Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer.
OUTTAKES DE AMOR DE VERANO
NAVIDADES EN SEATTLE
Esto era lo que realmente odiaba de viajar en estas fechas.
¿Por qué a todo el mundo se le ocurría recorrer el mundo para pasar las navidades en otro sitio?
¿Por qué razón me había comprometido con Esme a pasar las vacaciones en Seattle con lo bien que estaba yo en Londres?
¿Cómo era posible que habiendo vuelos directos de Londres a Seattle, que sólo tardaban diez horas, yo me hubiera tenido que embarcar en un viaje de veinticinco horas y tres escalas, sólo para brindar con mis padres?
¡Veinticinco horas!
Y todo por comprar el billete a último momento. Pero ¿cómo comprarlo antes si no estaba en mis planes viajar?
¿A quién diablos se le ocurría pasar más de un día entero en aviones y aeropuertos sólo para tomarse una copa de champagne con su familia?
Parece ser que a mí sí se me había ocurrido.
Había salido esa mañana de Londres rumbo a Dublín.
Después de una escala en Dublín de casi tres horas, había subido a un nuevo avión para viajar hasta Nueva York, donde acabábamos de aterrizar.
Ahora tenía tres horas y trece minutos para dejar este avión, recuperar mi maleta, pasar por migración y salir de la Terminal del JFK para cambiar de aeropuerto.
Coger un taxi, rezar para que el chofer se diera prisa y llegara a tiempo al aeropuerto de La Guardia para facturar mi equipaje en un vuelo a Filadelfia.
En Filadelfia, después de una escala de dos horas, por fin podría tomar mi último vuelo que me dejaría en Seattle.
Me extenuaba de sólo pensarlo.
Con todo el trabajo que tenía pendiente en casa, y yo aquí dando vueltas por el mundo, chocando con individuos disfrazados de Santa Claus y ánimo festivo.
Esto era un desastre y mi mal humor iba in crescendo.
Cuando la azafata nos despidió, la sonrisa seductora que me dirigió me irritó.
Cariño, llevo doce horas de viaje, y acabo de soportar siete horas en un avión atestado, sentado entre un hombre que apestaba a alcohol y sudor y una mujer que llevaba consigo a su hijo de dos años que lloriqueó y pataleó durante las tres cuartas partes del vuelo.
¿Crees que tengo ganas de coquetear contigo, por muy guapa y complaciente que puedas ser?
Pues no. Sólo tengo ganas de recoger mi equipaje y salir de este maldito aeropuerto.
Mi maleta debía salir por la cinta ocho, así que allí me reuní con los doscientos pasajeros de mi vuelo, a esperar.
Como no podía ser de otra forma fue la última en salir, lo cual reducía notablemente mi tiempo de margen entre mis conexiones.
Me colgué la bolsa al hombro y salí de la Terminal hacia la larga cola de taxis.
Fue entonces que la vi.
Unas veinte personas por delante de mí estaba ella lista para subir a un coche de alquiler.
El empleado cargó su equipaje en el maletero y le entregó las llaves del coche, mientras ella abría la puerta del conductor.
- ¡Bella! – grité y varias personas de la cola se voltearon hacia mí – ¡Bella! – volví a gritar desesperado, pero no me escuchó.
Era ella. Estaba seguro de que lo era. Reconocería su espalda, sus piernas y su precioso cabello caoba en cualquier parte del mundo.
¡Dios! Tenía que ser ella.
Tenía que ser ella y yo no podía perderla de vista.
Bella subió a su coche y éste arrancó.
Saltando por delante de varias personas, y escuchando sus gritos y sus insultos, me subí al primer taxi que encontré libre, ignorando a las personas que esperaban.
- Siga a ese coche – dije y me sentí protagonista de un mal thriller.
El conductor me miró especulativo.
- Disculpe, la chica que va en ese coche, ha cogido mi equipaje por error. Sígalo, por favor. – ordené con el mejor tono autoritario que supe utilizar y surtió efecto.
Casi.
Pasmosamente, mi chofer comenzó a seguir al coche azul aunque con varios vehículos entre medio de ambos.
Por fin mi viaje a los Estados Unidos cobraba sentido.
Mi corazón comenzó a latir desaforadamente.
Me había pasado los últimos seis meses pensando en ella y auto flagelándome por no haber buscado alguna forma de mantener el contacto.
¿En qué coño había estado pensando cuando estábamos de pie ante la puerta de embarque del aeropuerto de Ibiza?
Es verdad que robarle los últimos besos y caricias de esa semana había obnubilado mi mente, pero ¿cómo no pensé siquiera en pedirle su número telefónico, o al menos su apellido?
Bella.
Era todo lo que tenía de ella. Podría haberse llamado Bella, Annabella, Isabella, Clarabella.
O incluso podía ser sólo un apodo que le había dado su abuelo italiano. Si es que tenía ascendencia italiana.
¿Cuántas chicas con nombres así estudiaban medicina en Nueva York?
¿Y en cuál universidad? ¿Columbia, Cornell, New York?
No existía fuerza humana que me hiciera perderla ahora.
Todavía recordaba cada uno de los mejores seis días de mi vida.
Aún recordaba la sensación de absoluta necesidad que había sentido al verla en la cubierta de aquel yate, riendo con sus dos amigas y rodeadas de chicos.
No, había pensado en ese momento, olvidadla, es mía.
Siendo tan tímida y decorosa como era, había sido una sorpresa que aceptara mi invitación. Pero había sido una sorpresa más que grata.
Ya nada sería igual después de ese viaje.
Nuestro último día juntos había sido maravilloso en todo sentido. Igual que los anteriores, pero la confianza entre nosotros ya era enorme.
Para entonces, Bella ya se sentía más cómoda y relajada y ya no era la chica tímida que había sido seis días antes.
