· "hold still I need to draw you" au


La alarma sonó y John, que por supuestísimo no había pegado palo al agua en toda la hora (tenía cosas más importantes en las que pensar) se levantó como un resorte, cogiendo su bolsa de un ademán cansado. A medida que los alumnos iban saliendo el profesor les decía su calificación en el trabajo de escultura, y se planteó muy seriamente ponerse cascos con la música a todo volumen o hundirse siete u ocho lápices en las orejas para no tener que oírla. Si es que podía visualizar la escena perfectamente, discurría ahí, delante de él, el profesor le susurraba "Suspenso, Sr. Watson" con toda la sensualidad que le fuese posible y luego se reía en su cara, y entonces él apretaba la mandíbula y cerraba el puño y "oh lamento mucho haberle roto la nariz le juro que había un mosquito en su cara" y entonces le expulsaban de la escuela por agresión y conducta violenta y se iba a trabajar de cajero al Tesco.

Bueno, tal vez había exagerado un poquito.

El caso es que estaba ahí, arrastrando tristemente los pies hasta la salida y cruzando los dedos porque en serio, seguro que trabajar de cajero en el Tesco es horrible.

-Por una vez en su vida me ha entregado un trabajo decente, más que decente, diría yo, ¿está seguro de haberlo hecho usted?

John frunció mucho el ceño y abrió mucho los ojos, totalmente desconcertado. A ver, no, se tenía que estar equivocando de alumno. Más que nada porque él no había entregado ningún trabajo, sino que su trabajo estaba ahí, en la basura, roto en mil cachitos, y como mucho podría llevarlo a ARCO, ponerlo en una mesa, titularlo "Mis sueños" y exponerlo como arte contemporáneo.

-¿Perdone? –se excusó, atreviéndose a alzar la cabeza.

-No pienso volverlo a repetir, si quiere que le halaguen llame a su abuela.

John decidió no responder, a ver si aún le iban a colocar un suspenso por insolente.

-¿Puedo… puedo llevarme la escultdigo, mi escultura? Si no le importa.

El docente se encogió de hombros, dando a entender un "haz lo que quieras, que me da igual" y señalando una estantería un par de pasos más allá. Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad y todo su empeño para acercarse a la escultura, porque oh dios mío, juraría mil y una veces sobre la lápida de su perro que aquello no había sido esculpido por mano humana. No pestañeó, ni respiró, ni siquiera se empanó cuando el profesor salió del aula cerrando con un portazo, no se atrevió a mover un músculo porque estaba seguro de que si lo hacía la estatua se movería, o le miraría, o definitivamente se iría de allí a vivir la vida. Porque ¿qué clase de Dios se aburría tanto como para bajar del Olimpo y ponerse a hacer trabajos de Artes Plásticas?

La respuesta centelleó en su cerebro a la velocidad de la luz y sale del aula como alma que lleva el diablo, no sin antes golpearse la pierna contra al menos tres muebles (según su cuenta, ya verificaría el número de moratones al llegar a casa).

-¡Pro… fe… shhjjjf –no pudo terminar de articular la palabra porque no le daba el aliento, pero al menos había alcanzado al docente cuando estaba a punto de subirse a su coche. John se apoyó en el techo del automóvil, hiperventilando, intentando recuperar oxígeno a marchas forzadas.

-Pero se puede saber qué hace.

-Espere… espere… -respiró unas cuatro veces más antes de verse capaz de formar una oración- En clase, un alumno,…

-Muy bien, Watson, en mi clase hay un alumno, ¿podría alejarse de mi coche y dejar que me vaya a mi casa?

-¡No!, quiero decir, ya lo sé, ¿me puede dejar hablar? En su clase, ¿acude a su clase un alumno alto, de pelo negro, y… -John pensó, intentando expresarse sin parecer un poeta romántico- y voz profunda (profundísima), con una bufanda azul y un abrigo también negro y también largo, y unos pómulos increíb… muy prominentes, y… -supo que debía detenerse ya porque el profesor parecía a punto de coger su teléfono y llamar a un médico, para que le diagnosticasen algún tipo de trastorno grave y sin remedio.

