.

—No. No, por favor. No te vayas. No me dejes solo de nuevo. Abuelo. ¡Abuelo! Te quiero... Te quiero. No te vayas.

—Yo también te quiero, Sam. Estoy orgulloso de ti, hijo. Sé que todo irá bien. Ahora tienes que despertarte y volver con ellos.

—Abuelo, no... No sé quienes son ellos.

—Vuelve, Sam. Despiértate...


—Señorita... Señorita —oía que la llamaban a lo lejos—. Despierte.

—¿Sam?

—Señorita, ha tenido usted un desmayo. ¿Cómo se encuentra?

—Sam... ¿Cómo está él? Quiero saber —Y también quería levantarse de allí donde la estaban reteniendo.

—Señorita, debería calmarse. No intente levantarse, es demasiado pronto.

—Por favor... Quiero verle. Déjeme ir a verle.

—Me temo que eso no va a ser posible.

—No... —No podía haberse ido. No podía haberla dejado sola. Mercedes notaba cómo sus fuerzas empezaban a fallarle de nuevo.

—El doctor todavía está en su habitación.

—¿Está vivo? ¿Sigue... vivo? —preguntó, con el corazón en un puño.

—Le han reanimado y ha dado señales de respuesta.

—Necesito verle, por favor —le rogó, queriendo levantarse de nuevo.

—Más tarde, señorita. Ahora tiene que quedarse aquí sentada.

—Sí... —dijo en un susurró, secándose las lágrimas que había derramado. Sam vivía. Había luchado por seguir a su lado. No se había ido dejándoles solos.


Aún tardaron varias horas en dejarle pasar a verlo. Era demasiado tarde y sabía que lo más sano para el bebé era irse a descansar, pero no podía hacerlo. No sin poder verle una vez más. Lo haría, le vería, comprobaría que él estaba bien y se iría de nuevo, para volver al día siguiente y al siguiente, susurrándole al oído que volviese con ella.

—Doctor... —Al fin alguien se acercaba para hablarle. Los nervios no la habían dejado respirar apenas.

—Se ha despertado. Después de tanto tiempo... Es... Es un verdadero milagro.

Mercedes tuvo que sentarse temiendo que fuese a desmayarse de nuevo.

—¿Se ha...?

—Sí. Le habíamos perdido. Habíamos agotado todos los intentos de traerle de vuelta, pero él parecía tener otra idea.

La chica no podía articular palabra, solo le miraba tratando de retener lo que el doctor le decía en su cabeza.

—¿Se encuentra bien?

—Sí... —Susurró, cansada—. ¿Puedo verle?

—Puede pasar a verle, pero ahora duerme.

¿Volvía a dormir? ¿Cuándo podría volver a hablar con él? Necesitaba hablarle y decirle que le había necesitado demasiado.

—¿Seguro que se encuentra bien? —le preguntó de nuevo.

—Sí... Estoy... Estoy esperando un bebé.

—Oh... Enhorabuena —sonrió—. Permítame acompañarla hasta la puerta.

—Muchas gracias, Doctor.

El hombre le abrió la puerta y se la sostuvo, mientras ella entraba, y luego les dejó solos. Mercedes no tardó en llevar la silla que permanecía a un lado de la habitación hacia el lado derecho de la cama.

—No te fuiste —dijo, sosteniendo con cariño su mano y dejando que nuevas lágrimas resbalasen por sus mejillas. Ésta vez, de alegría—. Luchaste. Como lo hiciste aquellos días. Luchaste para salvarnos, para quedarte a nuestro lado.

Reposando su cabeza sobre su cuerpo al lado de la cama, Mercedes se quedó dormida.


El propio Sam la despertó, tiempo después.

—Merce... —susurró, observándola a su lado en aquella habitación de hospital.

—¿Sam?

—¿Qué... qué hago aquí? —Quiso saber, moviéndose con cuidado y queriendo tocarse en todas partes—. Mi barba, mi pelo... No, no. ¿Qué me ha pasado? —Preguntó, asustado, deseando moverse, pero sin poder hacerlo. Tenía el cuerpo medio dormido y éste no le respondía más que con un cosquilleo leve.

—Sam, yo... Yo te lo corté cuando... —se calló, queriendo negar lo evidente.

