Hace mucho tiempo manché la hoja de un cuaderno con esto, hasta pequeños dibujos habitaban en los márgenes. Ahora las palabras se pegarán en la pantalla y los dibujos flotarán en la memoria. Este instante muestra una mañana, una de muchas otras, pero una en concreto.

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-Oh , no... Dios, Sherlock, otra vez no...-dijo Watson mientras miraba el interior del inocente frigorífico que había abierto sus puertas al pequeño monstruo de ojos azules sin pensar en las consecuencias.

Pequeños botes repletos de sangre se esparcían llenando su blanco interior, junto con otros tarros de cristal que tenían sumergidos cuerpos de procedencia y forma cuestionable. John se frotó los ojos aun medio dormido mientras una pequeña mueca de asco se reflejaba en su rostro. Y no era para menos: un pequeño rugido emitido por su estómago lo había levantado a las siete, obligándolo a ir a buscar algo con lo que satisfacer su hambre, pero en vez de jugosos platos de tortitas y café bien cargado, se encontraba con los restos de alguna pobre víctima de los experimentos de Holmes.

Cerró el frigorífico desganado recorriendo con la mirada la desordenada cocina. ¿Cómo se supone que iba a encontrar algo comestible entre folios y objetos que no podía identificar manchados con sustancias de colores tóxicos?

Vagó hacia la salita murmurando lo que parecían las memorias de una antigua y tranquila rutina, una que nunca tuvo, y los retazos perdidos de sus sueños de una vida calmada en el imponente Londres.

Se dejó caer en el sillón y un suspiro se escapó a la vez que se perdía en los "y si...". Dejó que la gravedad se adueñara de su cabeza y la apoyó sobre el respaldo mirando el techo con renovado interés, escuchando de fondo como afinaba la orquesta que se había acomodado en su estómago.

Sin previo aviso el causante del problema apareció por la puerta vistiendo una sábana que serpenteaba por su largo y esbelto cuerpo. El mencionado recorrió la estancia con una curiosa mirada hasta que sus azules ojos se posaron sobre John. Se acercó con movimientos elegantes aumentando la ira del doctor con cada paso, pero instantes antes de que pudiera emitir algún improperio, sus labios fueron sellados con un fresco y tierno beso del consultor, que tras unos segundos se separó con una sonrisa sentándose junto al sorprendido John.

-¿Y el desayuno?-murmuró Sherlock.

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"Oh rutina, dulce rutina, ¿quién demonios te quiere cerca teniendo a el revoltoso problema de pelo alborotado?", pensó John, "No creo que te eche de menos, los adjetivos aburrido y monótono no siguen a este hombre de ojos azules que prometió llevarme hasta los confines del universo en busca de aventuras.", agregó mientras dejaba la taza vacia sobre la mesa después de un extraño desayuno.