-No tengo la menor idea de a quién se está refiriendo, si hubiese visto a alguien así me acordaría, buenas tardes.

Y se fue, dejando al pobre estudiante desconcertado y más perdido que antes, sin mencionar que casi se cae de bruces al suelo ante el repentino arranque del coche.


Intentó consolarse ahogando sus penas en un café barato, sentado en la primera mesa que vio libre y apropiándose de un periódico por allí tirado.

-Deberías ponerte algo de hielo.

John Watson escupe el café sobre media página del periódico del susto, atrayendo miradas hostiles de la mitad de la cafetería. Baja el papel, mirando en frente de él. ¡Oh, casualidad, "aquel imbécil"!

-Ese café eran dos libras. He derramado más de la mitad, así que me debes una libra.

-¿No te basta con sacar una buena nota en arte por una vez en tu vida, hm? –replicó el aún desconocido, con la sonrisa más arrogante del mundo.

-Oh, venga ya, no era tan bueno, tu trabajo. Ahora no vayas por ahí dándotelas de Miguel Ángel.

-Sólo soy fiel a la realidad.

John hizo un mohín, removiendo lo que le quedaba de café con su cucharilla.

-Mi profesor debe de pensar que tengo algún tipo de enfermedad mental y oh, sorpresa, ¡también es culpa tuya! ¿Cómo demonios desapareciste tan rápido? Parecía que te habías esfumado.

Sherlock le miró, frunciendo el ceño.

-¿Y no la tienes?

-¡No!

-Entiendo. No me mires así, me estaba asegurando.

No quería reírse, de verdad que no, pero no pudo evitar soltar una leve carcajada. Apareció un camarero de la nada, sirviendo un café más, que por lo visto parecía ser para él. John se preguntó en qué momento se lo habría pedido, porque no le había visto.

-Vale, entonces, cartas sobre la mesa, ¿eres un alumno, o no?

-¿Has llegado a esa conclusión tú solito?

-Pues sí. De acuerdo, y si no eres un alumno, ¿qué narices hacías en mi aula de arte a las seis de la mañana esculpiendo?

Sherlock se encogió de hombros.

-Lo necesitaba para hacer un par de pruebas –"para modelar un cadáver con unas medidas exactas y una postura concisa y averiguar cuál es el flanco más desprotegido a la hora de clavar un arma punzante" tal vez habría sido una respuesta demasiado específica. John le miró, sin tener la menor idea de en qué diablos estaba pensando, pobre de él, y casi que mejor.

Las horas desfilaron a una velocidad de vértigo, una tras otra y sin piedad, y antes de poder darse cuenta les habían echado de la cafetería alegando que "ya es hora de cerrar". John miró al cielo, desconcertadísimo, ¿desde cuándo era de noche? Carraspeó, metiendo las manos en los bolsillos. Coño, qué frío. Le miró, sin saber qué decir, cuando cayó en la cuenta de que…

-No me lo puedo creer, llevamos hablando no sé cuántas horas y aún no me sé ni tu nombre.

(Silencio.)

-Sherlock. Sherlock Holmes.

-John Watson.

Sherlock esbozó una sonrisa, y John también, y de repente parecía menos de noche.


-Vale, quédate quieto.

-No me he movido, John.

-En serio, que no te muevas.

Sherlock bufó, exasperado, ¿le estaba escuchando siquiera? Necesitaba urgentemente rascarse la nariz. Tal vez si aprovechaba cuando su compañero miraba el lienzo en vez de a él y…

-¡Sherlock!

-¡No iba a rascarme la nariz!

John tiró el lienzo junto al cuaderno de dibujo bien lejos, en un arranque de exasperación.

-¡No puedo! Es imposible. No sé dibujar –gruñó, tirándose en el sofá de mala manera.

-¿Entonces para qué te metes en la rama de arte?

