¿Quién eres? dattebayó

"Kyuubi: Nombre denominativo de la segunda subespecie del kitsune común, conocido por sus nueve colas. Al alcanzar la madurez, posee gran fuerza física y descomunales garras capaces de cercenar de un solo tajo cualquier superficie. Su hábitat se reduce en los principales bosques del país del Fuego y de la Tierra. Su número de ejemplares se ha visto disminuido en los últimos diez años ya que las poblaciones civilizadas le han considerado como una mortal amenaza, debido a sus brutales ataques que…"

Kushina cerró el pergamino, reflexiva y levemente preocupada. Sacó ese trozo de papel de entre los empolvados estantes de la "oficina" de su marido. Inicialmente estaba algo indecisa, aunque interiormente tenía la idea de que necesitaba cerciorarse de algo…sólo asegurarse y ya, no era que le importase mucho, pero era un extraño atisbo de ansiedad que le había asaltado desde la semana pasada, cuando decidió finalmente dar a conocer a su "pequeña mascota", aquella tarde en la que Shizune (una de sus mas allegadas amistades y compañera de trabajo de los días en los que trabajaba para el equipo médico) entró en su casa, con el pretexto de pedirle prestado unas carpetas de archivo, cuando (según las palabras de la propia Shizune) se llevó un susto de muerte al ser recibida en la puerta por el pequeño "monstruo".

Esa noche estuvo a punto de armarse toda una trifulca con los vecinos, a no ser porque Kushina subió el volumen del televisor para parecer que el escándalo provenía del aparato.

-¡Debes estar completamente loca, Kushina-san! –resoplaba una aterrada Shizune, de pie sobre una silla, mientras que una curiosa bolita de pelo rubio le contemplaba desde el suelo—¡No puedes quedarte con esa…esa…esa bestia!

Y aquella "bestia" se le había acercado hasta una de las patas de la silla, se irguió sobre sus extremidades traseras, apoyando las pequeñas patitas en el asiento del mueble y tratando de aproximarse más a los temblorosos pies de Shizune.

Kushina le tomó en brazos.

-No es una bestia –Kushina le acercó al revoltoso bebé kyuubi, éste se había quedado quieto, sintiendo el protector respaldo de Kushina.— Y con pocas semanas de edad, no es capaz ni de matar una mosca.

-Pero…no puedes quedártelo…-murmuró Shizune, un poco mas calmada. Pasó una mano cerca de la cabeza de Naruto, éste le miraba confusamente, bajó la cabeza con las orejas gachas, esperando a que la mujer le acariciara detrás de éstas. Los dedos de ésta acariciaron el suave pelaje del cachorro.—. Es muy dócil.

-¿Ves? ¿Y a eso le llamas monstruo? –sonrió Kushina.—. Lleva casi tres semanas aquí y no ha causado ningún desastre. Puedo hacerme cargo de él perfectamente.

-Pero, ¿Y las leyes? Recuerda que el tercer Hokkage había dictado que éstos…-la palabra se atascó en la garganta de Shizune—éstos…animales, eran un peligro para la humanidad. Y con la rigurosa guardia de cazadores a cargo de Uchiha-san custodiando cada milímetro de la aldea y sus alrededores…

-Bah, éso no me preocupa, no voy a dejarlo correr por toda la aldea.

Shizune bajó la mirada. Ahora ella traía al pequeño kyuubi en sus brazos, y éste había encontrado un nuevo pasatiempo en mordisquear una de las mangas del kimono de ella.

-¿Entonces piensas tenerlo siempre encerrado? –preguntó.

-Bueno no exactamente, lo llevaré conmigo al bosque, cuando salga por bayas o fruta. Claro, eso será ya que sea un poco mayor, aun es muy pequeño y le da por irse a curiosear de repente.

Hubo un insignificante silencio.

-No puedes domesticar lo que nació para ser salvaje…y libre –opinó Shizune.

Y Kushina creyó que había algo de razón en ello. Enteramente. Pero parte personal le decía que…

-Podría intentarlo –dijo confiadamente.

