-Fan fic de " Slayers " by Isa. Todos los derechos de autor están reservados a Hajime Kanzaka y Rui Araizumi y Tokyo TV, SOFTX; los personajes y el contexto. El argumento y personajes muy secundarios, son míos. Comentarios y opiniones, al final de la obra.

Esta versión es ligeramente distinta a otras que circulan por la red; la historia es la misma pero se encuentra actualizada en cuanto a nombres de hechizos y objeto; gracias a QP/Diana y Toshiko por la información facilitada.^_^


= Capitulo: 2=

"Se abre un nuevo camino"

El día siguiente amaneció más animado que el anterior. La posibilidad de que, efectivamente, existiese una forma de resucitar a Amelia, había conseguido levantar el ánimo de todo el grupo, y de esa forma, por segunda vez consecutiva, Zelgadiss había reaccionado lo suficiente como para animarse a comer y beber con los demás, si bien aún no había dado ninguna explicación sobre cuáles eran sus intenciones para conseguirlo. No obstante Lina y Gaury estaban convencidos que parte de su cambio anímico, más que al hecho de poder haber descubierto una posible solución, se debía a que por fin se había decidido a dar rienda suelta a sus sentimientos. Y aunque él no había hablado con todos ellos, la verdad es que había acuerdo general de que la presencia de Melina también había tenido algo que ver, y aún más cuando la joven insistió en quedarse con ellos, al menos durante algún tiempo hasta que se aclarase totalmente la situación con su hermano: ya que conocía también a Amelia, intentar hacer algo por ayudar dentro de sus posibilidades. Aunque ninguno de ellos había considerado oportuno que Melina estuviese al tanto de los sentimientos de su hermano hacia la princesa, de hecho ella aún no sabía quién era realmente la chica que aquella tarde acogió en su casa de Atlas. En realidad Melina lo que encontraba difícil de creer es que aquella mujer de ojos azules, largo cabello negro y figura espectacular, que tan indecorosamente vestía, fuese su hermana mayor… aunque el parecido físico entre ambas era evidente.

No obstante el estado de ánimo de Naga también se volvió más alegre ante la idea de volver a la vera su hermanita lanzando peroratas sobre el Bien y la Justicia otra vez; pero la repentina aparición de esas dos era, cuanto menos, desconcertante. Gracias a las debidas explicaciones, Naga confirmó que la rubia era efectivamente, una ex –sacerdotisa (vete a saber por qué motivo) de Vrabazard, el Rey Dragón de Fuego, o sea, que procedía del exterior de la Barrera; y por lo que decía el resto del grupo, hacía apenas unos meses que se habían separado de ella... ¡Un momento; ahora que lo pensaba! ¿No se había organizado una expedición al Mundo Exterior comandado por su hermana cuando un dragón dorado atacó la flota de barcos cuando iban a zarpar? ¿Acaso Firia era ese dragón?... ¡Por Cephied!, eso quería decir que Amelia y los demás ya habían estado en el Mundo Exterior... y ella mientras tanto, haciendo el bobo en Sadgria. Aunque a estas alturas, poca importancia tenía a dónde hubiese estado ella en ese momento.

Pero también estaba la tal Melina, esa hermana pequeña de Zelgadiss... ¡Tenía bemoles que "ese" mago de tercera categoría tuviese una hermanita! ¡Y más aún que encima ella le hubiese buscado después de muchos años!... Pero por eso mismo prefirió no complicar las cosas.

De esa forma el grupo al completo se congregó en la nueva habitación de Shilfild que ahora compartía con Melina y Firia, quien tuvo que darle unas cuanta explicaciones a Melina cuando esta supo que su compañera de viaje era en realidad una dragona dorada.

El grupo se dispersó por el cuarto, con Melina en su cama y Shilfild junto a ella ansiosa de ignorar la pelea que estaba teniendo lugar entre Lina y Gaury desde el desayuno por un trozo de bizcocho con pasas. Mientras, Luna se situó en una posición central, Naga junto a la ventana y Zelgadiss se situaba en una discreta esquina. Pero el espectáculo ya estaba servido...

-¡Esa es mi comida! –bramaba Gaury.

-¡Anda ya; el bizcocho es mío! –negó Lina.

-¡Egoísta!

-¡Muerto de hambre!

El disputado bizcocho, llamado de la "vergüenza", había sobrado del desayuno y desde entonces se habían estado peleando por él ante la indiferencia del grupo... excepto Melina que los contemplaba estupefacta. Pero la paciencia de Luna tenía un límite; miró a Lina con exasperación, luego con un deje de tristeza y por último, suspiró con resignación.

-¡Lina, Gaury... dejaos de tonterías! –ordenó con firmeza.

Para ambos aquello fue más que suficiente para que se detuvieran; pero en realidad Luna no lo había dicho con tanta firmeza como solía ser, pero por experiencia, ya sabían a lo que se arriesgaban por contradecirla. Sin embargo fue Naga la primera en hablar.

- Firia, ¿qué es lo que has venido a hacer aquí? –preguntó gravemente desde la ventana.

-¡Oh, es verdad!... aún no os lo he dicho –exclamó. -Es por Vargaarv –explicó con una sonrisa.

-¿Vargaarv...? –preguntó Lina con cierta sorpresa. —¿Y para qué te lo has traído hasta aquí?

-Sí; aquí lo tengo. Mirad... –contestó la dragona sonriendo mientras apoyaba el cestito sobre sus rodillas. -Ahora que ya estáis todos juntos y no hay nadie cerca, os lo enseñaré –ofreció con satisfacción.

Los demás, incluidos Naga y Zelgadiss, se acercaron con curiosidad para ver al bebé dragón que tan celosamente había guardado durante tanto tiempo. Melina estaba desconcertada ante lo que veía: Firia descubrió las mantitas del canasto, y con exquisita ternura, extrajo de él... a una especie de lagartija de apenas medio metro de largo, ojos dorados y dorso plumoso cubierto de escamas negras de aspecto metálico.

-¡Oooooh, qué monada! –exclamó Shilfild llevándose los puños a la barbilla.

-¿¡Ese es... Vargaarv!? –exclamó Gaury asombrado mientras le señalaba con el dedo directamente al hocico. -¡AY! ¡Me ha mordido!

-Tened cuidado –advirtió la dragona. -Hace eso cada vez que alguien le apunta con el dedo.

-¿Por qué? –preguntó Lina. -¿Cree que es comida?

-No; es por Xeross –explicó Firia con un feo resoplido. -Se divertía molestándole de esa forma.

-¡No puedo creerlo! –exclamó Melina. -¿Es de verdad un dragón? Es la primera vez que veo uno... tan pequeño. Bueno, la verdad es la primera vez que veo un dragón –Melina no sabía qué pensar.

Firia no contestó al comentario y Naga alzó una ceja mirándolo con curiosidad.

-¿Es muy poderoso? –preguntó y Lina le dirigió una breve y molesta mirada.

-Eee... bueno... –comenzó a decir. -Todavía es muy pequeño como para demostrar todo su potencial.

-¡Ju! –exclamó la Serpiente echándose hacia atrás.

