Había algo extraño con ese gemido, el bosque ocultaba un secreto, pero nadie se aventuraba a descubrirlo.
Disclaimer: Es difícil lidiar con el hecho de que nada me pertenece, pero poco a poco iré superándolo.
Aclaraciones/advertencias: Helsa-Hansla-Iceburns. Altern Universe. OoC, creo. No es continuación de la anterior. Es una historia súper random, bueno, la mayor parte de lo que escribo lo es, así que pueden seguir leyendo.
Se viene un intento mío. A los que no les guste la idea de la sangre o, no sé, muy ¿oscuro?, pues esto no es para ustedes. Mejor dicho, si se esperan una historia normal mía, no continúen :)
Esto se supone que es Mistery/Horror xD, dedicado a The Frozen Little Wolf, bueno chica, espero que al final te rías.
La llegada de la noche
Decían que por las noches de luna nueva en Arendelle se escuchaba un grito desgarrador, podía advertirse cuando los oídos se mantenían atentos a cualquier sonido, cuando la oscuridad llegaba y sólo el resplandor del astro bello iluminaba las vacías calles, cuando los cuerpos se sumergían en sueños profundos y las almas vagaban de casa en casa buscando una nueva víctima que cayera en sus oscuras manos.
El grito resonaba entre las sombras, pero parecía provenir de la lejanía, en medio del bosque, oculto entre los altos árboles, resguardado por los temibles lobos de ojos amarillos y feroces colmillos puntiagudos.
Era un grito espeluznante, que erizaba el cuerpo de quien lo oía, provocaba pesadillas en los niños, y obligaba a los habitantes a cerrar las puertas de sus hogares extendiendo plegarias para no ser atrapados por el ser que profiriera semejante alarido desde lo profundo de su garganta.
El temor se esparcía cada noche de luna nueva y las interrogantes volvían a las mentes de los habitantes.
Pero nadie se atrevía a salir para buscar respuestas.
Elsa corrió presurosa perdiéndose entre los árboles del bosque, sosteniendo en lo alto la lámpara en su mano izquierda, blasfemando al notar que sobre su cabeza las nubes se apartaban y dejaban al descubierto la brillante luna amarilla, mientras una espesa bruma blanca se esparcía con inusitada rapidez en el camino por el que andaba.
El viento sopló con fuerza levantando polvo, y el ulular de un búho resonó junto el crujir de sus botas aplastando las hojas caídas por el otoño. Apresuró el paso sosteniendo con más fuerza la capa oscura que camuflaba su figura entre las sombras y buscó a su alrededor por alguna señal que fuera sospechosa.
Fatigada, Elsa aspiró parte del aire frío que provocó una sensación de alivio para sus extenuados pulmones y se detuvo a inspeccionar con más detenimiento el camino, sosteniendo aún más alto la lámpara de aceite que creaba sombras distorsionadas que se cernían sobre ella cuando el aire agitaba la llama del fuego. Dio unos cuantos pasos tratando de ser lo más sigilosa posible y apoyó su mano en el tronco de un árbol a su derecha.
Frunció el ceño al sentir un líquido viscoso y caliente en las puntas de sus dedos. Acercó su mano a su rostro y olisqueó con detenimiento hasta que con un jadeo reconoció el olor salado y metálico de la sangre.
Con rapidez acercó la luz a la madera y profirió una maldición al notar que parecía más fresca de lo que debía. Debía apresurarse.
Continuó andando pero con más ahínco que antes, iluminando cada uno de los árboles para corroborar si había un rastro de sangre en todos ellos.
Un gemido ronco surgió en medio de sus inspecciones y se percató que el sonido provenía de un lugar cercano, a su derecha.
Ignoró entonces todas las marcas de los árboles y corrió con energía para llegar a su destino en medio del bosque, tenía que arribar a su cabaña antes de que transcurriera más tiempo, ya había perdido mucho y el retraso le costaría mucho. Se perdió entre los árboles con el reverberante brillo de su lámpara ayudándole en su travesía, permitiéndole divisar las ramas alzadas que podrían hacerle tropezar, aunque muy bien conocía el camino que había recorrido desde mucho tiempo atrás.