Y se había quedado con la idea, aun mientras miraba detenidamente la información de aquel pergamino, en el que una imagen descrita bajo los tenues colores rojizos de una acuarela, revelaban la figura de un zorro de demoniaca mirada, garras curvas como ganzúas y nueve colas moviéndose como llamaradas del infierno, enmarcando la silueta en un simétrico vórtice de destrucción y caos.

Monstruo. Bestia. Peligro para la humanidad; ¿Naruto llegaría a convertirse en eso? ¿En una amenaza para la aldea?...¿Y para ella misma?

No, no podía ser. Simplemente porque ella así lo creía. Se empeñaría en criar y educar a Naruto de la manera más civilizada en la que se podía instruir a una mascota…o a un niño.

Y estaba segura que lo lograría.

Miró distraídamente el reloj de pared. Las ocho menos quince. Se sobresaltó levemente, murmurando sobre el tiempo y dejó el pergamino en la mesa. Ya lo leería después, si es que le daba la gana, sino, lo relegaría hasta otro día.

Y salió, dirigiéndose hacia el trabajo. Sin percatarse de una pequeña sombra que pasó revoloteando sobre ella.


-¿Naruto? –musitó una minúscula vocecilla desde el alféizar de una de las ventanas que daban hacia la sala—Eh, Naruto, ¿estas ahí?

Sobre el cuidado marquito de la ventana, un gorrión de plumaje café miraba concernidamente el interior del apartamento de Kushina Uzumaki.

El ambiente estaba callado…demasiado callado.

Arqueó un poco el cuello, algo entumido por los últimos quince minutos de vuelo desde el bosque hasta allí.

-Pues si crees que el pequeño corre peligro, deberías ir y vigilarle –había dicho Kakashi desde esa calurosa mañana, en la que ambos se habían encontrado con aquel huérfano cachorro de kyuubi.

Ya habían pasado tres semanas, y el propio Iruka había cumplido con su parte del trato (si es que podría llamársele así), y en estos últimos días había estado yendo y viniendo del bosque hacia la aldea, cerciorándose de todo cuanto ocurría en el nuevo hogar del pequeño Naruto.

El cachorro de kyuubi se había vuelto más despierto e increíblemente hiperactivo; podía tomarse como un equivalente al comportamiento de un chiquillo vivaz de cuatro o cinco años, y sus reacciones y respuestas eran tal cual. Su vocabulario era un poco más extenso, a no ser por la molesta palabra que tanto repetía en cada frase, crispando los nervios de Iruka, aunque éste ya le había tomado cierta paciencia.

-¿Naruto? –llamó de nuevo.

Pero ni señales del chico. Se acercó dando un par de saltos, escudriñando con detalle cada hueco en el suelo, bajo la mesa o en el mullido taburete cerca del televisor. Una cálida brisa flotaba sobre su lomo. Se giró, topándose con una mancha negra y brillante en la punta de un hocico amarillo y blanco.

-¡Nee…Irukaaaa! –una fugaz silueta amarilla saltó detrás de él, armando todo un escándalo—¡Iruka-chaaaan! ¡Iruka-chan!

Y al pobre de Iruka sintió que casi se le detenía el ritmo cardiaco en menos de dos segundos. Estuvo a punto de irse de espaldas, muy cerca de caer por el borde del marco de la ventana, a no ser porque una de las zarpas de Naruto le sujetó. Éste le había estado acechando con un sigilo casi felino, desde la mesita cerca de la ventana.

-…agghh…¡No vuelvas a ..hacer…eso! ¡Naruto! –Jadeó el aterrado gorrión, haciendo acopio por restablecer el aliento—¡Definitivamente nunca vuelvas a hacer eso, casi me das un infarto!

Naruto le contemplaba con una mueca pícara en su perspicaz rostro.

-Naaaahh…sólo quería jugar un poco, ´ttebayó –musitó, pasándose una pata por detrás de la nuca y sonrió apenadamente— gomen ne…

-¡Pues eso no es un juego! –Iruka logró alzar un poco el vuelo y se posó sobre una de las orejas de Naruto— .No es correcto acechar a tus amigos como presas. –dijo con aire solemne, y el pequeño kyuubi no le tomó mucha atención.

