Capítulo I. Génesis.
Lentamente entró en conciencia. Una intensa luz ahora pretendía atravesar su retina, pero eso tan sólo le ocasionaba un terrible malestar. Se tomó de la cabeza parpadeando un par de veces antes de intentar recordar qué había pasado. ¡Cierto! Aquel vampiro, ¡había sido aquel vampiro! Gruñó sentándose dónde se encontraba antes de escuchar aquella molesta voz.
-Que tenemos aquí… ¡al fin despiertas! –y sólo hicieron falta esas palabras para darse cuenta que Shinra estaba gritando casi en su oído.
- Que demonios… -y fue entonces cuando pudo notar que estaba aún en esa destruida iglesia, recostado en uno de los bancos y Celty estaba a unos pasos de él. Se acercó con tranquilidad inclinando aquel libro y mostrándoselo para que pudiese leerlo.
-Me preocupé por ustedes dos y vine a buscarlos, tan sólo te encontré inconsciente en el piso –e hizo un ademán de alivio.
- Debes agradecer a Celty que me dijo que estarían aquí –sonrió Shinra intentando examinar las heridas del rubio. Este tan sólo se levantó alejando al molesto hechicero y empazando a buscar su lanza.
-¿Dónde está Izaya?
-Cuando llegamos no había nadie más que tú aquí –respondió de inmediato el pelinegro arreglándose los lentes –. Sabes cómo es él, ya debe estar lejos.
-Exactamente porque sé cómo es él, no debe estar muy lejos. Me marcho –y cargando su lanza giró para ir a la salida de ese lugar, más Celty se interpuso en su camino.
-Acabas de reaccionar, ven a casa a descansar un poco y luego ve por él si así lo deseas.
-No tengo tiempo para eso –y antes de poder decir algo más el de lentes interrumpió.
-No has comido nada en todo este tiempo, ven por algo de comer Shizuo-kun~ -sonrió el pelinegro sabiendo muy bien que el rubio en ese momento podría devorar una res –, uno siempre tiene que renovar energías, no has de toparte con Izaya-kun y que te deje inconsciente de nuevo –y ante ese último comentario Shizuo lo tomó de la camisa.
-¡Sólo le doy algo de ventaja! –refunfuñó y empezó a caminar sin importarle los demás. Una vez en la puerta tan sólo dijo –Está bien, vamos por algo de comer… -y siguió caminando sin detenerse o dar vuelta, sabía que la cabaña de ese hechicero tenía que estar cerca y ahora que lo pensaba bien, era cierto que tenía hambre.
Shinra se acercó a Celty hablando con tranquilidad mientras veía como Shizuo tomaba la delantera.
- Sé que ayer tú le dijiste a Shizuo-kun dónde estaba Izaya-kun, ¿acaso quieres que se maten antes de tiempo? Un día más e Izaya podrá hacer lo que quiera con la verdad.
-Izaya tiene sus motivos, Shinra –y empezó a caminar intentando alcanzar a su amigo.
-Vaya, vaya, ¿cuándo Celty dejará de ser tan encantadora y esos dos unos niños? –Rió el pelinegro –¡Celty querida, no me dejes aquí! –terminó diciendo antes de seguirla rápidamente.
-o-o-o-o-o-o-
Se derrumbó en una esquina. Ese horrible y poco acogedor lugar había sido el único en el que había podido refugiarse antes del amanecer. Suspiró mirando el techo de esa vieja choza y luego examinando todo el lugar una vez más. A decir verdad, no había mucho. Seguramente alguna vez le había pertenecido a algunos granjeros que por algún motivo la habían dejado abandonada. Estaba vacía, sucia y llena de polvo. Ah, como odiaba el polvo y los horribles insectos que se ocultaban en este.
Se apoyó por completo en esa recóndita esquina observando por varios minutos aquellos rayos de luz que se escurrían por la grietas de la gastada madera. Recordaba su calidez, recordaba lo agradable que era que esos rayos de luz acariciaran su piel y si bien él nunca había sido gran fanático del sol, realmente debía admitir que en algunos momentos extrañaba el poder estaba bajo el. ¿Cuántos habían sido? ¿Sesenta? ¿Setenta? Realmente no importaba, pues el tiempo había dejado de importarle desde que había ocurrido aquella tragedia, pues sería ridículo el contar sus días de aquel agonizante dolor.
