Cada día es una nueva historia, aunque todo transcurre sin que los protagonistas conozcan el orden. Hay hechos planeados u otros que no, pero eso no significa que algunos no puedan disfrutarse.


Disclaimer: Es difícil lidiar con el hecho de que nada me pertenece, pero poco a poco iré superándolo.


Aclaraciones/advertencias: Helsa-Hansla-Iceburns. "Post-movie" y Altern Universe. Época actual. OoC, creo. No es continuación de la anterior. Es una historia súper random, bueno, la mayor parte de lo que escribo lo es, así que pueden seguir leyendo.

Se viene una historia sin nada de drama, eh, así que ya saben a qué atenerse.

En cursiva es el flashback ;)


Pequeña historia


—…la princesa Anna le propinó un golpe al príncipe Hans, que fue devuelto a las Islas del Sur para recibir un castigo de sus doce hermanos. Al final, las hermanas, junto a la gente de Arendelle, disfrutaron del patinaje sobre hielo para vivir su felices por siempre —concluyó la joven pelirroja observando a sus dos sobrinos con una sonrisa orgullosa por otra historia narrada.

La sobrina mayor de Anna la observaba con una sonrisa irónica, mientras que la pequeña de siete la veía enfadada porque el cuento no le había gustado en lo absoluto. Sus resplandecientes ojos azules brillaban aún más mientras sus brazos se encontraban cruzados.

Anna Arden miró a la mayor esperando tener otra razón por su cuento, necesitaba saber si ése sí le había agradado o sería otro intento infructuoso. La personalidad de la rubia mayor era de temer, una muy difícil con la que lidiar, más que la de su hermana Elsa —y eso, en su opinión, era lo peor que podía haber—.

Una nueva figura apareció en el umbral de la entrada de la sala y la más pequeña de las mujeres presentes saltó emocionada al reconocer a su padre, corriendo extasiada para llegar a sus brazos.

Hans cogió a la pequeña con una sonrisa y ella le dio un beso en la mejilla enlazando sus bracitos tras su cuello. Su otra hija todavía se levantaba del sillón con toda la elegancia digna de su madre, para orgullo de él.

—Papi —dijo la pequeña entre los brazos de Hans, separando su rostro para mostrarle un mohín muy semejante al que su cuñada utilizaba con su esposa algunas veces, aunque ya no tanto—, tía Anna nos contó una historia donde tú eras el malo, y tratabas de quitarle su trono a mamá, que era la reina. Tenías una espada y la ibas a usar contra mami. —La sonrisa del pelirrojo se borró ante la acusación de su hija menor, a la que bajó cuando la mayor se acercó a él y le dio un beso.

Isabelle Westerguard sonreía pretenciosa indicándole que se había divertido con la historia, aunque no se lo había dicho a su tía. Hans rió, su primogénita era una interesante combinación entre él, su esposa y, muy a su pesar, su cuñada, a la que miró serio al recordar las palabras de Jeanne.

Envió a las dos niñas a hacer sus deberes antes de que su madre llegara.

—¿Te agradará que a tus hijos les narre una historia donde eres una asesina serial? —masculló Hans pero ella ni se inmutó. Como todavía no se había casado con su novio y no tenía hijos ni le afectaba. Pero la conocía, y los tendría, aunque su espíritu liberador le dijera que podía hacerlo hasta los cuarenta y cinco, aproximadamente. —Ya verás cómo me divertiré haciéndote ser la mala, Anna. ¿Quién crees que será más manipulador, una escritora de novelas chick lit, o un abogado? —El rostro de Anna demostró su indecisión antes de asentir suspirando. —Te he dejado que utilices todas las oportunidades posibles para saldar tu orgullo herido, pero es la única vez que te permito inmiscuir a mis hijos, Anna. No traspases esa línea.

—Lo siento, en verdad, es sólo que no pude evitar hacerte el malo. Es divertido —explicó la pelirroja con expresión culpable, incómoda en su asiento. —Perdón.

—¡Pero no tenías que hacer de mí un asesino que quiere matar a la que es su esposa! —replicó Hans exasperado, tratando de no elevar demasiado la voz para que sus hijas no lo escucharan.

—En la historia no era tu esposa, sino la reina de Arendelle con poderes de hielo, tú querías quedarte con la corona… —Anna se divirtió de nuevo repitiendo la historia improvisada que había hecho, si se animaba podía escribirla para una novela. A sus lectoras les fascinarían dos hermanas que no necesitaban de ningún hombre para resolver sus problemas, tal vez eso funcionaría para su próximo best-seller.