-Pero yo no tengo más amigos, ´ttebayó. –Naruto estiró el cuerpo, quedándose tumbado boca abajo—. Me aburro mucho todo el día aquí. –los pequeños orbes azules se enfocaron en la sombra marrón posada sobre su cabeza— ¡Ne, ¿quieres quedarte a jugar conmigo, ´ttebayó?

-mmhh…creo que no, pequeño. Sabes que no pertenezco a aquí –profirió una media sonrisa—. Sólo vine a asegurarme de que no causes un caos. Y ya eres suficientemente listo como para quedarte solo sin meterte en problemas, ¿verdad, jovencito?

-Si…-Naruto resolló de mala gana. Se irguió repentinamente, e Iruka por poco y cae de .la cabeza de éste –¡Eh mira Iruka-chan ya pude saltar hasta aquí! ¡Yo solito, ´ttebayó!

Iruka ya estaba acostumbrado a la enérgica repetición del fastidioso ´ttebayó, y también ya se había habituado a los comentarios infantiles y llenos de brío de Naruto, así como su típica falta de concentración en más de uno de sus "estrictos" consejos.

-Ah si, que bueno –repuso Iruka muy superficialmente, antes de segur con otra de sus aburridas habladurías—Hey, ¿Pero desde cuando tienes la confianza de llamarme por el término "chan"? como tu mayor y superior en conocimiento, me debes respeto. Él término "san" o "kun" es más adecuado tomando en cuenta que…

-¡Nah! ¡Iruka-chaaaaaan! –Naruto expresó una sonrisa ladina.

Iruka suspiró.

-…No tienes remedio, niño.


Aun no era ni mediodía, y el pequeño kyuubi ya se sentía más aburrido que una ostra. Iruka le había hecho compañía sólo por hora y media, un nuevo record tomando en cuenta que el hiperactivo Naruto tenía toda una sarta de "novedades" que contar, todo y con su descriptivo y peculiar estilo. Para las once de la mañana, se encontraba solo de nuevo en aquella enorme casa que había sido todo su mundo cuando era más pequeño, sin embargo, desde la semana pasada, a unos cuantos días de casi cumplir su primer mes, su interés se había centrado en lo que había más allá.

Naruto se había acostumbrado rápidamente a las reglas y horarios que Kushina-okāsan le había establecido: desayunaba antes de que ella saliera por ese portón enorme, y cenaba en cuanto regresaba, eso era cuando las luces del día se habían ido y aparecían las sombras de la noche; lo sabía perfectamente. El resto del día se la pasaba correteando a lo largo y ancho del apartamento e incluyendo el diminuto jardín; si le daba sed, tenía a su disposición un cuenco (anteriormente uno de esos tarros para ensaladas) rebordeado de agua, y si le daba hambre siempre podía encontrar algo de comida sobre la mesita de la sala; aunque estos tentempiés que no eran mas que simples bolitas dulces de arroz, no se comparaban con el fabuloso (en términos exactos de Naruto) y exquisito sabor de aquella pasta que tanto le gustaba comer, desayunar o cenar; una cosa a la que Kushina y el resto de los humanos identificaban con aquel término que Naruto memorizó inmediatamente como nuevo sinónimo de comida: el ramen.

En esos últimos días que recordaba, no había nada que hubiese probado que tuviese un sabor igual o mejor que el del ramen. Le gustaba, realmente le gustaba; y a sus casi cuatro semanas de edad, ya había probado los suficiente como para hartar a Iruka con una de sus comparaciones entre miso ramen y tempura ramen.

Pero en estas largas horas de la mañana, no había ramen, se había acabado los bocadillos de arroz y ya se había fastidiado de correr como ráfaga desde la sala hasta el jardín…y de regreso. Entonces volvió a centrar su atención en uno de esos huecos de la pared, cerca de la mesa a la cual había saltado. Uno de esos huecos a los que Kushina llamaba ventana, y que era un portal hacia un mundo completamente distinto al que estaba acostumbrado, lleno de sonidos y "cosas" vivas, no como las que aparecían en ese aparato metálico en la cual aprendió su primer palabra.