Llegó hasta la cabaña a oscuras y abrió la puerta sin demora, dejándola abierta a sus espaldas mientras se apresuraba a su pequeña cocina, donde rebuscó entre sus gavetas para encontrar el objeto que necesitaba.
Una daga de plata.
La sacó de la funda y la hoja brilló reflejando la luna que entraba por la ventana.
Un chillido femenino hizo eco en las paredes de la estancia y Elsa sintió que el vello de su cuello se erizaba imaginándose el dolor que estaría sintiendo la dueña.
Regresó la daga a su funda, movió su capa negra y colocó el arma en el pequeño bolsillo de su vestido índigo antes de salir del interior de su vivienda rumbo al lugar en que había escuchado el grito de hacía unos momentos.
Esta vez corrió con mucha más velocidad ignorando los aullidos de los lobos que engañosamente se oían cerca aun cuando no lo estuvieran. Sus bramidos se perdían entre los gritos femeninos que ahora eran continuos, clamando por ayuda. Esquivando los árboles, pensó certeramente que ni los lobos querrían aproximarse en ese momento a ella, que se dirigía precisamente al sitio donde se escuchaban los gemidos dolorosos de la mujer, acompañados de los rugidos de la bestia que la tenía entre sus garras.
Saltó evitando la raíz salida de un árbol y siseó al sentir que una rama arañaba su mejilla mandándole una punzada que le hizo morderse la lengua. Sin detenerse, llevó su mano libre a la zona y presionó su dedo frío para calmar el dolor, maldiciendo las gotas de sangre que descendían por su mandíbula.
Súbitamente, los gemidos se detuvieron, pero el asfixiante olor de la sangre golpeó sus fosas nasales, anunciándole que se encontraba más cerca de lo que esperaba, pero que la criatura había distinguido su presencia por el aroma de su propia sangre.
Elsa maldijo en sus adentros y se detuvo para colgar la lámpara en una de las ramas de los árboles, continuaría su camino a ciegas, aunque aprovechando que la luna nueva seguía en medio de la bóveda estrellada sobre su cabeza.
Pasó la manga de su vestido en su herida para eliminar el rastro de sangre y pisó con cuidado para no advertir a la criatura de su ubicación. Apartó una rama de su rostro y escuchó un sollozo proveniente de unos metros más allá de ella.
Quitó la mano de las hojas del árbol e hizo un gesto desdeñoso por la sustancia pegajosa que quedó en sus dedos, que limpió en su capa indiferentemente. El aire sopló con fuerza y los cabellos de su flequillo se agitaron al compás del sonido lúgubre que se formó en las copas de los árboles.
Ladeó su rostro como reflejo cuando un borrón negro salió de su derecha emitiendo un chillido, que fue seguido de otros que perforaron sus oídos desorientándola. Miró a esa dirección y abrió sus ojos asombrada antes de encogerse por un sinfín de manchas que se dirigían hacia ella.
Sintió las alas revoloteando su cabeza antes de agitar su brazo para ahuyentar a sus dueños, que siguieron el rumbo del primero molestos.
—Murciélagos —farfulló Elsa enfadada al verlos alejarse con rapidez, ajustando su capucha retomando su camino. Los gemidos seguían resonando en el bosque y debía de llegar cuanto antes.
Su pie resbaló y la comisura de su labio se elevó al saber que restaba muy poco para alcanzar su destino. Una sombra la cubrió por unos momentos y sus ojos miraron al cielo percatándose que las nubes estaban moviéndose para ocultar la luna.
Elsa rodeó un robusto tronco justo cuando las nubes se apartaron dejando a la vista el claro en medio del bosque al que sus oídos habían estado guiándole.
Aun estando acostumbrada a ello, la vista frente a sus ojos no le fue muy grata. Las hojas estaban cubiertas por un líquido oscuro hasta llegar a una silueta menuda que yacía tendida junto a unas rocas afiladas. La figura, agonizante sin duda, emitía gemidos dolorosos empuñando sus manos sobre el pasto al tiempo que la criatura encima de ella se inclinaba a su hombro.