Hans puso sus dedos en el puente de su nariz, a veces su cuñada era irritante, por muy inocente que se comportara en algunas situaciones. No comprendía cómo compartía los genes de su mujer.

—¿Qué ocurre? —preguntó una voz que reconoció como la de su esposa, que se quitaba su abrigo antes de acercarse a él para saludarle con un beso. Ambos habían tenido reuniones de trabajo improvisadas y se vieron obligados a salir durante la media tarde, y la niñera de sus hijos no había estado disponible.

El esposo de Elsa suspiró antes de negar dirigiéndose a la cocina. Ella sonrió creyendo saber el motivo. Arqueó una de sus cejas castañas encarando a su hermana.

Aunque se apreciaban el uno al otro, sabía que de la enemistad de Anna para con su esposo, surgida de un malentendido en el pasado.


Hans se cruzó de brazos inquieto y consternado, reflexionando que tal vez había sido mala idea invitar a salir a Elsa Arden de una manera cobarde y no muy convencional, pero ésa había sido la única forma en que pudo establecer un mínimo contacto que no estuviera relacionado con él siendo el presidente estudiantil y ella su ya consumada "ayudante" —o, más bien, la mejor de su generación, que participaba para conseguir mejores recomendaciones de los profesores—.

Desde que había tratado a la rubia se sintió muy atraído por ella, y aunque ahora estuviera cursando el primer año de su carrera, había encontrado la forma de tener una oportunidad con ella a pesar de que no estuvieran juntos en la preparatoria (pero era el último año de Elsa, no era gran diferencia de edad).

Esperándola ahí en la cafetería, notando que habían pasado diez minutos de la hora —cuando Elsa nunca llegaba tarde—, admitía que no fue muy caballeroso ni inteligente, valeroso, o lo que fuera, de su parte el haberla invitada a una cita mediante una pequeña nota entregada por un chico al que le pagó.

Estaba claro que Elsa le había dejado plantado, lo había ignorado por no demostrarle que estaba realmente interesado en ella. Pero es que de sólo pensar en haberla invitado de frente estaba seguro que lo hubiera arruinado.

Suspiró abatido bajando la mirada para buscar su billetera y dejar una propina al chico que tres veces había ido a preguntar si ordenaba alguna cosa. Elsa no llegaría.

—¡Lo siento! —exclamó alguien y levantó la vista asustado. Había una chica parada junto a su mesa. Una chica pelirroja frente a él que definitivamente no era Elsa, pero que reconocía perfectamente, era la hermana, dos años menor que la rubia. Eso era increíble, había enviado a su hermana para darle un recado. Se lo merecía por no verla de frente.

No obstante, Hans no esperaba las siguiente palabras de Anna Arden: —Lamento llegar tarde a nuestra cita. —Él se quedó anonadado. —Cuando me llegó la nota me sorprendí, pensé que estabas enamorado de mi hermana. Admito que eres atractivo, aunque no me gustas —¡Estúpido mocoso! Se había confundido de chica, aunque bien había sabido que algo saldría mal—…pero me agradaría intentarlo. Le pregunté a Elsa si ella tenía sentimientos por ti…

El pelirrojo llevó las manos a su cabello y lo agitó desesperado. —Arden —musitó alzando el rostro apenado. Anna calló lo que iba a decir, interesada. —Esto, me temo que hubo una ligera confusión —continuó abochornado. Eso era incómodo.

—¿A qué te refieres? —interrogó la joven mirándolo con una ceja alzada.

Él tragó saliva, seguramente había hecho algo en otra vida que hacía que estuviera pagando en ese mismo momento. No tendría su cita con Elsa y ahora tenía que lidiar con su hermana.

—Eh, yo no quería salir contigo —cerró los ojos brevemente, eso no había sonado muy bien—. La nota se suponía que iba a llegar a manos de Elsa, pero el chico se equivocó. Esperaba a tu hermana…

La boca de Anna formó una o antes de que ella asintiera comprensiva.

—Entiendo, entonces eres un cobarde. —Y Hans no se vio venir el golpe a su nariz.


Elsa esperó en vano que su hermana le explicara, parecía que no estaba muy dispuesta a comentar nada. Cuando ocurrían pequeñas riñas entre su hermana y esposo no se entrometía, siempre eran inofensivas, pero Hans le había dirigido una mirada realmente enojada a Anna antes de irse, así que esta vez tenía que saber qué había ocurrido.

