Disclaimer:
Fanfic de Slayers de Isa-Ameban. Todos los personajes, contexto, mundo, y demás de esta historia son propiedad de y , TokioSoft TV y demás. Eso también incluye los anime-books, los kekos, libros de ilustraciones y demás… Este fin en cambio es mío y sólo por diversión.
*N. de A:
Este capítulo es decisivo en la historia, por lo que resulta muy largo, así que lo he dividido en dos por la mitad para que no resulte tan pesado de leer del tirón. El argumento es lineal en la primera y segunda parte.
*Capítulo 9*
"Lucha por la vida y la destrucción" (1ª- Parte)
Para Gaury no estaba resultando tan traumático como había pensado eso de viajar a lomos del gigantesco golem-dragón de roca convocado por Naga a partir de los remanentes de la Torre de Rezo. Sí, ciertamente la criatura formaba un escándalo espeluznante cuando se movía, producido por el choque entre sí de todos los sillares de roca que lo formaba; y sí, cuando se desplazaba por los caminos, sus pasos hacían retumbar el suelo, levantando nubes de polvo y grava ya fuera atravesando vías principales o secundarias, a lo que había que sumarlo el traqueteo de sus zancadas, que a veces parecía un carreta yendo cuesta abajo por un pedregal por lo mucho que se sacudía. Y todo ello a pesar de lo bien que lo guiara el hechicero de turno. Pero por lo demás, no era para tanto; y ahora que sabía cómo mantener el equilibrio e ignorar los inconvenientes, tenía el inusitado lujo de poder echarse a sestear con sólo mantenerse sentado sobre el lomo del golem. Su despreocupada actitud podría ser molesta para algunos, pero para los dos caballos y la mulilla que el grupo llevaba también consigo, siendo los sensibles animales que eran, tal despreocupación ayudaba a mantenerlos calmos.
Realmente era lo mejor dadas las circunstancias. Todo el grupo al completo cabalgaba a lomos del golem de roca mientras Naga lo guiaba por los caminos de piedra, principales o secundarios, en dirección al norte, a Rikkido. Puesto que era la Serpiente Blanca quien había creado al golem, era ella quien lo controlaba la mayor parte del tiempo, apoyada en el polvo de la Piedra de Sarvia que había esparcido de forma invisible sobre él; pero eventualmente ella tenía que descansar también, así que para no perder ritmo en el viaje, el resto de los hechiceros se había organizado por turnos, de forma que tanto Lina como Zelgadiss ayudaban a mantener el golem en movimiento, ayudados por la Piedra de Sarvia que ahora sabían que tenía Shilfild. Lina sabía convocar golems, aunque esa no era una especialidad que se le diera tan bien como otras, o por lo menos no tan bien como a Naga; pero dado que el golem ya estaba convocado y sólo había que mantenerlo en funcionamiento, Lina podía manejarlo sin demasiados problemas. Zelgadiss en cambio era otro asunto; aquí también podía notar como su poder mágico era notablemente inferior a cuando aún era una quimera, pero había sorprendido a todos los entendidos al demostrar cuánta resistencia tenía, pues si bien necesitaba de la Piedra para poder manejarlo en condiciones, el tiempo que podía hacerlo era incluso superior al de su creadora. Hasta ahora, el mago-espadachín realmente nunca había sido totalmente consciente de su durabilidad.
Así las cosas, el golem avanzaba a galope por los caminos más rápidos hacia el norte. A su paso, las caravanas de comerciantes y mercaderes se apartaban asustadas, los campesinos les gritaban maldiciones al ver sus carretas volcadas y sus rebaños espantados por el paso del golem, eso cuando ellos mismos no salían corriendo mientras gritaban, juraban y maldecían al demonio que se había echado sobre ellos.
Nada que ninguno de ellos ya no hubiese visto antes por viajar junto a la "Dra-Mata".
—¿Es que no dejarán nunca de echarme la culpa de todas sus desgracias? —preguntó Lina sin dirigirse a nadie en particular mientras maniobraba el golem para pasar sobre un puente un tanto concurrido.
—Lina, el golem ha pisoteado varias de las cabras de ese pastor. Es normal que se enfade un poco, ¿no crees? —contestó Shilfild intentando razonar con ella.
Normalmente habría sido Luna la que increpase a Lina, pero la Caballero de Cephied tenía una expresión alerta y expectante, sin prestar demasiada atención a los problemas que su hermana pequeña tenía y causaba, muy al contrario de lo habitual en la mayor de las Invers. Su estado era similar al de Zelgadiss, preocupado por la aparición de Xeross en cualquier momento… o mejor dicho, por su no aparición.
La decisión de dirigirse a Rikkido en lugar de hasta Vezendy, como habían hecho las veces anteriores, no era caprichosa ni casual, sino que tenía una serie de motivos. En primer lugar Rikkido estaba más cerca de su destino final que la propia ciudad de Vezendy, aunque no se encontrase en el camino principal; luego, una vez hubieran llegado allí a lomos del dragón-golem, lo harían de forma más discreta que si lo hicieran en una ciudad importante y con más habitantes, su llegada no causaría tanto revuelo por lo que Xeross no tendría la misma facilidad para contarles o por lo menos no se lo esperaría. Finalmente, podría ser que Firia se hubiese instalado allí junto con el pequeño Vargaarv como resultado de la orden que le había dado Acqua, y nadie mejor que ella para estar prevenidos contra una repentina aparición del Sacerdote Bestia.
Siguiendo ese plan, hacía ya varios días que el grupo había abandonado la ciudad de Stoner para volver sobre sus pasos hacia Vezendy para luego desviarse hacia Rikkido. El camino era más sencillo y derecho que el que habían tomado los tres grupos en hacer cuando se separaron meses antes, y además no se paraban por las distracciones del camino, excepto para las copiosas comidas de Lina, esta vez más o menos justificadas por el desgaste energético que suponía usar la magia tanto tiempo seguido, aunque fuera con ayuda. Pero todos sabían bien que esa era la excusa que Lina daba.
Hasta ahora, el viaje había transcurrido sin incidentes, salvo los percances a los que ya estaban acostumbrados.
El problema, el que nadie se había atrevido a vocalizar todavía en voz alta, era que Xeross no aparecía. No sabían en dónde podía estar o cuándo aparecería, ni tampoco qué intenciones claras tenía. Lo único seguro es que su combate contra el espectro de Rezo tenía que haber sido bastante duro y puede que el Sacerdote Bestia aún no hubiese aparecido porque estuviese lamiéndose sus heridas en alguna parte, figurativamente hablando, claro. Pero todos ellos sabían que no podía ser así; ya habían visto antes a Xeross recuperarse de grandes daños en un plazo bastante corto de tiempo, y Shilfild no había dicho en ningún momento sobre que ya no existiese peligro. Por tanto, lo más probable era que su no-siempre-aliado-mazoku en realidad estuviese esperando la oportunidad de abordarles cuando menos lo esperasen.
Era por eso que durante una semana viajaron prácticamente sin parar más de lo necesario, habiendo cubierto cientos de leguas de postas en ese tiempo. Casi siempre lo hacían a ras de suelo, por los caminos más directos, aunque procurando evitar las zonas más transitadas, para ir más rápido y no llamar la atención más de lo que ya lo hacían todavía. Cuando había sido necesario, los tres hechiceros había aunado su poder junto al de la Piedra, y había alzado por el aire al inmenso dragón de roca, salvando así los valles más complicados y las ciudades más populosas que atravesaban. Algo que sin duda y a pesar de todos ellos, haría que permaneciera en la memoria colectiva de muchas gentes. No todos los días se ve volar sobre el tejado de tu casa a un dragón de piedra, y menos dejando caer detritos a su paso.
El poder que daba la piedra era increíble, incluso para aquellos que ya estaban familiarizados con ella.
Pero Xeross seguía sin aparecer, y eso sí que era preocupante.
Cuanto más viajaban al norte, más se notaba la diferencia en el clima. Ciertamente la llegada de la primavera había suavizado mucho las temperaturas, pero las cimas de las montañas y las zonas a sotavento seguían cubiertas de nieve, y los ríos y arroyos bajaban crecidos por el deshielo. Todo esto hacía evidente que el plazo que les había dado Acqua para conseguir la resurrección de Amelia se estaba agotando.
Finalmente, tras poco más de dos semanas de intenso viaje, el grupo llegó a las faldas de la cordillera de Kataart Rang, cerca de Vezendy, al norte del Ducado de Kaalmart.
No había ocurrido nada inusual durante ese tiempo.
No había ninguna señal de Xeross o de mazoku alguno que les estuviera esperando.
Nada.
Apenas poco más de dos semanas después de haber abandonado Stoner, el grupo consiguió llegar a su destino, sobrepasando la ciudad de Vezendy y adentrándose en las montañas en un plazo breve de tiempo sin que nada resultara destruido a su paso, consecuencia de estar en donde estaba y aún seguir en pie, al contrario de lo que ocurría con Sairag, por poner un ejemplo.
Finalmente arribaron al pequeño valle anclado entre las montañas en donde se alzaba Rikkido, una villa de casas de tejados de pizarra rojiza y sobre todo dedicada al pastoreo montañés, algo que chocaba con la cercanía de su ubicación a un lugar que la gente de bien intentaba evitar.