Zelgadiss extendió la mano con suavidad y acarició el emplumado dorso del dragoncito ante la tranquilidad de este; Melina le contempló recordando el don de su hermano postizo para contactar con los animales (*)… Aunque seguramente a Firia ni ningún otro dragón le hubiese gustado verse llamado así.

-Vargaarv... –anunció con suavidad. -Cuesta creer una vez nos trajeras tantos problemas y estuvieras a punto de destruir el mundo. –Firia y los demás le escucharon con cierta sorpresa hasta que el mago retiró la mano. -¿Qué es lo que quiere la Reina Dragón de Vargaarv, Firia? –preguntó por fin.

-No lo sé todavía –contestó en voz baja. -Lo único que sé es que el Rey Milgacia en persona vino a verme para decirme que lo llevara a su presencia.

-¿Milgacia? ¿Quién es ese...? –preguntó Naga confundida.

-Es el Rey de los Dragones Dorados del Norte –explicó Lina volviéndose hacia ella. -Nosotros le conocimos cuando buscábamos la Biblia Claire.

Naga parpadeó y a continuación hizo una mueca de disgusto: ya se había vuelto a perder otra cosa más, aunque ahora eso ya no tuviera mucho sentido.

-Firia, ¿no temes que Acqua quiera matarlo al igual que hicieron los dragones dorados del Este con su especie? –preguntó Zelgadiss con su habitual rudeza.

La dragona dio un bote al oírle y seguidamente dejó caer los hombros en actitud de derrota.

-No... No lo sé –contestó. -Tengo miedo de que así sea... Pero me anima pensar que si así fuera, Milgacia le habría matado ya cuando vino a verme: él es más poderoso que yo.

Los demás la miraron atentamente, aunque algunos ciertamente sin entender gran cosa: parecía como si la desgracia se cebara siempre en los mismos.

-¡Muy bien! –exclamó Naga de repente dando por concluido el tema. -Creo que todos estamos aquí para hablar de algo más que el destino de ese dragón –añadió con una mirada significativa a Zelgadiss que no ocultaba su rencor.

Firia abrazó al dragoncito y los demás se apartaron de él a la par que tomaban conciencia de que Zelgadiss tenía que dar alguna explicación sobre cómo hacer para resucitar a Amelia, pues tal y como había dicho Lina, él tenía la posible solución.

- Zel, ¿puedes decirnos qué pensabas hacer? –preguntó Lina con suavidad.

El mago se cruzó de brazos y su mirada se volvió tan grave como de costumbre.

-Yo no sé gran cosa de Magia Blanca –comenzó a decir, –Pero por lo que tengo entendido no se puede... usar el conjuro de "Resurrección" sobre alguien que ya lleva tiempo muerto –explicó mientras luchaba contra esa odiosa idea.- Al no ser que se sea extremadamente poderoso –concluyó con una mirada significativa a Firia y Shilfild.

-Sí, eso es así pero no totalmente. En principio ningún sacerdote puede resucitar a alguien; una vez que estás muerto, eso no se puede cambiar. Pero… –explicó la sacerdotisa del Hulagón. -Yo... yo no estoy segura… pero podría ser que alguien con el suficiente poder o que conozca la Magia Sagrada, pudiera... –explicó dejando la frase en el aire.

-¿Y quién sería esa persona? –preguntó Luna rompiendo el encanto. -No sé de ningún mago o sacerdote con unos conocimientos tan elevados... Y dudo mucho que los Reyes Dragones empleen su poder solo para resucitar a una joven humana –añadió con rudeza.

-Es verdad. La Magia Sagrada no sirve para resucitar a nadie, o por lo menos yo no he sabido de nadie que lo pudiera hacer, ni siquiera el Gran Anciano —explicó Firia.

-¿Y tú, Luna? –preguntó su hermana -¿No podrías hacerlo? Después de todo...

- ...Soy el Caballero de Cephied –añadió Luna con tranquilidad ante la exclamación de sombro de los demás, especialmente de Naga y Melina que la miraron gravemente. - No, ni aún así sería capaz de hacerlo... Yo no he practicado lo suficiente con la Magia Blanca y la parte de Cephied que habita en mí no me dota de ese tipo de capacidades, sino más bien para la lucha. Así que no puedo emplear todo mi poder con ese fin específico. Además, aunque pudiera, no sé si se me estaría permitido –explicó agachando la cabeza.

Naga gruñó.

-Entonces, ¿qué es lo que Zelgadiss pensaba hacer? –preguntó con un feo resoplido. —¿Por qué estás tan seguro sobre que haya un método para resucitar a los muertos?

Zelgadiss la miró durante un breve instante; Naga era incapaz de ocultar el rencor que seguía guardándole. Seguidamente se volvió hacia la pelirroja.

- Lina, ¿recuerdas por qué nos conocimos? –preguntó.

-¿¡Eh!?... Sí, claro- exclamó confundida. -Tú, siguiendo ordenes de Rezo, querías conseguir la Piedra de Sarvia, y entonces... –Lina comenzó a abrir los ojos según se iba dando cuenta de lo que Zelgadiss le quería decir, -¿¡Pretendes usar la Piedra de Sarvia!? -exclamó asombrada.

El mago la miró fijamente y asintió suavemente con la cabeza. Su expresión era completamente seria.

-¡Ooooh! ¡No puedo creerlo! –volvió a exclamar llevándose las manos a la cabeza. -¿¡Cómo!?

-No entiendo... –exclamó Gaury confundido mientras por fin daba buena cuenta del bizcocho con pasas. -¿Qué tiene de especial esa piedra? –preguntó.

Como de costumbre, Lina se tiró de los pelos.

-¡Gauryyyyy! –le sacudió, - ¿¡Es que nunca te enterarás de nada!?

Melina les miró sin entender menos aún; no sólo por el asunto de la piedra, sino en general de lo que estaban hablando. Lo único claro es que habían mentado a Rezo.

-¿La Piedra de Sarvia...? –preguntó Shilfild con suavidad. -¿Eso no es un tipo de amuleto mágico?

-Sí; así es... –explicó Luna asintiendo con la cabeza. -En apariencia es una piedra normal que parece un simple pedazo de carbón, pero en realidad se trata del más poderoso amplificador de cualquier tipo de magia que existe –explicó atrayendo la atención de todos los profanos y no tan profanos. -A decir verdad la mayoría de los magos y hechiceros no saben qué es exactamente, pero su teoría más conocida dice que en realidad es un pedacito de una de una de las estacas que sostienen los cuatro universos en medio del Mar del Caos. –Hizo una pausa, -…Todos ellos están equivocados: en realidad la Piedra de Sarvia es un parte de los amuletos que de Sangre de Demonio que mi hermana luce con tanto orgullo. –Lina gruñó para sus adentros. - …Creo que has tenido una buena idea, Zelgadiss –le felicitó con una suave sonrisa volviéndose hacia él.

-¿¡Cómo sabes tú todo eso!?-preguntó Lina a su hermana todavía molesta por sus calificativos. —A mí me llevó mucho trabajo descubrir la verdad sobre el origen de esa piedra.

Luna la miró ligeramente asombrada,

-Como Caballero de Cephied, tengo acceso a información privilegiada –anunció con petulancia. -Además, como uno de tus amuletos ya es inocuo, y tampoco han estado nunca completos, ahora no tienes tanto poder gracias a ellos como podrías.