—Bien —soltó su hermana menor encogiendo los hombros—, esta vez llegué un poco lejos —que reafirmara la palabra no le alegraba, le daba mala espina—, ¿te he contado la historia en la que tú eres una reina con poderes de hielo, yo la princesa y tu esposo el príncipe malvado?

—Anna… —advirtió esperando que no se fuera por la tangente. Hacía eso la mayor parte del tiempo y eso que decía no le estaba gustando.

—Digamos que él blandía su espada hacía la linda reina indefensa. —¡Anna! —Elsa moduló su voz todo lo que pudo, pero quería darle una reprimenda a su hermana, mas sabía que ella era lo suficientemente adulta para reflexionar que había hecho mal, después de todo tenía treinta años.

Por lo menos esperaba que se diera cuenta del error de narrar eso a Isabelle, que nunca se admiraba de sus historias y obligaba a su tía —escritora— a seguir intentando por crear una que le impresionara.

—Sí, lo siento, no debí contársela a Jeanne también…

—Espera —interrumpió Elsa cubriendo sus labios con su mano izquierda, abriendo y cerrando la boca mientras se decidía qué decir, recibiendo una atenta mirada de Anna, que le mostraba sus dientes en una sonrisa que no le haría ganar puntos—, ¿no sólo le contaste a mi hija de doce una historia donde su padre trataba de matarle, sino que también lo hiciste con mi hija de siete? —inquirió aspirando aire para pedir paciencia a quien fuera que se compadeciera de ella.

—Las niñas sabían que no era cierto —arguyó Anna, consciente de que a la edad de Jeanne ella podía comenzar a decidir qué tanto era fantasía de lo que no. Había estado tratando de crear una historia con niños y había investigado a detalle leyendo los libros de los especialistas.

—Tal vez Isabelle sí, pero de Jeanne no puedes estar segura—. Elsa arrugó la nariz negando, esa noche respondería un gran número de preguntas de su pequeña hija.

Gracias al cielo su niña quedaba satisfecha muy rápido.

—Continuaré la historia luego diciéndoles que era una pesadilla de la reina antes del día de su coronación, y haré una historia romántica para arreglarlo, ¿te parece? —sugirió Anna comenzando a imaginarse muchas ideas en las que podía retractarse de sus palabras. No había sido muy amable de su parte hacer de su cuñado su conejillo de indias. Se sentía arrepentida, si lo analizaba con detenimiento, nunca había ido hasta ese extremo con el pelirrojo, y él soportaba muchas veces que le molestara. Amaba tanto a su hermana y si eso incluía a la loca hermanita, pues lo aceptaba.

Disminuiría sólo un poco más sus pequeñas molestias, contrario a lo que dijo Hans, ella hacía mucho que había hecho a un lado su orgullo herido; en cambio era muy difícil perder la costumbre de fastidiarle.

—Pero yo estaré presente —pidió Elsa con expresión firme y Anna se encogió de hombros. Era justo. Ella hubiera hecho lo mismo. —¿Te quedarás a cenar?

Anna negó parándose del sillón rojo, tomando su bolso. —Saldré con Kristoff esta noche, mañana es nuestro aniversario, ya sabes. —Le guiñó un ojo a su hermana antes de despedirse con un beso.

Elsa rió caminando hacia las escaleras, se pondría ropa más cómoda antes de cenar.


Hans recibió en sus brazos a su novia y frunció el ceño preocupado al ver su rostro pálido, si bien el tono de su piel era bajo, todo color, incluso el de sus mejillas constantemente sonrojadas, estaba ausente.

La hizo sentarse en el sofá del nuevo apartamento que compartían desde dos meses atrás, y ella se apoyó con soltura sobre su pecho, abrazándose a él con fuerza. Debía ser grave lo que tenía si Elsa hacía eso. Casi nunca era tan efusiva en sus muestras de afecto.

Besó sus cabellos y acarició su espalda. —¿Te sientes bien?, ¿quieres que te acompañe al médico? —preguntó con voz suave y comenzó a escuchar unos sollozos que aumentaron su preocupación.

Su camisa negra comenzó a humedecerse en la zona donde descansaba la cabeza de su novia y la separó para elevar su rostro con delicadeza. Apartó unas cuantas lágrimas gentilmente y le sonrió preguntándole con la mirada qué ocurría. No le gustaba ver los ojos azules de Elsa enrojecidos, mucho menos si no podía hacer nada para remediarlo.

