Después de aquella complicada noche, los merodeadores, y ahora también Lily, habían tenido que inventar unas cuantas excusas para que nadie sospechara el porqué de sus golpes y ausencias a clase. Por su parte, Snape había hablado con el director y había acordado con él no decir nada sobre el secreto de Remus. No hace falta decir que a los cuatro amigos esto no les causó mucha gracia, pero tuvieron que creer en Dumbledore y en su palabra de que nadie se enteraría.

Sin embargo, lo más complicado de todo, especialmente para Sirius y Lily, fue mentirle a Annie. Todos confiaban en ella y la consideraban su amiga, pero era demasiado peligroso que alguien más supiera todo en lo que estaban metidos, sin dejar de mencionar que sería catastrófico si saliera a la luz la condición de Remus. Para su suerte, la slytherin parecía estar un poco ausente los últimos días y no puso demasiado empeño en curiosear sobre el origen de los golpes de sus amigos; solamente asintió ante las explicaciones y les deseo que se mejoren rápido.

Era miércoles por la mañana, y los merodeadores desayunaban como de costumbre en un extremo de la mesa de Gryffindor. Afuera caía una fuerte nevada y allí ellos se llenaban los estómagos con café caliente y tostadas para afrontar el largo día que tenían por delante. La parte buena de esa semana era que cada vez faltaba menos para las vacaciones de Navidad. Ese viernes sería el último día de clases del año y luego podrían descansar de las tareas y exámenes por un tiempo.

El correo de la mañana empezó a llegar traído por un centenar de rápidas lechuzas que se abalanzaban sobre las mesas, apoyándose algunas en los hombros de sus dueños y otras en las largas mesas de roble. Junto al grupo de jóvenes aterrizó un maravilloso ejemplar de color negro que depositó frente al plato de James un diminuto sobre color purpura, él lo abrió con desgano y empezó a leer. Al instante su rostro se transformó. Con una expresión seria y murmurando una frase rápida salió disparado hacia la mesa de los profesores.

Lily lo miraba desde la mitad de la mesa. No le interesaba en lo más mínimo la conversación que sus compañeras mantenían, y después de haber estado observando a James durante todo el desayuno, su actitud la había desconcertado. Vio como intercambiaba unas palabras con la profesora McGonagall y el profesor Dumbledore mientras pasaba una y otra vez la manopor su grueso cabello negro. Luego de unos segundos se acercó nuevamente a sus amigos para decirles algo apresuradamente, a lo que ellos respondieron con iguales expresiones de preocupación, e instantaneamente salió corriendo del Gran Comedor. Algo tenía que haber pasado.

Los merodeadores no aparecieron en clase durante toda la mañana, pero a la hora del almuerzo Lily finalmente consiguió tener un momento para hablar a solas con sus amigos, seguida de cerca por Annie quién también estaba intrigada por la repentina huida del joven.

-Chicos, al fin los encuentro. ¿Dónde han estado? ¿Qué pasó con James? –preguntó la pelirroja aún más preocupada al no ver a su amigo por ningún lado. Tenía un presentimiento extraño.

-Es su madre - susurró Sirius. Su mirada, entre preocupada y triste, no auguraba nada bueno – Esta muy enferma. El padre de James ha escrito para pedirle que vuelva a casa. Tiene miedo de que… no resista.

Un nudo enorme se formó en la garganta de la pelirroja, dejándola sin palabras. Pensó en James y automáticamente sintió unas irrefrenables ganas de abrazarlo y decirle que todo estaría bien. Últimamente sus pensamientos más profundos se empeñaban en hacerle sentir ese tipo de cosas, ella simplemente prefería ignorarlos, claro. Pero demás está decir que cada vez resultaba más complicado. Él era su amigo, a-m-i-g-o. Se lo repetiría las veces que fueran necesarias hasta que esos tontos pensamientos se fueran de su mente.

El viernes llegó finalmente y aún no había noticias provenientes de la casa de los Potter. Todos estaban muy preocupados por lo que le pudiera estar pasando a su amigo, sobre todo Sirius, quién aunque había conseguido rentar un pequeño apartamento en el centro de Londres durante el verano, había comunicado seriamente su decisión de volver a casa de su amigo para las fiestas.

-Creo que todos deberíamos ir – sentenció, incluyendo también a las dos chicas – James necesita que estemos con él en esto.

-También lo creo Canuto, pero quizás deberíamos sólo visitarlo… - le contestó con paciencia Remus, quién sentado dentro del compartimiento del tren comía con lentitud una rana de chocolate – Necesitan estar un poco solos también.