Ver el estado de tranquilidad que reinaba en Rikkido era incómodamente inquietante. Sí, ciertamente se armó un poco de revuelo cuando el grupo aparcó el Golem de roca en mitad de la plaza principal de la villa, y sí, muchos de sus villanos se molestaron y vocearon sus protestas contra ese armatoste colocado ahí en medio. Pero cuando los alguaciles locales acudieron a poner orden y descubrieron no sin horror que la hechicera pelirroja que iba con ellos era la horripilante Lina Invers, la Dra-Mata, y no un chico bajito como habían pensado en un primer momento, se le quitaron muchas ganas de cumplir con su deber. Los demás no le dieron mayor importancia al hecho; era lo habitual y suponían que algo así pasaría de todas formas; de hecho, sorprendentemente fue Lina quien no acababa de entender y aceptar semejante reacción.
Los dos caballos y la mulilla habían aguantado estoicamente todo el viaje sin quejarse, y ahora Naga, después de una pequeña discusión con las Invers, se vio obligada a buscarles un alojamiento, a ser posible también para el resto del grupo; tal vez no fuese la mejor idea el decírselo a una mujer que se las daba de tener un gusto exquisito, pero Luna, muy en su línea de pensamiento pragmático, pensó que era hora de que Naga "aceptara responsabilidades menores pero importantes" y no hubo más opción de réplica. Los animales sabían que estaban cerca de un lugar conocido, en especial el alto caballo diestro de capa tostada que Naga había adquirido en Vezendy, quien prácticamente la arrastró hacia una cuadra de postas en donde la voluptuosa hechicera empezó a regatear con el dueño el alojamiento de los equinos.
Mientras tanto, una vez aclarado el asunto del golem de roca con los locales, el variopinto grupo acabó sentado en torno a una mesa de cierto mesón no muy lejano a la plaza principal del pueblo, y que parecía suficientemente bueno como para que el grupo de parroquianos locales ocupara buena parte de las mesas que había dentro y fuera del local. El mesonero, un tipo severo según habían podido comprobar cuando la princesa de Zoana había estado trabajando allí, les reconoció enseguida como los forasteros que habían venido con el dragón de piedra, pero habitando en un lugar como aquel, las visitas extrañas no eran algo sorprendente y sí una buena oportunidad de sacar buenos dineros de los bolsillos de unos forasteros. Por supuesto, el grupo actuó como de costumbre y se dedicó a dar buena cuenta de las viandas que allí les sirvieron. A sus pies, una colonia de gatos merodeaba por las patas de las mesas ocupadas en espera de algún cliente benevolente que les arrojara alguna migaja y al que el grupo no prestó demasiada atención.
—Pues no parece que aquí hayan cambiado mucho las cosas —comentó Gaury con aire despreocupado mientras bebía de su jarra de cerveza.
Lina le observó cuidadosamente mientras daba cuenta de un plato de torreznos adobados y servidos sobre una cama de picatostes de pan tostado y pimientos fritos. Al igual que a Gaury, a ella también le gustaba la cerveza, pero no habían pedido lo mismo ya que Gaury odiaba los pimientos; no era eso lo que le preocupaba, por supuesto, sino la sorprendente agudeza mental que Gaury llegaba a tener cuando tomaba cierta cantidad de alcohol, así que estaba expectante a sus reacciones.
—¿No has visto nada raro? —preguntó la pelirroja, tanteando la situación.
Gaury negó con la cabeza y contestó con naturalidad.
—Sólo las típicas caras que la gente pone cuando sabe que estás de visita en su ciudad.
Lina resopló y se metió una enorme cucharada de torreznos con tocino en la boca, molesta por la afirmación de Gaury, quien como siempre, parecía ajeno a lo que eso la irritaba.
—Lina, mastica bien —la regañó Luna. Entonces miró en torno suyo y continuó hablando. —Yo también estoy sorprendida. No hemos visto indicios de Xeross o de ningún otro mazoku durante todo este tiempo. Y tampoco he sentido nada raro.
—¿Shilfild? —inquirió Zelgadiss.
La sacerdotisa había parecido estar ausente durante toda la conversación, pero en realidad estaba tanteando el ambiente. El resto del grupo eran todos guerreros y estaban acostumbrados a sentir el peligro, pero los monjes y sacerdotes como Shilfild podían sentir más allá de todo eso. Por eso las capacidades de Shilfild eran tan necesarias.
—El peligro sigue estando aquí —contestó ella. —Pero no hay nada definido, sólo la amenaza latente de que Xeross pueda aparecer.
—¿Y Lesser Demons? —sugirió Lina. —Xeross sabe muy bien que esos no son problemas para nosotros, pero bien podría haber creado unos cuantos mazoku de clase baja para que nos hostiguen o le sirvan de distracción mientras él va a por la piedra. Además, con las montañas de Katart Rang tan cerca, no me sorprendería que nos encontrásemos "casualmente" con alguna sorpresa.
—Ya he pensado en eso pero no me parece posible —contestó Zelgadiss atrayendo así la atención de todos ellos sobre él. —Xeross no suele actuar así, sus métodos son más sibilinos y nunca se ha servido de otros mazoku de menor clase para sus propósitos salvo que no tuviesen relación directa con él. Supongo que no le gustará escindirse para crear lesser demons, que lo considere una pérdida de energía… O que simplemente piense que eso carece de estilo. No, no lo creo; Xeross siempre ha preferido más el manipularnos y hacernos caer en alguna de sus trampas que enviar sicarios a peleas que sabe que podemos ganar.
—Entonces, ¿y si esto ya es una trampa y hemos caído en ella? —preguntó Mellina. Ella no sabía sobre mazoku, magia y otras muchas cosas de las que ese grupo hablaba de forma tan catedrática, salvo las cosas que había aprendido de Rezo y Zelgadiss a base de escucharlos; pero sí sabía sobre el comportamiento de la gente, y en líneas generales el tal Xeross le parecía muy humano en su forma de actuar, así que no veía diferencia aunque se tratase de un mazoku.
Zelgadiss se volvió hacia ella y la miró largamente. En su gesto se podía adivinar cierta mezcla de orgullo y perplejidad por su vasalla.
—A estas alturas no me extrañaría que fuera así —anunció. —Y posiblemente no nos habremos dado ni cuenta de cómo o cuando.
Lina gruñó y dio buena cuenta de lo que quedaba de la jarra de cerveza de Gaury sin que éste pudiera evitarlo.
Entonces sintieron cosquilleos en las piernas. Luna bajó la vista en primer lugar para ver de qué se trataba y descubrió que eran los gatos que pululaban por allí, cada vez más descarados en su búsqueda de comida; posiblemente del propio mesón en donde el dueño los tendría para que mantuvieran a raya las plagas de roedores. Pero claro, como buenos felinos también se aprovechaban de las migajas de los comensales, recogiéndolas del suelo o demandándolas a base de maullidos o restregarse contra las piernas de los humanos mientras se paseaban entre sus piernas con los rabos en alto.
Luna sonrió y se inclinó a recoger a uno de los gatos que correteaban entre las patas de las sillas; resultó ser una gata barcina sorprendentemente mansa que además estaba preñada, cosa que enterneció a Luna, quien empezó a darle de comer pequeñas porciones de los platos que había sobre la mesa con una sonrisa. Al resto del grupo le sorprendió el comportamiento de Luna, pues la mayor de las Invers siempre había parecido ser una persona muy severa. Pero el suspiro de Lina lo cambió, provocando que el resto mirara a la pelirroja con expresión inquisitiva.
—…A mi hermana siempre le han encantado las mascotas —explicó la hechicera. —En cuanto ve a un perro o un gato callejero, lo recoge para cuidarlo. Así teníamos la casa de mis padres, llena de animalitos.
—No hay nada malo en recoger animalitos perdidos y heridos, Lina —contestó Luna sin volverse hacia su hermana, aún ensimismada con el felino. —Alguien tiene que hacerlo.
Zelgadiss sonrió levemente. Podía entender a Luna, pues él siempre había tenido un amor similar por los animales. Sin advertirlo, Mellina le miró reconociendo el gesto en él.
Entonces otro de los gatos, uno rabón de largas orejas puntiagudas, subió a la mesa de un salto como si pareciese querer comer de la mesa de los humanos. Mellina se volvió hacia el animal y alargó la mano para acariciarlo; el animal, pese a estar obviamente mutilado y no ser faldero, se dejó hacer, y eso animó a Mellina a darle de comer de las migajas del plato de Lina.
—¡Eh! ¡Lo mío ni tocarlo! Esa es mi comida —exclamó la pelirroja.
—Lina, compórtate. Sólo son migajas.
Zelgadiss se rió por lo bajo pese a la mirada asesina de la hechicera y su hermana postiza le dedicó una mirada de soslayo antes de empezar a hablar.
—¿Y Firia, la sacerdotisa? —preguntó en tono casual. —Creí que estaría por aquí o que vendría a recibirnos de algún modo.
Los demás se giraron hacia ella, pero fue el gesto del gato, súbitamente hierático y con las orejas enhiestas lo que les sorprendió, pues además de eso, pudieron ver cómo sus ojos se habían vuelto violáceos.
—¡Mellina, apártate de ese animal! —gritó Shilfild de repente en un inusitado gesto de alarma en ella.
—¿Qué…?
Fue muy rápido. El gato, si es que era eso, se revolvió entre las manos de Mellina con tal fuerza que ella cayó de espaldas sobre la silla, derribándola sobre el suelo; Zelgadiss sacó una de las dagas que siempre llevaba ocultas entre sus ropas y murmuró el conjuro de la "Vaina Astral" para encantarla, para luego abalanzarse sobre la criatura. El gato saltó del pecho de Mellina y dio una voltereta en el aire con una agilidad inusitada incluso en un felino, para luego aterrizar de pie sobre sus cuatro patas y soltar un bufido innatural.
—¡Es un mazoku! —exclamó Shilfild.
—Ya me he dado cuenta… —contestó Zelgadiss.