Elsa hipó y negó sin poder decir palabra, le entusiasmaba la idea de ser madre, pero podía ser que a los veinte no fuera el momento correcto, no cuando ni Hans ni ella habían concluido la universidad. El dinero no era un problema, pero habían sido irresponsables.

Además no quería que su relación de dos años se viera forzada a un compromiso prematuro, y tal vez lo suyo no tenía verdadero futuro e iban a quedar atados. Ella sabía que Hans era el hombre de su vida, pero en este momento surgían dudas sobre lo que pudiera pasar después.

—Elsa, dime, ¿qué pasa? Me mata verte llorar —expresó Hans acariciando su rostro. Comenzó a sollozar de nuevo, según sus cálculos debía tener poco más de un mes, tal vez eso explicaba su sensibilidad. Su novio se alarmó y trató de borrar sus lágrimas otra vez—. Elsa…

—Es-to-oy… e-embarazada —susurró apartándose al otro rincón del sillón, esperando que él comprendiera sus palabras. Trató de borrar las lágrimas que recorrían sus mejillas pero no había remedio, seguían brotando de sus ojos.

—¿Cómo? —Hans parpadeó repetidamente y se sonrojó al repetir su pregunta en su mente. Ella rió entre su llanto y él soltó una carcajada antes de devolverla a sus brazos, asustándola en el proceso. —No es el fin del mundo… pensé lo peor, incluso temí que quisieras dejarme. —Su novio dejó escapar un largo suspiro de alivio, que de alguna forma le tranquilizó. —De ser así no habría servido lo de esta noche, pero supongo que mi sorpresa no se acerca por nada del mundo a la tuya.

Elsa miró al pelirrojo interrogante y él le sonrió de lado introduciendo la mano en su bolsillo, de donde extrajo una pequeña cajita. La abrió dejando al descubierto un anillo.

—Esta noche iba a pedirte que fueras mi esposa —anunció Hans inclinándose para besarla.


Elsa ingresó a la habitación de Damien y le sonrió con dulzura al encontrarlo despierto y sosteniéndose de las barras de su cuna.

—Mami. —Su pequeño le extendió sus brazos para que lo cogiera, había tomado una siesta durante su partida y no sabía cuánto tiempo llevaba esperando a que alguien lo viera. Él era el angelito de sus hijos, pues a pesar de que Isabelle era callada la mayor parte del tiempo, cuando era pequeña tuvo una fascinación por atraer la atención.

—¿Nadie ha venido por ti, mi amor? —susurró abrazando a Damien a su pecho, haciéndole cosquillas. Él rió comenzando a jugar con sus cabellos mientras balbuceaba incoherencias.

Salió de la habitación y tocó las siguientes dos puertas suavemente. Dentro de la primera se escuchó un gritito perteneciente a Jeanne, y de la otra sólo recibió silencio, Isabelle probablemente había dejado lo que estuviera haciendo con calma, como lo habría hecho ella.

—¡Jeany! —gritó Damien cuando Elsa oyó la puerta cerrándose tras de sí. Sonrió y miró sobre su hombro a la rubia que hacía gestos a su hermano para que él riera. Su hija le saludó con una sonrisa esquivándola para adelantársele en las escaleras.

—No corras Jeanne —recordó y en su visión periférica apareció la silueta de su hija mayor, que sonreía de lado escuchándola, aunque sus ojos verdes parecían inexpresivos. Elsa suspiró, en un año o menos Isabelle estaría entrando a la pubertad y temía cómo podrían lidiar con ella. Callada, ambiciosa, pretenciosa y orgullosa pero con sensibilidad, su castaña atraería a muchos pero con frialdad los rechazaría, y en el fondo saldría herida por pensar que nadie querría darle una oportunidad.

—¡Isy! —exclamó su hijo apartándola de sus reflexiones, él se estiraba para alcanzar a su hermana favorita, que le llevaba casi once años.

—¿Puedo? —interrogó Isy sonriendo con dulzura a su hermano menor, demostrando que detrás de su fachada le importaban los otros. Elsa asintió riendo al escuchar la emoción de Damien platicándole su día a la castaña, que asentía completamente interesada en sus palabras.

Llegó al borde de escaleras y comenzó a bajar los peldaños.


Los labios de Elsa se apretaron irritados al ver acercarse a Hans Westerguard desde la entrada del instituto, atrayendo las miradas de la población estudiantil que lo conocía de cuando fue su presidente. En estos momentos no tenía ánimos de verlo, mejor dicho, no quería volver a cruzarse con él después de haber citado a su hermana y arrepentirse cuando ella ya había llegado.

