-Capítulo 2-

Espíritus Heroicos

Las voces de las siete personas reunidas en torno al altar repitieron a coro:

-Dejad que la plata y el acero sean la esencia. Dejad que la piedra y el archiduque de los contratos sean la base. Dejad que el azul sea el color con el que pague el tributo. Dejad que el muro a contra viento caiga. Dejad que las cuatro puertas cardinales se cierren. Dejad que el camino de las tres bifurcaciones, alcance desde la corona el reino Samerset.

El intrincado círculo dibujado sobre la mesa comenzó a brillar paulatinamente. Sin embargo, los presentes continuaron con su cántico:

-Dejad que sea declarado. Vuestra carne estará bajo nuestro servicio, y nuestros destinos estarán con vuestras espadas. Presentaos al llamado del Santo Grial, responded si os sometéis a esta voluntad y a esta verdad.

La luz proveniente del círculo mágico se intensificó, disipando levemente las tinieblas que inundaban la estancia, y revelando los rostros de los presentes. En el centro del semicírculo había un hombre de avanzada edad y considerable altura. El fulgor místico que desprendía el sello mágico se reflejaba con todo su esplendor en la calva cabeza del clérigo. Llevaba unas finas y redondeadas gafas sin montura apoyadas en su picuda nariz, y tenía sus manos, gruesas y de dedos largos y huesudos, alzadas frente al altar.

A su derecha había un joven que aún no debía alcanzar la mayoría de edad. Tenía la piel ligeramente bronceada, los ojos pequeños y oscuros, y el cabello negro. Entre sus finas manos sostenía lo que parecía ser una punta de flecha o lanza, oxidada y empapada de sangre reseca.

Al otro lado del que parecía dirigir la ceremonia, había una mujer de entre veinte y treinta años, de largos y ensortijados cabellos rubios y ojos azules que recordaban al mar. Iba vestida con un largo hábito que apenas dejaba sus pies a la vista. Apoyado en sus rodillas había un viejo escudo metálico, pintado de rojo y dos figuras ambiguas color dorado, que recordaban a dos animales en posición reptante. Ella, al igual que todos los presentes, seguía entonando los versos correspondientes:

-Un juramento deberá ser declarado aquí. Logramos alcanzar las virtudes de todo el cielo. Logramos tener el dominio de todos los males del infierno.

Había otros cuatro hombres presentes en la sala: uno de ellos, un hombre alto y horondo, cuya redonda cabeza estaba decorada por unos rizos negros, observaba fijamente el brillante espectáculo de taumaturgia que se presentaba ante sus vivos ojos negros. Una media sonrisa, parte emoción, parte sentimiento de superioridad, adornó sus rasgos caucásicos. Siguió repitiendo el mismo himno que el resto, mientras apretaba bien fuerte en su mano izquierda lo que parecía ser un rosario.

-¡Desde el séptimo cielo, acompañados por tres grandes palabras de poder!

Del trazado comenzaron a saltar chispas, que enseguida se convirtieron en pequeños rayos. A pesar de la apariencia peligrosa de la situación, ninguno de los presentes retrocedió un solo paso. De hecho, uno de ellos, un hombre realmente alto y de posición algo encorvada, de largos y rizados cabellos de aspecto mugriento, y barba recortada; parecía realmente emocionado. Una amplia sonrisa cruzaba su rostro, enseñando sus dientes de un tono ligeramente amarillento, denotando y haciendo obvia la euforia que estaba sintiendo en ese momento. Estaba tan lleno de adrenalina que la pluma estilográfica que sujetaba en su mano corría serio peligro de romperse.

Por el contrario, otro de ellos, un hombre de altura promedio y aspecto distinguido, embotado en un esmoquin negro de aspecto bastante caro, parecía estar ligeramente amedrentado. Tenía un pie algo por detrás del otro, como si estuviera preparado para escapar si la situación lo requiriese. Entre sus dedos movía con nerviosismo un revólver. Entrecortadamente, logró decir el último verso del cántico a coro con sus compañeros.

-¡Salid del anillo de restricción, protectores del sagrado balance!

Toda la energía que liberaba el místico trazado pareció concentrarse rápidamente en su centro. A los pocos segundos, un potente estruendo retumbó por toda la capilla, seguida de una fuerte explosión que derribó a cada uno de los presentes. Un fuerte haz de luz inundó toda la estancia, impidiendo totalmente la visión de los presentes. Se mantuvo así por varios minutos.


En otro lugar bastante lejos de allí, dos chicos conversaban.

-¿Has conseguido una reliquia?-preguntó el más alto: un joven delgado de recortados cabellos negros y ojos oscuros, con expresión dura pero gentil. El otro muchacho hizo girar algo alrededor de su dedo índice.

-Sí, y es uno bastante interesante.-dijo éste, acercándole a su interlocutor el misterioso artefacto. Dicho objeto tenía la forma de una ancha circunferencia decorada con joyas y piedras preciosas de todas formas, tamaños y colores. El otro chico agarró el objeto con admiración.