Tocó su pecho en busca de su única pertenencia: Un dije. Era una curiosa esfera de plata tallada con extraños símbolos que nunca terminó de entender y la cual podía abrirla. Allí dentro yacían sus memorias. Aunque tan sólo era un recordatorio de que en algún momento había conocido la felicidad, muy efímera, pero había existido en su tenebrosa existencia.
Sonrió al abrirla observando lo que había dentro. Su más grande tesoro sin lugar a dudas. Sonrió a aquel rostro de papel palpando con los dedos ese dije para después devolverla a su lugar cerrando los ojos y dando un gran suspiro. Estaba sediento… demasiado sediento y podía oler aquel líquido carmesí en las cercanías. Sabía que muy cerca de allí estaba un pueblo que en los últimos años había crecido colosalmente y no faltaría alguna alma aventurera que estaría en los alrededores. Quizá podría entrar a algún hogar cercano y tener una merienda, pensó antes de oír unas voces a lo lejos para después desistir de su idea. No podía moverse y su abdomen ahora le dolía infernalmente.
Se levantó esquivando todo rayo de sol que se infiltraba por ese destrozado techo buscando algún viejo trapo que seguramente tendría la suerte de encontrar. Se dirigió a otra habitación y ¡bingo! allí habían telas abandonadas. Con molestia tomó la más limpia que pudiese encontrar y la rompió formando algo que le ayudaría a detener esa incurable hemorragia. Con molestia se quitó la chaqueta y con cuidado dejó ver aquella dolorosa herida a un lado de su abdomen, profunda y perfectamente realizada y sin posibilidad de mejorar. Dejó aún lado las vendas ensangrentadas y con fuerza colocó aquellas que ahora le servirían. Sí, era un martirio vivir así. Pero quizá ese sería su castigo por haber probado el elixir más delicioso, aquel momento efímero de felicidad.
Se volteó tomando la chaqueta planeando retornar a aquella oscura esquina que le serviría de lecho hasta la noche, pero en contra de lo previsto, la puerta de ese lugar se abrió estruendosamente. Izaya afiló la mirada sin gana alguna de huir u ocular su naturaleza. Si en ese momento escuchaba gritos, tan sólo bastaría con silenciar a aquellos seres sumergiéndolos en un eterno sueño.
Unos orbes cafés se habían topado con los suyos. Curiosos y misteriosos. Y justo detrás de aquella mirada una voz se oyó dejando a los pocos segundos ver a otro niño que también se asomaba con cautela.
-¿¡Qué estás haciendo!?-oyó de aquel segundo niño que había aparecido allí y que de inmediato había dirigido su mirada a él.
-Estás herido –dijo el niño pelinegro observando sus prendas que estaban manchadas de sangre.
-¿Sus padres no les han dicho que jugar por estos lados es muy peligroso? –respondió Izaya restándole importancia a aquel comentario.
-¿Quién eres? –preguntaron entonces y el niño de los orbes dorados se acercó a él intentando alcanzar a aquel ser quien tan sólo dio unos pasos atrás.
-Alguien de quien sería mejor no recordar el nombre. Alguien que no les conviene molestar. Ahora mejor váyanse –y pretendió dar la vuelta pero una vez más oyó unas palabras.
-Iremos a traer vendas. Esto es toda una aventura Mikado –sonrió el rubio observando al pelinegro.
-¿Eh? –y antes de reclamar algo aquel niño tan jovial había empezado a arrastrar lejos al pelinegro. Izaya suspiró. Tenía que irse de allí, pero el sol aún estaba alto o lo suficiente para retenerlo allí. Bufó sentándose en la esquina más oscura del lugar y volvió a observar el techo. Era un sentimiento familiar. Aunque ya habían pasado veinte años de aquel incidente que nunca imaginó lo perseguiría toda su vida. Rió para sí. Los niños siempre lo sorprendían y por eso los odiaba profundamente. Tan ingenuos, inocentes, tan puros… la pureza misma viviendo en un mundo catastrófico y al mismo tiempo eran los seres más crueles que podían existir y aquella crueldad siempre era la que más dolía.
Cerró los ojos y cuando estaba a punto de perder la conciencia, la puerta se abrió nuevamente dejando ver a aquellos dos pequeños niños que de inmediato se acercaron a él, descubriendo lo que habían logrado ocultar en sus bolsos.