No, eso era real. Todo un mundo lleno de olores, colores y miles de novedades que de repente tuvo la necesidad de conocer. Le pilló un impulso por salir, y ver de primera mano aquellas calles que delimitaban casi en el horizonte, desde su perspectiva. Pero había un pequeño obstáculo, el vidrio de la ventana.

Pudo escuchar uno de los regaños de Iruka en su infantil memoria, acerca de que el único lugar donde debería quedarse era en esta casa. Y Kushina también se lo había impuesto así. Sin embargo, el mundo exterior estaba tan lleno de objetos que ver, oler y probar; y él sentía una curiosidad inmensa.

Estaba tan cerca, y a la vez tan lejos…

Miró de nuevo hacia la ventana y algo atrajo su atención, una pequeña abertura entre ésta.


El sutil aroma de las madreselvas le apresó en la nariz, haciéndole sentir una molesta picazón. Profirió un minúsculo estornudo y levantó la cabeza para asegurarse de no perder la pista de lo que había estado siguiendo.

-Ne, Itachi ni-chan –Sasuke miró sobre su hombro, hacia una de aquellas sombras detrás de él.—¿Es por aquí?

A casi tres o cuatro metros de donde se encontraba Sasuke ahora, Itachi le contemplaba con una expresión inmutable en su austero semblante. Permanecía sentado y sombríamente quieto a la derecha de Fugaku. El rostro del hombre reflejaba –a diferencia de Itachi- una mirada severa y escrutadora, atenta a cada uno de los movimientos del cachorro.

-Ni-chaaan –insistió Sasuke.

-Búscalo tú –reprendió secamente Itachi.

Sasuke bajó de nuevo la cabeza al suelo, apoyando el hocico sobre la desgarbada hierba e intentando por doceava vez de encontrar el rastro perdido. El fuertísimo olor del pasto y los matorrales era insoportable. Levantó de nuevo la nariz, casi al instante y se dirigió visualmente de nuevo hacia el parco ni-chan.

-Ne, no lo encuentro –gimoteó Sasuke, mirando con un puchero a Itachi. Éste de nuevo no contestó. Sasuke dio un par de pasos hacia él y se detuvo, con la misma mueca de berrinche en su infantil cara—Y no puedo oler nada. El pasto me pica. ¿Ya nos vamos? Quiero irme a casa.

Itachi se había tendido desinteresadamente.

-No –gruñó en un tono bajo—Ve y busca el maldito señuelo tú solo, enano.

-Pero…

-¡Ve! –Itachi le lanzó una mirada fulminante al renuente Sasuke.

Éste gimió y volvió al camino, de mala gana. De nuevo con la nariz en el suelo, aspiró tratando de no atragantarse de nuevo con el escozor del pasto, y haciendo un esfuerzo por encontrar el olor de la cosa que había estado buscando desde hace horas, según su infantil e inexperta perspectiva; aquello que rastreaba no era más que un cilindro rojo y hueco, suave y fácil de llevar en la boca. Era una de las pocas cosas en éstos días, que se le permitía morder. Desde hace una semana, le habían enseñado a ir y traer el objeto. Era un juego entretenido al principio, Fugaku-sama lo arrojaba y lo único que debía hacer Sasuke era ir por el objeto de caucho. Era fácil, no había mucha distancia al inicio y podía encontrarlo fácilmente sólo con ver hacia dónde caía. Y porque el área se reducía al jardín de la casa.

Pero desde ayer el nivel de dificultad había aumentado. Ya no estaba en su jardín sino en uno muchísimo más grande (Itachi le dijo que aquel inmenso "jardín" se llamaba bosque), y ahora no bastaba con ver hacia donde caía el señuelo, sino que debía buscarlo valiéndose de su olfato; tenía que apoyar la nariz en el suelo y encontrar el distintivo olor del cilindro, seguirlo, encontrarlo y traerlo de vuelta. Miró a Itachi hacerlo las primeras tres veces, siguiéndole e imitando sus movimientos. No le pareció muy complicado y al tercer intento, logró encontrar el señuelo un par de minutos antes que Itachi. Esa fue toda la práctica de ayer, ahora los últimos tres lanzamientos los había recuperado él solo, y para el cuarto, ya se sentía un poco cansado. Se habían adentrado más en el bosque, donde la hierba crecía alto y olía muy fuerte.