-Él tiene razón Sirius – Lily se acercó al aludido y lo reconforto acariciándole con ternura el brazo. Estaba de acuerdo con lo que planteaba el castaño, aunque también tuviera muchísimas ganas de acompañar a James en ese momento – Sabemos que los quieres mucho, y estoy segura de que ellos también lo saben. Pero necesitan intimidad.

-Está bien, está bien… - se rindió él sin ánimos para discutir más – Pero apenas llegué les escribiré para preguntarle si podemos ir mañana por la tarde. Aunque sea un rato.

Todos asintieron, aceptando que el chico no daría el brazo a torcer. Después de todo, también quería despedirse de aquella señora que lo había recibido cuando no tenía lugar a donde ir y lo había querido mucho más que su propia madre.

Al día siguiente, cerca del mediodía, Lily despertó sobresaltada con el sonido de una lechuza picando insistentemente el vidrio de la ventana de su cuarto. Atravesó, aún medio dormida, la distancia que la separaba del animal. Una ráfaga de preocupación y ansiedad se apoderó de ella al reconocer el oscuro plumaje del animal y se acercó rápidamente para quitarle el sobre que traía. Sus dedos temblorosos lo abrieron y pudo identificar la caligrafía desordenada de Sirius. Sólo una oración, breve y a la vez terrible.

"Dorea falleció hace pocas horas, mañana a primera hora se realizará el entierro. Sirius"

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El domingo amaneció gris y más frío de lo habitual. James se levantó demasiado temprano y aún bastante desorientado. Le tomó unos segundos recordar todo lo acontecido el día anterior, pero una vez que lo hizo sintió nuevamente ese peso enorme sobre su estomago, ese inevitable nudo en la garganta y quiso cerrar los ojos y dormirse otra vez. Quizás tenía suerte y era todo tan sólo un mal sueño.

Pero nada sucedió. Debía de continuar con la rutina, como si ese fuera un día más. Luego de un rato se levantó con lentitud y después de darse una breve ducha, bajo a la cocina para desayunar.

Sirius y su padre se encontraban allí, en silencio, ambos con rostros ojerosos y ausentes que no debían ser muy distintos al suyo propio. Su amigo pareció querer decirle algo, cuando lo vio entrar y sentarse junto a él, pero finalmente cerró la boca y continuó con la mirada perdida en su plato de huevos revueltos. Su padre en cambio pareció ni siquiera notar su presencia, bebía de a sorbos pequeños un poco de té y tenía sus manos sobre el periódico de esa mañana que sin dudas no tenía intención de leer. Era mejor así, James tampoco tenía muchas ganas de hablar con nadie.

No era un secreto que su madre estaba enferma, hace mucho tiempo que su salud empeoraba día a día. Pero nadie puede preparase para la muerte de un ser querido y aceptarla como algo natural de la vida. Era algo totalmente imposible no extrañar a alguien tan increíble como lo era su madre.

Sin que lo hubiera notado, sus ojos volvían a estar llenos de lágrimas. Intentó en vano ocultarlo, ya que su amigo estaba bastante atento a todos sus movimientos e instantáneamente había apoyado vacilante la mano en su hombro, intentando reconfortarlo. Sirius lucía una de esas sonrisas que se usan cuando ya no hay nada más que se pueda decir. En momentos como ese, efectivamente, no existía palabra alguna que pudiera devolverle a James algo de alegría.

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Un numeroso grupo de personas se encontraban paradas alrededor de un féretro de lustrosa madera, el cementerio de aquel poblado muggle sólo por ese día había sido invadido por una cantidad inusitada de magos provenientes de todo el país. Sirius se encontraba apoyado contra un árbol, a lo lejos, observando todo bastante indiferente. A él también le dolía terriblemente tener que despedirse de aquella, su madre del corazón, como le gustaba llamarla; pero lo que más le preocupaba de toda aquella situación era su amigo, James no había querido hablar con él ni con nadie desde el día anterior y aunque lo entendía, tenía miedo de que sus esfuerzos por ayudarlo fueran en vano. La verdad es que no sabía que decir ni que hacer, no sabía cómo hacerlo sentir mejor ni cómo ayudarlo a superar aquello. Observó a su amigo parado unos metros más lejos, cerca del féretro, con la mirada perdida en algún punto del horizonte y la expresión de quién no sabe que pasa a su alrededor. Contrariado y aún buscando dentro suyo una idea, algo que pudiera hacer por él, vio acercarse desde la entrada del cementerio a un grupo de personas de su misma edad. La figura de una chica pelirroja, andando con rapidez entre el tumulto de gente, fue la que primero atravesó la distancia que los separaba y llegó junto a James, aunque cuando lo hizo se detuvo en seco detrás de él, sin que pudiera verla. Lo miró durante largos segundos, con una expresión algo extraña, como indecisa. Luego pareció tomar coraje y se acercó aún más a él, parándose a su lado. Sirius no supo en qué momento exacto sucedió, pero cuando volvió a mirarlos sólo unos segundos más tarde vio sus manos fuertemente entrelazadas, y lo que hace unos momentos parecía imposible, una sonrisa en el rostro de James.