-Mira, -dijo el rubio mostrando unas gasas y algo de alcohol –déjanos ayudarte. Mamá siempre dice que hay que ayudar al prójimo- Izaya los miró. Por un lado él no tenía salvación, por el otro, aquellos actos de misericordia que demostraban los humanos le parecían fascinantes y más provenientes de un par de chiquillos. Entonces decidió jugar un poco con ellos y sin más respondió.
-¿Trajeron eso sólo por mi?
-Así es.
-¿Cuáles son sus nombres? –preguntó el vampiro abriendo la camisa que traía con tranquilidad.
-Yo soy Masaomi –sonrió el pequeño rubio –Y este de aquí es Mikado –sonrió empujando al pelinegro. Izaya sonrió un poco y entonces empezó a quitarse los trapos que antes había usado. Si bien, esa herida no sanaría realmente, era interesante llamar la atención de un par de niños que intentaban hacer actos de caridad aleatorios ante personas que jamás se lo agradecerían realmente, o en todo caso, seres como él.
-¿Duele mucho? –preguntó el pelinegro acercándose un poco más. Izaya notó el interés de aquel chico, allí estaba aquella inocencia que él detestaba y antes de poder notarlo, aquellos delgados y suaves dedos se habían empezado a deslizar por el borde de aquella herida. Izaya se paralizó. Habían pasado años desde que alguien había tocado su cuerpo y ahora había bajado la guardia con un niño. Aquella terrible sensación de dolor mezclada con el cosquilleo del delicado toque era aquella sensación que se escurría entre sus recuerdos. Detuvo la mano con algo de fuerza mirando con desdén al pequeño muchacho que de inmediato se encogió ante el susto que ahora ocasionaba la presión sobre su brazo.
-L-lo siento –dijo asustado haciendo notar su error a Izaya, que de inmediato se tranquilizó y soltó el agarre.
-Es que, el tan sólo tocarla hace que el dolor sea muy intensó –se excusó el vampiro, realmente esa herida dolía infernalmente, pero hace tanto se había acostumbrado a ella que simplemente podía ignorar su existencia. Suspiró y luego los miró con una sonrisa -¿debo curarme yo o ustedes lo harán? –preguntó interesado. Mikado lo miró y armándose de valor empezó a limpiar la herida. Todo el alrededor estaba con sangre y cada vez que la miraba, le parecía más profunda. Terminó de limpiar y finalmente Izaya se puso aquella venda. Bueno, su acto de caridad a la humanidad también había concluido, el no devorar a esos niños y tratarlos con una falsa amabilidad había sido algo complicado, pero nada que no había hecho con anterioridad.
-¿Cómo te hiciste eso? –preguntó Masaomi. Izaya entonces observó por la ventana con atención intentando encontrar un horizonte, algo acababa de llamarle la atención. Sonrió para sí con ironía y recordando que aún estaba esos dos molestos seres allí regresó a aquella olvidada esquina y se sentó mirándolos después.
-Me caí de un árbol y una rama se incrustó en mi –sonrió divertido –soy algo descuidado –sonrió cerrando los ojos. Vaya mentira, debería empezar a mejorarlas, pensó.
-¿Eres un viajero? –volvió a preguntar el rubio -¿por qué no fuiste a un hospital? –El vampiro los miró. Siempre tan curiosos y desde que esos pequeños se convertían en sus adorables marionetas respondió.
-Soy un viajero, conozco muchos lugares. Y el motivo, simplemente no creí que se complicaría esta herida, pues cuando me la hice no dolía y además, ir a un hospital sería costoso y como viajero, debo ser cuidadoso con las monedas –mintió el pelinegro. ¿Dinero? Él podía tenerlo a montones, ¿si conocía muchos lugares?, ciertamente lo hacía, pero no por motivos turísticos –Niños, ¿no quieren dejar a este cansado viajero descansar? –y es que era la única excusa que se le ocurría para alejarlos.
Mikado lo miró y tomó del brazo a Masaomi –Señor, espero se reponga pronto –sonrió y empezó a caminar a la salida –no dude en buscarnos si algo desea.