Y diciendo esto, se abalanzó sobre el animal; pero si atrapar a un gato es difícil, hacer lo mismo con un mazoku es incluso más difícil, y la criatura huyó dando un par de zancadas para luego desaparecer en un estallido de luz negra.
Todos se quedaron mirando hacia el punto por donde el animal había desaparecido, vigilando en rededor, pendientes de cualquier señal de alarma. Incluso el resto de la colonia de gatos se había quedado quieta, mirando en la misma dirección y con sus lomos ligeramente arqueados mientras el extremo de sus colas se sacudían nerviosamente a los lados. A su alrededor, el resto de los parroquianos les miraba con curiosidad, aparentemente sin entender qué había pasado pero no por ello sin dejar de cuchichear al respecto.
El mazoku había estado a punto de engañarles a todos, humanos y animales.
—¿Estás bien, Mellina? —preguntó Gaury de forma diligente a la joven mientras la ayudaba a ponerse en pie.
—S… sí, eso creo —farfulló.
Shilfild la inspeccionó con detalle; tenía varios arañazos por todas partes, arañazos que escocían más de lo normal. Eso no eran heridas normales de uñas de gato.
—Déjame que te cure —se ofreció la sacerdotisa del Hulagón. —Esto no se va a sanar si yo no me ocupo.
—De acuerdo —asintió la aturdida joven; aún no alcanzaba a comprender qué era lo que había pasado.
Zelgadiss chaqueó la lengua y se volvió hacia el resto del grupo, deshaciendo el hechizo de la daga mientras la volvía a ocultar sobre sus ropas. Conjurar algo como eso le había medrado un tanto en su potencial mágico, incluso en un objeto pequeño como era la daga.
—¿Ese gato podría ser Xeross? —preguntó Luna. —No sé cómo no me he dado cuenta.
—Ninguno nos hemos dado cuenta, hermana —apostilló Lina. —Podría ser Xeross con forma animal, o a lo mejor alguno de los lesser demon que hubiesen bajado de las montañas.
—No es la primera vez que veo un gato como ese —comentó Zelgadiss sin perder la vista de lo que ocurría en torno del grupo.
—¿Ah, no? —preguntó Gaury en un tono serio acorde a las circunstancias.
Zelgadiss negó levemente con la cabeza.
—…Hace tiempo, antes de saber qué era Xeross en realidad, en una de esas ocasiones en las que se aparecía ante nosotros y luego desaparecía… vi un gato rabón como ese en donde Xeross había estado. Entonces no me di cuenta, pero luego pensé que en realidad era Xeross con otra forma.
Lina le escuchó atentamente con el ceño fruncido y asintió.
—Sí, tiene sentido… Pero conociéndole, no creo que Xeross se rebaje hasta el punto de hacerse pasar por un animal mutilado para acercarse a nosotros. Es una treta demasiado simple. Puede que sólo sea uno de los lesser demons locales al que Xeross haya enviado para inspeccionar el terreno.
—Ha sido cuando he mencionado a Firia —intervino entonces Mellina, quien permanecía bajo las atenciones de Shilfild. —Ha sido entonces cuando se ha… transformado y me ha atacado.
—Tiene sentido. Xeross no soporta a Firia y eso le habrá trastornado —resopló Lina.
—No le soporta él ni ningún mazoku, Lina —apuntilló Luna. —Los dragones dorados son como un espantapájaros para mazoku.
—En cualquier caso… Ahora ya saben que estamos aquí. Saben que conocemos a Firia y que algunos de nosotros somos hechiceros. Con eso basta. —Las palabras de Gaury eran casi proféticas.
Naga no se sentía especialmente satisfecha del trato que había hecho. El mayoral de la casa de postas se había aprovechado de su necesidad y de la buena planta de los dos caballos para sacarle más dinero del que la Serpiente consideraba correcto pagar por algo así… Cantidad que, a su juicio, siempre había sido muy alta pues Naga era tanto o más tacaña que Lina. Para ella, el dinero sólo se debía entregar a partir de ciertas cantidades cuando el trato lo vale, y eso, viniendo de un miembro de la nobleza regia como ella, era sólo para bienes muy definidos.
No, ese mayoral se había aprovechado de ella sin ningún rastro de vergüenza, y Naga tendría que recuperar la cantidad invertida… sacándola de los bolsillos de las Invers, quienes eran las culpables de todo.
Con tales pensamientos en la cabeza se paseó por el pequeño pueblo buscando el lugar donde el resto del grupo debería estar esperándola, y conociendo los hábitos de Lina, posiblemente habría arrastrado a todos ellos a algún sitio de buena comida. Por tanto Naga sólo tenía que seguir el rastro que le indicara su nariz para localizarlos, tal y como tantas veces había hecho en el pasado cuando ambas hechiceras viajaban juntas.
Entonces, al doblar una esquina, vio una carreta de bueyes atravesada en medio de la vía de donde estaba descargando diversas tinajas de cerámica envueltas en haces de paja para evitar que se rompieran; los peones que lo hacían estaban metiéndolas –o por lo menos intentándolo- a través de la puerta trasera de un local de venta de objetos de cerámica. Naga no tenía el suficiente sentido común como para pensar por qué no eran los propios alfareros locales quienes vendían sus cerámicas en una población tan pequeña como aquella en lugar de una tienda especializada, o de simplemente darse la vuelta e ir por otro lado. Lo único que la irritó es no poder seguir adelante por culpa de esos tipos y la mujer envuelta en una capa blanca y larga cabellera dorada que parecía darles órdenes arbitrariamente.
Con ese panorama, Naga cruzó los brazos bajo su pecho y les miró con el ceño fruncido al tiempo que daba golpecitos contra el suelo apenas pavimentado en un gesto de descarada impaciencia, algo que tanto los bueyes como los peones parecían emperrados en ignorar.
—¿Podrían ir con más garbo? Tengo prisa —exclamó.
Ninguno de los dos peones la hizo el mínimo caso, ni siquiera se volvieron a mirarla, pero si contestaron de malos modos mientras que uno de los bueyes le dedicaba una mirada cansina para luego seguir a lo suyo. Sí, era la clase de atención que Naga no le gustaba conseguir.
—¡Pues tendrá que esperarse, señora! Estamos ocupados.
Naga bufó y empezó a valorar la posibilidad de hacer estallar algo o de congelarlo.
En ese momento la mujer de la capa blanca salió por la puerta del establecimiento y, nada más aparecer, frenó en seco para dejar caer una pieza de cerámica que llevaba en las manos que, obviamente, se hizo añicos al chocar contra el suelo. No fue eso lo que la hizo exclamar con sorpresa.
—¡Naga! ¿Pero qué…?
Al verse reconocida, la Serpiente se volvió hacia la mujer y se encontró de frente con una mujer no tan alta como ella pero de una larga cabellera dorada y ojos azules, más profundos que los de una humana normal. Era alguien que ya conocía.
—Tú eres… la sacerdotisa aquella. ¡La dragona! —exclamó.
La escena que siguió tras esto se puede resumir en una intentona de Firia por ocultar su verdadera identidad de forma azorada a los peones, maldecir por la pieza de cerámica que se había roto y dar más instrucciones a esos mismos operarios mientras intentaba arrastrar a Naga a un lugar más discreto. Afortunadamente los operarios decidieron seguir con lo suyo antes de indagar más en la supuesta identidad draconiana de esa mujer que había tenido la genial idea de abrir una tienda de cerámicas de todo tipo en un pueblecito perdido en la frontera.
Sí, era lo más prudente.
—¿Y Vargaarv dónde está? Perdón, quiero decir Var Agarer—preguntó Lina al reparar que Firia seguía básicamente igual que la última vez que se vieron pero con otro vestido más discreto bajo su capa blanca como una señal diferencial; el canastito que tan protectoramente había llevado durante todo el tiempo que había viajado junto a Mellina estaba ausente.
—Lo he dejado en la casa en la que estoy viviendo ahora. A esta edad nosotros dormimos mucho y comemos de igual forma, así que por ahora puedo dejarlo solo. Es por eso que me estaba ocupando de mi tiendecita.
—¿Al final has abierto una tienda de cerámicas? ¿Aquí? —inquirió Luna con una ceja levantada, aunque con su espeso flequillo de perro pastor, su gesto apenas resultaba notorio.
Firia asintió.
—Sí, como la que tenía fuera de la Barrera, antes de que todo este asunto empezara.
—Pues en un pueblecito pequeño como este, no me parece que algo así tenga mucho futuro —razonó Gaury mirando a su alrededor.
—¿Y qué? Me encantan las cerámicas y si me tengo que quedar aquí por el bien de Var, mejor hacerlo a gusto —replicó Firia alzando la voz.
No había mucha lógica en sus palabras, por lo menos desde el punto de vista económico, pero era mejor eso antes que ver a Firia blandiendo el mazo. La dragona podía ser muy temperamental.
—Sería mejor que fuéramos para tu casa, o por lo menos un sitio más discreto en donde poder hablar —sugirió Zelgadiss. —Ya nos ha atacado un mazoku, y posiblemente Xeross esté al tanto de nuestra llegada.
—¿Qué? ¡Xeross! —exclamó Firia. Fue un alivio que su cola no apareciera de repente, enhiesta bajo las faldas.
Firia les había estado esperando desde hacía ya unos días cuando tuvo la certeza de que el grupo iba a estar de vuelta al Desierto de las Tablas y que iban a parar en Rikkido. Afortunadamente para todos, ella había decidido hacer de esa pequeña aldea su hogar, por lo menos mientras tuviese que estar bajo la supervisión de Acqua mientras criaba a Var Agarer. Así que había optado por la opción más práctica y había arrendado una casa de dos plantas y con patio en donde había decidido instalar una tienda de cerámicas. Lo que Gaury decía era verdad, no resultaba muy práctico poner una tienda de esas características en una villa tan pequeña con sus propios alfareros, pero la cercanía de Kataar Rank no era agradable y Firia prefirió tener algo con lo que distraerse de forma positiva.