Sasuke gemía abatido y daba pasos cortos mientras olfateaba todo lo que estaba a su alcance, tallos, raíces, hierbajos y tierra. Un aroma demasiado distante, liviano y similar al de su tazón para comida, flotaba casi intacto cerca de su derecha, marcando un caminito hacia un mullido arbusto.

-¡Ni-chan, ni-chan! –Sasuke reconoció el olor y levantó de nuevo la cabeza y ladrando escandalosamente—¡Lo encontré! ¡Lo encontré! ¡Itachi ni-chan, ya lo encontré!

Sin esperar respuesta, se lanzó corriendo al arbusto, tomando de un solo mordisco el hueco cilindro, que por fortuna estaba cerca de unas ramas caídas. Y regresó con pasos rápidos, con el señuelo en el hocico, la cabeza en alto y meneando alegremente la cola.

-Quieto –ordenó Fugaku. Sasuke ya se había habituado a ése tono de voz, y sabía que debía obedecer casi de inmediato, y se detuvo delante de él. —Siéntate.

Con las patas delanteras apoyadas, el cachorro dejó caer el trasero en el suelo. Fugaku apenas sujetó uno de los bordes del señuelo cuando Sasuke se lo entregó al instante. También había aprendido a base de gruñidos, empujones y mordiscos por parte de Itachi, que no debía quedarse con el señuelo, y que según él, lo mismo ocurría con las "presas". Sasuke aun no entendía el significado de "presa", pero prefería ignorar los términos que no conocía y acatar las inflexibles órdenes de Fugaku, que ganarse más "halagos" por parte del hosco ni-chan.

Fugaku miró el reloj de pulso en su mano izquierda.

-Veinte minutos…hmp…nada mal –murmuró para sí mismo. Dirigió una discreta y casi invisible mirada aprobatoria al pequeño Sasuke, quien le devolvía el gesto con una mueca similar a la de un chiquillo que muestra orgulloso su boleta escolar—Buen trabajo, muchacho.

Dio la orden de regresar, limitándose a un simple silbido. Ya pasaban de las dos de la tarde, habían estado desde las ocho de la mañana entrenando ahí en el bosque, y Sasuke, con sus escasos tres meses de edad no se le podía exigir de más en su resistencia física. Ya era hora de volver a casa.

Itachi echó a andar a la par de Uchiha-san y Sasuke le siguió, correteando a su izquierda y luego a su derecha.

-Hey ¿Lo hice bien, ni-chan? ¿No me equivoqué, ni-chan? ¡¿Ni-chan?!

-¡Ya cállate! –Itachi lanzó un bufido y apartó al cachorrito de un empujón con una de sus patas—Deberías dejar de ser tan escandaloso. Tu vida depende de ello en una cacería. . .y con esa actitud, estás muerto, baka.

Sasuke se quedó quieto por un instante, mirando al suelo, con los hombros encogidos y la cola entre las patas.

-Si…Itachi ni-chan –repuso cabizbajo.

