WITHOUT A WORD.Capítulo 2
Pensamientos de Sherlock:cursiva
Gesticulaciones/escritos de Sherlock: "entre comillas"
Miércoles. Cuatro de la mañana. Las placas con bacterias han sido contaminadas con la taza de café tirada "sin querer". Sherlock tiene que volver a empezar a hacer el experimento por tercera vez. Pero en ese momento, no. Tenía los cinco sentidos puestos en el caso que llevaba un día quitándole el sueño.
El niño es la clave. ¿Por qué diría esa frase? El padre es el principal sospechoso, demasiado fácil, demasiado obvio. No puede ser. "Manchó mis juguetes y no los quiso limpiar". Sin duda se refería a la sangre. El niño no vio el asesinato pero si al asesino tropezar con sus juguetes y mancharlo todo. Dice que es el padre pero está confundido por el shock. Es alguien con acceso a la casa. Familia, el vecino, el portero... "No los quiso limpiar" ¡Eso era! La de la limpieza.
Cogió su teléfono y tecleó deprisa, después de enviar el mensaje marcó el número de Lestrade para hacerle una llamada pérdida, estaría tan dormido que probablemente no escuchara el sonido del mensaje. Caso cerrado. Su tripa rugió.
Se levantó con desgana y fue hasta la cocina. Revisó la nevera: ojos, dedos, medio sándwich, sí, podría comerse eso. Se lo llevó de vuelta al sofá y vio como fuera empezaba a amanecer. Otro día más...
Pero merecería la pena. Algún día Lestrade se daría cuenta que era imprescindible en sus casos y le dejaría ir a la escena del crimen. Tan solo llevaba un par de meses ayudándole pero sentía que pronto tendría un buen caso que le llenaría de fama y podría abandonar ese estúpido trabajo y vivir solo.
Encendió la tele haciendo tiempo hasta que diera la hora de irse. No le gustaba nada verla pero los juegos que echaban a aquellas horas le hacían gracia, qué idiota llamaría. Alguien golpeó la pared quejándose por el volumen de la tele pero hizo caso omiso, es más, subió un poco el volumen de esta.
La hora de comer era siempre complicada. Muchas cervezas, cafés y pinchos. Un trabajo que mataba sus neuronas lentamente. Podía sentirlas morir de aburrimiento si se concentraba. Y allí estaba el rubio. Sherlock metió la mano en su bolsillo y arrugó con fuerza el billete que había dentro. Esperó a que terminara de comer.
Se pasaba la mayoría del tiempo riendo las tontas bromas de su novia.
Veamos... Cuatro amigos, por los libros son de tercer año de internos, por la hora a la que comen, están con el doctor Jones, pasan todo el día en el piso segundo, han ayudado en alguna cirugía. El rubio es zurdo...
Cuando terminaron Sherlock abandonó su puesto e interceptó el camino del rubio. Todos los demás se quedaron mirando asombrados como si hubiera hecho algo prohibido. Hasta que se fueron y les dejaron solos en la, también sola, cafetería. El detective puso la palma del médico en alto y dejó ahí el billete arrugado que llevaba. Y después de lanzarle una mirada asesina, regresó a su puesto, impasible y como si nada hubiera ocurrido.
Cuando el interno reaccionó, el otro ya había desaparecido por la cocina. Miró el billete, era exactamente el mismo que él le dio hace unos días, tenía el mismo rallado que el que le había dejado de propina. Quiso ir a protestar pero ya llegaba tarde. Quizá lo podía coger a la salida.
El detective aprovechó la ausencia de clientes a las cinco y subió a la quinta planta. Todo seguía como siempre, los pasillos, los pacientes durmiendo en sus habitaciones. Siempre pasaba de largo por los despachos de los médicos, pero ese día, cuando leyó Dr. Jones en una puerta no pudo reprimir el deseo de abrir la puerta. Obviamente estaría cerrada y se sorprendió cuando la encontró abierta. Así que en los tres segundos que tardaría en encontrárselo sentado imaginó cuatro posibles excusas. Todas se esfumaron al ver el despacho vacío.
La bata está colgada, su abrigo no. No está su móvil sobre la mesa, tampoco su tarjeta identificativa. Ha tenido que irse corriendo y se ha olvidado de cerrar.
Cerró la puerta tras él y se sentó en la cómoda butaca del doctor. Estuvo buscando en los cajones sin saber que encontrar hasta que se cruzó con una carpeta verde menta. El Dr. Jones parecía un hombre amable, no había necesidad de fisgonear. Pero aquella carpeta... Tenía que abrirla. Eran fichas, fichas de sus internos. Tenía cinco en total, una de ellas tenía un sello en rojo de "recolocado". Las otras cuatro eran familiares para mí. Dos chicas y dos chicos.
Catherine Meyer, universidad privada, 27, morena de pelo rizado. Jeremy Rent, universidad privada, 25, pelo negro algo largo. Hannah Stuart, universidad privada, 26, pelo rubio y lacio. John H. Watson, universidad pública, 26, rubio de ojos azules.
Ahí estaba su rubio. John... Y sus malditos billetes de consolación. Cerró la carpeta y la dejó donde estaba antes. Nadie podría decir que había estado ahí. Miró fuera antes de salir y al no ver nada salió y visitó la habitación a la que iba últimamente para despejarse.
Después de un "adiós" y varios "frikis" se pudo ir a su casa por fin, sin saber que alguien lo estaría esperando fuera.
Fumando y con un paraguas, un hombre de unos treinta años le esperaba en mitad de la calle. Sherlock pasó de largo e hizo como que no le había visto. El otro hombre lo paralizó cogiéndole del brazo y acercándole a él.