—Hans —pronunció Elsa dejando escapar un suspiro de sus labios. La criatura, que respondía por ese nombre, movió una de sus afiladas orejas antes de mirarle prorrumpiendo un rugido.
Los ojos amarillos de Hans le observaron de pies a cabeza justo antes de que en su rostro surcara una sonrisa de lado. Él abrió su boca dejando escapar un sonido gutural, sus dientes puntiagudos quedaron al descubierto y las gotas de sangre y saliva se deslizaron hasta sus ropas rasgadas.
Sin cambiar su postura, Elsa escrutó a la mujer sometida y reconoció la cabellera castaña rojiza de la joven Gerda Ambjorg, su compañera de banca en el servicio dominical. La jovencita se removió y sus ojos marrones se encontraron con los suyos.
—El-s-sa —imploró Gerda y la aludida, incómoda por el modo suplicante de llamarle, volvió a enfocar su vista en los ojos amarillentos y un tanto verduzcos de Hans, que olfateaba y escrudiñaba su rostro para hallar el sitio de donde provenía el olor a sangre de ella.
Hans captó con rapidez el hilillo de sangre que brotaba de la herida de la mejilla de Elsa y gruñó malhumorado, sabía que había estado herida, pero no le agradaba el aspecto sucio que tenía aquello. La joven bajo de él gimió de dolor haciéndole recordarla. Con una sonrisa dejó de juguetear con ella e introdujo con vigor su garra en su pecho, destrozando su piel y quebrantando sus huesos.
El alarido de Gerda retumbó en la oscuridad causando un escalofrío en la rubia apoyada al tronco del árbol, que se quitó su capucha para peinar sus cabellos.
—Debías esperarme —reprendió Elsa apartando la mirada de Hans extrayendo el corazón de la joven para llevarlo a su boca. El cuerpo peludo de él se crispó al captar el tono de reproche de la joven.
Hans lamió sus dedos y de soslayo buscó una salida, previendo las acciones que Elsa haría a continuación. Desprendió con un tirón uno de los brazos de su cena y emprendió su huida entre dos árboles, tomando desprevenida a Elsa, que se incorporó y corrió tras de él introduciendo su mano en su bolsillo.
Elsa pensó que Hans disfrutaría más de su bocadillo antes de querer escaparse como lo hacía todas las veces que ocurría lo mismo. Le quitó la funda a la daga sin apartar la mirada del borrón rojo que se escabullía entre los árboles para huir de su captor.
Lanzó con la mejor precisión que el movimiento le permitía y soltó una maldición cuando la hoja se incrustó en un tronco. Elevó su mano y congeló el árbol para volver por él cuando fuera a deshacerse del cuerpo en el claro.
—No sirve que huyas, Hans —dijo con voz fuerte y clara decidiendo que haría lo que no le gustaba, recurrir a sus poderes cuando estaba enfadada.
Extendió su mano derecha y todo el suelo a sus pies se congeló haciendo que Hans derrapara aparatosamente, golpeándose la cabeza contra la superficie helada emitiendo un gemido ahogado antes de quedarse lívido.
Elsa avanzó con lentitud hasta donde él se encontraba y levantó uno de sus párpados viendo una de sus pupilas dilatadas como manifestación de su inconsciencia. No se preocupó mucho siendo que Hans no podía morir encontrándose en ese estado. Debía aprovechar el tiempo.
—Te lo he dicho Hans, no puedes ganarme —recordó arrugando la nariz por el brazo que él llevaba sujeto débilmente a su mano izquierda. Lo tomó con una mueca de asco viendo la sangre fluir lentamente y lo resguardó en lo poco que quedaba de la camisa azul que él tenía colocada en su torso. Con lo mucho que le gustaba aquella prenda y él la había arruinado.
Creó nuevamente a Marshmallow, su ferviente guardián hecho de hielo, y él cogió en brazos a Hans antes de seguirla en el camino de regreso a la cabaña, donde lo encadenaría por lo que quedaba de la noche.
.
Veinte minutos después, con Hans encadenado debidamente, Elsa cerró la puerta de la cabaña a sus espaldas y ajustó su capa a su cuerpo, ahora tenía que hacer la tarea menos agradable de las noches de luna nueva especiales.