Perdido en sus cavilaciones y sin ganas de recibir más condolencias, James no le había prestado ni la más mínima atención a la persona que se había parado a su lado. Sólo cuando sintió el contacto con su piel suave y fría se dio vuelta a observarla. Ella lo miraba directamente a los ojos y sin sonrojarse. Perdiendo el miedo apretó con más fuerza su mano y logró sacarle una pequeña sonrisa. Un calor inusual para la época invadió su cuerpo al ver como sus ojos verdes brillaban al mirarlo, y por un breve momento olvido todo lo demás. Mirándola y sintiéndola, en ese momento, tan cerca de él no pudo evitar pensar en lo fácil que sería ser feliz a su lado.

Por primera vez, después de todo lo que había sucedido en esos días, una débil pero verdadera sonrisa asomó por los labios del pelinegro.

Definitivamente, en momentos como esos, las palabras sobraban.

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Habían pasado ya varios días desde aquel domingo, y esa tarde el grupo de amigos se había reunido en casa de James. El aroma a vainilla y coco, proveniente de la cocina, había empezado a inundar de a poco la sala en la que estaban reunidos tomando el té. El ambiente allí adentro era cálido, producto del fuego que ardía en la gran chimenea de piedra, y los grandes sillones rojos en los que estaban sentados eran el lugar perfecto para pasar una tarde de tormenta como aquella.

Después de un rato, una elfina pequeña y arrugada apareció en el lugar cargando una bandeja plateada llenas de pequeños pastelitos que depositó en la mesa que tenían enfrente, para luego de una pomposa reverencia, retirarse. Todos se abalanzaron hambrientos sobre los bocadillos, algunos aún antes de que la elfina se hubiera retirado, menos James. A decir verdad, hacía ya un rato que no emitía palabra y aunque reía ocasionalmente con los chistes de sus amigos se lo veía apagado, como distante. Lily había intentado hablar con él después del entierro de su madre, con el objetivo de distraerlo un poco, pero no había conseguido mucho. Él sólo se empeñaba en repetir que estaba bien, y que solamente necesitaba estar solo.

Faltaban sólo un par de días para navidad y en ese momento la conversación se centraba en los regalos que Sirius esperaba recibir, o más bien, en los regalos que quería que sus amigos se encargaran de darle; como era de suponerse los favoritos eran los artículos de broma y todo lo relacionado con el quidditch. Peter y Annie concordaron con él en esa última categoría, al parecer todos estaban ansiosos por obtener la nueva camiseta de la selección británica.

La única que parecía no estar prestando demasiada atención al tema era Lily. Últimamente estaba teniendo problemas para lograr concentrarse en ese tipo de conversaciones, que a decir verdad, no eran de su interés. En ese momento sólo podía pensar en James. Quería hacer algo para que esa Navidad no fuera tan triste para él.

¡Diablos! Pensó para sus adentros. ¿Por qué se preocupaba tanto por él? Es verdad, era quién más necesitaba de apoyo en ese momento, pero sus pensamientos iban más allá de eso. Quería protegerlo, no quería seguir viéndolo así.

De pronto, el pelinegro se levantó de un salto del sillón donde estaba recostado y salió con rapidez de la sala, dejando a sus amigos mudos. Todos se mantuvieron estáticos en su lugar, sorprendidos por esa actitud, pensando para sus adentro si la conversación era lo que había provocado la reacción.

-Yo iré – dijo entonces la pelirroja con firmeza levantándose y siguiendo los pasos de James. No sabía exactamente que iba a decirle, pero no iba a soportar mucho más tiempo sin hacer nada.

Sigilosamente recorrió el angosto pasillo que separaba las habitaciones de la planta baja hasta llegar a la última puerta que se encontraba semiabierta. Varias estanterías repletas de libros y extraños artefactos desconocidos para ella cubrían las paredes del lugar, en el suelo una impecable alfombra color azul marino se extendía por toda la habitación, y sobre ella un gran libro abierto de par en par y repleto de fotos estaba siendo observado por un joven pelinegro que ya no podía ocultar sus lágrimas tras sus redondeados anteojos. Ella abrió con cuidado la puerta y entró al lugar haciendo que se sobresaltara con el ruido de sus pasos, levantó la cabeza levemente para mirarla y volvió a bajarla, con algo de vergüenza seco sus ojos y se limpió el rostro lo mejor que pudo.