John se encogió de hombros, gruñendo algo similar a "mis padres" y "no saber qué hacer con tu vida". Sherlock recogió el cuaderno de dibujo, sacando un lápiz de detrás de su oreja casi mágicamente.

-No es tan complicado. Sólo hace falta paciencia… -murmuró, distraído, mientras trazaba líneas vagas por ahí, por allá- … y precisión… -más líneas- … y concentración y… -frunció el ceño, quebrando la mina del lápiz contra el papel sin querer y callándose de sopetón. Había empezado queriendo dibujar un pie humano, pero sin saber cómo un John en miniatura perfectamente proporcionado e increíblemente adorable le observaba desde la hoja. La arrugó sin dudarlo un segundo, tirando la bola de papel por la ventana abierta con una precisión exquisita.

-¡Eh! ¡No! ¿Qué era?

-Nada. Un pie.

-Mentira, ¿qué era? Venga, dímelo. Dímeloooooo. Dímelo. Va, qué te cuesta. No seas tozudo. Seguro que era muy bonito. ¿Qué era? Sherlock, Sherlock, cuéntamelo, venga, dím…

-Como digas una palabra más te echo de mi apartamento y no precisamente usando la puerta.

John se cayó, conociéndole lo suficiente como para saber que esas amenazas no iban del todo en broma. Y ante la duda, mejor no arriesgarse.

-Ahora deja de darme el coñazo y ponte a dibujar, te recuerdo que tienes que entregar tu trabajo en menos de dos días.

El rubio hizo una mueca, estirándose el cuello. Iba a acabar odiando todo lo que tuviese que ver con papel y lápiz.

-Soy incapaz de hacer proporciones, Sherlock, olvídalo.

-Pues limítate a dibujar la parte de la cara, prescindiendo del cuerpo –dicho esto le tiró el cuadernillo de hojas, ligeramente irritado del tema ya, sentándose a lo indio en uno de los extremos del sofá y cerrando los ojos, dispuesto a entrar en pseudo-coma. John ya estaba acostumbrado: de vez en cuando Sherlock simplemente cogía y se sentaba, sin decir nada, sin mover un músculo, y podía estar así horas. Había hecho pruebas, tirándole bolitas de papel y preguntándole que si quiere un café, o gritando que el apartamento estaba en llamas, o incluso tirándole un poco de agua por el pelo, pero nada, era imperturbable. Casi que admiraba esa capacidad de entrar en coma voluntario. Suspiró, agarrando el lápiz con resignación mientras se acercaba a su modelo. Le ponía nervioso, algo le ponía nervioso y no sabía el qué, y realizaba líneas que temblaban en el papel ellas solitas. Porque desde cuándo estaba tan cerca. Porque desde cuándo había un silencio tan pesado a su alrededor y ¿era cosa suya o faltaba oxígeno en la habitación? Intentó concentrarse, respirando hondo. Era la decimocuarta vez que alzaba la vista hacia cualquier detalle de su rostro pero oh, misterio, sin saber por qué su mirada se veía irremediablemente atraída a sus labios. Se mordió los carrillos, sintiendo que sacaría a Sherlock del coma únicamente con los latidos de su corazón porque madre mía, latía tan fuerte que seguro que se oían hasta en Cardiff. No entendía desde cuándo era tan tentador, ni por qué, ni en qué momento decidió que era buena idea usar a su atractivo e increíblemente guapo mejor amigo como modelo en sus proyectos de dibujo. Se había metido en el infierno él solito, y de cabeza. Y cada vez estaba más cerca, justificándose a sí mismo con la necesidad de detalles. Pero a decir verdad hacía un rato que se le había caído el lápiz de la mano. Sintió que se moría mil y una veces, menudo suplicio, casi, pero en ese preciso instante Sherlock abrió los ojos y John añadió los tres centímetros de distancia que acababa de ganar. Se miraron. En silencio. Era obvio, era tan, tan obvio. Los dos lo sabían perfectamente, pero la mejor estrategia era silbar, fingir que aquí no ha pasado nada y sonreír.

