SE SOLICITAN HIJOS

Capítulo 3

Itachi es, como siempre, el primero en despertarse. Se vuelve hacia Sakura, todavía ajena al mundo, con los puños cerrados con fuerza, el edredón hasta las orejas, y se inclina y la besa con ternura en la mejilla.

Cuando la ve así, tan delicada, tan inocente, sabe exactamente por qué la quiere, por qué sigue con ella.

Pone los pies en el suelo, estira los brazos hacia el techo y bosteza antes de salir sin hacer ruido de la habitación y cerrar la puerta detrás de él para no despertarla.

Itachi ha estado trabajando mucho. Ha estado quedándose hasta tarde en la oficina tratando de terminar todo, saltándose las improvisadas tardes con sus amigos porque hay mucho trabajo. Ha dejado de comer en casa, en lugar de ello se compra un sándwich y se lo come en su escritorio, y las pilas de papeles legales es su lectura a la hora del almuerzo.

Últimamente se siente cansado. Siempre está cansado, pero tiene demasiadas cosas en que pensar, demasiado que hacer, y quedarse en la cama hasta tarde no está previsto en el programa. No es que no quiera hacerlo, pero siempre se le agolpan las ideas en la cabeza. Conciliar el sueño no es ningún problema. Es hasta fácil. Pero la mayoría de las noches se despierta en la madrugada. Se queda tumbado escuchando a Sakura, sabiendo que ella también está despierta pero sintiéndose incapaz de alargar la mano hacia ella, y piensa en su trabajo, en su vida.

Además, está tan acostumbrado a levantarse a las siete menos cuarto para ir a trabajar que los fines de semana se despierta exactamente a esa hora de forma automática, lo que es ridículo ya que de lunes a viernes necesita el despertador. De lunes a viernes va tambaleándose y soñoliento al cuarto de baño, deseando poder dormir más, y sin embargo el sábado y el domingo se levanta de un salto de la cama.

Itachi baja las escaleras y pone agua a hervir, y deja el diario en la mesa de la cocina mientras saca dos rebanadas de pan de la bolsa de plástico y las mete en el tostador.

¡Pam! El ruido de la correspondencia al caer a través de la ranura del buzón de la puerta y aterrizar en el felpudo lo sobresalta. Gruñe mientras se agacha para recoger las cartas, y les echa un vistazo mientras vuelve a la cocina y llena una cafetera de émbolo.

Nada emocionante hoy. Propaganda, propaganda y nada más que propaganda y facturas. Es esa época del año en que llegan todas las facturas. Abre el extracto de la Visa y lo hojea rápidamente, y se detiene para empezar de nuevo porque no puede dar crédito a sus ojos.

Itachi sabe que a Sakura le encantan los cosméticos, los artículos de perfumería, las cosas de chicas. Acepta que ella no puede pasar por delante de una perfumería sin entrar, y una vez dentro, él sabe que curioseará alegremente durante horas, gastándose fortunas en frascos de color pastel de cosas de las que él nunca ha oído hablar. Una vez hasta salió con una colección de bandas de terciopelo de varios colores para el pelo… cuando llevaba el pelo corto.

Pero también sabe que hay ciertas reglas acerca de la cuenta conjunta. Como acostumbran hacer hoy día las personas independientes, cada uno guarda su dinero por separado. Sakura tiene su cuenta, de la que saca dinero para todo lo que no está relacionado con Itachi, y él tiene la suya. Y luego está la cuenta conjunta, generalmente para pagar las facturas, los restaurantes, los muebles, la comida y las vacaciones. Es decir, todo lo que implica a los dos. Lo que no incluye una de esas caras farmacéuticas. Y, lo que viene más al caso, ¿cómo demonios ha logrado gastar casi doscientos ryos allí? ¿Qué demonios ha estado comprando?

Sakura ha estado comprando pruebas del embarazo. Trata de contenerse, pero cada mes, durante ese período previo a la regla, se apodera de ella lo que ha llegado a llamar sus ansias de Predictor Por desgracia, una caja sola no le proporciona la dosis que necesita.

Logró empezar con una prueba. Siempre lo hacen. Hace nueve meses compró una prueba cinco días antes de la menstruación, justo al principio, cuando empezaban a intentarlo. Se lo llevó consigo a casa de Ino entre risitas.

—Creo que es demasiado pronto —dijo Ino.