Lily puso una mano en su hombro, dándole un leve apretón, y se sentó junto a él en el suelo. Un poco dudosa preguntó si podía tomar el libro, a lo que él asintió. La tapa era gruesa y tenía unas inscripciones doradas sobre ella, dentro había no sólo fotos sino también cartas, tarjetas y demás recuerdos de los Potter. La pelirroja pasó página tras página del libro, observando las muestras claras del amor que había en esa pequeña familia, y no pudo evitar sonreír con ternura al encontrarse una foto de un niño pequeño y flacucho cubierto de un líquido viscoso y verde. Le faltan un par de dientes delanteros pero aún así, su sonrisa era preciosa.

-Desde pequeño ya eras todo un merodeador - bromeó ella levantando la vista para mirar a James. Una pequeña sonrisa asomó en sus labios y eso hizo que algo dentro de ella la felicitara por haberse decidido a seguirlo hasta allí. – Eras adorable.

-¿Era? Que mala eres Lily – claro que eso era mentira, pensó ella, la mirada de niño pequeño y el pucherito que estaba poniendo en ese momento también eran sumamente adorables. Pero no estaba dispuesta a admitirlo. Sólo sonrió y le dio un golpe suave en la cabeza, despeinándolo un poco más.

-Todos queremos verte así James, sonriendo. Espero que sepas eso – ahora que tenía la atención del chico pretendía intentar hablar con él seriamente y dejar en claro que todos estaban ahí para ayudarlo a pasar ese momento horrible, quería convencerlo de que confiara en ellos.

-Gracias Lily, sé bien que en mi vida jamás me faltarán amigos verdaderos y estoy muy agradecido por ello. Pero no puedo evitar sentirme triste y sobre todo, solo. – la mirada de James había vuelto a nublarse y el tono de su voz transmitía una desesperanza que ella nunca había oído en él.

-Nunca estarás solo James. Tienes a tu padre, y nos tienes a todos nosotros – no supo porque pero el nombrar al Sr. Potter sólo logró empeorar las cosas, él cerró los ojos con fuerza por un momento y se frotó con desesperación el rostro.

-Mi padre tiene la misma enfermedad que tenía mi madre – soltó con un hilo de voz luego de un rato y al notar que su reacción había sorprendido a Lily – No sé cuánto tiempo le queda, pero no es mucho seguramente.

La pelirroja quedó muda. ¿Qué se supone que debía decir en una situación como aquella? No tenía idea de cómo hacerlo sentir mejor. Es más, le sorprendía que aún después de haberle confesado aquello él siguiera tan entero. Si fuera ella, hacía rato habría empezado a llorar.

-Hace tiempo tengo asumido que mis padres no vivirían demasiado, ellos me tuvieron siendo ya bastante mayores. Pero pensé que por lo menos… - James no terminó la oración, simplemente volvió a concentrarse en sus pensamientos y pareció olvidar que no estaba solo en aquella habitación. Tenía su espalda apoyada contra una de las estanterías, su mirada perdida fija en el suelo y con la mano derecha se rascaba distraídamente la nuca. Debajo de sus hinchados ojos se extendían unas gruesas ojeras, muestra de la falta de sueño que había experimentado en los últimos días, mientras que su cabello negro y revuelto parecía algo más descuidado que de costumbre.

La imagen que Lily tenía frente a sus ojos era realmente algo que unos meses atrás no hubiera podido imaginar, el siempre alegre y vivaz James Potter, ahora tan indefenso y herido era algo realmente extraño. Había que aclarar además que ella no era nada buena con las palabras, por eso, ante la duda de cómo tratar a ese James, decidió que lo mejor era simplemente demostrarle que no estaba solo. Así fue como por segunda vez en esa semana se acercó a él y sentándose a su lado le tomó la mano.

Él, nuevamente se vio sorprendido por aquel gesto, pero esta vez rápidamente reaccionó y apretó la delicada mano de ella entre sus dedos. La miró durante unos segundos y vio como la blanca piel de sus mejillas comenzaba a ponerse un tanto colorada, aún así ella tenía fijos sus hermosos ojos verdes en él. En su cabeza no podía imaginar algo más hermoso. Hermoso e imposible.

Durante todos esos días ella le había dejado en claro muchas cosas, que lo quería era una de ellas sí, pero desgraciadamente sólo como a un amigo. No es que se lo hubiera dicho de frente, pero lo intuía. Lo trataba como a un niño pequeño que necesita cuidado, y aunque eso le gustaba, hubiera preferido que justamente fuera ella quién lo tratara distinto. Como a un hombre. Un hombre que quería cuidarla y sobre todo, amarla.

