Y aquí se viene el último capítulo del fic. Siento no haber podido publicarlo ayer domingo como prometí que haría, no lo tenía preparado, pero aquí está por fin. Tengo que daros las gracias por el apoyo y el cariño que me dais cada vez que empiezo una nueva historia, aunque éstas sean cada vez más locas. Muchas gracias, de verdad, no sé cuando volveré con otra, ni si volveré en un largo tiempo, pero os doy las gracias inmensamente por acompañarme siempre y regalarme un poquito de vuestro tiempo. No me quiero extender mucho así que, permitidme agradecer los últimos reviews recibidos y ya os dejo con el final de la historia.
Gracias a Maru (Mujer, yo ya dije que eras adivina xD En este capi final verás que tenías razón y que de verdad lo eres. Y sí, no hace falta que prendas una vela, porque Santa Syl quiere mucho a sus niños y nunca les robaría su final feliz jejeje ¡Un beso enorme, Maru!; Ale (Lo siento u.u Ya sabes lo que me gusta el angst y deseo que a ti te guste el final de la historia ^^ ¡Muchas gracias por leerla! Jejeje Un beso, Ale); María Elena (¡Muchas gracias! xD En respuesta a tu pregunta, el otro día me dieron una idea para un one shot RileyStreet pero aún no sé si podrá salir adelante o cuando. Sorry. Ojalá pueda regresar pronto con otra nueva ^^); Giselle (¿Un libro? Sí, lo pensé, pero como está el mercado de libros ahora mismo... es un poco dificilillo xD Me ha gustado tu idea, y estaría guay escribirla, lo que pasa es que ahora la que está embarazada es Heather Morris y no tenemos ni idea de si RIB va a querer meter su embarazo también en la serie, por lo que pobre Sam, tendría que hacer frente a dos hijos O.o jajajaja Veremos cómo acaba la temporada y cuál es la historia que le darán a Merce y en base a eso, me pienso la historia. ¡Y gracias por la idea! Besos ^^); Rosa Elena (Pues ya se termina :( Pero sí, no se acuerda de ella, pobre Merce. Le pasa como en la serie xD Mil gracias por tu review, Rosa Elena, siempre dices que te extiendes pero yo los veo preciosos ^.^ ¡Gracias! Y espero que te guste el final. ¡Un beso y un abrazo enorme!); Catita (Y me ha llegado tu amenaza jajaja Sí que es muy triste, es la historia más triste que he escrito, yo creo, por eso mismo le puse el Angst en la sinopsis, para avisar por si a la gente no le gustaba, pero no ha sido así. Muchas gracias por leerlo y dejar review :) ¡Cariños!)
Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario en el 4x21 Sam intentaría volver con Mercedes y ella le daría una patada en los... jajaja Bueno, probablemente no lo haría, pero, ¿a que estaría guay? xD
Capítulo 6: Mañana es para siempre (Segunda Parte)
El alma nos juntó
con sólo un beso de testigo
cada latido prometió
que ibas a estar
siempre conmigo.
Hoy todo cambió
y es que has seguido otro camino
pero mi vida se quedó
toda en tus labios
toda contigo.
Te dice un corazón desesperado
que regreses a mi lado
que la vida sin tu amor no ha sido igual
Te pido con el alma que recuerdes
que juraste no perderme
prometimos que no acabaría jamás
que mañana es para siempre.
¿Por qué no había ido a verle? Había pasado ya una semana y Mercedes no había ido a visitarle. ¿Por qué? Su pecho le dolía y él se lo achacaba por completo al disparo que lo había dejado en aquella cama. Pero no era así. Esa no era la razón. Sino ella. Su pecho le dolía a causa de ella. La distancia que ahora les separaba hacía que su corazón le doliese, sin ni siquiera saber el porqué.
¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo? ¿Qué era lo que sentía? ¿Qué era lo que ella provocaba en él? ¿Por qué no había ido a verle? Sam solo quería ver sus hermosos ojos y su preciosa sonrisa pero ella no quería y eso le mataba. Acababa poco a poco con él. Y no lo entendía. No lo hacía en absoluto. ¿Por qué era tanta su necesidad de verla? ¿Y porqué seguían tratándole como a un crío? Ya había salido del coma y estaba fuera de peligro, pero los médicos se resistían a darle el alta y Sam no deseaba más que levantarse de aquella cama y volver a su casa. Porque ella estaba allí. Mercedes estaba allí y no quería verle. ¿Por qué no quería verle?