Ese día nos habíamos despertado sobre el mediodía, como cada día.
Desnudos y en un enredo de brazos y piernas, como cada día.
Con mi pene erecto contra su cuerpo, como cada día.
- Mmm, buenos días – había murmurado Bella estirando sus brazos por encima de su cabeza lo que hacía levantar sus pechos
No pudiéndome resistir, había bajado mi boca sobre su pecho para darle un ligero mordisco a su pezón rosado.
- Buenos días, princesa – respondí contra su pecho
- ¿Qué planes tenemos para hoy? – preguntó sugerente
- ¿Antes o después de que te haga el amor?
- Mmm, ¿antes?
- Te haré el amor – aseguré haciéndola reír a la vez que succionaba su ya erguido botón.
- Ok, ¿y después?
- Te haré el amor por tercera vez – le informé separándome de ella sólo un instante.
- ¿Por tercera vez?
- Sí. Te lo haré antes, durante y después.
- Mmm, no sé si tengo tanta energía – aseguró a la vez que separaba las piernas y se movía para quedar bajo mi cuerpo.
- Tú sólo relájate – ordené deslizando mis labios por su vientre hasta alcanzar su delicioso pubis.
Lo lamí y lo succioné antes de penetrarla con mi lengua, mientras mis dedos separaban sus henchidos y húmedos labios, para revelarme su exquisito interior.
Bella sabía a gloria, no había otra forma de definirlo.
Sus gemidos sinceros y faltos de florituras me ponían duro como una roca.
Su completa entrega me volvía loco.
La lamí y la chupé mientras admirada su precioso clítoris inflamarse y palpitar frente a mí.
- Edward… – gemía, y escuchar mi nombre en su voz ronca de deseo, me dejaba al borde del colapso.
Dirigí mi pulgar a su clítoris y lo amasé y acaricié, mientras mi lengua continuaba lamiéndola y arremetiendo en su interior.
Vi las manos de Bella convertirse en puños y estrujar las frescas sábanas revueltas, y supe que estaba muy cerca.
Sus dientes mordían su labio inferior y sus talones se apoyaban sobre la cama para impulsar sus caderas hacia arriba.
Colé dos dedos en su interior húmedo y resbaladizo y la embestí mientras mis labios apretaban su rosado clítoris.
El orgasmo de Bella fue avasallante y sus gemidos y jadeos me enloquecieron.
La chica tan tímida y recatada de seis días atrás había quedado relegada cuando esta ninfa del sexo había salido a la superficie.
La penetré antes de que se hubiera recuperado completamente, y con alocado vaivén la llevé a un nuevo clímax. Uno que me arrastró con él y me obligó a descargarme tras unas pocas embestidas.
- Señor, ¿quiere que siga? Estamos yendo a Jersey – me dijo el taxista colándose en mis recuerdos y haciéndome volver al presente
- Lo sé, lo sé. Siga – ordené – No puede perderla de vista.
El coche en el que viajaba Bella seguía rumbo al oeste, y después de cuarenta minutos pasábamos por Newport.
Sabía con certeza que perdería mi vuelo a Seattle pero poco me importaba en ese momento, ante la perspectiva de tener una vez más a Bella entre mis brazos.
Serían unas excelentes fiestas navideñas si podía pasarlas con la chica que me tenía obsesionado.
Todos los recuerdos que había estado intentando apagar durante esos últimos meses, volvían ahora a mi mente sin censuras.
Bella y yo nadando en el mar turquesa del Mediterráneo.
Bella y yo acariciándonos después de hacer el amor, tumbados sobre la arena de una cala perdida y desierta.
Bella vergonzosa y con todo su cuerpo sonrojado, mientras se quitaba el bikini en una playa nudista, a la vez que me provocaba una erección que yo intentaba esconder.
Bella. Bella. Bella.
Sentí una excitación adolescente, cuando el coche al fin se detuvo, aparcando frente a un bloque de pisos en Jersey City.
Mi taxi se detuvo en un lugar libre al otro lado de la calle a unos diez metros de Bella.
Abrí la puerta del taxi dispuesto a saltar de él, pero un carraspeo del taxista me detuvo.
- Hey, amigo – dijo el hombre pensando seguramente en que debería correr tras de mí.
- Sí, sí, disculpe – me excusé sacando la cartera del bolsillo interior de mi chaqueta, sin quitar la vista del otro coche. – Quédese el cambio – le dije al hombre al entregarle un billete de cien dólares.
Sabía que tampoco le estaba regalando tanto, pero no me quedé a ver si su rostro mostraba fastidio o satisfacción.
Bella bajó del coche y se dirigió a la parte trasera para abrir el maletero y sacar dos maletas de él.
Estaba de espaldas a mí y su cabello suelto escondía su rostro, pero era ella. Lo sabía.
- ¡Bella! – grité mientras cruzaba intentando esquivar el intenso tráfico - ¡Bella! – volví a llamarle pero no se volteó a verme.
Cuando al fin la alcancé y tiré de su brazo, se volteó sorprendida y atemorizada.
Su rostro espantado me interrogó en silencio, y mi excitación desapareció cayendo en un profundo agujero negro.
Mi gozo en un pozo.
No era ella.
No era ella, no era mi Bella, y no logro entender cómo pude confundirla.
- Disculpa. Te confundí con alguien más. – me excusé soltando su brazo.
La chica me observó comprensiva pero claramente aprensiva.
Dejé caer los hombros abatido, a la vez que me volteaba en busca de un taxi que me regresara a mi destino.
Todavía podía conseguir un nuevo vuelo a Seattle para hoy.
Gracias a todos por leerme, y gracias por la aceptación del fic.
Espero que disfrutéis de este segundo outtake, éste de Edward.
