¡Hooola!
Ha pasado una eternidad xD Pero bueno, espero que os guste este capítulo. Es un poco de transición, pero va dibujando el régimen tal y cómo me lo he ido imaginando. Claro, porque tampoco es que haya demasiada información al respecto, ¿o sí?
Por otro lado, ¡muchas gracias a Victoire Black, Sorg-esp y a Alexander Malfoy Black por sus reviews. ¡Y a la señorita Escristora por darme algo más de información sobre el tema!
Una vida normal
II
El Hogar para niños especiales
(noviembre 1965)
Lo empujan suavemente para que entre. Bon-hwa mira a ambos lados, incómodo. No se parece nada a su antiguo Hogar. La puerta es alta y con barrotes y no tiene campo de atrás en el que jugar. Mira al hombre que lo ha llevado hasta allí. Está serio, muy serio. Tiene la boca tan apretada que forma una pequeña línea libre de labios. Es feo y tiene la cara cuadrada.
No se fía de él.
Dentro solo le espera una habitación antiséptica y amplia, de escasos muebles y paredes tan blancas que dan miedo. Del techo, la luz fluorescente se encarga de eliminar hasta la última sombra.
Dentro solo hay una mujer. Es mayor, bonita, y tiene el pelo muy bien peinado. La forma que tiene de sonreír hace que se acuerde de Su-bin.
Baja un poco la mirada, entristecido.
—¿Pero qué tenemos aquí? Vaya, que jovencito más apuesto.
La mujer se inclina hacia él y le pasa una mano por el hombro. Intentando reconfortarlo.
—Yo me encargo desde aquí —añade—. Hola Bon-hwa. Yo soy Ji-mi, pero puedes llamarme Madre. Todos me llaman así.
Asiente, porque realmente no sabe qué más puede hacer. Nota sus manos en sus brazos, su expresión amable y quiere creer.
—Tengo entendido que cuando te enfadas pasan cosas extrañas a tu alrededor. —Madre se incorpora y le coge de la mano—. Aquí te enseñaremos a controlarlo. Vas a ver cómo nos convertiremos pronto en grandes amigos.
Tira de él y Bon-hwa se deja llevar. Los pequeños tacones de Madre resuenan por todo el pasillo.
—Este es el pasillo en el que dormirás —explica deteniéndose frente a una puerta—. Mañana empezarás tus clases. Espero que te las tomes en serio, porque es nuestro deber con el Presidente y con Corea del Norte ser lo mejor que podamos.
Bon-hwa asiente torpemente. Claro que lo sabe. Es, en realidad, lo único que sabe con certeza.
—Hasta mañana, Bon-hwa.
Al entrar en el aula hay que coger una varita. Al salir, hay que dejarla. Es un acto mecánico, aprendido a lo largo de los años. El Hogar tiene unas normas muy rígidas sobre la magia y el comportamiento. Está prohibido usarla fuera de cualquier aula, por ejemplo. Y Madre siempre se entera de todo, así que… ¿cuál es el punto?
Mira fijamente a Jin-hu. Lo conoce desde siempre: tienen una edad similar y han pasado juntos por los mismos hogares. Son algo así como amigos. Mejores amigos. Y no entiende qué se le pasa por la cabeza cuando, intentando disimular, guarda una de las varitas en su bolsillo.
—¿Qué haces? —cuchichea intentando interponerse entre él y la puerta.
—Déjame en paz —le sisea apartándolo.
Bon-hwa sale detrás de él. No va a dejarlo estar tan fácilmente.
—Venga —le susurra agarrándolo del brazo—. No seas estúpido, ¿te compensa una semana de aislamiento por hacer un poco el tonto?
Jin-hu le mira. Tiene un brillo extraño en los ojos, que hace que le suelte.
—Estoy harto —le susurra acercándose un poco—. Estoy harto de que nos controlen, a pesar de que solo son normales. Bon-hwa, nosotros somos especiales. ¡Somos poderosos! No pueden controlarnos como si fuéramos sus juguetes.
Parpadea, sorprendido. ¿Cómo podía ser Jin-hu tan inocente? Esos pensamientos eran una desviación del Juche y, por lo tanto, mucho más peligrosos que salir del aula con los brazos cargados de varitas.
—Vamos, no digas eso.
—¡Si es verdad! —ruge dando un paso atrás—. Tú piénsalo. Párate a hacerlo un solo segundo. Olvida toda la mierda que nos han metido en la cabeza durante años.
—Vas a conseguir que…
—¿Que qué? Venga. Dilo.
Que te maten. Que te lleven a un campo de concentración. Que te corten la lengua para que no puedas envenenar la mente de otros con sus ideas antipatrióticas.
—El sistema no funciona mal —lo defiende—. Somos felices. Independientes. Fuertes.
Jin-hu parece a punto de pegarle un puñetazo. Simplemente aprieta los labios y estira las comisuras de su boca, como dibujando una sonrisa.
—El sistema nos asusta. Hace que desconfiemos los unos de los otros. Nos controla… Ahora mismo, ahora, el único que sabe lo que he hecho eres tú. ¿Vas a írselo a contar a la Vieja?
Bon-hwa siente un escalofrío cuando la oye mentar. Es una falta de respeto referirse a ella así. Es Madre y los cuida a todos. Se preocupa.
—No, por supuesto que no, pero…
Suena una campana, interrumpiéndolo, y Jin-hu bufa.
—Ahí lo tienes. —La señala—. Que tengas una buena hora del adoctrinamiento. Yo paso.
Por supuesto, Bon-hwa acude.
Está en su cuarto, estudiando. Es un cubículo pequeño, con una ventana, una cama, una cómoda y un escritorio. Es todo lo que necesita. Sobre la mesa tiene abierto un libro de ejercicios de japonés (y Bon-hwa odia tener que hacerlo. El japonés es una lengua horrible hablada por un pueblo horrible) que rellena parsimoniosamente con su lápiz.
Está a punto de salir de allí. Ha hablado de ello alguna vez con Madre: ha alcanzado el nivel óptimo para servir al Estado. Lleva estudiando idiomas prácticamente desde que entró allí. No lo escogió él. Madre creía que podría dársele bien.
Es verdad.
Termina de rellenar el último hueco de la hoja y suspira con cansancio.
—¡Soltadme! ¡Cabrones!
Bon-hwa siente que todo su cuerpo se paraliza. Se incorpora, sorprendido, y asoma la cabeza por su puerta. Sabe de quién es la voz, la reconocería siempre. Ve a Jin-hu, pataleando y retorciéndose. Dos hombres lo sujetan con fuerza por los brazos y lo arrastran fuera del aula.
En el pasillo, hay inconsciente un tercero.
Bon-hwa entorna los ojos y vuelve a entrar en su cuarto. Se lo advirtió: si te enfrentas al Régimen este acaba contigo.
Siempre.
Continuará.