—Pero si estoy embarazada es posible que mi cuerpo ya esté produciendo la hormona HCG y, si es así, podría mostrarse ya.

—Pero en la caja pone que tienes que esperar hasta el primer día de la regla, y tú ni siquiera tienes los síntomas.

—Y tanto que los tengo —dijo Sakura desafiante—Además —hizo una pausa dramática—, llevo toda la noche yendo al lavabo. Te juro que la vejiga se me ha vuelto loca.

—Siempre has tenido la vejiga más débil de toda la gente que conozco, pero está bien, está bien. De acuerdo. Hagámoslo.

A Sakura se le iluminó la cara.

—¡Estupendo! ¿Puedo coger un vaso?

—¿Para qué?

Sakura leyó en alto las instrucciones:

—"Coloca el bastón bajo el chorro de orina o sumérgelo en la orina." —No vio la cara de horror de Ino cuando le explicó que no se fiaba del método de sostenerlo bajo el chorro, por si no daba en el blanco.

—¡No vas a utilizar uno de mis vasos para eso!

Al final acordaron utilizar el tapón del desodorante de Shikamaru.

—Por el amor de Dios, no se lo digas nunca. Se divorciaría de mí por eso.

—Solo acláralo con lejía cuando termine con él —dijo Sakura yendo al cuarto de baño.

—Lo sé, lo sé —gritó Ino mientras la puerta se cerraba—. ¿Qué crees que utilicé para mi prueba?

La prueba salió negativa. Al igual que la que compró más tarde ese día. Y las seis que compró antes de que le viniera la regla. Al principio lo llevó en secreto, pero 8,95 ryo es mucho dinero cuando necesitas una docena de esas pruebas cada mes, y el pasado mes Sakura decidió que, si estaban tratando de tener un hijo juntos, las pruebas debían ser un gasto común.

Por supuesto, Itachi no sabe nada de las cajas de Predictor escondidas bajo las montañas de toallas. En principio no le importarían (no es lo mismo que si tus padres descubren paquetes de la pildora en tu mesilla de noche cuando tienes dieciséis años); solo le importaría la cantidad que ella está comprando, porque Itachi es ante todo pragmático. Se quedaría horrorizado de que Sakura se haga la prueba días antes de la fecha que tiene que venirle la regla; de que no siga las instrucciones del paquete; de la impaciencia y el despilfarro de una adicción que sencillamente no comprendería.

Sobre todo no lo comprendería porque no comprende a Sakura. Las cualidades que le atrajeron al principio son las mismas cualidades que ahora los distancian.

Le encantó su energía cuando se conocieron. Le encantó su risa, su ambición, lo poco convencional que era. Le había llamado la atención en el trabajo, y ya había hecho algunas indagaciones antes de que se atreviera a acercarse a ella en la cafetería, ya había decidido que de alguna manera llegaría a conocerla mejor, a tocarla, a estar con ella.

La había visto a veces en el pasillo, hablando apasionadamente con una de sus amigas, y a medida que se acercaba se había quedado mirándola, deseando que ella levantara la mirada y se fijara en él, pero nunca lo hizo. Cada día llamaba a la puerta alguna investigadora enamorada con una excusa mala, y él nunca estaba interesado, porque ninguna era ella.

Itachi no sabía cómo abordarla, qué decir, y se daba cuenta de que era delicado porque trabajaban juntos. Aunque continuamente surgían parejas dentro la empresa, la dirección no las veía con buenos ojos. Él mismo siempre se había advertido que no tuviera líos en el trabajo. En anteriores empleos se lo había tomado a pecho, pero se olvidó cuando vio a Sakura.

Aun cuando Sakura nunca pareció verlo.

Itachi es uno de esos hombres que es atractivo sin ser arrogante, y eso nunca le ha dado muy buenos resultados. Sus amigos, menos atractivos pero más machistas, siempre habían tenido mucho más éxito que él con las mujeres. Cuantos más corazones rompían y más sentimientos herían, más mujeres se enamoraban de ellos. A Itachi se le calificaba de buen tipo, ¿y hay algo peor que eso? En el instituto era el mejor amigo de las chicas porque era guapo y les gustaba dejarse ver con él, pero era demasiado buen tipo para que quisieran salir con él. Tan buen tipo que hasta se le consideraba aburrido.

Hasta que fue a la universidad no se hizo valer, y aun así tardó un par de años. Estuvo más de un año saliendo con Emi, y rompió con ella porque sabía que no era la mujer adecuada para él, y porque solo le quedaba un año para divertirse.

