WITHOUT A WORD.Capítulo 3

Pensamientos de Sherlock:cursiva

Gesticulaciones/escritos de Sherlock: "entre comillas"

John H Watson había sido siempre un buen estudiante, de sobresaliente. Llegó a la universidad con una beca y ahora estaba haciendo sus prácticas con tres estudiantes de privada.

John nunca tuvo una vida fácil. Ni si quiera tuvo la infancia digna de un niño corriente. Pero John sabía disimular perfectamente.

Una madre viuda con dos niños pequeños y la pensión apenas llegaba para pagar los gastos básicos. Después la decepción de saber que su hijo quería seguir los mismos pasos que su padre, la alcoholemia de su hija adolescente... Pero aun así ella luchó y convenció a su hijo estudiar medicina y quedarse en Londres unos años más, por lo menos que fuera un médico militar.

Le aceptaron en St Bart's para llevar acabo sus años de interno y de prácticas. Allí conoció a sus compañeros asignados al mismo doctor que él: Cath, Jeremy y Hannah. Nadie podía negar que hubiera algo entre esta última y John nada más conocerse. Al principio fueron todos amigos de juergas, quedaban casi todos los sábados y se iban de copas por las noches. Pero poco a poco Hannah y John fueron quedando cada vez más veces los dos solos. Al cine, a una firma de libros... Excusas para estar juntos. Hasta que ella dio un paso más y desde entonces son novios. Vivían todos en la misma residencia, solo que Hannah y Jeremy estaban en un edificio diferente al de John y Cath.

Si todo salía bien, este sería el último año de John en el hospital, después iría al ejército y, más tarde, a luchar en la guerra.

—Estás distraído— Hannah le tiró una bola de papel por encima de la mesa— ¿A quién miras? Me voy a poner celosa...— acabó con un ronroneo que puso las orejas de John coloradas.

— Lo siento, anoche no dormí muy bien. Mis vecinos de arriba tienen como costumbre dormir de día y bailar de noche— se frotó los ojos en señal de cansancio y apoyó la cabeza en el hombro de su novia—. Necesito unas vacaciones urgentemente.

—Lo que necesitas es venir a vivir a mi edificio.

— Hannah, ya lo hemos hablado. Aún es pronto para vivir juntos...

— No digo eso. He oído que unos del segundo se van, podrías mirar el alquiler. Así podríamos estar más cerca— le guiñó un ojo.

— Apenas tardo cinco minutos desde mi edificio al tuyo— dijo cansado finalmente cerrando los ojos.

Definitivamente tenía que ir a hablar con los de arriba, no podía seguir durmiendo tan poco, eso afectaría su nivel de concentración y era lo que más necesitaba su último año.

— Me rindo, no sé qué te pasa hoy—se levantó de la silla que estaba frente a la de su novio y empezó a recoger sus cosas.

— Hannah...— intentó convencerla pero ya era tarde, había dejado su bandeja de comida donde las demás y había abandonado el comedor sin más.

Aunque quisieran negarlo, algo pasaba entre ellos. Llevaban tres años juntos, trabajando codo a codo, viéndose a todas horas en el hospital, cuando iban de fiesta, cuando estudiaban, cuando almorzaban... Y a John le empezaba a parecer todo aburrido. Todos los días lo mismo, no solo su relación con la rubia si no, también, todo lo demás. Desayuno-Hospital-Comedor-Hospital-Estudio-Cena-Cama. Algunos días se salvaban cuando iban al cine a ver una película o cuando tenía tiempo para leer. Su vida se había vuelto monótona pero era el precio que tenía que pagar para poder cumplir su sueño e ir al ejército y salvar la vida de la gente, ya fuerza a pie de campo o en la tienda de médicos. Lo único que quería era escapar de aquella vida que tenía, fuera de Londres y fuera de ese país.

Cuando John salió de su ensimismamiento y miró el reloj se dio cuenta de que apenas le quedaban tres minutos para la cirugía en la que "ayudaría". Tardaría un minuto en bajar a la planta de cirugía, dos en cambiarse, uno en desinfectarse... Ya no le daría tiempo. Si algo era el Dr. Jones era un maniático de la puntualidad y John lo había descubierto de la peor forma cuando llegó cinco minutos tarde un día y ya le había asignado su cirugía a otro compañero. Por lo menos podría ir a verla desde arriba. Llegó a la sala con la ventana que daba al quirófano número cinco tres minutos pasados de en punto. Allí estaban los demás de su grupo: Jeremy y Cath. Miró abajo y Hannah llevaba ya puesta la mascarilla y los guantes. Le saludó desde abajo y se acercó al Dr. para recibir instrucciones. A John le hirvió la sangre cuando vio como Hannah empezaba a colocar los instrumentos. Le había robado la operación. Apretó los puños y tomó una gran bocanada de aire, no podía alterarse por esa gilipollez. No lo habría hecho a posta, seguro que echaron a moneda quien se quedaba con la operación. Se giró lo mínimo para ver a sus dos amigos que estaban sentados y con una carpeta y bolis en las manos. Estos le miraron también con una expresión de resignación antes de encogerse de hombros. John suspiró y se sentó cerca de ellos. Sacó un cuaderno y un lápiz de su mochila y centró su atención en el paciente que ya estaba anestesiado.