Comenzó a trotar cuesta abajo y, una vez recuperado el aire perdido, se lanzó a la carrera para llegar a las afueras del pueblo para hacer su trabajo. Esquivó los árboles que le estorbaban en los momentos precisos, pero que eran de mucha ayuda aunque no quisiera admitirlo, porque resguardaban su hogar a los ojos de los entrometidos aldeanos de Arendelle.
Recordó que amanecería en cuatro horas y que tenía el tiempo suficiente, pero quería estar allí cuando el cambio ocurriera al alba, como lo hacía todos los días.
Un bramido resonó a sus espaldas y sonrió divertida al determinar que Hans acababa de despertarse para encontrarse con los grilletes en sus piernas y brazos, dándose cuenta de que había sido atrapado otra vez.
Elsa corrió hasta llegar a la última fila de casas del pueblo, donde aligeró el paso. Los habitantes no necesitaban ser conscientes de su paseo nocturno en las calles vacías. Su bota hizo contacto con la piedra del camino principal y ella espió corroborando que no hubiera algún valiente fuera. Cuando lo hubo hecho, caminó despacio con la cabeza baja por si alguien se asomaba por las ventanas. Sólo su capa sería visible, aunque dudaba que muchos estuvieran fuera de sus camas en esos momentos.
Subrepticiamente fue contando las casas hasta llegar a la indicada. Afortunadamente Gerda vivía sola, por lo menos hasta el domingo —cuatro días a partir de entonces— nadie estaría preocupado por su ausencia, y cuando así fuera ya los rastros de ella habrían sido eliminados o, con más detalle, su desaparición estaría justificada.
Como esperaba, encontró abierta la puerta de la pequeña vivienda y sin consideraciones ingresó. Un aroma a galletas de chocolate llegó a su nariz y dejó escapar un suspiro al pensar que ya no recibiría las deliciosas creaciones de la joven después del servicio eclesiástico. Se quitó las botas, llenas de lodo, y anduvo con tranquilidad en el pasillo de madera de la casa en que había estado un par de veces.
Escaneó la sala buscando objetos personales y abrió su alforja de cuero para comenzar a guardar los retratos en la mesa central, así como el tejido que había en el sillón rojo de la estancia, en el que seguramente Gerda estuvo trabajando antes de caer en las garras de Hans. Buscó algún otro artículo y se encogió de hombros al no encontrarlo, en cambio aireó los cojines y dejó en la esquina la planta que se marchitaría sin la atención de su dueña.
Introdujo su mano en su bolsillo y acomodó los billetes necesarios para cubrir la renta del mes de Gerda, así su casero pensaría que había decidido irse por su cuenta. Fue a la cocina e hizo lo mismo que en la sala, pero se detuvo a guardar las galletas que estaba en el plato en medio de la mesa. Las calentaría por la mañana.
Abandonando la cocina, entró al dormitorio y se aseguró que la ropa de cama luciera presentable después de haber guardado todas las pertenencias de Gerda en su alforja.
Finalizada la tarea, sonrió pensando que cualquiera de los ilusos de Arendelle pensaría que la joven había partido en el barco que había zarpado esa tarde. Si bien ninguno de los navegantes les había servido para alimentar a Hans, por lo menos sería una coartada válida para el suceso. Nadie sospecharía después de que algo extraño pudo haber ocurrido con Gerda.
Dio un último vistazo a la pequeña casita y salió cerrando la puerta con suavidad antes de retornar al bosque.
.
Elsa vació el contenido de su alforja sobre el cuerpo ensangrentado de la joven castaña y se apartó para hallar las cerillas para encender el fuego. Sus orbes azules buscaron entre las cosas y encontró lo que quería cerca de la mano pálida de Gerda.
Cogió el palillo agradeciendo que no se mezclara con la sangre y acumuló unas hojas secas sobre el pecho de la joven para que pudiera arder cuando encendiera el fuego.
Frotó la punta gruesa de la cerilla contra la roca afilada junto al cuerpo sin vida de Gerda. La llama se encendió sin problemas y dándole una mirada apenada al rostro cadavérico de la chica, Elsa dejó caer la cerilla sobre las hojas, ocasionando que el fuego se avivara con un resoplido.