Y ya lo creo que se divirtió. Dejó su impronta, como decían sus amigos entre risas y con más de unos pocos celos. Hasta la fecha ha tenido fama por su poder de atracción, pues el número de mujeres que se dice que ha atraído ha ido en aumento. Aunque lo irónico es que nunca tuvo que proponérselo. Siempre había sido el novio guapo de Emi, y tan pronto como volvió a estar soltero se convirtió en el hombre más solicitado del campus. Se acabó lo de buen tipo.

Solo que, intrínsecamente, aparte de romper sin darse cuenta unos cuantos corazones, ha seguido siendo un buen tipo, y se ha seguido sintiendo bastante cohibido con las mujeres, sobre todo con las que le gustan de verdad. Como Sakura.

Nadie podría imaginar el esfuerzo que le costó acercarse a ella el día en la cafetería. Para entonces la había elevado a mujer perfecta, la había puesto en un pedestal tan alto que corría el peligro de perderla entre las nubes de su imaginación.

A Itachi le encantó su vivacidad, su carácter fácil, sociable, extrovertido. Ella era todo lo que él no era, todo lo que en secreto quería ser. Cuando estaba con ella tenía la sensación de ser mejor. No quería ser tranquilo, aplicado, introvertido cuando Sakura estaba cerca. Estar con ella era como subirse a una emocionante atracción de feria, y sabía que quería que esa sensación durara siempre.

"Siempre" parece mucho tiempo ahora.

Casi todo el rato Sakura le agota. Le agota y lo deja atónito, porque sus mundos son completamente diferentes, e Itachi ve que no solo no puede escapar de la persona que es en realidad, sino que tampoco quiere. Lo intentó al principio. El primer año más o menos. Una sucesión constante de fiestas, de gente que pasaba por su casa, de estar rodeados de amigos, amigos de amigos y desconocidos. Por un tiempo le gustó, sobre todo porque supuso que iría a menos. Nadie puede vivir esa clase de vida eternamente, ¿no?

Sakura sí.

Itachi se dio cuenta, durante el segundo año, de que el torrente ininterrumpido de gente que pasaba por la casa no parecía disminuir. Que la costumbre de Sakura de llegar a casa con un puñado de colegas del trabajo colgados, esperando que hubiera suficiente comida para todos, no iba a cambiar.

Y él sabía que no era justo esperar que Sakura cambiara. Al fin y al cabo, sabía en qué se estaba metiendo cuando se juntó con ella, pero por alguna razón creyó que serían capaces de encontrar un terreno propicio para el avenimiento, que descubrirían la manera de hacer que su relación funcionara.

Al principio, rebosante aún de pasión y excitación, lleno todavía de esperanza de encontrar ese terreno común, había pensado incluso en pedirle que se casara con él. Había planeado un viaje en enero y reservado una mesa en un restaurante con vistas a la playa que había sido elegido por votación como uno de los diez restaurantes más románticos del mundo, hasta se había preparado las palabras que diría.

La desazón empezó un par de semanas antes de emprender el viaje. A raíz, sobre todo, de una discusión sobre Nochevieja. No los habían invitado a ninguna fiesta, para gran disgusto de Sakura, e Itachi había dicho que su Nochevieja ideal sería invitar a cenar a dos o tres parejas y abrir una botella de champán a las doce.

Sakura se quedó horrorizada. Quería organizar una fiesta. Una gran juerga abierta a todo el mundo sin excepción, para recibir el Nuevo Año a lo grande. No estaba dispuesta a ceder, de modo que fue Itachi quien acabó haciéndolo, y mientras se daba por vencido se replanteó la perspectiva de vivir con ella el resto de su vida.

Pero ya había planeado las vacaciones. La proposición de matrimonio. Hasta el anillo. Aun así, sentado en la terraza, contemplando la cara de Sakura a la luz de una vela, supo que no podía hacerlo. La quería pero no estaba seguro, no estaba seguro de que el amor bastara.

Esperaría. No mucho, pero el anillo se quedaría en su bolsillo y, quién sabe, tal vez el año siguiente, o incluso el mes siguiente, las cosas serían diferentes.

Cuatro años después no ha cambiado nada. Itachi y Sakura han descubierto la forma de vivir bajo el mismo techo, dormir en la misma cama, llevar vidas cada vez más independientes.