Lina se molestó aún más tras el nuevo reproche de su hermana, pero aún tenía una duda:

-Los amuletos de Sangre de Demonio solo sirven para los conjuros destructivos, no magia blanca o sagrada… ¿Cómo podría usarse la Piedra de Sarvia para un conjuro de ese tipo de magia?

-Imagino que como ya no forma parte íntegra de ellos, el tipo de magia que se emplee en ella, ya no importa.

El hechicero-espadachín, tras escuchar atentamente la conversación, se volvió hacia las sacerdotisas con mirada interrogativa.

-No... No sé si funcionará –contestó Shilfild dubitativa. -No estoy muy relacionada con esos objetos mágicos.

-Yo creo que si deberíamos preguntarle a Acqua... Seguro que ella conoce la respuesta. –opinó Firia. -Se lo puedo decir cuando la vea.

-De acuerdo entonces, ya no hay nada más que hablar –afirmó Zelgadiss descruzándose de brazos y dándoles la espalda en dirección a la puerta. -Firia, sí piensas ir a ver a Acqua, cuando estés preparada para partir, avísame: te acompañaré al desierto de las Tablas –anunció en un tono que no dejaba lugar a discusiones.

-¡Un momento! –pidió Naga de repente atrayendo la atención de todos, -¡Creo que vais muy deprisa y os estáis olvidando de algo! –anunció. -¡Zelgadiss, la muerte de mi hermana es responsabilidad tuya más que de ningún otro! –explicó con rencor para sorpresa de Melina. -¡Y tú sabes que yo también estoy dispuesta a hacer lo que sea con tal de volver a verla! ¡Pero creo que no has pensado en cómo vas a encontrar la piedra!

Los demás parpadearon sorprendidos; no se les había ocurrido pensar en ese detalle. Y que fuera Naga quien lo señalara no era algo que cupiera esperar.

-Ya sé que suena raro lo que voy a decir, pero Naga tiene razón, Zel –opinó Lina. -No sabemos qué pasó al final con la piedra de Sarvia. Recuerda que Rezo me la arrancó literalmente de las manos y cuando le volvimos a ver... ya era Shabranygudú... ¡No sabemos qué pasó con ella! –Zelgadiss se giró hacia ella con los ojos abiertos por el desconcierto. -¡No sabemos si Rezo se la tragó, la destruyó o el qué!

Todos enmudecieron.

-¡Estupendo! ¡Es un fracaso desde el principio! –gruñó Naga ocultando su dolor y rencor.

Firia guardó al pequeño Vargaarv, que ya se había vuelto a dormir, en el canastito mientras meditaba otra opción.

-¿Y por qué no la buscáis en el lugar donde Rezo la utilizó para resucitar a Shabranygudú? –aventuró. -Además, podemos preguntarle a la Reina Dragón si sigue existiendo. Ella puede saberlo mejor que nadie.

Todos parpadearon sorprendidos por la simplicidad de esa idea y luego sonrieron abiertamente.

-¡Buena idea, Firia! –felicitó Lina y se acercó a Naga -...Creo que todos nosotros estamos de acuerdo en que haremos lo posible por que tu hermana vuelva a la vida, Naga... Todos queremos que sea así y haremos lo posible porque ocurra –le dijo con total sinceridad.

Naga la miró largamente y esbozó una suave sonrisa de gratitud, algo que Lina en rara ocasión había tenido la oportunidad que ella se la ofreciese: tal vez ya iba siendo hora de aparcar sus diferencias.

Por su parte Gaury se acercó a Zelgadiss, que estaba hablando con Firia sobre cómo irían al desierto, y apoyó la mano encima de su hombro ahora de carne y hueso.

-Zelgadiss; puedes contar conmigo y con todos los demás para resucitar a Amelia –le dijo con convicción. -Lo conseguiremos.

El mago le miró con cierta confusión y luego esbozó una suave sonrisa de gratitud. Gaury sabía que era difícil que él hiciese algo así, y que si lo hacía, era porque lo sentía profundamente.

-Gracias, Gaury... –dijo y el espadachín asintió.

Entonces el mago volvió a girarse hacia la puerta y abandonó la habitación en silencio deseoso de despejarse un poco mientras Melina y Naga le observaron marchar por distintas razones.


Zelgadiss se dirigió a su cuarto donde se arregló sus escuetas ropas ciñéndose el cinturón con la espada, que ahora parecía más pesada, a la cintura; se enfundó los mitones en sus manos ahora de carne y se echó la capa sobre los hombros anudándose el lazo de seda y la joya roja de su pecho, para luego cubrirse la cabeza con la capucha. Pretendía salir un rato a la calle y darse una vuelta para despejar las ideas mientras que Firia se preparaba. Después de todo llevaba cuatro días encerrado en la posada.

Cuando salió al patio de la posada se encontró con un cielo nublado y el suelo cubierto por la nueve que no se había alcanzado a derretir por la sal y donde las gallinas que picoteaban aquí y allá... Y a su hermana Melina esperándole.

-¿Qué haces aquí? –preguntó bajo su capucha.

-Quería hablar contigo antes de que te fueras con Firia a ese desierto... –explicó mientras le acompañaba a la salida.

-¿Hablar? –preguntó secamente -¿Qué es lo que quieres saber ahora otra vez?

En ese momento ambos salieron a la calle donde les asaltó un gran número de carros de caballos de grandes cascos que arrastraban estrepitosamente carros cargados de mercancías sobre los húmedos adoquines amenazando con resbalar; mientras que los vendedores pregonaban sus mercancías a voces desde los soportales de la Plaza Mayor deseando ser abordados por gentes deseosas de comprar las cosas que ellos les ofrecían: no había duda, era día de mercado en Vezendy. Aquella multitud hizo que Zelgadiss instintivamente se alzase el embozo para cubrirse la cara, pero la mano de Melina le detuvo.

-Ya no es necesario que hagas eso –le dijo descubriéndole la cara. -Recuerda que vuelves a ser humano y la gente ya no se asustará al verte... –explicó bajándole también la capucha.

Zelgadiss la miró confundido durante unos instantes al ir comprendiendo a lo que su hermana se refería. Era cierto, ya no tendría que envolverse en su capa y cubrirse la cabeza para que no le descubriesen o la gente se asustase al verle porque ahora volvía a ser totalmente humano, de igual forma que el diseño de sus ropas ya no tenía razón de ser, sobre todo cuando descubrió de repente que sus ropas no era tan eficaces contra el frío como antes.

Entonces, por primera vez en años, Zelgadiss se encontró con el rostro totalmente descubierto en medio de la Plaza Mayor de una gran ciudad en un día de mercado.

-¿Lo ves...? ¿Ves cómo ya no pasa nada? –le dijo con suavidad.

El mago miró a su alrededor con fundido por esa novedosa situación; se sentía extraño al ver que nadie se asustaba al verle o empezaba a gritar asustados que el "Guerreo Oscuro" estaba allí... Era algo que le emocionaba y al mismo tiempo le entristecía al pensar en el precio que había pagado por ello. En ese momento tres jovencitas, apenas unas adolescentes de unos 12 ó 13 años se pararon y le miraron con mal disimulo

-¡Qué guapo...! –se dijeron entre sí con risitas ahogadas.