La puerta se abrió y una nueva enfermera entró para realizar las comprobaciones de rutina.
—Tiene visita, Señor Evans.
—¿Quién? —preguntó, ilusionado.
Solo podía ser ella. ¡Tenía que ser ella!
No le quedaba nadie más en el mundo. Los Jones eran todo lo que él tenía.
—Los Señores Wilson.
—No sé quienes...
Antes de que acabase la frase, la puerta se había abierto de nuevo. Y detrás de ella, había aparecido una pareja de ancianos, que Sam no recordaba haber visto nunca.
—Discúlpenme, ¿debería... debería conocerles?
—Somos quiénes te salvamos, Sam —dijo la mujer—. Soy Laura y él es mi marido Nathan. Él fue quién le disparó a los secuestradores.
—Oh —Por fin descubriría cómo había sucedido todo de verdad. Bobby se lo había contado vagamente, por miedo a que aquello le hiciese daño, y las piezas no le encajaban. Seguía sin entender la mayoría de las cosas, lo que provocaba que su cabeza le doliese aún más.
—Esperábamos encontrar aquí a Mercedes. ¿Vendrá después?
—No lo sé —mintió.
No iría. Ella no iría a verle. Y él no entendía cuál era la razón. ¿Qué era lo que había hecho para apartarla de su lado? Bobby le había contado cómo les habían secuestrado a ambos, y cómo él había cuidado de ella hasta que todo el peligro había cesado por completo. Pero... Sam no recordaba nada de aquello. Y se martirizaba tratando de devolver a su memoria aquellos momentos vividos y borrados.
—Pobrecilla. Lloró tanto... Gritaba por una ambulancia sin soltarte. Creí que no lo conseguirías, de verdad lo creí. Pero Dios no lo quiso así —le dijo ella, con una sonrisa.
—Si no hubiese desconfiado de vosotros aquella mañana, ella hubiese hecho la llamada antes y quizás, la policía hubiese llegado para impedir... Lo siento mucho, hijo —se disculpó el hombre.
Sam no entendía nada. Seguía sin hacerlo. Todo era un gran puzzle y éste seguía resistiéndose a que las piezas encajasen.
—Eso ya quedó atrás, Nathan —le respondió su mujer—. El chico ya está fuera de peligro. Dime, ¿te encuentras bien?
—Sí. Estoy... estoy bien —Sonrió, queriendo calmar a la anciana que ahora abrazaba a su marido.
—Nunca podré olvidar aquella mañana —le oyó decir a ella—. "La protegí, abuelo" Esa era la frase que decías. No dejabas de hacerlo. "La protegí, abuelo".
Protégela, hijo.
Abuelo...
Protégela.
Como un huracán, los recuerdos que alguna vez habían desaparecido de su mente volvían a él, mientras se llevaba sus manos a la cabeza. Aquellos días. Su cuerpo junto al suyo...
Las veces que habían hecho el amor. La muerte de Ryan. El secuestro.
Oh Señor, ¿cómo había podido olvidar todo aquello?
—Cariño, ¿te encuentras bien?
Sam asintió con miedo, mientras los recuerdos seguían regresando de aquel rincón de su mente en el que habían estado perdidos. ¿Por qué no había ido a verle? ¿Por qué?
Su teléfono móvil empezó a sonar, indicándole que había recibido un mensaje de texto.
"Tío, sé que te prometí pasarme ahora, pero se me ha hecho tarde y tengo que ir al aeropuerto. Te prometo que iré cuando termine con esto, ¿de acuerdo?"
¿Al aeropuerto? ¿Se iba? ¿Mercedes se iba sin despedirse?
No.
Apartó las sábanas con rapidez y salió de aquella cama, asustando a los dos ancianos.
—Tengo que pedirles algo importante.
—Lo que necesites, chico —respondió Nathan Wilson, viendo cómo el muchacho empezaba a recoger sus cosas.
No podía retenerla. No allí, donde nada tenía para ofrecerle. No podía luchar por ella aunque aquello fuese todo lo que deseaba. Quería despedirse. Solo verla por última vez antes de que se fuera. A su ángel. El que había confiado en él cuando ya nadie lo hacía.