Fue entonces, cuando recibía las mercancías de sus proveedores, cuando Naga apareció, y aunque fue una sorpresa, no fue tanto por el hecho en sí como por las circunstancias.
Zelgadiss tenía razón. Había mucho de lo que hablar antes de actuar, y nadie mejor que Firia para aconsejarles al respecto ya que su aversión a Xeross le ponía en alerta antes que ningún otro. Además, en lo particular, Zelgadiss tenía que hablar con Firia de una serie de asuntos sobre su competencia en la resurrección de Amelia y que Shilfild ya había aclarado que ella no podía hacer.
Con esa idea en mente, el grupo se albergó en casa de Firia, que si bien resultaba amplia, con tanta gente metida de golpe allí, se vio rápidamente abarrotada. La dragona, en su línea habitual, les ofreció té para beber, cosa que Zelgadiss y Luna agradecieron mientras que Mellina y Shilfild se entretenían haciendo cucamonas al pequeño Var, que por supuesto se había despertado por la intromisión de tanta gente en su entorno. El dragoncito no parecía muy asustado por ello, sino que parecía disfrutar de la atención recibida de parte de ese montón de humanos y cloqueaba con deleite mientras sacudía sus alitas plumosas.
—¿Y de verdad puede hablar? —preguntó Mellina mientras lo acunaba entre sus brazos.
—Imagino que con el tiempo podría hacerlo —sugirió Shilfild mientras acariciaba su lomo.
—¿Cuánto?
—Pues a lo mejor una década. Los dragones viven mucho, ya sabéis —explicó Shilfild.
—Vaya, y yo que esperaba verlo volar y parlotear un día de estos —suspiró Gaury.
En la mesa circular del comedor, otra conversación bien distinta estaba tomando lugar.
—¡…Sabía que Xeross estaba detrás de esto de algún modo! —exclamó Firia mientras tomaba la taza de té con el pulso tembloroso. —¡No se puede esperar nada bueno de ese… nagagomi!
—¿Lo sabías? —inquirió Zelgadiss con una ceja levantada, —nosotros no lo supimos hasta que llegamos a la Torre de Rezo y de eso sólo hace unas semanas.
—Era lo que yo sospechaba, pero Acqua me lo confirmó. No sé cómo lo supo, pero me contó lo que pasó en la Torre de Rezo y cómo el espectro del Monje Rojo se enfrentó a Xeross. —Por la forma en que a Firia le temblaba la mano, era un milagro que la taza no se hubiese roto ya. Eso y que beber té tal vez no fuera lo más conveniente.
Zelgadiss suspiró pesadamente. Aún a día de hoy, le resultaba difícil aceptar lo que Rezo había hecho por él y todos los demás. Incluso Raguradya lo sabía.
—¿Y qué más? —preguntó Lina.
—Yo no sé dónde está Xeross —contestó Firia. —Es verdad que me pongo mala cada vez que él está cerca, pero yo no sé si es porque ese nagagomi no está por aquí o porque aquí siento constantemente la presencia de los monstruos que viven en las montañas… que no siento nada.
—¡Pues empezamos bien! —exclamó Lina. —Si por lo menos supiéramos por dónde empezar.
—Además, me dijo que una vez hubieseis contactado conmigo, tendríais que dirigiros directamente al Desierto de las Tablas sin contactar con nadie.
—Eso es un problema. Creo que en esta villa ya sabe todo el mundo que hemos llegado —resopló Luna.
—¿Por qué? Yo no lo he sabido hasta que no me he topado con Naga.
—Porque la gente de este pueblo se escandaliza cuando no sabe apreciar algo —bufó Naga, quien hasta el momento había estado callada, en parte distraída por el dragoncito que las otras dos mujeres acunaban había acaparado su atención. ¿Cuánto podían valer por ejemplo las escamas de un dragón como ese?
Firia les miró sin comprender.
—Es por el golem en el que hemos venido —explicó Lina. —Esta mañana se ha armado un gran revuelo por eso. Ya sabes, estos pueblos pequeños…
La dragona seguía sin comprender, pues como había estado ocupada media mañana con otros quehaceres, no le había dado mayor importancia a ese tropel de alguaciles que habían pasado a la carrera por delante de la puerta de su tienda tan solo unas horas antes y que sin duda habían tenido algo que ver con la espectacular entrada en escena de Lina. En cualquier caso sí, a estas alturas todo el pueblo se había enterado de su llegada. No era de extrañar que ese pequeño mazoku les hubiese atacado.
—¿Podría ser Xeross? —inquirió Zelgadiss refiriéndose al suceso del mesón.
—Si te soy honesta, no lo sé —contestó Firia. —Aquí, que aparezcan lesser demons de vez en cuando, incluso a menudo, no es tan inusual, pero… —Alzó la vista y miró a las otras mujeres. —¿Quién tiene la piedra? —preguntó.
—La tengo yo —contestó Shilfild. —Xeross nunca sospechó de mí ni he hecho nada para demostrarlo.
Aquella noche, mientras los demás descansaban, Firia y Zelgadiss tuvieron una reunión a solas por un asunto pendiente que aún quedaba por hacer, con o sin la presencia de Xeross. De esa forma, ambos se pusieron cómodos uno frente al otro y junto a la gloria de la casa, pues en esas latitudes las noches seguían siendo frescas incluso en mitad de la primavera.
A Firia siempre le había caído bien Zelgadiss, tal vez porque el ya-no-mago-quimera siempre se le había antojado como el más racional de todos los amigos de Lina con los que había llevado a cabo aquella misión tan peligrosa contra Estrella Oscura. Lina era inteligente, sí, pero parecía tener un serio problema a la hora de discernir responsabilidades y prioridades más allá de lo acuciante, mientras que Zelgadiss sí se daba cuenta de lo superfluo y caprichoso que era actuar de la forma que Lina lo hacía. De hecho Firia siempre había admirado la capacidad que tenía Zelgadiss para no perder los nervios ante las ocurrencias de la pelirroja, o por lo menos para mantener el tipo.
Esa era una de las razones por las que se alegraba de hablar con él, quien además le puso al tanto de los pormenores del viaje que todo el grupo había hecho y cómo habían conseguido evitar que Xeross atacase al actual poseedor de la Piedra, o sea Shilfild, manteniéndolos a todos a salvo.
—Fue una suerte que ninguno de nosotros supiera quién la tenía en todo momento. Ella ha podido mantenerse a salvo hasta ahora —explicó. —Ninguno sabíamos que ella la tenía, así que Xeross tampoco ha podido caer en ello.
Firia estaba aliviada por ello, pero su rostro sombrío bajo el hechizo de "Luz" no ayudaba a mejorar la situación presente.
En realidad la razón por la que ambos se habían reunido era porque Acqua le había revelado a Firia el conjuro de Resurrección en grado máximo que Zelgadiss debía usar para resucitar a Amelia. En un primer momento, el mago-espadachín había pensado que debía viajar hasta Seillon para allí aprender de boca de Lou Graum o alguno de los grandes sacerdotes blancos que allí había el conjuro necesario; pero después de lo ocurrido, vio que eso ya no era ni siquiera posible, y más tarde, durante el viaje de vuelta, Shilfild le reveló que tal conjuro no existía ni siquiera entre los miembros de las Cinco Sagas –a la que pertenecía Lou Graum- pues algo así superaba la Magia Blanca ordinaria y entraba ya en la categoría de Magia Sagrada… un tipo de magia que sólo habían visto manejar a Firia. ¿Cómo alguien le iba a enseñar cómo resucitar a una persona fallecida si hasta ahora ese era un tema imposible entre los hechiceros y sacerdotes por alto que fuera su rango? No, no era otra sino Firia quien debía instruirle sobre cómo hacerlo.
Lo cierto es que aunque el conjuro de Resurrección que Zelgadiss debía usar era similar en forma a su equivalente de Magia Blanca, en el fondo era un asunto muy distinto y sólo Firia sabía cómo ejecutar algo así. Eso era un problema porque desde hacía siglos, nadie en el interior de la Barrera, por lo menos que se supiera, había usado la Magia Sagrada, un conocimiento perdido tras la Guerra Kouma, y la exclusividad de ese hechizo lo hacía único.
Y ahora, no sin paciencia, Firia estaba intentando enseñárselo a un mago con capacidades venidas a menos en una casi carrera a contra reloj y sin saber cuánto tiempo les llevaría, cosa harto compleja porque Firia no tenía la misma visión global de todos los tipos de magia que Rezo tenía ni la dulzura y paciencia que Amelia había tenido para enseñarle lo poco que Zelgadiss sabía sobre Magia Blanca. La dragona estaba resultando ser una profesora un tanto sorprendente en sus métodos porque explicaba cosas que a Zelgadiss no se le habían ni siquiera ocurrido pensar que pudieran ser así.
—No, no, no… La Magia Sagrada no usa la Magia Astral como vehículo —explicaba Firia. —La fuente es la misma, pero no el intermediario. Debes invocar directamente el poder de Cephied.
—Me resulta difícil de hacer —gruñó Zelgadiss en medio de plena intentona. —Siento el lazo, sé que está ahí… pero no lo localizo.
—Eso es porque tú sigues insistiendo en usar tu lazo con la magia Astral como sueles hacer cada vez que usas la magia. Puedes hacerlo con la Magia Negra, ¿por qué no con esta? El lazo está justo al otro lado del espectro.