Zelgadiss las oyó y gruñó con rabia.

-¡Estúpidas! –exclamó volviendo a echarse la capucha sobre la cabeza. - ¡... Antes era un monstruo sanguinario y ahora solo soy un mago joven y guapo que se pasea por una ciudad! –dijo como si lo escupiera.

Melina miró a su hermano durante unos instantes al ir comprendiendo su frustración, y suspiró bajando la cabeza; entonces reparó en la pulsera con la bola azul que su hermano llevaba casi escondida en la muñeca izquierda. ¿Por qué...?

-¿Qué es lo que querías, Melina? –preguntó de repente, sacándola de su divagaciones.

-¿Eh?... Pues, la verdad es que quería saber qué piensas hacer ahora –explicó.

Zelgadiss arqueó una ceja mirándola de reojo; en cierto modo se sentía igual que Naga respecto a Amelia y eso no podía ignorarlo... con la diferencia de que Naga amaba a su hermanita y él odia a todos sus parientes, hasta ahora que esa vasalla había vuelto a aparecer en su vida dispuesta a hacer las paces con él. Se sentía agobiado por su presencia, no, más que eso, confundido; no sabía qué hacer con ella. Su experiencia con Diana MacStar tampoco le aportaba ninguna solución.

Aunque si tenía claras sus intenciones inmediatas.

-Me dedicaré a hacer todo lo posible por resucitar a Amelia... Yo y todos los demás –contestó gravemente.

Melina parpadeó.

-¡Vaya! –exclamó asombrada. -Todos vosotros debíais apreciarla mucho para intentar conseguir algo así; no habéis parado de hablar de otra cosa desde que llegué aquí. –Hizo una pausa -Pero tú... tengo miedo por ti, Zel.

-¿Miedo? ¿Miedo de que me obsesione por resucitarla de la misma forma que me obsesioné por ser fuerte? –adivinó esbozando una cínica sonrisa. -Sí, yo también si quieres saberlo... Pero esta vez los motivos son más importantes. -Melina le miró confundida. -Yo amaba a esa chica y ella murió por mi culpa.

Era tremendo; lo dijo con tanta frialdad y pragmatismo que no tuvo ánimo ni para reaccionar aun comprendiendo entonces porqué Naga parecía odiarle tanto; no pudo más que agachar la cabeza mientras él se adentraba en la multitud del mercado siendo ignorado por el populacho.


Una vez solo Zelgadiss se dedicó a examinar con cierto desconcierto las mercancías expuestas en los puestos del mercadillo, especialmente los puestos de retales y ropas que pregonaban los comerciantes de los gremios de sastres y costureras, ya que tal como estaba empezando a comprobar, sus anodinas ropas no eran tan eficaces contra el frío como antes y sentía el vello de punta y tiritonas ante la menor corriente de aire helado procedente de las cercanas montañas; así que tenía que renovar su vestuario y ahora con más razones si se disponía a ir de viaje en esa época del año. Era algo difícil de hacer: en primer lugar porque el sentido común le exigía no comprar cualquier cosa y eso, unido al hecho de que los comerciantes reparaban en la joya de su pecho y la espada, lo que quería decir que no era ningún palurdo de pueblo sin dinero, le obligaba al casi sagrado regateo con los vendedores. El problema es que, debido a su condición de hechicero, él no podía vestir de cualquier forma, sino de beige claro (o blanco sucio como él insistía) porque ese era su color, y por ende, llevaba tanto tiempo con esas ropas que no se imaginaba a si mismo vestido de otra guisa aunque llevase el mismo color; así que al final optó por comprar ropa interior de abrigo.

Pero el principal problema era el trato con la gente: era algo totalmente extraño para él verse rodeado de una multitud con la cara descubierta y que nadie le mirase como a un monstruo, que nadie se asustase. Y eso le hacía sentirse desconcertado aún sabiendo los motivos. No obstante luchó contra su debilidad, no fuera a ser que el vendedor de turno se aprovechase de ello y le vendiese gato por liebre a un precio desorbitado, y así consiguió su objetivo no sin obtener a cambio alguna mala mirada.

Finamente optó por la soledad.

Si, tenía que estar solo consigo mismo durante un rato, no tanto por pensar otra vez en lo que le había torturado en los últimos cuatro días, ni en su hermana, ni en Firia, ni en la Piedra de Sarvia... sino por vaciar su mente. Tenía que estar solo únicamente por ese motivo.

Las callejas tras el mercado eran el lugar idóneo, un lugar donde poder estar solo y que él conocía bien, pues en decenas de ocasiones había resuelto sus problemas y llevado a cabo sus crímenes en lugares así. Tal vez porque en ese momento prefería lo que ya conocía antes que lo bueno que su reciente condición de humano volvía a brindarle y que él había despreciado. Las callejuelas olían a basura helada por la nieve sucia que se arrinconaba en las esquinas de las casas y los estrechos portales traseros cuyos muros apenas estaban cubiertos de pintura que se descascarillaban por la mugre; un borracho reposaba los vapores del vino tendido en un portal con la cabeza gacha mientras sostenía torpemente una jarra de barro en una mano; algo más allá una prostituta de mirada desesperada le llamó al verle atravesar la calle con una voz que pretendía ser seductora. Zelgadiss les sobrepasó ignorándolos mientras su capa se arremolinaba tras de sí; era como si su pasado siempre le fuese a perseguir, como si poder volver a casa con su familia o incluso ir a Seillon a vivir en un Palacio, fuesen nada más que una tonta ilusión, una quimera que él despreció y que nunca más volvería... Si, una quimera, pero una que a él si le hubiese gustado conseguir; ahora ya lo sabía. Sin embargo, al ver a aquellos dos parias, no pudo evitar pensar en Naga, esa hechicera de físico espectacular que no ocultaba para nada y que se vencía al vino en la menor ocasión; la diferencia es que ella si había poseído en una ocasión la quimera que él anhelaba, pero ella, al igual que él, también la había despreciado y ahora ella también le odiaba más que a ninguna otra cosa.

Zelgadiss se detuvo en el cruce de otra calle mientras que el viento helado ondeaba su capa y escuetas ropas... Tal vez ya iba siendo hora de volver a la posada, y ya de paso, estrenar las prendas que acababa de comprar.

-¡Vaya, por fin estás aquí! –gruñó Naga con los brazos cruzados bajo su pecho mientas que le a guardaba junto a Firia en el patio de la posada, ambas con sus ropas habituales.

Zelgadiss las miró brevemente mientras volvía a salir de la posada tras agregar la ropa de abrigo recién adquirida a su vestuario; no dijo nada y se volvió hacia Firia que sostenía el canastito de Vargaarv entre sus brazos, metido en un canastito cubierto de mantitas para protegerle de las miradas no deseadas.

-¿Podemos irnos ya? –preguntó secamente.

-Sí; nosotras ya estamos listas –contestó Firia con cierto deje de nerviosismo en su voz. -Pero no sé si podré trasportaros a todos hasta la grieta: tengo que sujetar a Vargaarv y al mismo tiempo llevaros a vosotros.

Zelgadiss le quitó el canasto de las manos con un movimiento tranquilo pero seguro.