Mientras está sentado a la mesa del desayuno leyendo The Konoha Journal, con el montón de facturas a un lado con el ofensivo extracto de la Visa encima, Itachi decide que hoy van a pasarlo bien, van a divertirse.

Hoy se casan Hinata Hyuuga y Naruto Uzumaki. Van a celebrar una boda de blanco como es debido en una iglesia anticuada del centro de Konoha. Ambos son amigos de Sakura. Itachi tiene que hacer esta distinción porque tienen pocos amigos comunes. Nunca los han tenido. Sakura encuentra a sus amigos simpáticos, pero demasiado serios para ella, demasiado aburridos, mientras que Itachi nunca ha entendido realmente la amistad entre mujeres, con sus cotilleos, secretos y risitas.

Más de una vez ha entrado en la cocina y encontrado a Sakura sentada a la mesa, enfrascada en una conversación con dos o tres de sus amigas, con la mesa llena de tazas de café. Siempre bajan la voz y empiezan a tomarle el pelo, lo que le hace sentir incómodo, aunque trata de sonreír y seguirles el juego. Suele hacer lo que le ha llevado a la cocina, antes de dejarlas en paz y encerrarse en su estudio el resto de la tarde.

—¿Por qué no te esfuerzas un poco más con mis amigas? —preguntó Sakura cuando se metió en la cama, mucho más tarde esa noche.

—¿Por qué tus amigas no se esfuerzan un poco más conmigo? —replicó Itachi a la defensiva, aunque lo que quiso decir fue: ¿por qué no me comprenden? ¿Por qué yo tampoco las comprendo?

Itachi ha conservado a sus amigos del colegio y la universidad, como suelen hacer los hombres. Últimamente, más que verlos habla con ellos por teléfono, y es experto en ponerse al día por e-mail. Quedan de vez en cuando, generalmente cuando Sakura está de viaje. Las pocas ocasiones en que ha tratado de integrar a Sakura al grupo han sido un desastre absoluto.

Sakura trató de ser simpática. Trató de gustarles. Pero no tenía nada en común con ellos —menos que nada—, y cada reunión le había parecido más agotadora que la anterior. Al final le dijo a Itachi que le quería a él, pero no a sus amigos: tendría que quedar con ellos por su cuenta. Itachi se hizo el ofendido; en realidad se sintió aliviado. Era tan estresante para él como para Sakura.

Ahora cada uno tiene sus amigos, cada uno vive su vida, pero en ocasiones como hoy las dos convergen, y la verdad es que a Itachi siempre le han caído bien, aun Naruto y sus efusivos y estruendosos modismos. Bueno, de hecho lo conocía desde que éste frecuentaba a su hermano menor, Sasuke, en sus años de bachillerato… y la sala terminaba convirtiéndose en un campo de batalla entre el eco de la consola de videojuegos y las discusiones de éstos.

En un sentido personal, a Itachi casi no le agradan los eventos tan sociales, y a Sakura, siempre le han gustado, de modo que tal vez no es tan poco realista, después de todo, desear que sea un día agradable, y para empezar ese día agradable va a llevar el desayuno a la cama a Sakura.

—Hummm. —Sakura se recuesta despacio y sonríe estirándose perezosamente mientras Itachi deja la bandeja con cuidado en la cama.

Ella ve el té y las rebanadas de pan tostado al tiempo que mete un dedo en el pote de miel y se lo lleva a la boca, porque hace tanto tiempo que no desayunan juntos que Itachi ha olvidado lo que le gusta. Cree que es miel, pero no quiere equivocarse. Para curarse en salud ha amontonado miel, crema de cacahuate y confitura de fresas a un lado de la bandeja.

—¿Qué he hecho para merecerme esto?

—Nada —dice él devolviéndole la sonrisa, y se sienta a su lado en la cama dejando caer el periódico sobre la almohada—. Solo quería sorprenderte. Además, hoy tenemos la boda y si te dejo dormir nos la perderemos.

—La boda. —Sakura suspira—. No puedo creer que el baka de Naruto finalmente se lo pidiese. Dios, creí que siempre vivirían juntos. —Mira a Itachi de reojo—. Como nosotros.

—¿Estás insinuando que quieres casarte? —Itachi está perplejo. Hace meses que no sacan el tema. Años. No desde los primeros tiempos. Sakura borra la expresión pensativa de su cara y se ríe.

—Te he asustado, ¿eh? —dice tomándole el pelo.