—Uso pocas veces la Magia Negra; no me gusta —se justificó Zelgadiss. —El lazo que tengo con ella es desagradable… No sé cómo Lina puede usarla tantas veces sin sentirse mal.
—Ya sabes por qué es. Todos los hechiceros, magos y sacerdotes lo sabemos… Ahora concéntrate y busca el lazo en el lado opuesto del espectro mágico, pero sin usar el Astral como vínculo.
Aunque el razonamiento de Firia era muy sencillo, para Zelgadiss no resultaba fácil de hacer y el vínculo se le escapaba, como si no fuera capaz de mirarlo a la cara. Tras varias intentonas, tuvo que pararse a descansar; la meditación inicial estaba resultando muy difícil.
—… Una vez Amelia me explicó que todos los sacerdotes aspiran a conseguir usar la Magia Sagrada —comenzó a decir con cierta nostalgia en una de esas pausas. Firia le escuchó con atención y sin interrupciones. —Ella me dijo que hasta ahora ningún sacerdote lo había conseguido, y que posiblemente ella no pudiera hacerlo tampoco porque usaba Magia Negra, aunque fuese de forma ocasional. —Se pasó la mano por los ojos con un pesado suspiro, —En realidad esa es la razón por la que Shilfild o tú sois mejores sacerdotisas de lo que ella es… era. Pero no sé en qué sentido eso me afecta a mí.
La dragona asintió.
—Es verdad, ella estaba en lo cierto. Los sacerdotes humanos echan mano de la Magia Blanca como vehículo de los poderes sagrados, pero no tienen el vínculo con la Magia Sagrada. Y si usas Magia Negra, la posibilidad de vincularse con la Magia Sagrada o simplemente la Blanca, se diluye. Es muy difícil conseguir un vínculo con la misma fuerza en todos los tipos de magia.
—¿También para vosotros los dragones? —preguntó Zelgadiss con curiosidad.
—Nosotros tenemos una capacidad mágica muy alta, está en nuestra naturaleza; y también el estar vinculados a Cephied, no como vosotros los humanos que vais por libre. —Firia cruzó las piernas, relajando su postura e inclinándose hacia él, de una forma que el mago-espadachín encontró pretendidamente más distendida. —En realidad yo nunca podría usar Magia Negra porque es algo que se opone a la naturaleza de los Ryuzuko, los dragones. Vosotros los humanos, en cambio, no tenéis ese problema… sólo que no sabéis a dónde mirar. Tú en particular tienes un vínculo muy desarrollado con la Magia Astral, que es neutral, así que no sufrirás por vincularte a la Magia Sagrada.
—Entonces Var… Por eso cada vez que se transformaba en un dragón…
—Sí, por eso sufría tanto.
Zelgadiss reflexionó sobre las palabras de Firia de forma entendió mejor de qué manera podía alcanzar la conexión con la Magia Sagrada. La idea de ser superior a Rezo en ese aspecto resultaba un poco intimidatoria, pero si había algo que el mago-espadachín tenía era resolución.
Para cuando amaneció, tras muchas intentonas y meditaciones varias con sus convenientes descansos, Zelgadiss se sentía bastante orgulloso consigo mismo en lo referente a sus habilidades con la magia, y tal vez era la primera vez que se sentía así desde que recuperó su forma humana: era el primer humano en siglos que tenía un vínculo con la Magia Sagrada. Ahora que recapacitaba en ello, se dio cuenta que uno de los problemas que tenía para invocar la magia desde que perdió sus habilidades como quimera, era que el vínculo con ella era muy estrecho mientras sus reservas eran muy grandes, como si se tratara de un grifo del que apenas saliera un hilo de agua pero que estuviese anclado a un depósito de grandes dimensiones. Por esa razón no podía llenar con rapidez grandes vasos de agua, pero sí llenar muchos de ellos. Por eso cuando él mismo había conducido el golem dragón, lo había podido hacer durante tanto tiempo para asombro de Lina y Naga.
La Piedra de Sarvia, lo que hacía, era ampliar el caudal de ese grifo, pero también ampliar el depósito del mismo; y como las reservas mágicas de Zelgadiss eran bastante grandes, cuando usase la Piedra, no tendría problemas en mantener un conjuro como aquel por su durabilidad innata. El problema por tanto no era ejecutar el hechizo por un largo tiempo o tantas veces como fuera necesario, sino el llegar a hacerlo, aunque el hecho de poseer la piedra facilitaba mucho las cosas.
De todas formas no llegó a usar la Piedra para sus prácticas con Firia; el precioso objeto seguía en posesión de Shilfild, quien no se había despegado de ella. Por ahora, Zelgadiss se bastaba con saber localizar el espectro de la Magia Sagrada y el mantra que debía invocar para dar forma a ese conjuro.
Tras el amanecer hasta bien entrada la mañana, Zelgadiss aprovechó para descansar en un catre improvisado que Firia había dispuesto en una habitación sin uso aparente en la casa. Estaba agotado después de todo el viaje y su noche de entrenamiento, así que no tardó en quedarse dormido pese a que el resto, aunque tarde, se levantara y empezara a tener actividad por la casa. A Firia no le había importado pasarse la noche en vela pues su naturaleza draconiana así se lo permitía, y durante el resto del día, se dedicó a sus quehaceres con la tienda que pretendía abrir (una mala idea, se mirara como se mirase; ahí Gaury tenía razón), y por supuesto del pequeño Var, que parecía estar muy contento de ser el centro de atención de tanta gente.
Luna se empeñó en ser una buena huésped y convenció a Firia de que sería ella quien hiciese la comida para todos, pues el grupo juzgó que ir a otro mesón del pueblo y arriesgarse a ser localizados o atacados por otro mazoku no era la mejor idea. Con Firia cerca, menos en su casa, eso no ocurriría. Lina, por supuesto, protestó cuando su hermana la obligó a ayudarle en la cocina mientras que Shilfild quedaba exenta de ello pese a haberse ofrecido calurosamente a ello; el resto del grupo fue tan discreto como pudo. Sólo Mellina parecía un tanto inquieta, no tanto por la situación general en sí sino por el hecho de, como luego explicó, no haber podido hablar con Zelgadiss sobre ciertos temas.
Para cuando Zelgadiss se levantó y terminó de asearse, el resto ya estaba comiendo opíparamente un guiso de carne de cabrito local que encontraron bastante bueno, pues como habían podido comprobar ya en varias ocasiones, Luna era una buena cocinera; no obstante trabajaba en un mesón. La comida tuvo algo que ver, pero lo que más alegró a todo el grupo fue saber que Zelgadiss había logrado dominar la Magia Sagrada bastante antes de lo previsto, cosa que hizo que tanto Lina como Naga quedaran perplejas y que Shilfild exclamara cuánto le alegraba por él.
Acordaron que esa misma tarde todos ellos partirían hacia la entrada del Desierto de las Tablas en el golem dragón en el que habían venido. Firia no les acompañaría porque tenía que ocuparse de Var y tampoco se veía capaz de llevar a un grupo de gente tan numeroso sobre su lomo, volando por unas montañas donde las corrientes eran tan peligrosas. La dragona se quedaría esperándoles en Rikkido, también por lo que pudiera pasar mientras que ellos estaban allí, pues además, Acqua estaría aguardándoles allí. Mellina, contra todo pronóstico, también dijo que quería acompañarlos, según ella porque después de tanto haber viajado junto al grupo, no era menester abandonarlos y también porque no quería que Zelgadiss fuera sin ella, algo que dejó un tanto sorprendido al mago-espadachín.
Dicho esto, tras haber comido opíparamente y haber reposado el almuerzo un rato, el grupo se dirigió a la plaza donde habían aparcado el golem dragón, que se había convertido en un improvisado campo de juego para los niños locales, y lo pusieron en marcha, abandonando el pueblo, para regocijo de los locales de mayor edad y protestas de los más pequeños.
La última fase del viaje había comenzado y Xeross seguía sin aparecer.
Tal vez un par de horas más tarde, el grupo había alcanzado la grieta donde se ubicaba la entrada del Desierto de las Tablas, que al parecer seguía exactamente igual que meses atrás. Había sido un poco difícil llegar hasta allí porque algunos tramos de la ladera de las escarpadas sierras no eran fáciles de atravesar con el golem, pero al final lo aparcaron en la entrada de la grieta, pareciendo que a partir de ahora un dragón de piedra la fuese a custodiar.
El grupo descabalgó ágilmente y se adentró en la grieta, inspeccionando el lugar con la mirada. La última vez que Xeross se les había aparecido fue precisamente allí, y aunque lo más probable era que el Sacerdote Bestia no repitiera la jugada, nunca estaba de más ser cuidados.
Pero seguía sin haber rastro de él.
—Empiezo a pensar que tal vez estemos siendo un poco paranoicos —comentó Lina en tono deliberadamente casual mientras inspeccionaban la entrada en la roca que ella misma había creado meses atrás. —Aquí no veo nada de lo normal.
—No, no es así, Lina —negó Shilfild. —El peligro no ha desaparecido. Puedo sentirlo.
Gaury frunció el ceño y miró atentamente a su alrededor mientras se llevaba la mano a la empuñadora de su espada, posicionándose cerca de las dos chicas con afán protector. Él carecía de esas habilidades pero sabía sentir el peligro.
—Pues si es así no nos entretengamos más y entremos —arengó Zelgadiss.
La bofetada de calor que recibieron al pasar por la grieta y adentrarse en el mar de dunas y arena que se extendía ante ellos no fue tan fuerte como la última vez debido al cambio de estación pero ciertamente se notó. Un sol que no existía fuera de allí iluminaba todo el lugar y la calima nublaba la vista de los cientos y cientos de hileras de monolitos de piedra que se alineaban sobre las dunas hasta el horizonte como si de un gigantesco alinament de tratara. Afortunadamente esta vez iban mejor preparados que la anterior, sin cargar de bultos y con una buena remesa de agua.