Los recuerdos de esa noche volvieron a su mente mientras le pedía a Dios que ella no se hubiese ido todavía. Los recuerdos de esa noche en la que ella había sido suya. Ya no volvería a sentir aquella felicidad. Aquella ilusión. Había pensado dejarlo todo por ella. Luchar, pelear por un futuro que ofrecerle, porque no la merecía. No era merecedor de ella. Lo más bonito que existía en el mundo. No la merecía y esa era la verdad. Debía dejarla ir. Ella ya había tomado su decisión. Había elegido la distancia y el no volver a verle, y Sam lo respetaba. Solo... solo quería verla por última vez. Perderse en sus hermosos ojos y en aquella sonrisa que tanto había necesitado para curar su corazón herido. Acariciar su hermoso pelo negro y sentir sus rizos entre sus dedos, mientras la abrazaba por última vez.
Por favor, déjame verla. Una última vez. Por favor. Es lo único que pido.
Esa noche había tenido tanto miedo a perderla. Empapado en sudor, la había soñado muerta entre sus brazos y entre lágrimas, su abuelo le había pedido que la protegiese. Y Sam lo había hecho. Sin dudarlo apenas. La protegería de todo, hasta de sí mismo. La protegería de un futuro desperdiciado a su lado.
No lucharía.
No lo haría.
El coche se detuvo, devolviéndole a la realidad. Disponía de poco tiempo si quería de verdad conseguirlo. Muy poco tiempo.
—Suerte, muchacho —les oyó decir, respondiéndoles con una sonrisa y entrando rápidamente en el aeropuerto.
Buscó entre la gente su pequeño cuerpo pero era imposible hallarle. Imposible. Mercedes se iba a ir sin permitir que él la viese por última vez.
Quizás es lo mejor.
—Última llamada para los pasajeros del vuelo 317 con destino Ohio. Embarquen por la puerta número seis.
Oh. Esa era su oportunidad. La única que tendría.
La encontraría. Volvería a verla. Lo haría.
Olvidándose del malestar que anidaba en su corazón, corrió hacia allí, ilusionado.
Mercedes ya estaba en la cola para subirse al avión. Un minuto más tarde y él ya no lo hubiera conseguido. Detrás de la chica, Sam respiró tranquilo, buscando con su mano acariciar la de ella.
—¿Merce?
La chica se giró despacio, secando lágrimas que jamás habría deseado derramar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, triste, sin soltar su mano, deseando a la vez el no tener que hacerlo nunca.
—No quería que te fueses sin despedirte —Quería abrazarla, deseaba perderse en su cuello y oler su perfume. Solo por última vez. Quería...
—Sam... ¿Cuándo te han dejado salir? No sabía que... ¿Estás bien?
—Sí —respondió, secando una de sus lágrimas. Aquello tampoco volvería a hacerlo nunca. Jamás volvería a tocarla, aunque aquello le partiese el corazón.
—Tengo que irme —dijo ella, tratando de disimular su voz rota. Sam no la recordaba y quizás nunca volviese a hacerlo. Aquello que habían tenido había sido un sueño para ella. El más hermoso. Un sueño que le había regalado un bebé. El que Sam nunca sabría que existía. Las palabras de Bobby volvieron a su cabeza, queriendo hacerla entrar en razón. Debería decirle la verdad, pero no podía. No quería hacerle daño. ¿Cómo decírselo? ¿Cómo hacerlo?
Sam soltó su mano en ese preciso instante, rompiéndole el corazón, para luego recomponérselo en un abrazo fuerte. Sus manos rodearon su cintura y los de ella, se anclaron en su espalda no queriendo soltarle. No quería irse, pero debía hacerlo. Tenía... Cerró sus ojos, deseando que él lo recordase todo. Que luchase por ella, pero eso era imposible.
—Tienes... Tienes que irte —le oyó decir, dándole él mismo el valor necesario para hacerlo. Sam la estaba animando a que lo hiciese y ella debía marcharse de allí, antes de que se hiciese todavía más daño.
Mercedes había decidido irse. No sentía lo mismo por él. No debía aferrarse a un sueño imposible. Sam debía dejarla ir, debía dejar que ella se subiese a ese avión.
—Se ha hecho de noche y llueve... —susurró ella, triste, sin poder evitar que los recuerdos de aquella noche de amor regresasen a ella. Aquella noche en la que él la había protegido de todo y le había abierto su corazón para hacerla feliz. Aquella noche que él jamás recordaría.
—Mañana saldrá el sol. Mañana... Todo esto habrá acabado —respondió él, dándole las fuerzas que ya no tenía.
