Aimer
— ¿Jon, quieres pasar esta navidad conmigo?
Accedió ante la solicitud de Samwell Tarly, pero nunca imaginó que después de aceptar estaría viajando hacia Paris. No sintió mucha emoción por visitar aquella ciudad, no sabía el idioma y solo serían dos días, sin embargo la fingió para complacer a Samwell.
— ¿Sam?
Extendió su brazo, adormilado. En vez de sentir el grueso cuerpo de su amante, lo que Jon Snow percibió fue la suavidad de las sábanas. Incorporándose, acarició sus parpados y busco intensamente el reloj colgado en la pared.
«Tengo que buscarlo, seguramente se habrá perdido.» Se vistió a una acelerada velocidad y salió del hotel. Recién cuando estuvo fuera de este se dio cuenta de que ya no estaba en casa y que él era el perdido.
—Samwell Tarly, un hombre…—Preguntaba a cada persona que veía sobre aquel muchacho. Por los problemas en la comunicación terminaba haciendo mímica con su cuerpo.
Se adentró a calle tras calle, una más desconocida que la anterior. «Esta ya la pase.» pensó al notar que solo estaba dando vueltas en círculos. Lo único que le quedaba para hacer era encontrar a Samwell y que este lo condujera de nuevo al hotel.
— ¡Jon!
Escuchó a lo lejos. Volteó el rostro, detrás suyo, desde la esquina se aproximaba lo que con tanto esmero buscaba. Samwell corría veloz para llegar a su lado, y cuando estuvo a pocos pasos, la larga capa negra lo hizo caer de bruces al suelo.
— ¡Sam!
Fue a su lado, en ayuda. Estrechó su mano a la del joven regordete, quien se levantó con una radiante sonrisa matutina. Suspiro de alivio por encontrarlo, aunque ocurriera de esa manera.
—Sam. ¿Por qué te fuiste?
—Ah, bueno… es porque quería sorprenderte con un desayuno francés. ¡Mira! ¡Es baguette!
—Sam, no era necesario. Ese tipo de pan se puede comer en cualquier lugar.
—Pero este es baguette de Francia, Jon.
Durante el camino de regreso al hotel, Samwell lo introdujo en la historia del pan francés. A su amante siempre le había gustado leer y no desaprovechó esta oportunidad para leer todo sobre el país que visitaban.
—Sam, vamos a tomar un baño.
— ¿Juntos?
—Sí, Sam. Si nos bañamos juntos ahorraremos tiempo y así podremos visitar más lugares.
Era imposible que entraran ambos cuerpos en el pequeño cuarto de baño, pero eficazmente trataron de amoldarse. Las mamparas de vidrio se empañaban con el caliente vapor y su cuerpo se mojaba con el acalorado escurrir del agua.
—Jon… n-no… no es necesario que me bañes. —Dijo sonrojado Samwell, tan avergonzado como siempre.
—Esto no depende de si es necesario o no. Es algo que quiero hacer.
El champú logró una gran cantidad de espuma en el corto cabello ajeno, los ojos de este se cerraron automáticamente. Acarició una y otra vez sobre los mechones, apreciando el redondeado rostro contrario, con las rechonchas mejillas adornadas por los matices del rubor.
—Ya puedes abrir los ojos, Sam.
Los parpados de Samwell se alzaron y parpadearon varias veces antes de quedarse completamente separados de los castaños ojos. Samwell dibujaba una tonta mueca en sus labios, parecida a una sonrisa.
— ¿Qué sucede, Jon?
—Tienes un poco de jabón en la mejilla.
Sus dedos se deslizaron por el moflete diestro de Samwell, quitando el jabón que se alojaba en este. El contrario tartamudeo bajamente cuando sus rostros quedaron a una mínima distancia, casi impalpable.
—Jon… eso.
No se sorprendió, a causa de la cercanía de sus cuerpos, el miembro de Samwell apreció una elevación. Este al notarlo se apartó y veloz lo dejó solo en el cuarto de baño. Una baja risilla bailó en su boca al presenciar aquello. «Igual que siempre.»
Conoció a Samwell en la secundaria y su amistad se unificó luego de que lo defendiera de sus abusadores, era un muchacho de gran contextura en el exterior pero débil por dentro. Aunque no fuera de su interés, Samwell Tarly desde ese día no se alejó de su lado.