—No… no puedo creerlo —exclamó Mellina, asombrada por lo que veía. —Esto está… ¿dentro de la montaña? Cuando hablabais del Desierto de las Tablas no sabía a qué os referíais hasta ahora.
—No exactamente —contestó Lina. —Es un espacio distorsionado que hay dentro de la montaña, no un agujero escavado en la roca.
Mellina parpadeó; no entendía bien a qué se refería Lina y Naga le dedicó una mirada de desdén.
—¿Y ese sol? —preguntó con un gesto de la mano, —¿Cómo puede haber dos soles?
—Porque un espacio distorsionado es como otro mundo en pequeña escala —explicó Zelgadiss. —Este lugar existe paralelo a nuestro mundo.
—¿Y quién puede hacer algo así? —siguió preguntando. Todo aquello le parecía increíble.
—Los Mazoku… o por lo menos algunos de ellos si son poderosos —contestó Lina. —Y por supuesto los Ryuzuko, los dragones. Algunas veces también se crean espacios así cuando ambas tribus luchan entre sí porque deforman la realidad.
—Entonces, ¿quién creó este lugar? —inquirió la campesina.
—Posiblemente Acqua —contestó Zelgadiss. —Deberíamos empezar a buscarla ya. Nos debe estar esperando.
—Por allí —sugirió Shilfild señalando con el dedo. —Siento una energía benévola en aquella dirección.
Y dicho esto, el grupo se dirigió en la dirección indicada sin perder ritmo. La sacerdotisa del Hulagón estaba en lo cierto; a lo lejos se adivinaba un resplandor diríase que azulado, y que sabían que estaba en el punto a donde se dirigían. A pesar del resplandor del sol y de la calima, se le distinguía sin problema y actuaba sobre ellos como una especie de faro luminoso.
Fue entonces cuando Gaury detuvo el paso.
—Creo que alguien se acerca —anunció mientras hacía sombrilla sobre los ojos con la palma de la mano. —Sí, viene hacia aquí.
Zelgadiss lanzó una mirada de reojo al rubio elmekiano; tal vez fuera cuestión de haberse criado en una tierra esteparia como Elmekia que Gaury tenía facilidad para distinguir objetos y personas en la lontananza.
—Bien. Esperemos a ver quién es… aunque imagino que será Acqua. Firia ha dicho que nos estaría aguardando.
Lina se atusó su larga cabellera pelirroja, sacudiéndosela para refrescar su nuca.
—Vale. Esto nos facilita las cosas —anunció con una sonrisa que fue respondida por el resto del grupo, menos por Shilfild que frunció el ceño.
Poco después, todos vieron la familiar figura encorvada de una afable ancianita vestida de color azul y con un bastón en la mano que caminaba hacia ellos arrastrando los pies sobre la ardiente arena. Desde luego era una entrada menos espectacular que las que había tenido antes.
—Bueno, bueno… —exclamó con su voz cascada pero dulce, —ya estáis aquí. Os estaba esperando. Me alegro que hayáis llegado a tiempo.
—¿Qué hay, Acqua? —la saludó Lina de manera informal mientras se inclinaba hacia delante apoyando las manos en sus rodillas para ponerse a su altura. —Espero que nos hayas echado de menos aunque no te hayas aburrido sin nuestra compañía.
Acqua rió de forma afable, como siempre hacia cuando se dirigía al grupo.
—Por supuesto que sí. Sois un grupo muy interesante —. Entonces se volvió hacia Zelgadiss y Naga, quienes inconscientemente se habían agrupado uno al lado del otro respecto a los demás. —¿Y vosotros lo habéis conseguido? —preguntó sin dejar de sonreír.
—Sí, Raguradya —asintió Zelgadiss con una suave sonrisa. —Nos ha llevado trabajo pero tenemos la Piedra y he conseguido conocer el hechizo de Magia Sagrada para llevar a cabo la tarea.
Durante un breve instante, Acqua pareció realmente sorprendida por la noticia, pero inmediatamente se gesto se tornó en una amplia y afable sonrisa.
—¡Eso es estupendo! —exclamó. —Si es así, podemos ir para donde está el ataúd de cristal con vuestra amiga ya mismo.
—Por supuesto —asintió Naga dando una primera pomposa zancada en la dirección que presumían que tenían que dirigirse. El resto del grupo la imitó y pronto Acqua se colocó al frente, abriendo la marcha con premura pese a su limitada altura y corta zancada.
Caminaron durante un buen rato, y a medida que avanzaban, fueron viendo como más surcos se abrían en líneas paralelas sobre la arena y cómo más tablas aparecían volcadas sobre sus posiciones o simplemente quebradas y hechas añicos. El resto parecía ignorar esa situación, aunque por momentos parecía que había más tablas en mal estado que la vez anterior que estuvieron allí; todo ello atrajo la atención de Mellina, quien se acercó discretamente a la vera de una inusitadamente callada Shilfild.
—¿Quién es esa anciana? —preguntó por lo bajo. —¿Por qué todos la hacéis caso? ¿Es que ella vive aquí?
Shilfild se sacudió como si volviera a la realidad y se inclinó hacia Melina para contestar en voz baja lo que todos los demás sabían ya.
—Se llama Acqua… pero en realidad es la manifestación física de Raguradya, la Reina Dragón del Agua. Ella cuida y vigila este lugar.
—¿¡Cómo!? ¿¡La Reina Dragón!? —exclamó Melina. —Entonces, ¿Es ella a la que la gente adora en sus templos? —preguntó muerta de curiosidad, pero bajando la voz para no causar una escena.
Shilfild asintió.
—Sí. Los templos de Raguradya están dedicados a ella.
—…No puedo creerlo —musitó Melina. —Estoy caminando junto a un ser divino.
Shilfild disminuyó el ritmo de sus pasos, temerosa de que Melina fuera a sufrir algún tipo de crisis mística por tal revelación, pero afortunadamente la joven se recompuso rápido. Sin embargo, eso no acabó con la desazón que venía sintiendo desde que entraron en el desierto pese a la tranquilizadora presencia divina que se veía en el horizonte.
Más adelante, Lina caminaba escoltada por Gaury y su hermana, justo detrás de los pasos de Acqua. A su alrededor, podía ver cada vez más y más tablas destruidas.
—Vaya… —exclamó. —Ya sabía que se destruyeron muchos de estos monolitos cuando Gaarv nos hizo una visita la primera vez que estuvimos aquí. Pero no recordaba que fueran tantas —comentó.
Gaury no dijo nada al respecto, cosa que Lina comprendía porque el espadachín nunca había sido un portento de cualidades memorísticas, pero su expresión seria no le pasó desapercibida.
—Yo tampoco recuerdo que fuera así —corroboró Luna. —Hay más tablas en mal estado de lo que me pareció ver la última vez.
—¡Pf! Eso es porque nadie se ha ocupado de ellas —contestó Naga con desdén. —Un tesoro como este no debería estar tirado por aquí de cualquier manera.
Lina lanzó una mirada de soslayo a Naga y negó con la cabeza; la Serpiente siempre veía las cosas con su particular modo de hacerlo y no parecía que el sentido común fuera hacerle cambiar de idea.
—No creo que sea porque Acqua no las cuide —replicó.
La aludida se detuvo un instante para contestar.
—Es verdad. Estas tablas están aquí para preservar todo el conocimiento escrito de la Biblia Claire. No es algo que se destruya así como así.
—¿Veis? —exclamó Lina volviéndose hacia el resto del grupo. —Esto está así por lo que pasó aquí —justificó quitándole importancia al asunto.
Naga no tenía manera de replicar algo así porque su capacidad de observación no se lo permitía ni tampoco había estado allí durante esa batalla, pero el caso de Zelgadiss era distinto. El mago-espadachín detuvo el paso y se plantó en su posición.
—Lina… el combate que hubo entre Gaarv y Raguradya fue mucho más adelante, con casi un día de camino desde la entrada y en otra dirección. Estas no pueden ser las mismas tablas que fueron destruidas en esa pelea —.Miró de soslayo a Acqua y preguntó. —¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué están estas tablas destruidas tan cerca de la entrada?
—¡Oh, vamos, Zel! No seas tan…—comenzó a decir Lina, pero enmudeció al ver las expresiones serias de sus dos escoltas, hermana y protector, que se habían llevado las manos a las empuñaduras de sus respectivas espadas. —Acqua, ¿qué pasó aquí?
La anciana, que hasta el momento no había dicho nada, también había detenido el paso, aparentemente escuchándoles antes de replicar; fue entonces cuando una risita graciosa empezó a sacudir sus hombros. La anciana solía reírse así, pero siempre de forma amable y esas risas no parecían serlo.
—Zelgadiss… Siempre tan observador. Desde luego tienes experiencia en este tipo de asuntos; eso no se puede negar —. Se dio la vuelta y se encaró con ellos. Algo había cambiado, sus ojos no eran del mismo azul cielo de hacía un rato y carecían de su misma mirada amable —. Es verdad lo que decís, estas tablas están así por un combate.
Lina estuvo a punto de decir "¿Veis como es por eso?" una vez más, pero la situación ahora sí se le antojaba extraña de algún modo y no se atrevió a replicar.
—¿Qué combate? No puede ser el mismo que decimos nosotros si lo que ha comentado Zelgadiss es verdad, como tú misma has dicho —inquirió Luna, quien cogió a Lina por la muñeca y la arrastró apartándose de Acqua.
—¿Qué combate va a ser? —exclamó Acqua. —Pues el que hubo entre Acqua y Xeross.