Debía soltarse de su abrazo, debían separarse ya o ella perdería su vuelo.
Con cuidado, Sam lo hizo, poniendo distancia entre sus cuerpos y soltando sus manos a pesar de lo que las necesitaba junto a las suyas. No podía decirle adiós, no quería decírselo. Pero ella se marchaba de su vida y en el fondo de su corazón, el chico sabía que ella ya no regresaría. No a su lado. No a su vida.
Mercedes no volvió a mirar sus hermosos ojos, no podía. Si lo hacía, ya no tendría el valor para darse la vuelta y abandonarle llevándose a su hijo. Si lo hacía, ella se derrumbaría y le diría todo lo que él le había hecho sentir. Le quería, le amaba y él no la recordaba. Solo... solo tenía que irse de allí. Darse la vuelta despacio y empezar a andar. Alejarse de él.
Sería fácil.
Era fácil. Muy fácil. Solo si no miraba atrás.
Un paso detrás de otro. Dos, tres...
Sigue andando, Mercedes.
Se dijo, después de haberle entregado el billete al hombre que los estaba comprobando.
Sigue andando. No te detengas. No lo hagas. No mires atrás.
Sam no había querido llorar, pero lo había hecho. Se había roto cuando ella, temblorosa, había entregado el billete que finalizaba su etapa allí. Se iba. Era una realidad. Y él ya no podía dejar de llorar mientras veía su cuerpo alejarse y aquellos rizos que nunca volvería a acariciar. Aquellos que ella había deseado hacer desaparecer como había hecho con su pelo y con su barba. Había estado dispuesto a perder sus hermosos rizos por él.
Mañana todo esto habrá acabado. Mañana...
Mañana saldrá el sol.
Recordó ella.
"Mañana todo esto habrá acabado".
"Mañana... un nuevo día llegará".
—¡No!
Sus pies se detuvieron, clavándose en el suelo y negándose a continuar. Provocando que las personas de la fila que venían detrás de ella la empujasen para seguir adelante.
—No... —susurró, sin poder creérselo.
—Señorita, tiene que moverse o nos quedaremos en tierra.
—No... No, no —dijo, haciendo sitio y empezando a correr para salir de aquella pasarela. No se iría. No pensaba irse. Sam lo recordaba todo. Todo. ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué? ¿Por qué hacerle creer que seguía amnésico? ¿Que todo aquello que ellos habían vivido había sido un sueño?
Sam, ¿por qué?
Corrió y corrió sin detenerse, cruzando la barrera y dejando atónitos a todos los allí presentes.
—Señorita, el avión se irá sin usted.
—No voy a irme —les aseguró, buscándole entre la gente.
Pero Sam ya no estaba allí. Se había ido.
—Se fue al mirador, pequeña —le dijo el anciano que permanecía sentado en las sillas de espera.
—¿Al mirador? —preguntó, recibiendo una sonrisa por parte del hombre. Tenía un brillo en sus ojos que le resultaba conocido, pero...
No era tiempo de pensar. Sino de correr.
Todavía le quedaban fuerzas para correr a su encuentro. Su corazón había vuelto a latir ilusionado al comprobar que él la recordaba y también, que la había dejado marchar. ¿Por qué? ¿Por qué lo había hecho? Ella le quería. ¡Le amaba! Y él no creía que aquello pudiera ser posible. ¿Verdad? ¿Esa era la razón? Seguía anclado en el pasado, temiendo que Sam Smith volviese a sus vidas. Pero eso no sucedería. Nunca pasaría.
Entró en aquel mirador, deteniéndose a escasos metros de la puerta y respiró profundamente. Él estaba allí, junto a otras seis personas, viendo como el avión se marchaba. Ella debería ir en ese avión, pero no se había subido. Se había quedado allí por él. Solo por él.
La gente comenzaba a dejar el habitáculo, pasando a su lado. Llorando, tanto como lo estaba haciendo ella en ese momento y tanto como lo estaba haciendo él. Seguía mirando al cielo a través de aquella ventana, siguiendo la estela de un avión que la alejaba de él.
Su corazón le decía a gritos que él la quería, pero su cabeza no hacía más que preguntarse porqué la había dejado marchar. ¿Por qué? Era el momento de luchar. Luchar por un futuro a su lado. Luchar por ser feliz. Y si él no quería. Ella lo haría por los dos. Se había vuelto loca. Completamente loca. Como aquella mañana en la cabaña. Se había vuelto loca por él y no pensaba perderle.