-Estaba… necesitaba… detalles. Para el rostro. Proyecto. Dibujo. Ya sabes, eso –daría lo que fuese en aquel momento por una alarma de incendios, o una bomba, o la casera de su compañero entrando con unas galletas en la mano, lo que fuese para sacarle de aquel momento, por favor y gracias. Sherlock le miró, como intentando comprender.

-Ya veo.

Otro silencio de esos. John se levantó, estirándose y asomándose por la ventana al sentir una terrible necesidad de aire. Y de ordenar sus ideas, porque en qué estaría pensando. Había estado a media milésima de besar a Sherlock Holmes, y lo peor es que seguía con las ganas, y tanto que si seguía con las ganas. De repente lo necesitaba. Era una urgencia. Le abrasaba. Le quería. Suspiró, pasándose las manos por el rostro.

-John –la voz grave interrumpió la hilada de sus pensamientos, obligándole a darse la vuelta.

-¿Hm?

-Creo que deberías terminar tu dibujo. No te estaba saliendo tan mal, al fin y al cabo. Tal vez sí que necesitabas más detalles, después de todo.

No pudo evitar una sonrisa. Menudo cretino. Pues no sería él quien interrumpiese el juego. Desechó todos sus pensamientos anteriores de un plumazo y se volvió a sentar en el sofá, donde estaba antes, agarrando de nuevo su cuadernillo, esta vez con algo más de seguridad y una sonrisa socarrona. Se permitió echarle un vistazo rápido a la hoja, y no puedo evitar una leve sorpresa porque era verdad, no estaba tan mal, era hasta decente. Tal vez sí que funcionaba. Tal vez era cosa de detalles.

Deslizó la mano por el folio, dejándose hacer, y procurando no apartar ni una sola vez la mirada del rostro de Sherlock. Estaban en medio de un duelo. A ver quién aguantaba más. ¿Aguantar qué? Pues ni idea, pero no tenía intención de perder. Lo que John aún no sabía era que Sherlock Holmes no tenía la costumbre de perder, tampoco. Qué demonios, Sherlock Holmes no perdía nunca. Y tenía también esa horrible capacidad para desconcentrarle, ponerle nervioso. Pisó en falso y se le fue una línea. Maldijo entre dientes.

-No –negó su compañero, un tono más bajo que de costumbre. Ni corto ni perezoso agarró con suavidad su mano, intentando guiar el lápiz-. Esto va así –qué hace, qué haces, qué hacéis. John juraría que su corazón había dejado de latir hacía un rato. O tal vez era al revés, latía tan fuerte que se le había salido del pecho y se había ido a vivir por su cuenta-. No mires la hoja, mírame a mí. Paciencia, precisión y concentración, y no estás concentrado, John –murmuró Sherlock, casi burlonamente, y John juraría que su cerebro había entrado en cortocircuito. ¿Le acababa de acusar de "no estar concentrado"?

-Cómo mierdas pretendes que me concentre, Sherlock –gruñó, sosteniéndole la mirada-, contigo delante. –aún no entendía del todo por qué no se estaban besando ya, qué hacía que no pasaba la mano por su pelo y tiraba lejos el dibujo y oh, el sofá parece muy cómodo. Y debía de pensar increíblemente fuerte (o tal vez simplemente había dicho todo aquello en voz alta, en vez de pensarlo), porque su amigo simplemente sonrió, leyéndole como un libro abierto, y era una sonrisa tan pedante y arrogante y cargada de amor que John no pudo más y se inclinó sobre él, reclamando su beso, su premio, porque se lo había buscado.

-No quiero ni imaginarme qué pasará cuando me pidan que pinte un desnudo –murmuró, con un mordisco, exultante, mientras notaba vibrar el pecho de Sherlock a carcajadas.

Hizo todo lo que prometió.

Pasó la mano por su pelo, tiró lejos el dibujo y oh, el sofá parece muy cómodo.


Pensaba continuarlo pero va a ser que no, porque no me convence la continuación que querría darle. Así que hasta aquí hemos llegado. Oops.