-Vaya, parece muy… caro.

-Lo es, me estuvieron persiguiendo durante varios días cuando se lo robé a la Torre del Reloj.

-¿Le robaste una reliquia a la Asociación de Magos de Londres?-preguntó el más alto arqueando una ceja.-¿Y volviste vivo?

-Decías que mi magia no servía para nada, pero la verdad es que me fue muy útil. Mis "soldados" les mantuvieron ocupados el tiempo suficiente como para poder alejarme un poco. Luego tomé un pequeño desvío, me metí dentro de un cementerio… Y asunto resuelto.-respondió con una media sonrisa sarcástica.

-La verdad es que eres un auténtico genio en lo que a nigromancia se refiere…. Es una pena que ahora los de la Torre hayan prohibido ese aspecto de la magia.

-Sí, y por eso soy perseguido como uno de los peores criminales dentro de la sociedad mágica. Para una cosa que hago bien, y es ilegal.-comentó el más bajo riéndose amargamente.

-No te preocupes, los de la Torre del Reloj tendrán que readmitirnos dentro de la sociedad mágica cuando obtengamos el Grial.

-¿Es ese el deseo que quieres pedir?

-No será necesario, cambiarán su opinión con respecto a nosotros en cuanto se den cuenta de que somos más fuertes que ellos.-respondió con orgullo el de ojos cafés.-Pero dime, ¿cuál va a ser tú deseo?

-…

-¿Eh? ¿Estás ahí?

-…

-¡Danny, responde!

-Es un secreto.-dijo el más bajo como única respuesta.

-¿Me lo dirás algún día?

-Sí, te lo diré más adelante. Aún no he encontrado el momento adecuado.

El otro chico suspiró.

-De acuerdo…-se resignó.-Cambiando de tema, ¿estás seguro que podrás utilizar un Servant de ese nivel con tu bajo nivel de maná? Quiero decir, eso es la antigua corona de Israel, ¿no?

-Sí, sí que lo es. Pero no te preocupes, estoy desarrollando un método de retroalimentación de maná. De hecho, creo que terminaré mi experimento mañana mismo y, si todo sale bien, tendré una reserva de magia bastante alta.

-No quiero saber cómo lo has hecho…-comentó el más alto.

-Mejor.

-Por cierto,-cambió el moreno de tema.-¿Tienes alguna idea de qué Espíritu Heroico invocarás con esa reliquia?

-No.-dijo Danny.-Lo que sí sé es que, sea quien sea, va a ser uno considerablemente poderoso. Dentro de las opciones, será el Servant que mejor se adapte a mi personalidad, así que para mí está bien. ¿Tú qué has traído?

-No te lo vas a creer.-respondió el otro.-Me las arreglé para encontrar esto.-dijo mostrando un fino tablero de madera ligeramente podrida.

Danny fijó sus ojos olivas en la supuesta reliquia. Por lo menos tenía aspecto de ser vieja. Pensó qué podía ser mientras se rascaba un poco la cabeza, cubierta por una densa cabellera de color castaño oscuro. La luz que reflejaba la corona se reflejaba en su blanca piel y sus párpados, decorados con largas pestañas y prominentes ojeras, parecían hacer un esfuerzo sobrehumano por no cerrarse allí mismo.

-Es… un trozo de madera.-atinó a decir.

-No es un simple trozo de madera. ¡Es EL trozo de madera!-"explicó" el otro con un deje de autosuficiencia.

-¿Podrías contarme qué tiene de especial ese trozo de madera?

-Dan, amigo, no, hermano mío. Este trozo de madera es, de hecho, un fragmento de la famosísima tabla redonda, donde los más nobles y fuertes caballeros de la historia se sentaban y reunían.

-¿Eres consciente de que a esa mesa se sentaron cientos de personas?

-Sí.

-¿Y que podrías invocar a cualquiera de ellos?

-Sí.

-Incluso a Sir Dragonet, el bufón del Rey Arturo.

-Pero Sir al fin y al cabo. Es lo mismo que para ti. Será alguien poderoso que se adapte, en la medida de lo posible, a mi forma de ser.

-Ahí tienes un punto, sí...

Se oyó el sonido de una puerta abriéndose. Un fuerte haz de luz inundó la oscura habitación, aunque pronto, las sombras volvieron a llenar el lugar.

-Dan, Ryan, sois vosotros, ¿verdad?

-Sí, señor Marshall.-contestó el que había sido nombrado como Ryan.

-Perfecto, los demás acaban de llegar. Les avisaré para que entren y comenzaremos el ritual de invocación.

-Sí, señor.-dijeron ambos adolescentes a la vez.


Nota de Autor: Aquí os dejo la segunda parte del fic. Si tenéis a algún personaje que queráis que ponga (Servants no, esos ya están todos pensados), lo ponéis en los reviews. Lo mismo si queréis dar vuestra opinión sobre la historia, ortografía, gramática, etc. etc... En serio, eso es algo que ayuda mucho a los escritores. Bueno, creo que no hay nada más que decir. Hasta otra!