—Sam... —susurró, con miedo. No podía dudar. No ahora.
Él se dio la vuelta, incapaz de creer lo que estaba viendo.
—¿Merce? —preguntó, viendo cómo ella avanzaba hacia él—. ¿Por qué no te subiste? ¿Por qué no lo hiciste? Tenías que haberlo hecho, Merce —Sam negaba con la cabeza. No entendía el porqué—. El avión... El avión se ha ido sin ti.
—¿Por qué no me dijiste que lo recordabas todo? —Preguntó, deteniéndose enfrente de él—. Creí que me habías borrado de tu vida, Sam. Creí... Oh, ¿por qué no me lo dijiste?¿Por qué querías que me fuese sin saberlo?
—Yo... Yo creí que querías irte. Creí que eso era lo que necesitabas. No querías venir a verme. Nunca lo hiciste y yo... No lo entendía... Solo quería que vinieses. Dios, deseaba tanto que lo hicieras... —Como deseaba ahora abrazarla y estrecharla contra él. Que ella se quedase para siempre a su lado y que jamás tuviese que despedirse de ella.
—Dolía... Dolía tanto que no me recordaras. Que hubieses olvidado lo que pasó entre nosotros —Sus manos buscaron sin darse cuenta su vientre. Aquello que él había olvidado haría que una nueva vida llegase al mundo—. Dolía demasiado, Sam...
—Lo siento tanto —No podía detener por más tiempo las ganas de abrazarla. Mercedes no dejaba de llorar y él solo quería acunarla y cuidarla para borrar todo el daño que en algún momento le había hecho.
Los brazos de ella se cerraron detrás de su espalda, mientras sus lágrimas mojaban la camisa de él. No podía perderle. Le quería tanto.
—No... No fue tu culpa... No lo fue —Trató de hacerle entender, separándose ligeramente para mirarlo a los ojos y acariciar sus mejillas. Él también lloraba, Sam también había creído perderla.
—Te quiero, Merce. Te quiero —le confesó, uniendo sus frentes—. Y no quiero que te vayas. Soy un egoísta. Lo soy. Y te necesito... Te necesito tanto. Quería que te marchases, quería... quería que te alejases de mí, porque... creí que eso era lo que deseabas. Pero... no puedo dejarte ir. No puedo.
—Sam... No me iré. Estoy aquí... —Con cariño, ella volvió a abrazarle, mientras le susurraba al oído que no se iría. Jamás se marcharía de su lado. No mientras él la necesitase—. No me iré. Nunca me iré. Te quiero —susurró también, junto a su pecho, oyendo aquellos latidos de amor—. Te quiero y no te dejaré. No volverás a estar solo —La chica volvió a mirar aquellos ojos verdes que tanto amaba—. Yo creí que podría irme, que podría olvidarte y tratar de ser feliz. Pero no puedo, Sam, no puedo hacerlo si no es contigo.
—Merce... —Buscó sus mejillas con sus manos, acariciándolas mientras limpiaba sus lágrimas. Le quería. A él. Y nunca le dejaría. Sus labios se unieron, salados, por causa de todo el llanto derramado. Se unieron en un beso de amor y cariño. De ilusión. Un beso que sentaba un futuro para ambos, el que compartirían y por el que lucharían todos los días de su vida—. No te merezco. Lo supe desde siempre. Cuando nos quisimos en aquella cabaña, mi corazón y mi mente me lo decían. Me lo gritaban. No te merezco. Eres lo más bonito que existe en el mundo y yo... —Él tenía aquel pasado que nunca podría borrar. No tenía nada para ofrecerle más que su corazón y éste ya era por completo de ella.
—Tú eres el más bueno de los hombres, Sam. Recuérdalo. Nunca te olvides de eso. No eres como él. Nunca lo serás —le miró con amor. ¿Cómo podía compararse todavía con su padre? No podía. Y no se lo permitiría—. Te quiero. Te quiero... —dijo, mientras le regalaba nuevos besos que le hacían temblar—. Creí que nunca te despertarías. Esperé tantos meses... Creí que... creí que nunca volvería a ver tus hermosos ojos —le contó, acariciando sus párpados.
—Siento haberte dejado sola tanto tiempo. Yo prometí...
—No estuve sola —negó con la cabeza.