Cuando empezó a sentir el olor de la carne quemada —que le provocó una arcada—, aprovechó para ir a buscar su daga en el bosque, pensando en que ésa sería la última vez en que se retrasaría en su misión de encontrar el obsequio de luna llena de Hans.
Él soportaba todo el mes consumiendo cuerpos de animales para saciar el hambre de la bestia, pero cuando llegaba su día especial merecía recibir un premio por su buen comportamiento. Ella se encargaba de localizarlo por él y hacerle ir hasta su sótano, donde Hans se encontraba, sin levantar la más mínima sospecha.
Excepto que, algunas veces, no podía llegar antes de la hora del cambio, y Hans lograba escapar haciendo que, dominado por la bestia, él cazara a alguien por su cuenta. Obligándole a ella a cubrir la desaparición de la persona en cuestión.
Ocurría muy pocas veces, pero no debía permitir que sucediera de nuevo, los habitantes de Arendelle eran un poco ignorantes, mas eso no decía que en el futuro comenzaran a sospechar de ellos más de lo que ya lo hacían.
Extrajo su daga del tronco y volvió a donde el fuego consumía las pertenencias de Gerda reduciéndolas a cenizas y dejaba el cuerpo carbonizado, como prefería hacerlo antes de enterrarlo. Tomó la pala y cavó la fosa en que la feligrés recibiría su descanso eterno.
Terminado el trabajo, hizo un movimiento de muñeca y rió al ver caer los primeros copos de la repentina nevada otoñal. Así la sangre quedaría sepultada y una vez desaparecida la nieve, no quedaría nada que apreciar.
.
Empujando la puerta sintiendo la pesadez de su cuerpo, Elsa entró presurosa para dirigir su mirada al reloj sobre la chimenea de piedra. Quedaba media hora, como el sol no saldría por las nubes que ensombrecían el panorama no podía adivinar cuánto faltaba para el amanecer.
Se despojó de su capa y la abandonó en el sillón verde de la pequeña sala antes de levantar la alfombrilla gris que escondía el acceso al sótano.
Agotada, descendió los peldaños recibiendo de nuevo el olor repugnante del escondite de su esposo cuando se transformaba en esa horrenda criatura. Las lámparas encendidas iluminaban la estancia y, entre los rastros carmesíes, el cuerpo de Hans sobresalía con todo su esplendor.
De Gerda no quedaban ni los huesos, en su ausencia él los habría ingerido y después se habría acostado a dormir, como lo hacía ahora. Con los ojos cerrados, la criatura grotesca en que se transformaba Hans lucía un poco inofensiva a pesar de lo que era capaz.
Su cuerpo fornido lleno de vellos rojizos y cicatrices, sus garras y su mirada diabólica ocasionaban miedo cuando estaba activo, aunque, por alguna razón, él no llegaba a herirla nunca. No había ocurrido en los trece años que ese mal le aquejaba.
Ambos se conocían desde su infancia, habiendo crecido juntos en las Islas del Sur hasta el día en que se casaron, cuando decidieron irse a un lugar más tranquilo donde pudieran llevar una vida normal, sin los padres de Hans juzgándoles por lo que sabían que él era —a ella por estar con él y al pelirrojo por permitir que eso le dominara.
Elsa estuvo allí el día que la primera transformación ocurrió sin explicación alguna, cuando Hans tenía quince y ella doce. Desde entonces le había hecho compañía sin reticencia, siéndole igual de fiel como él le era a ella.
Lo había amado en sus primeros años y no iba a cambiar eso sólo porque algo extraño le hubiera sucedido sin que él pudiera preverlo o evitarlo. El Hans que había detrás de esa bestia que dominaba sus impulsos era el hombre que amaba, y sin importar qué aconteciera, iba a estar a su lado.
Incluso si eso requería que hiciera cosas de las que alguna vez no se creyó capaz.
Estaban juntos en las buenas y en las malas, como lo había jurado en sus votos el día de su boda, siete años atrás. Tenían dieciséis horas del día para compartir el uno con el otro, nada más importaba. Hans la había aceptado al ser una niña cuando ella era un presunto fenómeno, Elsa hizo exactamente lo mismo.
