Disclaimer: los personajes pertenecen a J.K. Rowling. Si fueran míos, Severus y Sirius estarían sanos y salvos en mi cama y Ron ardería en las pailas del infierno.
Hola a todos! Quería darle las gracias a todos por su apoyo, me emocionan mucho y me animan a seguir adelante. Esa es la mejor recompensa que alguien que está empezando a escribir puede recibir. Ahora sí, los dejo con el próximo capítulo, esta vez desde la perspectiva de Sirius.
CAPÍTULO DOS – El infierno azul
Sirius cerró los ojos y dio un grito cuando su "adorada prima" Bellatrix lo empujó. Pero el golpe contra el duro piso nunca llegó. Atravesó algo helado y a la vez hirviente, y cayó sobre lo que se sentía como hierba mullida. Se levantó varita en mano dispuesto a atacar, pero se quedó pasmado al mirar a su alrededor. Se encontraba en el claro de un bosquecillo rodeado de algunos robles y fresnos. A lo lejos podía escucharse el rumor de un riachuelo corriendo, pero ningún sonido de personas o animales. No parecía muy grande o denso, pero eso no fue lo que sorprendió a Sirius. Lo que lo sorprendió es que todo en ese lugar parecía ser de diversos tonos de azul. Y, ¡por Merlín! Hasta su propia piel parecía ser ligeramente azulada.
No había que ser un genio para darse cuenta de que ya no estaba en el Ministerio de Magia. Es más, ni siquiera estaba seguro de seguir en el mismo mundo.
Era el momento de pensar con claridad y evaluar su situación. En primer lugar se revisó a sí mismo, para verificar que no tuviera golpes o lesiones graves. Una vez comprobó que estaba todo lo sano que se podía estar en su situación, intentó realizar algunos hechizos con su varita, para ver si su magia servía en ese lugar. Primero intentó con uno sencillo – "Lumos" dijo casi en un susurro – y se tranquilizó al ver que una luz pequeña pero brillante iluminó el lugar. Luego probó un "Aquamenti" y esta vez su varita no respondió. Durante un rato siguió probando hechizos, y para su molestia algunos funcionaban y otros no. Al parecer algo en ese lugar alteraba el uso de la magia. Con miedo brillando en sus ojos grises comenzó a revisar sus bolsillos en busca de cualquier cosa que pudiera serle de utilidad.
Llevaba consigo la navaja Victorinox que James le regaló cuando cumplió 17 años. "Nunca sabes cuándo podrías estar en una situación desesperada" le dijo su amigo ese día, y desde ese momento la cargaba con él como un amuleto. También tenía el antiguo encendedor de plata de su padre, una de las pocas cosas que le gustaba de las reliquias de la familia Black; su reloj (que parecía funcionar con normalidad), un paquete de cigarrillos y algunos caramelos. Nada más. Ahora se lamentaba de no haber tomado ese curso de supervivencia muggle que Remus le recomendó al salir de Hogwards. Con esas cosas seguro habría podido hacer algo útil.
Una ráfaga de brisa helada sopló y Sirius se estremeció. Si el clima iba a ser así en ese lugar tal vez había sido una suerte que sus ropas del día hubieran sido un suéter negro de lana de cuello alto ajustado, jeans desgastados, un par de botas de piel de dragón y una chaqueta de piel negra (y es que hasta a una trampa, como la que le tendieron en el Ministerio de Magia, había que ir presentable). Al menos la chaqueta lo protegería un poco del frío, si bien no sería una mala idea que buscara algún tipo de refugio.
Caminó unos treinta minutos haciendo la menor cantidad de ruido posible siguiendo el sonido del agua. Se topó con un río de unos cuatro metros de ancho, de aguas oscuras y muy caudaloso, por lo que quedó descartado cruzarlo. Algunos peces saltaban sobre sus aguas y Sirius se alegró de haber encontrado una fuente de comida y bebida. Le pidió a Merlín que no supieran mal y que no fueran venenosos. Ya se le ocurriría algo para atraparlos. Hacia su derecha pudo observar una pared rocosa con una saliente que formaba una especie de cueva natural. Sirius se acercó a examinarla. No era muy ancha, tal vez unos dos metros, ni tampoco parecía muy profunda. Con el encendedor de su padre en una mano y la varita en la otra entró. Desde la entrada hasta el fondo tenía casi cuatro metros. Las paredes se veían estables y el piso estaba seco. Al parecer ningún animal vivía ahí. Como refugio para su primera noche no estaba nada mal.