En esas dos semanas Sasuke se había acostumbrado rápidamente a las exiguas jornadas de entrenamiento, a aprender y entender las órdenes de Fugaku-sama y a comprender cuál era su lugar dentro de aquella casa a la que había llegado una mañana en la que fue arrancado del calor y protección de su camada. Podía entender eso, pese a su corta experiencia en la vida, pero lo que aun no podía comprender era el confuso carácter de Itachi. Por lo que el pequeño Sasuke conocía mediante sus vivencias, Itachi no era muy paciente, y mucho menos deseoso de compartir sus bulliciosos juegos. Aun así, pese a ello, ninguna de aquellas veces, le había lastimado seriamente. Sasuke podía pasar la mañana entera ladrándole el abecedario en la oreja, obteniendo cuando mucho un par de empujones, tres o cuatro pescozones en la nuca y tal vez algún mordisco leve en una pata o en la cola. Pero notó que Itachi nunca –hasta ahora- le propició daño alguno, nada más allá de provocarle un buen susto o alguno que otro chillido o gemido. Itachi era rudo, tosco y violento con otros perros, había que ver el respeto y miedo con que le veían algunos otros ninken y sus respectivos amos, y más de varias ocasiones se le había quedado mirando el conjunto de cicatrices de su cuerpo, probablemente obtenidas en varios combates. También sabía, por lo que oía murmurar a los otros humanos que visitaban a Fugaku-sama, que Itachi era uno de los más feroces cazadores y que no se la pensaba más de una vez antes de lanzársele al cuello a alguna de esas bestias salvajes que merodeaban el bosque. Violento, tosco o seco, no importaba, Sasuke le admiraba, puede que por la misma e ingenua razón que todo chico admira a su hermano mayor aunque éste sea un tirano con él; y tal vez ésa también fuese el consecuente de haberle apodado ni-chan. Le quería como a un hermano mayor, y se empeñaría en seguir sus huellas y convertirse en un ninken fuerte, grande y respetable como Itachi.

Sin embargo, Sasuke aun era pequeño e ingenuo; y tendía a distraerse con facilidad. Había dejado de armar escándalo alrededor de Itachi, y se limitaba a seguirle, con la cabeza gacha indagando el montón de frescos aromas del bosque, hasta que un raro y peculiar olor atrajo su atención. Era una esencia suave y dulzona. Un olorcillo como el de aquellas pieles que Fugaku tenía en la sala.

Se detuvo, alzando la cabeza para captar de dónde venía el aroma. No era muy fuerte, pero podía reconocerle de entre los picantes vestigios de los arbustos. Su primer impulso fue el de llamar a Itachi, y el segundo era seguir ese instinto innato de buscar y perseguir el rastro.

No quería molestar a Itachi de nuevo así que hizo lo segundo.


-¡Eh, espera! –gritaba Naruto, persiguiendo persistente a aquella "cosa blanca" que revoloteaba cerca de él.—¡Vuelve acá, ´ttebayó!

Finalmente, y tras unos cinco intentos por ampliar el hueco de la ventana a un tamaño lo suficientemente grande como para poder salir por él, Naruto había logrado escabullirse del hastío ambiente de su casa y saltar hacia aquel nuevo ambiente. No había llegado muy lejos cuando ese peculiar animalillo pequeño y de grandes alas atrajo su atención, posándose sobre su nariz y remontando de nuevo un vuelo bajo a su alrededor.

Naruto recordaba que a esas cosas se les llamaba mariposas; lo había escuchado más de un par de veces por parte de Kushina. Y era el vuelo grácil del insecto, lo que había provocado aquella persecución a lo largo de las calles de la aldea hasta acá, y Naruto le seguía, sin importarle que se estaba alejando de los límites de Konoha, adentrándose ya algunos metros en el bosque.

La mariposa, ajena a los fallidos intentos del pequeño kyuubi por atraparle, alzó más el vuelo, perdiéndose entre la espesura de la copa de un árbol.

Y Naruto se quedó repentinamente quieto, sólo observando cómo desaparecía la mariposa en medio de un montón de árboles y arbustos. Naruto miró a su izquierda y luego a su derecha. ¿En qué momento el entorno se había puesto de color verde? Esas no eran las altas bardas que colindaban con su casa. Escudriñó cuidadosamente todo cuanto había a su alrededor. Árboles, arbustos y más árboles.

-Esta no es mi casa, ´ttebayó –murmuró mientras daba media vuelta, tratando de recordar cómo había llegado hasta allí. Se agachó un poco, por si percibía algún aroma conocido que lo llevase de regreso. Nada más allá del fuerte olor de los árboles, así que hizo lo único que se le ocurrió hacer—¡Ne, Iruka-chaaaaan! ¡Kakashiiii!

Y tampoco obtuvo respuesta. Sin embargo no iba a quedarse allí todo el día, escuchaba que su estómago comenzaba a hacer ruido y eso significaba que ya estaba empezando a sentir hambre, además de que las luces del día comenzaban a dispersarse y no quería quedarse allí para cuando oscureciera. Se empeñó en seguir el camino que según él lo había traído hasta ése lugar, llamando de vez en vez a Iruka o al despreocupado lobo Kakashi.