Mucho menos cuando pensó que en algún momento le había gustado como ella a él. Al final resultó que era su hermana por quien se sentía atraído. Había sido decepcionante, y doloroso cuando tuvo que mentirle a Anna diciéndole que no sentía nada por el pelirrojo.

Se dio la vuelta con la intención de dirigirse a otro sitio donde no pudiera ver a Hans, el motivo que lo tuviera allí no tenía relación con ella, así que no había necesidad de esperar que se acercara a entablar una conversación. Decidió que estaría un rato en el patio trasero mientras su hermana concluía su entrenamiento con las porristas.

—Elsa. —Reconoció la voz como perteneciente a Hans e inconscientemente aminoró el paso para que él pudiera saludarla antes de ir a lo que fuera a hacer. Por mucho que sus intenciones fueran no prestarle atención, se veía tentada a compartir unos minutos con él.

—Hola, Hans —saludó asintiendo desinteresadamente y lo escuchó suspirar a su lado. No iba a mostrarse muy emocionada por su presencia, no era su estilo.

—Vine a hablar contigo. —Se detuvo en seco frunciendo el ceño, ¿qué querría él con ella?, ¿pedirle que intercediera entre él y su hermana para tener otra oportunidad?

—Si quieres ayuda con Anna pierdes tu tiempo… —musitó continuando su camino, agitando su cabeza incrédula. ¿Con qué descaro pretendía acercarse a ella cuando rechazó a su hermana?

—Sobre eso, fue un malentendido… Un desafortunado malentendido. Yo no tengo intenciones de salir con Anna alguna vez en mi vida. —Lo encaró enfadada por su ahínco al negarse. Abrió los ojos asombrada al ver un moretón violáceo cerca de su ojo y nariz. Eso no lo notó desde lejos.

—¿Qué te ocurrió? —preguntó sin poder ocultar su preocupación, parecía doloroso el golpe que tenía, estaba un poco hinchado y la mueca de él al sonreírle le decía que no podía disimular cuánto le aquejaba.

—Nada grave —aseguró Hans, y para dejar el tema de lado, continuó—: En verdad necesito aclarar lo de tu hermana. —Elsa se cruzó de brazos, no era con ella con quien debía hablar. Señaló a la dirección del campo de soccer. —No, es contigo.

La rubia miró dubitativa a Hans preguntándose qué era lo que debía aclararle a ella. ¿Era posible que… No, ¿entonces para qué habría invitado a salir a su hermana?, debía platicar con Anna calmadamente, el día anterior había llegado molesta y además de un elaborado "no quería salir conmigo", ella no había dicho otra cosa. Necesitaba saber más…

—Tengo que hablar con mi hermana… —replicó Elsa dudando si debía escucharlo o no.

—Por favor, Elsa —dijo él con una mirada suplicante—, no sé si Anna te dijo, pero le invité a salir enviándole una nota —Elsa sonrió irónicamente, esa información no la sabía, no había estado escuchando una vez que su hermana mencionó una cita con el joven del que estaba enamorada—, el mensajero debió comprender mal. Le dije que se lo diera a la Arden mayor. ¡Demonios! Debí escribirle tu nombre también.

Elsa se quedó lívida, ¿acababa de pensar que estaba enamorada? Entrecerró los ojos, comenzando a comprender las palabras de Hans.

—…¡Ya sé! Tú eres unos centímetros más baja que Anna, tonto mocoso. —Hans le miró intensamente y dejó a la vista la mano que tenía tras su espalda. Había una rosa rosa—. Lo hice todo mal, pero estoy loco por ti, Elsa. Y quería saber si saldrías conmigo, ¿me darías una oportunidad?

Incrédula, Elsa buscó algún signo de que estaba jugando, pero no lo encontró en la profundidad de los orbes verdes del muchacho. Esbozó una sonrisa tímida aceptando la rosa.


—Entonces papi, ¿irás conmigo mañana a la escuela, sin que lo sepa mamá? —La rubia frunció el ceño llegando a la entrada de la cocina, donde su hija trataba de susurrar a su padre, que trató de ocultar una sonrisa al verle aparecer, Jeanne no se había dado cuenta que ella estaba enterándose de aquello que no debía.

