Un nuevo comienzo
Antes de que Joe tuviera la oportunidad de llamar a la puerta, esta se abrió con un chirrido sorprendiéndole.
- Ohayô, revolucionario-san.
- Ohayô gozaimasu *, Nico Robin.
La hermosa joven se encontraba de pie ante él, vestida con uno de los atuendos que sus compañeras habían preparado para ella: un sencillo top azul, unos vaqueros y una chaqueta de lana; algo cómodo para explorar el lugar pero que ella lucía elegantemente.
Robin pronto descubrió que el complejo principal se dividía en cuatro amplias plantas. En la más baja, a nivel subterráneo, se encontraba la enfermería y las salas de entrenamiento; se fijó mucho en ellas, pretendía pasar muchas horas en ese lugar.
Una parte estaba destinada al uso de armas: cuchillos, armas de fuego, espadas… los soldados entrenaban con ellas tanto de forma individual como en grupos o parejas.
Un gyojin musculoso, con la piel amarilla y un grueso bigote azul, daba clases de artes marciales en una de esas zonas.
En la otra ala había salas individuales, perfectas para aquellos que, como ella, tenían un poder de fruta del diablo. Según le contaron, las paredes estaban hechas de un material ignífugo y muy resistente así que todo tipo de habilidades podían practicarse allí sin peligro. Joe lo afirmó tan orgulloso y convencido que la arqueóloga prefirió no mencionarle sus dudas al respecto pese a que, recordando a su capitán, se había vuelto algo escéptica en cuanto a la resistencia de cualquier edificio.
En el siguiente nivel se encontraban tanto las cocinas como el amplio comedor en el que había tres largas mesas donde todo el mundo podría comer unos junto a otros.
Siguieron subiendo hasta llegar al siguiente piso. Allí, el revolucionario mostró a la arqueóloga la biblioteca más grande en la que había tenido el placer de estar, después, claro está de la de su antiguo hogar, Ohara.
Una luz cálida iluminaba la majestuosa habitación, una alfombra roja cubría el ovalado suelo sobre el que un par de austeras mesas se apoyaban. Todas las paredes estaban llenas de hermosas estanterías de madera que se elevaban hasta el alto techo y, en ellas, el sueño de cualquier arqueólogo, libros de toda clase: aventuras, poesía, historia, romance, fantasía, ciencias, medicina…
Curiosamente, muchos de los volúmenes eran las copias originales que se habían salvado del fuego que había devorado su pueblo, según mencionó su apasionado guía.
Con los ojos brillantes Robin decidió que sería mejor pasar a la siguiente sala lo antes posible o acabaría perdiéndose en ese paraíso particular para ella, pero se prometió que volvería.
En cuanto tuviese algo de tiempo para estar sola regresaría a ese maravilloso lugar y abrazaría el legado que Ohara le había dejado. Sonriendo para sí se preguntó cuántos libros sería capaz de leerse en dos años.
Después de atravesar la bella biblioteca, la mujer y su guía llegaron a la "sala de comunicaciones" como él la llamó. Era un lugar ajetreado y ruidoso, era allí donde se planificaban la mayoría de las operaciones que los Revolucionarios llevaban a cabo.
Los papeles volaban, las pizarras que decoraban las paredes eran escritas y reescritas a toda velocidad, los den-den mushi sonaban sin parar, algunos daban órdenes y otros las acataban…
Las paredes de cemento, las mesas esparcidas por la estancia y todo ese bullicio podrían parecer algo estresante pero Robin se dio cuenta de algo más; todos los presentes lucían una mirada de determinación en sus rostros, ellos eran los que cambiarían el mundo y harían todo lo posible para conseguirlo.
Al fondo de la sala había un amplio balcón, en él, dos revolucionarios se tomaban un tiempo para fumar y charlar animadamente mientras contemplaban como las furiosas olas removían las rocas que sostenían el acantilado a sus pies. Era un buen lugar para relajarse en caso de sentirse agobiado con el papeleo.