Hace un año que su relación se había vuelto más cercana y en todo ese tiempo, Samwell siguió comportándose tímido y vergonzoso a su lado. Cada vez que intentaba besarle los labios, este corría el rostro. Unos meses atrás pudo convencerlo para que al menos durmieran en la misma cama.
El primer lugar que visitaron fue el Jardín del Luxemburgo, observaron un largo rato el incontable número de variadas flores y plantaciones. Lo siguiente fue armar barcos de papel, Samwell se encargó con orgullo de ello, y jugar con estos en el estanque. Por último, quizás lo más infantil, una vuelta en el carrusel. Aún estaban subiendo las escaleras para llegar al primer piso de este, cuando el giratorio movimiento inició.
El desayuno que fue postergado, se dio en ese mismo jardín, antes de dejarlo atrás. No era justamente lo que Samwell quería hacer pero si lo más práctico. En la cafetería, los vapores de los cafés llegaban al aire y se perdían en este, o lograban alcanzar el paisaje que daba la ventana.
—Entonces fueron Pyp y Grenn los que te incentivaron a esto. —Sorbió el contenido de la blanca taza.
—Sí, ellos vinieron hace poco aquí. Me dijeron que te trajera aquí así podías despejarte un poco, y olvidarte por un momento de Ygritte…
—Ygritte…
— ¡Ah, lo siento! ¡N-no quise decir eso!
—Está bien, Sam. Mientras sea a tu lado, no importa la razón por la que estemos aquí.
Ygritte fue su primer amor, «y tal vez el ultimo.». Ella le había enseñado muchas cosas, y cuando falleció, el sufrimiento. Samwell fue el único que lo consoló, el jamás decía ese nombre al propósito, lo sabía muy bien.
Visitaron por un corto momento el Panteón de París para proseguir con la biblioteca de Santa Genoveva.
—El edificio fue proyectado por Henri Labrouste a mediados del siglo XIX, y finalizado en 1861. —Decía mientras leía un libro informativo. — Su interés arquitectónico radica en ser uno de los escasos ejemplos de Arquitectura del Hierro de ese siglo; aunque en el exterior se imita el estilo renacentista, la estructura metálica que sostiene el edificio puede verse en el interior.
No entendía ninguna de las palabras que aparecían en los libros, solo podía seguirlos por lo que Samwell le explicaba. Desde el primer día supo que este tenía gran apego a la lectura y no podía negarse a las peticiones al verlo tan feliz. Por eso fingía para complacerlo.
—La catedral fue alterada sustancialmente a finales del siglo XVII, durante el reinado de Luis XIV, principalmente en la zona este, en la que sepulcros y vidrieras fueron destruidos para ser sustituidos por elementos más al gusto del estilo artístico de la época, el Barroco. Así, entre 1630 y 1707, el gremio de orfebres de París encargó un cuadro al año a artistas como Laurent de La Hyre o Sébastien Bourdon.
Enfrente de sus ojos se alzaba la imponente Catedral de Notre Dame. Quiso darle un rápido vistazo, por lo que Samwell había organizado, no estaban ni cerca de completar la cuarta parte de los lugares que debían visitar.
—Vamos a entrar, Jon. Quiero ver el órgano.
—No tenemos tiempo para eso. Puedes verlo en las fotos del libro, es exactamente lo mismo.
—No, escucha. El órgano principal de la catedral es un destacado instrumento, obra de Aristide Cavaillé-Coll en su mayor parte; posee una caja adornada con autómatas. Al saber esto ¿no te da ganas de conocerlo?
—No.
De todos modos cedió. No fue solo eso en lo que se entretuvieron, sino que también en las campanas y todo aquello que el joven regordete encontraba atrayente. Cuando el cielo comenzó a oscurecerse abandonaron el lugar.
—El Museo del Louvre es el museo nacional de Francia y uno de los más importantes del mundo.
Al llegar al museo, no aguardó a que fuera informado y sin espera pidió que le enseñara. Recorriendo por completo los pasillos se detenían en obra tras otra, hasta encajar en una de estas. Contemplaban La Gioconda. Samwell le explicó que también era conocida como La Mona Lisa y que era una obra del pintor renacentista italiano Leonardo da Vinci.