Aunque Itachi no lo admitirá, se siente enormemente aliviado. Lo disimula cogiendo su taza de café y bebiendo un sorbo.

—Pero en serio, nunca pensé que Hinata querría casarse, claro que supongo que nunca creí que duraría tanto con Naruto. Más bien… que lo soportaría.

—Pero es un buen tipo.

—Sí, pero, reconozcámoslo, no es lo que se dice el hombre más tranquilo del mundo. Desespera a cualquiera... —Y se interrumpe, sabiendo que en sus momentos más maliciosos ha dicho exactamente lo mismo de Itachi—. Pero es encantador —se apresura a añadir, antes de que él tenga oportunidad de darse cuenta— y estoy segura de que serán muy felices juntos.

—Vamos, dilo.

—¿Que diga qué?

—Sé lo que estás pensando. ¿Cuánto tiempo les das?

Ella se abraza las rodillas mientras sonríe a Itachi, porque hay veces como esta en que recuerda por qué está con él. Aunque suele admitirlo a regañadientes, él la conoce mejor que nadie, sabe cómo funciona su mente, sabe cómo captar su atención y retenerla.

—Cinco años.

Itachi arquea una ceja.

—¿Tantos?

—Está bien. Cuatro años y tres meses. ¿Y tú?

—Sabes que no me permito estos juegos.

—Apuesto a que les darías diez años y medio.

—Casi aciertas —dice Itachi con una sonrisa fugaz, y en ese momento de intimidad, él se inclina y le planta un beso en el cuello.

Ella se vuelve para devolverle el beso, dejando la tostada despacio en la bandeja.

—Espera —susurra él, apartándola con delicadeza para coger la bandeja y dejarla con cuidado en el suelo.

Sakura se deja caer despacio hasta quedarse tumbada, Itachi se tiende sobre ella besándola, oliéndole el pelo, el cuello, acariciándola.

Baja una mano y le desabrocha la parte superior del pijama.

—Joder, odio este pijama —susurra a su oído, y ella se ríe bobamente antes de gemir cuando él le acaricia los pezones hasta dejarlos erectos, sin dejar de besarla.

—Espera —susurra ella, echándose hacia atrás para mirarlo—. No es... ya sabes.

—¿No es qué? —Itachi habla en voz baja porque sabe lo que ella está a punto de decir y ya empieza a sentir que se ha roto el encanto.

—No es, ya sabes... —Sakura está avergonzada y desvía la mirada un segundo antes de volver a mirarle a los ojos— el momento adecuado.

Itachi no dice lo que diría normalmente. No estalla. Se limita a bajar la cabeza para besarla y a deslizar los dedos hacia abajo.

—Lo sé —susurra mientras sigue con la lengua la senda que han trazado sus dedos, y ninguno de los dos dice nada durante mucho rato.

0—

—Bueno, esto sí que ha sido una agradable sorpresa —dice Sakura sonriendo, y se acurruca debajo del brazo de Itachi mientras le recorre perezosamente el pecho con una mano.

La sonrisa es sincera, había olvidado lo maravilloso que era hacer el amor con él. Siempre había sido lo que los había mantenido unidos, esa extraordinaria pasión que habían experimentado desde el principio. La primera vez que se acostaron, los dos se quedaron atónitos. La electricidad fue tan fuerte que casi se olía el chisporroteo en el aire. Se quedaron tumbados en la cama esa primera vez sin aliento, sin habla, incapaces de creer lo afortunados que habían sido al encontrarse, pues ninguno de los dos había experimentado nada parecido antes.

Sakura creía que eso se había desvanecido. Itachi creía que tal vez se lo había imaginado.

Ahora lo recuerda.

Tal vez ese es el problema, piensa, mirándose en el espejo del cuarto de baño y sintiéndose bien, realmente bien, por primera vez en meses. Ya no hacemos el amor. Concebimos hijos. Y sin éxito. Necesitamos hacer el amor más a menudo, volver a establecer la proximidad, el calor, la intimidad que nos está faltando.

Si lo logramos tal vez salgamos


CONTINUARÁ


N/A:

Vale, Kusubana y otros me han pillado... esto es personal, pero creo ke tal vez sea por eso ke valga la pena seguir publicándolo. Creo que es un placer culposo...

Mientras mi marido va a colgarme de los talones, jejeje.

Nos leemos en el siguiente capitulo...

HIGURASHI'S OUT!