Le gustó el ambiente y el desorden, le recordaba a su propio barco. Una vez más se preguntó qué clase de persona sería Monkey D. Dragon. Pronto le conocería.
Por último llegaron a la planta más alta. Se trataba de un largo pasillo que giraba en forma de "L". A ambos lados se veían las puertas de madera de los dormitorios donde descansaban los revolucionarios. Robin pudo reconocer la suya entre ellas, no estaba mal situada, cerca de las escaleras pero no la primera de todas.
Aquel sería su hogar temporal, su nuevo comienzo, y no le disgustaba.
- Gracias por todo revolucionario-san, este lugar es excelente.
- Mi habitación está a unas puertas de la suya, no dude en llamar si necesita algo.
Ella se lo agradeció con una sonrisa.
- El despacho de Dragon-sama es el que se encuentra allí en el fondo- dijo señalando la última puerta visible. Llame y la atenderá enseguida.
Con una inclinación se despidió y bajó por las escaleras que se encontraban a su espalda.
Con tranquilidad y confianza, la pirata recorrió el pasillo hasta alcanzar la última puerta de ese tramo del corredor. A su derecha, éste continuaba dando lugar a más espacio para otras tres o cuatro puertas de diferentes dormitorios, acabando en otras escaleras iguales que las que había utilizado para subir.
Robin sonrió, un pasillo curvo que evitaba un ataque directo y dos vías de escape, empezaba a pensar que podría estar cómoda en ese lugar.
Esas puertas parecían diferentes, más grandes quizás y algunas tenían extraños símbolos decorándolas. Se preguntó quienes las ocuparían.
Una revolucionaria que debía ser poco mayor que Nami se sentaba en esas escaleras, con la espalda apoyada en la pared y las piernas extendidas a lo largo del escalón. Su cabello castaño se ocultaba tras una gran boina violeta que contrastaba con la blusa amarilla y las mallas oscuras que llevaba con estilo propio. En una mano sostenía un libro en el que el parecía inmersa y la otra la usaba para llevarse a la boca las chucherías que se apoyaban en una bolsa sobre su regazo.
Al sentir su presencia, la joven levantó la cabeza y con una amplia y alegre sonrisa la saludó.
- ¿Eres nueva?
- Podría decirse que sí - contestó la arqueóloga amablemente.
- Pues bienvenida entonces- sus ojos brillaban ante la perspectiva de conseguir una nueva amiga.
Robin respondió con una pequeña inclinación de cabeza.
- ¿Ya te han enseñado el lugar? Podemos ir a explorar después si quieres, al principio es un poco complicado no perderse, pero al final te acostumbras. La distribución está bastante clara, hecha para los cabezas huecas con los que trabajo - dijo animadamente.
- Uno de tus compañeros me lo ha enseñado - una mueca de disgusto pasó por la cara de la chica - pero seguro que tú me puedes ayudar en otras cosas, no estoy acostumbrada a esto y me veo algo perdida- prosiguió sonriendo.
Por supuesto, Robin nunca había estado perdida, ni necesitado antes ayuda, pero la personalidad alegre y enérgica de esa niña le gustaba, no quería disgustarla. Su cara se iluminó.
- Por supuesto, cuenta conmigo.
- Bien… primera pregunta ¿te importaría indicarme si es esta la puerta de Dragon-san? Debo hablar con él.
- Oh, sí, es esa, es la más grande- contestó la simpática muchacha- estaré aquí cuando salgas… y probablemente después también-dijo con un suspiro, su sonrisa pareció decaer mientras dirigía su mirada hacia una de las habitaciones que tenía enfrente de ella.
Robin asintió y llamó a la puerta.
- Gracias por todo, revolucionaria-san.
- Puedes llamarme Koala.
La mujer solo sonrió en respuesta y de pronto, la puerta se abrió.
Ohayô gozaimasu : Buenos días