No. No lo había estado. Ella tenía una familia. Tenía a Bobby y a sus padres. Nunca estaría sola. Era él quién lo había estado la mayor parte de su vida. Era él quién sabía lo que era la soledad.
Sam sonrió al notar cómo ella buscaba una de sus manos, esperando que la entrelazase con la de él. Pero aquello no sucedió, Mercedes dejó su mano sobre su vientre y le sonrió también.
—No me dejaste sola.
—Merce... —Las manos de ella cubrieron las de él, y una nueva lágrima mojó su mejilla izquierda. ¿Era verdad lo que ella estaba tratando de decirle? —. ¿Estás...?
La chica asintió con la cabeza, al tiempo que mordía su labio inferior y el sabor salado de sus lágrimas entraba de nuevo en su boca.
Sam levantó la cabeza, mirando al cielo. Un nuevo avión llegaba a aquel aeropuerto. Había ido a aquel mirador para verla marchar, pero no habría sido ella sola quién se hubiese marchado. También se lo habría llevado a él consigo. A su bebé.
Protégela, hijo. Protégela.
—Por favor. No te enfades conmigo —le pidió ella, esperando que él volviese a mirarla.
—¿Enfadarme? ¿Por qué? —susurró, bajando la mirada y colocando su otra mano libre sobre las de ella.
—Porque me iba sin decírtelo.
Sam negó con la cabeza, mientras sonreía.
—Jamás podría hacerlo —respondió, dejando ahora su mano en su mejilla y acariciándola con suavidad—. Jamás podría enfadarme contigo.
—Pero...
La silenció con un nuevo beso. Uno que derrumbó todos los muros de su corazón y le abrió las puertas para que entrase en su vida. Un bebé creía en su vientre. Su hijo crecía y se hacía camino para venir a ese mundo en el que Sam nunca había tenido nada. Excepto ahora.
Una familia. Una verdadera familia.
Su abuelo lo sabía. Lo había sabido antes que él. "Protégela hijo" le había pedido en aquel sueño. Protegerla a ella, a la mujer que más había amado en su vida. A la única que ocupaba su corazón. A la madre de su hijo. Protegerla durante toda la vida, eso haría el resto de sus días.
—Un bebé... —susurró, abrazándola de nuevo con cariño—. Gracias... Gracias —decía, cerrando los ojos y besando su pelo dulcemente.
—Te quiero... —sollozó ella. Y ésta vez, eran lágrimas de felicidad—. Te quiero...
—¿Podrás perdonarme el haberte hecho daño? —preguntó él, uniendo sus frentes de nuevo.
—¿Podrás tú perdonarme el haber querido marcharme? —dijo, acariciando sus orejas.
—Merce... No tengo nada que perdonarte. Nada —Volvió a unir sus labios con los de ella. Era suya. De él. Lo más bonito de ese mundo. Y le iba a dar un bebé. Uno precioso como ella. Uno que cuidaría y protegería como su abuelo lo había hecho con él—.Te quiero, te quiero... —dijo, entre besos.
—No dejes de decírmelo, por favor. Extrañé tu voz. Te eché tanto de menos. Dime que me quieres —le suplicó, enamorada.
—Te quiero. Te quiero y no dejaré de hacerlo nunca. Una vez me dijiste que no pensabas separarte de mí y ahora soy yo quién te lo dice, Merce. No te dejaré. No os dejaré. Lucharé por ti y por él todos los días de mi vida. Por daros lo mejor. El futuro que os merecéis. Sois mi familia. Tengo... Tengo una familia.
Ella asintió, besándolo nuevamente.
Abuelo, tengo una familia.
Dios le había dejado volver a su lado. Al de ellos. Para cuidarles, para darles todo su cariño. Y Sam no deseaba otra cosa en el mundo.
—Gracias —susurró de nuevo, de corazón. Sus piernas, ya cansadas, no tardarían mucho en dejarle tirado, pero él se resistía abrazado a ella. Llevaba demasiados meses acostado en aquella cama y esa semana se había levantado un poco cada día solo para que el resto de su cuerpo no se le entumeciese de nuevo. Había aguantado todo aquel tiempo de pie y ya no podía más. Temblando, quiso separarse de ella, casi a punto de caerse.
—¡Sam! ¿Qué tienes?
—Yo...
—Ven, siéntate —le llevó hacia una de las butacas que había en el mirador. Él sonrió, acariciando sus manos, mientras miraba el cielo oscuro—. ¿No te han dado el alta, verdad?
El chico negó con la cabeza.