-Yo sujetaré a Vargaarv; tú solo llévanos hasta allí.

Firia le miró con cierto desconcierto. La idea de ver a Zelgadiss, en quien hasta ahora había creído confiar, llevando en brazos a un bebé dragón, resultaba perturbadora.

- Bueno, pero no sé si...

-Inténtalo, Firia –replicó Naga.

La dragona les miró con cierta confusión mientras que el resto del grupo se congregaba alrededor de ellos aguardando expectantes a que partieran en busca de esa posible esperanza.

-Está bien –dijo por fin.

Y de esa forma les rodeó con los brazos por la cintura cerrando los ojos para concentrarse en su poder mientras que el mago abrazaba protector el canastito de Vargaarv y Naga los miraba gravemente. Entonces se vieron envueltos por una luz blanquecina y la sensación de que el suelo desaparecía bajo sus pies: era algo parecido al efecto de "Levitación" pero no exactamente igual, más bien era como si fueran transportados por efecto de una invocación. Entonces desaparecieron dejando tras de si nada más que una leve corriente de aire... y un mozo de cuadra y un montón de gallinas trastornadas por lo que acababan de ver.

El resto del grupo se quedó mirando el espacio que antes habían ocupado los tres (o cuatro) y que ahora estaba vacío.

-Esperemos que consigan algo... –murmuró Gaury alzando la vista hacia las montañas y el resto le imitó asintiendo con un leve suspiro.

El poder de Firia les llevó hasta una distancia prudencial de la ciudad, tanto en longitud como en altura; allí la sacerdotisa recobró su forma draconiana y ambos magos acabaron cabalgando al lomos de la dragona mientras que ella se dirigía hacia las montañas. Para Zelgadiss esa no era una experiencia nueva, ya había volado cabalgando sobre Firia en más ocasiones; lo mismo se podía de Naga, ella nunca había volado a lomos de Firia, pero sí de uno de esos dragones domésticos de Marlene Calvert hacía unos años... aunque la verdad es que hacerlo a lomos de un dragón dorado, era algo bastante distinto. Sin embargo el problema no era ese, sino el viento helado que tenían que soportar allá arriba yendo a esa velocidad; Naga no sabía cómo mantenerse abrigada y sujetarse a Firia al mismo tiempo, y Zelgadiss, a pesar de sus ropas de abrigo nuevas, tampoco estaba mucho mejor, encima también tenía que sujetar el canastito de Vargaarv que no paraba de quejarse por lo incómodo de su situación; por el contrario Firia se sentía muy liviana llevándoles solo a ellos dos, y más ahora que Zelgadiss volvía pesar como una persona normal. De todas formas había que reconocer que la vista desde allí arriba con las montañas nevadas, la ciudad de Vezendy al fondo y viendo correr manadas de ciervos y otros animales, asustados por la dragona, era admirable.

Finalmente Firia les condujo hasta el lugar donde se encontraba la grieta en la piedra por donde se accedía al desierto y que permanecía tal y como la habían dejado cuarto días atrás. Firia recobró su forma humana dejándolos caer al suelo con suavidad y estudió la grieta con atención mientras que Zelgadiss le pasaba el canastillo con tranquilidad. La dragona lo recogió con gesto ansioso y le dio las gracias a Zelgadiss para luego hacerle unos cuantos arrumacos al dragoncito de su interior; seguidamente volvió a alzar la vista hacia la pared de rocas.

-¿Y... y esto? –preguntó confundida señalando la entrada improvisada que atravesaba la roca.

-Una muestra del poder de Luna –contestó el mago y la dragona le miró sin comprender. -La puerta original fue destruida y hubo que improvisar otra –explicó con cierto sarcasmo.

Firia se volvió sin saber qué decir y se dirigió hacia la grieta atravesándola con cautela; tras ella Zelgadiss y Naga la imitaron.


El desierto no había cambiado nada, seguía asiendo aquella extensa planicie cubierta de suaves dunas de arena dorada y el gran bosque de millares de Tablas de orihalcón, todo ello dominado por un sol y un calor implacables. A primera vista nada permitía que allí hubieran sucedido tantas cosas.

Firia observó el paraje con desconcierto y nerviosismo. ¿Era allí donde la esperaba la Reina Dragón? ¿En medio de ese desolado desierto? ¿Y qué iba a ser de Vargaarv en medio de aquella soledad? Volvió la vista hacia los dos magos que observaban el paraje con ojos fríos; si no fuera por eso, se sentiría más aliviada en su compañía.

-¿Y bien? –le preguntó Naga -¿Qué hacemos ahora?

-Euuuh; pues... –vaciló Firia. -Supongo que tendré que avisar a la Reina Dragón de que estamos aquí.

Y diciendo esto, se arrodilló en el ardiente suelo arenoso calvando ante ella el mazo espinosos que siempre llevaba sujeto a su ligero; a continuación cerró los ojos y empezó a gesticular sobre el arma con una serie de complejos movimientos; Naga observó la escena con curiosidad y cierta sorpresa: no se imaginaba que la dragona pudiese llevar un arma como esa escondida bajo su falda, y menos aún que fuese parte de su poder.

Finalmente el mazo se derrumbó señalando al frente.

-Tendremos que ir hacia allí –explicó señalando la misma dirección. -Es donde espera la Reina Dragón.

Zelgadiss suspiró con disgusto: el oráculo de los sacerdotes y su forma de averiguar un destino, seguían pereciéndole estúpidas. Naga, sin embargo, no dijo nada, y empezó a caminar en la dirección que el mazo de Firia señalaba; seguidamente Zelgadiss la imitó, y por último Firia, algo asombrada por la reacción de ambos.

El tiempo pasaba lentamente bajo el sol y calor implacables; los tres caminaban intentando aprovechar la intermitente sombra que facilitaban los monolitos, Naga lo hacía manteniendo las distancias con la cabeza gacha a causa de la luz que dañaba sus ojos claros y el insoportable calor, mientras que Zelgadiss, agobiado por el calor que la ropa de abrigo ahora le daba, lo hacía cerca de Firia fiel al aprecio que le unía a la dragona, pero con una expresión fría en sus ojos que Firia no podía ignorar y que le hacía pensar que ella también tenía que decir algo. Finalmente acabó por quitarse la capa, los mitones y la túnica corta que llevaba, conformándose con llevarlas colgando de un brazo hechas un ovillo; la ropa interior era más que suficiente para cubrirse, y allí tampoco había una necesidad clara por la decencia.

-Zelgadiss, yo... –comenzó a decir con suavidad.- Espero sinceramente que Amelia resucite; haré todo lo posible por ayudaros.

-No te preocupes por eso, Firia –contestó el mago en un tono que indicaba que no quería hablar del tema. No convenía alimentar alguna clase de falsa esperanza hasta que no hablaran con Acqua.

Naga resopló al oírles pero inmediatamente detuvo el paso.

-Creo que ya hemos llegado... –anunció señalando un resplandor blanquecino que se había empezado a formar frente a ellos.

El hechicero y la dragona se detuvieron algo sorprendidos por la rapidez de ver aparecer lo que estaban esperando.