—No, no... —El chico abrió los ojos, colérico—. Jack y Cindy... Sus cuerpos. Están... Están muertos —No dejaba de temblar. Su cuerpo comenzaba a desentumecerse, mientras recordaba lo último que había vivido—. ¿Por qué estoy aquí, Merce?

—Te dispararon. Te... Ellos te... — ¿Qué estaba pasando? Mercedes no podía más. Necesitaba abrazarle y decirle cuánto le había hecho falta, pedirle que nunca más se marchase de su lado, pero él parecía perdido. Completamente perdido. Y ella también lo había perdido a él.

—¿Cuánto llevo aquí? ¿Dónde está Bobby? ¿Por qué... porqué estás tú aquí? Yo...

Demasiadas preguntas que la chica no podía responder.

¿Por qué estaba allí? Porque le quería. Porque se había enamorado de él. En aquellos meses mientras esperaba que el chico se despertase, o quizá en aquellos días dónde él la había protegido de todo, incluso hasta dando su vida por ella.

El chico buscó su mano, apretándola ligeramente, mientras esperaba una respuesta. Aquella que nunca llegaría. Asustada, Mercedes había puesto distancia entre ellos y se había alejado de él y de aquella cama que no había dejado de visitar durante los últimos meses. Con un "Tengo que irme. Le diré a Bobby que has despertado" ella se marchó de allí, dejándole solo, oyendo un último "Merce, espera..." que no la hizo detenerse.

Cerrando la puerta, consiguió sentarse en una silla antes de que sus piernas le fallasen. Lloraba, y tenía ganas de vomitar. Él no recordaba lo que habían vivido. No recordaba lo que habían hecho en aquella cabaña. Ni siquiera recordaba que él ya no tenía miedo de ser la viva imagen de su padre. Acariciando su vientre, dejó que las lágrimas mojasen su rostro por completo. Sam había despertado, pero ella volvía a encontrarse tan sola como lo había estado todos aquellos meses.


—Soy Bobby, ahora no puedo atenderte. Deja un mensaje y te llamaré —Sus manos todavía le temblaban. Ni siquiera era consciente del tiempo que había pasado llorando sin poder parar en aquella silla de hospital. Dentro, Sam estaría esperando que su hermano fuese a visitarle pero ella todavía no había podido contactar con él—. Bobby, soy Mercy. Sam... Sam se ha despertado. ¿Puedes venir, por favor? Él está solo y te necesita. Es a ti a quién necesita. Ven, por favor —Dijo, antes de colgar el teléfono y guardárselo en el bolsillo. Cerrando los ojos, trató de olvidarse de todo. Hacerlo ella como él lo había hecho. Porque Sam no la recordaba y a ella, le dolía demasiado el hacerlo.

—Señorita, ¿está bien?

—Sí, no se preocupe —respondió a una de las enfermeras que le cuidaban—.¿Cómo sigue?

—Está bien. Ahora duerme.

—¿Ha preguntado por alguien?

—No. No lo ha hecho. Solo en qué fecha estamos.

Mercedes trató de reprimir un suspiro triste.

—No recuerda los días anteriores a su accidente. El doctor puede darle más datos sobre ello. ¿Quiere que le llame para que pueda hablar con él?

—No, no, gracias. Mi hermano llegará pronto y querrá escucharlo también. Le avisaremos en cuánto llegue.

—Hágamelo saber —dijo, sonriendo ligeramente y caminando hacia el mostrador.

No recuerda los días anteriores a su accidente.

Aquellas palabras destrozaban su frágil corazón. Todo lo que habían vivido. Cuanto se habían amado. Todo. Sam lo había borrado de su mente. Y ella no podría hacerlo por más que quisiese. Le quería. Le amaba y aún tratando de sacarle de su corazón, nunca podría borrar el hecho de que una nueva vida crecía en su interior. Su hijo. El hijo de Sam. El bebé cuyo padre no sabía ni recordaba cómo había sido concebido.

—Mercy, siento haber tardado tanto. Acabo de oír tu mensaje —Su hermano se detuvo a su lado, observando sus lágrimas y su rostro mojado por ellas—. Oh, cariño. ¿Por qué lloras? Se ha despertado, Mercy. Deberías estar feliz. ¡Feliz! —Él lo estaba y deseaba tanto verle... Entrar en aquella habitación y darle un abrazo de hermano, mientras le agradecía todo cuánto había hecho por cuidarla a ella.