Hans tosió deliberadamente y observó divertido la cara de susto de su hija menor cuando señaló con su índice tras de ella. La pequeña rubia tragó saliva antes de plantar en su rostro su mejor sonrisa y voltear. No era nada grave que la profesora quisiera hablar con él del desempeño de su hija, que era muy traviesa pero extremadamente aplicada; lo malo era que la última vez que había ido la mujer había tratado de insinuársele y no quería eso. Ahora le había dicho a su hija que quería discutir un tema con su padre concerniente a la fiesta que harían a las madres de sus compañeros, y su pequeña había caído.

Si la maestra hubiera querido discutir sobre la reunión, habría citado a los demás padres.

Ya se encargaría él de la maestra. Debía planearlo con detenimiento.

Elsa, por su parte, miraba a su hija con una ceja enarcada, perfectamente consciente de la atracción que sentía la profesora de Jeanne con su esposo, era una lástima que la mujer fuera muy bien cualificada o ya habría encontrado la manera de alejarla.

—Estamos preparando una sorpresa —dijo Jeanne con voz dulce, jugando con sus dedos ofreciendo una imagen tierna, recordándole a ella cuando tenía su edad. Tal como decía Hans, su hija menor era el vivo retrato de su madre.

Tras dar un largo suspiro, Elsa aceptó no muy convencida, pero lo dejaría pasar.

—¿Qué pasa con la cena? —interrogó una voz a sus espaldas acompañada de un grito de "papi". Asintió cruzándose de brazos, esa noche le había correspondido a Hans encargarse de la cena, así que ella no tenía idea qué les esperaba.

Jeanne dejó escapar una pequeña risita y Elsa no necesitó escuchar más.

—¿De qué son los sándwiches esta vez, Hans? —cuestionó reprimiendo una sonrisa.


—¿Estás segura de hacer esto, Elsa? —interrogó su hermana Anna meciendo en sus brazos a su pequeña Isabelle, que dormía tranquilamente con su pulgar dentro de su boquita. —No necesitas casarte tan joven, ya son felices con mi adorable sobrina, o tampoco casarte, un documento no cambiará lo mucho que se quieren. Lo mucho que Hans te ama, las ama.

Quedaban unos minutos para que ella avanzara junto a su padre por el pasillo de la iglesia, para casarse con Hans después de su compromiso de año y medio.

Elsa sonrió ante las palabras de su hermana. —Me agradaría que Hans te escuchara hablar bien de él —bromeó con seguridad aunque por dentro era toda una gelatina. Quería casarse con Hans, claro que quería hacerlo, sin importar la edad, si ya eran una familia, o si un documento no le haría cambiar más que el estatus de soltera para los registros. Deseaba compartir ese momento con el amor de su vida, con su hija. Dar otro paso en el que reafirmaría la unión con la persona que amaba, tal como pensó desde que era una niña.

Lo que le hacía temblar era la idea de ser el centro de las miradas. Si hacía algo mal todos lo notarían, o si no lo hacía, de lo único que escucharía las siguientes semanas sería de lo hermoso de su vestido, lo bella que lucía con el complicado recogido, o lo bien que se le veía el maquillaje, la ropa…

No sólo sería el centro de atención durante las horas que durara la ceremonia eclesiástica y la fiesta, sino los meses por venir. La idea de acaparar las conversaciones, recibir cumplidos semanas después, eso era aterrante.

Bueno, también temblaba porque estaba nerviosa, podía olvidar los votos que había escrito, o doblarse un pie con las zapatillas mientras sentía los ojos de los invitados en su espalda. O alguien podía oponerse a la boda y se armaría un escándalo.

—Deja de pensar en lo peor, Elsa —masculló Anna antes de bufar desesperada—, si sigues dando vueltas vas a volverme loca. ¿Quieres a Hans, o no? Porque si no es así puedo arreglar todo para que parezca un accidente y tú te quedes con todo…

—¿Qué? —No exclamó con temor de que su hija se despertara abruptamente. Había aprendido a modular su tono de voz desde su nacimiento, mucho más ahora que sabía que Isabelle era un poco ruidosa. —Claro que lo amo.

Anna rió divertida haciéndose la inocente. —¿Quieres casarte con él?

—Por supuesto —respondió completamente segura, con la cabeza en alto.

—Entonces ya estás lista. Sales en cinco —dijo su hermana acercándole a su bebé con rapidez para que pudiera besarla, para después salir presurosamente del pequeño cuarto en que se encontraban. —Todo listo, papá. —Se escuchó desde fuera y Elsa exhaló aire.

Al minuto seis, después de esos cinco interminables anteriores, no recordaba qué pensó antes.

No teniendo al pelirrojo frente al altar esperándole con una sonrisa.