- Ahora necesito fuego – Dijo para sí mismo. – Y un arma también –
Se dirigió a las orillas del río, se quitó la chaqueta y la usó para transportar algunas piedras redondeadas hasta la cueva. Las dispuso formando un círculo. Luego fue al bosquecillo y reunió algo de hojarasca y ramitas secas pequeñas. Las dejó en su cueva y salió de nuevo a buscar algunas ramas más grandes que pudieran servirle para alimentar el fuego. Encontró una especialmente larga y recta, de casi dos metros de largo, que también llevó consigo. Con su magia fallando necesitaba con qué defenderse. Volvió a su hogar improvisado, y con el encendedor encendió una pequeña llama en la hojarasca. Comenzó a alimentarla con pequeñas ramitas hasta que logró un fuego más fuerte, que cubrió con algunas ramas de las gruesas. Tras unos minutos tuvo ante él una cálida y brillante fogata, que lo mantendría caliente por la noche. Se sentó en el piso y con la navaja comenzó a afilar la punta de la rama larga que rescató del bosque. Podría servirle como arma en caso de una emergencia y también como bastón. Le sorprendió que según su reloj había pasado en ese lugar al menos seis horas y no tenía hambre (y su estómago era más puntual que el Big Ben). Se comió uno de los caramelos que tenía, mientras veía como el ocaso transformaba el azul enfermizo del lugar en un negro oscuro, sin estrellas o luna en el cielo. Se recostó de una de las paredes, fumó un cigarrillo, cerró los ojos y casi de inmediato cayó en un profundo sueño.
Cuando Sirius abrió los ojos ya era de día. El sol se encontraba alto en el horizonte y si bien el día no era cálido, era menos frío que el anterior. Su fogata casi se había extinguido, así que la alimentó con un par de ramas más. Se levantó adolorido (porque no durmió precisamente en un colchón de plumas), se estiró y reviso los alrededores de la cueva. No había huellas de animales y todo parecía igual que ayer. Bastón en mano se dirigió al río, se lavó la cara para refrescarse y comenzó a pensar en un método para atrapar alguno de los peces que parecían ser la única fuente de comida en ese lugar, pues su estómago había decidido que ya era hora de llevarse algo a la boca.
La solución fue bastante sencilla. Tras varios intentos, concentrando su magia logró conjurar con su varita una especie de campo de fuerza en forma de esfera en el centro del río, dejando atrapado dentro un gran pez de escamas plateadas. Luego trajo la esfera hacia la orilla y ahí rompió el hechizo. El agua salpicó a su alrededor y el pez cayó al piso dando coletazos por la falta de aire. Sirius esperó que dejara de moverse, y usando su navaja le quitó las escamas y le retiró las vísceras. Después de lavarlo en el río, lo ensartó en un rama, se devolvió a la cueva con su presa y clavando la rama cerca de la fogata lo dejó cocinarse lentamente. Al cabo de unos minutos el aroma a pescado asado llenó el lugar, y supo que su comida estaba lista. Probó un bocado y estaba delicioso. Lo devoró rápidamente. Si estaba envenenado al menos no moriría con el estómago vacío.
Luego de comer fue al río de nuevo a lavarse las manos, y logró transfigurar una piedra en una cantimplora. Se estaba aburriendo de tener que caminar tanto sólo para beber algo de agua. La llenó, y se fue a explorar los alrededores en busca de pistas sobre dónde estaba o cómo podría salir de ahí. Tras horas de caminata no encontró nada que pudiera resolver sus dudas. Desalentado y sin nada mejor que hacer volvió a su cueva antes de que la noche llegara. Fumó otro de sus cigarrillos mientras pensaba cómo habían acabado las cosas en el Ministerio de Magia.