—No... —Debería estar feliz. Bobby tenía razón. Debería estarlo, pero no podía. Su corazón se había roto, y ella también lo estaba por dentro. Así lo sentía.

—¿Qué pasó, pequeña? —Aún después de tantos años, ella era y sería siempre su pequeña. Pasase lo que pasase, aquello nunca cambiaría.

—No me recuerda, Bobby. Sam no se acuerda de mí.

—¿Cómo? No, eso no es posible. Claro que lo hace, Mercy.

—No... No como yo deseo —las lágrimas acudieron a ella, de nuevo, derrumbándola delante de su hermano.

—Mercy... —Él no entendía nada. Nada. Y necesitaba respuestas.

—Estoy embarazada, Bobby. Embarazada. Voy a tener un bebé de él y ni siquiera puede recordar cómo lo concebimos.

Con cariño, su hermano la resguardó entre sus brazos, tratando de calmarla. En tan solo un segundo, la felicidad que había experimentado, se había transformado en desilusión. ¿Cómo podía haberla olvidado? ¿Cómo podía haber permitido Dios que aquello ocurriese? Su hermana se merecía lo mejor. Y lo mejor estaba en aquella cama de hospital, pero él no la recordaba. Ella había renunciado a todo por él y ahora...

—Tengo que irme —le dijo, entre lágrimas, separándose de él—. No puedo estar aquí. No puedo... estar cerca de él. Voy a volver con papá y mamá.

—No lo dices en serio. Él es tu felicidad, Mercedes.

—Ya no, Bobby. Duele demasiado.

—Por favor, no te vayas. Quédate unos días conmigo. Él estará en el hospital, no le verás. No te vayas todavía —le pidió, desesperado.

—Ve a verle. Él te necesita. Y el doctor... Tienes que hablar con él. Necesitará cuidados. Te lo explicarán todo. Yo... Yo tengo que preparar mis cosas —la chica se levantó por fin de aquella silla. Sus piernas estaban casi dormidas.

—Mercy, no te vayas. Espérame aquí, yo te llevaré a casa.

—No. Tú tienes que quedarte con él. Te necesita. Es a ti a quién necesita —No paraba de repetir.

—Y a ti también, Mercy... —dijo, tratando de detenerla.

—No. Ya no, Bobby —respondió, triste, abandonando ya aquel lugar, tratando de olvidar todo aquello, aún sabiendo que nunca sucedería.


Jamás había estado antes en aquella habitación. Entrar allí hubiera significado que él jamás se hubiera despertado, que nunca hubiese vuelto a pisar aquella casa. Pero ahora... era ella quién no volvería a hacerlo. No podría volver allí sabiendo que todas las veces que él la viese, tendría que callar el amor que sentía por él. Era demasiado doloroso. Quizás, más adelante, con el paso del tiempo, aquello ya no doliese tanto. Quizás...

Abriendo la puerta con cuidado, observó toda la habitación. Las paredes pintadas de un azul apagado y unos escasos muebles la decoraban. Mercedes se sentó sobre la cama, fijándose en todo lo que el pequeño cuarto tenía. Tratando de guardar en su memoria, aquello que formase parte de él.

Una pequeña caja de latón sobresalía en una de las estanterías llamando su atención. Desde aquella cama, aquella vieja lata era todo lo que destacaba. El chico realmente tenía pocas cosas de las que fuese dueño.

Sus pies actuaron solos, caminando hacia allí y sus manos, alcanzaron la caja para abrirla. Había fotos en ella. Y recortes... Recortes de periódico.

Los leyó, tratando de no volver a llorar. Eran las noticias que habían salido del accidente en el que sus padres habían muerto. El coche salía en varios de los artículos, junto con sus nombres. Pero aquellas no eran las únicas noticias que Sam había guardado. Había más. Noticias que contaban los pequeños robos en los que nunca se había encontrado a los culpables. ¿Habrían sido ocasionados por él? ¿O por sus padres?