Jeanne contaba una anécdota de su día animada.

Dándole las últimas masticadas al primer bocado de su segundo sándwich, Hans comenzó a deglutirlo pero se atragantó en el intento al oír la frase de su hija:

—Y el chico lindo apareció de la nada y se inclinó para besar a Isy. —Hans tosió estrepitosamente, ¿a qué se refería Jeanne? Del otro lado de la mesa su esposa reía como traidora. Golpeó su pecho repetidamente y dio un sorbo a su vaso de agua. —¿Estás bien, papi? —Asintió lentamente, todavía no recuperando el habla. Le dirigió una mirada interrogante a Isabelle, pero ella se mostraba impasible, cogiendo su sándwich sin menor atisbo de bochorno o enojo. —¿Puedo continuar mi historia? —Sonrió a Jeanne, sabía que de su hija mayor no obtendría nada, pero recabaría información suficiente de la menor.

Elsa le sonrió apoyando su codo izquierdo sobre la mesa y descansando su mentón en su mano. Ella sólo esperaría a ver su reacción una vez que Jeanne terminara. Había sido ella quien buscara a las niñas a la escuela, lo que le permitió ver con lujo de detalle la situación que narraba su hija.

—¿Qué pasó después de que el chico lindo —farfulló Hans sonriendo falsamente— se inclinara a besar a Isy? —Jeanne aplaudió animada y Damien, en su silla, también lo hizo, imitándola.

—¡Ella se apartó dando un paso atrás y girando! —Hans sintió que todas las ideas asesinas contra el jovencito disminuían, se enorgullecía que Isabelle hubiera heredado parte del temperamento de su esposa. —¡Pero eso no fue todo! —continuó su hija y él apretó los dientes con fuerza. ¿El mocoso no se había quedado satisfecho con haber sido rechazado? —El chico lindo llamó a Isy varias veces mientras ella caminaba tranquila. Y luego, ella se paró y lo miró sobre su hombro así. —Jeanne trató de enarcar su ceja sin demostrar expresión inútilmente y todos los de la mesa soltaron una carcajada.

Isabelle incluida.

Hans se enorgullecía de su hija por haber hecho eso, que ni pensara que algún hombre podía aprovecharse de ella. Sabía cómo pensaban los hombres a esa edad y no dejaría que su pequeña cayera en sus garras.

Por lo menos no hasta que rebasara los veinte, convencería a su hija de ello, sino que hiciera cuentas de las edades de su madre y de él. Sería hipócrita prohibiéndoselo, pero no le importaba, era muy diferente pensar en sus dos chicas en esas circunstancias.

—La próxima vez ni le mires —manifestó sonriéndole orgulloso a su hija, y para su regocijo ella asintió dirigiéndole una sonrisa ladina.


—Elsa va a matarte, Hans —se burló su cuñada viéndolo prepararse presuroso para entrar a la sala de partos, colocándose esa bata esterilizada que la enfermera le había entregado. —¿Por qué no atendiste el teléfono antes?

Hans la ignoró empujando las compuertas para entrar a la habitación de donde provenían unas exclamaciones de su prometida y las voces de otras personas entremezcladas con la de ella. ¿Cómo iba a pensar él que el nacimiento de su bebé se adelantaría y que el maestro decidiera que era un buen momento para un examen sorpresa con valor del cincuenta por ciento de calificación final?

Había tenido que colocar su teléfono en silencio e ignorar las constantes vibraciones provenientes de él mientras respondía las preguntas, cuestionándose qué había ocurrido para recibir llamadas de un número desconocido. Cinco minutos antes, al escuchar el anuncio del profesor, le había dicho a Elsa que tendría que dejarla por un examen, que le llamara sin importar lo que ocurriera, que lo dejaría sin problemas.

A los veinte minutos le había pasado por la mente que era algo con Elsa y una persona se comunicaba con él. Había terminado el examen apresurado —ahora no recordaba qué había contestado— y salido para llamar al número no registrado, siendo recibido por su cuñada con su teléfono nuevo diciéndole que a si su hermana quería darle tiempo de responder su examen, bien por Elsa, pero que ella no iba a dejar que su sobrina fuera recibida al mundo sin tener a su padre cerca.

No recordaba más que haber ignorado todos los semáforos en rojo del camino al hospital.

El inconfundible olor aséptico del cuarto le golpeó junto con la voz de Elsa pronunciando su nombre para que se acercara. Su corazón latía desembocado después de la carrera, pero sabía que nada era comparable con el dolor que ella estaba sintiendo.