-Sí; así es: ya hemos llegado –confirmó Firia abrazando instintivamente el canastito de Vargaarv con un gesto protector.

Entonces el resplandor creció y de allí emergió al Reina Dragón rodeada de un aura blanco-azulada muda evidencia de su poder y verdadera naturaleza; seguía manteniendo su aspecto de venerable ancianita con su túnica azul y su báculo, pero su aspecto era, en esta ocasión, mucho más magnánimo y respetable, aún sin el aura. En cierto modo mostraba la misma determinación que cuando se enfrentó a Gaarv y eso imponía un mudo respeto que ninguno de los tres podía ignorar.

Firia efectuó una respetuosa reverencia que apenas lograba ocultar su nerviosismo.

-Raguradya, Reina Dragón del Norte y del Agua –saludó. -Reclamasteis mi presencia y así lo he hecho.

-Firia Ul Coput; ex-sacerdotisa de Vrabazard –contestó Acqua en el mismo tono formal. -Me alegro de que hayas venido.

Naga y Zelgadiss parpadearon sorprendidos ante tanto formalismo, impropio de una anciana que hasta ahora había sido sólo afable amabilidad. Firia asintió sin más, como si aquello fuera lo normal.

-¿Has traído al Último? –preguntó por fin ignorando a los dos magos.

Ambos hechiceros se sorprendieron al ver que contenían la respiración aunque a ellos no les incumbiese personalmente lo que estaba sucediendo, pero eran perfectamente conscientes de que presenciaban el desenlace del futuro destino del último representante de los Dragones Ancestrales. Para su sorpresa Firia asintió con aparente tranquilidad.

-¡Sí! Lo he traído tal y como su excelencia y vuestro enviado, el Rey Milgacia, me habían ordenado.

Acqua asintió con aprobación y dirigió una breve mirada al canastito, de esa forma, y para sorpresa de todos, Firia descubrió el canastito y extrajo de él con ternura pero firmeza al pequeño dragón que miraba a Acqua con sus ojos dorados completamente abiertos, como si de alguna manera fuese consciente de quién era Acqua (o Raguradya, como Firia la llamaba) o qué era lo que estaba pasando.

Naga y Zelgadiss observaron con atención la escena olvidándose por un momento de lo que habían ido a hacer allí. Entonces Acqua cogió al pequeño sujetándole con firmeza y suavidad frente a ella; el dragoncito la miró fijamente y ambos parecieron estar comunicándose de alguna forma; Firia contuvo el aliento perfectamente consciente de que Acqua iba a hacer algo con Vargaarv, con su pequeño; algo que decidiría su destino y a lo que ella temía casi más que a nada. Pero para su sorpresa Acqua pronunció unas palabras ininteligibles y pasó una mano por encima de la cabeza del dragoncito produciendo un leve resplandor azulado al hacerlo y Firia dio un respingo.

- Desde ahora quedas reconocido como Var Agarer (**) de nuevo –pronunció Acqua alzándolo sobre ella, - Ryozuko Ancestral y de los Dragones del Norte.

Firia no salía de su asombro, apenas pudo balbucear una serie de exclamaciones inconexas mientras que los hechiceros miraban a unos y otros sin comprender y totalmente al margen de los acontecimientos.

-¿Var... Var Agarer? –alcanzó a preguntar Firia al cabo de un rato.

-Ese es su verdadero nombre desde el principio. "Vargaarv" es un nombre corrompido y no el que le corresponde –contestó Acqua. -Yo se lo he vuelto a dar.

-¡Pe... Pero entonces! –siguió balbuceando Firia desconcertada.

-Desde ahora en adelante tú y Var Agarer os quedareis en estas montañas en contacto conmigo hasta que Var Agarer complete su formación como Ryozuko sirviéndome junto a Milgacia.

Firia se quedó boquiabierta por lo que acababa de oír y, poco a poco, su expresión pasó por múltiples estados entre el asombro y el alivio: ahora conocía el destino de Vargaarv (o Var Agarer como se volvería a llamar de ahora en adelante), Acqua le había reconocido como un Ryozuko de pleno derecho, y dado su carácter de Dragón Ancestral y último de su especie, le había elevado a una categoría similar a la del propio Milgacia, lo que desde luego era un auténtico honor. Ahora solo cabía esperar si los Dragones Dorados del Norte aceptarían a ese Ancestral, un extraño después de todo, entre los suyos, y más aún como uno de sus señores.

Lo único que ahora se podía pensar sobre eso era que el tiempo sería quien lo dijera.

Fue entonces cuando por fin Acqua pareció reparar en la presencia de los dos hechiceros que habían estado contemplando la escena con una mezcla de asombro, curiosidad y la incómoda sensación de que no era totalmente consciente de la magnitud de lo que acababan de presenciar. Ambos dieron un respingo al ver que la Reina Dragón, ahora que había mostrado su verdadera naturaleza, se volvía hacia ellos y luego hacia la dragona.

-Firia; ¿qué hacen ellos aquí? –preguntó, -¿Por qué han venido contigo?

Firia dio un bote y bajó la cabeza con aire de culpabilidad.

-Mi Reina... yo... –comenzó a decir. -Ellos dos son amigos míos y les dije que vinieran conmigo porque... para... –La dragona no sabía qué decir.

-Hemos venido hasta aquí otra vez porque queríamos saber si hay... alguna forma de que mi hermana resucite –tuvo Naga el valor de decir. -Por favor –añadió para sorpresa de todos.

Acqua miró fijamente a la Serpiente y luego se volvió hacia Zelgadiss; el mago vaciló en un primer momento al sentir los ojos de la diosa en él.

-Así es, Reina Dragón –contestó en un tono a medio camino entre el respeto y la frialdad- Queremos saber si eso es posible.

La Reina Dragón cerró los ojos y se volvió hacia Firia que asintió con suavidad.

-¿Creéis todos vosotros que si existe una forma para que esa joven vuelva a la vida? –preguntó en tono incisivo.

Los tres se miraron desconcertados entre si y luego a Acqua sin saber qué contestar hasta que finalmente asintieron.

-Muy bien; entonces os mostraré algo.

Y de esa forma, ante la mirada incrédula y expectante de los dos hechiceros y la dragona, Acqua se giró hacia donde había venido y el resplandor blanco volvió a aparecer esta vez engulléndolos a todos sin que ninguno sintiera nada en especial. Cuando la misteriosa luz desapareció, todos vieron que se encontraban en un lugar, que salvo a Firia, les resultaba familiar: al fondo se extendía una planicie de monolitos destruidos por alguna gigantesca explosión, y en el lugar donde ahora se encontraba, ocurría lo mismo pero de forma más reciente y aún quedaban algunos en pie no por casualidad... Claramente era el lugar donde Zelgadiss había recuperado la humanidad a cambio de la vida de Amelia.

Los dos hechiceros contemplaron el lugar con ojos opacos mientras que Firia miraba a unos y a otros sin comprender; fue entonces cuando Acqua chasqueó los dedos y de repente apareció de la nada un gran bloque de hielo semejante a un ataúd en forma de prisma poligonal. Los tres soltaron una exclamación de asombro al ver aquella cosa. Entonces se fijaron con más atención en él: en su interior se adivinaba vagamente una figura femenina que, cuando ya se encontraba más cerca, pudieron reconocerla fácilmente: era el cuerpo de Amelia. De Alguna manera Acqua había encerrado el cuerpo de la difunta princesa de Seillon en aquel bloque helado.