-Aún no he terminado Mikado –refunfuñó Masaomi mientras era arrastrado por su amigo hasta la puerta y poniendo resistencia. Izaya afiló la mirada. Todo se complicaría, quizá… sí, sería perfecto. Por lo que dijo de inmediato- Ahora que lo pienso, antes de irse… ¿no quieren jugar algo conmigo?
Ambos niños lo miraron con interés y se voltearon a verlo. Izaya sonrió pidiéndoles que se acercaran a él. Lo hicieron de inmediato. El vampiro entonces se quitó el dije que traía en el cuello y lo extendió a ellos.
-Tomen esto… juguemos a los guardianes –y fue cuando aquellos niños observaron como un hermoso escarlata ahora pintaba las orbes de Izaya. Ambos sin poder moverse estaban encantados por ese hermoso color.
-Su deber será guardarlo hasta que yo lo quiera de regreso. No importa el precio… sus vidas son nada a comparación de esto –sonrío con arrogancia y siguió hablando –Nadie puede tenerlo ¿entienden? –y tomando el dije lo puso alrededor de Masaomi. Sonrió acariciando el rostro de sus hermosas marionetas y después se separó volviendo a su posición inicial. La orden ya había sido impuesta.
Cerró los ojos apoyándose en la pared y chasqueó los dedos.
–Señor, espero se reponga pronto –sonrió y empezó a caminar a la salida –no dude en buscarnos si algo desea.
-Aún no he terminado Mikado –refunfuñó Masaomi mientras era arrastrado por su amigo hasta la puerta y poniendo resistencia. Logró zafarse del agarre y regresando a Izaya metió sus manos en sus bolsillos extendiéndole después unos caramelos –No es mucho, ¡pero le aseguro que son deliciosos! Espero otro día pueda contarnos sus aventuras –sonrió Masaomi y se volteó corriendo hasta la puerta donde ya se encontraba Mikado –hasta pronto –dijeron en unísono antes de desaparecer por la puerta.
Observó los dulces que yacían en su mano y una misteriosa y extraña sonrisa se formó en sus labios. Los humanos… eran fascinantes. Rió pensando en cómo había ocurrido toda esa misteriosa situación y guardando aquellos dulces en su bolsillo. Suspiró observando el cielo con melancolía.
¿Por qué tenía que estar atado a no poder perderse en el horizonte donde nadie lo encontrase? ¿Por qué ese cazador debía encontrarlo justo en ese momento? ¿Era acaso un cruel destino? El que todos se volvieran a encontrar después de tanto tiempo en el mismo lugar. Pues seguramente así lo era y ahora debía poner el tablero a su favor. Ahora era cuando debía empezar a maquinar su siguiente plan y esta vez no habría error alguno.
-Te estoy esperando, maldita bruja –susurró al viento con tranquilidad sabiendo que pronto llegaría la tormenta. Dejó escapar un suspiro y terminó de sumergirse en sus más profundas pesadillas, ahora sin nada que perder.
-o-o-o-o-o-o-
Había comido con tranquilidad, había escuchado el parloteo de Shinra con tranquilidad y ahora, sentía como su cuerpo empezaba a arder en contra de lo predicho. ¿Qué demonios le había dado de tomar Shinra? Pues lo que en ese momento sentía no era el típico efecto del licor que él solía beber. Gruñó con fastidió y preguntó después.
-¿Qué es esto? –y levantó la botella enseñándoselas a Celty y Shinra que estaban delante de él.
-¿Eh? Pero si ya te lo dije, es una botella de licor que hice macerar desde hace algún tiempo. Es un muy buen licor Shizuo-kun. ¿Te hizo algo? –rió burlonamente el pelinegro tomando la botella y levantando los platos de aquella mesa. Después de todo habían logrado convencer a Shizuo de ir a comer con ellos y todo hasta ahora estaba siendo un éxito.
-Creo que no me siento bien –dijo y se levantó de la silla para dirigirse al sofá tendiéndose allí sin más. Celty lo acompañó.
-¿Te encuentras bien? –escribió enseñando después aquel libro.
-Se pasará en un momento –simplemente respondió y cerró los ojos. Eso no era un simple licor, estaba seguro de ello. Celty lo observó con curiosidad y después desvió la mirada a Shinra que alegremente terminaba de asear los trastos. Se acercó luego a él y mostró el libro a Shinra.
-¿No pusiste algo en la botella, verdad? – Shinra rió y tomando una pluma simplemente escribió.