— ¡John!—escuchó a su espalda e hizo caso omiso acelerando el paso— John, cariño— Hannah le alcanzó y le tocó el hombro.

John puso su mejor sonrisa y se giró mientras se colocaba mejor la mochila al hombro y soltaba a su novia.

—Muy buena operación— volvió a sonreír irónicamente.

—Esta tarde vamos a pedir unas pizzas y a comprar unas cervezas, pásate a las nueve, ¿vale?— se acercó y le besó en la boca.

—Yo... No puedo esta noche— dijo John después de alargar el beso hasta el infinito.

— ¿Qué tienes que hacer tan importante que no puedes venir?— pasó los brazos por sus hombros y le abrazó.

John empezó a mirar al rededor buscando algo que pudiera darle una excusa para librarse. Era media tarde y algunos médicos se iban ya, aparte de los muchos pacientes que siempre estaban por todos sitios. Vio entre la multitud que se acercaba a la puerta de la salida al camarero de pelo negro.

— He quedado con él— señaló.

Hannah se separó de él lo justo para poder mirar donde señalaba.

—¿Con ese? ¿El mudo?— preguntó Hannah con cierto tono de asco.

— Eso es algo ofensivo — la separó de mala gana.

—Mira, lo siento por él pero... ¿Sabes? Dicen muchas cosas de él por ahí- sacó su teléfono móvil y tecleó algo.

— ¿Qué cosas?— gruñó John.

— Ya sabes, que es gay— susurró con aire de misterio.

— Y, ¿eso qué más da?— se cruzó de brazos esperando que la otra no respondiera.

— Mira, déjalo. Además, ¿cuándo has quedado tú con él?— volvió a poner voz de asco cuando dijo "él".

— No te tengo que contar todo lo que hago— se liberó del todo de ella y se separó—. Te llamo mañana— se despidió con un rápido beso y corrió hacia el detective.

— ¡Hey!— le llamó John ya que no se acordaba del nombre que ponía en su plaquita.

Sherlock, que hasta el momento iba andando a paso lento y enviando varios mensajes en su móvil, se paró en seco y le miró sorprendido.

— ¿Nos vamos ya?— dijo en alto para que lo pudiera escuchar su novia desde lejos—. Tú sígueme la corriente— susurró cuando se acercó del todo a Sherlock y le palmeó la espalda en saludo.

La mirada de Sherlock iba de John a su novia que tenía la cara a cuadros en la otra punta de la sala. Cuando ya estuvieron fuera y alejados algunas calles del hospital, Sherlock le paró y le hizo que le mirara para poner cara de no entender que estaba pasando. John habló y se explicó por fin.

— Lo siento, quería librarme de ella— dijo medio avergonzado.

Sherlock no necesitó más información para comprender la situación y asintió cuando John levantó la vista del suelo y le miró.

— Gracias por no decir nada— acabó de agradecer John cuando se dio cuenta de sus palabras—. Quiero decir, que gracias por seguirme la corriente... Tú me entiendes.

Sherlock aireó la mano en el aire quitándole importancia a su error. Ambos se quedaron mirando a algún lado de la calle esperando a que el otro hiciera algo. John se balanceó sobre los talones y Sherlock metió su mano en el bolsillo para sacar un paquete de tabaco y un mechero. Elegantemente sacó uno y lo sujetó con la boca mientras que con una mano lo encendía y con la otra hacía de pantalla contra el aire. Le dio una gran calada y soltó el humo hacia arriba para no molestar al otro lentamente. Parecía que fuera uno de los mayores placeres de su vida. Fue a guardarse el paquete cuando se acordó y le ofreció al interno que negó con la cabeza amablemente y se metió las manos en los bolsillos.

— Bueno...— empezó John dubitativo sin saber muy bien que decir.