Los tres dieron un respingo y se volvieron hacia Acqua.

-¿¡Qué... qué significa esto!? –alcanzó a preguntar Naga -¿¡Por qué mi hermana está ahí metida!? Habíamos dejado su cuerpo enterrado en la arena justo donde murió.

Zelgadiss contempló el cuerpo sin vida de la princesa sin decir nada, y se volvió hacia Acqua con la misma pregunta en sus ojos oscurecidos; aquel ataúd de hielo recordaba a los que usó Fibrizo para encerrarlos.

-He metido a vuestra amiga en ese bloque de hielo porque, efectivamente, sí existe una forma de que resucite, y de esa forma evito que su cuerpo desaparezca. Coincidiréis conmigo que enterrarla aquí de esa forma tampoco era algo apropiado.

-¿¡Queeeeé!?

-El hecho de que vosotros dos estéis aquí me hace pensar que creéis que si existe una forma fiable para que vuestra amiga resucite, ¿verdad? Por eso metí su cuerpo en ese ataúd.

Los tres la miraron desconcertados durante unos instantes al ir dándose cuenta de que la Reina Dragón ya había pensado en la posibilidad de que ellos vinieran a verla por ese motivo y tenerlo todo previsto para la resurrección de Amelia. Finalmente Zelgadiss fue el primero en reaccionar:

-Sí, Reina Dragón –respondió. –Creo saber cuál es esa forma y estamos aquí para que nos confirme si efectivamente puede servir.

-¿Cuál crees que es, joven mago? Por supuesto yo ya sé la respuesta, pero quiero oírte decirlo.

-Amplificar el conjuro de "Resurrección" gracias a la Piedra de Sarvia –contestó sin vacilar.

Acqua le miró largamente durante unos instantes mientras que el resto contenía el aliento aguardando la respuesta de aquello a lo que habían confiado todas sus esperanzas.

-Esa es la forma, joven mago. Has acertado –contestó por fin.

Todos parpadearon incrédulos por lo que acababan de oír, y poco a poco sus expresiones pasaron del asombro a la alegría.

-¡No... No puedo creerlo! –balbuceó Naga. -¡Entonces la idea de Zelgadiss si funciona! ¿Podré ver a mi hermanita? –exclamó.

Acqua asintió.

-¿Habéis visto? –exclamó Firia -¡Amelia puede resucitar: ahora solo tenéis que conseguir la Piedra de Sarvia!

En ese momento todos cayeron en silencio; con aquella simple afirmación, Firia había arruinado parte de la esperanza: Amelia podía resucitar de acuerdo con el plan de Zelgadiss, efectivamente, pero, ¿dónde estaba la Piedra de Sarvia? Entonces todos se volvieron hacia la Reina Dragón.

-La Piedra de Sarvia sigue existiendo –contestó. -Y prestarme mucha atención a lo que voy a deciros ahora; es muy importante que lo tengáis en cuenta para poder resucitarla. -Los demás la miraron gravemente. -Vuestra amiga solo podrá volver a la vida gracias al poder amplificador de la Piedra de Sarvia sobre el conjuro de "Resurrección"... pero para que sea efectivo tenéis que lograrlo en un plazo máximo de tres meses, es decir, desde ahora hasta el próximo verano –sentenció.

Zelgadiss, Naga y Firia la miraron estupefactos.

-¿¡Por qué, Reina Dragón!? –exclamó Naga con rabia. -¿¡Por qué no podrá hacerlo después!?

Acqua cerró los ojos y se volvió hacia el ataúd de hielo señalándolo con el bastón.

-Porque si no ya será demasiado tarde –contestó. -El bloque de hielo se habrá fundido por completo y ya habrá pasado demasiado tiempo como para que el "Resurrección" sea efectivo. No puedo prolongar la duración de la integridad de un bloque como ese.

Naga no supo que responder ante aquella desalentadora afirmación.

-Reina Dragón... –intervino entonces Zelgadiss, -Estoy seguro de que usted conoce mi historia y todo lo que hice para conseguir la Piedra de Sarvia. –Acqua le miró gravemente y el mago asintió con la cabeza. -Durante cuatro años cometí muchas atrocidades que me hicieron perder toda la dignidad que pude haber tenido... Cuando Rezo y Shabranygudú murieron, yo quise empezar de nuevo intentando recuperar mi humanidad –explicó y alzó la vista hacia el bloque de hielo donde Amelia reposaba. - Y esa chica fue mi único gran consuelo durante todo ese tiempo -explicó lacónicamente. -Así que si debo conseguir la Piedra de Sarvia otra vez, no me importa hacer lo que sea para lograrlo. –Hizo una pausa- Y esta vez será por una causa noble.

Cuando terminó agachó de nuevo la cabeza aunque su rostro seguía manteniendo una grave expresión.

-Veo que por fin has conseguido ser sincero contigo mismo, joven mago –contestó Acqua. -Eso te honra.

Zelgadiss le lanzó una breve y fría mirada, no sabía cómo tomarse ese comentario: en cierto modo en su presencia se sentía como un niñato ingenuo en vez de cómo la "Furia de Rezo" o el "Demonio Espadachín", tal y como había sido para todo el mundo durante años. Ahora supo que tendría que aprender cosas que su vida de criminal no le había enseñado o que ya creía olvidadas, y no estaba seguro de cómo hacerlo.

Por su parte Acqua se volvió hacia Naga quien había estado escuchando la conversación con un deje de desprecio, pero cuando se encontró con los profundos ojos zarcos de la Reina Dragón, aquel sentimiento fue sustituido por otro de culpabilidad que le obligó a apartar la mirada

-¿Y tú, joven hechicera? –preguntó Acqua en un tono incisivo que no podía ignorar- ¿También estás dispuesta a encontrar la Piedra de Sarvia?

-Sí.

-¿Y también a admitir tu culpabilidad? –añadió Acqua en un tono no casual.

Naga dio un bote al oírla y sus ojos se abrieron ampliamente reflejando el brillo de la sorpresa; Firia y Zelgadiss se volvieron hacia ella mirándola interrogativamente: ¿qué había querido decir Acqua con eso? La Serpiente agachó la cabeza.

-Yo... –comenzó a decir dubitativa. -Siento la muerte de mi hermana más que cualquier otra cosa.

-Lo sé... –contestó Acqua con ternura. -Pero también sé que no te ves capaz de afrontarlo, al igual que otras muchas cosas.

Naga la miró sin saber qué responder; apretó los puños y sintió que su orgullo la abandonaba, que sus sentimientos de culpabilidad volvían con más fuerza, al igual que su temor innato a las espadas que después de tantos años había empezado a superar; y también sintió una aguda sensación de vergüenza de si misma al pesar durante un momento que le hacía falta un trago.

-Sí... es cierto –confesó temblorosa. -Hasta el día que volví a encontrarme con mi hermana, no quise saber nada de mi familia por temor de enfrentarme a los problemas que me encontraría... –Cerró los ojos. -No merezco sentir su muerte cuando no me he preocupado por ella durante años... Pero aún así –Alzó la vista hacia el ataúd de hielo reuniendo valor, -Deseo poder resucitarla con todas mis fuerzas.

