La habitación no era muy grande y estaba invadida por la cama de matrimonio. La luz de la mañana entraba por la ventana y los rayos caían sobre el brazo de la mujer que dormitaba plácidamente mientras un hombre la abrazaba por detrás asiendo con delicadeza la abultada tripa de ella.

La mujer despertó y abrió sus expresivos ojos azules. Se giró y sonrió al ver al hombre moreno que se encontraba a su lado. La besó y él, todavía dormido, la atrajo más hacia sí.

Dalia comenzó a acariciarle el pelo, que en los últimos tiempos había dejado crecer.

Empezó a oír sollozos y se dispuso a levantarse pero su marido tiró su mano para que volviera.

-Vuelve a cama.- dijo él todavía dormido.- Soy tu jefe, no pasará nada por que llegues tarde.

-Creo que a tus hijos les da igual.- Le dijo dándole un beso en los labios.- Y no me vendría nada mal tu ayuda.

El hombre reaccionó ante la mención de sus hijos, esas dos criaturitas que tanto quería y que habían llegado a su vida sin ser llamados. Se levantaron y fueron a la habitación de los pequeños. En la cunita Eiden lloraba mientras su hermana dormía plácidamente. Eran mellizos, pero tan parecidos que de no haber sido chico y chica pensarían que eran gemelos unicigóticos.

Ella cogió al pequeño mientras su marido se ocupaba de Evelyn. Físicamente eran iguales, pero ya se les notaba que cuando crecieran su forma de ser sería completamente distinta.

Los dos se habían hecho caca pero mientras el niño lloraba como si se fuera a morir en cuanto notaba que la caquita tocaba su culito a la niña le daba igual, si estaba dormida seguía durmiendo, si estaba jugando seguía jugando. Era algo que preocupaba bastante a los padres de la criatura.

Una vez cambiados se los llevaban a la cocina para darles de comer. Les prepararon el biberón y se sentaron en los taburetes cada uno con uno de los niños. Eiden se tomaba el biberón en un abrir y cerar de ojos mientras que Evelyn se lo tomaba con mucha calma. Era la niña más tranquila del mundo.

Era sábado y ninguno tenía que trabajar, así que cuando terminaron de darles el biberón y tomarse su café, vistieron a los bebés y salieron a pasear por el parque.

Era otoño y las hojas estaban por el suelo crujiendo cuando las ruedas de las sillitas pasaban por encima. El parque estaba lleno de niños con sus padres que disfrutaban de unos últimos días de asueto antes de que empezaran los días de frío invernal.

Dalia no era una madre paranoica, pero sí muy protectora con sus dos retoñitos. Puso una mano en cada columpio y murmuró un conjuro. Prefería usar la magia de herencia gallega que no necesitaba de varita, por lo que con sólo bajar el volumen de su voz podía realizar magia frente a muggles sin que se dieran cuenta.

Al final dejo a sus hijos en los columpios y se sentó con su marido. Él la abrazó mientras veían jugar a los niños de apenas año y medio y ella hacía que una suave brisa meciera suavemente los columpios con un movimiento de mano.

Su vida había cambiado por completo. Había dejado de ser una adicta al trabajo que se pasaba en él hasta doce horas. Ahora estaba casada, tenía mellizos y otro bebé de camino. Ahora su vida era plena.

Dalia se despertó a la mañana siguiente con una sensación de pertenencia, apenas recordaba un par de cosas. Los abrazos de su marido y el cariño que sentía hacia aquellos bebes regordetes.

No quería abrir los ojos y despertarse lejos de aquella ensoñación. Lejos de su familia. Pero terminó por hacerlo y lo que vio hizo que le diera un vuelco el corazón. Gustavo la estaba abrazando. Quizás no recordara la car de sus hijos y de su marido pero el ojo marrón que se abrió en aquellos instantes hizo que no tuviese duda alguna del rostro de su marido.

Gustavo en cuanto la vio despierta empezó a besarla tiernamente.

-Bueno, hoy es sábado. ¿Qué te parece si cenamos en Marcel's y nos damos un paseíto por el newseum?

-La verdad es que no he estado en Washington.

-¿Llevas años aquí y me dices que no has estado quedando a un segundo mediante aparición?

-No he tenido tiempo.- se disculpó ella.

-Bueno, pues eso exige pasar allí el fin de semana.

-Deja que pase a por mi varita y vamos.

-Ni hablar, que nos conocemos, si vas, te pondrás a trabajar. Nos apareceremos con mi varita.

Ella discutió un poco, pero ante el argumento de que si no sabía dónde la había dejado era que no la necesitaba no pudo replicar más. Aunque, tampoco quería hacerlo. Eran los cimientos de lo que sería su familia.