Capítulo 2: La famosa explicación

-Oye, tú sabes que ese anillo no puede ser tuyo, ¿verdad?-Ese abogado tan majo y simpático resultaba ser el más famoso de Los Ángeles, Phoenix Wright.-Ese anillo solo ha pertenecido a abogados y fiscales. Pero aunque tu madre lo haya sido, tú no quieres serlo. ¿Cómo lo conseguiste?

-Ya te lo he dicho un millón de veces, lo heredé de mi madre. Y no entiendo porque presionáis tanto, pero me está empezando a incomodar, y mucho.-Respondí rudamente.

-Primero, no me creo que lo heredases. Seguramente se lo debiste robar de la estantería en la que lo guardaba, y ella no se dio ni cuenta de que lo llevabas puesto ya que no se dedica. ¿He acertado? Segundo, insisto tanto porque eso no sigue la tradición ni las reglas que tiene que seguir, y dudo que siquiera sepas de que tradición hablo.

-Pues no, pero sería un buen momento para que me la contases, ¿no te parece? Y así, de paso, cambiamos de tema de una maldita vez.

-Hm… Touché. Todo empieza años atrás, o al menos es lo que me contaron. En el bosque de Los Ángeles, cuando el gran Gregory Edgeworth aún seguía vivo (o sea, antes de 2001), este encontró una particularidad de lo más interesante: muchos abogados o fiscales, sin incluirse en él en el grupo, podrían transformarse en animales, sobretodo en lobos. Nunca había visto una cosa como esa, y pronto vió un raro patrón entre todos los abogados y fiscales que distinguían esa única habilidad: todos disponían de un anillo de plata, que era los que les permitía transformarse.

-Sí, pero esa no es la leyenda que te he pedido, Phoenix. Yo te he pedido la leyenda real… Tú ya me entiendes. Yo quiero la leyenda que se hace pasar por cuento, como la leyenda de Sant Jordi, pues lo mismo. Yo quiero la leyenda adaptada, la que se le solía contar a los niños antes de ir a dormir. Nick, ¿me estás entendiendo? ¿te sabes esa leyenda? Sólo quiero esa, al igual que Edgeworth. Sólo queremos eso. Sólo la verdad.

-Estas consultando a la persona equivocada. Yo no sé nada sobre eso. Lo único que sé es lo que me contaron, e incluso esa información es muy limitada. Sí yo supiera más, te lo estaría diciendo ahora mismo, y se lo habría dicho a Edgeworth haría ya bastante tiempo.

-… ¿Insinúas pues que estás escondiendo información porque, simplemente no es suficiente? Pensé que los abogados eran más honrados.

-¿Y qué te hace pensar lo contrario? Los abogados escondemos información de fiscales hasta la hora del juicio.

-Ya, pero ni esto es una investigación criminal ni le has escondido tanta información al señor Edgeworth.

-¿Y qué quieres que haga, que suelte uno de los más revolucionarios secretos a todo el mundo que pueda estar escuchando?

-Mira, Wright. Yo, como mínimo, tengo algo de criterio y de confianza. Y yo también me veo involucrada en esto, o sea que de decirlo, nada.

-Ya, pero tengo miedo…de que nos escuchen.

-Pues vamos a otro sitio.

-No podemos. En cualquier sitio nos podrían vigilar.

-No. No en cualquier sitio. Mi casa está desolada, y mis padres, a pesar de haber vuelto, dudo que cuestionen el hecho de porque estás ahí. Y si no, mi madre te dará la mano encantada, te dirá que ella fue una abogada aunque retirada, y se sentará a hablar contigo o con los tres. Nada, en general, de lo que preocuparte.

-Pues vamos.

Al final, Phoenix y yo, nos dirigimos al bosque de Los Ángeles para encontrar mi casa y, una vez allí, saludar a mis padres, presentarlos a Wright y dirigirnos a mi habitación para empezar a explicar qué demonios estaba pasando, que verdad se escondía detrás de todo esto, que se nos había pasado por alto y que no, que problemas teníamos actualmente y como solucionarlos. En resumen, como parar todo este caos antes de que sucediera.