Sin previo aviso James rompió el contacto y esquivo la mirada de la pelirroja, parándose de golpe. Ante el desconcierto de la chica, camino hasta el otro lado de la habitación y se sentó sobre el brazo de un pequeño sillón negro. Apoyó con pesar su cabeza contra la pared que tenía detrás y la observó con una mezcla de enojo y resignación.

-¿Qué pasa James? – preguntó ella extrañada por su actitud, no entendía que le había hecho para que la mirara así. Se sentía atravesada por esa mirada fulminante, se sentía expuesta, desnuda frente a esos ojos que la observaban como si fuera la culpable del peor de los crímenes.

-Nada, nada… - suspiró él sin apartar sus ojos de ella – Es sólo que… No sé, realmente me hubiera gustado que mi madre hubiera vivido para vernos juntos. Pero no creo que nadie llegue a ver nunca eso.

Lily abrió sus grandes ojos esmeraldas como dos platos. No se esperaba eso. Es decir, sabía que James había estado tras ella durante varios años pero pensó que eso ya había quedado atrás.

-Además – continuó él aparentemente un poco enfadado – Tu piensas que yo soy un inmaduro y no sé cuantas cosas más. ¡Vamos! Ni siquiera me soportas Lily. Odias mis bromas, mis travesuras…

-Eso no es cierto James – le cortó ella fríamente y aún desde el suelo mientras él caminaba encolerizado por toda la habitación.

-¡Claro que lo es! Vives diciéndome que soy demasiado infantil, demasiado irresponsable, blablablá…

-¿Blablablá? ¿Qué se supone que significa eso? – ya era tarde, ahora también Lily había estallado. Había abandonado su lugar sobre la mullida alfombra hace unos segundos y ahora miraba acusadoramente a su interlocutor, esperando una respuesta.

-No lo sé Lily… Siempre me hablas sin parar, diciéndome lo que debo hacer y lo que no, y sinceramente lo único que puedo hacer yo, es observarte. Sé que no es suficiente para ti, que buscas algo más que un tonto cómo yo, pero creo que lo único que me sale bien es eso. Mirarte. Y no me cansó jamás.

Lily abrió la boca intentando contestar, pero las últimas afirmaciones de James la dejaron inmóvil. Cerró la boca, contrariada, y por un momento se dedicó sólo a observarlo. Estaba parado frente a ella con una mano apoyada sobre el sillón y la otra agitándose en el aire. Seguía enumerando una tras otra las razones por las cuales ella jamás tendría nada con él. Sus ojos pequeños destellaban vivaces tras los lentes algo sucios y su cabeza se movía violentamente conforme las palabras salían por entre sus finos labios. Ella sonrío. Se veía muy lindo así, todo enojado.

-¿Y te ríes? Dime Lily, ¿Qué es tan gracioso? – él parecía aún más enojado que antes y la miraba con los ojos muy abiertos. Ella se acercó a él, aún sonriendo, y cuando estuvo a un par de centímetros de su cuerpo, se detuvo.

Parecía desencajado. Había dejado de hablar pero aún seguía cerca de ella, no se había movido ni un poco. Nunca habían estado tan cerca. Nunca antes ella había notado lo alto que era él, lo ancho que eran sus hombros, nunca había tenido el placer de sentir el aroma que desprendía su piel. Sintió que el corazón iba a salírsele del cuerpo en cualquier momento, pero aún así se acerco un par de centímetros más, hasta casi poder rozarlo. Cerró los ojos con fuerza y pudo sentir su respiración agitada sobre su rostro. Entonces, sin pensarlo ni dudarlo un segundo más, hizo exactamente lo que sentía que quería hacer en ese momento. Lo besó.

La calidez de un par de labios sobre otros, la sorpresa, el descubrimiento. Manos temerosas recorriendo con delicadeza la piel del otro, suspiros, sonrisas, mariposas en el estomago. Todo junto en un solo segundo. Un segundo perdido en el tiempo y en el universo, un segundo que sería solo de ellos por el resto de la eternidad.


¡Hola a todos! Aquí les traigo el capítulo número seis de esta historia, el cual me encantó escribir (descubrí que amo esta pareja), y espero que a ustedes también les guste. Lamentablemente no sé para cuando voy a poder tener el próximo, ya que se acercan los exámenes más importantes en lo que va del año y además estoy un poco falta de ideas. Así que sólo espero que tengan paciencia y no se olviden de esta historia.

¡Buen lunes! Saludos.