Firia y Zelgadiss miraron con asombro a Naga; ninguno de ellos se imaginaba que ella fuese capaz de rebajarse hasta ese punto y confesarse de esa forma dado su tremendo orgullo. La dragona se volvió hacia Acqua.

-Mi reina... –dijo con suavidad. –Sé que todos ellos desean profundamente que Amelia vuelva a la vida, y la verdad es que yo también quiero mucho a esa joven princesa humana. –Acqua la miró y asintió con suavidad. -¿Usted sabe cómo podemos encontrar la Piedra de Sarvia para resucitarla? -preguntó sin rodeos.

-Sé que la Piedra de Sarvia sigue existiendo en algún punto del interior de la Barrera. La verdad es que no sé dónde se encuentra exactamente, pero imagino que en algún lugar relacionado con su último y ominoso uso.

Los hechiceros la escucharon con los ojos brillantes; finalmente el mago intervino.

-Eso quiere decir que aún puede encontrarse en la Torre de Rezo o en el lugar donde nos enfrentamos a Shabranygudú la última vez... e incluso podría encontrarse en Sairag –dedujo. -Por lo menos sabemos por dónde empezar a buscarla.

Acqua asintió.

-Así es, joven mago; veo que eres inteligente después de todo. –Zelgadiss frunció el ceño ante ese comentario. -De todas formas hay algo más que debéis saber. –Los dos hechiceros la miraron gravemente y Acqua centró su atención en Zelgadiss. - Tú, joven mago, es ti deber y solo tuyo devolverle la vida a esa joven –pronunció. -Su vida está totalmente en tus manos.

El mago espadachín abrió los ojos estupefacto por lo que acababa de oír: no solo tenía que encontrar otra vez la Piedra de Sarvia, sino que además debía ser él quien resucitase a Amelia. ¿No sería mejor alguien con más capacidad, ¿Alguien como Shilfild e incluso Firia?

De hecho la dragona tenía esa misma sensación; demasiados requisitos y preguntas personales solo para resucitar a Amelia; Acqua también quería algo más...

-¿Por qué, Reina Dragón? –preguntó. -Zelgadiss no sabe prácticamente nada de Magia Blanca y el "Resurrección" es un conjuro que exige un gran dominio de ella.

Zelgadiss asintió ante la afirmación de Firia y Acqua cerró los ojos con un suspiro para luego abrirlos y apoyar su bastón en el pecho del espadachín.

-Porque es a ti a quién dio su vida esa joven –explicó gravemente. -Eres tú quien tiene su energía vital, así que te corresponde a ti devolvérsela.

Él la miró en silencio por lo que acababa de oír durante unos instantes: ¿él tenía su vida? Era algo difícil de creer y comprender.

- Pero entonces... –comenzó a deducir Firia.

-¿No moriré yo también cuando haga que ella resucite? –continuó diciendo Zelgadiss lacónicamente.

-¡No! –contestó Acqua tajantemente. -Tú tienes su vida, así que te corresponde a ti devolvérsela, pero no perderás la tuya; son vidas distintas. Además, como tú mismo has dicho antes, también se la has quitado a mucha más gente –le recordó Acqua para su desagrado. -No tienes nada que temer.

Firia miró a unos y a otros al caer en la cuenta de más detalles.

-Mi reina, perdone mi intromisión –dijo con suavidad. -Entiendo lo que está diciendo, pero creo que esto también implica una expiación de sus culpas, ¿verdad? ¿No es también un pago por sus crímenes?... Se perfectamente que el "Resurrección" solo es efectivo cuando se aplica a una criatura que acaba de morir y que en el momento de su muerte, deseaba vivir, pero no al cabo de un tiempo prudencial... incluso aún con la Piedra de Sarvia. ¿Qué es lo que pretende con tantos requisitos? –anunció para sorpresa de los dos hechiceros.

Zelgadiss se volvió hacia la Reina Dragón; si lo que había dicho Acqua era cierto, ¿qué había detrás de todo aquello? Tenía la incómoda sensación de que le estaba utilizando. Pero para sorpresa de todos, Acqua asintió con suavidad.

-El propio Cephied ha dispuesto que sea así –explicó con tranquilidad. -Nuestro Señor sabe perfectamente que tú hiciste todas aquellas atrocidades porque obedecías al propio Shabranygudú sin saberlo; así que viendo tu interés por que esa joven vuelva a la vida y tu culpa por lo que hiciste, él te perdonará de todo ello si cumples con todo lo que te he dicho. Gracias a eso vuestra amiga puede resucitar aún después de tanto tiempo tras su muerte.

El hechicero no sabía cómo reaccionar ante aquella noticia; en cierto modo era algo parecido a cuando L–Sama se adueñó del cuerpo y alma de Lina: ¿Cephied le permitía resucitar a Amelia a cambio de espiar su culpa por ayudar a Shabranygudú y cometer tantos crímenes cuando lo hacía? ¿Y por qué no era capaz de perdonarlo sin más, sabiendo que había sido una marioneta?... Cada vez que pensaba en ello, se sentía utilizado y eso era algo que detestaba; pero lo peor de todo es que no tenía otra opción que obedecer si quería volver a Amelia.

Adivinando sus pensamientos, Acqua le explicó la situación.

—No es porque nuestro señor Cephied te haga responsable sobre lo que hiciste al ayudar al Señor de los Demonios, sino que él pretende que repares el daño que hiciste. Es por eso que te da esa posibilidad y desea darte una recompensa a la que prácticamente nadie ha tenido opción. ¿No lo ves justo?

Apretó los puños con disgusto y gruñó. No le gustaba la idea pero había una justicia cósmica en ello.

-Está bien, así lo haré –contestó. –Lo haré como queráis que sea e intentaré conseguir todo lo que está en mi mano para que Amelia vuelva a la vida. Lo juro.

-Muy bien; pues entonces, ¿a qué esperas para conseguir la Piedra de Sarvia?

Y de esa forma, la posibilidad de resucitar a Amelia se convirtió en un hecho factible; en algo que embarcaría a todo el grupo en otra larga búsqueda.

Mientras tanto, muy lejos de allí, una figura femenina de piel oscura, cabellos níveos, apenas vestida con una fina túnica de gasa y decenas de abalorios, toda ella un exponente de belleza y sensualidad, observaba lo que ocurría en el desierto de las Tablas con interés.

-Así que la Piedra de Sarvia otra vez... –exclamó en un tono que no dejaba adivinar sus intenciones.


N. de la A.

(*) Así se puede ver en la serie, cuando Zel acaricia a una de esas bestias que llevaban el equipaje cuando estaban en el desierto de las tablas, en "Next". Y también con la gaviota cuando iban en el barco en "Try".

(**) El verdadero nombre de Vargarv es Var Agarer y no Varteira. La confusión viene porque Gaarv le llamó Var Toyara, que en realidad es una forma de decir, "¡Eh, tú, Var!" en japonés; de ahí la falsa creencia sobre su nombre de dragón.

Este capítulo ha sido revisado para corregir errores de gramática y en la narración de algunas escenas.