De todo corazón deseó que la Orden ganara esa batalla. Imaginar su mundo gobernado por un psicópata como Voldemort no le hacía ninguna gracia. Además Harry estaría en un peligro mayor, y ahora no lo tenía a él para protegerlo. Sirius tenía la esperanza de que su ahijado se fuera a vivir definitivamente con él una vez acabara la guerra en el mundo mágico. Ya era hora que el chico conociera lo que era tener una familia que lo amara y se preocupara por él. Y aunque los Weasley lo querían mucho Sirius era su padrino y por tanto se sentía con el deber de velar por Harry. Poco a poco se quedó dormido. Esa noche soñó que acampaba con James y Remus, y al día siguiente despertó con una sonrisa en su rostro.
Tras varios días de vivir en su "nuevo hogar", Sirius pudo comprobar que aparentemente no había ningún peligro en ese lugar. Aunque seguía buscando cualquier indicio de otras personas su búsqueda fue infructuosa. No había ninguna huella, desecho, o rastro que pudiera indicar que alguien viviera por allí. Los únicos seres vivos que había visto eran ardillas, un par de aves de plumaje oscuro que no conocía, algunos insectos y peces en el río.
Dándose cuenta que no podía (o más bien, no quería) permanecer para siempre en una cueva se propuso abandonar ese lugar, con la firme esperanza de que encontraría algo más. Para facilitar su marcha estableció una rutina. Se levantaba a las 7 de la mañana (o de lo que su reloj decía que era la mañana) y hacía una marca con su navaja en el trozo de madera que usaba como bastón, para llevar la cuenta de cuánto tiempo tenía en ese lugar. Luego bebía un poco de agua, se aseaba a sí mismo y comenzaba a caminar siguiendo el cauce del riachuelo. Cuando el reloj daba las once se detenía para encender un fuego y atrapar, si había suerte, algún pez para almorzar. Descansaba hasta las dos y reemprendía la marcha tomando pequeños descansos cuando sus adoloridos pies se quejaban, y continuaba caminando hasta que empezaba a oscurecer. Ahí se detenía a preparar una buena hoguera que lo mantuviera calentito en la noche, y si le había quedado algo del almuerzo aprovechaba para comerlo. Después se acurrucaba cerca del fuego y procuraba dormir lo más posible para descansar y seguir avanzando la mañana siguiente.
Durante su recorrido vio senderos borrosos, ruinas de piedra, torrecillas deshabitadas… pero nunca otra persona. Lo más interesante que encontró fue un manzano cargado creciendo junto a lo que parecía una cerca derruida. Ese día comió manzanas hasta hartarse (era bueno comer algo que no fuera pescado para variar). Aunque los frutos no eran muy grandes, al menos eran dulces y refrescantes. Se llevó un par y siguió su viaje. El paisaje a su alrededor seguía siendo solitario pero habían más restos de edificaciones. Sirius empezó a preguntarse a sí mismo ¿Será que una guerra había asolado ese mundo? ¿Tal vez una plaga? Ya que parecía que por un mal chiste del destino, era el último ser humano con vida.
Con el paso del tiempo la desesperación comenzó a nacer dentro de él. Extrañaba su mundo, a Remus y a Harry… hasta le gustaría tener cerca a Snape o a Kreacher sólo por tener alguien con quién hablar. Al menos durante su encierro en Azkabam tenía un objetivo que lo mantenía en sus cabales, pero en este sitio acabaría por volverse loco más temprano que tarde.
Y entonces lo que tanto esperaba sucedió. Hacia el atardecer del día 52 a lo lejos pudo observar la silueta de un gran castillo negro. Gritando de felicidad empezó a correr hacia él, con la esperanza de encontrar una salida de ese maldito infierno azul.
CONTINUARÁ…..
Y aquí tenemos otro capítulo de esta historia. Quiero darle especialmente las gracias a Natalia Santos por ser la primera en dejarme un review (obrigado menina =D) y a todos los demás también. Sus opiniones son importantes para mí y me llenan de mucha alegría. Procuraré actualizar semanalmente (antes si se puede).