—Oh, Sam. Estás loco. ¿Te escapaste? ¿Como se te pudo ocurrir?
—Quería despedirme de ti.
—Podría haberte pasado cualquier cosa —Solo de pensarlo, el corazón de Mercedes se contrajo de angustia—. ¿Cómo llegaste aquí?
—Nathan y Laura Wilson me trajeron.
—¿Los Wilson? ¿Los has visto? —preguntó, recibiendo un sí por parte de él.
—Vinieron a visitarme —sonrió. No solo tenía que agradecerle a aquella gente que ambos siguiesen vivos sino también que él hubiese recuperado sus recuerdos perdidos. Aquella frase dirigida a su abuelo. Aquella frase había sido la que lo había desencadenado todo. "La protegí, abuelo".
—¿Cómo supiste que me iba? Yo... Le dije a Bobby que no te lo dijese.
—Me mandó un mensaje avisándome de que llegaba tarde. Que antes tenía que pasarse por el aeropuerto.
—Oh, Bobby... —No pensaba. Su hermano nunca pensaba en lo que hacía.
—Si no lo hubiese hecho, te habría perdido. No te enfades con él.
—No lo hago —Sam tenía razón. Le debía tanto a su hermano. Le debía su felicidad y él ni siquiera lo sabía. Seguramente ahora estaría preocupado por Sam sin saber dónde podría estar—. Es él quién se enfadará con nosotros. Ahora mismo se estará volviendo loco buscándote.
—Llámale —sonrió, soltando sus manos—. Dile que estoy con la mujer que amo y que va a ser tío.
—Eso ya lo sabe... Lo siento —se disculpó, cabizbaja—. Ya... ya lo saben todos.
Nuevas lágrimas mojaron sus mejillas al tiempo que ella le pedía perdón de nuevo. A Mercedes le dolía que él hubiera sido el último en enterarse, pero Sam negó con la cabeza, a la vez que sonreía.
—No lo ocultaste. Se lo dijiste... —susurró, emocionado. Significaba mucho para él que ella no hubiera guardado aquel secreto. Significaba demasiado. Ella iba a tener un bebé del chico que la había olvidado. Del hombre cuyo pasado jamás habría deseado para nadie. Y ella no se avergonzaba de ello. Sam vio como Mercedes, orgullosa, acariciaba con cariño su vientre y luego, buscaba su mano para que él también lo hiciese.
—Sé que serás el mejor padre del mundo, lo sé. Mi corazón me lo dice. Y él será el niño más querido y amado.
—Lo será. Te lo prometo, Merce.
No necesitaba que él se lo prometiese. No necesitaba que se lo jurase porque sabía que Sam amaría a su bebé con todo su corazón. Tanto como ella lo amaría a él durante el resto de su vida.
El chico volvió a besarla, sin soltar sus manos temblorosas. La besó de nuevo con una felicidad que no le cabía en el pecho.
—Tienes que llamar a tu hermano —le recordó entre besos.
—Sí...
—Tienes que llamarle o cuando me encuentre querrá matarme por haberle dado el mayor susto de la historia.
—Y entonces yo le mataré a él por hacerme infeliz el resto de mi vida.
Sam la miró fijamente, acariciando sus rasgos.
—Eres preciosa, Merce... ¿te lo dije alguna vez?
La chica negó con la cabeza, regalándole una sonrisa todavía más hermosa.
—No lo hiciste, pero tienes toda la vida por delante.
—Sí... La tengo —reconoció, acariciando sus mejillas y su cuello.
Tenía toda la vida por delante. Para amarla, para cuidarla. Para decirle lo hermosa que ella era. Lo más bonito de ese mundo que ambos compartían. Lo más bonito para él.
Era suya. Solo suya. Su mujer, la madre de sus hijos. Y él tenía toda la vida para vivirla a su lado. Toda. Por completo. Para Ella.
Fin.
¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado el final? :) Si RIB no nos dio su despedida en el aeropuerto, alguien tenía que escribirla. No es igual, pero yo me la he imaginado así durante mucho tiempo. Mis niños, pobrecillos :( Ahora tienen su final feliz, aunque sea en los fics. Bueno, ya me despido, muchas gracias por acompañarme hasta aquí y por dejarme ver vuestras opiniones. Llegamos a treinta y un reviews :D Muchas gracias, de verdad.
Ojalá nos veamos pronto.
Un beso muy fuerte
Syl