Sherlock rodó los ojos y encendió otro cigarro. ¿Por qué estaba allí de pie en mitad de la calle y no se iba a su casa a hacer algo mejor?

— ¿Cómo sabías mi nombre? ¿Conoces al Dr. Jones?— Sherlock asintió—. Por cierto, tu nombre era...— Sherlock metió una mano en su bolsillo y sacó su plaquita—. "Sherlock", claro. Con ese nombre no sé cómo se me ha podido olvidar— el aludido amagó una sonrisa por el cumplido.

Tras medio minuto más de silencio Sherlock tocó el hombro de John para que le mirara y le indicó con la mano que se iba. John asintió y se despidió pero él no se movió de ahí. No sabía muy bien a donde ir. Si volvía a la residencia se arriesgaba a que alguien le viera y descubriera que todo era una farsa para librarse de aquella quedada improvisada. Así que allí estaba John, viendo como Sherlock andaba por la calle. Cuando parecía que iba a girar una esquina se dio la vuelta rápidamente y retrocedió en sus pasos. Se acercaba cada vez a paso más rápido y, cuando llegó a la altura de John, ya estaba casi corriendo. Le agarró del antebrazo y le metió en la primera calle a la derecha donde le empujó en el primer establecimiento abierto que había. John se quedó sin saber que ocurría en la puerta de la cafetería y Sherlock, que se había sentado en la última mesa y más apartada del escaparate, le hizo señas con la mano para que se acercara.

John se sentó en la silla que quedaba frente a él en silencio, todo aquello era muy emocionante, como si estuvieran escapando de un asesino. Sherlock se tapó la cara con la carta haciendo que la ojeaba en el momento en el que la puerta del establecimiento se volvía a abrir.

— Sherlock, ¿qué pasa...?— susurró tan bajo que ni él mismo se pudo oír.

— ¿Con que huyendo de mi otra vez?

No se sabría muy bien a cuál de los dos se le heló más la sangre. Sherlock dejó la carta sobre la mesa de un golpe a la vez que dejaba escapar un suspiro de resignación. John, por su parte, soltó el aire que había cogido al darse cuenta de que la voz no era de mujer.

El hombre de traje se sentó en la tercera silla de la pequeña mesa y John le reconoció como el hombre del paraguas que había visto con el camarero hace unos días.

"¿Qué quieres?" le preguntó a Mycroft.

— ¿No me presentas a tu amigo?— hizo un hincapié en la palabra amigo y ante la fría mirada de Sherlock prosiguió— "Quiero saber si ha habido cambios" — gesticuló para que el rubio no supiera de que estaban hablando.

"Si hubiera pasado algo, ¿no crees que te enterarías antes que yo?" acabó y se movió en la silla para darle la espalda.

— Un placer, John— extendió la mano Mycroft y este se la estrechó atónito.

Cogió su paraguas que había apoyado en la mesa y se marchó con la misma elegancia con la que había llegado. John no podía estar flipando más. Primero el camarero adivinaba su nombre y apellido como si tal cosa y ahora venía este y hacía lo mismo, o ambos tenían alguna especie de poder mágico o le había hablado de él.

— Vale, se acabó el hacerte el misterioso y el interesante conmigo, ¿qué pasa aquí? ¿Por qué tu novio sabe cómo me llamo?— la voz de John salió grave y autoritaria.

Sherlock que estaba mirando hacia los demás comensales giró su cabeza lentamente hasta quedar alineada con la del rubio. Primero le miró seriamente y poco a poco asomó una sonrisa que se convirtió en una carcajada silenciosa. John se puso de los nervios al ver que la diversión de su acompañante no disminuía. Sherlock parecía llorar de la risa.

— ¿Te hago tanta gracia?— Sherlock negó con la cabeza sin poder parar de reír.

John se levantó pero Sherlock le agarró de la manga de la camisa y le sentó con fuerza en el momento en el que llegaba una joven camarera y les tomaba nota. Sherlock señaló un té de la carta más calmado y John pidió un café solo.

— O te explicas o me voy.

Sherlock sacó su libreta y lápiz y comenzó a escribir.

"No es mi novio, es mi hermano." Al leerlo, las mejillas de John se sonrojaron hasta más no poder.

— Lo siento, como el otro día tu compañera dijo eso de tu novio y con lo que dicen de ti...

"Sé lo que dicen de mí. No tengo novio"

— Vale, si a mí no me importa— John bebió un sorbo del café que le trajo la camarera. Sherlock hizo lo propio con la suya—. Ahora me explicas cómo sabías mi nombre y cómo lo sabe él— señaló la puerta de salida.