—El brazo izquierdo descansa sobre el que está en la butaca. La mano derecha se posa sobre la izquierda. —Decía el contrario dibujando en el aire. —Dicen que esta postura transmite una impresión de serenidad y de que ella domina sus sentimientos. —Hizo una pausa. —Eso es lo que más me gusta de esta obra.
— ¿Por qué?
—Porque me recuerda a ti, Jon. Son parecidos.
Una apacible sonrisa se posó en sus labios, curvando las comisuras débilmente. «Asique es eso.» Samwell bajo la mirada, abochornado.
—La Gioconda en castellano significa La Alegre ¿verdad? En ese caso, se parece más a ti, Sam. Tú eres alegre.
Coloco la palma zurda sobre la cadera ajena, acercándose. Su mano restante, serena se posó en el rostro contrario, enderezándole la vista. Por más esfuerzo que puso en sostener el cuerpo de su amante, otra vez su accionar era desperdiciado.
—Hay una estatua que quiero ver. —Indicó Samwell al liberarse de su agarre.
Fue conducido por la espalda contraria. Se detuvo cuando estuvo al lado de la Venus de Milo. Samwell rebuscaba entre las páginas, animado. «El tiempo paso rápidamente…» los pies ajenos en vez de quedarse quietos, ejercían una torpe y cansada danza, al parecer no era el único afectado por la larga caminata.
— ¿Por qué le faltan los brazos?
—Hay cuatro hipótesis para esto. —Reveló. —Se habla de que a la diosa le faltan los brazos debido a que recibió una manzana de oro por ser la diosa griega más bella y esto generó la Guerra de Troya. Otra hipótesis es que no existe únicamente una belleza física, sino que el alma también debe formar parte del concepto de belleza y la Venus como diosa del amor debía transmitir esta idea. También se habla de que la falta de brazos se debe a que el escultor creía que la Venus era capaz de enamorar a cualquier hombre con sólo señalarlo con el dedo índice.
— ¿Y la cuarta?
—Por último, una noche, cuando el escultor estaba a punto de acabar la obra y únicamente le faltaban los brazos, fue a acostarse con su amada y ésta le ofreció uno de sus hermosos y henchidos pechos. El amante tomó entre sus labios el pezón del pecho, pero en el ardor de esto, la mujer estrechó fuertemente al hombre, asfixiándolo y provocándole la muerte; dejando la obra incompleta.
—La última es la verdadera. Es divertida y más realista.
—Tal vez, aunque yo optaría porque la belleza no solo se encuentra en lo físico, sino que también en el alma. Así como tú, Jon. Eres hermoso por fuera y por dentro eres mucho más hermoso todavía.
—Eres muy romántico, Sam. —Rio. —Nunca podría ganarle a eso.
Samwell Tarly volvió cohibido la vista a la estatua. Jon rápidamente arrimo su mano a la ajena, entrelazando sus dedos con los otros. Esta vez tuvo éxito y su unión no se esfumó.
Apenas en el primer nivel de la Torre Eiffel, de unos trecientos metros de altura, ya la visión se distorsionaba, haciendo pequeño todo lo que se encontrara debajo de ellos. Con la total llegada de las estrellas, lograron alcanzar el tercer nivel. Tuvo que animar a Samwell más de una vez para que siguiera subiendo las escaleras.
—Inicialmente, Gustave Eiffel había previsto doce meses de trabajo, aunque en realidad se necesitó el doble de tiempo. La fase de construcción comenzó el 28 de enero de 1887 y terminó en marzo de 1889, antes de la apertura oficial de la Exposición universal.
—Se aprecia mejor al ver, no al leer.
—Um, sí.
Tarly cerró el libro, fijando sus ojos a todas las diminutas piezas que conformaban el paisaje. Snow centraba su mirada en la rosada mejilla ajena, que amplificaba su tono con la fría ráfaga de viento. Poso su mano en esta, para calentarla.
— ¿Jon?
— ¿Tienes frio, verdad? —Arrimó su cuerpo. —Si nos mantenemos a esta corta distancia podremos superarlo.
—S-sí.
«Ahora no.» Esta vez no hizo el mínimo atisbo de intentarlo.