— No te librarás de mí tan fácilmente, hermanito— este se soltó y se separó un poco.
"¿Qué quieres?" gesticuló Sherlock lentamente para que el otro le entendiera a la primera.
— ¿Ha vuelto?— le preguntó su hermano mayor hablando y gesticulando a la vez.
El detective negó con la cabeza y sacó el paquete de tabaco. Mientras encendía el cigarrillo vio por encima del hombro de Mycroft como John salía del edificio y se quedaba mirándole. Sherlock le dio la espalda y tocó el hombro de Mycroft para que le prestara atención.
"No dejes que vuelva" hizo énfasis en cada movimiento de sus manos.
— Sabes que no puedo hacer eso, aún están casados— dijo Mycroft casi en un susurro.
"A este paso no hará falta el divorcio" añadió Sherlock y recibió un codazo de su hermano.
— No digas eso otra vez, nunca— Mycroft tiró su cigarro al suelo y después de pisarlo se fue enfadado.
Su hermano pequeño se quedó pensativo mirando la abarrotada calzada llena de coches. Todos llevaban puestas las luces. Por muy pronto que saliera, siempre era de noche. A las seis ya era noche cerrada en invierno. Vio cómo su hermano mayor entraba en un coche negro, él siempre tan discreto. El coche arrancó y se perdió entre la densa circulación.
¿Mycroft tan ocupado que no puede encargarse él mismo de esas niñeces? Sin duda, estar en el gobierno se le había subido a la cabeza y ya ni se preocupaba por esas tonterías.
Siguió disfrutando de su cigarro hasta que escuchó unos pasos acercándose hacia él. Eran rítmicos y firmes, pero relajados y tranquilos a la vez, era el rubio, John. Cuando finalmente le alcanzó, el detective dio una última y gran calada a su cigarro.
— Eso no será muy bueno para tus pulmones...— intentó bromear y al ver la fría mirada que el otro le lanzó decidió callarse.
Sherlock soltó el aire poco a poco y tiró la colilla en una papelera. No esperó a que le dijera lo que tuviese que decirle. Simplemente se fue porque no le apetecía malgastar su tiempo en aquel insulso doctor.
Cuando llegó a casa solo le apetecía dormir. Era una cosa que se prohibía hacer durante los casos, incluso cuando no los había. Era una pérdida de tiempo, total pérdida de tiempo. Pero al entrar en su habitación y ver la cama deshecha no pudo hacer otra cosa que tirar el abrigo al suelo y quitarse los zapatos, ya habría tiempo para esas cosas mañana. Apagó la luz y se metió entre las sábanas blancas. Estaban calientes, como si alguien hubiera estado allí antes, como si aún estuviera. Cerró los ojos para cinco minutos y se despertó a las diez horas.
La luz se coló por las ventanas, juraría que él las dejó cerradas la noche anterior y abrió los ojos. La cama estaba vacía, como cada vez que se despertaba. Aquella sensación era agradable, no quería salir de allí. Sabía exactamente la hora que era por la luz que entraba por la ventana, llegaría tarde al trabajo sí o sí. Pero él había cubierto a Elle muchas veces, por un favor que le hiciera ella a él no se moriría.
Llegó justo a la hora de la comida, nadie notó nada. Pero tenía un nuevo cliente en la barra.
— Uhh, bella durmiente— se acercó Elle mientras hacía el recibo de una mesa— ¿Qué tal anoche?— le guiñó un ojo.
Sherlock se colocó su identificador bajo la atenta mirada del nuevo cliente rubio. El detective negó con la cabeza y se puso manos a la obra.
—Una buena noche con tu novio, ¿eh?— guiñó otro ojo y sonrió seductoramente.
"Yo no tengo novio" gesticuló enfadado.
— Claro, y yo soy María Magdalena, no te jode. El próximo día avisa si vas a llegar tarde— cogió unos platos y se los llevó en la bandeja de acero.
Tras preparar los últimos cafés se dispuso a ir.
— Espera, llevo esperando una hora— se quejó John desde su asiento.
Sherlock se encogió de hombros y salió de detrás de la barra con las mismas intenciones de marcharse.
— No te irás sin esto— le tendió un billete, el mismo billete para ser exactos.
"No quiero tú dinero, idiota"
— Lo siento, no te entiendo— se disculpó el rubio.
Sherlock sacó una pequeña libreta y un lápiz algo gastado que siempre llevaba en el bolsillo.
"No quiero tu dinero, idiota." escribió en la primera hoja y la arrancó para entregársela a John. Tras leerla la arrugó.
— Solo intentaba ser amable, así que lo siento, no te volveré a dejar propina si es lo que deseas— tiró el papel a una papelera cercana a la barra.
Sherlock cogió el lápiz de nuevo y escribió a prisa.
"Solo me diste propina porque te sentiste mal por haberme gritado. No necesito que te apiades de un pobre mudo, no tienes que tener pena por mí" volvió a tirar el papel a John que lo cogió en el aire.
— No tengo pena por ti, eres un maldito borde incluso sin poder abrir la boca— casi le escupió al decir esas palabras.
El detective sonrió de medio lado y luego por completo. No pudo evitarlo y se rio a carcajadas silenciosas bajo la sorprendida mirada del otro hombre.
— ¿Qué pasa? ¿Te ríes de mí?— levantó una ceja.
Sherlock volvió a coger el lápiz mientras seguía riéndose.
"Sherlock Carter. Encantado de conocerte, John Watson" le dio el último papel a John y se marchó no sin antes guiñarle un ojo al pobre interno y dejarle ya totalmente descompuesto.