-¡Iruka! –Inicialmente no consiguió más que dar vueltas en círculos a unos arbustos, subió a un raído tronco, andando sobre éste hasta que chocó contra algo.—¡Kakash….ehhh!

Descendió la mirada, encontrándose con una silueta oscura de su mismo tamaño, a menos de diez centímetros de él. Era una pequeña bola de pelaje negro, cuatro patas, como las suyas, orejas largas llevadas hacia abajo en forma de V y una sola cola, corta y alzada en ademán de curiosidad hacia el kyuubi. Se le acercó a Naruto sin intimidarse, con aquel brillo indagador reflejado en sus infantiles ojos, tan negros como su pelo.

-Eh, ¿eres tú el que gritaba tanto? –inquirió el cachorro ninken.

-Yo no gritaba. –refutó el kyuubi—. Buscaba el camino hacia mi casa.

-¿Estas perdido?

-No estoy perdido. –dijo, con un ligero aire de orgullo—¡Naruto Uzumaki no se pierde nunca, dattebayó!

El cachorro de pelo negro ladeó levemente la cabeza, confundido.

-¿Qué es Naruto Uzumaki? –preguntó, sin quitarle la vista de encima a aquel extraño animal rubio con orejas puntiagudas.

Naruto se levantó, enderezando el lomo y moviendo cinco de sus nueve colas.

-Yo soy Naruto Uzumaki –respondió, esbozando una amplia sonrisa en su rostro zorruno—. Y soy un kyuubi –reparó su vista en el pequeño forastero con el que se había topado—¿Quién eres tú? ´ttebayó

Sasuke se sentó, irguiendo el pecho altivamente.

-Yo me llamo Sasuke –dijo, imitando una soberbia media sonrisa que le había visto algunas veces a Itachi.— Sasuke Uchiha, soy un ninken.

Naruto reconoció el término ninken como sinónimo de perro. El propio Iruka le había dado un par de sermones acerca de ellos y por las noches escuchaba el eco de los molestos ladridos de algunos. Sabía que había muchos en la aldea, y que no debía acercárseles. Desconocía la razón. Y Sasuke no parecía ser violento y salvaje como había escuchado que eran los demás perros. De haber sido peligroso, ya le hubiera hecho daño, como advertía Iruka. En lugar de eso, la atención de Sasuke había pasado de él a los descuidados hierbajos que crecían cerca del tronco. Caminaba con el hocico pegado al suelo, olfateando ruidosamente.

-¿Qué haces? –preguntó Naruto mirando los extraños ademanes de Sasuke.

Éste sólo levantó la cabeza por un momento.

-Buscando.

-¿Buscando qué, ´ttebayó?

-No lo sé, es un olor raro que estoy siguiendo desde allá –Sasuke señaló con la cabeza hacia un sendero detrás de él. Bajó de nuevo la cabeza, siguiendo el tenue rastro que terminaba cerca de Naruto. Se acercó a éste y le olisqueó el lomo—¡Eh, Ya lo encontré! ¡Eres tú! –dijo escandalosamente, se sentó y exhaló un entrecortado aullido.

-Ne, ¿Para qué haces eso? –preguntó confundido Naruto.

-Itachi ni-chan me enseñó que tenemos que aullar cuando encontramos lo que habíamos estado buscando –respondió escuetamente, sonriendo, mientras que Naruto le miraba con una mueca de "no-entiendo-nada"—. Todos los ninken lo hacen.

-….eres raro, ´ttebayó…¿Quieres jugar conmigo?

-¡Hai! –convino Sasuke, y sin repasárselo dos veces empujó a Naruto en tono juguetón—¡Eh, a que no puedes alcanzarme, kyuubi!

Naruto se levantó torpemente, pisando accidentalmente una de sus colas, y echó a correr detrás del cachorro ninken.

-¡Me llamo Naruto! ¡Y soy más rápido que tú, dattebayó!