Con los pocos minutos restantes para que las agujas del reloj llegaran a la media noche, Jon Snow apresuró su paso en la bajada de la escalera, jalando del brazo a Samwell Tarly.
—E-espera, Jon. ¿Por qué estás tan apurado?
—A las doce. Dijiste que a las doce la torre se ilumina. Para verla tendremos que estar debajo de ella.
Consiguieron estar unas cuantas cuadras alejados de la edificación, en un lugar que se apreciaba a la perfección. Al instante en que se consumaron las doce, una gran cantidad de fuegos artificiales volaron en el aire y recubriendo toda la Torre Eiffel, cientas de intercaladas luces brillaron.
—Feliz navidad, Jon.
—Feliz navidad, Sam.
Esperaron a que los cohetes se desvanecieran en el aire y los chispeantes colores renunciaran a la torre, haciendo que la ciudad solo quedara iluminada por los faroles, y la luz de las estrellas y la luna.
—Aún hay algo que no vimos. —Señaló Samwell. —El Puente de las Artes.
Sin mucha más explicación fue conducida por las calles de Paris hasta un largo puente cuyas barandas eran revestidas por millares de candados.
—Es una vieja costumbre. Un apareja cierra un candado en las rejas de la baranda del puente, un candado que tenga escrito los nombres de la pareja. Arrojan la llave al río Sena. Y así su amor será eterno.
— ¿Tienes un candado?
—Sí. —Rebuscó en su bolsillo. —Aquí esta. —Era uno plateado, como el color de la luna. —Pero ahora no sé si es lo que deseo.
— ¿Por qué?
—Quiero poner un candado con tu nombre, eso es por lo que tanto esperé. —Musitó pasando los dedos entre el candado. —También quiero ser el que acompañe tu nombre. Pero sé que hay alguien que lo merece mucho más que yo.
—No tienes que hacer eso. Tu nombre tiene que estar junto al mío.
— ¿Jon? ¿Pero Ygritte? Ella…
—Estoy contigo, Sam. Somos una pareja, nuestro nombres tienen que estar juntos.
—Pero... ella se lo merece más que yo…
— ¿Sabes, Sam? El poeta Jean Cocteau decía: "El verbo querer es difícil de conjugar. Su pasado no es simple, su presente no es más que indicativo y su futuro es siempre condicional". Y Victor Hugo, supo definirlo: "Querer es saber decir te quiero sin hablar".
Eso era lo que recordaba de uno de los libros que leyó en la biblioteca de Santa Genoveva, el único que pudo comprender.
—Al parecer yo no sé querer, no puedo decirte cuanto te quiero sin hablar. Pero de todas formas, sé que en mi corazón existe un sentimiento hacia ti y te lo puedo decir. "Je t'aime".
Los mofletes de Samwell se hincharon rojizos, los ojos de este se cerraron y una sonrisa se originó entre los labios. «Justo ahora.» Aprovechando, humedeció sus labios para posteriormente mojar los ajenos. Sus brazos se adhirieron a la nuca contraria, pegándolos a ambos.
Los labios ajenos se abrieron lentamente, se sentían suaves, por poco imperceptibles. Su lengua se movió, ágil adentrándose al interior de la dulce cavidad. Era la primera vez que lo degustaba pero ya se imaginó la dulzura que contendía un muchacho como aquel.
Fueron unos segundos los que su lengua se deslizo por su cuenta, hasta que la contraria contenida igualmente se desplazó, acompañándolo. Unos cuantos toques florecieron de la alianza.
—Sam…
«Lo siento, por haberte forzado.» se hubiese disculpado y terminado consumadamente con la unión. No obstante, las manos ajenas se congregaron en su pelvis y la combinación entre sus bocas se acrecentó con entusiasmo.
Fue el él que termino siendo llevado y aquello hizo nacer un detallado sonrojó entre sus mejillas y nariz. El beso perdía la sensación sutil por una más enardecida, sin embargo la dulzura continuaba, esta nunca se desvanecería.
—Compte les étoiles dans le ciel et tu sauras combien je t'aime. (Cuenta las estrellas en el cielo y sabrás cuanto te amo)
El puente y el rio iluminados por las luces de la ciudad, los candados, todo a su alrededor se terminó para Jon Snow, el solo podía darle atención a Samwell Tarly, es lo único que quería hacer.