Llegó hasta el lado de Elsa y la besó sujetando su mano, que ella apretó con fuerza al sentir una nueva contracción y verse obligada a pujar. —¿Terminaste? —preguntó la rubia cuando recuperaba el aire.

¿Bromeaba? Que se fuera al demonio el examen si implicaba perderse el nacimiento de su hijo o hija.

—Por supuesto —respondió y ella asintió antes de encorvarse para pujar nuevamente, con la voz del médico diciendo que ya era la última.

Elsa dejó escapar una exclamación y cayó sobre su brazo rendida cuando el doctor anunció que era una niña.

De repente la habitación se llenó del sonido de un potente llanto.

Emocionado hasta niveles insospechados sonrió como tonto y se inclinó para besar a Elsa. —Es nuestra pequeña —susurró ella comenzando a sollozar.

Él asintió y una enfermara se aproximó a ellos con una criaturita entre sus brazos, que se movía inquieta llorando con fuerza. A pesar de todos los fluidos en su pequeño cuerpecito, era el ser más bello que hubiera visto en su vida.

Al ser colocada en el pecho de Elsa, su hija —apenas y podía creerlo—, dejó de llorar. Él acarició sus cabellos, que se veían castaños cobrizos como los suyos. Era tan delicada, se veía sometido a ella a partir de ese momento, en su pecho sentía una emoción tan grande que no podía definir con palabras. Ese pequeño ser era parte de él, pero también de la mujer que amaba. Era una pequeña indefensa que estaría bajo su cuidado, a la que amarían, cuidarían, mimarían. A la que se declaraba completamente devoto. Había estado esperándola por mucho y ya estaba allí.

Nada le pasaría ahora que estaba con ellos. Por sobre su cadáver algo iba a ocurrirle, a ella y a su madre.

Elsa inclinó su cabeza con esfuerzo y besó la frente de su hija. —Ya estás en casa, pequeña Isabelle —musitó y él se deleitó con la imagen de las dos mujeres más importantes de su vida.


Observando a Hans arropar al último de sus hijos, Elsa sonrió pensando en las preguntas incómodas hechas por su hija de su padre siendo el malo del cuento de su tía Anna.

Aun cuando su esposo era arrogante y manipulador con otras personas, parecido al Hans de la historia, también podía ser como la fachada que había demostrado a la princesa Anna cuando la "había enamorado" para obtener el trono. La imaginación de su hermana no tenía límites y la historia de las dos hermanas separadas por la nieve quizá había sido entretenida, pero ella prefería la suya, porque al final, sí se había quedado con el príncipe.

Aquel que era el padre de sus hijos, su mejor amigo, su esposo y el hombre que amaba. Aquel que se dirigía hacia ella para tomarla entre sus brazos y acompañarla para concluir otro día en el que se agregaba una página más a su propia historia que, tal vez, no estaba del todo finalizada.


¡Hola!, ¿cómo están?

Quise distraerme un rato y me puse a escribir, como casi siempre (a este punto deberán creer que requiero de mucha distracción por escribir tanto xD, pero no). Así que salió una historia cliché, sin mucha complicación, como me gustan las cosas sencillas, que escribo de corrido.

Sería curioso un Helsa con eso que mencionó Anna de la pesadilla xD, Elsa teniéndola el día anterior a su coronación y después huyendo de Hans pensando que es malo, y él de insistente con ella por la curiosidad de ser rechazado jajajaja, sería Post-movie, eh. Si alguien llegara a interesarse, es libre de hacerlo, yo paso, lo que menos necesito es ocuparme.

Supongo que debo responder a la pregunta de qué hace esto aquí. Bueno, estuve viendo mi perfil y me dije que si iba a llegar a las cincuenta historias, pues iba a hacerlo siempre y cuando todas tuvieran una extensión aceptable. O también luego tengo que bajar mucho en "Manage Stories" para encontrar una historia y si sigo aumentando indiscriminadamente será muy larga la lista. Así que he decidido utilizar este fic para agregar los OS's que haga a partir de ahora que tengan menos de diez mil palabras, para que no me molesten xD (menos las sugerencias de Frozen, esas ya tienen su propio fic). Así tampoco me siento mal por OS de menos de dos mil palabras jejeje, aquí deberán entrar las tres seleccionadas de los drabbles, aunque no sé cuáles otras dos escribiré.

Tengan un espléndido día, y hasta la próxima.

Hoe:D