-Quien sabe amada mía. Tal vez se me pasó algo. Hehehe –y sin despegarse de su sonrisa se acercó a Shizuo ante la furiosa mirada de Celty.
-Dime ¿Aún irás tras Izaya-kun? –sentándose en frente del nombrado y ante los silenciosos reclamos de Celty.
-Tengo que ir tras ese insecto. Hablando de eso… –e intentó sentarse apropiadamente en el lugar, pero simplemente su cuerpo no respondía – ¡¿Qué demonios?!
-Imaginé que dirías eso –rió Shinra –Ahora que lo pienso, tal vez el licor tenía un ligero sedante –y adoptó una pose pensativa.
-Q-qué ¡¿por qué?! –e intentó lanzarse ante ese hechicero pero simplemente su cuerpo no reaccionaba y cada vez el adormecimiento aumentaba.
- No puedo dejarte atrapar a Izaya-kun aún. No cuando ya está por aparecer aquella persona. Lo mejor sería que te quedes unos días aquí y luego vayas tras él. Él tan poco está en su mejor estado por ahora, imagino que si esperas un poco más, él estará lo suficientemente débil y podrás atraparlo con facilidad.
Celty se quedó observando a Shinra, había dicho más de lo que debía y ahora entraba un factor no esperado en la ecuación, pero antes de poder decirle algo volvió a oír.
-No quiero obligarte a quedarte aquí, ni mucho menos forzarte a algo pero espero seas lo suficientemente inteligente para saber qué hacer –sonrió Shinra observando a Shizuo.
-¿De qué demonios estás hablando? –dijo Shizuo intentando aún moverse.
- Pronto lo sabrás Shizuo-kun –sonrío nuevamente Shinra viendo como finalmente aquel sedante terminaba de hacer efecto y Shizuo caía tendido en el sofá sin más. Celty se acercó de inmediato y parándose delante Shinra le mostró aquel libro.
-¡No tenías que llegar tan lejos! ¡Él no sabe nada!
- Exactamente por eso no puedo dejar que interfiera, no me importan los demás, pero si tiene que ver contigo no puedo dejarlo pasar –dijo con determinación Shinra acercándose a Celty, pasando sus brazos por su delgada cintura y abrazándola con delicadeza –Se trata de ti… Te amo… -y se formó un sepulcral silencio en el lugar. Celty quiso separarse pero sabía que tenía razón. Dejó de luchar y tan sólo mostró aquel libro cuando Shinra se separó de ella.
-No podrás retenerlo aquí –y observó al rubio.
-No lo haré –sonrió Shinra dando la vuelta y acercándose a la ventana –Sabemos que vendrá por Izaya-kun, hace un par de días que se han estado realizando invocaciones, ya debe saber dónde está.
-¿Qué harás entonces?
-Tú lo harás.
-¡¿Eh?!
-Vamos, no será por mucho. El sedante lo tendrá así hasta mañana. Sólo debes darnos unas horas –y observó por la ventana –. En un par de horas más anochecerá, será una noche muy tranquila… pero tenemos que ser cautelosos. ¿Me ayudarás? ¿Ayudarás a Izaya-kun? El amanecer será el momento y sólo debes mantenerlo ocupado un rato. Nada habrá pasado después. Si ella no obtiene le respuesta que quiere terminará matándolo también, lo sabes.
-Shinra… que así sea entonces –respondió con resignación.
-Entonces alistemos todo, ya debe estar cerca.
-o-o-o-o-o-o-
Sonrió deteniéndose a observar el cielo. Los dioses se lo habían dicho, era el momento indicado para terminar con ese mounstruo. Sólo necesitaba algo de ingenio para hacerlo rápido, pero quería hacerlo sufrir, quería desgarrarlo, descuartizarlo y sólo después de que haya experimentado ese intenso dolor, dejarlo morir. Había esperado diez años para ese día.
-Cuando te entregue su cabeza… deberás ser sólo mío Shizuo -. Pues ahora no habría fallas. Ahora mataría despiadadamente a ese vampiro, era la única opción.
Continuará.
Un año después me inspiré para seguir esta cosa. Wells, ahora la historia ya está estructurada. No creo que sea tan larga, pero espero lo hayan disfrutado. No se preocupen, el Shizaya llegará pronto n3n. Gracias por leer!