Hubo un respingo general. A ninguno se les había ocurrido pensar en algo así, de hecho nada remotamente parecido y de lo que Firia no les había comentado nada de nada. Pero esas palabras bastaron para poner a todo el grupo en alerta y lentamente, de forma instintivita, se posicionaron en círculo, como tantas otras veces habían hecho en el pasado cuando se enfrentaban a algo. Acqua ni se inmutó, sino que siguió sonriendo de forma afable.
—¿Xeross? —exclamó Zelgadiss, malamente aliviado por saber algo así de su perseguidor después de todo un viaje de vuelta sin verle aparecer por ningún lado a sabiendas de que les perseguía. —¿Ese desgraciado se ha atrevido a atacar este lugar?
Acqua asintió y comenzó a explicarse, aunque no exactamente como ellos esperaban.
—…Algo inesperado. Durante la batalla contra Gaarv, él se libró del Rey del Dragón del Caos gracias a la Reina Dragón del Agua y siempre estuvo agradecido por ello. No era algo que tuviera que pasar.
Lina recordó cómo Xeross había sido sostenido por los brazos de Martina, pese a que la piedad era un sentimiento aborrecible por los mazoku, y el Sacerdote Bestia le daba las gracias a Acqua por permanecer vivo, proclamando que la respetaría por ello. No era algo que pasara todos los días y Lina no lo había olvidado, de hecho, durante su último encuentro todo había sido cortesía por ambas partes. Por otra parte resultaba extraño que Acqua hablara en tercera persona; ya no había necesidad de disimular sobre su verdadera identidad cuando todos ellos sabían quién era ella en realidad, como bien acababa de oír hacía un rato la conversación entre Shilfild y Mellina, la única que hasta ahora no sabía quién era Acqua.
—¿Y Xeross se atrevió contigo a pesar de proclamar su deuda? —preguntó Lina tras una pausa. Aunque Xeross era un tramposo y un liante, o simplemente el "asesino de dragones", incluso él parecía tener ciertos límites.
—Bueno, no exactamente… —explicó Acqua con un encogimiento de hombros. —Empezó atacando al propio desierto, no a las tablas. Ya sabéis que llevaba tiempo destruyendo todas las copias de la Biblia Claire que se encontraba por el mundo, así que atacar a la fuente era lo más lógico.
Lina y Zelgadiss fruncieron el ceño. Ellos dos sabían de primera mano que eso era verdad; los mazoku querían desde hacía tiempo que los humanos no tuvieran acceso a los conjuros superiores que les permitieran a los humanos la capacidad de combatirlos, así que Xeross, disfrazado como sacerdote peregrino de Cephied, se estaba asegurando de ello destruyendo las copias que iba encontrando. De hecho fue por eso que se conocieron, o por lo menos la razón inicial.
—Pero tú no lo permitirías —objetó Luna. —Aunque no te atacara a ti directamente, tú lo intentarías evitar.
—Claro que sí —asintió Acqua. —Y la diferencia de poder era notable, pero después del combate contra Gaarv… —Dejó la frase en el aire. El significado implícito estaba claro.
El grupo pareció suspirar aliviado, pero no lo suficiente como para relajar la tensión que albergaba.
—Tuvo que ser una lucha muy fiera —comentó Gaury, quien a pesar de no entender de magia, sí comprendía el por qué de la lucha. —¿Cuánto hace de eso?
—¡Oh! ¡Hace algo más de una semana! —contestó Acqua. —Llevo esperándoos desde entonces. Sabía que eventualmente vendríais hasta aquí.
—¿Esperándonos desde hace una semana? —preguntó Zelgadiss entrecerrando los ojos. —Firia no nos ha dicho nada de esto, sino que usted la envió para que nos recibiera.
Al oír el nombre de Firia, Acqua tembló ligeramente pero no tardó en contestar.
—Bueno, supongo que será porque ella no sabe nada de esto.
—¿Firia no sabe nada? —exclamó Shilfild, quien había permanecido callada durante todo el tiempo, escuchando lo que había pasado. —Creo que al menos debería habérnoslo comentado antes. Ella sabía que Xeross estaba detrás de nosotros y eventualmente nos atacaría… ¿Por qué no le ha dicho nada de esto?
La respuesta más obvia era porque no quería preocuparla, pero en una situación así, actuar de esa forma resultaba muy descuidado y todos lo sabían. Acqua se estaba guardando información, no quería que supieran todo lo que había pasado y, aunque sus respuestas y tono eran amables dentro de su línea habitual, seguía habiendo algo raro en ella y en todo este asunto.
—Bueno, ella ya no estaba aquí cuando eso pasó. No era lo más recomendable.
—¿Recomendable? ¿Para quién? —preguntó Luna con los ojos entrecerrados.
—Pues para mí, por supuesto —contestó Acqua, quien parecía estar creciendo de tamaño.
Fue muy rápido. Luna había cogido de nuevo a su hermana pequeña por la muñeca y la había empujado tras de si mientras desenvainaba la espada que llevaba prácticamente oculta en su capa; Gaury hizo lo mismo con su propia hoja y se posicionó en postura defensiva haciendo de escudo entre Acqua y Shilfild; el resto hizo más o menos lo mismo, salvo Melina, quien abrumada por los acontecimientos, se escondió tras la sacerdotisa del Hulagón.
Acqua había comenzado a crecer de tamaño, lo cual, teniendo en cuenta su verdadera naturaleza, no resultaba extraño porque su forma real era inmensa. El problema es que la forma que adoptó no era la de un dragón de escamas celestes, sino una forma humana y masculina que también sujetaba un bastón.
Era Xeross. Por fin había aparecido.
—¡TÚ! —ladró Zelgadiss. —Sabía que había algo raro en todo esto, pero no imaginaba que fueras a ser tú, maldito bastardo.
—Lo sabía —añadió Luna. —Sabía que no podías ser Acqua.
—Buena jugada, Xeross —concluyó Lina, recomponiéndose de la impresión. —Esto es una maniobra muy osada incluso para ti. ¿Lo sabías?
—Parece que todos sabíais muchas cosas, ¿no os parece? —contestó Xeross con socarronería.
Acqua, o la que ellos pensaron que era la Reina Dragón, había resultado ser Xeross; el Sacerdote Bestia había adoptado la forma de afable anciana que Raguradya tenía para moverse por el mundo desde que la Guerra Kouma. No sabían cómo pero si lo que Xeross había dicho era cierto, ambos se habían enfrentado hace unos días, cuando convenientemente Firia ya no estaba allí y habiendo recibido instrucciones de Acqua, la de verdad, para que el grupo se dirigiera directamente a la trampa pues sin duda ese resultaba ser el mejor sitio para esperarlos.
Xeross casi les había hecho caer en su trampa, o de hecho ellos mismos ya habían caído en ella sin darse cuenta, como era lo habitual. No obstante, aunque Acqua no estaba a la vista, su presencia era latente en el lugar, pues como Shilfild había señalado nada más adentrarse en el desierto, había una presencia divina que embargaba el lugar. No había tiempo para especulaciones sobre qué había pasado con ella, pero recapitulando los hechos, lo más probable era que la propia Acqua hubiese levantado esa barrera para proteger esa zona contra Xeross, quien a pesar de todo seguía siendo inferior en poder a ella, aunque estuviese tocada por el combate contra Gaarv. Si ella hubiese muerto, ese lugar no existiría y las tablas habrían desaparecido, por lo tanto, aunque no estuviera de cuerpo presente sí lo estaba en espíritu y por lo tanto, eventualmente podría manifestarse otra vez como la ancianita que todos conocían.
Estaba claro hacia dónde se tenían que dirigir… si es que primero conseguían zafarse del Sacerdote Bestia.
Luna se sitió frente a Xelloss, sin apartar la vista de él y calculando cualquier clase de movimiento que el mazoku hiciera. La Caballero de Cephied sabía que Xelloss no era en realidad ese joven con ese inquietante parecido con su padre e indudablemente atractivo, sino un ser espiritual, incorpóreo, que se materializaba ante ella y ante todos los demás con ese aspecto. Por tanto, Xelloss era perfectamente capaz de desaparecer ante sus ojos, y por lo que sabía, atacarla desde el Plano Astral, siendo esta una de sus técnicas favoritas.
Después de todo, hacía casi 1015 años atrás que Xelloss ni siquiera se había molestado en utilizar esa técnica para acabar con los dragones dorados y negros.
Pero Luna tenía más poder que ellos, más incluso que Firia y el resto de los dragones dorados juntos, y ella era perfectamente capaz de luchar en igualdad de condiciones frente a Xelloss, e incluso de vencerle. Eso era algo que Xelloss también sabía; Luna no solo era capaz de plantarle cara, sino que le podría derrotar, y por eso su posición también era cauta. Incluso cuando se enfrentó a Vargaarv –antes de saber quién y qué era realmente ese maldito seguidor de Gaarv— nunca se había mostrado tan cauto, posiblemente más de lo esperado pues si Acqua había quedado afectada por su encuentro con Xeross, lo más probable es que el Sacerdote Bestia todavía no estuviese al cien por cien de sus posibilidades pese a que aparentase lo contrario.
No obstante, Xelloss tenía una ventaja sobre Luna: como mazoku, se alimentaba de las emociones negativas, y el miedo de Luna a la incipiente lucha era una que muy bien podía jugar a su favor.
Xelloss usó otra de las armas que tan bien sabía usar: el ataque psicológico.