Se acuclilló al llegar a su lado, liberándolo de los grilletes, y su mano se perdió entre el pelo rojizo de su cabeza, acariciándolo hasta que su aspecto comenzó a retornar a lo que verdaderamente era, un joven con aire majestuoso de cabellos pelirrojos y piel dorada, hijo de uno de los hombres más influyentes del reino del que provenían.
Hans comenzó a removerse y enfocó sus ojos verdes como el bosque en los celestes de ella, que lo contemplaba con una sonrisa diminuta que iluminaba sus rasgos, haciendo que su piel nívea y cabellos platinados le hicieran lucir como un ángel recibiéndole después del calvario.
Él se incorporó y cambió la postura en que se encontraban, haciendo que fuera Elsa la que estuviera entre sus brazos con sus manos acariciándole con ternura. Hans no recordaba a la perfección los sucesos de la noche pasada, pero podía hacerse una idea por la fina línea roja que había en su pómulo y las pequeñas bolsas bajo sus ojos que denotaban su cansancio.
—Tú puedes dormir ahora, mi amor —susurró adormeciéndola poco a poco, besando su cabeza con suavidad antes de tomarla en brazos para salir del sótano, enorgulleciéndose de su pequeño hijo y de ella por soportar esa y otras noches.
Más adelante, poco antes de que llegara su nacimiento, se preocuparían. Por el momento, era tiempo de que ambos descansaran.
Entre murmullos, los habitantes de Arendelle comentaban de la implicación que podían tener los dueños de la cabaña oculta en el bosque, imaginándose los peores escenarios en los que ambos podían estar involucrados.
Creían que sucesos extraños estaban relacionados a la joven pareja, pero ellos habían llegado mucho tiempo atrás y los gritos comenzaron mucho después de eso.
Además, la pareja enamorada, bondadosa y amigable que se presentaba en misa todos los domingos, sin falta, parecía todo menos maliciosa.
Sus sospechas se diluían sólo con ver el amor que ambos se profesaban y el respeto que conferían a todos.
Y, obstinadamente, nadie se atrevía a buscar respuestas.
¡Hola!
El pensamiento positivo sirve cuando estás haciendo algo, así que hasta ahora, terminado el OS, es cuando me permito decir lo siguiente: esto no es lo mío. (Fue un quebradero de cabeza peor que Siempre Presente)
¿Qué opinan? En mi vida he hecho algo así, pero cuando prometo una historia la entrego, y la lobita tiene un gusto peculiar comparado a lo que hago comúnmente. ¿Qué opinas, chica? A ti es a la que te gusta esto, a mí no. Te dije que si se me ocurría algo lo haría, y lo anterior fue lo mejor que llegó a mi cabeza. Al principio quería hacer algo a lo Metamorfosis de Kafka, pero luego me arrepentí porque no le llego ni a la planta de los pies jajaja.
Bueno, no acostumbro a pedir comentarios -no porque no los necesite, realmente los requiero, sino porque soy mala lectora y casi nunca dejo mi huella, me malacostumbré xD-, pero aquí quisiera hacer una excepción y rogar por alguna retroalimentación de quien sí lea historias encaminadas a los géneros que se supone incluí en este OS, y también de alguien que tenga más idea que yo, para saber qué hice bien, qué no, y en qué necesito mejorar (por lo menos para que me sirva de lección). No necesariamente review, sino también alguna personita amable que se anime a enviarme PM.
Espero no querer mucho, y no robarle minutos de su tiempo :(, pero de antemano, gracias. Porfis, se los agradeceré con toda mi alma y les quedaré en deuda :)
F: Me alegra que te gustara lo anterior, espero que la sonrisa valiera la pena. Si has leído esta respuesta, házmelo saber, porfa. De lo contrario repetiré en el siguiente mis palabras a tu review del OS pasado. Muchas gracias por el comentario.
Sin nada más que decir, me iré a ocupar en algo alegre. ¡Un enorme abrazo si llegaste hasta aquí!
Cuídense, Hoe:)