Mercedes se secó una de las lágrimas, mientras observaba las fotos de la caja. No había querido llorar pero los sentimientos habían podido con ella. Buscó, pero no encontró ninguna foto de ellos tres. Había muchas de Sam como adolescente y en la mayoría, un anciano que sonreía le acompañaba.

—Peter —dijo en voz alta.

El abuelo de Sam, el que había hecho que su vida tuviese un sentido después de tantos años.

Mercedes deseó haber podido conocerle. Al hombre que no había dejado de buscar a su nieto y que después de encontrarle, le había dado todo el cariño del mundo. Peter Evans no llegaría a conocer a su biznieto, pero ella sabía que desde el cielo, él les estaría cuidando a los tres.

Mirando por última vez una de las fotos, la dejó sobre las demás y cerró la caja, colocándola de nuevo en la estantería, saliendo rápidamente del cuarto.

Acababa de cerrar la puerta de la habitación y con ella, también las esperanzas de que sus recuerdos volviesen a él.


Días habían pasado desde esa noche. Días en los que Mercedes había tratado de marcharse y su hermano se lo había impedido. Había llegado incluso a esconderle su pasaporte, negándose a devolvérselo hasta el día siguiente. No quería que su hermana se fuese y había hecho hasta lo imposible por que se quedase con él. Pero ya no podía más. La tristeza que la invadía era muy grande. Mercedes se había rendido después de tantos meses de lucha. Había dejado de hacerlo y Bobby era el único que impedía que ella buscase su felicidad. Debía dejarla ir. Permitirle que se marchase lejos, poniendo distancia entre ella y Sam. Tratar de calmar su dolor aún fallando en el intento.

Había llegado el momento de despedirse de ella.

—Te acompañaré al aeropuerto. Déjame que al menos haga eso —le pidió, resignado.

—Claro que sí. Por supuesto que sí —trató de sonreír, sosteniendo entre sus manos su vaso de leche. Aquello también le recordaba a Sam. Todas aquellas noches encontrándose en la cocina a altas horas de la madrugada. Ya no volverían a suceder. No ahora que todo había cambiado.

—Voy a ir a verle. Y luego, te llevaré. No te preocupes, pondré una alarma en el móvil para que no se me pase la hora.

Ella solo asintió, tomando otro sorbo de su vaso.

—Me pregunta por ti. Cada vez que voy, me pregunta por ti.

—Lo sé. Me lo has dicho —Todas las veces. Cada vez que regresaba a casa después de ir a verlo.

—¿No te vas a despedir de él, Merce?

—No me llames así, por favor —le dolía oír su propio nombre. Le dolía oírlo porque así era como Sam la llamaba. Recordando una y otra vez todo lo que había podido tener y todo lo que había perdido—. Sabes que no puedo verle.

—¿Ni siquiera para decir adiós? —Mercedes negó con la cabeza al oírle—. ¿Estás decidida a ocultárselo?

—Por supuesto que lo estoy. ¿Cómo podría? ¿Cómo te tomarías tú que una de tus amigas te dijese "No lo recuerdas, pero nosotros, estuvimos juntos y... estoy embarazada. Vas a ser padre"?

—Él se haría cargo de ello —dijo, completamente seguro—. Jesús, Mercy, él es un buen hombre.

—El mejor... —Susurró, a la vez que agachaba la cabeza.

—¿Entonces? —preguntó, esperanzado.

—Entonces nada, Bobby. Nada —sentenció, levantándose de la silla y saliendo de la cocina, no sin antes recordarle que debía llegar a la hora precisa o se marcharía sin él.

Bobby se quedó mirando fijamente la puerta durante unos segundos y luego, suspiró resignado. Nada le haría cambiar de opinión. Su hermana había tomado una decisión y la llevaría a cabo hasta el final. Y esa era, borrar para siempre su nombre de la mente de Sam Evans.


¿Y bien? ¿Seguís queriendo matarme o... habéis cambiado de opinión? Creo que estoy empezando a acostumbrarme a recibir amenazas jejeje Si me llegan en forma de hermosos reviews que vengan todas las que quieran. ^^ Muchas gracias por leer esta historia y por acompañar a los chicos en su camino. Nos vemos la próxima semana en el último capítulo. ¡Pasad una feliz semana!

Besos

Syl