—Bueno, bueno, Luna…—comenzó a decir con su acostumbrado tono cantarín. —¿Por qué tanto escándalo? ¿No sería más fácil que simplemente me dierais la Piedra de Sarvia? — Hizo una pausa. — Después de todo sabes muy bien que puedo acabar con los que se me interpongan. — Y diciendo esto, lanzó una mirada significativa a Melina y Shilfild, quienes permanecían guarecidas tras Zelgadiss, Naga y Lina, mientras que Gaury lo hacía tras ellas. Era evidente que si bien Xeross no sabía quién tenía la piedra, sospechaba de ellas.
—Bastardo…—murmuró Zelgadiss entre dientes. —Si nos hubiese querido matar, ya lo habría hecho… Pero está jugando con nosotros.
—¿Ju… jugando? —musitó Melina, no queriendo creer lo que estaba pasando.
—Sí —contestó Lina desde su posición adelantada. —Es su estilo. Quiere que nos descubramos para saber quién tiene la piedra.
La mirada de la campesina saltó de unos a otros, temerosa de lo que pudiera pasar; ella estaba fuera de peligro en ese sentido, pero no así Shilfild que corría un gran riesgo.
En ese momento, la tensión acumulada saltó cuando Xelloss se desmaterializó delante de Luna con un relámpago de energía negra, para materializarse con el mismo chasquido justo tras Gaury, la forma más fácil de acercarse a las dos débiles humanas que debían estar ahí porque custodiaban la Piedra de Sarvia. Sin embargo, Gaury había estado en suficientes batallas importantes como para saber a qué clase de adversario se enfrentaba y cómo tenía que atacar. Instintivamente, lanzó su espada poniendo toda su voluntad en ella, hacia el lugar donde Xelloss iba a materializarse.
Un ataque que concentra un espíritu fuerte son las armas que se necesitan para atacar a un mazoku, pero Gaury solo era un humano y ya no poseía la Gor Nova, que le habría permitido atacarle con más acierto.
—¡Ops! —exclamó Xelloss esquivando el mandoble del espadachín. —Vaya voluntad que tienes. Eso estuvo cerca —. El mazoku esbozó una sonrisa sardónica. —Pero no es suficiente…
Gaury sabía que se le podría venir encima, pero si ya conocía a qué tipo de criatura se enfrentaba, también conocía a Lina.
—¡Al suelo! —gritó, y con un movimiento rápido, se abalanzó sobre Shilfild y Melina cubriéndolas con su cuerpo mientras Lina saltaba sobre él acompañada de Zelgadiss.
—¡Lama de Elmekia! —gritaron los dos al unísono.
Una llama de resplandeciente color blanco surgió de la palma de las manos de ambos para fusionarse en una sola hoguera de fuego espiritual. Ambos sabían que la "Llama Elmekia", aunque era un hechizo potente contra los mazoku, no lo era para alguien como Xelloss, pero sí que cuando se juntan dos hechizos, el efecto no se suma, sino que se multiplica… así que el resultado era más potente.
Pero seguía siendo insuficiente contra Xelloss, en realidad el ataque solo era una maniobra de distracción.
—Por favor…—exclamó con su acostumbrado tono cantarín. –No me ofendáis con un ataque como este. —Y de un simple manotazo, apagó la hoguera espiritual que le habían lanzado.
Lo que Xelloss no esperaba es que esto realmente diera tiempo a Luna para lanzarse sobre él; Gaury, esperándose que eso pasara y merced de su mayor envergadura, abrazó a las dos jóvenes que había bajo él y rodó hacia un lado, apartándolas del trayecto del resto del grupo. Mientras, Zelgadiss y Lina saltaron cada uno hacia un lado apartándose de Xelloss, y Luna se abalanzó sobre él.
La Caballero de Cephied, sacudió su espada con un movimiento lateral, con la intención de rebanar al mazoku con un ataque que no dañara a los que apenas se habían apartado de sus pies. La espada de acero negro brilló con la carga del poder de Luna y Xelloss apenas tuvo tiempo de cubrirse con su bastón. Este era la primera vez que se tomaba en serio a sus atacantes.
—¡Ugh! —gimió al parar el golpe. Su bastón era parte de él y había recibido de lleno el ataque, causándole dolor.
Luna clavó sus grandes ojos cálidos en el aparentemente socarrón rostro del Sacerdote Bestia sin aparentar ninguna emoción; sabía que eso daría ventaja al mazoku. Por su parte, Xelloss no tuvo otra opción que apartarse de donde ellos se encontraban en busca de una posición más ventajosa; una lucha cuerpo a cuerpo con Luna no era la mejor de las opciones.
—¡Venga, vayámonos de aquí! —arengó Gaury ayudando a la sacerdotisa del Hulagón y a Melina a incorporarse.
—Corramos hacia la zona protegida por Acqua — añadió Zelgadiss con la espada aún en la mano. — ¡Lina! —la llamó volviéndose hacia la hechicera.
Pero la pelirroja no se movía de donde estaba, sino que permanecía detrás de Luna, parecía que quisiera permanecer allí luchando contra Xelloss en lugar de ir con ellos y cubrirles. Zelgadiss sabía por experiencia que Lina sabía qué tenía que hacer, pero en este caso no estaba seguro de su decisión.
— ¡Déjala! —exclamó Naga al pasar por su lado. —¡Y ocúpate de lo que tenemos que hacer! —ordenó en tono severo.
Zelgadiss chasqueó la lengua, como de costumbre molesto por la actitud de Naga, pero hizo lo que ella le pidió y arrancó a correr tras Gaury y el resto hacia los bancos de arena del horizonte donde Acqua guardaba el cuerpo de Amelia. En medio de la carrera, comenzó a invocar el hechizo de "Ray Wing", que le permitiría avanzar volando sobre las dunas a considerable velocidad; Naga, quien ya había viajado con él lo suficiente como para conocer sus procedimientos y técnicas, le imitó situándose a su lado, de forma que ambas coronas de viento que les permitían volar, se fusionaron en una sola aumentando el efecto del conjuro.
—¡Shilfild! —gritó Zelgadiss mientras él y Naga se aproximaban a gran velocidad, —¡Vuela tú también!
La sacerdotisa se giró hacia atrás para verlos y comprender inmediatamente a qué se referían; no estaba en la naturaleza de la sacerdotisa del Hulagón el combatir ni el verse envuelta en esos problemas, pero sí sabía qué tenía que hacer para no dejar todo el trabajo solo a Lina y los demás. La joven alzó sus enguantadas manos en color morado y las entrelazó mientras murmuraba el conjuro de "Ray Wing"; inmediatamente, una nueva aureola dorada la envolvió alzándola por el aire y con una mano, cogió a Melina por la cintura.
—¡Aaaaaaaha! —gritó la campesina al ver que sus pies ya no tocaban el suelo a pesar de sus pataleos.
—Sujétate bien —aconsejó la sacerdotisa mientras aseguraba su abrazo. Melina, aún con los ojos desorbitados por verse por encima del suelo, devolvió el abrazo y se agarró firmemente a la cintura de Shilfild. Mientras, Zelgadiss se había aproximado a Gaury y le cogía por el hombro, de forma que la escena de Melina se volvía a repetir.
—¡Waaaaaaah! —gritó el rubio al verse alzado por el aire. —¡Odio volaaaaaaar!
Los hechiceros y sus cargas se desplazaban por el aire a una altura relativamente baja, de forma que podían salvar las dunas y las tablas destrozadas por el combate que aconteció durante su primera visita; además, así el polvo que se levantaba al pasar, no les tapaba la visión ni entorpecía el paso. Pero el "RayWing" era un hechizo que exige mucho poder del hechicero que lo convoca, y poco a poco Zelgadiss estaba empezando a mostrar signos de cansancio pese a verse arrastrado en la corona del conjuro de Naga; a este paso no llegaría a su destino y difícilmente podría cumplir lo que había venido a hacer. Shilfild se aproximó a él cuando vio que se estaba retrasando, y se llevó las manos al bolsillo de sus calzas en donde había mantenido guardado la esquirla que era la causa de su actual tesitura.
—Juntémonos todos —exclamó. —Voy a usar la piedra y así iremos mucho más rápido.
Zelgadiss y Naga asintieron, extendiendo sus manos para juntar su hechizo junto con el de Shilfild, quien en ese momento, comenzó a invocar el poder de la piedrecita que llevaba consigo. El efecto resultó ser inmediato y todos ellos vieron su velocidad aumentada de una manera asombrosa, acompañados por una fuerza similar a la de una ola que les empujase hacia la costa; sus reacios pasajeros se abrazaron más fuertemente a ellos y cerraron los ojos, en parte asustados por el vértigo de lo que estaban experimentando, en parte a causa del fuerte viento y el polvo que ocasionaba volar a tal velocidad. Los hechiceros, afortunadamente, no tenían ese problema puesto que la propia corona del hechizo les servía como barrera protectora, pero moverse a tal velocidad era algo a lo que ninguno estaba acostumbrado, salvo por lo menos en el caso de Zelgadiss, quien ya había cabalgado a lomos de Firia un par de años antes.
Tras ellos, el ruido de la batalla entre Xeross y Luna con el apoyo de no les había abandonado. El mazoku intentaba zafarse de la mayor de las Invers y darles caza, pero Lina le atacaba lanzando conjuros de magia Astral y Negra, mientras que Luna cortaba cualquier clase de maniobra de acercamiento que el mazoku tratase de hacer. Técnicamente hablando, sólo la mayor de las Invers tenía fuerza y velocidad necesaria para enfrentarse cara a cara a Xeross, pero no estaba en la naturaleza de Lina el dejar abandonado a alguien, y además conocía lo suficientemente al mazoku como para prever sus maniobras y poder atacarlo con el poder aumentado de sus talismanes.
Parecía que realmente tendrían tiempo de llegar a su destino.
Continúa en la 2ª parte de este mismo capítulo.
